logonlnew.JPG (11068 bytes)

Iglesia

Judas y la Avaricia

Homilía de San Juan Crisóstomo sobre Judas Iscariote y la Avaricia.


(...)Y si alguno pregunta por qué Cristo puso en manos de un ladrón la bolsa de los pobres y encargó su administración a un avaro responderemos que sólo Dios conoce esos arcanos. Sin embargo, si algo se puede decir conjeturando, diremos que fue para quitar toda causa de excusa. Pues así no podía Judas excusarse diciendo que por necesidad del dinero lo había hecho, ya que podía saciarla teniendo la bolsa en sus manos; sino por excesiva maldad; maldad que Cristo quería corregirle; y por tal motivo usó para con él de suma indulgencia. Y así, aun sabiendo que robaba, no lo reprendía ni le impedía su mala codicia, para quitarle toda excusa. Les dice, pues, Jesús: Dejadla en paz. Guardaba este ungüento para el día de mi sepultura. Con recordar su sepultura nuevamente amonesta al traidor; pero semejante amonestación no lo conmovió, ni lo ablandó aquella palabra, que podía haberlo movido a compasión. Porque fue como si le dijera: Te soy molesto y gravoso; mas espera un poco y moriré. A esto se refería al añadir: Pero a Mí no siempre me tendréis con vosotros.
Pero nada logró doblegar a aquel hombre feroz y loco; ni aunque muchas otras cosas hizo Jesús por él y le dijo, como fue lavarle los pies en aquella noche y hacerlo partícipe de su mesa, cosa que podía ablandar aun el ánimo de los ladrones; y dirigido muchas otras palabras que hubieran podido conmover aun a una roca. Y todo esto en el mismo día de la traición y no con antelación grande, para que no se lo borrara de la memoria el discurso del tiempo. Pero Judas, por encima de todo, persistió en su maldad.
Cosa dura es la avaricia. Dura en verdad y tal que cierra ojos y oídos y torna a los hombres más crueles que las fieras, y no los deja pensar en sus responsabilidades de conciencia, ni en amigos, ni en la compañía con quien están, ni en la salvación de la propia alma; sino que a quienes cautiva los aparta de todos los demás y los esclaviza con una insoportable tiranía.
Y lo peor de semejante servidumbre tan recia, es que persuade a sus súbditos de que deben estarle agradecidos; de modo que cuanto más se le sirve tanto más se agranda su deleite, de manera que viene a ser incurable. A Giesi, de discípulo del profeta ella lo tomó en leproso; ella perdió a Ananías; ella hizo traidor a Judas; ella corrompió a los príncipes de los judíos, pues recibían dones y se hacían socios de ladrones; ella causó muchas guerras y colmó de sangre los caminos y de lamentos las ciudades; ella tornó execrables las mesas, impuros los banquetes, inicuas las comilonas.
Con razón Pablo la llamó esclavitud de ídolos; pero ni aun así logró derrocarla. Pero ¿por qué la llama idolatría? Es que muchos poseen riquezas, pero no se atreven a tocarlas, sino que las tienen como sagradas y las transmiten intactas a sus nietos y a sus descendientes; y no se atreven a poner mano en ellas, como si fueran dones consagrados a Dios. Y si alguna vez se ven obligados a usarlas, proceden como si cometieran un sacrilegio. Como un gentil que adorara un ídolo de piedra, así tú defiendes el oro con puertas y trancas; y haces del arca, tu templo; y lo depositas en vasos de plata.
Dirás que tú no adoras a semejante ídolo, como lo hacen con los suyos los gentiles. Es verdad, pero le rindes pleno culto. Semejante avaro, antes que entregar su ídolo, entregaría sus ojos y su alma. Así proceden los amantes del oro. Insistes: ¡pero es que yo no adoro el oro! Tampoco el gentil adora al ídolo, sino al demonio que habita en el ídolo. Y tú, aun cuando no adores el oro, pero adoras al demonio, quien con la codicia y vista del oro penetra en tu alma. Peor que un demonio es la codicia de las riquezas; y tal que muchos lo reverencian más que a sus ídolos los gentiles. Porque los gentiles en muchas cosas no les hacen caso, mientras que los avaros en todo lo obedecen y proceden a cuanto él les sugiere. ¿Qué dice la avaricia? Sé enemigo y adversario de todos, olvídate de la común naturaleza, desprecia a Dios, sacrifícate a mí: ¡y en todo eso los avaros le obedecen! A los ídolos se les sacrifican ovejas y bueyes, pero la avaricia impera: ¡sacrifícame tu alma! Y el avaro lo acepta y lo hace.
¿Observas los altares que tiene? ¿Qué sacrificios ofrece? Los avaros no poseerán el reino de Dios, y sin embargo tal cosa les da temor. Por lo demás semejante pasión es débilísima, puesto que no es congénita, no es connatural. Si lo fuera estaría con nosotros desde el principio. Sin embargo, allá a los principios no había oro, y nadie amaba el oro. Y si queréis os diré de dónde se originó este mal. Cada cual emulaba a sus predecesores y así agravaron la enfermedad; de modo que cada antecesor, aun sin pretenderlo, incita al que le sigue. Cuando ven las espléndidas mansiones, la abundancia de campos, los rebaños de siervos, los vasos de plata, la multitud y montones de vestidos, ponen todo su empeño en superar tales riquezas; de manera que los primeros son causa de semejante codicia para los segundos y los segundos para los que luego siguen. Si los primeros hubieran querido proceder modestamente no se habrían convertido en maestros de los siguientes; y en consecuencia, éstos no tendrían excusa alguna. Pero aun así no tienen excusa, ya que muchos despreciaron las riquezas.
Preguntarás: ¿quiénes fueron los que las despreciaron? Porque lo más grave de todo es que la fuerza de este vicio es tanta que parece imposible que alguien la supere; parece increíble que alguien cultive la virtud contraria. Sin embargo, puedo yo enumerar a muchos que sí la cultivan, tanto en los montes como en las ciudades. Pero ¿qué se gana con eso? No por ello os enmendaréis. Por otra parte, no tratamos ahora de que repartan las riquezas. Yo sí lo querría. Pero pues parece carga excesiva, no lo impongo. Solamente os exhorto a no codiciar lo ajeno y a que de lo que poseéis hagáis limosnas.
Podemos hallar a muchos que viven contentos con lo suyo y lo cuidan y procuran que su modo de vivir sea justo de su trabajo. ¿Por qué no imitarlos, por qué no emularlos? Pensemos en los que nos han precedido. ¿Acaso no es verdad que lo único que de ellos permanece son sus predios, mientras que apenas se ha salvado y se recuerda su nombre? Este, dicen, es el baño de fulano; éste, el suburbio; éste, el mesón de tal o cual otro. Pero ¿acaso no con sólo ver esas cosas gemimos al punto, pensando en la gran cantidad de trabajos que toleraron y en cuántas y cuán valiosas cosas robaron? Pero el dueño no aparece ya en parte alguna. Otros se deleitan con las riquezas de él: precisamente los que él jamás habría creído. Quizá sean sus propios enemigos. Y todo eso mientras él sufre los castigos eternos.
Pues la misma suerte nos espera a los demás. Sin lugar a duda, moriremos y tendremos el mismo acabamiento. ¿Cuántos odios, pregunto, cuántos gastos, cuántas enemistades hubieron aquéllos de soportar? Y ¿qué ganancia obtuvieron? Un castigo eterno, consuelo ninguno, recriminaciones de parte de todos ya durante su vida, ya también después de su muerte. ¿Qué más? Cuando vemos las estatuas de muchos colocadas en sus mansiones ¿acaso no lloramos más aún? Con plena verdad exclama el profeta: En vano se agita y perturba todo hombre que vive. Porque el empeño por tales cosas es una verdadera perturbación: ¡perturbación y empeño superfluos!
Por otros caminos van las cosas de las moradas eternas y de aquellos inmortales tabernáculos. Acá uno trabaja y otro goza del trabajo y sus frutos. Allá cada cual es dueño de sus propios trabajos y frutos, y recibirá multiplicadas las recompensas. En consecuencia, apresurémonos a esos predios y posesiones. Preparemos allá nuestras mansiones, para descansar con Cristo Señor nuestro, al cual sea la gloria juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por todos los siglos. Amén.

 

Testimonios

Por qué me convierto del Islam al catolicismo
Por Magdi Allam
 

Las vivencias religiosas de un periodista musulmán que finalmente, se encontró con Dios.


Querido director: Lo que te voy a contar se refiere a una decisión de fe y de vida personal, que, de ninguna manera, quiere implicar al ´Corriere della Sera´, del que me honro en formar parte desde 2003, con el cargo de vicedirector ´ad personam´. Te escribo, por lo tanto, como protagonista de la vivencia y como ciudadano privado. El Domingo por la noche me convertí a la religión católica, renunciando a mi anterior fe islámica.
De esta forma y por la gracia divina, vio la luz el fruto sano y maduro de una larga gestación vivida en medio del sufrimiento y de la alegría, entre la profunda e íntima reflexión y la consciente y manifiesta exteriorización.
Estoy especialmente agradecido a Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, que me administró los sacramentos de la iniciación cristiana, Bautismo, Confirmación y Eucaristía, en la Basílica de San Pedro, durante la solemne celebración de la Vigilia Pascual. Y adopté el nombre cristiano más sencillo y explícito: "Cristiano".
Desde el domingo, pues, me llamo Magdi Cristiano Allam. El del domingo fue, para mí, el día más bello de mi vida. Adquirir el don de la fe cristiana en la celebración de la Resurrección de Cristo de manos del Santo Padre es, para un creyente, un privilegio inigualable y un bien inestimable.
A mis casi 56 años, es en mi historia personal un hecho histórico, excepcional e inolvidable, que marca un punto de inflexión radical y definitivo respecto al pasado.
El milagro de la Resurrección de Cristo se ha reflejado en mi alma, liberándola de las tinieblas de una predicación donde el odio y la intolerancia hacia el ´diferente´, condenado acríticamente como ´enemigo´, priman sobre el amor y el respeto al ´prójimo´, que es siempre y en cualquier circunstancia ´persona´.
Al mismo tiempo, mi mente se ha liberado del oscurantismo de una ideología que legitima la sumisión y la tiranía, permitiéndome adherirme a la auténtica religión de la Verdad, de la Vida y de la Libertad. En mi primera Pascua como cristiano, no sólo he descubierto a Jesús, sino que he descubierto, por vez primera, al auténtico y único Dios, que es el Dios de la Fe y de la Razón.
Mi conversión al catolicismo es el punto de llegada de una gradual y profunda reflexión interior, a la que no pude sustraerme, dado que, desde hace cinco años, me veo obligado a llevar una vida blindada, con vigilancia fija en mi casa y con la escolta de los carabineros en todos mis desplazamientos, por culpa de las amenazas y de las condenas a muerte dictadas contra mí por los extremistas y los terroristas islámicos, tanto por los residentes en Italia como por los que viven en el extranjero.
He tenido que interrogarme, pues, sobre la actitud de los que han dictado públicamente fatuas (condenas jurídicas islámicas), denunciándome a mí, que era musulmán, como "enemigo del islam", como "hipócrita cristiano copto que finge ser musulmán para perjudicar al islam" y como "traidor y difamador del islam", legitimando de esta forma mi condena a muerte.
Me he preguntado a menudo cómo es posible que a alguien como yo que luchó de una forma convencida y ardiente por un ´islam moderado´, asumiendo la responsabilidad de exponerme en primera persona en la denuncia del extremismo y del terrorismo islámico, haya terminado por ser condenado a muerte en nombre del islam y tras una supuesta legitimación coránica.
De esta forma me fui dando cuenta de que, más allá de la coyuntura que registra la implantación del fenómeno de los extremistas y del terrorismo islámico en todo el mundo, la raíz del mal está inscrita en un islam que es fisiológicamente violento e históricamente, conflictivo.
Paralelamente, la Providencia me ha ido poniendo en el camino a personas católicas practicantes de buena voluntad que, en virtud de su testimonio y de su amistad, se convirtieron, poco a poco para mí, en punto de referencia en el plano de las certezas de la verdad y de la solidez de los valores.
Comenzando por tantos amigos de Comunión y Liberación, con Don Julián Carrón a la cabeza; por sencillos religiosos como Gabriele Mangiarotti, sor Maria Gloria Riva, Don Carlo Maurizi y el padre Yohannis Lahzi Gaid; o por el redescubrimiento de los salesianos gracias a Don Angelo Tengattini y Don Maurizio Verlezza, culminado en una renovada amistad con el Rector Mayor, Don Pascual Chávez Villanueva; hasta el abrazo de altos prelados de gran humanidad como el cardenal Tarcisio Bertone, monseñor Luigi Negri, Giancarlo Vecerrica, Gino Romanazzi y, sobre todo, monseñor Rino Fisichella, que me ha acompañado personalmente en mi recorrido espiritual de aceptación de la fe cristiana.

Episodio decisivo
Pero indudablemente el encuentro más extraordinario y significativo en la decisión de convertirme fue el que mantuve con el Papa Benedicto XVI, al que siempre he admirado y defendido siendo musulmán, por su maestría a la hora de establecer el vínculo indisoluble entre la fe y la razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana, y al que me adhiero plenamente como cristiano por inspirarme una nueva luz en el cumplimiento de la misión que Dios me ha reservado.
Querido director, me has preguntado si no temo por mi vida, consciente de que la conversión al cristianismo implicará ciertamente una enésima, y mucho más grave, condena a muerte por apostasía. Tienes razón. Sé a lo que me expongo, pero afrontaré mi destino con la cabeza alta y erguida y con la solidez interior del que tiene la certeza de la propia fe.
Y todavía más, después del gesto histórico y valiente del Papa que, desde el primer momento en que tuvo noticias de mi deseo, aceptó de inmediato administrarme en persona los sacramentos de la iniciación al cristianismo.
Su Santidad lanzó un mensaje explícito y revolucionario a una Iglesia que, hasta ahora, quizás haya sido demasiado prudente en la conversión de musulmanes, absteniéndose de hacer proselitismo en los países de mayoría islámica y silenciando la realidad de los conversos en los países cristianos. Por miedo.
Por miedo a no poder ayudar a los conversos frente a la condena a muerte por apostasía y por miedo a las represalias sobre los cristianos residentes en los países musulmanes. Pues bien, hoy, Benedicto XVI, con su testimonio, nos dice que hay que vencer el miedo y no temer a la hora de proclamar la verdad de Jesús incluso a los musulmanes.
Por mi parte, quiero afirmar que es hora de poner fin al puro arbitrio y a la violencia de los musulmanes, que no respetan la libertad religiosa. En Italia, hay miles de conversos al islam que viven serenamente su nueva fe. Pero también hay miles de musulmanes convertidos al cristianismo, que se ven obligados a ocultar su nueva fe por miedo a ser asesinados por los extremistas islámicos, que se ocultan entre nosotros.
Por una de esas casualidades que evocan la mano del Señor, mi primer artículo escrito en el Corriere el 3 de septiembre de 2003 se titulaba Las nuevas catacumbas de los islámicos conversos. Era una investigación sobre algunos neocristianos que, en Italia, denunciaban su profunda soledad espiritual y humana frente a la contumacia de las instituciones del Estado, que no tutelaban su seguridad, y frente al silencio de la propia Iglesia.
Pues bien, quiero que del gesto histórico del Papa y de mi testimonio extraigan el convencimiento de que llegó el momento de salir de las tinieblas de las catacumbas y proclamar públicamente su voluntad de ser plenamente ellos mismos.
Si aquí, en Italia, la cuna del catolicismo, si aquí, en nuestra casa, no somos capaces de garantizar a todos la plena libertad religiosa, ¿cómo podremos ser creíbles cuando denunciamos la violación de dicha libertad en otras partes del mundo? Pido a Dios que esta Pascua especial otorgue la resurrección del espíritu a todos los fieles en Cristo, que, hasta ahora, han estado sojuzgados por el miedo.

Centro de Difusión de la Buena Prensa Nueva Lectura - Ediciones Anteriores