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Iglesia
Judas y la Avaricia
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Homilía de
San Juan Crisóstomo sobre Judas Iscariote y la Avaricia. |
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(...)Y si alguno pregunta por qué Cristo puso en manos de un
ladrón la bolsa de los pobres y encargó su administración a un
avaro responderemos que sólo Dios conoce esos arcanos. Sin
embargo, si algo se puede decir conjeturando, diremos que fue
para quitar toda causa de excusa. Pues así no podía Judas
excusarse diciendo que por necesidad del dinero lo había hecho,
ya que podía saciarla teniendo la bolsa en sus manos; sino por
excesiva maldad; maldad que Cristo quería corregirle; y por tal
motivo usó para con él de suma indulgencia. Y así, aun sabiendo
que robaba, no lo reprendía ni le impedía su mala codicia, para
quitarle toda excusa. Les dice, pues, Jesús: Dejadla en paz.
Guardaba este ungüento para el día de mi sepultura. Con recordar
su sepultura nuevamente amonesta al traidor; pero semejante
amonestación no lo conmovió, ni lo ablandó aquella palabra, que
podía haberlo movido a compasión. Porque fue como si le dijera:
Te soy molesto y gravoso; mas espera un poco y moriré. A esto se
refería al añadir: Pero a Mí no siempre me tendréis con
vosotros.
Pero nada logró doblegar a aquel hombre feroz y loco; ni aunque
muchas otras cosas hizo Jesús por él y le dijo, como fue lavarle
los pies en aquella noche y hacerlo partícipe de su mesa, cosa
que podía ablandar aun el ánimo de los ladrones; y dirigido
muchas otras palabras que hubieran podido conmover aun a una
roca. Y todo esto en el mismo día de la traición y no con
antelación grande, para que no se lo borrara de la memoria el
discurso del tiempo. Pero Judas, por encima de todo, persistió
en su maldad.
Cosa dura es la avaricia. Dura en verdad y tal que cierra ojos y
oídos y torna a los hombres más crueles que las fieras, y no los
deja pensar en sus responsabilidades de conciencia, ni en
amigos, ni en la compañía con quien están, ni en la salvación de
la propia alma; sino que a quienes cautiva los aparta de todos
los demás y los esclaviza con una insoportable tiranía.
Y lo peor de semejante servidumbre tan recia, es que persuade a
sus súbditos de que deben estarle agradecidos; de modo que
cuanto más se le sirve tanto más se agranda su deleite, de
manera que viene a ser incurable. A Giesi, de discípulo del
profeta ella lo tomó en leproso; ella perdió a Ananías; ella
hizo traidor a Judas; ella corrompió a los príncipes de los
judíos, pues recibían dones y se hacían socios de ladrones; ella
causó muchas guerras y colmó de sangre los caminos y de lamentos
las ciudades; ella tornó execrables las mesas, impuros los
banquetes, inicuas las comilonas.
Con razón Pablo la llamó esclavitud de ídolos; pero ni aun así
logró derrocarla. Pero ¿por qué la llama idolatría? Es que
muchos poseen riquezas, pero no se atreven a tocarlas, sino que
las tienen como sagradas y las transmiten intactas a sus nietos
y a sus descendientes; y no se atreven a poner mano en ellas,
como si fueran dones consagrados a Dios. Y si alguna vez se ven
obligados a usarlas, proceden como si cometieran un sacrilegio.
Como un gentil que adorara un ídolo de piedra, así tú defiendes
el oro con puertas y trancas; y haces del arca, tu templo; y lo
depositas en vasos de plata.
Dirás que tú no adoras a semejante ídolo, como lo hacen con los
suyos los gentiles. Es verdad, pero le rindes pleno culto.
Semejante avaro, antes que entregar su ídolo, entregaría sus
ojos y su alma. Así proceden los amantes del oro. Insistes:
¡pero es que yo no adoro el oro! Tampoco el gentil adora al
ídolo, sino al demonio que habita en el ídolo. Y tú, aun cuando
no adores el oro, pero adoras al demonio, quien con la codicia y
vista del oro penetra en tu alma. Peor que un demonio es la
codicia de las riquezas; y tal que muchos lo reverencian más que
a sus ídolos los gentiles. Porque los gentiles en muchas cosas
no les hacen caso, mientras que los avaros en todo lo obedecen y
proceden a cuanto él les sugiere. ¿Qué dice la avaricia? Sé
enemigo y adversario de todos, olvídate de la común naturaleza,
desprecia a Dios, sacrifícate a mí: ¡y en todo eso los avaros le
obedecen! A los ídolos se les sacrifican ovejas y bueyes, pero
la avaricia impera: ¡sacrifícame tu alma! Y el avaro lo acepta y
lo hace.
¿Observas los altares que tiene? ¿Qué sacrificios ofrece? Los
avaros no poseerán el reino de Dios, y sin embargo tal cosa les
da temor. Por lo demás semejante pasión es débilísima, puesto
que no es congénita, no es connatural. Si lo fuera estaría con
nosotros desde el principio. Sin embargo, allá a los principios
no había oro, y nadie amaba el oro. Y si queréis os diré de
dónde se originó este mal. Cada cual emulaba a sus predecesores
y así agravaron la enfermedad; de modo que cada antecesor, aun
sin pretenderlo, incita al que le sigue. Cuando ven las
espléndidas mansiones, la abundancia de campos, los rebaños de
siervos, los vasos de plata, la multitud y montones de vestidos,
ponen todo su empeño en superar tales riquezas; de manera que
los primeros son causa de semejante codicia para los segundos y
los segundos para los que luego siguen. Si los primeros hubieran
querido proceder modestamente no se habrían convertido en
maestros de los siguientes; y en consecuencia, éstos no tendrían
excusa alguna. Pero aun así no tienen excusa, ya que muchos
despreciaron las riquezas.
Preguntarás: ¿quiénes fueron los que las despreciaron? Porque lo
más grave de todo es que la fuerza de este vicio es tanta que
parece imposible que alguien la supere; parece increíble que
alguien cultive la virtud contraria. Sin embargo, puedo yo
enumerar a muchos que sí la cultivan, tanto en los montes como
en las ciudades. Pero ¿qué se gana con eso? No por ello os
enmendaréis. Por otra parte, no tratamos ahora de que repartan
las riquezas. Yo sí lo querría. Pero pues parece carga excesiva,
no lo impongo. Solamente os exhorto a no codiciar lo ajeno y a
que de lo que poseéis hagáis limosnas.
Podemos hallar a muchos que viven contentos con lo suyo y lo
cuidan y procuran que su modo de vivir sea justo de su trabajo.
¿Por qué no imitarlos, por qué no emularlos? Pensemos en los que
nos han precedido. ¿Acaso no es verdad que lo único que de ellos
permanece son sus predios, mientras que apenas se ha salvado y
se recuerda su nombre? Este, dicen, es el baño de fulano; éste,
el suburbio; éste, el mesón de tal o cual otro. Pero ¿acaso no
con sólo ver esas cosas gemimos al punto, pensando en la gran
cantidad de trabajos que toleraron y en cuántas y cuán valiosas
cosas robaron? Pero el dueño no aparece ya en parte alguna.
Otros se deleitan con las riquezas de él: precisamente los que
él jamás habría creído. Quizá sean sus propios enemigos. Y todo
eso mientras él sufre los castigos eternos.
Pues la misma suerte nos espera a los demás. Sin lugar a duda,
moriremos y tendremos el mismo acabamiento. ¿Cuántos odios,
pregunto, cuántos gastos, cuántas enemistades hubieron aquéllos
de soportar? Y ¿qué ganancia obtuvieron? Un castigo eterno,
consuelo ninguno, recriminaciones de parte de todos ya durante
su vida, ya también después de su muerte. ¿Qué más? Cuando vemos
las estatuas de muchos colocadas en sus mansiones ¿acaso no
lloramos más aún? Con plena verdad exclama el profeta: En vano
se agita y perturba todo hombre que vive. Porque el empeño por
tales cosas es una verdadera perturbación: ¡perturbación y
empeño superfluos!
Por otros caminos van las cosas de las moradas eternas y de
aquellos inmortales tabernáculos. Acá uno trabaja y otro goza
del trabajo y sus frutos. Allá cada cual es dueño de sus propios
trabajos y frutos, y recibirá multiplicadas las recompensas. En
consecuencia, apresurémonos a esos predios y posesiones.
Preparemos allá nuestras mansiones, para descansar con Cristo
Señor nuestro, al cual sea la gloria juntamente con el Padre y
el Espíritu Santo, por todos los siglos. Amén. |
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Testimonios
Por qué me convierto del
Islam al catolicismo
Por Magdi Allam
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Las vivencias religiosas de un periodista musulmán que finalmente,
se encontró con Dios. |
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Querido director: Lo que te voy a contar se refiere a una decisión
de fe y de vida personal, que, de ninguna manera, quiere implicar al
´Corriere della Sera´, del que me honro en formar parte desde 2003,
con el cargo de vicedirector ´ad personam´. Te escribo, por lo
tanto, como protagonista de la vivencia y como ciudadano privado. El
Domingo por la noche me convertí a la religión católica, renunciando
a mi anterior fe islámica.
De esta forma y por la gracia divina, vio la luz el fruto sano y
maduro de una larga gestación vivida en medio del sufrimiento y de
la alegría, entre la profunda e íntima reflexión y la consciente y
manifiesta exteriorización.
Estoy especialmente agradecido a Su Santidad, el Papa Benedicto XVI,
que me administró los sacramentos de la iniciación cristiana,
Bautismo, Confirmación y Eucaristía, en la Basílica de San Pedro,
durante la solemne celebración de la Vigilia Pascual. Y adopté el
nombre cristiano más sencillo y explícito: "Cristiano".
Desde el domingo, pues, me llamo Magdi Cristiano Allam. El del
domingo fue, para mí, el día más bello de mi vida. Adquirir el don
de la fe cristiana en la celebración de la Resurrección de Cristo de
manos del Santo Padre es, para un creyente, un privilegio
inigualable y un bien inestimable.
A mis casi 56 años, es en mi historia personal un hecho histórico,
excepcional e inolvidable, que marca un punto de inflexión radical y
definitivo respecto al pasado.
El milagro de la Resurrección de Cristo se ha reflejado en mi alma,
liberándola de las tinieblas de una predicación donde el odio y la
intolerancia hacia el ´diferente´, condenado acríticamente como
´enemigo´, priman sobre el amor y el respeto al ´prójimo´, que es
siempre y en cualquier circunstancia ´persona´.
Al mismo tiempo, mi mente se ha liberado del oscurantismo de una
ideología que legitima la sumisión y la tiranía, permitiéndome
adherirme a la auténtica religión de la Verdad, de la Vida y de la
Libertad. En mi primera Pascua como cristiano, no sólo he
descubierto a Jesús, sino que he descubierto, por vez primera, al
auténtico y único Dios, que es el Dios de la Fe y de la Razón.
Mi conversión al catolicismo es el punto de llegada de una gradual y
profunda reflexión interior, a la que no pude sustraerme, dado que,
desde hace cinco años, me veo obligado a llevar una vida blindada,
con vigilancia fija en mi casa y con la escolta de los carabineros
en todos mis desplazamientos, por culpa de las amenazas y de las
condenas a muerte dictadas contra mí por los extremistas y los
terroristas islámicos, tanto por los residentes en Italia como por
los que viven en el extranjero.
He tenido que interrogarme, pues, sobre la actitud de los que han
dictado públicamente fatuas (condenas jurídicas islámicas),
denunciándome a mí, que era musulmán, como "enemigo del islam", como
"hipócrita cristiano copto que finge ser musulmán para perjudicar al
islam" y como "traidor y difamador del islam", legitimando de esta
forma mi condena a muerte.
Me he preguntado a menudo cómo es posible que a alguien como yo que
luchó de una forma convencida y ardiente por un ´islam moderado´,
asumiendo la responsabilidad de exponerme en primera persona en la
denuncia del extremismo y del terrorismo islámico, haya terminado
por ser condenado a muerte en nombre del islam y tras una supuesta
legitimación coránica.
De esta forma me fui dando cuenta de que, más allá de la coyuntura
que registra la implantación del fenómeno de los extremistas y del
terrorismo islámico en todo el mundo, la raíz del mal está inscrita
en un islam que es fisiológicamente violento e históricamente,
conflictivo.
Paralelamente, la Providencia me ha ido poniendo en el camino a
personas católicas practicantes de buena voluntad que, en virtud de
su testimonio y de su amistad, se convirtieron, poco a poco para mí,
en punto de referencia en el plano de las certezas de la verdad y de
la solidez de los valores.
Comenzando por tantos amigos de Comunión y Liberación, con Don
Julián Carrón a la cabeza; por sencillos religiosos como Gabriele
Mangiarotti, sor Maria Gloria Riva, Don Carlo Maurizi y el padre
Yohannis Lahzi Gaid; o por el redescubrimiento de los salesianos
gracias a Don Angelo Tengattini y Don Maurizio Verlezza, culminado
en una renovada amistad con el Rector Mayor, Don Pascual Chávez
Villanueva; hasta el abrazo de altos prelados de gran humanidad como
el cardenal Tarcisio Bertone, monseñor Luigi Negri, Giancarlo
Vecerrica, Gino Romanazzi y, sobre todo, monseñor Rino Fisichella,
que me ha acompañado personalmente en mi recorrido espiritual de
aceptación de la fe cristiana.
Episodio decisivo
Pero indudablemente el encuentro más extraordinario y significativo
en la decisión de convertirme fue el que mantuve con el Papa
Benedicto XVI, al que siempre he admirado y defendido siendo
musulmán, por su maestría a la hora de establecer el vínculo
indisoluble entre la fe y la razón como fundamento de la auténtica
religión y de la civilización humana, y al que me adhiero plenamente
como cristiano por inspirarme una nueva luz en el cumplimiento de la
misión que Dios me ha reservado.
Querido director, me has preguntado si no temo por mi vida,
consciente de que la conversión al cristianismo implicará
ciertamente una enésima, y mucho más grave, condena a muerte por
apostasía. Tienes razón. Sé a lo que me expongo, pero afrontaré mi
destino con la cabeza alta y erguida y con la solidez interior del
que tiene la certeza de la propia fe.
Y todavía más, después del gesto histórico y valiente del Papa que,
desde el primer momento en que tuvo noticias de mi deseo, aceptó de
inmediato administrarme en persona los sacramentos de la iniciación
al cristianismo.
Su Santidad lanzó un mensaje explícito y revolucionario a una
Iglesia que, hasta ahora, quizás haya sido demasiado prudente en la
conversión de musulmanes, absteniéndose de hacer proselitismo en los
países de mayoría islámica y silenciando la realidad de los
conversos en los países cristianos. Por miedo.
Por miedo a no poder ayudar a los conversos frente a la condena a
muerte por apostasía y por miedo a las represalias sobre los
cristianos residentes en los países musulmanes. Pues bien, hoy,
Benedicto XVI, con su testimonio, nos dice que hay que vencer el
miedo y no temer a la hora de proclamar la verdad de Jesús incluso a
los musulmanes.
Por mi parte, quiero afirmar que es hora de poner fin al puro
arbitrio y a la violencia de los musulmanes, que no respetan la
libertad religiosa. En Italia, hay miles de conversos al islam que
viven serenamente su nueva fe. Pero también hay miles de musulmanes
convertidos al cristianismo, que se ven obligados a ocultar su nueva
fe por miedo a ser asesinados por los extremistas islámicos, que se
ocultan entre nosotros.
Por una de esas casualidades que evocan la mano del Señor, mi primer
artículo escrito en el Corriere el 3 de septiembre de 2003 se
titulaba Las nuevas catacumbas de los islámicos conversos. Era una
investigación sobre algunos neocristianos que, en Italia,
denunciaban su profunda soledad espiritual y humana frente a la
contumacia de las instituciones del Estado, que no tutelaban su
seguridad, y frente al silencio de la propia Iglesia.
Pues bien, quiero que del gesto histórico del Papa y de mi
testimonio extraigan el convencimiento de que llegó el momento de
salir de las tinieblas de las catacumbas y proclamar públicamente su
voluntad de ser plenamente ellos mismos.
Si aquí, en Italia, la cuna del catolicismo, si aquí, en nuestra
casa, no somos capaces de garantizar a todos la plena libertad
religiosa, ¿cómo podremos ser creíbles cuando denunciamos la
violación de dicha libertad en otras partes del mundo? Pido a Dios
que esta Pascua especial otorgue la resurrección del espíritu a
todos los fieles en Cristo, que, hasta ahora, han estado sojuzgados
por el miedo.
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