|
|
Mientras se desarrollaba el interrogatorio, algunos de los discípulos de Jesús, tras un momento de pánico, se recobraron. Se enteraron de adónde lo habían llevado y vinieron a merodear alrededor del palacio de los Sumos Sacerdotes. En Oriente, los patios de las casas ricas se pueblan de holgazanes, de clientes y de servidores. La noche primaveral era fría; satélites y criados habían encendido fuego en medio del patio. Alrededor de la hoguera, el círculo comentaba las noticias. Uno de los Apóstoles -Juan, sin duda, pues es el único que da este detalle en su Evangelio-, conocía un poco a Caifás y pudo mezclarse sin dificultad al grupo. Pedro lo había seguido y se calentaba también entre los demás.
Llegó en
esto una criada del Sumo Pontífice, una de esas muchachas que, según
la costumbre judía, estaban encargadas de guardar la puerta. Vio a
Pedro, se acercó a él y le observó con atención: "¡Aquí hay
uno -dijo- que estaba con el Nazareno!". Y luego, mirándole bien a
la cara, prosiguió: "Si, ¡tú estabas con Jesús de
Galilea!". Todo el grupo esperó la respuesta de Pedro. Pero éste
negó: "Mujer, no lo conozco. Ni siquiera entiendo lo que quieres
decir".
Los circunstantes le
dijeron, pues: "¡Vamos, tú eres de la banda! Tu lenguaje te
traiciona. ¡Tú eres galileo!". Y uno de los criados del Sumo
Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja,
concretó la acusación: "¿No te he visto yo con Él en el
huerto?". Apretado así a preguntas por todas partes, el discípulo
se arrojó de cabeza en la mentira. Multiplicó juramentos y protestas
y, con grandes alardes de imprecaciones, siguió repitiendo: "¡Que
no! ¡Que no! ¡Yo no conozco a ese hombre! ¡No sé lo que queréis
decir!".
"En ese momento cantó el gallo por segunda vez". Según testigos, como el P. Lagrange, que han comprobado el canto del gallo en Judea al comienzo de abril, debían ser las dos y media o las tres. ¿Despertó la conciencia del apóstol aquel grito gutural en la noche? En aquel mismo instante apareció Jesús, rodeado por los guardias, saliendo de la sala de deliberación y atravesó el patio. No es necesario admitir que oyó las últimas negaciones del discípulo, pues para Aquel que atravesó a Natanael con una mirada, el secreto de los corazones se le entregaba siempre. Esa misma mirada alcanzó a Pedro. Y de pronto, le volvió el recuerdo de la predicción que le había sido hecha: "Antes de que el gallo haya cantado dos veces...". Creció en él esa náusea que revuelve al hombre en odio contra sí mismo cuando de pronto mide su abyección. Salió y, una vez fuera, se deshizo en lágrimas.
Hoy, sobre el
emplazamiento de una vieja basílica del siglo V cuyo nombre ha vuelto a
tomar, se eleva una nueva iglesia que se llama San Pedro de Galicanto.
Está a trescientos metros del Cenáculo, bastante lejos del
emplazamiento tradicional del palacio de Caifás, lo cual se presta a
discusión. "¡San Pedro del canto del gallo!". Ésta es, sin
duda alguna, la única iglesia que en el mundo se haya elevado en
memoria de un pecado, o de su arrepentimiento. Si tuvieran que
edificarse otras por semejantes intenciones, la tierra estaría erizada
de ellas... Pero quizá hay que evocar menos la traición del primero de
los Apóstoles, por consoladora que sea para cada cual, que aquella
mirada de justicia y de misericordia que Cristo le lanzó en la noche:
"¡Ya ves tú, Pedro, lo que vales, presuntuoso de ti, que hablabas
de defenderme! ¡No eres más que un hombre y, sin embargo es por ti,
como por todos y por toda la debilidad de los hombres, por lo que voy a
ofrecer mi vida y mi sufrimiento! ¡También tú estás perdonado!"
(San Mateo, 26, 58, 69, 75; San Marcos 14, 54, 66, 72; San Lucas, 22,
55, 62; San Juan, 18, 17, 18; 2, 27).
|
|
La colina de las cruces |
|
En Lituania, ubicada a l3
Km. al noreste de la ciudad de Siauliai, y anunciada por puestos de
artículos religiosos (sobre todo cruces, naturalmente) de todos los
materiales posibles, se presenta a los visitantes una modesta altura sobre
la cual se amontonan una sobre otra, en una selva impresionante, de cruces
clavadas sobre el terreno o colgadas a las más grandes. En el ensanche
frente a la colina está la gran cruz de leño con el Cristo de bronce,
donada por Juan Pablo II en ocasión de su visita a la colina, el 7 de
septiembre de 1993. |
|
|
|
|
|
|