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¿Qué pensaba Judas de todos estos episodios? Estaba allí, entre los otros, y nadie podía haber sabido su gestión. Estaba sin duda secretamente exasperado por aquellas palabras que había entendido de sobra: "Los últimos serán los primeros", y devorado por el deseo de apresurar el desenlace del asunto. En dos ocasiones había hecho Jesús una alusión, que sólo él había podido comprender en todo el Apostolado. En el momento del lavatorio de pies, había dicho a sus discípulos para acentuar el simbólico carácter de su acto: "Yo sé que vosotros estáis limpios", y enseguida había rectificado: "Pero no todos". Y algunos instantes después había repetido que se cumpliría la Escritura: "El que come conmigo el pan, alza el talón contra Mí" (San Juan, 12, 10, 18). Durante la Cena precisó la acusación: "En verdad os digo que uno de vosotros me traicionará". Los Apóstoles se entristecieron con ello profundamente y cada cual se puso a decir:
-¿Soy yo, Señor? Él no respondió, pero añadió, como una suprema advertencia:
-El Hijo del Hombre se va, según lo que de Él fue escrito; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es traicionado! ¡Más le valdría no haber nacido!".
Entonces Judas preguntó a su vez, por bravata o por inconsciencia: "¿Soy yo, Maestro?".
Quizá con un signo, musitó Jesús en respuesta, percibida sólo por aquel a quien se dirigía, aquella locución familiar, tan usada entre los judíos, la que Moisés respondió a Faraón (Éxodo, 10, 29): "¡Tú lo has dicho!". ¡Tú sabrás! (San Mateo, 26, 20, 251)
En el triclinium, imitado de los romanos, tal como lo vemos en Pompeya, los invitados se agrupaban en tres divanes que rodeaban la mesa, dejando vacío el cuarto lado para el servicio. El lugar central de la mesa del fondo era el más honroso. El que se encontraba a su derecha llamábase "el seno del padre de familia", porque al estar apoyados los invitados sobre el codo izquierdo, al de la derecha le bastaba hacer un pequeño movimiento para recostarse en el pecho del que presidía la comida. Este lugar estaba ocupado por Juan, el discípulo muy querido. A la izquierda debía hallarse Pedro. En cuanto a Judas, estaba verosímilmente a la cabeza de una de las otras series de convidados, como intendente que debe poder salir sin molestar a nadie.
Los discípulos, cada vez más inquietos, se miraban unos a otros. Pero Juan -pues, aunque él no se nombra en su Evangelio, su identificación es segura-, se había recostado sobre el pecho de su Maestro. Pedro le hizo señas: "¿De quién habla?". Y Juan preguntó en voz baja: "Señor, ¿quién es? -Aquel a quien Yo ofrezca el bocado que voy a mojar". Y habiendo untado pan, lo tendió a Judas (San Juan, 13, 23, 26). En el relato de San Mateo, Jesús designa de otro modo al traidor: "El que ponga conmigo la mano en el plato...". Los dos signos aluden a costumbres que todavía vemos observadas en Oriente. Poner la mano en el plato con alguien es, entre los árabes de Siria y de Transjordania, una especie de rito: si, involuntariamente, un invitado tiende sus dedos hacia el pedazo que el otro desea, le hace mal de ojo; cuando dos hombres de igual rango comen en la misma copa de dátiles, se la debe cubrir con un velo. Y quienquiera haya viajado por tierras musulmanas, ha conocido el honor, a menudo inquietante, de esos bocados que el huésped tiende por encima de la mesa, con intención tan cortés como poco higiénica, como sucede con esos riñones, repugnantes de grasa, que acaba de extraer del mechoui.
¿Fue aquel gesto, por parte de Jesús, un último esfuerzo para arrancar al desdichado Judas a sí mismo? Pero hay momentos en que el alma está tan llena de violencia y de odio que un movimiento de amistad, en lugar de devolverla a la luz, la hace arrojarse aún más en la noche. Pues "tan pronto como Judas hubo tomado el bocado, entró Satán en él". La escena no debió ser notada sino por Juan y por el mismo interesado. "Lo que has de hacer, hazlo pronto", añadió el Maestro. Ninguno de los convidados comprendió por qué decía esto. Algunos pensaron que, como Judas tenía la bolsa, Jesús lo enviaba a comprar algo para la cena, o bien a hacer en su nombre la limosna legal de la Pascua. "Judas salió presuroso. Era de noche" (San Juan, 13, 27, 30).
"Era de noche...". Impresionante precisión de un testigo que vio abrirse la puerta sobre la oscuridad de la terraza y desaparecer al traidor en las tinieblas, corriendo hacia su pérdida. Pero esta evocación, digna de un gran escritor, despierta en el espíritu otra imagen: la de las tinieblas aún más impenetrables adonde, aferrado por un monstruoso destino y ciegamente llevado por su falta, se arrojaba aquel hombre a quien la negación endurecía.
Daniel-Rops. Jesús en su tiempo.
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