Camino de Compostela

La Catedral de Santiago de Compostela es el punto culminante de la ruta del apóstol que recorren miles de peregrinos.

Según la tradición, Santiago de Compostela debe sus orígenes al hallazgo en el siglo IX de la tumba del apóstol Santiago, responsable de la primera evangelización de Galicia. Un anacoreta llamado Paio vio unas luces sobre el monte donde se asienta hoy la catedral y acudió al obispo Teodomiro de Iria Flavia para comunicárselo. Se descubrió el sepulcro del apóstol en el campo sobre el cual Paio viera las luces. De ahí procede el nombre de Compostela (campus stellae, 'campo de la estrella'), aunque recientemente se haya discutido dicha etimología (procedería, según otros estudiosos, de compositum, 'cementerio'). De hecho, se ha documentado arqueológicamente la existencia previa de necrópolis paleocristianas y suevas.
A partir de entonces, Santiago se convirtió en centro de peregrinación europea, lo que contribuyó a su desarrollo artístico y económico durante toda la edad media. El punto neurálgico de ese movimiento material y espiritual fue la catedral, donde se guardan los restos del apóstol, mandada construir por el obispo Diego Gelmírez en el siglo XI. En el siglo XII se instituyeron los votos en homenaje al patrón de España. 

Catedral y santuario

La Catedral de Compostela une a su condición de catedral arzobispal la de ser el santuario que guarda la tumba del apóstol Santiago. Por ello es la meta a la que se han dirigido, y aún se dirigen, millones de peregrinos desde toda Europa, marcando una ruta en la que se forjó la cultura europea: el Camino de Santiago.
Ambos destinos han sido determinantes en el estilo y configuración de la misma. Era preciso, no sólo atender al arzobispo en sus funciones pontificales, sino que además había que dar alojamiento, y ofrecer lugar de oración, a la riada de peregrinos que acudían a venerar los restos del apóstol.


La ornamentación de fachada barroca y las torres de la Catedral de Santiago de Compostela se elevan por encima de los tejados de la ciudad.

El lugar de Compostela

La primitiva catedral de Compostela estaba en Iria Flavia, situada a unos 18 kilómetros al sur. Bajo la actual iglesia parroquial se conservan restos primitivos. A su lado existe un cementerio dividido en dos por un muro de sillería. A un lado del muro se han encontrado tumbas paganas, mientras que las encontradas al norte del muro son cristianas. Junto al primer pilar de la iglesia actual se conservaba en el siglo XII, y aun se conserva hoy, la memoria de 28 obispos santos.
La actual Compostela ocupa el lugar de una población cuyas huellas más antiguas pueden llegar a la Edad de Bronce. Las excavaciones efectuadas en el subsuelo de la Catedral entre 1946 y 1959 muestran que está construida sobre un cementerio cuyas tumbas más antiguas conservadas pertenecen al siglo III o IV, pero las huellas de ocupación del terreno se remontan al siglo I. 
Al parecer, el poblado que precede a la actual Compostela era bastante importante, porque una necrópolis tan densa exige una población contigua de importancia. 

Los templos precedentes 

El descubrimiento de la tumba de Santiago, hacia el año 829, marca el comienzo de una nueva época; el obispo Teodomiro y el rey Alfonso II el Casto construyen una modesta iglesia y un monasterio. El obispo trasladó su residencia a este lugar donde falleció el 20 de octubre de 847. Tras servir de concatedral con la de Iria hasta 1095, fue la primera Catedral de Santiago desde el 5 de diciembre de este año.


Urna que guarda los restos de Santiago y sus discípulos San Atanasio y San Teodoro.

La catedral de Santiago de Compostela (España).

La catedral actual

La construcción de la gran Catedral de Santiago de Compostela fue promovida por el obispo Diego Peláez y dirigida por el Maestro Esteban. Este singular edificio es sucesor de otros anteriores que sirvieron para albergar y dignificar los restos del Apóstol descubiertos en Compostela a comienzos del siglo IX y puede decirse que la mayor parte de la obra estaba construida hacia 1122.
Comenzó a construirse en el mismo emplazamiento donde, según la tradición, se encontraba el sepulcro del apóstol. Una parte de la nueva basílica fue consagrada en 1105 por el obispo Gelmírez; pero el conjunto primitivo no se terminó hasta 1211. Con el transcurso de los siglos se construyeron nuevas capillas, la torre del reloj (1325), la cúpula (1448), la torre de las campanas y el claustro (1521). La fachada oeste se levantó entre 1738 y 1750. En el muro sur se encuentra la célebre Puerta de las Platerías, decorada con esculturas románicas. 
En tanto, en la fachada este, restaurada en el siglo XVII, se abre la Puerta Santa, flanqueada por veinticuatro estatuas de granito. La joya de la catedral es el Pórtico de la Gloria, realizado en el siglo XII por el maestro Mateo. En la capilla mayor, completamente restaurada en el siglo XVII, se halla la estatua del apóstol Santiago (siglo XVIII) . La talla está recubierta de una rica esclavina de plata con incrustaciones de piedras preciosas. En la cripta se conserva el mausoleo del apóstol y los de sus santos discípulos Teodoro y Atanasio. 

El descubrimiento

Los restos del apóstol se descubrieron en la ciudad gallega a principios del siglo IX, y un siglo más tarde se levantó la primera basílica, destruida por Almanzor. Aunque se supone que intervinieron diferentes artífices, se suele citar a los maestros franceses Bernardo y Roberto, y a continuación a sus probables discípulos gallegos -o tal vez descendientes del maestro Bernardo-, el llamado maestro Esteban y Bernardo el Joven. 
La catedral de Santiago de Compostela representa la culminación de las grandes iglesias de peregrinación, inspirada en los modelos franceses de Sainte-Foy de Conques, Saint-Sernin de Toulouse y las desaparecidas Saint-Martin de Tours y Saint-Martial de Limoges. Para facilitar el culto a las reliquias del apóstol, alojadas en una cripta bajo el altar del presbiterio, se construyó una girola con capillas radiales en torno al ábside, que permite junto con el gran transepto la circulación fluida de los peregrinos. 
La catedral se fue ampliando y modificando con el transcurso de los siglos; se le añadieron nuevas torres, un claustro de estilo gótico flamígero, una cúpula sobre el crucero, y entre los siglos XVII y XVIII los exteriores originales se ocultaron bajo nuevos paramentos. De las entradas románicas tan solo se conserva la del crucero meridional, conocida como Puerta de Platerías, tallada probablemente por el maestro Esteban hacia el año 1103. Entre los ornatos interiores destacan el enorme incensario conocido como botafumeiro, que pende de la cúpula y en las ocasiones más solemnes oscila sobre la nave principal, y las excepcionales capillas barrocas, especialmente la Capilla Mayor y la Capilla de la Virgen del Pilar.


LA NOCHE DE JUDAS

El drama de un hombre y el Hombre-Dios

¿Qué pensaba Judas de todos estos episodios? Estaba allí, entre los otros, y nadie podía haber sabido su gestión. Estaba sin duda secretamente exasperado por aquellas palabras que había entendido de sobra: "Los últimos serán los primeros", y devorado por el deseo de apresurar el desenlace del asunto. En dos ocasiones había hecho Jesús una alusión, que sólo él había podido comprender en todo el Apostolado. En el momento del lavatorio de pies, había dicho a sus discípulos para acentuar el simbólico carácter de su acto: "Yo sé que vosotros estáis limpios", y enseguida había rectificado: "Pero no todos". Y algunos instantes después había repetido que se cumpliría la Escritura: "El que come conmigo el pan, alza el talón contra Mí" (San Juan, 12, 10, 18). Durante la Cena precisó la acusación: "En verdad os digo que uno de vosotros me traicionará". Los Apóstoles se entristecieron con ello profundamente y cada cual se puso a decir: 
-¿Soy yo, Señor? Él no respondió, pero añadió, como una suprema advertencia: 
-El Hijo del Hombre se va, según lo que de Él fue escrito; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es traicionado! ¡Más le valdría no haber nacido!". 
Entonces Judas preguntó a su vez, por bravata o por inconsciencia: "¿Soy yo, Maestro?". 
Quizá con un signo, musitó Jesús en respuesta, percibida sólo por aquel a quien se dirigía, aquella locución familiar, tan usada entre los judíos, la que Moisés respondió a Faraón (Éxodo, 10, 29): "¡Tú lo has dicho!". ¡Tú sabrás! (San Mateo, 26, 20, 251)
En el triclinium, imitado de los romanos, tal como lo vemos en Pompeya, los invitados se agrupaban en tres divanes que rodeaban la mesa, dejando vacío el cuarto lado para el servicio. El lugar central de la mesa del fondo era el más honroso. El que se encontraba a su derecha llamábase "el seno del padre de familia", porque al estar apoyados los invitados sobre el codo izquierdo, al de la derecha le bastaba hacer un pequeño movimiento para recostarse en el pecho del que presidía la comida. Este lugar estaba ocupado por Juan, el discípulo muy querido. A la izquierda debía hallarse Pedro. En cuanto a Judas, estaba verosímilmente a la cabeza de una de las otras series de convidados, como intendente que debe poder salir sin molestar a nadie.
Los discípulos, cada vez más inquietos, se miraban unos a otros. Pero Juan -pues, aunque él no se nombra en su Evangelio, su identificación es segura-, se había recostado sobre el pecho de su Maestro. Pedro le hizo señas: "¿De quién habla?". Y Juan preguntó en voz baja: "Señor, ¿quién es? -Aquel a quien Yo ofrezca el bocado que voy a mojar". Y habiendo untado pan, lo tendió a Judas (San Juan, 13, 23, 26). En el relato de San Mateo, Jesús designa de otro modo al traidor: "El que ponga conmigo la mano en el plato...". Los dos signos aluden a costumbres que todavía vemos observadas en Oriente. Poner la mano en el plato con alguien es, entre los árabes de Siria y de Transjordania, una especie de rito: si, involuntariamente, un invitado tiende sus dedos hacia el pedazo que el otro desea, le hace mal de ojo; cuando dos hombres de igual rango comen en la misma copa de dátiles, se la debe cubrir con un velo. Y quienquiera haya viajado por tierras musulmanas, ha conocido el honor, a menudo inquietante, de esos bocados que el huésped tiende por encima de la mesa, con intención tan cortés como poco higiénica, como sucede con esos riñones, repugnantes de grasa, que acaba de extraer del mechoui.
¿Fue aquel gesto, por parte de Jesús, un último esfuerzo para arrancar al desdichado Judas a sí mismo? Pero hay momentos en que el alma está tan llena de violencia y de odio que un movimiento de amistad, en lugar de devolverla a la luz, la hace arrojarse aún más en la noche. Pues "tan pronto como Judas hubo tomado el bocado, entró Satán en él". La escena no debió ser notada sino por Juan y por el mismo interesado. "Lo que has de hacer, hazlo pronto", añadió el Maestro. Ninguno de los convidados comprendió por qué decía esto. Algunos pensaron que, como Judas tenía la bolsa, Jesús lo enviaba a comprar algo para la cena, o bien a hacer en su nombre la limosna legal de la Pascua. "Judas salió presuroso. Era de noche" (San Juan, 13, 27, 30).
"Era de noche...". Impresionante precisión de un testigo que vio abrirse la puerta sobre la oscuridad de la terraza y desaparecer al traidor en las tinieblas, corriendo hacia su pérdida. Pero esta evocación, digna de un gran escritor, despierta en el espíritu otra imagen: la de las tinieblas aún más impenetrables adonde, aferrado por un monstruoso destino y ciegamente llevado por su falta, se arrojaba aquel hombre a quien la negación endurecía. 


Daniel-Rops. Jesús en su tiempo.

 


El suicidio de Judas (Grabado)

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