Jesús de Medinaceli

Inmenso fervor en torno a una imagen penitencial del Señor, cuyo origen es incierto y su historia, atribulada..

En muchos lugares del mundo estuvo la imponente imagen -peregrina por la fuerza de las circunstancias- de Jesús Nazareno, creada en el siglo XVII, que los madrileños veneran ahora con especial fervor cada viernes desde su recuperación. 

Origen de la imagen

En el ambiente enfervorizado de la Sevilla barroca nació esta imagen, rodeada de un clima impregnado de la espiritualidad "pasional". No sabemos con seguridad el autor de la imagen, aunque se barajan varias posibilidades: ¿Francisco de Ocampo? ¿Luis de la Peña? ¿Juan de Mesa? El capuchino hermano Domingo Fernández Villa, en su obra sobre la Historia del Cristo de Medinaceli (Everest, León 1988), hace una descripción de la imagen:
"Representa la escena evangélica del ecce homo". La imagen, de un metro setenta y tres centímetros descansa de pie sobre una sencilla peana. Su cuerpo está modelado con pormenores anatómicos; en especial se han cuidado las partes que van a quedar expuestas a la veneración: cabeza, manos y pies. Los cabellos, al natural; rostro sereno, dolorido; boca entreabierta, barbilla corta. Los brazos están articulados por los hombros para facilitar ser vestido... La unción religiosa, la majestad y la serenidad son características esenciales de esta bella escultura"...
Buenaventura de Carrocera, otro capuchino historiador y escritor de un libro sobre la imagen, se detiene en darnos estos detalles:
"Su aspecto impresiona... Es una artística escultura de mediados del siglo XVII, totalmente tallada, de altura más que regular... Está de pie, vestida de terciopelo morado, erguida y valiente; sus cabellos, al natural, aunque más cortos que la larga cabellera que viene ostentando desde sus primeros años en Madrid; la tez morena y un tanto ennegrecida, más por la pátina del tiempo que por la obra del escultor; la cara, de facciones un tanto duras y severas; la boca, entreabierta; los párpados medio cerrados, mirando al suelo; los ojos, recatados y sumisos".

En tierra extraña y rescate de la Imagen

Pero vamos a seguir con la historia. La imagen fue realizada para el convento de Capuchinos de Sevilla. En cierta ocasión, con motivo de comenzar una nueva misión de apostolado en la plaza Mámora, en el norte de África, fue llevada allí, donde estuvo hasta ser reconquistada por las tropas moras de Muley Ismael el 30 de abril de 1681. Hubo luego muchos intentos de rescatar la venerada imagen... y finalmente, en 1682 los frailes trinitarios consiguieron rescatar por muy bajo precio la imagen, que fue llevada a Madrid para recibir desagravio público. Era el 21 de agosto de 1682. En esa fecha comenzó la devoción del pueblo madrileño a la imagen de Jesús Nazareno.
En 1705 se escribía ya: "El haber crecido tanto esta devoción ha sido por los innumerables milagros obrados por Cristo Redentor en esta santa imagen, los cuales no es posible resumir en una breve crónica. Es voz común que el solo mirar de Su Majestad ya infunde grandísimo consuelo en las almas y siempre causa un singular temor y reverencia al ponerse a su vista". 

Un continuo peregrinaje sin casa fija 

En Madrid, Jesús de Medinaceli no tuvo casa permanente. Fue recibiendo culto en diversas iglesias. Primeramente fue colocada en la de los Trinitarios, en el mismo lugar que actualmente ocupa la Basílica, donde tuvo su propia capilla. Pero en 1808 fue destruida la iglesia por la artillería francesa, aunque se salvó la capilla.
Siguió su peregrinaje: fue trasladada "al convento que fue de Padres Basilios", en la calle Desengaño, 10, que en el año 1810 pasará a tomar el nombre de parroquia de San Martín, pues los Basilios habían abandonado su convento e iglesias, como otros muchos religiosos. Aquí permaneció hasta el 7 de octubre de 1814, en que de nuevo fue trasladada "sin forma de procesión ni ceremonia alguna" a la iglesia de los Trinitarios.
Suprimidas de nuevo las órdenes religiosas por las leyes desamortizadoras de Mendizábal en 1836, se pide permiso al arzobispo de Toledo para trasladar la imagen a la parroquia de San Sebastián, en la calle Atocha. En esta parroquia permanece Jesús rescatado durante diez largos años. A fines de 1845, el Duque de Medinaceli interviene ante el ministro de Gracia y Justicia para que sea devuelta la efigie a su antigua capilla de Trinitarios. Así se concede, y el traslado tiene lugar el 18 de abril de 1846. Y como en aquella antigua capilla no residían ya los Trinitarios, se crea el cargo de capellán de Jesús. Un sacerdote cuyo cometido será "el cuidado exclusivo de la sagrada imagen de Jesús, y lo perteneciente a su culto".
Es a finales del siglo XIX, el 7 de julio de 1895, cuando tras haber derribado la iglesia de San Antonio del Prado, situada en la calle del Prado y en la que vivían los Capuchinos, se determina por el obispo de Madrid y los duques de Medinaceli que los frailes Capuchinos se hagan cargo de la iglesia de Jesús Nazareno. Desde entonces son ellos los que mantienen vivo el culto de Jesús. No obstante, la historia de éxodos y regresos continuó en el siglo XX. El 21 de noviembre de 1930 era consagrada la actual iglesia de Jesús de Medinaceli con un digno trono, en el camarín, para la imagen tan venerada.


La cofradía del Cristo de Medinacelli con la imagen en andas.

Durante la guerra civil 

Pero a los pocos años, con el comienzo de los disturbios religiosos en la II República, la iglesia ha de estar custodiada todo el tiempo que permanezca abierta. La imagen fue escondida en los sótanos de la iglesia, en la actualidad convertida en cripta parroquial, donde fue descubierta en febrero de 1937 por el batallón "Margarita Nelken" que se había alojado en el convento de iglesia de Jesús. A pesar de descubrirla respetaron la imagen, y no la sometieron a escarnio ni la maltrataron. Los encargados de la Junta y Tesoro Artístico se encargaron de embalar cuidadosamente la sagrada Imagen para comenzar su sexto viaje. De Madrid a Valencia, a la iglesia del Patriarca, de allí al castillo de Figueras (Gerona), y de allí, el 3 de febrero de 1939 a Ceret (Francia), de donde emprendieron el camino el 12 de febrero para Ginebra.
Fue el hermano Laureano de las Muñecas, un capuchino delegado de la provincia capuchina de Castilla, quien trajo la imagen de Jesús de nuevo a Madrid. El domingo 14 de mayo de 1939 entró de nuevo triunfal Jesús Nazareno en Madrid atravesando sus calles entre multitudes y corazones enardecidos de saber que Jesús de nuevo residía entre su pueblo, entre las gentes sencillas. 


La veneración de la sagrada imagen, en capilla

Los viernes en Jesús de Medinaceli 

El carácter penitencial que la Iglesia concedió a los viernes en recuerdo de la Pasión y Muerte del Señor, motivó a que los cristianos escogieran ese día para venerar las imágenes "pasionales" de Jesús.
Los versos de Fr. Mauricio de Begoña son clarificadores de esta devoción tan arraigada en la fe popular:

"No es devoción falsa y loca
traer besos en la boca
nacidos del corazón,
es como mejor se invoca
y a la vez se otorga un don.
Así dio la Magdalena
dolor y amor en su escena,
así te damos, Señor;
plegarias, cariño y penas,
en todo un beso de amor".

El beso es manifestación de amor. Cuando miles de personas van sencillamente a depositar un beso o una lágrima en el pie de esta sagrada imagen es sólo la prueba externa de un amor y una confianza que se llevan muy adentro. Cuando se ven esas filas interminables de mujeres y hombres que quieren acercarse a venerar la imagen, tocarla y besarla, el corazón vuela y trae a la mente escenas evangélicas en que las multitudes "querían ver y tocar al Señor" (Mc. 3, 10). Jesús sigue dejándose besar y tocar por los afligidos, por los tristes, por los necesitados. Los viernes son una proclamación de la Buena Noticia: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt. 11, 28).


La caída de Jerusalén

La destrucción de la Ciudad Santa en el año 70.

Cuarenta años después, al comienzo del mes de Nisán del año 70, un ejército romano asedió la Ciudad Santa. Cuatro legiones, tropas auxiliares sirias y númidas, con un total de sesenta mil hombres, equipados con el mejor material. Lo mandaba Tito, tanto más decidido a vencer cuanto que, hijo de Vespasiano y proclamado Emperador seis meses antes por un golpe de Estado de las legiones de Egipto, necesitaba de estos laureles para asegurarse en el trono. Israel, insultado, humillado de todos modos por los últimos Procuradores, se había sublevado y, con la loca presunción de lograr contra Roma el heroico milagro de los Macabeos contra los griegos, todo el Pueblo Elegido íntegro hacía contra los legionarios una guerra anárquica, pero feroz.

¿Había llegado, pues, el tiempo que Jesús predijera? Los signos no habían faltado. No fueron sólo los prodigios celestes y las sacudidas sísmicas de que habla Flavio Josefo. Pulularon los falsos profetas, los falsos mesías. Algunos de ellos eran medio locos, pero no hay desequilibrio que no halle gente que lo siga. ¿Acaso no reunió multitudes en el monte Olivete un iluminado egipcio asegurando que las murallas de la ciudad se desplomarían ante su mandato? Un tal Jesús, hijo de Hanan, palurdo analfabeto, apareció vociferando por calles y plazas: "¡Hablo a los cuatro vientos! ¡Hablo a Jerusalén! ¡Hablo a todo el pueblo!". Pero otros de esos conductores eran más peligrosos, como los sicarios, herederos de los antiguos zelotas, que dirigidos por un personaje extraño, valiente y satánico, Juan de Giscala, trataban de imponer la tiranía del puñal. Las despiadadas rivalidades de las facciones, las guerras y las revueltas se habían repetido con demasiada frecuencia; en la misma Jerusalén, asediada, se combatían saduceos, fariseos y zelotas; tenían unos la torre de David, cercaban otros el Templo, ocupando Ofel y Bezeta, mientras los otros habían convertido el Lugar Santo en una fortaleza. La ignominia. Se habían sublevado en nombre de Dios y, para hacer respetar la Ley, habían acabado por raptar a las mujeres judías para violarlas y eran incontables los asesinatos, siendo sus únicas causas la venganza y la codicia.

Tito, acampado en el Scopo, dirigía cuidadosamente su ataque. Los judíos creyéronse fuertes al comienzo; contaban con diez mil soldados, más cinco mil idumeos, excelentes mercenarios; y la ciudad, rodeada de una triple muralla, erizada de noventa torres, parecía inexpugnable. Tenían cuatrocientos balistas y escorpiones arrebatados a una legión romana algún tiempo antes. Hízose trabajosamente la unidad y se sostuvo el sitio. Pero si bien los romanos tardaban en progresar por la fuerza, un aliado más temible trabajó más aprisa para ellos: fue el hambre, aquel hambre también profetizada. La ciudad estaba superpoblada: el ataque -y también eso lo había dicho Jesús- se realizó tan aprisa, que los peregrinos de la Pascua se hallaron bloqueados al mismo tiempo que un gran número de refugiados de provincias. Un muro de asedio, de ocho kilómetros de largo, imposibilitó pronto toda especie de avituallamiento. Los soldados robaban para comer. Los desgraciados que intentaban huir de aquel infierno tropezaban con el vallum de los romanos; y al ser apresados, los devolvían con las manos cortadas, si eran mujeres, pero los crucificaban en sitio bien visible si eran hombres. 

Este suplicio duró cien días. Forzados el segundo, y luego, el tercer recinto, Jerusalén seguía sin rendirse. Se tomaban los barrios casa por casa. Parecía que nada debía acabar con aquella ciudad exasperada, y aquellos espectros, aquellos cadáveres descarnados, todavía hallaban la fuerza necesaria para efectuar salidas. Tomada la Antonia, quedó el Templo, que rechazó el asalto general de los romanos. Tito vaciló en usar el fuego; ¿iba él a destruir "aquella maravilla de magnificencia", como dice Tácito? Pero, al fin, no teniendo ya otro medio de quebrantar la resistencia, hizo encender hogueras ante las puertas. Ardió el precioso cedro, fundiéronse el oro y la plata; se derrumbó el pórtico de Salomón. Entonces, abalanzándose a través de la hoguera, los defensores, con Juan de Giscala a su cabeza, corrieron por el puente del Tyropeon hacia la ciudad alta, que sería su último refugio.
Y entre tanto los jinetes nubios de Tito, lanzados al galope a través de las pendientes callejuelas, barrían todo a su paso, con un gran rodar de cabezas segadas.

Tito, victorioso, intentó limitar el desastre con su Estado Mayor. Entró en el santuario y ordenó apagar el fuego. Pero los soldados, exasperados por la espera y la batalla, nada oyeron. Mataban, violaban; degollaban a los sacerdotes en los atrios. Legionarios y beduinos, empuñando antorchas, activaban el incendio, inútil desde ahora, pero fatal y providencial. "Este pueblo, dijo el victorioso romano, está tan visiblemente bajo el castigo divino que parecería impío concederle gracia". Se retiró, pues, abandonando a su destino el orgullo de Israel. Sin embargo, refugiados en Pella y en Transjordania, los primeros cristianos que supieron reconocer a tiempo los signos del desastre, debieron repetirse, al recibir las espantosas noticias, las proféticas palabras del Maestro: "Esta generación no pasará antes de que sucedan estas cosas. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán".
Daniel-Rops. Jesús en su tiempo.

 

 

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