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El primer título que sus contemporáneos dan a Jesús es el de «Maestro» (a veces en la forma de «Rabbi» o de «Rabboni»). Así le llaman antes de oírle siquiera hablar -impresionados, sin duda, por su porte- los primeros discípulos: Maestro ¿dónde moras? (Jn 1, 38). Así le bautizarán las gentes que se quedan admirados de su enseñanza (Mt 7, 28). Y con este título de respeto -tanto más extraño cuanto que carecía de toda enseñanza oficial para poseerlo- le tratarán siempre los fariseos: ¿Por qué vuestro maestro come con los pecadores? (Mt 9, 11). ¿Por qué vuestro maestro no paga el didracma? (Mt 17,23), preguntarán a los apóstoles. Y con este título se dirigen a él: Maestro, sabemos que has venido de Dios (Jn 3, 2). Maestro, sabemos que eres veraz (Mt 22, 16). Maestro, ¿cuál es el mandato mayor de la ley? (Mt 9, 16). Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio (Jn 8, 4) "Me
llamáis Maestro" Reconocerá incluso que ese
título le es debido: Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís
bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo vuestro maestro... (Jn 13, 13).
Sólo en una ocasión tratará de quitar a esa palabra todo lo que puede
encerrar de insensato orgullo: Ved cómo los fariseos gustan de ser
llamados Rabbi por los hombres. Pero vosotros no os hagáis llamar
Rabbi, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois
hermanos. No os hagáis llamar doctores, porque uno solo es vuestro
doctor, el Mesías (Mt 23, 7). Palabras importantes por las que Jesús
no sólo acepta ese título, sino que lo hace exclusivo suyo. El no
sólo está a la altura de los doctores de la ley, sino muy por encima
de ellos y de la ley misma. Pero el mismo pueblo comprende pronto que el título de Maestro es insuficiente para Jesús: no sólo enseña cosas admirables y lo hace con autoridad (Mc 1, 27), sino que, además, acompaña sus enseñanzas con gestos extraordinarios, con «signos» y «obras de poder» (I Tes 1,5), fuera de lo común. Hoy hemos visto cosas extrañas (Lc 5, 25), dicen al principio. Y enseguida comentan: Un gran profeta ha salido entre nosotros. Y se extendió esta opinión sobre él por toda la Judea y por toda la comarca. (Lc 7, 14). La samaritana se impresionará de cómo Jesús conoce su vida y dirá ingenuamente: Señor, veo que eres un profeta (Jn 16, 19). Y los dos discípulos que caminan hacia Emmaus dirán al peregrino: ¿Tú eres el único que vive en Jerusalén y no sabes lo que ha pasado aquí estos días? Lo de Jesús Nazareno, que llegó a ser profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo (Lc 24, 18). Y junto a estas expresiones que pintan a Jesús como un profeta, encontramos algunas, que aún son más significativas: las que hablan de Jesús como de "el profeta". En la entrada en Jerusalén oímos a la gente aclamar a Jesús, el profeta (Mt 21, 10) y mezclar esta exclamación con la de Hijo de David. Tras la multiplicación de los panes escuchamos de labios de la multitud la exclamación: Este es el profeta que ha de venir al mundo (Jn 6, 14). Y, cuando en la fiesta de los Tabernáculos, queda la gente subyugada ante sus palabras exclama: Verdaderamente es él, el profeta (Jn 7, 40). ¿Qué quería decir la
multitud con esos apelativos? Algo no muy concreto, pero sí muy alto.
En la esperanza mesiánica de la época de Jesús había aspectos muy
diversos entre los que no había perfecta coherencia. Se esperaba, sí,
un profeta excepcional en el que se cumplirían todas las profecías
anteriores. Para unos éste sería un profeta diferente a todos los
demás, para otros se trata del regreso de alguno de los grandes
profetas de la antigüedad: Moisés, Enoch, Elías, Jeremías... Los
textos ven a este profeta que viene armado de una autoridad inigualable;
su llamada al arrepentimiento es definitiva, exige una decisión
definitiva; su predicación tiene un carácter de absoluto que no
poseía la predicación de los antiguos profetas. Cuando llega el
Profeta que ha de venir, cuando toma la palabra, se trata de la última
palabra, de la última ocasión de salvación ofrecida a los hombres;
porque su palabra es la única que indica con toda claridad la llegada
inminente del Reino. ¿Aceptó Jesús el título de profeta que la gente le daba? Parece ser que sí, pero sin ninguna precisión. Efectivamente Jesús explica la incredulidad de los nazarenos diciendo que ningún profeta es reconocido en su patria (Mc 13, 57) y más tarde comenta con sus discípulos que no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén (Lc 13, 33). Pero la misma vaguedad de estas alusiones señala que Jesús en parte se parece y en parte se diferencia de los profetas. Tiene, como ellos, la misión de trasmitir la palabra divina y de enseñar a los hombres a percibir el alcance divino de los acontecimientos. Pero el modo de realizar su misión es muy distinto al de todos los profetas del antiguo testamento. Estos reciben de fuera la palabra de Dios; a veces -como en Jeremías- la reciben a disgusto y quisieran liberarse de ella: otras -como en Amós- el profeta se siente arrebatado de su rebaño humano. Jesús, en cambio, habla siempre en su propio nombre. Trasmite, sí, lo que ha oído a su Padre, pero lo trasmite como cosa propia: «Pero yo os digo». Es un profeta, pero mucho más.
José Luis Martín Descalzo
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Próspero de Aquitania,
el laico precursos |
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Si no fuera por sus escritos -todos marcados por la controversia semipelagiana- y por el testimonio del historiador Gennadio, no sabríamos gran cosa de su vida destacada por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad. Parece ser que era natural de Aquitania y vio la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y
sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes
que estaban en el monasterio de San Víctor, en Marsella, al sur de
Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre
permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a
pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el "Poema de un
esposo a su esposa" en cuyo caso no habría duda sobre su estado
matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento
y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no
puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la
autoría prosperoniana del poema. Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe, y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania. Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus "Colaciones" que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el "initium fidei". Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal
larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la
escritura de los tratados maduros agustinianos "Sobre el don de la
perseverancia" y "De la predestinación de los santos" que
escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de
alto nivel. Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede
en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la
fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de
discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al
magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín. Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos. Muerto Casiano y fallecido
también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del
fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y
alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió "La vocación
de todos los gentiles", "Contra el autor de las
Colaciones", "Sobre la Gracia y el libre albedrío" y
"De los ingratos". Murió después del año 455, sin que hasta el momento se haya podido aventurar con más exactitud la fecha de su muerte. Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de "promocionar al laicado", ni de "laicos comprometidos", se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos. |
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