La Basílica del Papa
Una de las cuatro basílicas mayores de Roma, fue la iglesia principal y residencia de los papas desde el siglo III hasta la construcción
de San Pedro. San Juan de Letrán es la archibasílica del patriarca de Occidente, el Papa.

La basílica de San Juan de Letrán es la catedral del Papa como obispo de Roma. Fue erigida por el emperador Constantino, hacia el año 330, durante aquel breve período de euforia que conoció la Iglesia al salir de la gran persecución y antes de padecer los embates del arrianismo, que negaba la divinidad de Jesucristo.

Surgieron entonces iglesias por todos los pueblos, hacia las que convergían gozosas las muchedumbres para celebrar su dedicación. La basílica de Letrán fue testigo, a lo largo de dieciséis siglos, de muchos acontecimientos.

Hoy, el Papa celebra en Letrán la misa de la tarde del jueves santo, en el transcurso de la cual renueva el gesto de Cristo de lavar los pies a sus discípulos. El sucesor de Pedro es, al mismo tiempo, obispo de Roma y obispo de la Iglesia católica. Ambos ministerios son inseparables. Por esta razón, todas las iglesias de rito romano diseminadas a través del mundo tienen como cosa propia el celebrar el misterio de la única Iglesia de Cristo en la fiesta de la dedicación de la catedral de Roma.

Numerosas reconstrucciones

La historia de la Basílica es compleja, puesto que con el paso de los siglos ha sufrido terremotos, incendios y reconstrucciones. Debe su fundación a la voluntad de Melquiades (o Milcíades), Papa entre los años 311 y 314, y se erigió sobre los restos del antiguo cuartel de los "Equites Singulares", terreno regalado al Papa por el emperador Constantino para que levantase en ella la Catedral de Roma.
La Basílica fue terminada en el tiempo del papa Silvestre I y consagrada por él en 324. Fue originalmente dedicada al Salvador y más tarde conocida como la Basílica de los Juanes. En 846 fue destruida por un terremoto y tuvo que ser reconstruida por el papa Sergio III, quien la dedicó a san Juan Bautista, por ser éste quien con su persona y su palabra puso en contacto el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el siglo XII Lucio II también dedicó la basílica a san Juan, porque con su evangelio da testimonio de la vida y la Palabra del Señor.
Cinco concilios ecuménicos tuvieron lugar en esta Basílica en los años 1123, 1139, 1179, 1215 y 1512. También fue la residencia permanente de los papas desde el tiempo de Constantino hasta el año 1304, cuando el papa se fue de Roma huyendo del caos en que se encontraban la ciudad y los estados papales. Cuando regresó a Roma en 1376, el Vaticano fue escogido como la residencia permanente del pontífice.

Símbolo de la Iglesia

Sobre la fachada de la Basílica encontramos 15 estatuas de 7 metros de altura. La central representa a Cristo, teniendo a los lados a san Juan Bautista y san Juan Evangelista. Las demás representan a los Doctores de las Iglesias griega y latina, aquellos que nos han explicado, profundizado y hecho amar la Palabra de Dios. La basílica de San Juan de Letrán es el símbolo de la misma Iglesia, la cual no propone sus propias palabras, antes bien continúa proponiendo la Palabra de Dios en el tiempo y en la historia, a través de la voz de los ministros y los fieles.
De la antigua construcción realizada por el emperador Constantino en el siglo IV muy poco ha quedado visible. Hoy la basílica presenta sus cinco naves con un amplio crucero y un enorme ábside, restaurado en el XIX, en tiempos de León XIII. La decoración y la arquitectura del interior pertenecen a la intervención llevada a cabo en el XVI por Borromini. La iglesia actual es prácticamente la que él imaginó y embelleció.
La nave central, desde la puerta hasta el fondo del ábside, mide 130 metros de largo y causa impresión por los nichos con las estatuas de los apóstoles, por el hermoso baldaquino de estilo gótico puesto más arriba del altar y por el ábside con los mosaicos completamente reconstruidos en el año 1884. Sobre los nichos de los apóstoles se encuentran representadas algunas escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Más alto, entre las ventanas, han sido pintados algunos profetas.
Ya en los mosaicos de las Iglesias paleocristianas, los apóstoles y los profetas eran presentados en relación unos con otros. En efecto, ellos representan la continuación de la historia de la Salvación y son, expresándonos con lenguaje figurado, "la voz de Dios" que está presente en la historia de los hombres en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las significativas escenas bíblicas que se encuentran en el centro resaltan que aquellas palabras, pronunciadas en nombre de Dios, se han concretado en los acontecimientos de la historia de la Salvación.

El altar papal

La parte más interesante del crucero es el hermoso baldaquino realizado por Giovanni di Stefano en la segunda mitad del siglo XIV. Debajo, en el interior del altar papal, se conservan las reliquias de lo que, según la tradición, es el antiguo altar de madera sobre el cual en las edades paleocristiana y medieval habrían celebrado los Papas.
También están las cabezas de san Pedro y san Pablo sobre el altar papal, cubiertas de plata.
Este altar hace percibir la íntima unidad entre la basílica de San Juan de Letrán -primera sede de los pontífices, donde en torno al Papa, en el signo de la Eucaristía se subraya la unidad de la Iglesia- y la Basílica de San Pedro, en donde se conserva la cátedra del primer pontífice, símbolo del papel del magisterio del papado en la Iglesia. La importancia de la Eucaristía es puesta en evidencia por el altar del Santísimo Sacramento, que se encuentra al extremo del brazo izquierdo del crucero.
Fue construido por el papa Clemente VIII en ocasión del Jubileo del año 1600, utilizando cuatro columnas colosales de bronce dorado que miden siete metros de alto.

Las columnas se remontan a la época romana y son los únicos restos todavía visibles de la Basílica de Constantino. Debajo del baldaquino se encuentra una mesa que (según una bella leyenda) habría servido para la celebración de la Ultima Cena del Señor.
El mosaico del ábside es copia del medieval, y con el simbolismo del agua hace referencia al sacramento del Bautismo, que recrea y renueva todas las cosas.
El presbiterio y el ábside son el resultado de la completa reconstrucción realizada en el siglo pasado, bajo el pontificado de León XIII. Se trata por lo tanto de una copia moderna del mosaico medieval. El papa Nicolás IV, que encargó el mosaico del siglo XIII, era franciscano y esto se comprende observando las dos figuras pequeñas, que se encuentran a los lados de María y de Juan Bautista, y que son san Francisco y san Antonio de Padua. El mismo Papa es representado a los pies de la Virgen, arrodillado en actitud de oración y con las manos elevadas en actitud de ofrenda.
La catedral de la diócesis de Roma era San Juan de Letrán y por este motivo, su baptisterio era el primero y el más antiguo de Roma y de todo el Occidente. Fue construido por orden de Constantino en el siglo IV, y con este motivo se transformó la estructura de las termas de una casa romana. Sixto III (432-449) lo reconstruyó completamente y le agregó un atrio. La última restauración es del siglo XVII, efectuada por Borromini. Muy interesante es la bóveda de la capilla, dedicada a san Juan Evangelista. En el centro, en un mosaico del siglo V, es reproducido el cordero en pie, símbolo del Resucitado.
Saliendo del baptisterio la mirada se dirige inevitablemente hacia el gran obelisco, que con sus 522 toneladas de peso, es el más imponente de los obeliscos de Roma y se encuentra entre los más colosales extraídos de las minas de granito del Egipto meridional. Fue traído en el siglo IV y el papa Sixto V, en el año 1588, lo hizo erigir cerca de su catedral y estableció un plano urbano genial, en el cual las grandes avenidas enlazaban las basílicas principales junto a las cuales había colocado los antiguos obeliscos y sobre esos había colocado la cruz. Así, los monumentos erigidos a las divinidades egipcias fueron consagrados al culto del Dios verdadero. La inscripción en la base del obelisco trae a la memoria la leyenda según la cual el emperador Constantino habría sido bautizado allí.

Dedicación de la Basílica

Desde el siglo XI, la fiesta de su dedicación se celebra cada 9 de noviembre en toda la Iglesia Romana. Su importancia litúrgica es tal que prevalece sobre la domínica correspondiente. Y es que por ser la Catedral del Papa, Obispo de Roma, es "cabeza y madre de todas las iglesias: de la Urbe y del Orbe". Desde allí Pedro y sus sucesores presiden a todos los congregados en la caridad.
"Dedicar" una iglesia es consagrarla, reservarla en forma exclusiva al culto divino. La liturgia de dedicación es una de las más solemnes, ricas en simbolismo y largas en duración. Ordinariamente debe ser presidida por un Obispo. Su ritual se inspira en los lineamientos básicos del sacramento del Bautismo. Por la dedicación, en efecto, nace un templo. Una realidad material, una obra humana se eleva por la unción del Espíritu Santo. De su seno materno brotarán ríos de agua viva, capaces de limpiar los corazones y saciar la sed perenne de los futuros comensales y ciudadanos del cielo.
La fiesta de su Dedicación es una celebración del esplendor de la Verdad. En el Evangelio de esta fiesta, Jesús echó fuera del Templo a los que hacían de la Casa de su Padre un lugar de mercado. Cuando los judíos le pidieron una señal para obrar así, Él respondió: "destruyan este Templo, y en tres días lo levantaré".



Santos y Difuntos ¿Adónde van los que mueren?
Ninguno sabe en qué momento llegará su hora.

Desde niños creemos, para evitarnos traumas en relación con la muerte, que morir es prácticamente lo mismo que irse al cielo, cuando en verdad este lugar está reservado, por su propia naturaleza, sólo para los santos; es decir, para las almas que ya no arrastran las secuelas que inevitablemente deja el pecado.
Lo más probable es que, cuando muramos, todos vayamos, aunque sea por un tiempo, al Purgatorio, y esto si tratamos de esforzarnos por no pecar a lo largo de esta vida, y si además Dios nos concede el favor de morir en estado de Gracia, lo cual implica tratar de vivir siempre en ese estado, porque uno no sabe el momento en que le llegará la hora.

Las celebraciones católicas del 1º y el 2º de noviembre

El primero de noviembre es la celebración de Todos los Santos, es decir, de todos aquellos que, suponemos, ya están en el cielo, gozando de Dios junto a los ángeles, la Virgen María, los Apóstoles y todos los santos que conocemos.
En esa situación consideramos a los niños bautizados y a todos los hombres y mujeres que vivieron una vida ejemplar y que no están identificados , que no fueron canonizados ni tienen un día específico para conmemorarlos dentro del santoral, pero que no por esta razón dejan de ser santos.
El 1º de noviembre, al tiempo de rendir un homenaje a sus virtudes, pedimos su mediación, para que, estando cerca de Dios, nos ayuden a vivir rectamente y alcanzar un día, junto a ellos, la Gloria Eterna del Reino.
«Definimos con autoridad apostólica: que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que salieron de este mundo [...], en las que no había nada que purgar [...] o en las que hubo o habrá algo purgable, cuando después de su muerte se hubieren purgado [...] están o estarán en el cielo» (Benedicto XII, Constitución Dogmática Benedictus Deus)
Pero... ¿Quiénes, entre los difuntos, están ya en el cielo? Eso no lo podemos saber con certeza, por eso al día siguiente de la Fiesta de Todos los Santos, el 2 de noviembre, la Iglesia Católica celebra la Fiesta de los Fieles Difuntos. Rezamos en este día por todos ellos.
Esta oración beneficia a las almas que están en el purgatorio, ya que con la oración intercedemos por ellas ante Dios, para que pronto se encuentren contemplando el divino rostro de Nuestro Señor en el Cielo.
El dos de noviembre es el día señalado por la Iglesia Católica para pedir de una manera especial por nuestros difuntos que murieron perdonados en cuanto a la culpa, pero no en cuanto a la pena, con lo cual Dios permite que las almas se purifiquen completamente en el estado llamado Purgatorio, de manera que puedan luego entrar en el cielo, donde, sabemos, sólo tienen ingreso los santos.
La Iglesia Católica , en tanto administradora de los méritos de todos los santos, nos permite conmutar (o, si se quiere «pagar en vida» esas penas) ganando indulgencias parciales y plenarias, según se cumpla con los actos piadosos que establece la Iglesia como requisitos para obtenerlas.
Nosotros como católicos, podemos ayudar a las almas de los fieles difuntos que se encuentran en el Purgatorio, ganando indulgencias para ellas a través de la oración o de una Santa Misa celebrada especialmente por ellas, ya que éstas siempre llevan consigo una indulgencia.

Lo cierto es que en esos días, además de las celebraciones particulares de cada región del mundo, los católicos acostumbran visitar los cementerios para arreglar las tumbas, colocarles flores y rezar «in situ» por las almas de los difuntos. Éstas acciones son ciertamente loables, por cuanto reflejan el cariño por los seres queridos que ya partieron, y que sin duda no pasan a ser una mera curiosidad antropológica cuando les falta lo esencial; es decir, cuando no van acompañadas de la oración, que es lo que realmente esas almas necesitan ahora.

Oraciones por los difuntos

La Iglesia siempre ha difundido entre sus fieles la tradición de orar por las almas de los difuntos. Estas pobres ánimas no pueden orar por su propia salvación , y en cambio, oran incansablemente por la salvación nuestra. Seamos pues solidarios al mismo tiempo que agradecidos y oremos por ellas.
Reza por lo menos, tres Padrenuestros por las siguientes intenciones:

- Por el alma más abandonada del Purgatorio.
- Por el alma que más padece en el Purgatorio.
- Por el alma que más tiempo ha de estar en el Purgatorio.

Independientemente que vayas a elevar oraciones personales y otros rezos por tus difuntos, te ofrecemos a continuación algunas plegarias para que intercedas por tus seres queridos que ya partieron

Por los padres

Oh Dios, que nos mandaste honrar a nuestro padre y a nuestra madre, sé clemente y misericordioso con sus almas; perdónales sus pecados y haz que un día pueda verlos en el gozo de la luz eterna. Amén.

Por los parientes y amigos

Oh Dios, que concedes el perdón de los pecados y quieres la salvación de los hombres, imploramos tu clemencia a favor de todos nuestros hermanos, parientes y bienhechores que partieron de este mundo, para que, mediante la intercesión de la bienaventurada Virgen María y de todos los Santos, hagas que lleguen a participar de la bienaventuranza eterna; por Jesucristo, nuestro Señor, Amén.

Por un difunto especial:

Haz, Oh Dios omnipotente, que el alma de tu siervo o sierva ... (nombrar a la persona) que ha pasado de esta vida a la otra, purificada con estos sacrificios y libre de pecados, consiga el perdón y el descanso eterno. Amén.

Por todos los difuntos:

Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, concede a las almas de tus siervos y siervas la remisión de todos sus pecados, para que por las humildes súplicas de la Iglesia, alcancen el perdón que siempre desearon; por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

O también: Dales Señor el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua, que descansen en paz. Así sea.

Visitando el cementerio

Yo me postro sobre esta tierra, donde reposan los restos mortales de mis queridos padres, parientes, amigos y de todos mis hermanos en la fe que me han precedido en el camino de la eternidad.

Mas ¿qué puedo hacer yo por ellos? ¡Oh Divino Jesús, que padeciendo y muriendo por nuestro amor nos compraste con el precio de tu sangre la eterna vida!; Yo sé que vives y escuchas mis plegarias, y que es copiosísima la gracia de tu redención. Perdona, pues, oh Dios misericordioso, a las almas de estos mis amados difuntos, líbrales de todas las penas y de todas las tribulaciones, y acógelas en el seno de tu bondad y en la alegre compañía de tus Ángeles y Santos, para que, libres de todo dolor y de toda angustia, te alaben, gocen y reinen contigo en el Paraíso de tu gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.

Graciela Fernández Criado

 

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