Catedral de León
Obra cumbre de la madurez del gótico español, la iglesia matriz de la ciudad española de León se comenzó a construir en 1205.

La catedral de Santa María de la Regla, en León, España, es uno de los más bellos monumentos del estilo gótico. En su concepción muestra la influencia francesa. Su construcción comenzó en el año 1205, finalizó dos siglos después, y en el siglo XIX fue restaurada en su totalidad y reforzada su estructura. La fachada oeste se compone de cinco arcos finamente esculpidos en el siglo XIII y tres puertas. Otros tantos accesos se abren en la fachada sur. Está rematada por dos torres góticas que alcanzan una altura de 68 y 65 metros, respectivamente. El conjunto interior alcanza una superficie de 40 x 91 metros y está dividido en tres naves desde la entrada al transcripto, y cinco naves desde éste hasta el altar mayor. La capilla mayor está cerrada por una imponente verja plateresca, y constituye en sí misma un tesoro artístico con su custodia de plata del siglo XVI y sus pinturas góticas con las firmas de Nicolás Francés y Van der Weyden. La espaciosa capilla del Sagrario alberga esculturas del siglo XV además de maravillosos vitrales. El claustro data del siglo XIV y representa un cuadrado con seis arcos ojivales en cada lado. Entre muchas piezas de gran valor, en el tesoro de la catedral se conservan un Cristo de marfil del siglo XIII, esculturas de Juan de Juni y sus discípulos, un misal y varios ornamentos litúrgicos del siglo XVI. La biblioteca acuna manuscritos visigóticos y un ejemplar de la Ley Romana Visigothorum. Los vitrales forman el conjunto artístico más notable de la catedral de León, con una superficie de 1200 metros cuadrados. En el rosetón de la fachada, la capilla mayor, el transcepto norte y la capilla de Santiago se encuentran las piezas más valiosas..


Tumba de Alfonso VII.

 


Entre Josué y Juda
Hoy, como ayer, la opción es la misma.

La figura y misión de Josué se comprenden a la luz de Moisés. Éste era el hombre escogido por Dios para que fuera su profeta, liberador y legislador de Israel. Sin embargo, no le fue concedido ingresar a la Tierra Prometida.
Moisés aceptó obediente este decreto divino. No hizo valer sus innumerables méritos. Y se encargó él mismo de transferir su autoridad y misión a quien habría de llevarla a buen fin: Josué, hijo de Nun, lleno del Espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. Desde temprana edad Josué había sido su fiel asistente. Le acompañó de cerca en su batalla de oración para vencer a los Amalecitas. Fue uno de los exploradores secretos de la tierra que planeaban conquistar. A este hombre de toda su confianza Moisés lo llamó y le dijo en presencia del pueblo: "Sé valiente y firme, tú entrarás con este pueblo en la tierra que Yahvé juró dar a sus padres. Yahvé marchará delante de ti, Él estará contigo, no te dejará ni te abandonará. No temas ni te asustes". Esta fue la herencia que Josué recibió de manos de su maestro Moisés: lo más importante es hacer la voluntad de Dios. Humildad, obediencia, fidelidad son los atributos de un discípulo y de un misionero que aspire a ser victorioso.
Murió Moisés, a la edad de 120 años, y de inmediato Yahvé le habló a Josué: "Levántate y pasa ese Jordán, tú con todo este pueblo. Nadie podrá resistir delante de ti en todos los días de tu vida: lo mismo que estuve con Moisés, estaré contigo: no te dejaré ni te abandonaré. Sé pues valiente y muy firme, teniendo cuidado de cumplir toda la ley que te dio mi siervo Moisés. No te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas".
La primera tarea era pasar el río Jordán. Confirmando la herencia de Moisés, también al pueblo ahora guiado por Josué las aguas le abrieron paso seguro, una vez cumplida la orden divina de poner, al frente del pueblo, el Arca de la Alianza portada por los sacerdotes. Luego vendría la toma de Jericó: la ciudad más antigua del mundo, cerrada a cal y canto por miedo a los invasores. Josué confió en la promesa de Yahvé, subordinada a otra exigencia: los sacerdotes y guerreros darían una vuelta a la ciudad durante seis días, encabezados por el Arca de la Alianza, y al séptimo día la rodearían siete veces, tocando las trompetas. Entonces el pueblo daría un gran grito, y los muros se derrumbarían. Y así ocurrió.
Muchas otras batallas ganó Josué gracias a su estricta obediencia y fidelidad. Llegado a la ancianidad, convocó a todo Israel y, resumiéndoles lo obrado por Dios en favor de su pueblo, les propuso una elección: "Elijan hoy a quién han de servir: o a los dioses a quienes servían sus padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitan ahora. Yo y mi familia serviremos a Yahvé". El líder religioso y político quiere suscitar la libre adhesión de su pueblo al código que históricamente le ha garantizado victoria; dejando en claro que él ya ha hecho su elección. El pueblo responde: "también nosotros serviremos a Yahvé, porque Él es nuestro Dios". El líder advierte: "No podréis servir a Yahvé, porque es un Dios santo y celoso, que no perdonará rebeldías ni pecados". Espoleado por este desafío, el pueblo responde: "Serviremos a Yahvé".
En el Evangelio, también Jesús plantea a sus discípulos una elección: ¿Quieren seguir conmigo, o prefieren irse con otro? La razón y ocasión de tal disyuntiva es lo que acaba de afirmar sobre su presencia eucarística: comerlo a Él, Pan de vida, es promesa y condición para ingresar a la nueva Tierra Prometida, que es la vida eterna. Para los sentidos, misión imposible: "¿Cómo puede Éste darnos a comer su carne? Este modo de hablar es inaceptable ¿quién puede hacerle caso?". Ser discípulo de Cristo exige creer en la fidelidad y omnipotencia divina, contra toda evidencia humana.

Jesús comprende la magnitud de tal exigencia. Cuando muchos de sus discípulos, escandalizados, le vuelven las espaldas y ya no andan con Él, les reitera a los Doce que su libertad está vigente "¿también ustedes quieren marcharse?". Es la misma elección que Josué le había planteado a Israel, en lo que sería su último discurso. Ahora Pedro toma la palabra y resume el sentimiento de los que quieren permanecer fieles: "¿Y a quién otro podríamos ir? ¡Tú tienes palabra de vida eterna!". Es cierto que Pedro conoció más tarde dudas, vacilaciones y debilidades en su fe; pero se mantuvo fiel en su elección de Cristo como único Señor y Maestro.

No aconteció así con Judas. Se quedó entre los Doce, después del ofrecimiento de Cristo para que se fueran, si así lo querían. Pero ya en ese momento su corazón estaba lejos del Maestro. Jesús lo sabía y lo dijo: "¿No los elegí yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un diablo". Mientras Josué encarnaba la obediencia y fidelidad sin concesiones, Judas optaba por la conveniencia política y económica. Por tres años arrastró la simulación de una doble militancia, ignorando la disyuntiva cristiana: "El que no está conmigo está contra Mí; no podéis servir a Dios y al dinero". Su íntima contradicción lo fue indisponiendo hasta preparar su muerte por desesperación.

La existencia cristiana es exigencia de elección: o eres de Cristo, o estás contra Cristo. O militas con Judas, o tomas las banderas de Josué.

P. Raúl Hasbún Z.


Por mandato de Dios, Moisés y Josué se presentaron ante el Tabernáculo para escuchar la voz del Señor; y el Señor se apareció en una columna de nube que se detuvo a la entrada.


Iglesia de San Francisco, en Asís, Italia. Fresco La captura (detalle).
 

Home Page

Todo Jesús archivo