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La
figura y misión de Josué se comprenden a la luz de Moisés. Éste era el
hombre escogido por Dios para que fuera su profeta, liberador y legislador
de Israel. Sin embargo, no le fue concedido ingresar a la Tierra
Prometida.
Moisés aceptó obediente este decreto
divino. No hizo valer sus innumerables méritos. Y se encargó él mismo
de transferir su autoridad y misión a quien habría de llevarla a buen
fin: Josué, hijo de Nun, lleno del Espíritu de sabiduría, porque
Moisés le había impuesto las manos. Desde temprana edad Josué había
sido su fiel asistente. Le acompañó de cerca en su batalla de oración
para vencer a los Amalecitas. Fue uno de los exploradores secretos de la
tierra que planeaban conquistar. A este hombre de toda su confianza
Moisés lo llamó y le dijo en presencia del pueblo: "Sé valiente y
firme, tú entrarás con este pueblo en la tierra que Yahvé juró dar a
sus padres. Yahvé marchará delante de ti, Él estará contigo, no te
dejará ni te abandonará. No temas ni te asustes". Esta fue la
herencia que Josué recibió de manos de su maestro Moisés: lo más
importante es hacer la voluntad de Dios. Humildad, obediencia, fidelidad
son los atributos de un discípulo y de un misionero que aspire a ser
victorioso.
Murió Moisés, a la edad de 120 años, y de inmediato Yahvé le habló a
Josué: "Levántate y pasa ese Jordán, tú con todo este pueblo.
Nadie podrá resistir delante de ti en todos los días de tu vida: lo
mismo que estuve con Moisés, estaré contigo: no te dejaré ni te
abandonaré. Sé pues valiente y muy firme, teniendo cuidado de cumplir
toda la ley que te dio mi siervo Moisés. No te apartes de ella ni a la
derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que
vayas".
La primera tarea era pasar el río Jordán. Confirmando la herencia de
Moisés, también al pueblo ahora guiado por Josué las aguas le abrieron
paso seguro, una vez cumplida la orden divina de poner, al frente del
pueblo, el Arca de la Alianza portada por los sacerdotes. Luego vendría
la toma de Jericó: la ciudad más antigua del mundo, cerrada a cal y
canto por miedo a los invasores. Josué confió en la promesa de Yahvé,
subordinada a otra exigencia: los sacerdotes y guerreros darían una
vuelta a la ciudad durante seis días, encabezados por el Arca de la
Alianza, y al séptimo día la rodearían siete veces, tocando las
trompetas. Entonces el pueblo daría un gran grito, y los muros se
derrumbarían. Y así ocurrió.
Muchas otras batallas ganó Josué gracias a su estricta obediencia y
fidelidad. Llegado a la ancianidad, convocó a todo Israel y,
resumiéndoles lo obrado por Dios en favor de su pueblo, les propuso una
elección: "Elijan hoy a quién han de servir: o a los dioses a
quienes servían sus padres más allá del Río, o a los dioses de los
amorreos, en cuyo país habitan ahora. Yo y mi familia serviremos a
Yahvé". El líder religioso y político quiere suscitar la libre
adhesión de su pueblo al código que históricamente le ha garantizado
victoria; dejando en claro que él ya ha hecho su elección. El pueblo
responde: "también nosotros serviremos a Yahvé, porque Él es
nuestro Dios". El líder advierte: "No podréis servir a Yahvé,
porque es un Dios santo y celoso, que no perdonará rebeldías ni
pecados". Espoleado por este desafío, el pueblo responde:
"Serviremos a Yahvé".
En el Evangelio, también Jesús plantea a sus discípulos una elección:
¿Quieren seguir conmigo, o prefieren irse con otro? La razón y ocasión
de tal disyuntiva es lo que acaba de afirmar sobre su presencia
eucarística: comerlo a Él, Pan de vida, es promesa y condición para
ingresar a la nueva Tierra Prometida, que es la vida eterna. Para los
sentidos, misión imposible: "¿Cómo puede Éste darnos a comer su
carne? Este modo de hablar es inaceptable ¿quién puede hacerle
caso?". Ser discípulo de Cristo exige creer en la fidelidad y
omnipotencia divina, contra toda evidencia humana.
Jesús comprende la magnitud de tal exigencia. Cuando muchos de sus
discípulos, escandalizados, le vuelven las espaldas y ya no andan con
Él, les reitera a los Doce que su libertad está vigente "¿también
ustedes quieren marcharse?". Es la misma elección que Josué le
había planteado a Israel, en lo que sería su último discurso. Ahora
Pedro toma la palabra y resume el sentimiento de los que quieren
permanecer fieles: "¿Y a quién otro podríamos ir? ¡Tú tienes
palabra de vida eterna!". Es cierto que Pedro conoció más tarde
dudas, vacilaciones y debilidades en su fe; pero se mantuvo fiel en su
elección de Cristo como único Señor y Maestro.
No aconteció así con Judas. Se quedó entre los Doce, después del
ofrecimiento de Cristo para que se fueran, si así lo querían. Pero ya en
ese momento su corazón estaba lejos del Maestro. Jesús lo sabía y lo
dijo: "¿No los elegí yo a ustedes, los Doce? Y uno de ustedes es un
diablo". Mientras Josué encarnaba la obediencia y fidelidad sin
concesiones, Judas optaba por la conveniencia política y económica. Por
tres años arrastró la simulación de una doble militancia, ignorando la
disyuntiva cristiana: "El que no está conmigo está contra Mí; no
podéis servir a Dios y al dinero". Su íntima contradicción lo fue
indisponiendo hasta preparar su muerte por desesperación.
La existencia cristiana es exigencia de elección: o eres de Cristo, o
estás contra Cristo. O militas con Judas, o tomas las banderas de Josué.
P. Raúl Hasbún Z. |

Por mandato
de Dios, Moisés y Josué se presentaron ante el Tabernáculo para
escuchar la voz del Señor; y el Señor se apareció en una columna de
nube que se detuvo a la entrada.
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