El mobiliario de las casas hebreas
Los muebles que formaban parte del hábitat natural de los judíos en tiempos de Jesucristo.

En muchas casas hebreas‹igual de pobres que de ricos‹hay una minúscula cajeta puesta encima de la jamba derecha de la puerta. Dentro de la arquilla hay una hoja de pergamino (mezuzá) con las siguientes palabras del Deuteronomio: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma, y con todo tu poder. Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón: Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes: Y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos: Y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus portadas» (ó, 4-9). La hoja es, pues, por así decirlo, la «filacteria» de los muros de la casa; es también el adminículo sacro mas importante de ella. Por lo demás, el ajuar de la casa hebrea era de sencillez suma.

Las casas corrientes no tenían camas; al llegar la noche la familia echaba en el suelo una manta o una estera y cada cual dormía encima de ella, envuelto en el mismo manto que había llevado durante el día («Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, a puestas del sol se lo volverás: Porque si aquello es su cubierta, es aquel el vestido para cubrir sus carnes, en el que ha de dormir...» (Éxodo 22, 26-26).

Los lechos reales de que habla la Biblia (1. Samuel 19, 14~15) consistían probablemente en una especie de diván con la cabecera en alto. En una tumba de Laquis ha aparecido un ejemplar de cerámica. Pero hay que tener presente que la misma palabra designaba a menudo la descrita yacija, o incluso el cojín que sirve de asiento. El uso de esos cojines se fue extendiendo en las casas ricas, hasta convertirse en símbolo del lujo desenfrenado («Con paramentos he ataviado mi cama, / Recamados con cordoncillo de Egipto. / He sahumado mi cámara / Con mirra, áloes, y cinamomo» (Proverbios 7, 16-17).

Hasta hoy día no han encontrado los arqueólogos ninguna cama de metal.

Mesas y sillas

Los hebreos, como los árabes de hoy, no tenían mesas, sino que comían sentados en el suelo, tomando la comida de un recipiente único puesto encima de una estera o de una piel. Por eso es posible que en las casas con mayor bienestar económico hubiera mesas y sillas que se usaban en las grandes ocasiones. El Evangelio habla de un gran banquete dado por San Mateo en Cafarnaum («E hizo Leví gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos, y de otros, los cuales estaban a la mesa con ellos» (Lucas 5, 29).

Han llegado hasta nosotros representaciones de mesas semicirculares, pero los ejemplos más antiguos no se remontan a más allá de los siglos II-III a.C.

Ya en tiempos de Cristo se usaban en Palestina los triclinios en los que echarse a comer, según se ve en la última cena de Jesús. Este fue, de todos modos, un caso excepcional tratándose de hebreos pobres como Jesús y sus apóstoles. La excepción se explica por ser aquella la noche que Cristo había deseado ardientemente.

Las gentes de la clase social de los apóstoles comían sentadas en el suelo o, a lo sumo, en taburetes.

La sala en que Jesús celebró la última cena estaba en el piso alto de una casa (anágaion). Es posible que cubriera toda la terraza común en las casas de los palestinos de buena posición; tenía alfombras y divanes o triclinios para las comidas solemnes, según el uso griego y romano. Pero no parece que estuviera amueblada con lujo.


Los objetos de vidrio eran bastante frecuentes en las casas palestinas. El vidrio, generalmente usado para los perfumes se compara en la Biblia con el oro. (Museo de la Flagelación, Jerusalén)


Anforas y jarras de cerámica para aceite y vino. Museo de la Flagelación. Jerusalén.

Llaves halladas en la Cueva de las Cartas. Se usaron en el siglo I a. C. y, con la ayuda de clavos que se introducían en la cerradura, servían de llave y de picaporte.

Muebles y objetos de terracota

Según el Talmud de Babilonia no había alfareros en Jerusalén, pues estaba prohibido modelar o cocer arcilla intramuros de la ciudad santa. Se trata, como es sabido, de una de tantas disposiciones destinadas a impedir el renacimiento de formas idólatras. Pero es dudoso que esa prohibición se respetara en tiempos de Jesús, pues el evangelio de San Mateo alude explícitamente a un «campo del alfarero» que los sumos sacerdotes compraron con los treinta siclos del precio de la sangre de Jesús, cuando los devolvió el desesperado Judas.

Sabemos, en cualquier caso, que los habitantes de Jerusalén, ricos o pobres, necesitaban muchos objetos de cerámica. La necesidad era, sin duda, común a todo el mundo antiguo, pero se sentía agudamente en países que, como Grecia y Palestina, eran muy pobres en madera y materias primas en general. La costumbre antigua ya recordada de plantar, al nacer un hijo varón, el árbol destinado a suministrar la madera necesaria para su lecho nupcial no es sólo patética tradición de un pueblo que atiende con particular cuidado a la familia, sino también prueba, por su misma exquisitez, de la dificultad de conseguir muebles y utensilios de madera.

Por eso la terracota sustituía a la madera en todos los casos posibles, aunque se tratara de mesas, cunas, cómodas, taburetes, arcas para guardar los vestidos. Estos muebles de arcilla cocida al sol eran artesanales, modelados a mano directamente y uno por uno: eso hace que el gusto y la técnica de las piezas varíen considerablemente. Unos son lisos, otros presentan decoraciones en relieve, perforaciones y, sobre todo, motivos trazados al pincel (ramitas estilizadas, sarmientos de parra, dibujos geométricos, etc.).

No son frecuentes los restos de esos muebles, pero se encuentran. Baste recordar los escritorios de terracota hallados en Qumran. Como es natural, la tradición popular conserva la leyenda de tal o cual identificación de objetos de cerámica. Así, por ejemplo, se ha discutido mucho sobre la cuna de terracota que veneraban en la cueva de Belén los peregrinos cristianos de los primeros siglos. Pero es muy poco probable que un material tan frágil como la arcilla se mantuviera tantas y tantas décadas en un ambiente no cristiano, que no tenía interés alguno en conservarlo.

También la vasija es simple y de cerámica sin revestimiento. En todas las casas había platos, escudillas, ollas, cazuelas, jarras para aceite y vino, etc. Las piezas «selladas» o «sigillatae» son escasas y de importación; la cerámica propiamente dicha se usó ampliamente en la vida familiar: es el material arqueológico más fácil de reconocer y de fechar.


Candiles de arcilla de la época de Jesús, con la vasija para el aceite que las alimentaba. La llamita del candil iluminaba noche y día la casa hebrea.

La iluminación

No era cosa fácil en aquel tiempo iluminar la casa de noche. La forma de iluminación más extendida era el candil herodiano (así se le llama), pequeña lámpara de arcilla redonda y aplastada, con pico en el cual se fijaba una mecha de lino u otro material, alimentada con aceite. Habla otro tipo de candil más primitivo, también de arcilla, pero de forma semiesférica abierta.

Por motivos de comodidad el candil se mantenía encendido permanentemente, porque el encender con pedernal era bastante complicado y porque se creía que la luz alejaba a los espíritus malignos. Decir que se había apagado la lámpara de alguien era significar la pobreza de esa persona, la ruina, el final de una familia. También para los beduinos de nuestros días dormir en la oscuridad significa haber llegado a la miseria extrema de no tener ya dinero para comprar el aceite del candil.

El Evangelio abunda en alusiones a estos candiles; baste recordar la parábola de las vírgenes necias que se olvidaron el aceite para las lámparas y no encontraron al esposo (Mateo 25, 1-13). Dos veces más se presenta en el Evangelio la advertencia simbólica de no esconder el candil debajo del almud, sino ponerlo en el candelabro para que todos puedan ver su luz.

Se han encontrado lámparas de otros tipos, o metálicas, en las varias excavaciones, pero todas son de época tardía, posteriores al siglo I.

Lo mismo hay que decir de algunas llaves de varias formas halladas en las excavaciones de Sebaste y en una cueva del desierto de Judea, cerca de las ruinas de Bar Kokhba.

Para hacer el pan

Las excavaciones han hecho aflorar también ruedas de molino; son ruedas basálticas acampanadas, probablemente movidas por animales; por eso se supone que se utilizaban en molinos, no en la economía familiar. Pues las piedras corrientemente encontradas en las casas particulares son pequeñas, aplanadas como las que todavía hoy utilizan los pueblos primitivos.

El dispositivo entero constaba de dos piedras redondas; una inferior fija y otra superior provista de un orificio en forma de embudo cónico invertido para recibir los granos de cereal; esta rueda giraba alrededor de un perno. La harina, de trigo o de cebeda, cala desde el borde de la piedra inferior y se recogía abajo en un recipiente o en un trozo de tela. La harina así obtenida se amasaba en la artesa, y una vez fermentada la pasta se hacían hogazas que se cocían en hornos portátiles de terracota o de piedra, calentados con leña, hierbas secas o estiércol secado al sol.

El instrumento era tan sagrado que no podía ser embargado ni dado en prenda: "No tomarás en prenda la muela de molino, ni la de abajo ni la de arriba, porque seria prendar la vida² (Deuteronomio 24, 6).

La tarea de moler la cebada o el trigo competía a las mujeres, las cuales realizaban la operación cotidianamente, a la noche o a primeras horas de la mañana, porque el pan tenía que estar preparado temprano. La harina se mezclaba con sal y agua y se le añadía levadura.

Los métodos de cocción eran varios; en el campo se cocían las hogazas poniéndolas encima de losas calentadas con leña y cubiertas con cenizas muy calientes. Otro modo de cocer el pan consistía en ponerlo encima de una especie de tapa de hierro sostenida entre dos piedras. Entre éstas, por debajo del hierro, se encendía fuego de arbustos, paja y estiércol seco.

Lo más corriente era el uso de un pequeño horno compuesto por un recipiente de alfarería en forma de cúpula dividido en dos pisos: en el de abajo se encendía fuego y en el de arriba se ponían los panes, generalmente de forma aplastada, como libretas, para cocerlos más fácilmente.


Linternas romanas usadas en Palestina en tiempos de Jesús.

 


Revelaciones en Betania
El episodio evangélico en que María de Betania unge pies y manos del Señor nos muestra tres cosas: la sumisión de la mujer por el Maestro, la codicia de Judas, y un nuevo anuncio de la muerte del redentor.

El acto ejecutado por María, la hermana de Lázaro, de ungir con esencias los pies de Jesús, no era un acto insólito. A huéspedes insignes invitados a banquetes se les ofrecían, después del lavatorio de manos y pies, exquisitos perfumes con los cuales rociarse. Y la fineza era tanto más natural en María, cuanto que la dedicaba a quien había resucitado a su hermano, aunque emplease en su ejecución una cantidad de esencia verdaderamente extraordinaria. Pero la exuberancia de la cantidad indicaba la exuberancia del sentimiento íntimo.

Tal prodigalidad sorprendió a algunos de los discípulos, y más que a todos a su administrador común, Judas el Iscariote. Fue éste, como concreta Juan (en tanto que los otros evangelistas hablan de los discípulos en general), quien protestó abiertamente, si bien con apariencias de beneficencia: ¿Por qué se ha hecho ese derroche de ungüento? Se podía, en efecto, vender ese ungüento por más de trescientos denarios y darlos a los pobres (Mc 14, 4-5). A la protesta de Judas, el evangelista Juan, tan práctico como espiritual, añade esta reflexión propia: Y dijo esto, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, llevaba las cosas guardadas en ella (Jn 12, 6).

Por esta noticia sabemos que el grupo de los acompañantes habituales de Jesús hacía vida en común, sin duda junto con el Maestro, y todos ponían sus personales aportaciones en común depositándolas en una pequeña caja confiada a Judas, quien actuaba como administrador y sin duda obtenía auxilios ocasionales de aquellas piadosas mujeres que, de vez en cuando, según sus posibilidades, seguían al grupo de Jesús, encargándose de su asistencia material. Pero Judas era ladrón y sustraía el dinero de la caja. Este hurto continuo difícilmente podía ser descubierto por los demás apóstoles, quienes estaban siempre ocupados en su ministerio espiritual, descargando todas las cosas materiales en Judas. Por el contrario, aquellas piadosas mujeres podían descubrir el hurto fácilmente, porque, ocupándose de los gastos y proporcionando ellas mismas buena parte del dinero, podían seguir de cerca las entradas y salidas de la pequeña caja y apreciar las sustracciones más considerables. Quizá los demás apóstoles y Jesús mismo estuviesen por ellas informados de tales hurtos, y desde entonces el administrador infiel fuese mirado con dolorosa compasión, aunque se le dejara discretamente en su cargo con la esperanza de que él, no descubriendo el caso con la consiguiente vergüenza, cambiase de conducta. Por el contrario, Judas se muestra aquí empedernido: más de 300 denarios era una suma notable, casi el salario anual íntegro de un obrero, y el ladrón, al ver volatilizarse aquel magnífico ingreso, salta alegando el pretexto de los pobres. El secuaz de Mammón quiere conservar todavía el distintivo externo de seguidor de Dios.

Jesús contestó así a la protesta de Judas: Déjala. Que lo guarde (= que valga como reservado) para el día de mi sepultura. Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis (Jn 12, 7-8; cf. Mt 26, 10-13; Mc 14, 6-9). Para Jesús, pues, la unción que acababa de recibir equivalía a una anticipación de su próxima sepultura, ya que los cadáveres se sepultaban después de ungirlos con aromas y esencias perfumadas. Pero parece que ni aun este nuevo anuncio convenció a los apóstoles de la inminente muerte de Jesús, exceptuando, quizá, a Judas, quien, como buen financiero humano, previó la quiebra ajena y debió pensar directamente desde entonces en sus propios intereses.

Ricciotti, Giuseppe: Vida de Jesucristo.


"La unción de la Magdalena", obra de Nicolás Florentino, siglo XV, Catedral vieja de Salamanca.

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