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Magisterio
Optimismo moderno y esperanza cristiana
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Fragmento extraído del cap. 2 del libro: Mirar a
Cristo, ejercicios espirituales predicados por el Cardenal
Joseph Ratzinger (S S Benedicto XVI) al movimiento "Comunión y
liberación". |
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En la primera mitad de los años
setenta, un amigo de nuestro grupo hizo un viaje a Holanda. Allí
la Iglesia siempre estaba dando que hablar, vista por unos como
la imagen y la esperanza de una Iglesia mejor para el mañana y
por otros como un síntoma de decadencia, lógica consecuencia de
la actitud asumida. Con cierta curiosidad esperábamos el relato
que nuestro amigo hiciera a su vuelta. Como era un hombre leal y
un preciso observador, nos habló de todos los fenómenos de la
descomposición de los que ya habíamos oído algo: seminarios
vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y
religiosas que en grupo dan la espalda a su propia vocación,
desaparición de la confesión, dramática caída de la frecuencia
en la práctica dominical, etc., etc. Por supuesto nos describió
también las experiencias y novedades, que no podían, a decir
verdad, cambiar ninguno de los signos de decadencia, más bien la
reafirmaban.
La verdadera sorpresa del relato fue, sin embargo, la valoración
final: a pesar de todo, una Iglesia grande, porque en ninguna
parte se observaba pesimismo, todos iban al encuentro del futuro
lleno de optimismo. El fenómeno del optimismo general hacía
olvidar toda decadencia y toda destrucción; era suficiente para
compensar todo lo negativo.
Optimismo a ultranza
Yo hice mis reflexiones particulares en silencio. ¿qué se habría
dicho de un hombre de negocios que escribe siempre cifras en
rojo, pero que en lugar de reconocer sus pérdidas, de buscar las
razones y de oponerse con valentía, se presenta ante sus
acreedores únicamente con optimismo? ¿Qué habría que pensar de
la exaltación de un optimismo, simplemente contrario a la
realidad? Intenté llegar al fondo de la cuestión y examiné
diversas hipótesis. El optimismo podía ser sencillamente una
cobertura, detrás de la que se escondiera precisamente la
desesperación, intentando superarla de esa forma. Pero podía
tratarse de algo peor: este optimismo metódico venía producido
por quienes deseaban la destrucción de la vieja Iglesia y, con
la excusa de la reforma, querían construir una Iglesia
completamente distinta, a su gusto, pero que no podían empezarla
para no descubrir demasiado pronto sus intenciones. Entonces el
optimismo público era una especie de tranquilizante para los
fieles, con el fin de crear el clima adecuado para deshacer,
posiblemente en paz, la misma Iglesia, y conquistar así el
dominio sobre ella. El fenómeno del optimismo tendría por tanto
dos caras: por una parte supondría la felicidad de la confianza,
aunque más bien la ceguera de los fieles, que se dejan calmar
con buenas palabras; por otra existiría una estrategia
consciente para un cambio en la Iglesia, en la que ninguna otra
voluntad superior –voluntad de Dios- nos molestara, inquietando
nuestras conciencias, y nuestra propia voluntad tendría la
última palabra. El optimismo sería finalmente la forma de
liberarse de la pretensión, ya amarga pretensión, del Dios vivo
sobre nuestra vida. Este optimismo del orgullo, de la apostasía,
se habría servido del optimismo ingenuo, más aún, lo habría
alimentado, como si este optimismo no fuera sino esperanza
cierta del cristiano, la divina virtud de la esperanza, cuando
en realidad era una parodia de la fe y de la esperanza.
Reflexioné igualmente sobre otra hipótesis. Era posible que un
optimismo similar fuera sencillamente una variante de la perenne
fe liberal en el progreso: el sustituto burgués de la esperanza
perdida de la fe. Llegué incluso a concluir que todos estos
componentes trabajaban conjuntamente, sin que se pudiera
fácilmente decidir cuál de ellos, cuándo y dónde predominaba
sobre los otros.
(...)
Mientras leía a Bloch pensaba que el “optimismo” es la virtud
teológica de un Dios nuevo y de una nueva religión, la virtud de
la historia divinizada, de una “historia” de Dios, del gran Dios
de las ideologías modernas y de sus promesas. Esta promesa es la
utopía, que debe realizarse por medio de la “revolución”, que
por su parte representa una especie de divinidad mítica, por así
decirlo, una “hija de Dios” en relación con el Dios-Padre
“Historia”. En el sistema cristiano de las virtudes la
desesperación, es decir, la oposición radical contra la fe y la
esperanza, se califica como pecado contra el Espíritu, porque
excluye su poder de curar y de perdonar, y se niega por tanto a
la redención. En la nueva religión el “pesimismo” es el pecado
de todos los pecados, y la duda ante el optimismo, ante el
progreso y la utopía, es un asalto frontal al espíritu de la
edad moderna, es el ataque a su credo fundamental sobre el que
se fundamenta su seguridad, que por otra parte está
continuamente amenazada por la debilidad de aquella divinidad
ilusoria que es la historia.
Todo esto me vino a la mente de nuevo cuando saltó el debate
sobre mi libro Rapporto sulla Fede (Informe sobre la Fe),
publicado en 1985. El grito de oposición que se levantó contra
ese libro sin pretensiones, culminaba con una acusación: es un
libro pesimista. En algún lugar se intentó incluso prohibir la
venta, porque una herejía de este calibre sencillamente no podía
ser tolerada. Los detentadores del poder de la opinión pusieron
el libro en el índice. La nueva inquisición hizo sentir su
fuerza. Se demostró una vez más que no existe peor pecado contra
el espíritu de la época que convertirse en rey de una falta de
optimismo. La cuestión no era: ¿es verdad o no lo que afirma?,
¿los diagnósticos son justos o no? Pude constatar que nadie se
preocupaba en formular tales cuestiones fuera de moda. El
criterio era muy simple: o hay optimismo o no, y frente a este
criterio mi libro era, sin duda, una frustración. La discusión,
encendida artificialmente, sobre el uso de la palabra
“restauración”, que no tenía nada que ver con lo que decía en el
libro, era solamente una parte del debate sobre el optimismo:
parecía ponerse en cuestión el dogma del progreso. Con cólera,
que sólo un sacrilegio puede evocar, se atacaba a esta supuesta
negación del Dios de la Historia y de su promesa. Pensé en un
paralelo en el campo teológico. El profetismo ha sido visto por
muchos unido por una parte a la “crítica” (revolución), por otra
al “optimismo”, y de esta forma se ha convertido en el criterio
central de la distinción entre la verdadera y falsa teología.
“¿Por qué digo todo esto? Creo que es posible comprender la
verdadera esencia de la esperanza cristiana y revivirla,
únicamente si se mira a la cara a las imitaciones deformadoras
que intentan insinuarse por todas partes. La grandeza y la razón
de la esperanza cristiana vienen a la luz sólo cuando nos
liberamos del falso esplendor de sus imitaciones profanas. |
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Literatura
La hija del ministro.
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El escritor español Miguel Aranguren narra la vida
de una familia que sufrió el odio de la masonería y los
anticlericales. Una novela de amor que narra los martirios en la
España republicana y que se ha convertido en uno de los fenómenos
editoriales del año. |
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Miguel Aranguren, un escritor español que lleva publicado varios
libros de trascendencia editorial, nos sorprende ahora con "La hija
del ministro" (La Esfera de los Libros), una novela muy ambiciosa,
ambientada en el Madrid de las cuatro primeras décadas del siglo XX,
una ciudad convulsionada por el fin de la monarquía y el
advenimiento de una república que, por justificar y alentar la
persecución religiosa, condujo a España a una dolorosísima guerra
fratricida.
Después de leer "La hija del ministro", el lector llega a la
conclusión de que Aranguren ha conseguido convertir a cada uno de
los miembros de la familia de Pablo Bossana, duque del Paraná,
ministro en los dos últimos gobiernos de Alfonso XIII, en
entrañables personajes de ficción. Especialmente a su hija Elvira,
en quien recae el peso de la trama. A través de ella conocemos un
tiempo de impunidad para quienes alentaron el odio religioso, en el
que, al mismo tiempo, brilló el heroísmo de tantos hombres y mujeres
capaces de proclamar su fe hasta el último momento. "La hija del
ministro" también hace justicia a la capacidad de perdón por parte
de quienes pasaron página tras el brutal asesinato de sus seres
queridos.
Elvira Bossana es el hilo conductor de una de las épocas más
fecundas en testimonios de martirio, tal y como han venido
proclamando los últimos Papas.
¿Cómo surgió la idea de "La hija del ministro"? ¿Cómo fue
enfrentándose a una trama tan amplia?
Hace ocho o nueve años, barruntaba el deseo de escribir una novela
sobre la familia, en la que cada uno de sus personajes pudiese
contar, desde su propia experiencia, que en esta institución el
hombre desarrolla su humanidad, que la familia es el lugar al que
siempre necesitamos volver. En todas las familias "cuecen habas"; no
buscaba una idealización de la familia sino una historia humana y
veraz, con sus personajes admirables y aquellos repletos de
limitaciones. Entonces empecé a darle vueltas al escenario en el que
debía situar mi novela. Decidí que una familia muestra toda la
dimensión de su magnanimidad en tiempos de dolor. Y en la historia
reciente de España no ha existido mayor dolor que el que padecieron
tantas familias de bien a causa de una política exaltada y
fatalmente conducida.
¿Se refiere al ocaso de la monarquía y la proclamación de la Segunda
República?
En efecto. El ideal de una república es del todo legítimo. El
pueblo, por muchos motivos, puede decidir en un momento concreto que
ha llegado la hora de prescindir de instituciones históricas como la
corona. Sin embargo, la experiencia española respecto a la república
ha sido, en sus dos oportunidades, un completo desastre. En
concreto, la II República se alimentó de sedición y odio. Los
líderes republicanos equivocaron el objetivo de su sueño: no
buscaron construir un país sino erradicar de él a sus monstruos
imaginarios, en primer lugar a la Iglesia católica. La república
hizo todo lo posible por enterrar la cruz, al tiempo que procuraba
ensamblar una religión civil que condujo a España a un completo
desastre.
Por lo que va descubriendo el lector en "La hija del ministro",
usted identifica una familia (numerosa, por cierto) en el final de
una época y el advenimiento de otra bien distinta.
Los Bossana disfrutaban de un título nobiliario por su fidelidad a
la monarquía. Para ellos la legitimidad de la corona no se
sustentaba en que Alfonso XIII fuese un buen o un mal rey. Veían en
él al representante de una dinastía en la que identificaban muchas
cosas: la historia del país, la tradición cristiana, la unidad
territorial… Es una fidelidad a prueba de disgustos (la amistad del
padre de Elvira con don Alfonso no esconde las numerosas
imprudencias del monarca). Cuando el duque del Paraná acepta una
cartera ministerial en el ocaso del régimen, su hija Elvira se
convierte en testigo privilegiado de los cambios que sufre el país.
¿Y de qué forma ha resuelto su deseo de escribir sobre la familia,
con una trama histórica tan concreta?
La huída del rey muestra el devenir de la familia Bossana, desde las
mieles de palacio a las hieles de la persecución. Los españoles
somos apasionados y en aquellos años lo demostramos con creces:
Elvira es una adolescente que se acostumbra a los disparos, a las
huelgas violentas, a los atentados terroristas, a la desaparición de
familiares y amigos, a los cadáveres en las cunetas... Madrid, de
alguna manera, se torna en la Roma de los primeros siglos, cuando
vivir de acuerdo a la fe llegaba a castigarse no sólo con la
humillación pública, sino con el terrible espectáculo del martirio.
La familia del ministro Paraná lucha por la supervivencia, lo que
implica actuaciones heroicas por algunos de sus miembros y también
viles, ya que no fue fácil para todos superar el miedo.
Después de las discusiones que se han vivido durante los últimos
meses sobre la "memoria histórica", ¿es posible escribir sobre ese
tiempo y, a la vez, mantenerse imparcial?
No es fácil, desde luego. Antes decía que república y monarquía son
igual de legítimos y en "La hija del ministro" se retrata a
republicanos confesos que, con los años, renegaron de aquel sistema
que se había convertido en una fuente de corrupción en el que
medraron tantos masones. También reflejo las heridas morales de
algunos monárquicos que justificaban, en su pertenencia a una buena
cuna, toda clase de tropelías. Sin embargo, es imposible volver la
cara al infierno en el que se convirtió Madrid. Un infierno en el
que, por cierto, no dejó de brillar el amor: Elvira Bossana, por
ejemplo, es capaz de disfrutar un intenso romance en una ciudad en
la que los templos arden como teas. El hogar familiar se convertirá
en un refugio en el que se esconden algunos clérigos a los que se ha
dictado, con absoluta arbitrariedad, la expulsión de España después
de haber reducido a cenizas sus iglesias.
Hablando de clérigos, en "La hija del ministro" se suceden
personajes secundarios que existieron en la realidad, incluso
algunos sacerdotes.
Después de haber estudiado a fondo aquellos años y de haber "vivido"
en ellos durante el tiempo de elaboración de la novela, puedo
asegurar que si los horrores se multiplicaron, también se
multiplicaron los testimonios de santidad. Madrid fue una ciudad de
santos y miserables. En las páginas de "La hija del ministro"
aparece, por ejemplo, el padre Rubio, un jesuita que asombra a la
familia Bossana por su dedicación a los más pobres, por su entrega
al sacramento de la Penitencia o por su famoso don de bilocación. No
puedo dejar de anunciar que estuve presente en la ceremonia de su
canonización, precisamente en el paseo de la Castellana por el que
tantas veces caminó. Y es que hoy la Iglesia universal celebra el
ejemplo y la intercesión del padre Rubio, como celebra la extensión
del Opus Dei y la figura de san Josemaría, que algún lector
perspicaz puede imaginarse detrás del padre Mariano Albás junto a
los primeros miembros de la Obra, un puñado de universitarios que
dedicaban las mañanas de los domingos a atender, junto al Fundador,
a los enfermos infecciosos del hospital del Rey. Isidoro Zorzano,
por ejemplo -que se encuentra en proceso de beatificación-, dará un
giro esperanzado al destino fatal de Ventura Ortuño, el otro gran
protagonista de la novela.
Ventura Ortuño, en efecto, secretario del ministro Bossana, vive un
idilio con Elvira.
Si hay algo que me conmueve del romance entre Elvira y Ventura, es
que son capaces de jurarse amor eterno, con todas las consecuencias.
Un amor que no podrá vencer ni la misma muerte. Un amor
incondicionado a pesar del odio que barre España, de la distancia,
de la guerra, de los años… Sin grandilocuencias, dos adolescentes
nos ofrecen una auténtica lección de cómo el amor salva a los
hombres del pozo de la barbarie. Además, son dos novios que se
respetan, que viven un amor limpio, que muestran que el noviazgo no
es una utopía en la que las pasiones tienen la última palabra.
La novela, por último, es capaz de mostrar una familia en la que la
piedad religiosa forma parte de su paisaje natural. ¿Cómo viven la
fe los Bossana?
La familia Bossana es cristiana, como la mayoría de las familias
españolas de aquella época. Ríen, charlan, lloran, se pelean, se
perdonan, rezan, bailan, juegan, participan de los sacramentos…
Quiero decir que no viven una fe impostada, como calzada a la
fuerza, tal y como buena parte de la cultura actual cree identificar
el catolicismo. La fe de los padres de Elvira es muy atractiva: se
habla de Dios, se reza en familia, se cuenta con la Iglesia con la
misma naturalidad que realizan las demás actividades cotidianas o
extraordinarias de la vida. Algunos lectores me han confesado su
conmoción, por ejemplo, al descubrir cómo reaccionan los Bossana
ante sucesos tan dolorosos como la muerte de un hijo, o cómo
festejan con alegría las fiestas navideñas, o cómo se recogen en
oración ante determinadas circunstancias, o cómo entrelazan lo
divino y lo humano en cualquier charla, o cómo el padre no abandona
sus principios morales ante las inquinas políticas y palaciegas. A
fin de cuentas, la fe les ofrece muchas respuestas, incluso ante
aquello que humanamente no tiene explicación.
Fuente: Fluvium
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