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Testigos
José Oriol, santo del ascetismo y prodigios
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Nacido en Barcelona, en 1650. Fallecido en la
misma, a la edad de cincuenta y dos años. A pesar de los muchos
milagros acontecidos por su intercesión, diversas circunstancias
azarosas de los tiempos retardaron su glorificación canónica.
Fue beatificado por Pío VII en 1806 y canonizado por San Pío X
en 1909. |
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José Oriol nació de padres honrados
y modestos en el barrio de San Pedro de las Puellas, de la
Ciudad Condal. Cuando tenía un año y medio, falleció su padre; y
habiendo quedado la viuda en suma pobreza, contrajo segundo
matrimonio con un hombre muy bueno, zapatero de oficio. Madre e
hijo se fueron, pues, a la casa del nuevo esposo, situada en la
parroquia de Santa María del Mar.
El cristiano zapatero amó al niño como hijo propio, a pesar de
tener los suyos, y cuando tuvo la edad suficiente le hizo entrar
de monaguillo en Santa María, donde aprendió a leer y escribir,
y también algo de solfeo. Distinguióse entre los demás
monaguillos por su espíritu devoto. Pasaba muchos ratos
arrodillado ante el altar del Santísimo y tenía un acendrado
amor a la Virgen.
Muere
el padrastro
Llegado a los doce o trece años, los beneficiados del venerable
templo, viendo en él cualidades para los estudios, le enviaron a
la Universidad, para que aprendiera la lengua latina y las
principales letras humanas que allí se enseñaban.
Fue por aquellos tiempos cuando falleció su padrastro, dejando a
su madre pobre como antes y con la carga de varios hijos. Mucho
les ayudaron entonces los sacerdotes de la Parroquia. Y les
ayudaron, asimismo, la antigua nodriza de José y su marido, los
cuales hospedaron en su casa al jovencito. Le arreglaron un
pequeño aposento en el desván, muy a propósito para la vida de
estudio y oración que llevó siempre. No salía apenas del mismo,
más que para ir a la iglesia o a las aulas.
Al poco tiempo sus estudios se convirtieron para él en carrera
eclesiástica, pues con el fin de llegar al sacerdocio los hacía.
En el transcurso de aquellos años le probó Dios con la parálisis
de una pierna, que le retuvo en cama largo tiempo. Pero la
soportó con gran dulzura y ejemplar resignación. Los cursos que
siguió en la Universidad fueron los de Humanidades, Filosofía y
Teología. Terminados los cursos de la Facultad de Teología,
obtuvo el título de Doctor. Recibió el Presbiterado el 30 de
mayo de 1676, y celebró su primera Misa el 29 de junio
siguiente.
Al poco tiempo de su Ordenación se le ofreció el cargo de
preceptor de los niños en una casa noble de Barcelona. Afligido
por la estrechez en que tenían que vivir su madre y sus
hermanastros, parecióle que podía aceptar la plaza, pues así
podría socorrerlos con el sobrante de sus honorarios.
Para su austeridad significaba un verdadero sacrificio convivir
con una familia rica y dada a todas las comodidades. Como el
único móvil de su aceptación había sido el poder cumplir mejor
sus obligaciones filiales, Dios le premió de un modo inesperado,
llamándole milagrosamente a una vida de penitencia heroica, en
aquellas circunstancias tan poco favorables a la penitencia.
Ayuno
Un día, en la regalada mesa de los señores, alargó el brazo para
servirse un plato exquisito, pero una fuerza irresistible se lo
retuvo, impidiéndole de hacerlo; segunda y tercera vez sucedió
lo mismo. Con lo cual su espíritu, celestialmente iluminado,
comprendió que el Señor le llamaba a un ejercicio perpetuo del
ayuno.
Desde aquel momento comenzó a practicar una abstinencia tan
rígida como la que en otros tiempos practicaron los solitarios
del desierto, y perseveró en ella hasta la muerte.
Renunció a la mesa señorial e hizo la resolución de ayunar toda
la vida a pan y agua. Él mismo salía a comprarse el pan a fin de
poderlo escoger del peor y más seco. Después, bebía agua de una
de las fuentes de la ciudad. Los días festivos se permitía
añadir al pan algunas hierbas, que iba a buscar en la montaña de
Montjuich.
Podemos decir que con la ejemplaridad de aquellas abstinencias
inauguró el Doctor Oriol su gran apostolado en Barcelona.
Resultaban ellas más eficaces que elocuentes sermones. Las
conocía toda la ciudad. Era por ellas el Santo una continua
exhortación a la mortificación cristiana.
A los nueve años de desempeñar su cargo, lo dejó, con gran
sentimiento de los señores y de sus hijos, que le hubieran
querido retener para siempre. Pero había fallecido su madre, y
no era ya precaria la situación de sus hermanastros, por lo cual
se creyó relevado del deber de ayudarles. Por otra parte, tenía
el proyecto de visitar la Ciudad Eterna para venerar los
sepulcros de los Apóstoles y ofrendar su homenaje al Padre
Santo, que era a la sazón Inocencio XI, elevado en nuestros días
al honor de los altares.
Peregrino
En efecto, obtenido el permiso de todos sus superiores y
provisto de letras de recomendación altamente honoríficas,
emprendió el viaje a pie y vestido de peregrino, en 1686. Estuvo
en Roma ocho o nueve meses. Y el Papa le otorgó un beneficio de
la Parroquia del Pino de Barcelona.
Hasta la muerte formará parte de tan preclara comunidad de
Beneficiados. Vivió siempre en los alrededores de la iglesia,
pero nunca en casa o piso propios, sino en alguna buhardilla
realquilada.
Sus muebles y enseres eran pocos: una mesa de estudio, un banco
y una estera para dormir; una silla de brazos, una caja de
madera para la ropa, un Crucifijo para la oración, algunos
libros, un cántaro y una palangana. Era extremadamente limpio.
Se lavaba y cosía la ropa... No puede concebirse más sobriedad y
modestia.
¿Qué decir de su caridad? Repartía a los pobres todo el dinero
que no le era absolutamente necesario.
Testimonios
Estando un día en el coro, manifestó cierta desazón que extrañó
al beneficiado que se sentaba a su lado. Preguntóle qué le
ocurría, y contestó: «Es que me he encontrado un diablillo en el
bolsillo». Era una moneda de plata que no sabía llevara encima y
que, saliendo inmediatamente, fue a entregar a un mendigo,
continuando después su rezo coral con la devoción acostumbrada.
Frecuentaba los hospitales y las cárceles; predicaba a los
soldados; reunía a los niños en algún patio y les enseñaba el
Catecismo; conversaba con los pobres; su trato con todos era
siempre dulcísimo. Con esta suavidad conquistaba innumerables
corazones. Su apostolado caritativo fue para Barcelona una
bendición inmensa.
Vida devota
Digamos algo, finalmente, de su espíritu de oración y su vida
extática. Se le veía rezar en diversas iglesias y por las
calles.
En su aposento, los raptos durante sus meditaciones eran
frecuentes, y muchas veces los acecharon por las rendijas varios
sacerdotes y fieles.
El Señor le sublimaba, levantándolo del suelo.
Cuatro años antes de su muerte, encendido en grandes deseos de
martirio y en una inmensa caridad para con las almas de los
infieles, resolvió el Santo partir otra vez a Roma y presentarse
para que la Santa Sede le destinara a las Misiones de Oriente.
Salió de Barcelona el 2 de abril de 1698. Un buen obrero, que le
apreciaba mucho, quiso acompañarle un trecho. A pocas horas,
entraron en una posada, donde el obrero comió con vivo apetito,
creyendo que el Santo pagaría el gasto.
En el momento del pago se convenció de que el sacerdote
peregrino no llevaba encima ni una sola moneda. Entonces, el
Doctor Oriol, compadecido de su confusión, cogió un rábano de la
mesa y lo fue cortando en rodajitas, que se convirtieron en las
monedas necesarias.
Con muchas incomodidades, comiendo de caridad y caminando,
siempre a pie, llegó a Marsella, donde enfermó gravemente.
Durante su dolencia se le apareció la Santísima Virgen y le
mandó que regresara a Barcelona. Así lo hizo, por mar,
embarcándose en una pequeña nave de un patrón de Blanes, que le
profesó en adelante grande afecto, porque fue testigo de sus
virtudes y también de un rapto maravilloso, a bordo, que le
levantó en el aire, con estupefacción de todos los tripulantes.
Barcelona se alborozó de alegría al retorno del Doctor Oriol. Y
desde entonces empezó un nuevo período de su vida —el último—,
durante el cual se manifiesta a sus conciudadanos con un nuevo
poder celestial: el de «curar de gracia», como se decía muy
teológicamente, es decir, el de sanar a los enfermos por don
gratuito de Dios, mediante su bendición.
Los prodigios podemos decir que fueron innumerables. La hora
establecida para curar a los enfermos era terminadas las
Vísperas del coro de la iglesia del Pino, hacia las tres de la
tarde, en la capilla del Santísimo.
Hacía oración un cuarto de hora ante una imagen de San Pedro y
salía hacia los enfermos, alineados en la barandilla del
comulgatorio. Les hacía rezar tres Credos o tres Salves, les
exhortaba al arrepentimiento y a la confianza en Dios.
Acompañábale un monaguillo con el calderillo del agua bendita y
el aspersorio.
Puesto que tenía también el don de penetrar los corazones, a
algunos les aplazaba la curación hasta que se hubiesen
reconciliado con Dios, a otros les dejaba sin curar porque así
convenía a su bien espiritual.
Muchos eran los enfermos que iban a la iglesia del Pino unos,
barceloneses; otros, venidos de diversas poblaciones de
Cataluña... Con frecuencia las curaciones tenían el carácter de
estupendos milagros.
Entre ellos, alcanzaron singular resonancia la súbita curación
de un muchacho apodado el Trempat, evitándole la amputación de
una pierna ya gangrenada; y, la más instantánea, de un deforme
paralítico, llamado el Bergant, que pedía limosna a las puertas
de la Parroquia.
José Oriol profetizó su próxima muerte y enfermó a principios de
marzo de 1702, de pleuresía. Pidió a un cuchillero de la calle
de la Daguería una habitación donde pasar sus últimos días.
Desahuciado de los médicos, recibidos los Sacramentos con gran
consolación espiritual, rodeado de buena gente del barrio y de
amigos sacerdotes y seglares, asistido por su confesor,
dulcificada su agonía por la escolanía de la capilla del Palau,
de cuyo maestro solicitó le fuese cantado el Stabat Mater en
memoria de los Dolores de la Virgen, con la dulce rememoración
de Jesús agonizante en la Cruz, expiró en las primeras horas del
día 23 del mismo marzo. |
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Espiritualidad
La imaginación
Por Salvador Canals
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"Nuestra pedagogía se compone de afirmaciones, no de
negaciones, y se reduce a dos cosas: obrar con sentido común y con
sentido sobrenatural."
San Josemaría Escrivá. |
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Ninguna persona prudente tomaría nunca a un loco por consejero en
los problemas más delicados de su propia vida. Todos consideraríamos
imprudente y poco sensato a quien se condujera de tal modo.
Esta verdad, tan clara y evidente en la vida y en los negocios, no
lo es tanto, al menos en la práctica, en la vida interior y en el
problema de nuestra santificación. La imaginación es una loca –la
loca de la casa, la llamaba Santa Teresa, con su habitual buen
humor–, y, sin embargo, ¡cuántas veces la elegimos, más o menos
conscientemente, para consejera de los problemas más delicados de
nuestra alma!
Orígen de
demasiados males
Esta loca que nos distrae con su alboroto y nos disipa con su
algarabía; que nos comunica sus variados temores y nos turba con sus
aprensiones, que nos susurra al oído sospechas infundadas, que nos
tiraniza con sus ambìciones y nos muerde con su envidia; esta loca
que nos hace salir de la realidad con fantásticos ensueños, llenos
de euforia o de pesimismo, y que nos instila suavemente el veneno de
la sensualidad y del amor propio: esta loca –lo sabemos por
experiencia– es la gran enemiga de nuestra vida interior, es la
eterna aliada del mundo, del demonio, de la carne.
Es ella la que turba tu vida de oración y te hace temer la
mortificación; la que introduce en tu alma la tentación de la carne
y de la soberbia; la que falsea tu conocimiento de Dios y te priva
del sentido sobrenatural; la que te adormece con el sueño de la
frivolidad o te sumerge en el letargo de la tibieza; la que apaga el
fuego de la caridad o enciende el de la desconfianza y de la
discordia.
Verdadera
tiranía
Es tan loca como un caballo desbocado; tan inquieta como una
mariposa; si no la dominas y la guías, jamás serás un alma interior
y sobrenatural.
Si no la dominas, jamás podrás gozar de esa calma serena, que es tan
necesaria para servir a Dios.
Si no le pones freno, jamás tendrás aquel realismo que una vida de
santidad exige. Calma, realismo, serenidad, objetividad: virtudes
que nacen allí donde termina la tiranía de la imaginación; virtudes
que crecen y se fortifican en el esfuerzo ascético de dominar y de
controlar la fantasía.
Te decía que la tiranía de la imaginación es grande. Tan grande, que
altera las ideas, que falsea las situaciones de la vida, que deforma
a las personas.
Podemos imaginar
fantasmas
El Evangelio ofrece una prueba muy elocuente de esta tiranía.
Estamos en el lago de Genezaret y es una noche oscura de tempestad;
los apóstoles tienen que remar duramente, combatiendo contra un
fuerte viento contrario. Su barquichuela, zarandeada por las olas,
contiene a doce hombres que luchan para resistir la impetuosa fuerza
del viento. Jesús se ha retirado solo a lo alto de un monte vecino y
ora. Quarta vigilia noctis venit ad eos, ambulans super mare. Pero
en la cuarta vigilia de ia noche Jesús se acerca hacia los apóstoles
caminando sobre las aguas.
Y los doce... videntes eum super mare arnbulantem, turbati sunt,
dicentes: quia fantasma est: al ver a Jesús que anda sobre las
aguas, se turban y exclaman: ¡Es un fantasma!
Fíjate: la adorable figura del Maestro, que viene para estar con
ellos, para ayudarlos, para calmar la tempestad imponiendo silencio
a las olas con su palabra imperiosa, asume en aquella imaginaciones
el aspecto de un fantasma que les infunde miedo y les conturba.
Cuántas veces se repite en nuestra vida este episodio evangélico!
¡En cuántas ocasiones nuestra alma, víctima de la imaginacion, se
atemoriza y queda turbada!
Una cruz
sin alegría
Juegos de la fantasía, fantasmas de la imaglnación son esas cruces
imaginarias que suelen atormentarnos y nos agobian con su peso. No
creo exagerar si te digo que el noventa por ciento de nuestros
sufrimientos, de esos sufrimientos que, con escaso conocimiento de
la Cruz de Cristo, llamamos cruces, son imaginarios, o que por lo
menos están agrandados o deformados por el cruel dominio de nuestra
imaginación. Esta es la razón por la que tanto nos pesan y nos
agobian nuestras cruces humanas e inventadas.
Si lo que tanto nos hace sufrir y tan fuertemente nos agobia fuese
de verdad la cruz que el Señor nos manda, la Cruz de Jesús, una vez
que la hubiésemos reconocido como tal y que, con fe y con amor, la
hubiésemos aceptado, ya no nos debería pesar y oprimir. Porque la
Cruz de Jesús, la Santa Cruz, no es fuente de tristeza o de
abatimiento, sino de paz y de alegría. En cambio, si llevamos sobre
nuestros hombros una cruz humana e imaginaria, o la producida por
nuestra rebeldía interior contra la verdadera Cruz, entonces estamos
tristes y preocupados.
Contra
los fantasmas fe
Pero este peso y esta preocupación pueden desaparecer de tu vida y
dejar de agobiarte: basta con que abras los ojos de la fe y con que
te decidas a cortar las alas a tu imaginación.
Permíteme que te diga que estas cruces humanas que te aplastan con
su peso no existen en la gran realidad de tu vida sobrenatural,
existen sólo en tu imaginación. Llevas sobre los hombros un peso tan
atroz como ridículo: un peso que en tu imaginación es una montaña y,
en realidad, es un granito de arena.
Son fantasmas creados por la mente, fantasmas que la fantasía
reviste de colores vivaces, atribuyéndoles manos anchísimas y
temerosas, y piernas ágiles y veloces. Son los fantasmas que ahora
te persiguen y llenan de dolor y de agitación tu alma.
Un pequeño gesto de tu vida de fe sería suficiente para hacerlos
desvanecer. ¿Te das cuenta de qué poco basta para eliminarlos?
Ante un
futuro incierto
A veces, admitimos en nuestra vida a otros fantasmas... Vienen de
lejos: son los temores a los peligros futuros. Son temores a cosas o
a peligros que ahora no existen y que no sabemos si se realizarán,
pero que vemos presentes y actuales en nuestra imaginación,
haciéndolos más trágicos.
Un sencillo razonamiento sobrenatural los haría desaparecer: puesto
que estos peligros no son actuales y estos temores todavía no se han
verificado, es obvio que no tienes la gracia de Dios necesaria para
vencerlos y para aceptarlos. Si tus temores se verificasen, entonces
no te faltará la gracia divina, y con ella y tu correspondencia
tendrás la victoria y la paz.
Es natural que ahora no tengas la gracia de Dios para vencer unos
obstáculos y aceptar unas cruces que sólo existen en tu imaginación.
Es necesario basar la propia vida espiritual sobre un sereno y
objetivo realismo.
La imaginación
contra los demás
Estos fantasmas no, son menos peligrosos en el campo de la caridad.
¡Cuántas veces, en esta virtud, quedas víctima de la imaginación!
¡Cuántas sospechas hay sin fundamento y que sólo radican en tu
mente! ¡Cuántas cosas haces pensar y decir y hacer al prójimo que
este jamás ha pensado, ni dicho, ni hecho! Estos fantasmas turban y
descomponen la convivencia con las demás personas, la vida de
familia.
Esos pequeños contrastes que se dan necesariamente en todas las
convivencias humanas, incluso en las de los santos, porque no æomos
ángeles, son agrandados y deformados por la imaginación y crean
estados de ánimo duraderos que nos hacen sufrir muchísimo. Por
naderías, por pequeñeces y por el juego de nuestra fantasía, se
abren abismos que dividen las personas, que destruyen afectos y
amistades, al corromper la unidad.
La presencia
de Dios es eficaz
La imaginación, además, es la gran aliada de la sensualidad y del
amor propio.¡Qué novelas te hace vivir!: fantásticos ensueños en los
cuales eres el héroe, el personaje que triunfa: fantasmas que
acarician tu ambición, tu deseo de mandar y de ser admirado, tu
vanidad.
Fíjate cuántos obstáculos para tu santidad.
Tu vida de piedad: la oración, la presencia de Dios, el abandono en
las manos de Nuestro Señor, la alegría fuerte y sobrenatural; todas
esas murallas de tu vida interior quedan así amenazadas, minadas por
la loca de la casa.
Sé sobrenatural, sé objetivo. La voz de Jesús pone fin a los temores
y a la aventura de los Doce del Lago de Genezaret: Habete fiduciam,
Ego sum: nolite timere... Tened confianza, soy Yo: ¡no temáis!
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