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Testigos

San Columbano

Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI durante una audiencia general en la plaza de San Pedro del Vaticano dedicada a presentar la figura de san Columbano.

Queridos hermanos y hermanas: Hoy quisiera hablar del santo abad Columbano, el irlandés más famoso de la Alta Edad Media: con razón puede ser llamado un santo "europeo", pues como monje, misionero y escritor trabajó en varios países de Europa occidental. Junto a los irlandeses de su época, era consciente de la unidad cultural de Europa. En una de sus cartas, escrita en torno al año 600, dirigida al Papa Gregorio Magno, se encuentra por primera vez la expresión "totius Europae - de toda Europa", en referencia a la presencia de la Iglesia en el continente (Cf. Epistula I,1).
Columbano había nacido en torno al año 543 en la provincia de Leinster, en el sudeste de Irlanda. Educado en su casa por óptimos maestros que le encaminaron en el estudio de las artes liberales, se encomendó después a la guía del abad Sinell de la comunidad de Cluain-Inis, en Irlanda del norte, donde pudo profundizar en el estudio de las Sagradas Escrituras.
Cuando tenía unos veinte años entró en el monasterio de Bangor, en el nordeste de la isla, donde era abad Comgall, un monje conocido por su virtud y su rigor ascético. En plena sintonía con su abad, Columbano practicó con celo la severa disciplina del monasterio llevando una vida de oración, ascesis y estudio. Allí fue ordenado sacerdote. La vida en Bangor y el ejemplo de abad influyeron en su concepción del monaquismo que Columbano maduró con el tiempo y difundió después en el transcurso de su vida.
A la edad de unos cincuenta años, siguiendo el ideal ascético típicamente irlandés de la "peregrinatio pro Christo", es decir, de hacerse peregrino por Cristo, Columbano dejó la isla para emprender con doce compañeros una obra misionera en el continente europeo. Debemos recordar que la migración de pueblos del norte y del este provocó un regreso al paganismo de regiones enteras que habían sido cristianizadas.
Alrededor del año 590 este pequeño grupo de misioneros desembarcó en la costa bretona. Acogidos con benevolencia por el rey de los francos de Austrasia (la actual Francia), sólo pidieron un pedazo de tierra sin cultivar. Se les entregó la antigua fortaleza romana de Annegray, en ruinas, recubierta por la vegetación. Acostumbrados a una vida de máxima renuncia, los monjes lograron levantar en pocos meses de las ruinas el primer monasterio. De este modo, la reevangelización comenzó a desarrollarse ante todo a través del testimonio de vida.
Con el cultivo de la tierra comenzaron también un nuevo cultivo de las almas. La fama de estos religiosos extranjeros que, viviendo de oración y en gran austeridad, construían casas y roturaban la tierra, se difundió rápidamente, atrayendo a peregrinos y penitentes. Sobre todo muchos jóvenes pedían ser acogidos en la comunidad monástica para vivir como ellos esta vida ejemplar que renovaba el cultivo de la tierra y de las almas. Pronto tuvieron que fundar un segundo monasterio. Fue construido a pocos kilómetros, en las ruinas de una antigua ciudad termal, Luxeuil. El monasterio se convertiría en centro de la irradiación monástica y misionera de la tradición irlandesa en el continente europeo. Se erigió un tercer monasterio en Fontaine, a una hora de camino hacia el norte.
En Luxeuil, Columbano vivió durante casi veinte años. Allí el santo escribió para sus seguidores la Regula monachorum -durante un cierto tiempo más difundida en Europa que la de san Benito-, perfilando la imagen ideal del monje. Es la única antigua regla monástica irlandés que hoy poseemos. Como complemento, redactó la Regula coenobialis, una especie de código penal para las infracciones de los monjes, con castigos más bien sorprendentes para la sensibilidad moderna, que sólo se pueden explicar con la mentalidad de aquel tiempo y ambiente. Con otra obra famosa, titulada De poenitentiarum misura taxanda, que también escribió en Luxeuil, Columbano introdujo en el continente la confesión privada y reiterada con la penitencia, que preveía una proporción entre la gravedad del pecado y la reparación impuesta por el confesor. Estas novedades suscitaron sospechas entre los obispos de la región, una sospecha que se convirtió en hostilidad cuando Columbano tuvo la valentía de reprenderles abiertamente por las costumbres de algunos de ellos.
Este contraste se manifestó con las disputas sobre la fecha de Pascua: Irlanda seguía la tradición oriental, a diferencia de la tradición romana. El monje irlandés fue convocado en el año 603 en Châlon-sur-Saôn para rendir cuentas ante un sínodo de sus costumbres sobre la penitencia y la Pascua. En vez de presentarse ante el sínodo, mandó una carta en la que minimizaba la cuestión, invitando a los padres sinodales a discutir no sólo sobre el problema de la fecha de Pascua, según él un problema pequeño, "sino también sobre todas las normas canónicas necesarias que son descuidadas por muchos, lo cual es más grave" (Cf. Epistula II,1). Al mismo tiempo, escribió al Papa Bonifacio IV -unos años antes ya se había dirigido al Papa Gregorio Magno (Cf. Epistula I)- para defender la tradición irlandesa (Cf. Epistula III).
Dado que era intransigente en cuestiones morales, Columbano entró en conflicto también con la casa real, pues había reprendido duramente al rey Teodorico por sus relaciones de adulterio. Surgió una red de intrigas y maniobras a nivel personal, religioso y político que, en el año 610, provocó un decreto de expulsión de Luxeuil de Columbano y de todos los monjes de origen irlandés, que fueron condenados a un exilio definitivo. Les escoltaron hasta llegar al mar y fueron embarcados en una nave de la corte rumbo a Irlanda. Pero el barco encalló a poca distancia de la playa y el capitán, al ver en ello un signo del cielo, renunció a la empresa y, por miedo a ser maldecido por Dios, volvió con los monjes a tierra firme. Éstos, en vez de regresar a Luxeuil, decidieron comenzar una nueva obra de evangelización. Se embarcaron en el Rin y remontaron el río. Después de una primera etapa en Tuggen, en el lago de Zurich, se dirigieron a la región de Bregenz, en el lago de Costanza, para evangelizar a los alemanes.
Ahora bien, poco después, Columbano, a causa de problemas políticos, decidió atravesar los Alpes con la mayor parte de sus discípulos. Sólo se quedó un monje, llamado Gallus. De su monasterio se desarrollaría la famosa abadía de Sankt Gallen, en Suiza. Al llegar a Italia, Columbano fue recibido en la corte imperial longobarda, pero muy pronto tuvo que afrontar grandes dificultades: la vida de la Iglesia estaba lacerada por la herejía arriana, todavía mayoritaria entre los longobardos por un cisma que había separado a la mayor parte de las Iglesias de Italia del norte de la comunión con el obispo de Roma.
Columbano se integró con autoridad en este contexto, escribiendo un hermoso libelo contra el arrianismo y una carta a Bonifacio IV para convencerle a comprometerse decididamente en el restablecimiento de la unidad (Cf. Epistula V). Cuando el rey de los longobardos, en 612 ó 613, les entregó un terreno en Bobbio, en el valle de Trebbia, Columbano fundó un nuevo monasterio que luego se convertiría en un centro de cultura comparable al famoso de Montecasino. Allí acabó sus días: falleció el 23 de noviembre de 615 y en esa fecha es conmemorado por el rito romano hasta nuestros días.
El mensaje de san Columbano se concentra en un firme llamamiento a la conversión y al desapego de las cosas terrenas en vista de la herencia eterna. Con su vida ascética y su comportamiento sin compromisos frente a la corrupción de los poderosos, evoca la figura severa de san Juan Bautista. Su austeridad, sin embargo, nunca es un fin en sí misma, sino que no es más que un medio para abrirse libremente al amor de Dios y corresponder con todo el ser a los dones recibidos de El, reconstruyendo en sí la imagen de Dios y al mismo tiempo trabajando la tierra y renovando la sociedad humana.
Dice en sus Instructiones: "Si el hombre utiliza rectamente esas facultades que Dios ha concedido a su alma, entonces será semejante a Dios. Recordemos que debemos devolverle todos los dones que nos ha confiado cuando nos encontrábamos en la condición originaria. La manera de hacerlo nos la ha enseñado con sus mandamientos. El primero de ellos es el de amar al Señor con todo el corazón, pues Él, en primer lugar, nos ha amado, desde el inicio de los tiempos, antes aún de que viéramos la luz de este mundo" (Cf. Instructiones XI).
El santo irlandés encarnó realmente estas palabras en su vida. Hombre de gran cultura y rico de dones de gracia, ya sea como incansable constructor de monasterios, ya sea como predicador penitencial intransigente, dedicó todas sus energías a alimentar las raíces cristianas de la Europa que estaba naciendo. Con su energía espiritual, con su fe, con su amor a Dios y al prójimo se convirtió en uno de los padres de Europa: nos muestra hoy dónde están las raíces de las cuales puede renacer nuestra Europa.

 

Testimonios

Bilocaciones del Padre Pío

Bilocación significa la facultad de estar en dos lugares al mismo tiempo. San Antonio De Padua, por ejemplo, se encontró simultáneamente en Lisboa y en Padua.
A San Alfonso María de Ligorio se le vio en los funerales de Clemente XIV cuando no había dejado la Parroquia de Santa Ágata de los Godos. En el caso del Padre Pío, se cuentan por cientos los testimonios de diversa índole, de los que aquí sólo relatamos algunos como ejemplo.


Es conocido el caso de una muchacha que insistía en confesar el mismo pecado una y otra vez. El Padre Pío, luego de advertirle en repetidas ocasiones que Dios ya había perdonado esa falta, y que no debía confesarla más, y ante la desobediencia de la joven, le dijo claramente que si volvía a confesar el mismo pecado iba a recibir un cachetazo. La muchacha, conociendo el temperamento del Santo del Gargano, pero no pudiendo resistir la tentación, confesó su pecado a otro sacerdote en Roma. De inmediato, y ante su sorpresa, recibió un cachetazo en pleno rostro.
Un día, el Ingeniero Todini, de Roma, se quedó hasta muy tarde en San Giovanni Rotondo. En el momento de partir, se dio cuenta de que llovía a torrentes. Pidió entonces al Padre Pío permiso para pasar la noche en el monasterio, pero este se negó.
Padre, dijo entonces el Ingeniero, ¿cómo voy a hacer para volver al pueblo sin paraguas?. Me voy a mojar hasta los huesos!. Yo lo acompañaré, repuso el Padre.
El señor Todini se despidió. Antes de abrir la puerta que da sobre la plaza, oyó la lluvia azotar la calle. Se subió el cuello del sobretodo, se encasquetó el sombrero para que el viento no se lo llevara, y salió. Una ráfaga violenta lo embistió, pero por sorpresa suya, solo le cayeron unas pocas gotas de lluvia. Qué fastidio, vendrá empapado!, le gritaron sus huéspedes no bien entró. Pero si apenas llueve!. Vamos!, cómo que apenas?. Si parece el diluvio universal!. Toldini entonces les mostró que traía la ropa completamente seca, quedando todos estupefactos.
No lo
encontraban

La "bilocación de la voz" es un fenómeno frecuente en él. Sus hijos espirituales, y hasta personas extrañas a él, le han oído a grandes distancias dar noticias o consejos, y hasta amonestaciones, especialmente en medio del sueño, y han oído esa voz suya en forma clara y comprensible, pero sin ver al Padre Pío.
El 8 de mayo de 1926 una docena de fieles venidos de Bolonia esperaban al Padre en el vestíbulo del monasterio. Recordemos que en 1926 no existía la puerta que comunica directamente la sacristía con el monasterio, de modo que el Padre estaba obligado a pasar por la iglesia si quería ir a la sacristía donde él confesaba.
Pasaron horas de vana espera. Luego se acercó al grupo un capuchino: "¿Buscan al Padre Pío?, hace ya rato que está confesando". ¿Cómo era posible, si ellos habían vigilado la entrada durante tres horas largas?. Hay que pensar que se había hecho invisible, y no era esa la primera vez.
Se recuerda la aventura de un actor venido en auto desde Foggia con otros miembros de su compañía. Su actitud era insultante. A ver, ¿dónde está ese Padre Pío?, preguntó con un tono arrogante. Quiero que me convierta, quiero confesarme. Y dejando a sus compañeros a las carcajadas entró a la iglesia. Le dijeron que el Padre debía estar en la sacristía. Pero no se le encontró ni en ésta ni en su celda, ni en el locutorio ni en el jardín. Imposible hallarlo. A fin de cuentas, el hombre gruñó, cansado de esperar: está bien, me voy. Lástima!, me hubiera gustado ver si este fraile era capaz de convertirme.
No bien partió el automóvil, los fieles se encontraron de frente con el sacerdote. Padre, ¿dónde estaba?, hemos registrado por todas partes. Yo estaba aquí, hijos míos, he pasado tres o cuatro veces delante de ustedes, pero no me vieron. Los fieles de San Giovanni comprendieron y se abstuvieron de hacer comentarios.
En San Martino de Pensilis, los miembros de la Tercera Orden tenían costumbre de reunirse en casa de uno de ellos por turno. Una noche, la reunión tuvo lugar en el lugar del Comisario Trombetta. Su hijito Juan corrió de pronto a refugiarse en las faldas de su madre, diciendo: Mama, tengo miedo, el Padre Pío está allí! - ¿Dónde, dónde?, preguntó la madre. Allí, allí, respondió el niño, señalando a un punto. Ah! , ya se ha ido! "La historia de Juanito" llegó a oídos de quien era su protagonista. Veamos Padre, ¿era realmente usted?
- ¿Y quién querían que fuera?, contestó él con tono de fastidio. Siempre se muestra disgustado e intimidado cuando hace alusión a sus dotes sobrenaturales. Pero con la falta de tacto que caracteriza a los paisanos, los buenos vecinos de San Martino, vuelven a la carga. Padre, ¿entonces usted estaba "realmente" en nuestra reunión?. Y la respuesta fue: Cómo!, ¿lo dudan todavía?

A punto de amputarla

La señora de Devoto, de Génova, estaba seriamente enferma y con la amenaza de que le amputaran una pierna. Una de sus hijas rezaba en un cuarto vecino, pidiendo que se evitara esa operación e invocando la ayuda del Padre Pío. De pronto éste apareció en el umbral de la puerta. El deseo de obtener una gracia para su madre obnubilaba a tal punto la mente de la joven, que ella ni se preguntó cómo podía estar el Padre en Génova estando en San Giovanni, a varios cientos de kilómetros, ni se le ocurrió dudar de lo real de su presencia. Arrojándose a sus pies, le suplicó: "Oh, Padre, salve a mamá!". El santo la miró y le dijo simplemente: "Espere nueve días". Ella iba a pedir una explicación, pero al levantar la vista de nuevo sólo vio la puerta cerrada.
A la mañana siguiente pidió a los médicos que aplazaran la intervención quirúrgica, y ni las advertencias ni los consejos ni las súplicas de sus parientes, ni el mismo estado de la paciente que se agravaba por momentos lograron disuadirla. Al décimo día, cuando los cirujanos examinaron a la enferma, cuál no sería su estupefacción al comprobar que la herida de la pierna estaba completamente cicatrizada y la señora estaba en vías de restablecimiento. Unas semanas más tarde la familia toda se dirigió a San Giovanni para agradecer al Padre la merced que les había alcanzado. Pero nuestro hombre no quiere que se agradezca nada: "Id a la Iglesia a dar gracias a Dios y a la Virgen!", es su abrupta manera de rechazar todo agradecimiento.
Telegramas, mensajes telefónicos, cartas de todas las especies, y numerosos testigos oculares atestiguan sus bilocaciones en Italia, Austria, Uruguay, Estados Unidos.
Para la inauguración de su capilla privada, en la Vía Tritone 56, en Roma, la Condesa Virginia Sili había mandado muchas invitaciones, entre otras a su primo, el Cardenal Gasparri y al Cardenal Sili, su cuñado. La condesa y sus invitados estaban discutiendo el nombre que le darían al oratorio, cuando un novicio entró en la habitación trayendo un relicario que contenía un fragmento de la Cruz de Cristo. Anoche, explicó el joven, el Padre Pío se me apareció en carne y hueso y me ordenó que trajese a la condesa ésta reliquia por la mañana, antes de la consagración de la capilla. Días más tarde, la Condesa se presentó en San Giovanni Rotondo, y escuchó de labios del capuchino la confirmación de ese relato.
Se sabe que San Martín de Porres fue visto en Manila, en África, en Francia y en otras cincos partes al mismo tiempo. Y la explicación que dio cuando se la pidieron, fue ésta: "Si Jesús multiplicó los panes y los peces, ¿acaso no podría multiplicarme también a mi?".
La señora Concepción Bellarmini, de San Vito Luciano, sufrió de pronto un envenenamiento de sangre seguido de una bronconeumonía. La infección le provocó una ictericia terrible, y los médicos la desahuciaron. Una pariente le aconsejó que confiase su situación al Padre Pío, a quien ella no conocía. Así lo hizo, y de pronto se le apareció a plena luz un fraile estigmatizado que le sonrió y la bendijo sin tocarla. La enferma le preguntó entonces si su venida era señal de que había logrado la conversión de sus hijos o su próxima curación. El capuchino afirmó: "El domingo por la mañana usted estará curada" y luego se desvaneció dejando una estela de perfume.
Ya al día siguiente la piel de la enferma fue tomando un color normal, cedía la fiebre y pocos días después la señora pudo levantarse. Acompañada de su hermano, fue a San Giovanni para verificar la identidad de "su" fraile. Cuando divisó al Padre Pío en la iglesia, se dirigió a su hermano y le dijo al oído: "Es él, no hay duda de que es él".
El Sr. Arturo Bugarini, de Ancona, cuenta que estando junto a su hijo muy grave, golpeaban en la espalda tres veces mientras una voz le murmuraba: "Soy el Padre Pío, soy el Padre Pío, soy el Padre Pío". En el mismo momento lo invadió una ola de intenso calor, luego nada más. El niño se salvó.
El 21 de julio de 1921, Monseñor d’Indico de Florencia, estando sólo un su escritorio, tuvo la sensación de que había alguien detrás de él. Se dio vuelta y vio desaparecer un religioso. Interrumpiendo su trabajo, fue en busca de un sacerdote y le contó lo que acababa de ocurrirle. Este le habló de alucinaciones: Monseñor estaba mortalmente angustiado por la salud de su hermana que estaba agonizando. Cuando la fue a visitar, ésta (que estaba casi en coma), había visto al mismo tiempo que su hermano, entrar un fraile a su cuarto, acercarse y decirle: Nada tema. Mañana su fiebre habrá desaparecido y dentro de pocos días ya no quedarán ni rastros de su enfermedad. Pero, Padre, ¿quién es usted entonces?, ¿un santo?. No, repuso el religioso, soy una criatura que sirve al Señor y soy dispersor de sus auxilios. Padre, permítame besar su hábito. Bese mas bien el signo de la Pasión, replicó mostrándole las manos. Y después de bendecirla, desapareció. Inmediatamente la enferma se sintió mejor, y ocho días después estaba sana.
Durante el éxtasis, el Padre Pío se nos aparece como inhibido. Cuando vuelve en sí, diríamos que sale de un síncope. Su cuerpo no reacciona ante ninguna excitación externa, luz enceguecedora, luces de magnesio, etc. Por eso resulta tan fácil sacarle cuantas fotografías se quiera mientras está oficiando: un estruendo de platillos lo deja impasible. Se le creería sordomudo. Santa Teresa escribe: "En la cúspide del éxtasis no se ve ni se oye nada".
Monseñor Damiani, Vicario General De la Diócesis de Salto en el Uruguay, mantenía este diálogo en 1930 con su amigo el Padre Pío: Me gustaría morir aquí para que usted me asistiera en mis últimos momentos. Le contestó el Padre Pío: No, usted morirá en Uruguay. ¿Y usted irá a ayudarme a morir bien?. Naturalmente.
Durante ese mismo viaje, una mañana, Monseñor Damiani tuvo un ligero ataque cardíaco y al punto envió en busca de su amigo. Pero como estaba confesando, el capuchino no acudió al llamado. Cuando éste subió hacia mediodía, el prelado lo retó suavemente: Capuchino, ¿porqué no vino cuando lo mandé a llamar?, podía haber muerto. Hombre de poca fe, ¿no le dije que usted morirá en el Uruguay?. Y veamos ahora el fin de la historia, contada en 1942 por el R. P. Antonio M. Barbieri, Arzobispo de Montevideo: En 1942, en la víspera de las bodas de plata sacerdotales del Obispo de Salto, Monseñor Alfredo Viola, que reunía en el Obispado al Delegado Apostólico y a cinco prelados, fui despertado a medianoche por un golpe dado en la puerta de mi cuarto. Al entreabrirla, vi pasar un capuchino y oí una voz que me susurraba: "Vaya al cuarto de Monseñor Damiani, está muriéndose". Me puse la sotana, desperté a algunos sacerdotes y fuimos al cuarto de Monseñor. Sobre la mesa de noche había una hoja de papel con unas palabras escritas de puño y letra: "El Padre Pío ha venido" (el Arzobispo conserva este testimonio). Cuando fui a Italia y vi al Padre Pío, le pregunté: "Padre, ¿era usted el Capuchino que yo vi la noche en que murió Monseñor Damiani?. El Padre pareció confuso, cuando le hubiera sido tan fácil negarlo. Como no insistí él sigue guardando silencio. Yo me eché a reír diciendo: "Ya comprendo". Entonces movió la cabeza y dijo: "Si, usted ha comprendido".

Aroma de rosas

Un día, durante la guerra, el General Cardona, sólo en su despacho, la cabeza entre las manos, pensaba con espanto en todos los jóvenes que iban a dar su vida por su patria, cuando de pronto sintió un violento perfume de rosas que invadía toda la oficina. Levantando la cabeza, quedó estupefacto al ver ante sí a un monje de sonrisa amplia que pasó diciendo: "No tema, nadie le hará mal". Cuando la visión se desvaneció, también se disipó el perfume. El General confió ese episodio a un franciscano, y éste le dijo: "Excelencia, usted ha visto al Padre Pío", y le contó a grandes rasgos la biografía de este hombre extraordinario. Después de oírla, Cardona no tuvo más que un deseo, el de ir a San Giovanni. Fue vestido de civil para no ser reconocido, pero no bien penetró en el monasterio, dos Capuchinos se le acercaron: "Excelencia, el Padre Pío lo espera. Nos mandó para recibirlo".
Ema Meneghetto, jovencita de catorce años, era epiléptica y sufría crisis varias veces por semana. Un día que oraba con fervor, se le apareció el Padre Pío, posó su mano sobre la colcha de la cama, le sonrió y desapareció. La epiléptica se sintió curada, se levantó para besar el lugar donde posara su mano el Padre Pío, y vio impresa una pequeña Cruz de sangre. Cortó el trocito de género y lo colocó bajo un farol de vidrio. La joven curada milagrosamente escribe que desde entonces ella ha obtenido numerosas gracias, especialmente la curación de bebitos a punto de morir.
La Señora Ercilia Magurno, mujer de mucha fe, había velado durante meses junto al lecho de su marido, sumamente grave de angina de pecho. Cierta noche invadió la habitación un penetrante perfume a flores, pero el enfermo seguía empeorando por momentos. Con dos días de intervalo, la señora envió dos telegramas al Padre Pío para implorar su intercesión, pues su marido estaba ya en coma. El 27 de febrero, el enfermo pareció dormirse con sueño profundo y sereno. A la mañana siguiente, al despertar, dijo a su mujer: Estoy curado. Me siento perfectamente. El Padre Pío acaba de dejarme. Por favor, abre los postigos y tómame la temperatura. No tenía ya ni rastros de fiebre. El Padre Pío vino acompañado por otro fraile, explicó el hombre, me examinó el corazón y me dijo: "Mañana se le habrá ido la fiebre y dentro de cuatro días podrá levantarse". Luego miró los remedios que le daban, leyó las recetas y se quedó largo rato junto a mí. Como para confirmar este milagro, una fuerte fragancia de violetas flotaba todavía en la habitación. Cinco meses después, ambos esposos se dirigían a San Giovanni, y el ex-enfermo reconocía a su salvador. El Padre Pío se le acercó, le puso la mano en el hombro y con tono amistoso le dijo: "Como le ha hecho sufrir ese corazón!".
Se cuenta que una joven inválida, curada providencialmente, quiso experimentar el don milagroso del Padre Pío y volvió a visitarle simulando su enfermedad pasada. Vuelve a tu casa, le dijo el sacerdote dándole un golpecito en la espalda, vete sin perder tiempo, pues ya sabes que estás perfectamente sana y no se debe tentar a la divina misericordia.

En el aire

Durante la segunda guerra mundial los norteamericanos instalaron una base aérea a algunos kilómetros de San Giovanni, cuando todavía había alemanes en la región. Llegó a la base la noticia de que allí había un depósito de municiones enemigas, y de inmediato se despachó un bombardeo con el pueblo del Gargano como objetivo. El piloto a cargo de la misión estaba preparándose para lanzar las bombas, cuando ve junto a su avión en pleno vuelo a un monje con hábito capuchino, que con ambas manos le decía: “NO”. El piloto, aterrado, soltó las bombas en el campo y volvió a su base. Cuando narró la historia al oficial a cargo de la base, un italiano del lugar que escuchaba le dijo que allí había un famoso cura milagrero. Juntos fueron a San Giovanni, y grande fue la sorpresa de todos cuando el piloto, viendo al Santo del Gargano, exclamó: ¡es él!.
Podríamos seguir por horas reltando historias de bilocación del Padre Pío, y los libros sobre su vida están llenos de ellas. Pero lo que cuenta aquí es el mensaje Celestial: Para Dios no hay nada imposible, nada. Nuestro pobre entendimiento juzga a las cosas de Dios con la débil perspectiva del hombre, y allí es donde nos alejamos de Dios, atándonos a las reglas y cosas del mundo, que es el reino de satán.

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