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Es conocido el caso de una muchacha que insistía en confesar el
mismo pecado una y otra vez. El Padre Pío, luego de advertirle en
repetidas ocasiones que Dios ya había perdonado esa falta, y que no
debía confesarla más, y ante la desobediencia de la joven, le dijo
claramente que si volvía a confesar el mismo pecado iba a recibir un
cachetazo. La muchacha, conociendo el temperamento del Santo del
Gargano, pero no pudiendo resistir la tentación, confesó su pecado a
otro sacerdote en Roma. De inmediato, y ante su sorpresa, recibió un
cachetazo en pleno rostro.
Un día, el Ingeniero Todini, de Roma, se quedó hasta muy tarde en
San Giovanni Rotondo. En el momento de partir, se dio cuenta de que
llovía a torrentes. Pidió entonces al Padre Pío permiso para pasar
la noche en el monasterio, pero este se negó.
Padre, dijo entonces el Ingeniero, ¿cómo voy a hacer para volver al
pueblo sin paraguas?. Me voy a mojar hasta los huesos!. Yo lo
acompañaré, repuso el Padre.
El señor Todini se despidió. Antes de abrir la puerta que da sobre
la plaza, oyó la lluvia azotar la calle. Se subió el cuello del
sobretodo, se encasquetó el sombrero para que el viento no se lo
llevara, y salió. Una ráfaga violenta lo embistió, pero por sorpresa
suya, solo le cayeron unas pocas gotas de lluvia. Qué fastidio,
vendrá empapado!, le gritaron sus huéspedes no bien entró. Pero si
apenas llueve!. Vamos!, cómo que apenas?. Si parece el diluvio
universal!. Toldini entonces les mostró que traía la ropa
completamente seca, quedando todos estupefactos.
No lo
encontraban
La "bilocación de la voz" es un fenómeno frecuente en él. Sus hijos
espirituales, y hasta personas extrañas a él, le han oído a grandes
distancias dar noticias o consejos, y hasta amonestaciones,
especialmente en medio del sueño, y han oído esa voz suya en forma
clara y comprensible, pero sin ver al Padre Pío.
El 8 de mayo de 1926 una docena de fieles venidos de Bolonia
esperaban al Padre en el vestíbulo del monasterio. Recordemos que en
1926 no existía la puerta que comunica directamente la sacristía con
el monasterio, de modo que el Padre estaba obligado a pasar por la
iglesia si quería ir a la sacristía donde él confesaba.
Pasaron horas de vana espera. Luego se acercó al grupo un capuchino:
"¿Buscan al Padre Pío?, hace ya rato que está confesando". ¿Cómo era
posible, si ellos habían vigilado la entrada durante tres horas
largas?. Hay que pensar que se había hecho invisible, y no era esa
la primera vez.
Se recuerda la aventura de un actor venido en auto desde Foggia con
otros miembros de su compañía. Su actitud era insultante. A ver,
¿dónde está ese Padre Pío?, preguntó con un tono arrogante. Quiero
que me convierta, quiero confesarme. Y dejando a sus compañeros a
las carcajadas entró a la iglesia. Le dijeron que el Padre debía
estar en la sacristía. Pero no se le encontró ni en ésta ni en su
celda, ni en el locutorio ni en el jardín. Imposible hallarlo. A fin
de cuentas, el hombre gruñó, cansado de esperar: está bien, me voy.
Lástima!, me hubiera gustado ver si este fraile era capaz de
convertirme.
No bien partió el automóvil, los fieles se encontraron de frente con
el sacerdote. Padre, ¿dónde estaba?, hemos registrado por todas
partes. Yo estaba aquí, hijos míos, he pasado tres o cuatro veces
delante de ustedes, pero no me vieron. Los fieles de San Giovanni
comprendieron y se abstuvieron de hacer comentarios.
En San Martino de Pensilis, los miembros de la Tercera Orden tenían
costumbre de reunirse en casa de uno de ellos por turno. Una noche,
la reunión tuvo lugar en el lugar del Comisario Trombetta. Su hijito
Juan corrió de pronto a refugiarse en las faldas de su madre,
diciendo: Mama, tengo miedo, el Padre Pío está allí! - ¿Dónde,
dónde?, preguntó la madre. Allí, allí, respondió el niño, señalando
a un punto. Ah! , ya se ha ido! "La historia de Juanito" llegó a
oídos de quien era su protagonista. Veamos Padre, ¿era realmente
usted?
- ¿Y quién querían que fuera?, contestó él con tono de fastidio.
Siempre se muestra disgustado e intimidado cuando hace alusión a sus
dotes sobrenaturales. Pero con la falta de tacto que caracteriza a
los paisanos, los buenos vecinos de San Martino, vuelven a la carga.
Padre, ¿entonces usted estaba "realmente" en nuestra reunión?. Y la
respuesta fue: Cómo!, ¿lo dudan todavía?
A punto de amputarla
La señora de Devoto, de Génova, estaba seriamente enferma y con la
amenaza de que le amputaran una pierna. Una de sus hijas rezaba en
un cuarto vecino, pidiendo que se evitara esa operación e invocando
la ayuda del Padre Pío. De pronto éste apareció en el umbral de la
puerta. El deseo de obtener una gracia para su madre obnubilaba a
tal punto la mente de la joven, que ella ni se preguntó cómo podía
estar el Padre en Génova estando en San Giovanni, a varios cientos
de kilómetros, ni se le ocurrió dudar de lo real de su presencia.
Arrojándose a sus pies, le suplicó: "Oh, Padre, salve a mamá!". El
santo la miró y le dijo simplemente: "Espere nueve días". Ella iba a
pedir una explicación, pero al levantar la vista de nuevo sólo vio
la puerta cerrada.
A la mañana siguiente pidió a los médicos que aplazaran la
intervención quirúrgica, y ni las advertencias ni los consejos ni
las súplicas de sus parientes, ni el mismo estado de la paciente que
se agravaba por momentos lograron disuadirla. Al décimo día, cuando
los cirujanos examinaron a la enferma, cuál no sería su
estupefacción al comprobar que la herida de la pierna estaba
completamente cicatrizada y la señora estaba en vías de
restablecimiento. Unas semanas más tarde la familia toda se dirigió
a San Giovanni para agradecer al Padre la merced que les había
alcanzado. Pero nuestro hombre no quiere que se agradezca nada: "Id
a la Iglesia a dar gracias a Dios y a la Virgen!", es su abrupta
manera de rechazar todo agradecimiento.
Telegramas, mensajes telefónicos, cartas de todas las especies, y
numerosos testigos oculares atestiguan sus bilocaciones en Italia,
Austria, Uruguay, Estados Unidos.
Para la inauguración de su capilla privada, en la Vía Tritone 56, en
Roma, la Condesa Virginia Sili había mandado muchas invitaciones,
entre otras a su primo, el Cardenal Gasparri y al Cardenal Sili, su
cuñado. La condesa y sus invitados estaban discutiendo el nombre que
le darían al oratorio, cuando un novicio entró en la habitación
trayendo un relicario que contenía un fragmento de la Cruz de
Cristo. Anoche, explicó el joven, el Padre Pío se me apareció en
carne y hueso y me ordenó que trajese a la condesa ésta reliquia por
la mañana, antes de la consagración de la capilla. Días más tarde,
la Condesa se presentó en San Giovanni Rotondo, y escuchó de labios
del capuchino la confirmación de ese relato.
Se sabe que San Martín de Porres fue visto en Manila, en África, en
Francia y en otras cincos partes al mismo tiempo. Y la explicación
que dio cuando se la pidieron, fue ésta: "Si Jesús multiplicó los
panes y los peces, ¿acaso no podría multiplicarme también a mi?".
La señora Concepción Bellarmini, de San Vito Luciano, sufrió de
pronto un envenenamiento de sangre seguido de una bronconeumonía. La
infección le provocó una ictericia terrible, y los médicos la
desahuciaron. Una pariente le aconsejó que confiase su situación al
Padre Pío, a quien ella no conocía. Así lo hizo, y de pronto se le
apareció a plena luz un fraile estigmatizado que le sonrió y la
bendijo sin tocarla. La enferma le preguntó entonces si su venida
era señal de que había logrado la conversión de sus hijos o su
próxima curación. El capuchino afirmó: "El domingo por la mañana
usted estará curada" y luego se desvaneció dejando una estela de
perfume.
Ya al día siguiente la piel de la enferma fue tomando un color
normal, cedía la fiebre y pocos días después la señora pudo
levantarse. Acompañada de su hermano, fue a San Giovanni para
verificar la identidad de "su" fraile. Cuando divisó al Padre Pío en
la iglesia, se dirigió a su hermano y le dijo al oído: "Es él, no
hay duda de que es él".
El Sr. Arturo Bugarini, de Ancona, cuenta que estando junto a su
hijo muy grave, golpeaban en la espalda tres veces mientras una voz
le murmuraba: "Soy el Padre Pío, soy el Padre Pío, soy el Padre
Pío". En el mismo momento lo invadió una ola de intenso calor, luego
nada más. El niño se salvó.
El 21 de julio de 1921, Monseñor d’Indico de Florencia, estando sólo
un su escritorio, tuvo la sensación de que había alguien detrás de
él. Se dio vuelta y vio desaparecer un religioso. Interrumpiendo su
trabajo, fue en busca de un sacerdote y le contó lo que acababa de
ocurrirle. Este le habló de alucinaciones: Monseñor estaba
mortalmente angustiado por la salud de su hermana que estaba
agonizando. Cuando la fue a visitar, ésta (que estaba casi en coma),
había visto al mismo tiempo que su hermano, entrar un fraile a su
cuarto, acercarse y decirle: Nada tema. Mañana su fiebre habrá
desaparecido y dentro de pocos días ya no quedarán ni rastros de su
enfermedad. Pero, Padre, ¿quién es usted entonces?, ¿un santo?. No,
repuso el religioso, soy una criatura que sirve al Señor y soy
dispersor de sus auxilios. Padre, permítame besar su hábito. Bese
mas bien el signo de la Pasión, replicó mostrándole las manos. Y
después de bendecirla, desapareció. Inmediatamente la enferma se
sintió mejor, y ocho días después estaba sana.
Durante el éxtasis, el Padre Pío se nos aparece como inhibido.
Cuando vuelve en sí, diríamos que sale de un síncope. Su cuerpo no
reacciona ante ninguna excitación externa, luz enceguecedora, luces
de magnesio, etc. Por eso resulta tan fácil sacarle cuantas
fotografías se quiera mientras está oficiando: un estruendo de
platillos lo deja impasible. Se le creería sordomudo. Santa Teresa
escribe: "En la cúspide del éxtasis no se ve ni se oye nada".
Monseñor Damiani, Vicario General De la Diócesis de Salto en el
Uruguay, mantenía este diálogo en 1930 con su amigo el Padre Pío: Me
gustaría morir aquí para que usted me asistiera en mis últimos
momentos. Le contestó el Padre Pío: No, usted morirá en Uruguay. ¿Y
usted irá a ayudarme a morir bien?. Naturalmente.
Durante ese mismo viaje, una mañana, Monseñor Damiani tuvo un ligero
ataque cardíaco y al punto envió en busca de su amigo. Pero como
estaba confesando, el capuchino no acudió al llamado. Cuando éste
subió hacia mediodía, el prelado lo retó suavemente: Capuchino,
¿porqué no vino cuando lo mandé a llamar?, podía haber muerto.
Hombre de poca fe, ¿no le dije que usted morirá en el Uruguay?. Y
veamos ahora el fin de la historia, contada en 1942 por el R. P.
Antonio M. Barbieri, Arzobispo de Montevideo: En 1942, en la víspera
de las bodas de plata sacerdotales del Obispo de Salto, Monseñor
Alfredo Viola, que reunía en el Obispado al Delegado Apostólico y a
cinco prelados, fui despertado a medianoche por un golpe dado en la
puerta de mi cuarto. Al entreabrirla, vi pasar un capuchino y oí una
voz que me susurraba: "Vaya al cuarto de Monseñor Damiani, está
muriéndose". Me puse la sotana, desperté a algunos sacerdotes y
fuimos al cuarto de Monseñor. Sobre la mesa de noche había una hoja
de papel con unas palabras escritas de puño y letra: "El Padre Pío
ha venido" (el Arzobispo conserva este testimonio). Cuando fui a
Italia y vi al Padre Pío, le pregunté: "Padre, ¿era usted el
Capuchino que yo vi la noche en que murió Monseñor Damiani?. El
Padre pareció confuso, cuando le hubiera sido tan fácil negarlo.
Como no insistí él sigue guardando silencio. Yo me eché a reír
diciendo: "Ya comprendo". Entonces movió la cabeza y dijo: "Si,
usted ha comprendido".
Aroma de rosas
Un día, durante la guerra, el General Cardona, sólo en su despacho,
la cabeza entre las manos, pensaba con espanto en todos los jóvenes
que iban a dar su vida por su patria, cuando de pronto sintió un
violento perfume de rosas que invadía toda la oficina. Levantando la
cabeza, quedó estupefacto al ver ante sí a un monje de sonrisa
amplia que pasó diciendo: "No tema, nadie le hará mal". Cuando la
visión se desvaneció, también se disipó el perfume. El General
confió ese episodio a un franciscano, y éste le dijo: "Excelencia,
usted ha visto al Padre Pío", y le contó a grandes rasgos la
biografía de este hombre extraordinario. Después de oírla, Cardona
no tuvo más que un deseo, el de ir a San Giovanni. Fue vestido de
civil para no ser reconocido, pero no bien penetró en el monasterio,
dos Capuchinos se le acercaron: "Excelencia, el Padre Pío lo espera.
Nos mandó para recibirlo".
Ema Meneghetto, jovencita de catorce años, era epiléptica y sufría
crisis varias veces por semana. Un día que oraba con fervor, se le
apareció el Padre Pío, posó su mano sobre la colcha de la cama, le
sonrió y desapareció. La epiléptica se sintió curada, se levantó
para besar el lugar donde posara su mano el Padre Pío, y vio impresa
una pequeña Cruz de sangre. Cortó el trocito de género y lo colocó
bajo un farol de vidrio. La joven curada milagrosamente escribe que
desde entonces ella ha obtenido numerosas gracias, especialmente la
curación de bebitos a punto de morir.
La Señora Ercilia Magurno, mujer de mucha fe, había velado durante
meses junto al lecho de su marido, sumamente grave de angina de
pecho. Cierta noche invadió la habitación un penetrante perfume a
flores, pero el enfermo seguía empeorando por momentos. Con dos días
de intervalo, la señora envió dos telegramas al Padre Pío para
implorar su intercesión, pues su marido estaba ya en coma. El 27 de
febrero, el enfermo pareció dormirse con sueño profundo y sereno. A
la mañana siguiente, al despertar, dijo a su mujer: Estoy curado. Me
siento perfectamente. El Padre Pío acaba de dejarme. Por favor, abre
los postigos y tómame la temperatura. No tenía ya ni rastros de
fiebre. El Padre Pío vino acompañado por otro fraile, explicó el
hombre, me examinó el corazón y me dijo: "Mañana se le habrá ido la
fiebre y dentro de cuatro días podrá levantarse". Luego miró los
remedios que le daban, leyó las recetas y se quedó largo rato junto
a mí. Como para confirmar este milagro, una fuerte fragancia de
violetas flotaba todavía en la habitación. Cinco meses después,
ambos esposos se dirigían a San Giovanni, y el ex-enfermo reconocía
a su salvador. El Padre Pío se le acercó, le puso la mano en el
hombro y con tono amistoso le dijo: "Como le ha hecho sufrir ese
corazón!".
Se cuenta que una joven inválida, curada providencialmente, quiso
experimentar el don milagroso del Padre Pío y volvió a visitarle
simulando su enfermedad pasada. Vuelve a tu casa, le dijo el
sacerdote dándole un golpecito en la espalda, vete sin perder
tiempo, pues ya sabes que estás perfectamente sana y no se debe
tentar a la divina misericordia.
En el aire
Durante la segunda guerra mundial los norteamericanos instalaron una
base aérea a algunos kilómetros de San Giovanni, cuando todavía
había alemanes en la región. Llegó a la base la noticia de que allí
había un depósito de municiones enemigas, y de inmediato se despachó
un bombardeo con el pueblo del Gargano como objetivo. El piloto a
cargo de la misión estaba preparándose para lanzar las bombas,
cuando ve junto a su avión en pleno vuelo a un monje con hábito
capuchino, que con ambas manos le decía: “NO”. El piloto, aterrado,
soltó las bombas en el campo y volvió a su base. Cuando narró la
historia al oficial a cargo de la base, un italiano del lugar que
escuchaba le dijo que allí había un famoso cura milagrero. Juntos
fueron a San Giovanni, y grande fue la sorpresa de todos cuando el
piloto, viendo al Santo del Gargano, exclamó: ¡es él!.
Podríamos seguir por horas reltando historias de bilocación del
Padre Pío, y los libros sobre su vida están llenos de ellas. Pero lo
que cuenta aquí es el mensaje Celestial: Para Dios no hay nada
imposible, nada. Nuestro pobre entendimiento juzga a las cosas de
Dios con la débil perspectiva del hombre, y allí es donde nos
alejamos de Dios, atándonos a las reglas y cosas del mundo, que es
el reino de satán.
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