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Queridos hermanos y hermanas: En
estos días, a medida que nos acercamos a la gran fiesta de
Navidad, la liturgia nos invita a intensificar nuestra
preparación, poniéndonos a disposición muchos textos bíblicos
del Antiguo y del Nuevo Testamento, que nos estimulan a
comprender cada vez mejor el sentido y el valor de esta
celebración anual.
La Navidad, por una parte, nos hace conmemorar el prodigio
increíble del nacimiento del Hijo unigénito de Dios de la Virgen
María en la cueva de Belén; y, por otra, nos exhorta también a
esperar, velando y orando, a nuestro Redentor, que en el último
día "vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos".
Quizá hoy también nosotros, los creyentes, esperamos realmente
al Juez; ahora bien, todos esperamos justicia. Vemos tantas
injusticias en el mundo, en nuestro pequeño mundo, en casa, en
el barrio, así como en el gran mundo de los Estados, de las
sociedades. Y esperamos que se haga justicia. La justicia es un
concepto abstracto: se hace justicia. Nosotros esperamos que
venga concretamente quien puede hacer justicia. En este sentido,
oramos: "Ven, Señor Jesucristo, como Juez. Ven a tu manera".
El Señor sabe cómo entrar en el mundo y crear justicia. Pedimos
que el Señor, el Juez, nos responda; que realmente cree justicia
en el mundo. Esperamos justicia, pero no puede ser sólo
expresión de una exigencia con respecto a los demás. Esperar
justicia en el sentido cristiano significa sobre todo que
nosotros mismos comenzamos a vivir ante los ojos del Juez, según
los criterios del Juez; que comenzamos a vivir en su presencia,
realizando la justicia en nuestra vida. Así, realizando la
justicia, poniéndonos en presencia del Juez, esperamos la
justicia en la realidad.
Este es el sentido del Adviento, de la vigilancia. La vigilancia
del Adviento quiere decir vivir ante los ojos del Juez,
preparándonos así nosotros mismos y preparando al mundo para la
justicia. Por tanto, de esta manera, viviendo ante los ojos del
Dios-Juez, podemos preparar al mundo para la venida de su Hijo,
disponer el corazón para acoger "al Señor que viene".
El Niño, a quien hace unos dos mil años adoraron los pastores en
una cueva en la noche de Belén, no se cansa de visitarnos en la
vida cotidiana, mientras como peregrinos nos encaminamos hacia
el Reino. En su espera, el creyente se hace intérprete de las
esperanzas de toda la humanidad; la humanidad anhela la
justicia; así, aunque frecuentemente de una manera inconsciente,
espera a Dios, espera la salvación que sólo Dios puede darnos.
Para nosotros, los cristianos, esta espera se caracteriza por la
oración asidua, como se muestra en la serie particularmente
sugestiva de invocaciones que se nos proponen durante estos días
de la Novena de Navidad tanto en el aleluya de la misa, como en
la antífona antes del cántico del Magnificat en las Vísperas.
Cada una de las invocaciones, que imploran la venida de la
Sabiduría, del Sol de justicia, del Dios-con-nosotros, contiene
una oración dirigida al Esperado de los pueblos para que
apresure su venida. Ahora bien, invocar el don del nacimiento
del Salvador prometido significa también comprometerse para
preparar el camino, para predisponer una digna morada no sólo en
el ambiente en torno a nosotros, sino sobre todo en nuestra
alma.
Dejándonos guiar por el evangelista san Juan, tratemos por tanto
de dirigir en estos días nuestro pensamiento y nuestro corazón
al Verbo eterno, al Logos, a la Palabra que se hizo carne y de
cuya plenitud hemos recibido gracia sobre gracia (cf. Jn 1,
14.16). Esta fe en el Logos Creador, en la Palabra que creó el
mundo, en Aquel que vino como un Niño, esta fe y su gran
esperanza, por desgracia, hoy parecen alejadas de la realidad de
la vida de cada día, pública o privada. Parece que esta verdad
es demasiado grande. Nosotros mismos nos arreglamos según
nuestras posibilidades, al menos eso es lo que parece. Pero así
el mundo resulta cada vez más caótico e incluso violento: lo
comprobamos cada día. Y la luz de Dios, la luz de la Verdad, se
apaga. La vida se vuelve oscura y sin brújula.
¡Qué importante es, por tanto, ser realmente creyentes! Como
creyentes, reafirmemos con fuerza, con nuestra vida, el misterio
de salvación que trae consigo la celebración de la Navidad de
Cristo. En Belén se manifestó al mundo la Luz que ilumina
nuestra vida; se nos reveló el Camino que nos lleva a la
plenitud de nuestra humanidad. Si no se reconoce que Dios se
hizo hombre, ¿qué sentido tiene festejar la Navidad? La
celebración se vacía. Ante todo nosotros, los cristianos debemos
reafirmar con profunda y sentida convicción la verdad del
Nacimiento de Cristo para testimoniar delante de todos la
conciencia de un don inaudito que es riqueza no sólo para
nosotros, sino para todos. De aquí brota el deber de la
evangelización, que es precisamente comunicar este eu-angelion,
esta "buena nueva". Es lo que ha recordado recientemente el
documento de la Congregación para la doctrina de la fe titulado:
"Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la
evangelización", que quiero presentar a vuestra reflexión y
profundización personal y comunitaria.
Queridos amigos, en esta preparación inmediata a la Navidad, la
oración de la Iglesia se hace más intensa, para que se realicen
las esperanzas de paz, de salvación, de justicia, de las que el
mundo tiene necesidad urgente. Pidamos a Dios que la violencia
sea vencida con la fuerza del amor, que los enfrentamientos
cedan el paso a la reconciliación, que la prepotencia se
transforme en deseo de perdón, de justicia y de paz. Que los
deseos de bondad y de amor que nos intercambiamos en estos días
lleguen a todos los ambientes de nuestra vida cotidiana. Que la
paz esté en nuestros corazones, para que se abran a la acción de
la gracia de Dios. Que la paz reine en las familias, para que
pasen la Navidad unidas ante el belén (pesebre) y el árbol lleno
de luces. Que el mensaje de solidaridad y de acogida que brota
de la Navidad contribuya a crear una sensibilidad más profunda
ante las antiguas y nuevas formas de pobreza, ante el bien
común, en el que todos estamos llamados a participar. Que todos
los miembros de la comunidad familiar, en especial los niños,
los ancianos, las personas más débiles, puedan sentir el calor
de esta fiesta, y que se dilate después durante todos los días
del año.
Que la Navidad sea para todos la fiesta de la paz y de la
alegría: alegría por el nacimiento del Salvador, Príncipe de la
paz. Como los pastores, apresuremos ya desde ahora nuestro paso
hacia Belén. Así, en el corazón de la Nochebuena también
nosotros podremos contemplar al "Niño envuelto en pañales,
acostado en un pesebre", junto con María y José (Lc 2, 12.16).
Pidamos al Señor que abra nuestra alma para que podamos entrar
en el misterio de su Nacimiento. María, que donó su seno
virginal al Verbo de Dios, que lo contempló niño entre sus
brazos maternos, y que sigue ofreciéndolo a todos como Redentor
del mundo, nos ayude a hacer de la próxima Navidad una ocasión
de crecimiento en el conocimiento y en el amor de Cristo. Este
es el deseo que expreso con afecto a todos vosotros, que estáis
aquí presentes, a vuestras familias y a vuestros seres queridos.
¡Feliz Navidad a todos! |
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