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Iglesia

30 años de la muerte de Pablo VI
Por el P. Fernando Pascual

El 6 de agosto de 2008 se cumplieron 30 años del fallecimiento del Papa Pablo VI. Publicamos esta nota adaptada que recuerda al pontífice que culminó la marcha del Concilio Vaticano II.

Un joven sacerdote -apenas lleva dos años de ordenado- escribe a su familia las impresiones que le ha suscitado la muerte de Benedicto XV.
"Cómo es solemne y desastrosa la muerte vista en un Papa. Se tiene la impresión inconsciente de estar delante de una muerte simbólica, pues el más grande enigma humano, la muerte, viene a cubrir finalmente también al Pedro que se declara vencedor de la muerte y dueño y testimonio del más allá. Toda la multitud que pasa y contempla y no se sacia y parece querer espiar a través de los párpados cerrados algún rayo escondido del alba eterna: mira y piensa a lo lejos; ni siquiera reza, porque cree que la oración haya terminado en un triunfo. Pasa y ya no habla, casi como para no despertar al que duerme. Pedro, ¿por qué duermes?"
Son líneas entresacadas de la correspondencia de Giovanni Battista Montini a sus familiares, que reflejan ya una personalidad abierta, profunda y sensible ante los grandes misterios de la vida humana, una visión anhelante de los valores que no acaban.
Es obligado este recuerdo de Pablo VI porque se cumplen 30 años desde que nos dejó, aquel domingo 6 de agosto de 1978, solemnidad de la Transfiguración del Señor.

Semblanza de una historia

Nadie, en Concesio (Brescia), sospecharía que el nuevo hijo del matrimonio Giorgio Montini-Giuditta Alghisi iba a ser, con el pasar de los años, sacerdote, obispo, cardenal y Papa. Pero la vida tiene sus ritmos y sus sorpresas, y fue niño quien nació un 26 de septiembre de 1897 de esta familia, tan cristiana en sus convicciones como en sus costumbres. Todavía como Pontífice, Pablo VI recordará los ejemplos de valor, del no rendirse nunca al mal, de preferir antes los motivos del vivir que la misma vida, que le fue dejando su padre. Buen inicio de una fe en Cristo: la que sus padres profesaron junto a la pila bautismal no era sólo de boca para fuera, sino una convicción profunda, de esa que los niños saben descubrir cuando ven a sus mayores en los avatares de la vida cotidiana.
Giovanni no había cumplido los 16 años cuando quiso ingresar en el seminario, pero su salud precaria se lo impidió. Tuvo que esperar hasta que en 1916 fue admitido al seminario mayor de Brescia para seguir el llamado al sacerdocio, si bien en régimen de estudiante externo, pues los problemas de su natural poco robusto no le permitían adaptarse plenamente al ritmo del internado.
Cuatro años después, el 29 de mayo de 1920, Mons. Gaggi le imponía las manos que le marcaron como sacerdote para siempre. Desde luego, no sospechaba que un día iba a conocer en el concilio a quien había nacido ese mismo mes de mayo, el día 18, en Wadowice: Karol Wojtyla. Ya como Papa, a un grupo de neosacerdotes que se hallaban presentes en el Aula Pablo VI, les comentará un recuerdo de su primera misa sacerdotal:
"Conservad siempre la alegría, la generosidad, el entusiasmo de la primera misa. A mí me fue dicho esto, me acuerdo aún, cuando dije la primera misa, por un gran y santo sacerdote: Os recomiendo una sola cosa: que cada misa sea como la primera misa. ¡Qué hermoso! Es siempre una gran novedad que jamás alcanzaremos a agotar en nuestra meditación".
Su ministerio sacerdotal tuvo desde el inicio un marcado tinte académico. Primero preparó su licenciatura en derecho canónico en Milán (1921). En 1922 lo encontramos en Roma, simultaneando los estudios en la Universidad Gregoriana y en la Pontificia academia eclesiástica. No han pasado dos años cuando ya trabaja en la Secretaría de Estado, primero como minutante a las órdenes del Cardenal Gasparri. El trabajo de servicio a la Iglesia en su mismo corazón romano no impide al joven Montini dedicarse al fecundo apostolado universitario: en 1924 es nombrado capellán del Círculo romano de las universidades católicas, y en 1925 es capellán general de las Universidades católicas italianas, en medio de los problemas que trajo al mundo eclesiástico la irrupción del fascismo en el gobierno de Italia.
En esos primeros años de sacerdocio, Montini sintió la necesidad de elaborar un programa de vida exigente y completo, que orientase su trabajo en los principales campos de su vocación ministerial. Por medio de las preguntas fundamentales (¿qué quiero?, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿para quién y con quiénes?) establece las líneas o consignas de acción: moral, intelectual, espiritual y social. Transcribimos aquí, aunque sea de un modo muy sucinto, algunas ideas sueltas de este programa, que reflejan un poco lo que fue toda su vida como pastor.
"Consigna moral: el ejercicio del pensamiento adquiere así para mí suma importancia moral. Debo amar el silencio, la atención, el método, el horario para volver fructífero y virtuoso el estudio. No debo desperdiciar en inútiles lecturas ni mi tiempo ni mi espíritu; por el contrario, debo procurar elegir con tino, con un criterio que me conduzca a una amplia cultura, pero con orden y con neta intención de sacar provecho, por lo menos en algún aspecto, de todas ellas. Echaré mano de una decidida energía para mantener libre mi mente de dudas fútiles, de dejadeces pesimistas, de fantasías impuras, de intenciones astutas, dobles, egoístas, de pereza en la investigación y en la reflexión.
Consigna intelectual: sea cual sea, por tanto, el orden de mis estudios, preferiré la literatura que recoge el pensamiento tradicional de la Iglesia. San Agustín y santo Tomás gozarán de mi particular veneración. Y será para mí un precepto el conocer con suficiente precisión y amplitud la doctrina cristiana. (...) Este propósito de seriedad debe traducirse en una probidad científica y en una mesurada crítica de mis escritos, de tal modo que, por un lado, ni las prisas ni la vanidad me inciten a hacer inmaduras afirmaciones o publicaciones; y, por otro, me infunda a la vez arrojo y humildad para tender a algún resultado conclusivo para provecho mío o de los demás y para hacer fructificar del mejor modo posible los talentos intelectuales que Dios me ha concedido.
Consigna espiritual: sólo una nota me debe ser extraordinaria, a saber: una esencial preferencia por lo que es esencial y común en la vida espiritual católica. Así tendré a la Iglesia, madre de la caridad; su liturgia será la regla de mi espiritualidad religiosa; la parroquia, el lugar preferido para mi oración; la reverencia al párroco, al obispo, al Papa, la expresión concreta de mi caridad y sentido de unidad y de renuncia al egoísmo y al individualismo. Me sea por lo tanto muy querido que, en mi educación espiritual, tengan la precedencia la simplicidad de los dogmas fundamentales de la fe y la armonía de la constitución unitaria de la Iglesia, bastándole y sobrándole a mi piedad, para ser viva y veraz, la fortuna de pertenecer sencilla, pero directamente, al cortejo de Cristo y de participar, por adhesión a su Cuerpo místico, de sus méritos, de su historia y de su gloria.
Consigna social: la cátedra, la prensa, la obra de arte, la conferencia, la correspondencia, y siempre la amistad y, por lo demás, toda otra forma de comunicación con los demás, podrán ser, bien consideradas, un deber para mí; deber que, una vez establecido, he de seguir con gusto y desinterés. Si encuentro a otros que, como yo, viven obligados por la misma oferta interior, me serán muy queridos y gustaré su amistad, añadiendo a otras relaciones ya existentes, un especial aprecio, dirigido a consolidar nuestros comunes propósitos".
La vida avanza, y el 13 de diciembre de 1937 Giovanni Montini recibe el nombramiento de Sustituto de la Secretaría de Estado para los asuntos ordinarios, mientras ocupa la cátedra de Pedro el Papa Pío XI. Continúa durante los primeros 13 años del Pontificado de Pío XII en este trabajo, hasta que el 29 de noviembre de 1952 es nombrado Pro-secretario de Estado.
La providencia tiene sus caminos, a veces difíciles de comprender para los hombres. Montini ha pasado 30 años en el apostolado de los bastidores, y le resulta un mundo sumamente conocido, familiar, casi propio. Pero Dios lo quiere sacar al palco, a la sede episcopal de una de las diócesis más importantes del orbe: Milán. Es el día 1º de noviembre de 1954.
Sería difícil hacer un balance de su ministerio como arzobispo de Milán durante los 9 años que transcurrió en la ciudad lombarda. Reciben el ardor y la fe del nuevo sucesor de san Ambrosio el clero y los laicos, los intelectuales y los obreros, los estudiantes y los profesionistas, los enfermos y encarcelados, las congregaciones, órdenes e institutos laicales. Sus numerosos escritos y homilías de este período reflejan su fina atención a las distintas circunstancias y a las necesidades de los grupos sociales, sin jamás perder de vista la centralidad de la figura de Cristo, el amor supremo de la vida de Montini.
El 15 de diciembre de 1958, Juan XXIII quiso conceder la púrpura cardenalicia a Montini. Mientras, se ponía en marcha la Iglesia hacia una renovación y revitalización por medio del Concilio. El Cardenal Montini intervino en él con gran acierto, y dejó una huella profunda en la orientación inicial de documentos como la constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium). Pero la muerte de Juan XXIII significó un momento de incerteza respecto a quién le iba a suceder y qué dirección imprimiría a los trabajos conciliares. Cuando el 22 de junio de 1963 se anunciaba urbi et orbe que el 262 sucesor de Pedro era el arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, y que tomaba el nombre de Pablo para su pontificado (han transcurrido 342 años desde el último Papa Pablo), todos experimentaron la seguridad de que el concilio seguiría tras las huellas que había dejado el inmortal Papa Roncalli.
El entonces patriarca de Venecia, Albino Luciani, a los tres días de la muerte del Papa Montini, recordaba en una homilía el sentido que tenía el nombre Pablo para Giovanni Battista Montini:
"’¿Cómo deseas ser llamado?’ le habían preguntado, hace quince años, al término del cónclave. Y él: ‘Me llamaré Pablo’. Quien lo conocía, habría asegurado que elegiría ese nombre. Desde siempre Montini había sido un apasionado de los escritos, vida, del dinamismo del grande apóstol de las gentes. Y vivió su paolinidad completamente y hasta el final. El 29 de junio habló sobre los quince años de su pontificado; hizo suyas las palabras que san Pablo, también próximo al fin, había escrito a Timoteo: ‘He conservado y defendido la fe’ (2 Tim 4,7)".
Ese ardor de Pablo le llevó, pues, a seguir trabajando por la Iglesia. La tarea era ingente. Terminar el concilio, poner en marcha su ejecución en todos los ámbitos de la vida eclesial, acudir en apoyo de los cristianos que vivían los ataques obsesivos de la persecución comunista, o las tentaciones subrepticias del mundo capitalista, defender a los pueblos que querían romper el yugo del subdesarrollo y alcanzar una participación digna en la mesa de los bienes que Dios nos había repartido a todos.
Sería difícil intentar esbozar, aunque fuera a grandes rasgos, aquellos 15 años de pontificado. Quizá una novedad fecunda, propia del dinamismo misionero de un nuevo Pablo, la encontramos en sus viajes. Eran la señal inequívoca de que la Iglesia, evangelizada en su vida litúrgica por el mismo Cristo, no renunciaba a ser evangelizadora, siempre con la fuerza del amor y del respeto. También ese anuncio llegó a América Latina, con aquellas palabras que fue esparciendo en Colombia del 22 al 25 de agosto de 1968 (el año de las contestaciones). El encuentro con los campesinos dejó en aquellos corazones hambrientos de esperanza: una semilla imborrable. Algunas frases de aquella jornada merecen ser reproducidas, pues son reflejo fiel del corazón de Pablo VI:
"Os amamos con un afecto de predilección y con Nos, recordadlo bien y tenedlo siempre presente, os ama la Santa Iglesia católica. Porque conocemos las condiciones de vuestra existencia: condiciones de miseria para muchos de vosotros, a veces inferiores a la exigencia normal de la vida humana. Nos estáis ahora escuchando en silencio; pero oímos el grito que sube de vuestro sufrimiento y del de la mayor parte de la humanidad. No podemos desinteresarnos de vosotros; queremos ser solidarios con vuestra buena causa, que es la del pueblo humilde, la de la gente pobre. (...) Permitid finalmente que os exhortemos a no poner vuestra confianza en la violencia ni en la revolución; tal actitud es contraria al espíritu cristiano y puede también retardar y no favorecer la elevación social a la cual aspiráis legítimamente".

Testimonios

Los testimonios de reconocimiento y de gratitud hacia la personalidad y el pontificado del Papa Montini han sido tan numerosos que sería una pretensión absurda quererlos recoger aquí. Quizá sean significativas estas palabras pronunciadas por Juan Pablo II en 1988, que ofrecen una valoración panorámica de lo que fue aquel pontificado:
"El Señor había dado a Pablo VI dotes incomparables, que él hizo fructificar estupendamente, con una delicadísima modestia: el corazón lleno de comprensión y longanimidad; la inteligencia aguda, lúcida, sintética; la mirada viva y penetrante; la voluntad diamantina sin compromisos; la fuerza y la belleza de la expresión hablada y escrita; los monumentos de sus encíclicas y de sus discursos; el ardor de sus viajes que él inició, el primero en este siglo a escala internacional, en el ansia que le urgía en su interior de proclamar la verdad, de anunciar a Cristo, de hacer amar a María, Madre de la Iglesia, de hacer conocer la misma Iglesia. Su inteligencia y cultura le dieron un sentido agudo de la grandeza y de la miseria del hombre en una situación contradictoria como aquella de nuestra generación: pero su fe y caridad le inspiraron aquella ‘civilización del amor’ sin la cual, hoy como nunca, la humanidad difícilmente podrá encontrar la solución a los problemas que la turban profundamente. Comprendió al hombre porque lo miró con los ojos de Cristo. Ayudó al hombre, porque lo amó con el amor de Cristo. Sirvió al hombre, porque le indicó la verdad de Cristo en toda su plenitud".

El corazón del Papa

Es difícil comprender en profundidad el cúmulo de pensamientos, inquietudes, problemas, esperanzas y proyectos que van tocando, con el pasar de los días, el corazón del obispo de Roma. De vez en vez salieron a luz algunas de esas profundas experiencias, y dejaron una profunda impresión en no pocos de los oyentes, que se veían interpelados ante el llamamiento de amor del Papa.
Una circunstancia especialmente dolorosa fue el secuestro de Aldo Moro, presidente de la Democracia cristiana italiana e íntimo amigo desde su juventud de Mons. Montini. El viernes 21 de abril de 1978 Pablo VI dirigió una carta a los secuestradores, terroristas de las Brigadas Rojas, que habla por sí misma:
"Es en este nombre supremo de Cristo, en el que yo me dirijo a vosotros, que ciertamente no lo ignoráis, a vosotros, desconocidos e implacables adversarios de este hombre, digno e inocente; os lo ruego de rodillas, liberad al honorable Aldo Moro, simplemente, sin condiciones, no tanto por el motivo de mi humilde y afectuosa intercesión sino en virtud de su dignidad de común hermano en la humanidad y por causa de un verdadero progreso social".
Su petición, reiterada en la Audiencia general del miércoles 26 de abril, no fue escuchada. Aldo Moro apareció asesinado, en el centro mismo de Roma, el día 9 de mayo de ese mismo año 1978. El mismo Pablo VI dio la noticia a una comunidad eclesial de Roma con un gemido propio sólo de un Siervo de los siervos de Dios...
Pero ha sido la lectura de su Meditación ante la muerte, publicada en agosto de 1979, la que más nos puede abrir a la comprensión del Papa Montini. Si nos resulta desconocida la fecha de este manuscrito (hay quien lo data en 1973, durante una tanda de ejercicios espirituales), no se puede decir lo mismo de su contenido, reflejo fiel de lo que fue su pontificado, siempre orientado hacia Cristo, su amor supremo, y hacia la Iglesia.
En estas líneas confiesa, con la sencillez de la verdad, que fue el amor a la Iglesia "quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido" 8. Ese mismo amor le llena el corazón de un presentimiento que tiene tintes proféticos: parece un pronóstico de la próxima llegada de un Papa con las características que reunirá Juan Pablo II. Todo ello con una confesión que rezuma amor y donación a la Esposa de Cristo.
"Llega la hora. Desde hace algún tiempo tengo el presentimiento de ello. Más aún que el agotamiento físico, pronto a ceder en cualquier momento, el drama de mis responsabilidades parece sugerir como solución providencial mi éxodo de este mundo, a fin de que la Providencia pueda manifestarse y llevar a la Iglesia a mejores destinos. Sí, la Providencia tiene muchos modos de intervenir en el juego formidable de las circunstancias que cercan mi pequeñez: pero el de mi llamada a la otra vida parece obvio, para que me sustituya otro más fuerte y no vinculado a las presentes dificultades. Servus inutilis sum".

Conclusión

La tarde del 6 de agosto de 1978 una noticia nos sobrecogió a muchos en nuestro descanso dominical: las condiciones de salud del Papa se habían agravado, y era inminente un desenlace definitivo. No tuvimos que esperar a la noche para que el luto sobrecogedor que trae consigo la muerte de un romano pontífice nos dejase una honda impresión y un sentido profundo de recogimiento. La pregunta que el joven Montini se hacía ante la muerte de Benedicto XV (Pedro, ¿por qué duermes?) era la de todos los que vivimos aquellos momentos supremos de la vida del Papa.
Todavía hoy, cuando nos arrodillamos ante su tumba sencilla, pobre, velo indefinido de lo que ocurre a la hora del encuentro definitivo con el Padre, sentimos una extraña sensación de respeto, de gratitud y de adhesión. Su obra no puede terminar. Sigue en el pontificado del Papa Wojtyla. El recuerdo de su persona, del Siervo de Dios Pablo VI, y ojalá pronto llegue la hora en la que podamos llamarle santo, durará en muchas generaciones de cristianos.
Quizá el mejor cierre a estas breves notas pueda ser el que el mismo Pablo VI escribió, con su puño y letra, en la Meditación ante la muerte. Son palabras de despedida que nos recuerdan la propia misión y nos invitan a un "hasta pronto", en la casa del Padre.
"Ahora hay que recordar la oración final de Jesús (Jn 17). El Padre y los míos: éstos son todos uno; en la confrontación con el mal que hay en la tierra y en la posibilidad de su salvación; en la conciencia suprema que era mi misión llamarlos, revelarles la verdad, hacerlos hijos de Dios y hermanos entre sí; amarlos con el Amor que hay en Dios y que de Dios, mediante Cristo, ha venido a la humanidad y por el ministerio de la Iglesia, a mí confiado, se comunica a ella.
Hombres, comprendedme: a todos os amo en la efusión del Espíritu Santo, del que yo, ministro, debía haceros partícipes. Así os miro, así os saludo, así os bendigo. A todos. Y a vosotros, más cercanos a mí, más cordialmente. La paz sea con vosotros. Y, ¿qué diré a la Iglesia a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones vengan sobre tí: ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad: y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo.
Amén. El Señor viene. Amén".


El papa Pablo VI y el patriarca de Constantinopla Atenágoras I. Tras casi un milenio de ruptura de relaciones, levantaron las mutuas excomuniones y comenzaron el diálogo ecuménico entre católicos y ortodoxos.


En oportunidad de recibir a Padre Kentenich, fundador de Schoenstatt.

 

Vivir

Disfruta de tu hijo
Por A. Polaino-Lorente

El sacrificio puede tornarse motivador del comportamiento humano, porque al fin y al cabo el querer del hombre está amasado siempre de sufrimiento. Y tras el sufrimiento del querer subyace casi siempre agazapada la felicidad.



Lo bueno de algunos spots publicitarios es que incluso nos hacen pensar; en ocasiones, hasta en lo contrario de lo que, en apariencia, parecen proponernos. Hace unos días ojeando una revista descubrí un anuncio publicitario en el que se muestra una criatura encantadora, rodeada por la ternura de un rostro materno y nimbada por el eslogan "disfruta de tu hijo".
No es fácil acertar a entender cual es el mensaje que el diseñador del anuncio ha querido darnos a entender. Pero no resulta difícil la interpretación del mensaje, si nos atenemos a lo que comienza a ser habitual en algunos de nuestros conciudadanos.
Una vez que se ha separado la sexualidad humana de la fecundidad; una vez que los jóvenes matrimonios se autoprograman para tener su primer hijo después de haber conseguido el piso, el chalet o la segunda residencia; una vez que a través del FIVET y del imperio de una artificiosa voluntad se genera una nueva criatura humana, sin compromiso alguno ni de la sexualidad, ni de la maternidad; toda vez que esto ocurre, es lógico y plenamente coherente que se produzca un enorme cambio en la finalidad, el sentido y la motivación por la que las jóvenes parejas se deciden al fin a tener un hijo.
Aunque lo que se piensa en la actualidad acerca de la maternidad ha variado mucho respecto de lo que se sostuvo décadas atrás, tal transformación, no autorizan a invertir por completo -tal y como nos propone ahora el anuncio publicitario-, algo tan profundo e importante para el ser del hombre como es la filiación y la paternidad.
Si el hijo deviene en un mero recurso para que el padre o la madre disfruten -"disfruta de tu hijo", se nos dice-, entonces habrá que admitir que automáticamente el hijo se convierte en un triste y oscuro deseo de placer, apenas un objeto lúdico y gratificante, que ya no es un fin en sí mismo, sino tan sólo un medio, probablemente, sólo útil para sacar a sus padres de la indiferencia en que se encuentran.
Pero si aquí se agota la finalidad de la vida del hijo -hacer disfrutar a sus respectivos padres-, ¿qué sucederá cuando pese a todas las posibles "programaciones" de sus progenitores, el hijo no cause el disfrute de los padres? En este último caso, ¿se podrá acaso devolver a alguien?
Supongamos que, en el mejor de los casos, cada hijo satisface plenamente la capacidad de disfrutar de sus respectivos progenitores, tal y como reza el anuncio. Aunque este aserto no parece que sea fácil de cumplir, se habría iniciado ya una profunda transformación en el mismo concepto de paternidad y filiación.
Pues, en el improbable caso de que así fuera, los padres se convertirían automáticamente en meros sujetos lúdicos y egoístas, hasta el punto de sojuzgar la autonomía y la libertad de sus descendientes. Sus hijos, entonces, quedarían hipotecados por la mera consecución no ya de su propio fin, sino por haberse transformado en un medio, incierto y ambiguo, del supuesto disfrute de sus padres.
Los padres que, fiados de la publicidad, secundasen hasta sus últimas consecuencias lo propuesto por el anuncio, devendrían así en personas con una paternidad / maternidad meramente hedonista.
Pero si la paternidad se subvierte hasta esos extremos, forzosamente ha de correr la misma suerte la filiación. No se olvide que paternidad y filiación se concitan, encadenan y entretejen en una misma y única relación (la paterno-filial), cuyos extremos por ser fijos (padres e hijos), imponen y exigen precisamente la interdependencia entre esos dos núcleos, a partir de los cuales se estructuran y trenzan aquellas relaciones.
Nunca se había configurado y entendido la paternidad en el sentido en que nos la apunta y sugiere el mencionado anuncio. El amor del padre por el hijo no tiene comparación posible con ninguna otra de las muchas y variadas relaciones afectivas que pueden acontecer en el ser humano.
Siguiendo a Papini puede afirmarse que "el amor del esposo es fuerte, pero carnal y celoso; el del hermano está frecuentemente envenenado por la envidia; el del hijo manchado tal vez de rebelión; el del amigo está manchado de engaño; el del amo, henchido de orgullosa condescendencia. Pero el amor del padre a los hijos es el perfecto Amor, el puro, el desinteresado Amor. El padre hace por el hijo lo que no haría por ningún otro. El hijo es obra suya, carne de su carne, hueso de sus huesos; es una parte suya que ha crecido a su lado, día tras día; es una continuación, un perfeccionamiento, un complemento de su ser; (...) Porque el hijo lo espera todo del padre, y mientras es pequeño sólo tiene fe en el padre y únicamente está seguro junto al padre. Este último sabe que debe vivir para él, sufrir por él, trabajar por él. El padre es como un dios terrestre para el hijo, y el hijo es casi un dios para el padre".
A lo que parece, el diseñador del anuncio ha olvidado lo más elemental de la paternidad y filiación. Los hijos jamás podrán ser mera hechura de los deseos de sus respectivos padres, como la paternidad jamás consistirá en el mero disfrute de los hijos. La ligereza posmoderna, en su afán de reducir a un lenguaje light las más duras realidades humanas, no repara en las deformaciones antihumanas en que incurre.
Ahora se nos quiere animar a la paternidad con el autoengaño del placer, como si algún padre hubiera podido satisfacer en uno solo del más perfecto de sus hijos su hambre voraz de felicidad, el oscuro deseo placentero o los anhelos de voluptuosidad que en toda persona subyacen agazapados.
En el actual imaginario colectivo hay muchas carencias, una de las más relevantes la que se refiere a la familia y, más en concreto, la que apunta a en qué consiste tener un hijo. Si conociese esa doméstica y sencilla disciplina, el referido especialista en publicidad en lugar de "disfruta de tu hijo" nos habría aconsejado otras cosas muy distintas y más de acuerdo con la realidad, como "trabaja por tu hijo", "sacrifícate por tu hijo", “gasta tu tiempo con él”, “sufre por él y alégrate con sus alegrías”.
Y, probablemente, nos habría animado más eficazmente con estos últimos eslogans a decidirnos a ser padres. Porque también hay en el hombre un deseo que barbota en su intimidad de trabajar por algo que valga la pena, de sacrificarse por la consecución de algún alto ideal, no importa el sacrificio que ello comporte.
También el sacrificio puede tornarse motivador del comportamiento humano, porque al fin y al cabo el querer del hombre está amasado siempre de sufrimiento. Y tras el sufrimiento del querer subyace casi siempre agazapada la felicidad.
Por eso y por mucho más me parece éste un mal anuncio, especialmente porque anima al hombre a algo grande como es la paternidad -algo que forzosamente siempre ha de comportar una cierta responsabilidad-, mientras trata de motivarle con el falso señuelo hedonista de una irremediable impostura: "disfruta de tu hijo”. 

 
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