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Un joven sacerdote -apenas lleva dos
años de ordenado- escribe a su familia las impresiones que le ha
suscitado la muerte de Benedicto XV.
"Cómo es solemne y desastrosa la muerte vista en un Papa. Se
tiene la impresión inconsciente de estar delante de una muerte
simbólica, pues el más grande enigma humano, la muerte, viene a
cubrir finalmente también al Pedro que se declara vencedor de la
muerte y dueño y testimonio del más allá. Toda la multitud que
pasa y contempla y no se sacia y parece querer espiar a través
de los párpados cerrados algún rayo escondido del alba eterna:
mira y piensa a lo lejos; ni siquiera reza, porque cree que la
oración haya terminado en un triunfo. Pasa y ya no habla, casi
como para no despertar al que duerme. Pedro, ¿por qué duermes?"
Son líneas entresacadas de la correspondencia de Giovanni
Battista Montini a sus familiares, que reflejan ya una
personalidad abierta, profunda y sensible ante los grandes
misterios de la vida humana, una visión anhelante de los valores
que no acaban.
Es obligado este recuerdo de Pablo VI porque se cumplen 30 años
desde que nos dejó, aquel domingo 6 de agosto de 1978,
solemnidad de la Transfiguración del Señor.
Semblanza de una historia
Nadie, en Concesio (Brescia), sospecharía que el nuevo hijo del
matrimonio Giorgio Montini-Giuditta Alghisi iba a ser, con el
pasar de los años, sacerdote, obispo, cardenal y Papa. Pero la
vida tiene sus ritmos y sus sorpresas, y fue niño quien nació un
26 de septiembre de 1897 de esta familia, tan cristiana en sus
convicciones como en sus costumbres. Todavía como Pontífice,
Pablo VI recordará los ejemplos de valor, del no rendirse nunca
al mal, de preferir antes los motivos del vivir que la misma
vida, que le fue dejando su padre. Buen inicio de una fe en
Cristo: la que sus padres profesaron junto a la pila bautismal
no era sólo de boca para fuera, sino una convicción profunda, de
esa que los niños saben descubrir cuando ven a sus mayores en
los avatares de la vida cotidiana.
Giovanni no había cumplido los 16 años cuando quiso ingresar en
el seminario, pero su salud precaria se lo impidió. Tuvo que
esperar hasta que en 1916 fue admitido al seminario mayor de
Brescia para seguir el llamado al sacerdocio, si bien en régimen
de estudiante externo, pues los problemas de su natural poco
robusto no le permitían adaptarse plenamente al ritmo del
internado.
Cuatro años después, el 29 de mayo de 1920, Mons. Gaggi le
imponía las manos que le marcaron como sacerdote para siempre.
Desde luego, no sospechaba que un día iba a conocer en el
concilio a quien había nacido ese mismo mes de mayo, el día 18,
en Wadowice: Karol Wojtyla. Ya como Papa, a un grupo de
neosacerdotes que se hallaban presentes en el Aula Pablo VI, les
comentará un recuerdo de su primera misa sacerdotal:
"Conservad siempre la alegría, la generosidad, el entusiasmo de
la primera misa. A mí me fue dicho esto, me acuerdo aún, cuando
dije la primera misa, por un gran y santo sacerdote: Os
recomiendo una sola cosa: que cada misa sea como la primera
misa. ¡Qué hermoso! Es siempre una gran novedad que jamás
alcanzaremos a agotar en nuestra meditación".
Su ministerio sacerdotal tuvo desde el inicio un marcado tinte
académico. Primero preparó su licenciatura en derecho canónico
en Milán (1921). En 1922 lo encontramos en Roma, simultaneando
los estudios en la Universidad Gregoriana y en la Pontificia
academia eclesiástica. No han pasado dos años cuando ya trabaja
en la Secretaría de Estado, primero como minutante a las órdenes
del Cardenal Gasparri. El trabajo de servicio a la Iglesia en su
mismo corazón romano no impide al joven Montini dedicarse al
fecundo apostolado universitario: en 1924 es nombrado capellán
del Círculo romano de las universidades católicas, y en 1925 es
capellán general de las Universidades católicas italianas, en
medio de los problemas que trajo al mundo eclesiástico la
irrupción del fascismo en el gobierno de Italia.
En esos primeros años de sacerdocio, Montini sintió la necesidad
de elaborar un programa de vida exigente y completo, que
orientase su trabajo en los principales campos de su vocación
ministerial. Por medio de las preguntas fundamentales (¿qué
quiero?, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿para quién y con quiénes?)
establece las líneas o consignas de acción: moral, intelectual,
espiritual y social. Transcribimos aquí, aunque sea de un modo
muy sucinto, algunas ideas sueltas de este programa, que
reflejan un poco lo que fue toda su vida como pastor.
"Consigna moral: el ejercicio del pensamiento adquiere así para
mí suma importancia moral. Debo amar el silencio, la atención,
el método, el horario para volver fructífero y virtuoso el
estudio. No debo desperdiciar en inútiles lecturas ni mi tiempo
ni mi espíritu; por el contrario, debo procurar elegir con tino,
con un criterio que me conduzca a una amplia cultura, pero con
orden y con neta intención de sacar provecho, por lo menos en
algún aspecto, de todas ellas. Echaré mano de una decidida
energía para mantener libre mi mente de dudas fútiles, de
dejadeces pesimistas, de fantasías impuras, de intenciones
astutas, dobles, egoístas, de pereza en la investigación y en la
reflexión.
Consigna intelectual: sea cual sea, por tanto, el orden de mis
estudios, preferiré la literatura que recoge el pensamiento
tradicional de la Iglesia. San Agustín y santo Tomás gozarán de
mi particular veneración. Y será para mí un precepto el conocer
con suficiente precisión y amplitud la doctrina cristiana. (...)
Este propósito de seriedad debe traducirse en una probidad
científica y en una mesurada crítica de mis escritos, de tal
modo que, por un lado, ni las prisas ni la vanidad me inciten a
hacer inmaduras afirmaciones o publicaciones; y, por otro, me
infunda a la vez arrojo y humildad para tender a algún resultado
conclusivo para provecho mío o de los demás y para hacer
fructificar del mejor modo posible los talentos intelectuales
que Dios me ha concedido.
Consigna espiritual: sólo una nota me debe ser extraordinaria, a
saber: una esencial preferencia por lo que es esencial y común
en la vida espiritual católica. Así tendré a la Iglesia, madre
de la caridad; su liturgia será la regla de mi espiritualidad
religiosa; la parroquia, el lugar preferido para mi oración; la
reverencia al párroco, al obispo, al Papa, la expresión concreta
de mi caridad y sentido de unidad y de renuncia al egoísmo y al
individualismo. Me sea por lo tanto muy querido que, en mi
educación espiritual, tengan la precedencia la simplicidad de
los dogmas fundamentales de la fe y la armonía de la
constitución unitaria de la Iglesia, bastándole y sobrándole a
mi piedad, para ser viva y veraz, la fortuna de pertenecer
sencilla, pero directamente, al cortejo de Cristo y de
participar, por adhesión a su Cuerpo místico, de sus méritos, de
su historia y de su gloria.
Consigna social: la cátedra, la prensa, la obra de arte, la
conferencia, la correspondencia, y siempre la amistad y, por lo
demás, toda otra forma de comunicación con los demás, podrán
ser, bien consideradas, un deber para mí; deber que, una vez
establecido, he de seguir con gusto y desinterés. Si encuentro a
otros que, como yo, viven obligados por la misma oferta
interior, me serán muy queridos y gustaré su amistad, añadiendo
a otras relaciones ya existentes, un especial aprecio, dirigido
a consolidar nuestros comunes propósitos".
La vida avanza, y el 13 de diciembre de 1937 Giovanni Montini
recibe el nombramiento de Sustituto de la Secretaría de Estado
para los asuntos ordinarios, mientras ocupa la cátedra de Pedro
el Papa Pío XI. Continúa durante los primeros 13 años del
Pontificado de Pío XII en este trabajo, hasta que el 29 de
noviembre de 1952 es nombrado Pro-secretario de Estado.
La providencia tiene sus caminos, a veces difíciles de
comprender para los hombres. Montini ha pasado 30 años en el
apostolado de los bastidores, y le resulta un mundo sumamente
conocido, familiar, casi propio. Pero Dios lo quiere sacar al
palco, a la sede episcopal de una de las diócesis más
importantes del orbe: Milán. Es el día 1º de noviembre de 1954.
Sería difícil hacer un balance de su ministerio como arzobispo
de Milán durante los 9 años que transcurrió en la ciudad
lombarda. Reciben el ardor y la fe del nuevo sucesor de san
Ambrosio el clero y los laicos, los intelectuales y los obreros,
los estudiantes y los profesionistas, los enfermos y
encarcelados, las congregaciones, órdenes e institutos laicales.
Sus numerosos escritos y homilías de este período reflejan su
fina atención a las distintas circunstancias y a las necesidades
de los grupos sociales, sin jamás perder de vista la centralidad
de la figura de Cristo, el amor supremo de la vida de Montini.
El 15 de diciembre de 1958, Juan XXIII quiso conceder la púrpura
cardenalicia a Montini. Mientras, se ponía en marcha la Iglesia
hacia una renovación y revitalización por medio del Concilio. El
Cardenal Montini intervino en él con gran acierto, y dejó una
huella profunda en la orientación inicial de documentos como la
constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium). Pero la
muerte de Juan XXIII significó un momento de incerteza respecto
a quién le iba a suceder y qué dirección imprimiría a los
trabajos conciliares. Cuando el 22 de junio de 1963 se anunciaba
urbi et orbe que el 262 sucesor de Pedro era el arzobispo de
Milán, Giovanni Battista Montini, y que tomaba el nombre de
Pablo para su pontificado (han transcurrido 342 años desde el
último Papa Pablo), todos experimentaron la seguridad de que el
concilio seguiría tras las huellas que había dejado el inmortal
Papa Roncalli.
El entonces patriarca de Venecia, Albino Luciani, a los tres
días de la muerte del Papa Montini, recordaba en una homilía el
sentido que tenía el nombre Pablo para Giovanni Battista Montini:
"’¿Cómo deseas ser llamado?’ le habían preguntado, hace quince
años, al término del cónclave. Y él: ‘Me llamaré Pablo’. Quien
lo conocía, habría asegurado que elegiría ese nombre. Desde
siempre Montini había sido un apasionado de los escritos, vida,
del dinamismo del grande apóstol de las gentes. Y vivió su
paolinidad completamente y hasta el final. El 29 de junio habló
sobre los quince años de su pontificado; hizo suyas las palabras
que san Pablo, también próximo al fin, había escrito a Timoteo:
‘He conservado y defendido la fe’ (2 Tim 4,7)".
Ese ardor de Pablo le llevó, pues, a seguir trabajando por la
Iglesia. La tarea era ingente. Terminar el concilio, poner en
marcha su ejecución en todos los ámbitos de la vida eclesial,
acudir en apoyo de los cristianos que vivían los ataques
obsesivos de la persecución comunista, o las tentaciones
subrepticias del mundo capitalista, defender a los pueblos que
querían romper el yugo del subdesarrollo y alcanzar una
participación digna en la mesa de los bienes que Dios nos había
repartido a todos.
Sería difícil intentar esbozar, aunque fuera a grandes rasgos,
aquellos 15 años de pontificado. Quizá una novedad fecunda,
propia del dinamismo misionero de un nuevo Pablo, la encontramos
en sus viajes. Eran la señal inequívoca de que la Iglesia,
evangelizada en su vida litúrgica por el mismo Cristo, no
renunciaba a ser evangelizadora, siempre con la fuerza del amor
y del respeto. También ese anuncio llegó a América Latina, con
aquellas palabras que fue esparciendo en Colombia del 22 al 25
de agosto de 1968 (el año de las contestaciones). El encuentro
con los campesinos dejó en aquellos corazones hambrientos de
esperanza: una semilla imborrable. Algunas frases de aquella
jornada merecen ser reproducidas, pues son reflejo fiel del
corazón de Pablo VI:
"Os amamos con un afecto de predilección y con Nos, recordadlo
bien y tenedlo siempre presente, os ama la Santa Iglesia
católica. Porque conocemos las condiciones de vuestra
existencia: condiciones de miseria para muchos de vosotros, a
veces inferiores a la exigencia normal de la vida humana. Nos
estáis ahora escuchando en silencio; pero oímos el grito que
sube de vuestro sufrimiento y del de la mayor parte de la
humanidad. No podemos desinteresarnos de vosotros; queremos ser
solidarios con vuestra buena causa, que es la del pueblo
humilde, la de la gente pobre. (...) Permitid finalmente que os
exhortemos a no poner vuestra confianza en la violencia ni en la
revolución; tal actitud es contraria al espíritu cristiano y
puede también retardar y no favorecer la elevación social a la
cual aspiráis legítimamente".
Testimonios
Los testimonios de reconocimiento y de gratitud hacia la
personalidad y el pontificado del Papa Montini han sido tan
numerosos que sería una pretensión absurda quererlos recoger
aquí. Quizá sean significativas estas palabras pronunciadas por
Juan Pablo II en 1988, que ofrecen una valoración panorámica de
lo que fue aquel pontificado:
"El Señor había dado a Pablo VI dotes incomparables, que él hizo
fructificar estupendamente, con una delicadísima modestia: el
corazón lleno de comprensión y longanimidad; la inteligencia
aguda, lúcida, sintética; la mirada viva y penetrante; la
voluntad diamantina sin compromisos; la fuerza y la belleza de
la expresión hablada y escrita; los monumentos de sus encíclicas
y de sus discursos; el ardor de sus viajes que él inició, el
primero en este siglo a escala internacional, en el ansia que le
urgía en su interior de proclamar la verdad, de anunciar a
Cristo, de hacer amar a María, Madre de la Iglesia, de hacer
conocer la misma Iglesia. Su inteligencia y cultura le dieron un
sentido agudo de la grandeza y de la miseria del hombre en una
situación contradictoria como aquella de nuestra generación:
pero su fe y caridad le inspiraron aquella ‘civilización del
amor’ sin la cual, hoy como nunca, la humanidad difícilmente
podrá encontrar la solución a los problemas que la turban
profundamente. Comprendió al hombre porque lo miró con los ojos
de Cristo. Ayudó al hombre, porque lo amó con el amor de Cristo.
Sirvió al hombre, porque le indicó la verdad de Cristo en toda
su plenitud".
El corazón del Papa
Es difícil comprender en profundidad el cúmulo de pensamientos,
inquietudes, problemas, esperanzas y proyectos que van tocando,
con el pasar de los días, el corazón del obispo de Roma. De vez
en vez salieron a luz algunas de esas profundas experiencias, y
dejaron una profunda impresión en no pocos de los oyentes, que
se veían interpelados ante el llamamiento de amor del Papa.
Una circunstancia especialmente dolorosa fue el secuestro de
Aldo Moro, presidente de la Democracia cristiana italiana e
íntimo amigo desde su juventud de Mons. Montini. El viernes 21
de abril de 1978 Pablo VI dirigió una carta a los
secuestradores, terroristas de las Brigadas Rojas, que habla por
sí misma:
"Es en este nombre supremo de Cristo, en el que yo me dirijo a
vosotros, que ciertamente no lo ignoráis, a vosotros,
desconocidos e implacables adversarios de este hombre, digno e
inocente; os lo ruego de rodillas, liberad al honorable Aldo
Moro, simplemente, sin condiciones, no tanto por el motivo de mi
humilde y afectuosa intercesión sino en virtud de su dignidad de
común hermano en la humanidad y por causa de un verdadero
progreso social".
Su petición, reiterada en la Audiencia general del miércoles 26
de abril, no fue escuchada. Aldo Moro apareció asesinado, en el
centro mismo de Roma, el día 9 de mayo de ese mismo año 1978. El
mismo Pablo VI dio la noticia a una comunidad eclesial de Roma
con un gemido propio sólo de un Siervo de los siervos de Dios...
Pero ha sido la lectura de su Meditación ante la muerte,
publicada en agosto de 1979, la que más nos puede abrir a la
comprensión del Papa Montini. Si nos resulta desconocida la
fecha de este manuscrito (hay quien lo data en 1973, durante una
tanda de ejercicios espirituales), no se puede decir lo mismo de
su contenido, reflejo fiel de lo que fue su pontificado, siempre
orientado hacia Cristo, su amor supremo, y hacia la Iglesia.
En estas líneas confiesa, con la sencillez de la verdad, que fue
el amor a la Iglesia "quien me sacó de mi mezquino y selvático
egoísmo y me encaminó a su servicio; y para ella, no para otra
cosa, me parece haber vivido" 8. Ese mismo amor le llena el
corazón de un presentimiento que tiene tintes proféticos: parece
un pronóstico de la próxima llegada de un Papa con las
características que reunirá Juan Pablo II. Todo ello con una
confesión que rezuma amor y donación a la Esposa de Cristo.
"Llega la hora. Desde hace algún tiempo tengo el presentimiento
de ello. Más aún que el agotamiento físico, pronto a ceder en
cualquier momento, el drama de mis responsabilidades parece
sugerir como solución providencial mi éxodo de este mundo, a fin
de que la Providencia pueda manifestarse y llevar a la Iglesia a
mejores destinos. Sí, la Providencia tiene muchos modos de
intervenir en el juego formidable de las circunstancias que
cercan mi pequeñez: pero el de mi llamada a la otra vida parece
obvio, para que me sustituya otro más fuerte y no vinculado a
las presentes dificultades. Servus inutilis sum".
Conclusión
La tarde del 6 de agosto de 1978 una noticia nos sobrecogió a
muchos en nuestro descanso dominical: las condiciones de salud
del Papa se habían agravado, y era inminente un desenlace
definitivo. No tuvimos que esperar a la noche para que el luto
sobrecogedor que trae consigo la muerte de un romano pontífice
nos dejase una honda impresión y un sentido profundo de
recogimiento. La pregunta que el joven Montini se hacía ante la
muerte de Benedicto XV (Pedro, ¿por qué duermes?) era la de
todos los que vivimos aquellos momentos supremos de la vida del
Papa.
Todavía hoy, cuando nos arrodillamos ante su tumba sencilla,
pobre, velo indefinido de lo que ocurre a la hora del encuentro
definitivo con el Padre, sentimos una extraña sensación de
respeto, de gratitud y de adhesión. Su obra no puede terminar.
Sigue en el pontificado del Papa Wojtyla. El recuerdo de su
persona, del Siervo de Dios Pablo VI, y ojalá pronto llegue la
hora en la que podamos llamarle santo, durará en muchas
generaciones de cristianos.
Quizá el mejor cierre a estas breves notas pueda ser el que el
mismo Pablo VI escribió, con su puño y letra, en la Meditación
ante la muerte. Son palabras de despedida que nos recuerdan la
propia misión y nos invitan a un "hasta pronto", en la casa del
Padre.
"Ahora hay que recordar la oración final de Jesús (Jn 17). El
Padre y los míos: éstos son todos uno; en la confrontación con
el mal que hay en la tierra y en la posibilidad de su salvación;
en la conciencia suprema que era mi misión llamarlos, revelarles
la verdad, hacerlos hijos de Dios y hermanos entre sí; amarlos
con el Amor que hay en Dios y que de Dios, mediante Cristo, ha
venido a la humanidad y por el ministerio de la Iglesia, a mí
confiado, se comunica a ella.
Hombres, comprendedme: a todos os amo en la efusión del Espíritu
Santo, del que yo, ministro, debía haceros partícipes. Así os
miro, así os saludo, así os bendigo. A todos. Y a vosotros, más
cercanos a mí, más cordialmente. La paz sea con vosotros. Y,
¿qué diré a la Iglesia a la que debo todo y que fue mía? Las
bendiciones vengan sobre tí: ten conciencia de tu naturaleza y
de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y
profundas de la humanidad: y camina pobre, es decir, libre,
fuerte y amorosa hacia Cristo.
Amén. El Señor viene. Amén". |

El papa Pablo VI y el
patriarca de Constantinopla Atenágoras I. Tras casi un
milenio de ruptura de relaciones, levantaron las mutuas
excomuniones y comenzaron el diálogo ecuménico entre
católicos y ortodoxos. |