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Testigos
San Ignacio de Antioquia
El coraje por Jesucristo
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Semblanza de uno de los santos más grandes de la historia de la
Iglesia y de los testimonios maravillosos de su vida. |
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Si pudiera hablarse de patronazgos
en el martirio o se tratara de elegir un modelo perfecto, como
símbolo del testimonio máximo del cristiano, habría que proponer
para ocuparlo a San Ignacio de Antioquía. Su amable figura,
amasada de dulzura, de mística y de valentía que desconoce el
miedo al dolor y a la muerte, resplandece, desde los tiempos
apostólicos, como un faro y una invitación a cuantos tienen que
sufrir por ser fieles a Jesucristo. Su estampa está envuelta en
luz celestial, no por lo extraordinario de los milagros o de
cualquiera forma de prodigios, sino por la sobrenatural
sencillez de su conducta, moviéndose totalmente en el mundo de
la fe, desde el cual adquiere una lógica incontrastable lo que,
a nuestros ojos humanos, parecen aterradoras perspectivas de
dolor.
Además de esto, San Ignacio es, sin pretenderlo, el cantor de su
propio martirio. Sus cartas apasionadas, de estilo único, siguen
vivas, estremeciendo al lector, que percibe en ellas el rugido
de las fieras, el zarpazo sangrante, el crujir de los huesos
triturados, todo el horror del circo romano, en el que perecían
las primicias del cristianismo, convertidas en simiente de
sangre, cuya espléndida cosecha recogió la historia. Pero estos
horrores pierden en San Ignacio sus tonos repulsivos, para
convertirse en canto de gloria. No es la muerte cruel, sino el
martirio por Jesucristo; no es el sufrimiento, sino la ofrenda
de una hostia pacífica lo que allí se retrata. La crueldad queda
sepultada en la caridad, la muerte es entrada triunfal en la
vida eterna, la ignominia de la condenación queda convertida en
apoteosis de inmortalidad. Las cartas del santo obispo de
Antioquía. que hoy nos conmueven ciertamente constituyeron, para
los cristianos de los siglos de persecución, para aquellos que
se sabían destinados a la muerte violenta, una arenga de
combate, una fuente pura de fortaleza y de esperanza, porque en
ellas estaba presente la eternidad, iluminando el tránsito
tenebroso de esta vida hacia la otra.
Testimonio de la sangre
Ignacio lleva como sobrenombre Theophoros, portador de Dios. El
Martyrium que relata su vida atribuye al santo obispo, al
presentarse voluntariamente en Antioquía a Trajano, orgulloso
por su triunfo militar sobre los dacios, el siguiente diálogo,
que refleja la verdad de su vida. Trajano le pregunta:
- ¿Quién eres tú, demonio mísero, que tanto empeño pones en
transgredir mis órdenes y persuades a otros a transgredirías,
para que míseramente perezcan?
Respondió Ignacio:
- Nadie puede llamar demonio mísero al portador de Dios, siendo
así que los demonios huyen de los siervos de Dios. Mas, si por
ser yo aborrecible a los demonios, me llamas malo contra ellos,
estoy conforme contigo, pues teniendo a Cristo, rey celeste,
conmigo, deshago todas las asechanzas de los demonios,
Dijo Trajano:
- ¿Quién es el Theophoros o portador de Dios?
Respondió Ignacio:
El que tiene a Cristo en su pecho...
“Un niño de éstos”
Nada sabemos con certeza de los primeros años de Ignacio. La
leyenda, sin embargo, aureolando su figura, vio en él aquel niño
que cuenta San Mateo: "En aquel momento se acercaron los
discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el
reino de los cielos? Sí, llamando a sí a un niño, le puso en
medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis
haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos,
ése será el más grande en el reino de los cielos, y el que por
mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe; y al que
escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mi, más le
valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y
le arrojaron al fondo del mar" (Mt. 18,1-6).
San Juan Crisóstomo, que cantó en Antioquía las glorías del
mártir, ante sus reliquias, afirma que convivió con los
apóstoles. Tampoco esto parece cierto. Pero nada estorba la
rigurosa crítica histórica a la realidad espiritual de nuestro
Santo: su fe sencilla y vigorosa es la fe de niño que el
Evangelio exige para el seguidor de Cristo, y el alma de San
Ignacio es apostólica en la máxima pureza primera, bebida en la
fuente fresca de Pentecostés El evangelista San Juan, el ap6stol
de la caridad, y San Pablo, el batallador ardiente de
Jesucristo, se aúnan en el espíritu que llenó el alma de San
Ignacio. Sus cartas están dictadas como glosa y fruto de ambas
doctrinas entrelazadas. El amor joanístico inspira su holocausto
de hostia viva. Cristo y su Iglesia constituyen el leitmotiv de
sus exhortaciones a los cristianos, a quienes dirige sus cartas.
La fe en San Ignacio es completa, con formulaciones de un credo
que preludia ya el símbolo de Nicea: Así, pues, cerrad vuestros
oídos, escribe a los trallenses, cuando quiera se os hable fuera
de Jesucristo, que es del linaje de David e hijo de María; que
nació verdaderamente y comió y bebió: fue verdaderamente
perseguido bajo Poncio Pilato y verdaderamente crucificado y
muerto, a la vista de los moradores del cielo y de la tierra y
del infierno. El cual verdaderamente también resucitó de entre
los muertos por virtud de su Padre, quien, a semejanza suya, nos
resucitará también a nosotros que creemos en Él. Sí, su Padre
nos resucitará en Jesucristo, fuera del cual no tenemos la vida
verdadera" (Trall. IX).
Epistolario de los primeros tiempos
Sus cartas pueden considerarse como la "segunda formulación
doctrinal cristiana"; en ellas se refleja lo que pensaban los
cristianos de la segunda generación, la inmediatamente posterior
a los apóstoles. Hay en ellas toda la doctrina evangélica y
paulina, elaborada, profundamente compartida y aceptada,
matizada ante los ataques de las primeras desviaciones
heréticas. deseosas de romper la unidad, tanto jerárquica como
doctrinal. La semejanza de doctrina no es tanto una repetición
de textos cuanto un espíritu idéntico, del cual brotan las
fórmulas sin citas, pero con la coincidencia exacta de quien
vive en el alma la misma fe y las mismas verdades, todas
emanadas de la misma fuente, Jesucristo.
Por eso, el pensamiento de San Ignacio está centrado en la unión
con Cristo dentro de la Iglesia: "Como el amor no me consiente
callar acerca de vosotros, de ahí que he determinado exhortaros
a que corráis a una hacia el pensamiento de Dios. Y, en efecto,
al modo de Jesucristo, vida nuestra inseparable, es el
pensamiento del Padre, así los obispos, establecidos por los
confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo" (Eph.
III,3).
El es el inventor de la palabra católica aplicada a la Iglesia.
"En las cartas de Ignacio - escribe Grandmaison - se enlaza por
primera vez el epíteto glorioso de católica al nombre de la
Iglesia: "Donde apareciere el obispo, allí está también la
muchedumbre, al modo que, donde estuviere Jesucristo, allí está
la Iglesia Católica" (Smyrn. VIII,2). De esta manera, el obispo
encarna su iglesia particular, absolutamente como la gran
Iglesia es la encarnación continuada del Hijo de Dios.
Unidad fundamental
Nos demuestra así San Ignacio que en su tiempo, fines del siglo
I, la estructura y él pensamiento sobre la Iglesia es completo y
maduro. Obispos, presbíteros y diáconos constituyen la jerarquía
tripartita, sobre la cual se apoya toda la realidad del
cristianismo. Es preciso permanecer unidos a esta jerarquía para
vivir dentro del espíritu de Cristo. "Por consiguiente, a la
manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, hecho
como estaba una cosa con Él - nada, digo, ni por sí mismo ni por
sus apóstoles -; así vosotros nada hagáis tampoco sin contar con
vuestro obispo y los ancianos; ni tratéis de colorear como
laudable nada que hagáis a vuestras solas, sino reunidos en
común; haya una oración, una sola esperanza en la caridad, en la
alegría sin tacha, que es Jesucristo, mejor que el cual nada
existe" (Mag. VII,1). Sin esta jerarquía no existe la Iglesia:
"Por vuestra parte, escribe a los trallenses, todos habéis
también de respetar a los diáconos como a Jesucristo. Lo mismo
digo del obispo, que es figura del Padre, y de los ancianos
(presbíteros), que representan el senado de Dios y la alianza o
colegio de los apóstoles. Quitados éstos, no hay nombre de
Iglesia" (Trall III,1).
El martirio
Ignoramos los años que rigió la iglesia de Antioquía, como
segundo sucesor de San Pedro, lo mismo que los motivos concretos
que provocaron su detención y condenación a muerte, Nerón había
puesto a los cristianos fuera de la ley. Cualquier delación o el
capricho de un gobernador bastaba para hacerles sufrir el rigor
de la persecución: la acusación de ser cristiano era suficiente
para ello. Plinio el Joven, gobernador, por aquellos años, de
Bitinia, escribía a su amo Trajano: "A los que fueron delatados
les interrogué si eran cristianos; si confesaban que sí, los
sometía a nuevo interrogatorio, con amenaza de suplicio. A los
que aun así perseveraban los mandé ejecutar".
San Ignacio fue detenido y condenado a ser devorado por las
fieras en Roma. Oída la sentencia, el Santo contesta: Te doy
gracias, Señor, porque te dignaste honrarme con perfecta caridad
para contigo, atándome, juntamente con tu, apóstol Pablo, con
cadenas de hierro..." (Mart. II,8). No hay en esta actitud nada
parecido al orgullo del revolucionario o al tesón del rebelde.
No existe la menor partícula de protesta contra los poderes
temporales, ni siquiera contra las leyes. La disposición del
mártir cristiano es algo inédito y único en la historia. Es la
serenidad y el valor mantenidos por una visión sobrenatural
interna, en la conciencia de cumplir una misión: la de ser
testigos – eso significa mártir - de Jesucristo, haciéndose
semejantes a Él en su sacrificio. Así lo afirma nuestro obispo
escribiendo a los fieles de Efeso: "Apenas os enterasteis de que
venía yo, desde la Siria, cargado de cadenas, por el nombre
común y nuestra común esperanza. confiando que, por vuestras
oraciones, lograré luchar en Roma contra las fieras para poder
de ese modo ser discípulo, os apresurasteis a salirme a ver". (Eph.I,1).
Desde el momento de su detención, podemos seguir paso a paso los
de San Ignacio, gracias a la preciosa colección de sus siete
cartas auténticas, escritas durante su peregrinación encadenada.
Con Zósimo y Rufo, otros dos cristianos condenados como él, y
custodiados por un pelotón de soldados, embarcan en Seleucia,
puerto de Antioquía, para arribar a las costas de Cilicia o
Panfilia, siguiendo desde allí el viaje por tierra. Estos
ásperos caminos del Asia Menor, pocos años antes recorridos por
San Pablo, haciendo sementera de cristiandades, serían para San
Ignacio nuevas pruebas de su ansiada semejanza con el gran
Apóstol. Las fervorosas comunidades de aquellas tierras
convierten el viaje en ronda triunfal de admiración y de
caridad.
Al llegar a Esmirna, toda la comunidad cristiana, presidida por
su obispo San Policarpo, discípulo personal de San Juan
Evangelista, sale a recibirle y le rinde homenaje como si fuera
el mismo Jesucristo. Por este recibimiento les escribirá más
tarde: "Yo glorifico a Jesucristo. Dios, que es quien hasta tal
punto os ha hecho sabios; pues muy bien me di cuenta de cuán
apercibidos estáis de fe inconmovible, bien así como si
estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de
Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del
mismo Cristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante
a nuestro Señor" (Esm. I). Otras comunidades vienen a saludarle
y ayudarle con máxima caridad. Algunas de ellas quedan
enriquecidas con sus cartas: Efeso, Trales, Magnesia. Desde el
mismo Esmirna las escribe, junto Con la enviada a los fieles de
Roma. Esta carta, documento único e impresionante de la
literatura universal, merece mención aparte.
Ansias de morir por Jesús
Tuvo San Ignacio conocimiento de que los romanos trataban de
interponer toda su influencia para salvarle la vida y se alarma
profundamente, porque esa caridad es apartarle de su martirio,
de su anhelada meta. Para conjurar esta posibilidad escribe la
famosa carta, sobre la que Renán mismo se vio obligado a
escribir: "La más viva fe, la sed ardiente de la muerte, no han
inspirado jamás acentos tan apasionados. El entusiasmo de los
mártires, que fue, por espacio de doscientos años, el espíritu
dominante del cristianismo, ha recibido del autor de esta pieza
extraordinaria su expresión más exaltada" (Les Huangiles, p.489,
cit. por Daniel Ruiz Bueno, Los Padres apostólicos: BAC, p.425).
Seria necesario transcribir la carta entera, pero, no siendo
posible, unos párrafos darán idea de su altura celestial.
Después de saludar a la iglesia de Roma, testimoniando su
jerarquía, al decirle que "preside en la capital del territorio
de los romanos y puesta a la cabeza de la caridad", títulos
preciosos para probar que la iglesia de Roma era considerada ya
como cabeza de la cristiandad, dice: "Por fin, a fuerza de
oraciones a Dios, he alcanzado ver vuestros rostros divinos, y
de suerte lo he alcanzado, que se me concede más de lo que
pedía". En efecto, encadenado por Jesucristo, tengo esperanza de
iros a saludar, si fuere voluntad del Señor hacerme la gracia de
llegar hasta el fin. Porque los comienzos, cierto, bien puestos
están, como yo logré gracia para alcanzar sin impedimento la
herencia que me toca. Y es que temo justamente vuestra caridad,
no sea ella la que me perjudique. Porque a vosotros, a la
verdad, cosa fácil es hacer lo que pretendéis; a mí, en cambio,
sí vosotros no tenéis consideración conmigo, me va a ser difícil
alcanzar a Dios... El hecho es que ni yo tendré jamás ocasión
semejante de alcanzar a Dios, ni vosotros, con sólo que calléis,
podéis poner vuestra firma en obra más bella. Porque, si
vosotros calláis respecto de mí, yo me convertiré en palabra de
Dios; mas, si os dejáis llevar del amor a mi carne, seré otra
vez una mera voz humana. No me procuréis otra cosa fuera de
permitirme inmolar por Dios, mientras hay todavía un altar
preparado, a fin de que, formando un coro por la caridad,
cantéis al Padre por medio de Jesucristo, por haber hecho Dios
la gracia al obispo de Siria de llegar hasta Occidente después
de haberle mandado llamar de Oriente. ¡Bello es que el sol de mi
vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en Él
yo amanezca!
"Por lo que a mí toca, escribo a todas las iglesias, y a todas
las encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por
Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico:
no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme
ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios.
Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser
molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo.
Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en
sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después
de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el mundo no vea ya
ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo.
Suplicad a Cristo por mí, para que por esos instrumentos logre
ser sacrificio para Dios. No os doy mandatos como Pedro y Pablo.
Ellos fueron apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte:
ellos fueron libres; yo, hasta el presente, soy un esclavo. Mas
si lograre sufrir el martirio, quedará liberto de Jesucristo y
resucitará libre en ti. Y ahora es cuando aprendo, encadenado
como estoy, a no tener deseo alguno.
"Desde Siria a Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra
y por mar, de noche y de día, atado que voy a diez leopardos, es
decir, un pelotón de soldados, que, hasta con los beneficios que
se les hacen, se vuelven peores. Ahora que, en sus malos tratos,
aprendo yo a ser mejor discípulo del Señor, aunque no por esto
me tengo por justificado.
"¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mi destinadas y que
hago votos por que se muestren veloces conmigo! Yo mismo las
azuzaré para que me devoren rápidamente, y no como algunos, a
quienes, amedrentadas, no osaron tocar. Y si ellas no quisieren
al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré. Perdonadme,
yo sé lo que me conviene, Ahora empiezo a ser discípulo. Que
ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a
que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras,
quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros,
trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo,
vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a
Jesucristo.
"Porque ahora os escribo vivo con ansias de morir. Mi amor está
crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de
materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y
desde lo íntimo me está diciendo: "Ven al Padre". No siento
placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de
esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo,
del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor
incorruptible."
Final de viaje
¿Qué se puede añadir a estas expresiones sublimes? Cualquier
glosa las empobrecería: son para meditar en silencio, con
sobrecogida consideración de lo que es el amor sobrenatural
llevado hasta las cumbres de la mística más pura.
En Roma tocaban a su fin unas fiestas nunca vistas, para
conmemorar el triunfo de Trajano sobre los dacios en el año 106.
Duraron ciento veintitrés días y en ellas murieron diez mil
gladiadores y doce mil fieras. El 18 de diciembre del año
siguiente, 107, fueron arrojados a las fieras Zósimo y Rufo, los
dos compañeros de San Ignacio, y a los dos días siguientes, el
20 de dicho mes, el santo obispo de Antioquía.
Sus pocas reliquias corporales fueron enviadas a Antioquía. Pero
sus verdaderas reliquias inmortales fueron sus cartas, de las
cuales escribe el P, J. Huby: "Ignacio, entregado a las fieras
bajo Trajano, es el tipo del pontífice entusiasta y el modelo
del mártir Es la realización viva de las palabras apostólicas:
Vivo, pero no vivo yo, Sino que es Cristo quien vive en mí...
Deseo ser disuelto y estar con Cristo. Sus acentos no
conmovieron a la Iglesia menos que los de San Pablo, y en
ciertas frases, mil veces citadas, parece estar concentrado todo
el espíritu de los mártires" (Chrístus p. 1031-32).
César Vaca O. S. A. |
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Evocaciones
Octavio A. Sequeiros
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El pasado 27 de abril falleció en La Plata el Dr. Octavio Agustín
Sequeiros, reconocido profesional de la Justicia y amigo entrañable
de muchos, a los que testimonió durante toda su vida sus
convicciones profundas en lo religioso, en lo intelectual y en lo
político.
Extractamos a continuación algunos párrafos que entonces se
publicaron sobre la personalidad de este hombre singular y
extraordinario. Además, brindamos la homilía que su hijo, el
sacerdote Víctor Sequeiros IVE, pronunció en las exequias. |
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Del diario “El Día” de La Plata, 29 de abril de 2008.
“Dr. Octavio A. Sequeiros
Su fallecimiento
Hondo pesar en ámbitos vinculados a la Justicia y al mundo académico
provocó el fallecimiento, a sus 72 años, del doctor Octavio Agustín
Sequeiros, ocurrido el domingo pasado en nuestra ciudad. Recordado
por su desempeño, durante más de 20 años, como fiscal penal,
Sequeiros se destacó -además- por su labor docente y por su
condición de sofisticado estudioso de las humanidades, con una
especial sensibilidad por las Letras.
Sequeiros había nacido en Jujuy, en el seno de una familia
tradicional de esa provincia norteña. Allí empezó, a fines de la
década del 60, su trayectoria como funcionario judicial. Pero
todavía era muy joven cuando se arraigó en La Plata, donde formó su
familia y desarrolló una fecunda trayectoria profesional en el Poder
Judicial.
Ingresó a Tribunales en el año 69 como secretario de primera
instancia. Luego pasó a secretario de Cámara, siempre en el fuero
penal. Y desde el 79 ocupó el cargo de fiscal, desde el cual
intervino en numerosos casos resonantes. Lo hizo hasta 1998 cuando,
con más de veinte años en esa función y más de 30 en la Justicia
platense, se jubiló.
Se lo recuerda como un hombre de fuertes convicciones y recto
proceder. De sólida formación jurídica y académica, tenía un manejo
del lenguaje y la oratoria que deslumbraba a colegas, abogados y
justiciables. Combinaba con maestría el apasionamiento y la
vehemencia con los rasgos de una cultura refinada. También sabía,
con estilo singular, articular el humor, la ironía y hasta los
refranes populares con la terminología árida del Derecho. Lector
constante y meduloso de los clásicos y de los grandes filósofos,
había cultivado una formación excepcional de la que nunca hacía
estridente exhibición.”
………………….
“Controvertido, muchas veces polémico, Sequeiros fue una
personalidad relevante en el Poder Judicial. Fuertemente
comprometido con el Derecho, su actuación de décadas como fiscal lo
convirtió -además- en una voz de referencia para colegas y abogados
jóvenes .
Octavio Agustín Sequeiros -"El Pato", como lo llamaban sus amigos-
estaba casado con la profesora María Delia Buisel, con quien tuvo
tres hijos: Víctor, Trinidad y Octavio Enrique.”
……………………..
In memoriam
Octavio A. Sequeiros (Pato)
De Maria Lilia Genta
“El 27 de abril murió, en La Plata, nuestro amigo Octavio A.
Sequeiros, el querido “Pato” como le dijimos siempre sin acordarnos,
casi, de su nombre oficial. Este intelectual, de los más relevantes
de nuestra generación, no se afilió nunca al “partido
intelectual”.No necesitaba la “pose”. Su sabiduría y su erudición
fluían naturalmente, en cualquier lugar y en cualquier momento.
Era por completo desacartonado. Por regla general, andaba vestido
por el enemigo (no creo que jamás ocupara su tiempo en fijarse si el
saco combinaba con el pantalón). Se lo solía encontrar, sentado
entre los últimos, escuchando a un conferenciante la más de las
veces menor que él en cuanto a sabiduría y ciencia. Sin conocerlo
previamente era difícil adivinar en su pequeña figura al formidable
helenista, al latinista eximio, al filósofo eminente, al fiscal
corajudo (bien lo saben los de “Quebracho”). Fue un intelectual
profunda y apasionadamente católico, sin la menor cara de devoto
porque tampoco, al decir Péguy, perteneció al “partido devoto”. Fue
también un intelectual comprometido con el acontecer diario de su
Patria a la que amó y sirvió sin concesiones. En su memoria vale
recordar, aunque muchos lo conozcan, aquello de “Amar la Patria es
el amor primero/ y es el postrer amor después de Dios/ y si es
crucificado y verdadero/ ya son uno los dos, ya no son dos”.
Chispeante y mordaz, lo mismo hablando que escribiendo, era dueño de
un sentido del humor que ayudaba a levantar nuestros ánimos
alicaídos por los avatares de la Iglesia y de la Patria. En la
generación de nuestros mayores, dentro del nacionalismo católico, no
era extraño hallar maestros dotados del sentido del humor. Después
de todo, aquella generación estuvo “marcada” por Chesterton. Pero en
la nuestra el humor no abunda y el Pato era de los muy pocos capaces
de romper la densidad de las tragedias. No las negaba, las mostraba
de una manera tan singular que aliviaba el alma.
Fue un verdadero maestro. Hace poco leía una página escrita por uno
de los tantos jóvenes formados por él; no resultaba difícil advertir
en ella -lejos de cualquier imitación servil- la chispa y la pasión
que el maestro supo encender en el alma del discípulo.
Supo, también, elegir mujer capaz de compartir la Fe, el mundo de
las ideas y el amor de las cosas esenciales. Supo entregar hijos a
la Iglesia.
Lamento que el vivir en ciudades distintas me haya impedido tratarlo
con más frecuencia. Pero eso ya no tiene relevancia alguna. Ahora,
junto al Padre, en oración chispeante y jocosa, intercede por
nosotros.”
In depositione patris mei. Nuestra conversación está en el cielo.
Homilía de su hijo, el P. Víctor Sequeiros IVE, en la Santa Misa
oficiada en el templo del Seminario Mayor San José, de La Plata, el
29 de abril pasado.
“Tengo que dar gracias:
- A Dios – y la Virgen por su intercesión- porque soy sacerdote y
haber podido celebrar las exequias de mi padre.
- También agradezco a Mons. Aguer por haber estar confortándonos
durante el velorio.
- Tengo que agradecer a Mons. Antonio Marino que nos honra con su
presencia.
- Al rector del seminario de mi papá, el p. Gabriel Delgado que
ofreció gentilmente esta magnífica Iglesia, y al rector de mi
seminario, el p. Gabriel Zapata que viajó desde San Rafael para
asistirnos en esa hora.
- A todos mis hermanos en el sacerdocio que ofrecen conmigo el Santo
Sacrificio.
- A las Servidoras del Señor de la Virgen de Matará en la persona de
las madres aquí presentes y de las hermanas de la comunidad Sor
María Ludovica que tanto nos ayudaron en estos días. Y también al
Carmelo Regina Martyrum y a su superiora Madre María del Carmen.
- Al coro, a mi familia, a los amigos
- A los que han pasado en estos días por la capilla ardiente y han
elevado sus oraciones, participado en los rosarios y en las Misas
que se ofrecieron de modo casi perpetuo.
- A todos los que vinieron a despedir y a elevar una oración por el
alma de mi papá.
“Estoy dolido pero sereno, no porque no lo sienta o no lo vaya a
extrañar (que se pegue la lengua al paladar si me olvido de ti
Jerusalem, dice el salmo . Yo estoy sereno porque sé que el árbol se
cae para donde estaba inclinado y mi padre tenía una clara
inclinación, hacia arriba, hacia el cielo: su conversación está en
el cielo como dice San Pablo .Por eso vivió y murió de cara a Dios:
- Sabía para qué vivía y supo para qué moría, buscó ese finem
perfectum que rezamos en las Completas.
- Había comulgado, había recibido sin ver con los ojos del cuerpo a
Quien se deja ver al recibirlo y ya contempla con los ojos de su
alma.
- Había confesado sus pecados.
- Y tenía puesto el escapulario carmelitano.
“Y esto es lo principal (“…al final de la jornada…aquel que se salva
sabe y el que no, no sabe nada” dice el poeta ) y por eso confío en
el reflejo de ese rostro sereno y sonriente que le vimos al velarlo.
Estoy tranquilo, en el fondo de mi alma, porque creo íntimamente que
se ha salvado …como Don Bosco, que también tenía esa preocupación y
se atrevió a hacer una “irresponsable” apuesta con uno de sus
compañeros de seminario -que el que muriera primero avisara al otro
acerca de su destino eterno- hasta que recibió la respuesta terrible
de su amigo: “Bosco, Bosco, me he salvado”. Porque al igual que los
discípulos uno puede preguntarse “si son pocos los que se salvan” .
“Tengo esperanza de que mi padre se ha salvado. No porque crea
ingenuamente que todos se salvan, ni menos aún porque crea –mucho
menos ingenuamente- que el infierno esté vacío. Confío más en los
pastorcitos de Fátima que en algún teólogo del disenso, sobre todo
cuando disiente con Dios.
“No es poca cosa, y confío también en su confesión. Era abogado, así
que algo que pagar le quedaría a pesar de haberse confesado, y por
eso no le mezquinen ni un ave maría ni un rosario, ni una misa que
puedan ofrecer por él.
“La Providencia quiso darle audiencia el día de Santo Toribio de
Mogrovejo , abogado, y por tanto santo de su devoción, pues no es
tan fácil encontrar santos en ese rubro. Él solía argüirnos que la
Santísima Virgen es llamada “Advocata nostra”, pero no vale por ser
Inmaculada; también decía que el Espíritu Santo “es llamado
abogado”, por ser la Verdad infinita, así que tampoco cuenta. Y
llevaba agua para su molino enumerando a San Ivo de Chartres, a San
Alfonso María de Ligorio y a Santo Tomás Moro, y sonreía de forma
pícara cuando alguien le recordaba que las malas lenguas decían,
justamente, que se santificaron cuando cambiaron de profesión…
“Mi padre, el “pato”, tiene un gran mérito: luchó por ser buen
cristiano, por responder a esta llamada universal a la santidad,
…como abogado! Peor, …como funcionario! Peor aún, …en la
Argentina!!! Lo cual no es poca cosa. Los que lo conocen me han dado
testimonio de su rectitud y de su insobornable integridad.
“De todos modos, esto ya es historia. Ya pasó, para él, la
apariencia de este mundo. Ahora empezó la realidad. Cayó el telón
(se acabó la escena) y comenzó la Vida verdadera. Pasó el sueño y
vino el despertar.
“Ahora que los velamos, en este preciso instante, como dicen los
santos, se desarrolla su juicio. Como recuerda ese sublime cuadro
del Bosco de la “Subida al Empíreo” , en el momento en que deja el
cuerpo, el alma llevada por los ángeles y se presenta al juicio de
Dios. Mi padre, entonces, debe estar viendo a La Verdad.
Para decirlo con la boca de un poeta:
¿Qué sucedió cuando el inexorable
sol de Dios, la Verdad, mostró su fuego
(…) en mitad de la gloria interminable?
¿qué habrá sentido al contemplar
de frente los Arquetipos y los esplendores?
(Hasta Borges solía pensar católicamente a veces…)
“Murió bien, creo, porque vivió bien. Como lo vimos siempre, cara a
Dios y conversando hacia arriba. Ahora ve la película de su vida,
instantáneamente… Yo solo puedo figurármelo, no por pura imaginación
sino en base al recuerdo de ciertos puntos clave sobre los cuales,
como dice el P. Hurtado, debe pasar su examen, el más difícil de
rendir, porque nada queda oculto a los ojos de Dios.
Es verdad que lo que uno ve, aun cuando sea un hijo, no es más que
apariencia, pero algo vi, y como muestra bastan algunos botones:
“Primero como padre. Fue sintomático que no haya querido dejar
entrar jamás la televisión en casa (y eso que hace 30 años era un
poquito menos mala que la de ahora). Quizá porque se sabía lo
suficientemente personaje como para poder remplazar solito al
aparato. Siguiendo a Don Bosco, jugaba con nosotros (hasta los 65
años jugó al fútbol, premio de jerontes como arquero); tenía un
cuento cada noche y una golosina cuando lograba hacernos hacer algo
bueno; nos enseñó a leer buenos libros y a elegir buenos amigos, a
la vez que se esforzaba porque gustemos de la buena música. Eso sí,
no solía asistir a las muy escolares reuniones de padres.
“También fue esposo. Conoció a mi mamá hace 45 años y llevaba 38 de
casado. Tuvo un matrimonio realmente atípico: el amor fue tan fuerte
que la convenció, en el día de su boda, de trocar los jardines del
Palacio Municipal por la agradable compañía del Tyranosaurius Rex
del Museo de Ciencias Naturales, que acompaña sus fotos de bodas
hasta el día de hoy; será quizá porque guardaba esa costumbre
antidiluviana, que ahora tan lejana está, de la fidelidad
matrimonial toda su vida… A mi madre, que le toca separarse de él en
vida, le recuerdo las mismas palabras que doña Jimena le dijo al
Cid: “nos hemos de separar como la uña de la carne”. Doy fe que no
recuerdo haberle visto jamás una pelea seria con mi mamá…, y los que
la conocen saben que no es poca cosa.
“Fue también maestro. Amó las letras más que el derecho, tal vez
porque en estos tiempos está un poco torcido; y más que los alegatos
del foro, gustaba con Don Francisco de Quevedo
Con pocos pero buenos libros juntos,
de entrar en conversación con los difuntos
escuchando con sus ojos a los muertos.
“Así supo tener como amigo a Sócrates y a Shakespeare, a Santa
Catalina y a Agustín, a Homero y a Lugones, y hasta Borges tenía
lugar en su convite. A los clásicos no sólo enseñaba a leerlos sino
a vivirlos, como aquella vez que hizo enojar a un amigo contándole
su viaje a Grecia …recorriendo las páginas de Heródoto. Apreció la
armonía de la Fides y la Ratio, de la Revelación divina y de la
inteligencia helena.
“Pero como Nuestro Señor suele probar más a quienes más ama -Santa
Teresa da fe de esto en esa conocida anécdota en que yendo de
fundaciones volcó con su carreta y al reprochárselo al Señor,
recibió como respuesta: “Así trato yo a mis amigos”, y la santa le
contestó: “Por eso tienes tan pocos”-, a papá tampoco le ahorró
pruebas. Apenas si lo sabemos, tenía un gran pudor con todo esto,
pero de algunas cositas nos enteramos. Sabemos que resistió a
tentaciones y amenazas, sufrió a periodistas y a explosivos en la
casa, como recuerda el diario El Día en su sección “Hace 25 años” .
Pero Jesús nunca lo abandonó: “Hijitos míos, no se turbe vuestro
corazón ni tengáis miedo, (…) En el mundo tendréis aflicción, pero
tened valor, Yo he vencido al mundo” . Se acostumbró a nadar contra
corriente y a desapegarse de los frutos más amados, no le negó al
Señor ni siquiera la demanda de sus hijos. Gracias a su sí, a su
fiat, también soy sacerdote.
“Y el buen Dios lo compensó con muchos otros hijos que engendró
espiritualmente y que enseñó a gozar de la eutrapelia y a amar el
trato del humilde. Todo lo sabía salar con humor pícaro y sano y
hasta gustaba de cumplir años varias veces por año con tal de
invitar facturas o empanadas.
“Por eso me lo figuro conversando ahora con los amigos de ayer, los
que llegaron primero, con don Julio y don Rodolfo, sus maestros de
realismo, con el P. Castellani, el que sufría dolores de Cuerpo
Místico, con los Horacios, Aragón y Pereyra, que hicieron carne
aquello de que el de la patria es “el amor primero y el postrero
amor después de Dios”. Lo veo riendo, porque el buen humor es cosa
divina, y hasta continuando, si es que en el cielo puede seguir
alguna disputatio, alguna polémica estudiosa con Gamerro y con
Disandro, expertos en humanismo. Hizo propio, como les digo, el
consejo de San Pablo, consejo también para nosotros, “que nuestra
conversación esté en los cielos”. Y si era cuestión de meditar cómo
Aristóteles nos enseña a ser eternos , en la tierra tenía siempre
los pies firmes y no le vamos a cuestionar la elegancia de sus
trajes ni el color a veces desparejo de sus medias. Quien compartía
su diálogo no podía sino salir edificado, y créanme que con él
nosotros nunca fuimos tan felices.
Se preparó para su examen. Como buen abogado se dispuso toda su vida
para el juicio. Preparó su mejor defensa. Dio testimonio de Dios
ante los hombres, y el Señor –espero- lo dará por él ante su Padre.
“O sea que estaba preparado para bien morir. Lo presentía, se lo
dijo a mi hermana el mismo día. Y en Semana Santa tuvo la delicadeza
de enseñarme parte por parte la biblioteca, sin olvidar sus escritos
de juventud, cuando aún era soltero, para que no pueda equivocarme.
Se despidió de esa manera, tácitamente. Por eso, y perdonen si peco
de soberbia, por él no temo; les pido oraciones y sacrificios para
sacarlo más rápido del purgatorio o para que alcance un grado de
gloria mayor; sin embargo, sí temo por mí y, como sacerdote, temo
también un poquito por ustedes, por todos…
“Él tuvo la Fe, sin fe es imposible agradar a Dios, y tuvo algunas
obras, sin las cuales la fe es muerta. Por eso por él no temo; temo
más por mí. Confío tener la fe: como dijo Juana de Arco, “si estoy
en gracia, que Dios me guarde, y si no lo estoy, que Dios me ponga”,
pero quizá en las obras sí estemos un poco flojos. De hecho yo no
estoy preparado para morir hoy y tal vez alguno de ustedes tampoco
lo esté… Me pregunto a mí mismo cómo prepararía mi examen final,
cómo me presentaría al juicio, cómo dispondría mi eternidad…
¿estamos preparados para lo único importante, cuando nos llegue “el
postrero instante que sigue a la agonía”?
“Algunos me comentaban, a modo de consuelo, que creían que había
muerto sin sufrir. Y no lo sé. Tenía también grandes dolores
físicos, acá en el Seminario ni siquiera podía llegarse hasta las
aulas del fondo, debe ser un infarto múltiple una cosa dolorosa,
intransferible casi. Pero lo principal no eran los dolores de su
cuerpo, que los tuvo, sino que –como les decía- con esa alma
connatural a quien supo tener como maestro, al P. Castellani, sintió
y sufrió con y por la Iglesia sufriente, sufrió con y por la patria
doliente, sufrió con Cristo y con su Madre.
“Creo que ha peleado el buen combate y ya le llega la hora de
descansar de la batalla. Ha participado, como dice San Ignacio, del
sufrimiento, y espero que pronto le toque la gloria. Ha estado con
los pocos, como pone Shakespeare en boca de Enrique V, con esos
pocos que tendrán más gloria para repartir por haber formado parte
del “pequeño rebaño” .
Por esto también tengo que dar gracias.
“Quiera Dios que en lo que podamos y esté a nuestro alcance, sepamos
también nosotros tratar de santificarnos en nuestro deber de estado.
Que esta partida sea como aquella promesa hecha por el Divino
Redentor a sus discípulos en su suprema despedida: “un poquito y no
me veréis y otro poquito y me volveréis a ver, porque me voy al
Padre” . Papá lo buscó toda su vida y ahora se fue por un ratito. De
nosotros depende que lo volvamos a encontrar. Y en esto pido para
todos el auxilio de la Inmaculada, de Nuestra Señora de la Piedad.
¡Ave María Purísima!
P. Víctor Agustín Sequeiros IVE
La Plata, martes 29 de abril de 2008.
Soneto de la Hermana María Consagrada SSVM
Querida Negra y queridos todos: aquí va el soneto prometido. Si Roge
me presta su expresión, podría titularse "A San Pato, Rey de la
Eutrapelia", o cualquiera de las posibles letanías: testigo de la
Alegría, apóstol del Buen Humor, Patrono de la Fiesta, Protector de
la Amistad, Heraldo del buen vivir, comer...¡y tomar!, padre de la
conversación, defensor de la jarana, amigo de todos, etc, etc, etc,
etc.
La idea es que se represente a todos: "Pato", para los amigos;
"Tati", para Delita; "Piquito", para la flia y allegados (creo), y
"Viejo", porque es la Negra la que "dice" el último terceto. Tengo
el recuerdo vivo de oírla llamarlo así.
(A Delita, P. Victor, Enrique y la Negra)
Se fue el Pato. Y ya plantó bandera.
Está Allí, con la misma chifladura
¡Y más! trama ahora nuevas travesuras
y mezcla jugo y whisky en cockteleras.
Ya no lee "El Corriere della Sera"
ni sale ya al mercado por verduras,
Tati Allí nos espera...¡y nos apura!:
¡vengansé, que esto es farra verdadera!
El Cielo ahora es más Cielo con Piquito:
hace reir a Dios a carcajadas...
¡festejan de Maurrás a San Benito!
Pedí a Dios, Viejo, hacenos la gauchada,
que seamos también niños un poquito
para brindar con vos a la Llegada.
Para colaborar con la tradicional eutrapelia, con mucho cariño,
unidos en Jesús y María,
Consa.
PD: perdón a los literatos por las fallas y errores.
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