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Testigos

San Ignacio de Antioquia
El coraje por Jesucristo

Semblanza de uno de los santos más grandes de la historia de la Iglesia y de los testimonios maravillosos de su vida.

Si pudiera hablarse de patronazgos en el martirio o se tratara de elegir un modelo perfecto, como símbolo del testimonio máximo del cristiano, habría que proponer para ocuparlo a San Ignacio de Antioquía. Su amable figura, amasada de dulzura, de mística y de valentía que desconoce el miedo al dolor y a la muerte, resplandece, desde los tiempos apostólicos, como un faro y una invitación a cuantos tienen que sufrir por ser fieles a Jesucristo. Su estampa está envuelta en luz celestial, no por lo extraordinario de los milagros o de cualquiera forma de prodigios, sino por la sobrenatural sencillez de su conducta, moviéndose totalmente en el mundo de la fe, desde el cual adquiere una lógica incontrastable lo que, a nuestros ojos humanos, parecen aterradoras perspectivas de dolor.
Además de esto, San Ignacio es, sin pretenderlo, el cantor de su propio martirio. Sus cartas apasionadas, de estilo único, siguen vivas, estremeciendo al lector, que percibe en ellas el rugido de las fieras, el zarpazo sangrante, el crujir de los huesos triturados, todo el horror del circo romano, en el que perecían las primicias del cristianismo, convertidas en simiente de sangre, cuya espléndida cosecha recogió la historia. Pero estos horrores pierden en San Ignacio sus tonos repulsivos, para convertirse en canto de gloria. No es la muerte cruel, sino el martirio por Jesucristo; no es el sufrimiento, sino la ofrenda de una hostia pacífica lo que allí se retrata. La crueldad queda sepultada en la caridad, la muerte es entrada triunfal en la vida eterna, la ignominia de la condenación queda convertida en apoteosis de inmortalidad. Las cartas del santo obispo de Antioquía. que hoy nos conmueven ciertamente constituyeron, para los cristianos de los siglos de persecución, para aquellos que se sabían destinados a la muerte violenta, una arenga de combate, una fuente pura de fortaleza y de esperanza, porque en ellas estaba presente la eternidad, iluminando el tránsito tenebroso de esta vida hacia la otra.

Testimonio de la sangre

Ignacio lleva como sobrenombre Theophoros, portador de Dios. El Martyrium que relata su vida atribuye al santo obispo, al presentarse voluntariamente en Antioquía a Trajano, orgulloso por su triunfo militar sobre los dacios, el siguiente diálogo, que refleja la verdad de su vida. Trajano le pregunta:
- ¿Quién eres tú, demonio mísero, que tanto empeño pones en transgredir mis órdenes y persuades a otros a transgredirías, para que míseramente perezcan?
Respondió Ignacio:
- Nadie puede llamar demonio mísero al portador de Dios, siendo así que los demonios huyen de los siervos de Dios. Mas, si por ser yo aborrecible a los demonios, me llamas malo contra ellos, estoy conforme contigo, pues teniendo a Cristo, rey celeste, conmigo, deshago todas las asechanzas de los demonios,
Dijo Trajano:
- ¿Quién es el Theophoros o portador de Dios?
Respondió Ignacio:
El que tiene a Cristo en su pecho...

“Un niño de éstos”

Nada sabemos con certeza de los primeros años de Ignacio. La leyenda, sin embargo, aureolando su figura, vio en él aquel niño que cuenta San Mateo: "En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el reino de los cielos? Sí, llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos, y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe; y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mi, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaron al fondo del mar" (Mt. 18,1-6).
San Juan Crisóstomo, que cantó en Antioquía las glorías del mártir, ante sus reliquias, afirma que convivió con los apóstoles. Tampoco esto parece cierto. Pero nada estorba la rigurosa crítica histórica a la realidad espiritual de nuestro Santo: su fe sencilla y vigorosa es la fe de niño que el Evangelio exige para el seguidor de Cristo, y el alma de San Ignacio es apostólica en la máxima pureza primera, bebida en la fuente fresca de Pentecostés El evangelista San Juan, el ap6stol de la caridad, y San Pablo, el batallador ardiente de Jesucristo, se aúnan en el espíritu que llenó el alma de San Ignacio. Sus cartas están dictadas como glosa y fruto de ambas doctrinas entrelazadas. El amor joanístico inspira su holocausto de hostia viva. Cristo y su Iglesia constituyen el leitmotiv de sus exhortaciones a los cristianos, a quienes dirige sus cartas.
La fe en San Ignacio es completa, con formulaciones de un credo que preludia ya el símbolo de Nicea: Así, pues, cerrad vuestros oídos, escribe a los trallenses, cuando quiera se os hable fuera de Jesucristo, que es del linaje de David e hijo de María; que nació verdaderamente y comió y bebió: fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato y verdaderamente crucificado y muerto, a la vista de los moradores del cielo y de la tierra y del infierno. El cual verdaderamente también resucitó de entre los muertos por virtud de su Padre, quien, a semejanza suya, nos resucitará también a nosotros que creemos en Él. Sí, su Padre nos resucitará en Jesucristo, fuera del cual no tenemos la vida verdadera" (Trall. IX).

Epistolario de los primeros tiempos

Sus cartas pueden considerarse como la "segunda formulación doctrinal cristiana"; en ellas se refleja lo que pensaban los cristianos de la segunda generación, la inmediatamente posterior a los apóstoles. Hay en ellas toda la doctrina evangélica y paulina, elaborada, profundamente compartida y aceptada, matizada ante los ataques de las primeras desviaciones heréticas. deseosas de romper la unidad, tanto jerárquica como doctrinal. La semejanza de doctrina no es tanto una repetición de textos cuanto un espíritu idéntico, del cual brotan las fórmulas sin citas, pero con la coincidencia exacta de quien vive en el alma la misma fe y las mismas verdades, todas emanadas de la misma fuente, Jesucristo.
Por eso, el pensamiento de San Ignacio está centrado en la unión con Cristo dentro de la Iglesia: "Como el amor no me consiente callar acerca de vosotros, de ahí que he determinado exhortaros a que corráis a una hacia el pensamiento de Dios. Y, en efecto, al modo de Jesucristo, vida nuestra inseparable, es el pensamiento del Padre, así los obispos, establecidos por los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo" (Eph. III,3).
El es el inventor de la palabra católica aplicada a la Iglesia. "En las cartas de Ignacio - escribe Grandmaison - se enlaza por primera vez el epíteto glorioso de católica al nombre de la Iglesia: "Donde apareciere el obispo, allí está también la muchedumbre, al modo que, donde estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia Católica" (Smyrn. VIII,2). De esta manera, el obispo encarna su iglesia particular, absolutamente como la gran Iglesia es la encarnación continuada del Hijo de Dios.

Unidad fundamental

Nos demuestra así San Ignacio que en su tiempo, fines del siglo I, la estructura y él pensamiento sobre la Iglesia es completo y maduro. Obispos, presbíteros y diáconos constituyen la jerarquía tripartita, sobre la cual se apoya toda la realidad del cristianismo. Es preciso permanecer unidos a esta jerarquía para vivir dentro del espíritu de Cristo. "Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, hecho como estaba una cosa con Él - nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles -; así vosotros nada hagáis tampoco sin contar con vuestro obispo y los ancianos; ni tratéis de colorear como laudable nada que hagáis a vuestras solas, sino reunidos en común; haya una oración, una sola esperanza en la caridad, en la alegría sin tacha, que es Jesucristo, mejor que el cual nada existe" (Mag. VII,1). Sin esta jerarquía no existe la Iglesia: "Por vuestra parte, escribe a los trallenses, todos habéis también de respetar a los diáconos como a Jesucristo. Lo mismo digo del obispo, que es figura del Padre, y de los ancianos (presbíteros), que representan el senado de Dios y la alianza o colegio de los apóstoles. Quitados éstos, no hay nombre de Iglesia" (Trall III,1).

El martirio

Ignoramos los años que rigió la iglesia de Antioquía, como segundo sucesor de San Pedro, lo mismo que los motivos concretos que provocaron su detención y condenación a muerte, Nerón había puesto a los cristianos fuera de la ley. Cualquier delación o el capricho de un gobernador bastaba para hacerles sufrir el rigor de la persecución: la acusación de ser cristiano era suficiente para ello. Plinio el Joven, gobernador, por aquellos años, de Bitinia, escribía a su amo Trajano: "A los que fueron delatados les interrogué si eran cristianos; si confesaban que sí, los sometía a nuevo interrogatorio, con amenaza de suplicio. A los que aun así perseveraban los mandé ejecutar".
San Ignacio fue detenido y condenado a ser devorado por las fieras en Roma. Oída la sentencia, el Santo contesta: Te doy gracias, Señor, porque te dignaste honrarme con perfecta caridad para contigo, atándome, juntamente con tu, apóstol Pablo, con cadenas de hierro..." (Mart. II,8). No hay en esta actitud nada parecido al orgullo del revolucionario o al tesón del rebelde. No existe la menor partícula de protesta contra los poderes temporales, ni siquiera contra las leyes. La disposición del mártir cristiano es algo inédito y único en la historia. Es la serenidad y el valor mantenidos por una visión sobrenatural interna, en la conciencia de cumplir una misión: la de ser testigos – eso significa mártir - de Jesucristo, haciéndose semejantes a Él en su sacrificio. Así lo afirma nuestro obispo escribiendo a los fieles de Efeso: "Apenas os enterasteis de que venía yo, desde la Siria, cargado de cadenas, por el nombre común y nuestra común esperanza. confiando que, por vuestras oraciones, lograré luchar en Roma contra las fieras para poder de ese modo ser discípulo, os apresurasteis a salirme a ver". (Eph.I,1).
Desde el momento de su detención, podemos seguir paso a paso los de San Ignacio, gracias a la preciosa colección de sus siete cartas auténticas, escritas durante su peregrinación encadenada. Con Zósimo y Rufo, otros dos cristianos condenados como él, y custodiados por un pelotón de soldados, embarcan en Seleucia, puerto de Antioquía, para arribar a las costas de Cilicia o Panfilia, siguiendo desde allí el viaje por tierra. Estos ásperos caminos del Asia Menor, pocos años antes recorridos por San Pablo, haciendo sementera de cristiandades, serían para San Ignacio nuevas pruebas de su ansiada semejanza con el gran Apóstol. Las fervorosas comunidades de aquellas tierras convierten el viaje en ronda triunfal de admiración y de caridad.
Al llegar a Esmirna, toda la comunidad cristiana, presidida por su obispo San Policarpo, discípulo personal de San Juan Evangelista, sale a recibirle y le rinde homenaje como si fuera el mismo Jesucristo. Por este recibimiento les escribirá más tarde: "Yo glorifico a Jesucristo. Dios, que es quien hasta tal punto os ha hecho sabios; pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible, bien así como si estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Cristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante a nuestro Señor" (Esm. I). Otras comunidades vienen a saludarle y ayudarle con máxima caridad. Algunas de ellas quedan enriquecidas con sus cartas: Efeso, Trales, Magnesia. Desde el mismo Esmirna las escribe, junto Con la enviada a los fieles de Roma. Esta carta, documento único e impresionante de la literatura universal, merece mención aparte.

Ansias de morir por Jesús

Tuvo San Ignacio conocimiento de que los romanos trataban de interponer toda su influencia para salvarle la vida y se alarma profundamente, porque esa caridad es apartarle de su martirio, de su anhelada meta. Para conjurar esta posibilidad escribe la famosa carta, sobre la que Renán mismo se vio obligado a escribir: "La más viva fe, la sed ardiente de la muerte, no han inspirado jamás acentos tan apasionados. El entusiasmo de los mártires, que fue, por espacio de doscientos años, el espíritu dominante del cristianismo, ha recibido del autor de esta pieza extraordinaria su expresión más exaltada" (Les Huangiles, p.489, cit. por Daniel Ruiz Bueno, Los Padres apostólicos: BAC, p.425). Seria necesario transcribir la carta entera, pero, no siendo posible, unos párrafos darán idea de su altura celestial.
Después de saludar a la iglesia de Roma, testimoniando su jerarquía, al decirle que "preside en la capital del territorio de los romanos y puesta a la cabeza de la caridad", títulos preciosos para probar que la iglesia de Roma era considerada ya como cabeza de la cristiandad, dice: "Por fin, a fuerza de oraciones a Dios, he alcanzado ver vuestros rostros divinos, y de suerte lo he alcanzado, que se me concede más de lo que pedía". En efecto, encadenado por Jesucristo, tengo esperanza de iros a saludar, si fuere voluntad del Señor hacerme la gracia de llegar hasta el fin. Porque los comienzos, cierto, bien puestos están, como yo logré gracia para alcanzar sin impedimento la herencia que me toca. Y es que temo justamente vuestra caridad, no sea ella la que me perjudique. Porque a vosotros, a la verdad, cosa fácil es hacer lo que pretendéis; a mí, en cambio, sí vosotros no tenéis consideración conmigo, me va a ser difícil alcanzar a Dios... El hecho es que ni yo tendré jamás ocasión semejante de alcanzar a Dios, ni vosotros, con sólo que calléis, podéis poner vuestra firma en obra más bella. Porque, si vosotros calláis respecto de mí, yo me convertiré en palabra de Dios; mas, si os dejáis llevar del amor a mi carne, seré otra vez una mera voz humana. No me procuréis otra cosa fuera de permitirme inmolar por Dios, mientras hay todavía un altar preparado, a fin de que, formando un coro por la caridad, cantéis al Padre por medio de Jesucristo, por haber hecho Dios la gracia al obispo de Siria de llegar hasta Occidente después de haberle mandado llamar de Oriente. ¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en Él yo amanezca!
"Por lo que a mí toca, escribo a todas las iglesias, y a todas las encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el mundo no vea ya ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por esos instrumentos logre ser sacrificio para Dios. No os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte: ellos fueron libres; yo, hasta el presente, soy un esclavo. Mas si lograre sufrir el martirio, quedará liberto de Jesucristo y resucitará libre en ti. Y ahora es cuando aprendo, encadenado como estoy, a no tener deseo alguno.
"Desde Siria a Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado que voy a diez leopardos, es decir, un pelotón de soldados, que, hasta con los beneficios que se les hacen, se vuelven peores. Ahora que, en sus malos tratos, aprendo yo a ser mejor discípulo del Señor, aunque no por esto me tengo por justificado.
"¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mi destinadas y que hago votos por que se muestren veloces conmigo! Yo mismo las azuzaré para que me devoren rápidamente, y no como algunos, a quienes, amedrentadas, no osaron tocar. Y si ellas no quisieren al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré. Perdonadme, yo sé lo que me conviene, Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo.
"Porque ahora os escribo vivo con ansias de morir. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: "Ven al Padre". No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible."

Final de viaje

¿Qué se puede añadir a estas expresiones sublimes? Cualquier glosa las empobrecería: son para meditar en silencio, con sobrecogida consideración de lo que es el amor sobrenatural llevado hasta las cumbres de la mística más pura.
En Roma tocaban a su fin unas fiestas nunca vistas, para conmemorar el triunfo de Trajano sobre los dacios en el año 106. Duraron ciento veintitrés días y en ellas murieron diez mil gladiadores y doce mil fieras. El 18 de diciembre del año siguiente, 107, fueron arrojados a las fieras Zósimo y Rufo, los dos compañeros de San Ignacio, y a los dos días siguientes, el 20 de dicho mes, el santo obispo de Antioquía.
Sus pocas reliquias corporales fueron enviadas a Antioquía. Pero sus verdaderas reliquias inmortales fueron sus cartas, de las cuales escribe el P, J. Huby: "Ignacio, entregado a las fieras bajo Trajano, es el tipo del pontífice entusiasta y el modelo del mártir Es la realización viva de las palabras apostólicas: Vivo, pero no vivo yo, Sino que es Cristo quien vive en mí... Deseo ser disuelto y estar con Cristo. Sus acentos no conmovieron a la Iglesia menos que los de San Pablo, y en ciertas frases, mil veces citadas, parece estar concentrado todo el espíritu de los mártires" (Chrístus p. 1031-32).

César Vaca O. S. A.

 

Evocaciones

Octavio A. Sequeiros

El pasado 27 de abril falleció en La Plata el Dr. Octavio Agustín Sequeiros, reconocido profesional de la Justicia y amigo entrañable de muchos, a los que testimonió durante toda su vida sus convicciones profundas en lo religioso, en lo intelectual y en lo político.
Extractamos a continuación algunos párrafos que entonces se publicaron sobre la personalidad de este hombre singular y extraordinario. Además, brindamos la homilía que su hijo, el sacerdote Víctor Sequeiros IVE, pronunció en las exequias.



Del diario “El Día” de La Plata, 29 de abril de 2008.
“Dr. Octavio A. Sequeiros
Su fallecimiento
Hondo pesar en ámbitos vinculados a la Justicia y al mundo académico provocó el fallecimiento, a sus 72 años, del doctor Octavio Agustín Sequeiros, ocurrido el domingo pasado en nuestra ciudad. Recordado por su desempeño, durante más de 20 años, como fiscal penal, Sequeiros se destacó -además- por su labor docente y por su condición de sofisticado estudioso de las humanidades, con una especial sensibilidad por las Letras.
Sequeiros había nacido en Jujuy, en el seno de una familia tradicional de esa provincia norteña. Allí empezó, a fines de la década del 60, su trayectoria como funcionario judicial. Pero todavía era muy joven cuando se arraigó en La Plata, donde formó su familia y desarrolló una fecunda trayectoria profesional en el Poder Judicial.
Ingresó a Tribunales en el año 69 como secretario de primera instancia. Luego pasó a secretario de Cámara, siempre en el fuero penal. Y desde el 79 ocupó el cargo de fiscal, desde el cual intervino en numerosos casos resonantes. Lo hizo hasta 1998 cuando, con más de veinte años en esa función y más de 30 en la Justicia platense, se jubiló.
Se lo recuerda como un hombre de fuertes convicciones y recto proceder. De sólida formación jurídica y académica, tenía un manejo del lenguaje y la oratoria que deslumbraba a colegas, abogados y justiciables. Combinaba con maestría el apasionamiento y la vehemencia con los rasgos de una cultura refinada. También sabía, con estilo singular, articular el humor, la ironía y hasta los refranes populares con la terminología árida del Derecho. Lector constante y meduloso de los clásicos y de los grandes filósofos, había cultivado una formación excepcional de la que nunca hacía estridente exhibición.”
………………….
“Controvertido, muchas veces polémico, Sequeiros fue una personalidad relevante en el Poder Judicial. Fuertemente comprometido con el Derecho, su actuación de décadas como fiscal lo convirtió -además- en una voz de referencia para colegas y abogados jóvenes .
Octavio Agustín Sequeiros -"El Pato", como lo llamaban sus amigos- estaba casado con la profesora María Delia Buisel, con quien tuvo tres hijos: Víctor, Trinidad y Octavio Enrique.”
……………………..

In memoriam

Octavio A. Sequeiros (Pato)
De Maria Lilia Genta
“El 27 de abril murió, en La Plata, nuestro amigo Octavio A. Sequeiros, el querido “Pato” como le dijimos siempre sin acordarnos, casi, de su nombre oficial. Este intelectual, de los más relevantes de nuestra generación, no se afilió nunca al “partido intelectual”.No necesitaba la “pose”. Su sabiduría y su erudición fluían naturalmente, en cualquier lugar y en cualquier momento.
Era por completo desacartonado. Por regla general, andaba vestido por el enemigo (no creo que jamás ocupara su tiempo en fijarse si el saco combinaba con el pantalón). Se lo solía encontrar, sentado entre los últimos, escuchando a un conferenciante la más de las veces menor que él en cuanto a sabiduría y ciencia. Sin conocerlo previamente era difícil adivinar en su pequeña figura al formidable helenista, al latinista eximio, al filósofo eminente, al fiscal corajudo (bien lo saben los de “Quebracho”). Fue un intelectual profunda y apasionadamente católico, sin la menor cara de devoto porque tampoco, al decir Péguy, perteneció al “partido devoto”. Fue también un intelectual comprometido con el acontecer diario de su Patria a la que amó y sirvió sin concesiones. En su memoria vale recordar, aunque muchos lo conozcan, aquello de “Amar la Patria es el amor primero/ y es el postrer amor después de Dios/ y si es crucificado y verdadero/ ya son uno los dos, ya no son dos”.
Chispeante y mordaz, lo mismo hablando que escribiendo, era dueño de un sentido del humor que ayudaba a levantar nuestros ánimos alicaídos por los avatares de la Iglesia y de la Patria. En la generación de nuestros mayores, dentro del nacionalismo católico, no era extraño hallar maestros dotados del sentido del humor. Después de todo, aquella generación estuvo “marcada” por Chesterton. Pero en la nuestra el humor no abunda y el Pato era de los muy pocos capaces de romper la densidad de las tragedias. No las negaba, las mostraba de una manera tan singular que aliviaba el alma.
Fue un verdadero maestro. Hace poco leía una página escrita por uno de los tantos jóvenes formados por él; no resultaba difícil advertir en ella -lejos de cualquier imitación servil- la chispa y la pasión que el maestro supo encender en el alma del discípulo.
Supo, también, elegir mujer capaz de compartir la Fe, el mundo de las ideas y el amor de las cosas esenciales. Supo entregar hijos a la Iglesia.
Lamento que el vivir en ciudades distintas me haya impedido tratarlo con más frecuencia. Pero eso ya no tiene relevancia alguna. Ahora, junto al Padre, en oración chispeante y jocosa, intercede por nosotros.”

In depositione patris mei. Nuestra conversación está en el cielo.

Homilía de su hijo, el P. Víctor Sequeiros IVE, en la Santa Misa oficiada en el templo del Seminario Mayor San José, de La Plata, el 29 de abril pasado.

“Tengo que dar gracias:
- A Dios – y la Virgen por su intercesión- porque soy sacerdote y haber podido celebrar las exequias de mi padre.
- También agradezco a Mons. Aguer por haber estar confortándonos durante el velorio.
- Tengo que agradecer a Mons. Antonio Marino que nos honra con su presencia.
- Al rector del seminario de mi papá, el p. Gabriel Delgado que ofreció gentilmente esta magnífica Iglesia, y al rector de mi seminario, el p. Gabriel Zapata que viajó desde San Rafael para asistirnos en esa hora.
- A todos mis hermanos en el sacerdocio que ofrecen conmigo el Santo Sacrificio.
- A las Servidoras del Señor de la Virgen de Matará en la persona de las madres aquí presentes y de las hermanas de la comunidad Sor María Ludovica que tanto nos ayudaron en estos días. Y también al Carmelo Regina Martyrum y a su superiora Madre María del Carmen.
- Al coro, a mi familia, a los amigos
- A los que han pasado en estos días por la capilla ardiente y han elevado sus oraciones, participado en los rosarios y en las Misas que se ofrecieron de modo casi perpetuo.
- A todos los que vinieron a despedir y a elevar una oración por el alma de mi papá.

“Estoy dolido pero sereno, no porque no lo sienta o no lo vaya a extrañar (que se pegue la lengua al paladar si me olvido de ti Jerusalem, dice el salmo . Yo estoy sereno porque sé que el árbol se cae para donde estaba inclinado y mi padre tenía una clara inclinación, hacia arriba, hacia el cielo: su conversación está en el cielo como dice San Pablo .Por eso vivió y murió de cara a Dios:

- Sabía para qué vivía y supo para qué moría, buscó ese finem perfectum que rezamos en las Completas.
- Había comulgado, había recibido sin ver con los ojos del cuerpo a Quien se deja ver al recibirlo y ya contempla con los ojos de su alma.
- Había confesado sus pecados.
- Y tenía puesto el escapulario carmelitano.

“Y esto es lo principal (“…al final de la jornada…aquel que se salva sabe y el que no, no sabe nada” dice el poeta ) y por eso confío en el reflejo de ese rostro sereno y sonriente que le vimos al velarlo. Estoy tranquilo, en el fondo de mi alma, porque creo íntimamente que se ha salvado …como Don Bosco, que también tenía esa preocupación y se atrevió a hacer una “irresponsable” apuesta con uno de sus compañeros de seminario -que el que muriera primero avisara al otro acerca de su destino eterno- hasta que recibió la respuesta terrible de su amigo: “Bosco, Bosco, me he salvado”. Porque al igual que los discípulos uno puede preguntarse “si son pocos los que se salvan” .

“Tengo esperanza de que mi padre se ha salvado. No porque crea ingenuamente que todos se salvan, ni menos aún porque crea –mucho menos ingenuamente- que el infierno esté vacío. Confío más en los pastorcitos de Fátima que en algún teólogo del disenso, sobre todo cuando disiente con Dios.

“No es poca cosa, y confío también en su confesión. Era abogado, así que algo que pagar le quedaría a pesar de haberse confesado, y por eso no le mezquinen ni un ave maría ni un rosario, ni una misa que puedan ofrecer por él.

“La Providencia quiso darle audiencia el día de Santo Toribio de Mogrovejo , abogado, y por tanto santo de su devoción, pues no es tan fácil encontrar santos en ese rubro. Él solía argüirnos que la Santísima Virgen es llamada “Advocata nostra”, pero no vale por ser Inmaculada; también decía que el Espíritu Santo “es llamado abogado”, por ser la Verdad infinita, así que tampoco cuenta. Y llevaba agua para su molino enumerando a San Ivo de Chartres, a San Alfonso María de Ligorio y a Santo Tomás Moro, y sonreía de forma pícara cuando alguien le recordaba que las malas lenguas decían, justamente, que se santificaron cuando cambiaron de profesión…

“Mi padre, el “pato”, tiene un gran mérito: luchó por ser buen cristiano, por responder a esta llamada universal a la santidad, …como abogado! Peor, …como funcionario! Peor aún, …en la Argentina!!! Lo cual no es poca cosa. Los que lo conocen me han dado testimonio de su rectitud y de su insobornable integridad.

“De todos modos, esto ya es historia. Ya pasó, para él, la apariencia de este mundo. Ahora empezó la realidad. Cayó el telón (se acabó la escena) y comenzó la Vida verdadera. Pasó el sueño y vino el despertar.

“Ahora que los velamos, en este preciso instante, como dicen los santos, se desarrolla su juicio. Como recuerda ese sublime cuadro del Bosco de la “Subida al Empíreo” , en el momento en que deja el cuerpo, el alma llevada por los ángeles y se presenta al juicio de Dios. Mi padre, entonces, debe estar viendo a La Verdad.

Para decirlo con la boca de un poeta:

¿Qué sucedió cuando el inexorable
sol de Dios, la Verdad, mostró su fuego
(…) en mitad de la gloria interminable?
¿qué habrá sentido al contemplar
de frente los Arquetipos y los esplendores?

(Hasta Borges solía pensar católicamente a veces…)

“Murió bien, creo, porque vivió bien. Como lo vimos siempre, cara a Dios y conversando hacia arriba. Ahora ve la película de su vida, instantáneamente… Yo solo puedo figurármelo, no por pura imaginación sino en base al recuerdo de ciertos puntos clave sobre los cuales, como dice el P. Hurtado, debe pasar su examen, el más difícil de rendir, porque nada queda oculto a los ojos de Dios.

Es verdad que lo que uno ve, aun cuando sea un hijo, no es más que apariencia, pero algo vi, y como muestra bastan algunos botones:

“Primero como padre. Fue sintomático que no haya querido dejar entrar jamás la televisión en casa (y eso que hace 30 años era un poquito menos mala que la de ahora). Quizá porque se sabía lo suficientemente personaje como para poder remplazar solito al aparato. Siguiendo a Don Bosco, jugaba con nosotros (hasta los 65 años jugó al fútbol, premio de jerontes como arquero); tenía un cuento cada noche y una golosina cuando lograba hacernos hacer algo bueno; nos enseñó a leer buenos libros y a elegir buenos amigos, a la vez que se esforzaba porque gustemos de la buena música. Eso sí, no solía asistir a las muy escolares reuniones de padres.

“También fue esposo. Conoció a mi mamá hace 45 años y llevaba 38 de casado. Tuvo un matrimonio realmente atípico: el amor fue tan fuerte que la convenció, en el día de su boda, de trocar los jardines del Palacio Municipal por la agradable compañía del Tyranosaurius Rex del Museo de Ciencias Naturales, que acompaña sus fotos de bodas hasta el día de hoy; será quizá porque guardaba esa costumbre antidiluviana, que ahora tan lejana está, de la fidelidad matrimonial toda su vida… A mi madre, que le toca separarse de él en vida, le recuerdo las mismas palabras que doña Jimena le dijo al Cid: “nos hemos de separar como la uña de la carne”. Doy fe que no recuerdo haberle visto jamás una pelea seria con mi mamá…, y los que la conocen saben que no es poca cosa.

“Fue también maestro. Amó las letras más que el derecho, tal vez porque en estos tiempos está un poco torcido; y más que los alegatos del foro, gustaba con Don Francisco de Quevedo

Con pocos pero buenos libros juntos,
de entrar en conversación con los difuntos
escuchando con sus ojos a los muertos.

“Así supo tener como amigo a Sócrates y a Shakespeare, a Santa Catalina y a Agustín, a Homero y a Lugones, y hasta Borges tenía lugar en su convite. A los clásicos no sólo enseñaba a leerlos sino a vivirlos, como aquella vez que hizo enojar a un amigo contándole su viaje a Grecia …recorriendo las páginas de Heródoto. Apreció la armonía de la Fides y la Ratio, de la Revelación divina y de la inteligencia helena.

“Pero como Nuestro Señor suele probar más a quienes más ama -Santa Teresa da fe de esto en esa conocida anécdota en que yendo de fundaciones volcó con su carreta y al reprochárselo al Señor, recibió como respuesta: “Así trato yo a mis amigos”, y la santa le contestó: “Por eso tienes tan pocos”-, a papá tampoco le ahorró pruebas. Apenas si lo sabemos, tenía un gran pudor con todo esto, pero de algunas cositas nos enteramos. Sabemos que resistió a tentaciones y amenazas, sufrió a periodistas y a explosivos en la casa, como recuerda el diario El Día en su sección “Hace 25 años” . Pero Jesús nunca lo abandonó: “Hijitos míos, no se turbe vuestro corazón ni tengáis miedo, (…) En el mundo tendréis aflicción, pero tened valor, Yo he vencido al mundo” . Se acostumbró a nadar contra corriente y a desapegarse de los frutos más amados, no le negó al Señor ni siquiera la demanda de sus hijos. Gracias a su sí, a su fiat, también soy sacerdote.

“Y el buen Dios lo compensó con muchos otros hijos que engendró espiritualmente y que enseñó a gozar de la eutrapelia y a amar el trato del humilde. Todo lo sabía salar con humor pícaro y sano y hasta gustaba de cumplir años varias veces por año con tal de invitar facturas o empanadas.

“Por eso me lo figuro conversando ahora con los amigos de ayer, los que llegaron primero, con don Julio y don Rodolfo, sus maestros de realismo, con el P. Castellani, el que sufría dolores de Cuerpo Místico, con los Horacios, Aragón y Pereyra, que hicieron carne aquello de que el de la patria es “el amor primero y el postrero amor después de Dios”. Lo veo riendo, porque el buen humor es cosa divina, y hasta continuando, si es que en el cielo puede seguir alguna disputatio, alguna polémica estudiosa con Gamerro y con Disandro, expertos en humanismo. Hizo propio, como les digo, el consejo de San Pablo, consejo también para nosotros, “que nuestra conversación esté en los cielos”. Y si era cuestión de meditar cómo Aristóteles nos enseña a ser eternos , en la tierra tenía siempre los pies firmes y no le vamos a cuestionar la elegancia de sus trajes ni el color a veces desparejo de sus medias. Quien compartía su diálogo no podía sino salir edificado, y créanme que con él nosotros nunca fuimos tan felices.

Se preparó para su examen. Como buen abogado se dispuso toda su vida para el juicio. Preparó su mejor defensa. Dio testimonio de Dios ante los hombres, y el Señor –espero- lo dará por él ante su Padre.

“O sea que estaba preparado para bien morir. Lo presentía, se lo dijo a mi hermana el mismo día. Y en Semana Santa tuvo la delicadeza de enseñarme parte por parte la biblioteca, sin olvidar sus escritos de juventud, cuando aún era soltero, para que no pueda equivocarme. Se despidió de esa manera, tácitamente. Por eso, y perdonen si peco de soberbia, por él no temo; les pido oraciones y sacrificios para sacarlo más rápido del purgatorio o para que alcance un grado de gloria mayor; sin embargo, sí temo por mí y, como sacerdote, temo también un poquito por ustedes, por todos…

“Él tuvo la Fe, sin fe es imposible agradar a Dios, y tuvo algunas obras, sin las cuales la fe es muerta. Por eso por él no temo; temo más por mí. Confío tener la fe: como dijo Juana de Arco, “si estoy en gracia, que Dios me guarde, y si no lo estoy, que Dios me ponga”, pero quizá en las obras sí estemos un poco flojos. De hecho yo no estoy preparado para morir hoy y tal vez alguno de ustedes tampoco lo esté… Me pregunto a mí mismo cómo prepararía mi examen final, cómo me presentaría al juicio, cómo dispondría mi eternidad… ¿estamos preparados para lo único importante, cuando nos llegue “el postrero instante que sigue a la agonía”?

“Algunos me comentaban, a modo de consuelo, que creían que había muerto sin sufrir. Y no lo sé. Tenía también grandes dolores físicos, acá en el Seminario ni siquiera podía llegarse hasta las aulas del fondo, debe ser un infarto múltiple una cosa dolorosa, intransferible casi. Pero lo principal no eran los dolores de su cuerpo, que los tuvo, sino que –como les decía- con esa alma connatural a quien supo tener como maestro, al P. Castellani, sintió y sufrió con y por la Iglesia sufriente, sufrió con y por la patria doliente, sufrió con Cristo y con su Madre.

“Creo que ha peleado el buen combate y ya le llega la hora de descansar de la batalla. Ha participado, como dice San Ignacio, del sufrimiento, y espero que pronto le toque la gloria. Ha estado con los pocos, como pone Shakespeare en boca de Enrique V, con esos pocos que tendrán más gloria para repartir por haber formado parte del “pequeño rebaño” .

Por esto también tengo que dar gracias.

“Quiera Dios que en lo que podamos y esté a nuestro alcance, sepamos también nosotros tratar de santificarnos en nuestro deber de estado. Que esta partida sea como aquella promesa hecha por el Divino Redentor a sus discípulos en su suprema despedida: “un poquito y no me veréis y otro poquito y me volveréis a ver, porque me voy al Padre” . Papá lo buscó toda su vida y ahora se fue por un ratito. De nosotros depende que lo volvamos a encontrar. Y en esto pido para todos el auxilio de la Inmaculada, de Nuestra Señora de la Piedad. ¡Ave María Purísima!
P. Víctor Agustín Sequeiros IVE
La Plata, martes 29 de abril de 2008.

Soneto de la Hermana María Consagrada SSVM

Querida Negra y queridos todos: aquí va el soneto prometido. Si Roge me presta su expresión, podría titularse "A San Pato, Rey de la Eutrapelia", o cualquiera de las posibles letanías: testigo de la Alegría, apóstol del Buen Humor, Patrono de la Fiesta, Protector de la Amistad, Heraldo del buen vivir, comer...¡y tomar!, padre de la conversación, defensor de la jarana, amigo de todos, etc, etc, etc, etc.
La idea es que se represente a todos: "Pato", para los amigos; "Tati", para Delita; "Piquito", para la flia y allegados (creo), y "Viejo", porque es la Negra la que "dice" el último terceto. Tengo el recuerdo vivo de oírla llamarlo así.

(A Delita, P. Victor, Enrique y la Negra)

Se fue el Pato. Y ya plantó bandera.
Está Allí, con la misma chifladura
¡Y más! trama ahora nuevas travesuras
y mezcla jugo y whisky en cockteleras.

Ya no lee "El Corriere della Sera"
ni sale ya al mercado por verduras,
Tati Allí nos espera...¡y nos apura!:
¡vengansé, que esto es farra verdadera!

El Cielo ahora es más Cielo con Piquito:
hace reir a Dios a carcajadas...
¡festejan de Maurrás a San Benito!

Pedí a Dios, Viejo, hacenos la gauchada,
que seamos también niños un poquito
para brindar con vos a la Llegada.

Para colaborar con la tradicional eutrapelia, con mucho cariño,
unidos en Jesús y María,
Consa.
PD: perdón a los literatos por las fallas y errores. 

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