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Memorias y disgresiones de un cardenal
 

El cardenal Giacomo Biffi pone sus memorias en un libro titulado "Memorie e digressioni di un italiano cardinale (Memorias y digresiones de un italiano cardenal)", y por el momento sólo se ha editado en italiano.

El cardenal Giacomo Biffi, Arzobispo emérito de Milán ha publicado sus
memorias en un libro que lleva por título ³Memorie e digressioni di un
italiano cardinale (Memorias y digresiones de un italiano cardenal)², y por
el momento sólo se ha editado en italiano en un volumen de 640 páginas.
Aquí un adelanto textual del mismo: el discurso por él pronunciado en la
reunión a puertas cerradas con los cardenales. Y después sus juicios
críticos sobre Juan XXIII, sobre el Concilio, sobre el "mea culpa" de Juan
Pablo II. El texto ha sido subtitulado a fin de facilitar su lectura.

Juan XXIII: Papa bueno, mal maestro (pp.177-179)

El Papa Roncalli murió en la solemnidad de Pentecostés, el 13 de junio de
1963. También yo lloraba, porque tenía una invencible simpatía por él. Me
encantaban sus gestos ³irrituales², y me alegraban sus palabras
frecuentemente sorprendentes y sus salidas extemporáneas.
Solo la evaluación de algunas frases me dejaba titubeante. Y eran
precisamente las que más fácilmente que otras conquistaban las almas, porque
se presentaban conformes a las instintivas aspiraciones de los hombres.
Estaba, por ejemplo, el juicio de reprobación sobre los ³profetas de
desventura².
La expresión se hizo y se mantuvo popularísima y es natural: a la gente
no le gusta los aguafiestas; prefiere a quien promete tiempos felices en vez
de quien presenta temores y reservas. Y yo también admiraba el valor y el
empuje espontáneo de este ³joven² sucesor de Pedro en los últimos años de su
vida.
Pero recuerdo que casi inmediatamente me asaltó una duda. En la historia
de la Revelación, usualmente también los anunciadores de castigos y
calamidades fueron los verdaderos profetas, como por ejemplo Isaías
(capítulo 24), Jeremías (capítulo 4), Ezequiel (capítulos 4-11).
Jesús mismo, leyendo el capítulo 24 del Evangelio de Mateo, sería contado
entre los ³profetas de la desventura²: las noticias de futuros hechos y de
próximas alegrías no se refieren como norma a la existencia de aquí abajo,
sino a la ³vida eterna² y el ³Reino de los Cielo²
En la Biblia son más bien los falsos profetas los que proclaman
frecuentemente la inminencia de horas tranquilas y serenas (véase el
capítulo 13 del libro de Ezequiel).

Mirar más a lo que nos une

La frase de Juan XXIII se explica con su estado de ánimo del momento,
pero no debe ser absolutizada. Por el contrario, estará bien escuchar
también a aquellos que tienen alguna razón de poner alerta a los hermanos,
preparándoles para las posibles pruebas, y aquellos que consideran oportunas
las invitaciones a la prudencia y la vigilancia.
³Es necesario mirar más a lo que nos une que a lo que nos divide². A su
vez esta sentencia -hoy muy repetida y apreciada, casi como la regla de oro
del ³diálogo²- nos viene de la época joánica y nos transmite la atmósfera de
la misma.
Es un principio de comportamiento de evidente sensatez, que se debe tener
presente cuando se trata de simple convivencia y de discusiones de la
sencillez de lo cotidiano.
Pero se convierte en absurdo y desastroso en sus consecuencias, si se le
aplica a los grandes temas de la existencia y particularmente a la
problemática religiosa.
Es conveniente, por ejemplo, que se use este aforismo para salvaguardar
las relaciones de buena vecindad en un condominio o la rápida eficiencia de
un consejo comunal.
Sin embargo es un problema si lo dejamos inspirar en el testimonio
evangélico frente al mundo, en nuestro esfuerzo ecuménico, en la discusión
con los no creyentes. En virtud de este principio, Cristo podría volverse la
primera y más ilustre víctima del diálogo con las religiones no cristianas.
El Señor Jesús ha dicho de sí, aunque es una de sus palabras que tendemos a
censurar: ³Yo he venido a traer la división² (Lucas 12,51).
En las cuestiones que cuentan la regla no puede ser otra sino esta:
nosotros debemos mirar sobre todo a lo que es decisivo, sustancial,
verdadero, nos divida o no.

El error y lo que yerra

³Es necesario distinguir entre el error y el que yerra². Es otra máxima
que es parte de la herencia moral de Juan XXIII; ella también ha
influenciado el catolicismo posterior.
El principio es muy justo y toma su fuerza de las mismas enseñanzas
evangélicas: el error no puede ser sino despreciado, odiado, combatido por
los discípulos de Aquel que es la Verdad; mientras el que yerra - en su
inalienable humanidad - es siempre una imagen viva, aunque en sus inicios,
del Hijo de Dios encarnado; y por tanto debe ser respetado, amado, ayudado
en lo posible.
Pero no podía olvidar, reflexionando sobre esta sentencia, que la
histórica sabiduría de la Iglesia jamás ha reducido la condena del error a
una pura e ineficaz abstracción.
El pueblo cristiano debe ser puesto en guardia y defendido de aquel que
de hecho siembra el error, sin que por esto se deje de buscar su verdadero
bien, aunque sin juzgar la responsabilidad subjetiva de ninguno, que conoce
solamente Dios.
Jesús a propósito de esto ha dado a los jefes de la Iglesia una directiva
precisa: aquel que escandaliza con su comportamiento y con su doctrina, y no
se deja persuadir ni por amonestaciones personales, ni por la más solemne
reprobación de la Iglesia, ³sea para tí como un pagano y un publicano² (cfr.
Mt 18,17); previendo y prescribiendo de ese modo la institución de la
excomunión.

*****

Los engaños del Vaticano II: el "aggiornamento" y la "pastoralidad"
(pp. 183-184)

El Papa Roncalli había asignado al Concilio, como tarea y como meta, la
³renovación al interior de la Iglesia²; expresión más pertinente del vocablo
³aggiornamento² (también de este Papa), pero que tuvo una inmerecida
fortuna.
Ciertamente no era la intención del Sumo Pontífice, pero ³aggiornamento²
incluía la idea que la ³nación santa² se propusiera buscar su mejor
conformidad no al designio eterno del Padre y su voluntad de salvación (como
había siempre creído que debía hacer en sus justos intentos de ³reforma²),
sino a la ³jornada² (a la historia temporal y mundana); y así se daba la
impresión de consentir a la ³cronolatría², para usar el término censura
acuñado posteriormente por Maritain.
Juan XXIII anhelaba un Concilio que lograse la renovación de la Iglesia
no con las condenas, sino con la ³medicina de la misericordia².
Absteniéndose de reprobar los errores, el Concilio por lo mismo habría
evitado formular enseñanzas definitivas, vinculantes para todos. Y de hecho
se ciñó siempre a esta indicación de inicio.

Pastoralidad del Concilio

La razón espontánea y sintética de estas indicaciones era el propósito
declarado de apuntar a un ³Concilio pastoral². Todos, dentro y fuera del
aula vaticana, se mostraban contentos y complacidos de que sea calificado
así.
Pero yo, en mi pequeño ángulo periférico, sentía nacer en mí, a mi pesar,
algunas dificultades. El concepto me parecía ambiguo, y un poco sospechoso
el énfasis con el que la ³pastoralidad² era atribuida al Concilio en acto:
¿se quería quizá decir implícitamente que los anteriores Concilios no
pretendían ser ³pastorales² o que no lo habían sido suficientemente?
'No tenía relevancia pastoral el dejar en claro que Jesús de Nazaret era
Dios y consustancial al Padre, como se había definido en Nicea?'No tenía
relevancia pastoral precisar el realismo de la presencia eucarística y la
naturaleza sacrificial de la misa, como había ocurrido en Trento? No tenía
relevancia pastoral presentar en todo su valor y en todas sus implicancias
el primado de Pedro, como había enseñado el Concilio Vaticano I?
Se entiende que la intención declarada era la de poner como tema
particularmente el estudio de modos mejores y de medios más eficaces de
alcanzar el corazón del hombre, sin por esto disminuir la positiva
consideración por el tradicional magisterio de la Iglesia.

Custodia de la fe

Pero estaba el peligro de no recordar más que la primera e insustituible
³misericordia² para la humanidad descarriada es, según la enseñanza clara de
la Revelación, la ³misericordia de la verdad²; misericordia que no puede ser
ejercitada sin la condena explícita, firme, constante, de cada
tergiversación y de cada alteración del ³depósito² de la fe que debe ser
custodiado.
Alguno podía inclusive incautamente pensar que el rescate de los hijos de
Adán dependiese más de nuestras artes lisonjeras y de persuasión, y no de la
estrategia soteriológica preordenada por el Padre antes de todos los siglos,
toda centrada en el evento pascual y en su anuncio; un anuncio ³sin
discursos persuasivos de sabiduría humana² (cfr. 1 Co. 2,4). En el
postconcilio no ha sido solamente un peligro.


*****

Sobre el comunismo tenía razón el Papa Wojtyla: el Concilio no debía
callar
(pp. 184-186)

Comunismo: el Concilio no habla de él. Si se recorre con atención el
índice sistemático, impresiona chocarse con este categórico silencio.
El comunismo ha sido sin duda el fenómeno histórico más imponente, más
duradero, más desbordante del siglo XX; y el Concilio, que además había
propuesto una Constitución sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo, no
habla de él.
El comunismo, a partir de su triunfo en Rusia en 1917, en medio siglo ya
había logrado provocar muchas decenas de millones de muertos, víctimas del
terror de masa y de la represión más inhumana; y el Concilio no habla de él.
El comunismo ( y era la primera vez en la historia de las insipiencias
humanas) había prácticamente impuesto a las poblaciones sometidas al
ateísmo, como una especie de filosofía oficial y de paradójica ³religión de
estado²; y el Concilio, que si de explaya sobre el caso de los ateos, no
habla de él.
Fenómeno irreversible

En los mismos años en que se desarrollaba la cumbre ecuménica, las
prisiones comunistas eran todavía lugares de indecible sufrimiento y de
humillación infringida a numerosos ³testigos de la fe² (obispos,
presbíteros, laicos convencidos creyentes de Cristo); y el Concilio no habla
de él.
Aparte de los supuestos silencios en relación a las criminales
aberraciones del nazismo, ¡que luego inclusive algunos católicos (también
entre aquellos activos en el Concilio) han echado en cara a Pío XII!
En aquellos años, aun percibiendo la gran anomalía de esta reserva sobre
todo de parte de una asamblea que había discutido casi de todo, no me
escandalicé. Más aún, debo decir que entendía los aspectos positivos de
aquella línea. Y no tanto por la posibilidad, que así se perfilaba, de
tratar con los regímenes comunistas la auspiciosa participación en el
Concilio de los obispos controlados por ellos, cuanto por la previsión que
una toma de posición cualquiera, también la más blanda y la más vigilada,
habría desencadenado un aumento en la aspereza de las persecuciones, de modo
que se haría más pesada la cruz que aquellos hermanos nuestros perseguidos.
En el fondo, había en todos, al menos inconscientemente, la convicción de
que el comunismo era un fenómeno tan consistente que era ya irreversible:
necesariamente estábamos obligados a acostumbrarnos a negociar, quién sabe
por cuanto tiempo todavía.
Viéndolo bien esta era en esencia la justificación también del Ostpolitik
(³política de diálogo y de deseables entendimientos con los Países del
Este²) de la Santa Sede (de Juan XXIII y de Pablo VI); tal política nos
parecía sanamente realista e históricamente oportuna.
Quien jamás compartió esta perspectiva fue Juan Pablo II (como entendí a
partir de un diálogo tenido en el 1985). Tuvo razón él.

*****

Sobre el "mea culpa" Juan Pablo II se corrigió, pero muy poco (p. 536)

El 7 de julio de 1997 Juan Pablo II tuvo la amabilidad de invitarme a
almorzar y extendió la invitación también al ceremoniero arzobispal, Don
Roberto Parisini, que me acompañaba y permaneció como precioso testigo del
episodio.
A la mesa el Santo Padre en un determinado momento me dijo: '²Ha visto
que hemos cambiado la frase de la ³Tertio millennio adveniente’? El
borrador, que había sido enviado con anticipación a los cardenales, traía
esta expresión: ³La Iglesia reconoce como propios los pecados de sus hijos²;
expresión que - hice presente con respetuosa franqueza - no se podía
proponer. En el texto definitivo el razonamiento apareció cambiado de la
siguiente manera: ³La Iglesia reconoce siempre como propios a sus hijos
pecadores². Para el Papa era importante recordármelo en aquel momento,
sabiendo que me habría dado gusto.
Respondí diciendo que estaba muy agradecido y manifestando mi plena
satisfacción desde el punto de vista teológico. Pero me pareció que también
tenía que agregar una reserva de índole pastoral: la iniciativa inédita de
pedir perdón por los errores y las incoherencias de los siglos pasados desde
mi punto de vista escandalizaría a los ³pequeños², los preferidos del Señor
Jesús (cfr. Mt 11,25): porque el pueblo fiel, que no sabe hacer muchas
distinciones teológicas, a partir de esas autoacusaciones vería amenazada su
serena adhesión al misterio eclesial, que (nos lo dicen todas las
profesiones de fe) es esencialmente un misterio de santidad.
Entonces, el Papa textualmente dijo: ³Sí, eso es verdad. Será necesario
pensar sobre ello². Lamentablemente no lo pensó lo suficiente.

*****

Conclave 2005, qué le dije al futuro Papa (pp. 614-615)

Los días más trabajosos para los cardenales son aquellos que preceden
inmediatamente al cónclave. El Sacro Colegio se reúne diariamente desde las
9:30 a las 13:00h., en una asamblea donde cada uno de los presentes es libre
de decir todo lo que cree.
Pero se intuye que no se puede tratar públicamente el argumento que está
más lo más íntimo de los electores del futuro obispo de Roma: 'a quién
debemos elegir?
Y así esto va a terminar en que cada cardenal es tentado de citar más que
otro sus problemas y sus dificultades: o mejor, los problemas y las
dificultades de su cristiandad, de su nación, de su continente, del mundo
entero. Es sin duda muy útil esta general, espontánea, incondicionada reseña
de información y de juicios. Pero sin duda el cuadro que resulta de ello no
es un hecho alentador.
Cuál fue en aquella ocasión mi estado de ánimo y cuál mi reflexión
prevalerte, emerge de la intervención que después de muchos asombros me
decidí a pronunciar el viernes 15 de abril del 2005.

Problemas y soluciones

He aquí el texto:
³1. Después de haber escuchado todas las intervenciones -justas, oportunas,
apasionadas- que aquí han resonado, quisiera expresar al futuro Papa (que me
está escuchando) todas mi solidaridad, mi simpatía, mi comprensión, y
también un poco de mi fraterna compasión. Pero quisiera sugerirle también
que no se preocupe demasiado por todo aquello que aquí ha escuchado y no se
asuste demasiado. El Señor Jesús no le pedirá resolver todos los problemas
del mundo. Le pedirá que lo quiera con un amor extraordinario: ³¿Me amas más
que éstos?²’ (cfr. Jn 21,15). En una ³tira’ y caricatura²’ que nos llegaba
de Argentina, la de Mafalda, he encontrado hace varios años una frase que en
estos días me ha venido a la mente frecuentemente: ³Ahora entiendo; -decía
aquella terrible y aguda muchachita- el mundo está lleno de problemólogos,
pero escasean los solucionólogos².

³2. Quisiera decir al futuro Papa que preste atención a todos los problemas.
Pero primero y más todavía que se dé cuenta del estado de confusión, de
desorientación, de descarrío que aflige en estos años al pueblo de Dios, y
sobre todo que aflige a los ³pequeños².

³3. Hace unos días escuché en la televisión a una religiosa anciana y devota
que respondía así al entrevistador: Este Papa, que ha muerto, ha sido grande
sobre todo porque nos ha enseñado que todas las religiones son iguales². No
sé si a Juan Pablo II le hubiese gustado mucho un elogio como ese.

³4. En fin, quisiera señalar al nuevo Papa el caso de la ³Dominus Iesus’: un
documento explícitamente de acuerdo y públicamente aprobado por Juan Pablo
II; un documento por el cual me gusta expresar al cardenal Ratzinger mi
vibrante gratitud. Que Jesús es el único necesario Salvador de todos es una
verdad que en veinte siglos - a partir del discurso de Pedro después de
Pentecostés - no se había escuchado la necesidad de reclamar jamás. Esta
verdad es, por decir así, el grado mínimo de la fe; es la certeza
primordial, es entre los creyentes el dato simple y más esencial. En dos mil
años no ha sido jamás puesta en duda, ni siquiera durante la crisis arriana
y ni siquiera con ocasión del descarrilamiento de la Reforma protestante. El
haber tenido que recordarla en nuestros días nos da la medida de la gravedad
de la situación hodierna. Sin embargo este documento, que reclama la certeza
primordial, más simple, más esencial, ha sido contestado. Ha sido contestado
en todos los niveles: en todos los niveles de la acción pastoral, de la
enseñanza teológica, de la jerarquía.

³5. Me contaron de un buen católico que propuso a su párroco hacer una
presentación de la ³Dominus Iesus’ a la comunidad parroquial. El párroco (un
sacerdote por lo demás excelente y bien intencionado) le respondió:
³Olvídalo. Ese es un documento que divid’. ³Un documento que divide. ¡Gran
descubrimiento! Jesús mismo ha dicho: ³Yo he venido a traer la división’ (Lc
12,51). Pero demasiadas palabras de Jesús resultan hoy censuradas por la
cristiandad; al menos por la cristiandad en su partes más locuaces².

Fuente: Chiessa


El Cardenal Giacomo Biffi

 

Testigo

Schuman, política y santidad
Por René Leujene

¿Acaso no es el terreno por excelencia de la intriga y de las maniobras de la especulación y de los embrollos? ¿No es el autoservicio de ambiciones tan frecuentemente devoradoras? La Iglesia responde
que un político puede alcanzar la santidad.



Robert Schuman, el hombre que concibió e hizo posible el nacimiento de la
Unión Europea, puede ser pronto beatificado. Con ello la Iglesia reconoce de
nuevo -como hizo en su día canonizando a Tomás Moro- que la política puede
ser materia santificada y santificadora.

Quién fue

Robert Schuman (1886-1963), jefe del gobierno francés, ministro y autor
de la declaración del 9 de mayo de 1950 que dio pie a la construcción
europea, supo abrir una nueva vía de relaciones internacionales basada sobre
la negociación política. Entre 1958 y 1960 fue el primer presidente del
Parlamento Europeo. El Papa Pablo VI lo definió como ³un infatigable pionero
de la unidad europea². Quizá lo más admirable de esta idea es que fue
concebida en la mente de Schuman cuando los hornos de Austwitz todavía
humeaban. ³Su doble cultura franco-alemana es una pieza clave para entender
toda su visión sobre Europa, sobre la reconciliación y sobre la unión
europea², destacó Paragon, el secretario general del Institut Saint-Benoît,
institución nacida para promover la causa de beatificación de Robert
Schuman.
René Lejeune, presidente del instituto que promueve la causa de
beatificación, publicó un libro cuyo título evoca el mensaje central del
padre de Europa: ³Robert Schuman, Padre de Europa: la política, camino de
santidad², del que aquí transcribimos un significativo capítulo:

Prólogo. ¿Santidad de la política?

Pirrón. ¡Atreverse a hablar de ³santidad de la política²! ¿Acaso no es el
terreno por excelencia de la intriga y de las maniobras de la especulación y
de los embrollos? ¿No es el autoservicio de ambiciones tan frecuentemente
devoradoras? ³Santidad de la política²: expresión quimérica, incluso
aberrante. Esos dos términos son inconciliables.
René Lejeune. Concedo que hay no pocas zonas de sombra en ese terreno,
espacios tenebrosos. En él, los choques de intereses se atropellan:
intereses privados y públicos, profesionales y corporativistas, nacionales e
internacionales... Sin embargo, a pesar de todo eso, ¿qué es en el fondo la
política? ¿No es la organización del bien común, con el propósito de
realizar cada vez más la solidaridad y la justicia en el seno de una
comunidad nacional, regional o local? ¿No es eso una cosa santa, en el
sentido en que la Biblia, Palabra de Dios, habla de ³lugar santo², ³asamblea
santa², ³alianza santa²?
P. ¡Puro idealismo y espejismo peligroso! Confunde usted un principio
abstracto, una ideología, suavidad de naturaleza religiosa, con la realidad
ineluctable, los hechos concretos tangibles, proyección de la naturaleza
humana en la que el instinto se impone a la razón.
R. L. Tengo en cuenta las cargas de la realidad y del aparente determinismo
de la naturaleza humana. No obstante, si echa usted una mirada objetiva y
global sobre nuestra sociedad, ¿no ha habido enormes progresos, término de
solidaridad y de justicia, a lo largo del siglo XX especialmente, a pesar de
terroríficas recaídas en la barbarie? Ese avance, ¿no es uno de los hermosos
frutos de la política?

P. Es cierto. ¡Pero a qué precio! Mantengo que la política es el campo de
maniobras de los leones y de los zorros. Maquiavelo es su dueño, y no
Gandhi. Mammón es su motor, y no el Evangelio. Si bien es verdad que la
política produce algunos frutos, le desafío a que cite uno solo de sus
actores que la haya practicado de tal manera que, sin caricatura ni
fabulación, se pueda hablar de ³santidad de la política².
R. L. ¡Desafío aceptado! Hay un hombre de Estado francés cuya vida y cuya
acción política es una buena ilustración de ello. Ha contribuido de manera
determinante a orientar una época bisagra de la historia. El acto político
que asentó con audacia el 9 de mayo de 1950 abre a las naciones, en el
horizonte del tercer milenio después de Jesucristo, perspectivas nuevas de
coexistencia pacífica y de estrecha cooperación. Su nombre: Robert Schuma

Capítulo XXIII. La santidad de la eolítica, un reto para el cristiano

"Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en
la "política"; es decir, de la multiforme y variada acción económica,
social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover
orgánica e institucionalmente el bien común² (Juan Pablo II).
El papa amplía aquí el significado de la palabra ³política² al conjunto
de las actividades que contribuyen a la edificación y al funcionamiento de
las estructuras comunitarias en los niveles local, regional, nacional e
internacional. En esta visión ampliada, la ³política² se extiende desde la
carga de los asuntos de Estado hasta los esfuerzos para la construcción de
la célula fundamental de la sociedad que es la familia; al quehacer esencial
de los padres y madres de familia, que preparan a sus hijos para su
inserción en la sociedad.

"Todo es política"

En este sentido, el cristiano participa en la vida política de una
comunidad tanto cuando ejerce sus derechos electorales como trabajando en su
vida administrativa, instruyendo a los jóvenes, cuidando a los enfermos,
interviniendo en las innumerables actividades de producción y de
distribución de los bienes, en una palabra, prestándose al servicio no solo
material, sino también espiritual y moral de la sociedad y de sus miembros.
Y no hay que olvidar que también con su oración. Para un cristiano, esto
es esencial. Igual que Santa Teresa de Lisieux, humilde carmelita recluida
entre las paredes de una celda fue la primera misionera de su tiempo en
virtud de sus oraciones, así también una persona enferma, joven o anciana,
clavada en su lecho, puede contribuir poderosamente por sus oraciones y por
el ofrecimiento de sus dolores a la emergencia de una sociedad más justa y
solidaria. En una visión cristiana de la existencia, el ³ser² acaba siempre
por tener la primacía sobre el ³hacer²; la historia de la salvación es una
elocuente ilustración de esto en todo su recorrido. Yen la Nueva Alianza, el
Cuerpo místico de Cristo es su fuente de energía y su motor.
La Exhortación apostólica incluye, desde luego, la actividad política
propiamente dicha en su definición global del ámbito político. Yen esto la
existencia de Robert Schuman es ejemplar.
La creciente complejidad de los engranajes de la sociedad y de su
funcionamiento exige una larga preparación para el ejercicio de las
responsabilidades políticas.

La educación integral
Para el cristiano esa preparación comienza, lo mismo que para cualquiera
otra cosa, por la educación ya desde los primeros años de la existencia.
Preparación para la vida personal y social, para una vida auténticamente
cristiana, cualquiera que sea la futura actividad.
Una educación es cristiana cuando es encomendada consciente y
deliberadamente, por los padres y los demás responsables, a Jesucristo,
único educador del hombre. Los cristianos no deben olvidar nunca este
término de la educación. Fue forjado en el siglo XN a partir de un pasaje
del Evangelio de San Juan: Vocat nominatim et educit eas (el Buen Pastor)
las llama y las lleva afuera. Del cercado del pecado a los verdes pastos; de
la ignorancia al conocimiento; de las tinieblas a la luz.

Un reto para el cristiano

Toda educación auténticamente cristiana está hecha por Jesucristo. Si se
le encomienda deliberadamente, considerándose los padres como auxiliares del
Buen Pastor, entonces, con toda seguridad, resulta necesariamente una obra
de arte, pues los gérmenes de la semejanza divina depositados en cada ser
humano florecerán armoniosamente.

El ejemplo de Robert Schuman

Este fue el caso de Robert Schuman en su infancia y en su adolescencia,
gracias a los esfuerzos combinados de una madre, de una parroquia y de una
escuela entonces verdaderamente cristiana. A esta educación se añadía una
sólida formación escolar: el interés del alumno se señalaba principalmente
por la historia y por las matemáticas. En la Universidad, los estudios de
Derecho lo iniciaron en la esencia y en el funcionamiento jurídico de la
sociedad; sus estudios de economía y de dirección del Estado, debidos a su
iniciativa personal, le serán útiles para su futuro compromiso político, que
él no había previsto, ni siquiera querido.
Su doble cultura, como es el caso de numerosas poblaciones fronter:izas,
lo preservó de toda estrechez de espíritu. Su vida interior intensa, la
meditación diaria de la Palabra de Dios, que se expresa en una historia de
la salvación rica en enseñanzas y, directamente, por la boca de Jesucristo,
le dio la sabiduría que llamaba la atención de sus interlocutores. Y también
alimentó en él el don de profecía, que el apóstol recomienda con insistencia
que hay que pedirle al Señor (1 Corintios 14, 1). El acto del 9 de mayo de
1950 fue eminentemente profético por su audacia y sus consecuencias.
Robert Schuman fue también ejemplar en los aspectos concretos de su
compromiso político. Llevaba la lucha con dignidad; jamás atacó
personalmente al adversario con ocasión de las campañas electorales y en los
enfrentamientos en la tribuna de la asambleas. Estaba ³siempre dispuesto a
entablar el diálogo, tratando de persuadir, teniendo en cuanta las
objeciones, siempre con la misma paz y una total cortesía² (André Philip).
Yes que en cada ser humano, bien o mal intencionado, veía ante todo la
criatura hecha a imagen. de Dios.
Con frecuencia me dio este testimonio directo o indirecto. Además,
cumplía con sus múltiples tareas muy concienzudamente. No hay una carta
dirigida a él que no leyera y anotara. Preparaba los informes con esmero y
se los sabía a fondo en el momento de la acción. Tenía un elevado concepto
de los asuntos públicos, que consideraba servicio a la comunidad y al bien
común. Tanto en las grandes como en las pequeñas cosas, hasta el punto de
que se sentía responsable de los dineros públicos apagando por la noches las
luces de su ministerio. O rechazaba todo privilegio que le reservara su
cualidad de ministro, por ejemplo, un compartimento especial en sus viajes
en tren.
Pocos ejemplos hay de hombre político que refleje tan fielmente el
espíritu cristiano en los aspectos concretos de los compromisos políticos.
En los informes del proceso de beatificación emprendido, los historiadores
podrán encontrar innumerables manifestaciones del espíritu cristiano en la
lucha política. Robert Schuman será probablemente un testigo de primera
importancia de la santidad en la política vivida en los tiempos modernos. La
política fue para él camino de santidad.

Leujene, René : ³Robert Schuman, Padre de Europa (1886-1963)². Editorial
Palabra, Madrid 1980.

Lejeune y Pirrón

René Lejeune fue colaborador de Robert Schuman de 1945 a 1958; actualmente
es presidente del Instituto Saint Benoit y autor de una docena de obras,
entre las que se encuentra ³ROBERT SCHUMAN, Padre de Europa (1886-1963)². En
el prólogo primero de este interesante libro, finge un breve diálogo con
Pirrón, aquel filósofo del escepticismo de III a. JC., que reproducimos en
en primer lugar, para saltar después al capítulo XXIII del libro. 

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