logonlnew.JPG (11068 bytes)

Navidad

Ante el misterio de la Navidad
Por José Luis Martín Descalzo

Dos palabras me parecen inevitables siempre que se habla de la Navidad:
asombro y locura. Asombro por parte de nosotros, los creyentes. Locura, por parte de Dios.
Dos palabras que van más allá de la simple ternura.

Tal vez hayamos reblandecido la Navidad a base de ternurismos. La sonrisa,
la ingenuidad, la ternura, son partes inevitables de la Navidad. Pero la
Navidad, que es eso, es también mucho más. Buenos son los turrones, los
champagnes, los regalos y los pesebres. Buenos, siempre que no se queden en
frivolidad superficial y en simple ternurismo.
Porque la Navidad es un tiempo dulcísimo, pero también tremendo, como
tremendo es eso de que Dios se haga uno entre nosotros, que Dios haya
querido no sólo parecerse, sino ser también un bebé.
Hay un verso de Góngora que a mí me impresiona siempre y en el que el
poeta defiende que el día de Belén es más importante que el del Calvario,
porque, dice el poeta: "hay mayor distancia de Dios a hombre, que de hombre
a muerto".
Efectivamente, el gran salto de Dios se produjo en Belén, su gran
descenso hacia nosotros. Y nuestra gran subida. Porque "si Dios se ha hecho
hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser". Por eso decía al
principio que la gran locura de Dios se produjo este día en el que se
atrevió a hacerse tan pequeño como una de sus criaturas. Locura a la que los
hombres deberíamos responder con ese asombro interminable de quienes
vivieron casi asustados de la tremenda bondad de Dios.
De ahí que la mejor manera de celebrar la Navidad sea volverse niños. A
la locura de Dios los hombres sólo podemos responder con un poco de esa
locura bendita y pequeña que es hacernos niños. Al portal de Belén sólo se
puede llegar de dos maneras: o teniendo la pureza de los niños, o la
humildad de quienes se atreven a inclinarse ante Dios. Es lógico, por lo
demás: Si Dios se hizo pequeñito para llegar hasta nosotros, ¿cómo podríamos
llegar nosotros hasta Él sin volvernos también pequeñitos?

Amor del Dios cercano

¿Qué es verdaderamente la Navidad para nosotros, los cristianos? Tal vez
ustedes me respondan que son los días de la ternura, de la alegría, de la
familia. Pero yo, entonces, volvería a preguntarles: ¿Por qué en estos días
nuestra alma se alegra, por qué se llena de ternura nuestro corazón? La
respuesta la sabemos todos, aunque con frecuencia no la vivamos.
Yo diría que la Navidad es la prueba, repetida todos los años, de dos
realidades formidables: que Dios está cerca de nosotros, y que nos ama.
Nuestro mundo moderno no es precisamente el más capacitado para entender
esta cercanía de Dios. Decimos tantas veces que Dios está lejos, que nos ha
abandonado, que nos sentimos solos... Parece que Dios fuera un padre que se
marchó a los cielos y que vive allí muy bien, mientras sus hijos sangran en
la tierra.
Pero la Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El
verdadero Dios no es alguien tonante y lejano, perdido en su propia
grandeza, despreocupado del abandono de sus hijos. Es alguien que abandonó
él mismo los cielos para estar entre nosotros, ser como nosotros, vivir como
nosotros, sufrir y morir como nosotros. Éste es el Dios de los cristianos.
No alguien que de puro grande no nos quepa en nuestro corazón. Sino alguien
que se hizo pequeño para poder estar entre nosotros. Éste es el mismo centro
de nuestra fe.
¿Y por qué bajó de los cielos? Porque nos ama. Todo el que ama quiere
estar cerca de la persona amada. Si pudiera no se alejaría ni un momento de
ella. Viaja, si es necesario, para estar con ella. Quiere vivir en su misma
casa, lo más cerca posible. Así Dios. Siendo, como es, el infinitamente
otro, quiso ser él infinitamente nuestro. Siendo la omnipotencia, compartió
nuestra debilidad. Siendo el eterno, se hizo temporal.
Y, si esto es así, ¿por qué los hombres no percibimos su presencia, por
qué no sentimos su amor? Porque no estamos lo suficientemente atentos y
despiertos. ¿Se han dado ustedes cuenta de que con los fenómenos de la
naturaleza nos ocurre algo parecido? Oímos el trueno, la tormenta. Llegamos
a escuchar la lluvia y el aguacero. Pero la nieve sólo se percibe si uno se
asoma a la ventana. Cae la nieve sobre el mundo y es silenciosa, callada,
como el amor de Dios. Y nadie negará la caída de la nieve porque no la haya
oído.
Así ocurre con el amor de Dios: que cae incesantemente sobre el mundo sin
que lo escuchemos, sin que lo percibamos. Hay que abrir mucho los ojos del
alma para enterarse. Porque, efectivamente, como dice un salmo «la
misericordia de Dios llena la tierra», cubre las almas con su incesante
nevada de amor.
Navidad es la gran prueba. En estos días ese amor de Dios se hace visible
en un portal. Ojalá se haga también visible en nuestras almas. Ojalá en
estos días la nevada de Dios, la paz de Dios, la ternura de Dios, la alegría
de Dios, descienda sobre todos nosotros como descendió hace dos mil años
sobre un pesebre en la ciudad de Belén.
Pues bien: la Navidad es como el tiempo en el que esa misericordia de
Dios se reduplica sobre el mundo y sobre nuestras cabezas. Es como si, al
darnos a su Hijo, nos amase el doble que de ordinario. Durante estos días de
Navidad, todos los que tienen los ojos bien abiertos se vuelven más niños
porque es como si fuesen redobladamente hijos y como si Dios fuera en estos
días el doble de Padre.
Pero ¿cuántos se dan cuenta de ello? ¿Cuántos están tan distraídos con
las fiestas familiares que en estos días no se acuerdan de su alma?... Por
eso yo quisiera invitarles, amigos míos, a abrir sus ventanas y sus ojos, a
descubrir la maravilla de que Dios nos ama tanto que se vuelva uno de
nosotros. Y que vivan ustedes estos días de asombro en asombro. Que se hagan
ustedes las grandes preguntas que hay que hacerse estos días y que descubran
que cada respuesta es más asombrosa que la anterior.
La primera pregunta es:
¿Qué pasa realmente estos días? Y la respuesta es que Alguien muy
importante viene a visitarnos.
¿Quién es el que viene? Nada menos que el Creador del mundo, el autor de
las estrellas y de toda carne.
¿Y cómo viene? Viene hecho carne, hecho pobreza, convertido en un bebé
como los nuestros.
¿A qué viene? Viene a salvarnos, a devolvernos la alegría, a darnos
nuevas razones para vivir y para esperar.
¿Para quién viene? Viene para todos, viene para el pueblo, para los más
humildes, para cuantos quieran abrirle el corazón.
¿En qué lugar viene? En el más humilde y sencillo de la tierra, en aquél
donde menos se le podía esperar.
¿Y por qué viene? Sólo por una razón: porque nos ama, porque quiere estar
con nosotros.
Y la última pregunta, tal vez la más dolorosa:
¿Y cuáles serán los resultados de su venida? Los que nosotros queramos.
Pasará a nuestro lado si no sabemos verle. Crecerá dentro de nosotros si le
acogemos.
Dejad, amigos míos, que crezcan estas preguntas dentro de vuestro corazón
y sentiréis deseos de llorar de alegría. Y descubriréis que no hay gozo
mayor que el de sabernos amados, cuando quien nos ama -¡y tanto!- es nada
menos que el mismo Dios.

Alegría sin nostalgias

El mensaje en Navidad no puede ser otro que éste: Alegría, alegría,
alegría.
Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos que en
estos días se preguntan si llegarán a las navidades del año que viene.
Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido.
Alegría para los abandonados por todos y para las monjas de clausura que
estas noches bailarán como si se hubieran vuelto repentinamente locas.
Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas
de lo habitual y para esos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan
un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.

¡Alegría, alegría para todos!

Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio
de nosotros.
Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.
Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no les
gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la cosa con
ojos humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la ternura y
la familia y, desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta edad, vemos
cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que
se fueron. Uno recuerda las navidades que pasó con sus padres, con sus
hermanos, con los que se fueron, y parece que dolieran más esos huecos que
hay en la mesa familiar.
Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son
infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza
que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad
descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama.
La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en
cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón
abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan
apabullante que haría falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que
en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar
cerca de nosotros.
Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas grandes,
pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar aquello que
podemos abrazar. Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle, al pequeño
Dios de Belén nos es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor que Dios
tiene, su pequeñez, su capacidad de hacerse pequeño por amor a los pequeños.
Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro, un Dios
digerible, un Dios vuelto calderilla, un hermoso tipo de Dios que los
hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no nos lo hubiera
revelado y descubierto. Y si en Navidad descubrimos que Dios nos ama y que
podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos los unos a
los otros.
Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco
niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el
resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del
egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y vemos en
ellos, no al hermano, sino al enemigo potencial o real.
Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy corrompido
el corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita nuestras falsas
importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué mayor alegría
que redescubrir juntos la fraternidad?
Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no se
refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. Contemplen el
presente. Descubran que a su lado hay gente que les ama y que necesita su
amor. Si lo hacen, el amor de Dios no será inútil. Y también en sus
corazones será Navidad.

 

Navidad

Liturgia y tradiciones
 

En el tema principal desarrollado por la liturgia de Navidad encontramos los elementos básicos de la teología
y de la pastoral de la fiesta.



La Navidad no es sólo un recuerdo de un suceso histórico. Constantemente la
liturgia subraya que el hecho del nacimiento de Jesucristo está ordenado a
la Redención, a la Pascua, a la Parusía. Según la terminología de los
antiguos, la Navidad es una mcmoria (misterio), cuyo centro es la muerte y
resurrección de Jesucristo, siempre presente y operante, como alma de toda
celebración litúrgica.
Alrededor de la liturgia de Navidad se ha formado, en el decurso de los
siglos, una serie de costumbres folklóricas que han contribuido a crear un
ambiente festivo en la intimidad de las familias y en las calles de aldeas y
ciudades. Ya en el Siglo V se compusieron cantos populares sobre el misterio
de la Encarnación, inspirados en la teología y la liturgia de Navidad.
Cuando, en el siglo XIII, San Francisco de Asís y sus discípulos propagan la
devota práctica de construir "belenes" en las iglesias y en las casas, se
extienden los villancicos de Navidad, caracterizados por el tono sensible e
ingenuo de sus letras y de sus melodías que se refieren preferentemente a
los sentimientos de la Virgen y de los pastores ante la pobreza que Dios ha
escogido al tomar un cuerpo humano.
Como para expresar visiblemente el significado de la "iluminación"
obtenida por el nacimiento de Jesucristo, desde antiguo se introdujo el
hábito de encender fuegos durante la noche de Navidad, reemplazando
tradiciones precristianas. El alumbrado extraordinario de los lugares
públicos durante el tiempo de Navidad se ha inspirado en esos usos.
Desde el siglo XVI, en los países nórdicos, se empiezan a reunir en torno
a un árbol -el árbol de Navidad-, signo de la gracia alcanzada por la
Encarnación y por la muerte en el árbol de la cruz de Jesucristo, en
contraposición del pecado que se originó en el árbol del paraíso.
También, se destinó para el día de Navidad la práctica de cambiarse
regalos y felicitaciones; práctica sugerida por la que existía en Roma el
día primero del año, llamada estrenas. Al principio, se simbolizaba que era
el niño Jesús quien ofrecía los regalos; y más adelante, serían los Reyes
Magos quienes distribuyen los dones, y no tanto por Navidad cómo por la
Epifanía, en que se conmemora el hecho de la entrega de sus obsequios a
Jesucristo.
Por último, durante la octava de Navidad se celebran las "memorias" de
los Santos Esteban, Juan Evangelista e Inocentes, como las más antiguas, a
las que Oriente añadía la de los Santos Pedro y Pablo.

Tradiciones y Costumbres

Las tradiciones y costumbres son una manera de hacer presente lo que
ocurrió o lo que se acostumbraba hacer en tiempos pasados. Son muchos los
hechos u obras que se transmiten de una generación a otra de forma oral o
escrita. La palabra tradición viene del latín "traditio" que viene del verbo
"tradere" que significa entregar. Se podría decir que tradición es lo que
nuestros antepasados nos han entregado.
En el caso de la Navidad, lo más importante de las tradiciones y
costumbres no es sólo el aspecto exterior sino su significado interior. Se
debe conocer por qué y para qué se llevan a cabo las tradiciones y
costumbres para así poder vivirlas intensamente. Este es un modo de
evangelizar.
Existen muchas tradiciones y costumbres tanto del Adviento como de la
Navidad, las cuales nos ayudan a vivir el espíritu navideño; pero sin
embargo, debemos recordar que este espíritu se encuentra en la meditación
del misterio que se celebra.

El calendario

Al fijarse esta fecha, quedaron también fijadas la de la Circuncisión y
de la Presentación; la de la Expectación y, quizás, la de la Anunciación de
la Santísima Virgen María; también la del Nacimiento y Concepción del
Bautista. Hasta el siglo décimo la Navidad era considerada, en los
documentos pontificios, el inicio del año eclesiástico, como se sigue
haciendo en las Bulas; Bonifacio VIII (1294-1303) restauró temporalmente
esta costumbre, la cual Alemania sostuvo durante algún tiempo más.

Las tres Misas

Las tres misas que señalan para esta fecha el Misal de Gelasio y el
Gregoriano, y éstas con un martirologio especial y sublime, y con la
dispensa, si fuera necesaria, de la abstinencia, todavía hoy son guardadas.
Si bien Roma señala sólo tres Misas para la Navidad, Ildefonso, un Obispo
español en el 845, alude a una triple Misa en Navidad: Pascua, Pentecostés,
y la Transfiguración. Estas Misas, de medianoche, al alba, e in die, están
místicamente relacionadas con la distribución judía y cristiana, o al triple
"nacimiento" de Cristo: en la Eternidad, en el Tiempo, y en el Alma. Los
colores litúrgicos variaban: negro, blanco, rojo; y el Gloria era sólo
entonado al principio de la primera Misa de ese día.

Los pesebres, Belenes o Nacimientos

En el año 1223 San Francisco de Asís dio origen a los pesebres o
nacimientos que actualmente conocemos, popularizando entre los laicos una
costumbre que hasta ese momento era del clero, haciéndola extra-litúrgica y
popular.
La presencia del buey y del burro se debe a una errónea interpretación
hecha de Isaías 1, 3 y de Habacuc 3, 2 (versión "Itala"), aunque aparecen en
el magnífico "Pesebre" del siglo cuarto, descubierto en las catacumbas de
San Sebastián en el año 1877.

Los himnos y villancicos

Los primeros villancicos que se conocen fueron compuestos por los
evangelizadores en el siglo V con la finalidad de llevar la Buena Nueva a
todos los aldeanos y campesinos que no sabían leer. Sus letras hablaban en
lenguaje popular sobre el misterio de la encarnación y estaban inspirados en
la liturgia de la Navidad. Se llamaban "villanus" al aldeano y con el tiempo
el nombre cambió a "villancicos". Éstos hablan en un tono sensible e
ingenioso de los sentimientos de la Virgen María y de los pastores ante el
Nacimiento de Cristo. En el siglo XIII se extienden por todo el mundo junto
con los nacimientos de San Francisco de Asís.
El famoso "Stabat Mater Speciosa" es atribuido a Jacopone Todi
(1230-1306); "Adeste Fideles" data del siglo decimoséptimo. Pero, éstos
aires populares, e incluso palabras, deben de haber existido desde mucho
tiempo antes de que fueran puesto por escrito.
Los villancicos favorecen la participación en la liturgia de Adviento y
de Navidad. Cantar villancicos es un modo de demostrar toda nuestra alegría
y gratitud a Jesús y escucharlos durante el Adviento ayuda a la preparación
del corazón para el acontecimiento de la Navidad.

Las tarjetas navideñas

La costumbre de enviar mensajes navideños se originó en las escuelas
inglesas, donde se pedía a los estudiantes que escribieran algo que tuviera
que ver con la temporada navideña antes de salir de vacaciones de invierno y
lo enviaran por correo a su casa, con la finalidad de que enviaran a sus
padres un mensaje de Navidad.
En 1843, W.E. Dobson y Sir Henry Cole hicieron las primeras tarjetas de
Navidad impresas, con la única intención de poner al alcance del pueblo
inglés las obras de arte que representaban al Nacimiento de Jesús.
En 1860, Thomas Nast, creador de la imagen de Santa Claus, organizó la
primera venta masiva de tarjetas de Navidad en las que aparecía impresa la
frase "Feliz Navidad".

El Árbol de Navidad

Los antiguos germanos creían que el mundo y todos los astros estaban
sostenidos pendiendo de las ramas de un árbol gigantesco llamado el "divino
Idrasil" o el "dios Odín", al que le rendían culto cada año, en el solsticio
de invierno, cuando suponían que se renovaba la vida. La celebración de ese
día consistía en adornar un árbol de encino con antorchas que representaban
a las estrellas, la luna y el sol. En torno a este árbol bailaban y cantaban
adorando a su dios.
Cuentan que San Bonifacio, evangelizador de Alemania, derribó el árbol
que representaba al dios Odín, y en el mismo lugar plantó un pino, que era
símbolo del amor perenne de Dios y lo adornó con manzanas y con velas,
dándole así un simbolismo cristiano: las manzanas representaban las
tentaciones, el pecado original y los pecados de los hombres; las velas
representaban a Cristo, la luz del mundo y la gracia que reciben los hombres
que aceptan a Jesús como su Salvador. Esta costumbre se difundió por toda
Europa en la Edad Media y con las conquistas y migraciones llegó a América.
Poco a poco, la tradición fue evolucionando: se cambiaron las manzanas
por esferas y las velas por focos que representan la alegría y la luz que
Jesucristo trajo al mundo.
Las esferas actualmente simbolizan las oraciones que hacemos durante el
periodo de Adviento. Las esferas azules son oraciones de arrepentimiento,
las plateadas de agradecimiento, las doradas de alabanza y las rojas de
petición.
Se acostumbra poner una estrella en la punta del pino que representa la
fe que debe guiar nuestras vidas.
También se suelen poner adornos de diversas figuras en el árbol de
Navidad. Éstos representan las buenas acciones y sacrificios, los "regalos"
que le daremos a Jesús en la Navidad.
Para aprovechar la tradición: Adornar el árbol de Navidad a lo largo de
todo el adviento, explicando a los niños el simbolismo. Los niños elaborarán
sus propias esferas (24 a 28 dependiendo de los días que tenga el Adviento)
con una oración o un propósito en cada una, y conforme pasen los días las
irán colgando en el árbol de Navidad hasta el día del nacimiento de Jesús.

Santa Claus o Nicolás

La imagen de Santa Claus, viejecito regordete y sonriente que trae
regalos a los niños buenos el día de Navidad tuvo su origen en la historia
de San Nicolás.
Existen varias leyendas que hablan acerca de la vida de este santo:
En cierta ocasión, el jefe de la guardia romana de aquella época, llamado
Marco, quería vender como esclavo a un niño muy pequeño llamado Adrián y
Nicolás se lo impidió. En otra ocasión, Marco quería apoderarse de unas
jovencitas si su padre no le pagaba una deuda. Nicolás se enteró del
problema y decidió ayudarlas. Tomó tres sacos llenos de oro y en la Noche de
Navidad, en plena oscuridad, llegó hasta la casa y arrojó los sacos por la
chimenea, salvando así a las muchachas.
Marco, quien quería acabar con la fe cristiana, mandó quemar todas las
iglesias y encarcelar a todos los cristianos que no quisieran renegar de su
fe. Así fue como Nicolás fue capturado y encarcelado. Cuando el emperador
Constantino se convirtió y mando liberar a todos los cristianos, Nicolás
había envejecido. Cuando salió de la cárcel, tenía la barba crecida y blanca
y llevaba sus ropajes rojos que lo distinguían como obispo; sin embargo, los
largos años de cárcel no lograron quitarle su bondad y su buen humor.
Los cristianos de Alemania tomaron la historia de los tres sacos de oro
echados por la chimenea el día de Navidad y la imagen de Nicolás al salir de
la cárcel, para entretejer la historia de Santa Claus, viejecito sonriente
vestido de rojo, que entra por la chimenea el día de Navidad para dejar
regalos a los niños buenos.
El Nombre de Santa Claus viene de la evolución paulatina del nombre de
San Nicolás: St. Nicklauss, St. Nick, St. Klauss, Santa Claus, Santa Clos.
No obstante, el ejemplo de San Nicolás nos enseña a ser generosos, a dar
a los que no tienen y a hacerlo con discreción, con un profundo amor al
prójimo. Nos enseña además, a estar pendiente de las necesidades de los
demás, a salir de nuestro egoísmo, a ser generosos no sólo con nuestras
cosas sino también con nuestra persona y nuestro tiempo.
En este sentido, la Navidad es un tiempo propicio para imitar a San
Nicolás en sus virtudes. 

Centro de Difusión de la Buena Prensa Nueva Lectura - Ediciones Anteriores