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Navidad
Ante el misterio de la Navidad
Por José Luis Martín Descalzo
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Dos palabras me parecen inevitables siempre que se habla de la
Navidad:
asombro y locura. Asombro por parte de nosotros, los creyentes.
Locura, por parte de Dios.
Dos palabras que van más allá de la simple ternura. |
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Tal vez hayamos reblandecido la
Navidad a base de ternurismos. La sonrisa,
la ingenuidad, la ternura, son partes inevitables de la Navidad.
Pero la
Navidad, que es eso, es también mucho más. Buenos son los
turrones, los
champagnes, los regalos y los pesebres. Buenos, siempre que no
se queden en
frivolidad superficial y en simple ternurismo.
Porque la Navidad es un tiempo dulcísimo, pero también tremendo,
como
tremendo es eso de que Dios se haga uno entre nosotros, que Dios
haya
querido no sólo parecerse, sino ser también un bebé.
Hay un verso de Góngora que a mí me impresiona siempre y en el
que el
poeta defiende que el día de Belén es más importante que el del
Calvario,
porque, dice el poeta: "hay mayor
distancia de Dios a hombre, que de hombre
a muerto".
Efectivamente, el gran salto de Dios se produjo en Belén, su
gran
descenso hacia nosotros. Y nuestra gran subida. Porque
"si Dios se ha hecho
hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser".
Por eso decía al
principio que la gran locura de Dios se produjo este día en el
que se
atrevió a hacerse tan pequeño como una de sus criaturas. Locura
a la que los
hombres deberíamos responder con ese asombro interminable de
quienes
vivieron casi asustados de la tremenda bondad de Dios.
De ahí que la mejor manera de celebrar la Navidad sea volverse
niños. A
la locura de Dios los hombres sólo podemos responder con un poco
de esa
locura bendita y pequeña que es hacernos niños. Al portal de
Belén sólo se
puede llegar de dos maneras: o teniendo la pureza de los niños,
o la
humildad de quienes se atreven a inclinarse ante Dios. Es
lógico, por lo
demás: Si Dios se hizo pequeñito para llegar hasta nosotros,
¿cómo podríamos
llegar nosotros hasta Él sin volvernos también pequeñitos?
Amor del Dios cercano
¿Qué es verdaderamente la Navidad para nosotros, los cristianos?
Tal vez
ustedes me respondan que son los días de la ternura, de la
alegría, de la
familia. Pero yo, entonces, volvería a preguntarles: ¿Por qué en
estos días
nuestra alma se alegra, por qué se llena de ternura nuestro
corazón? La
respuesta la sabemos todos, aunque con frecuencia no la vivamos.
Yo diría que la Navidad es la prueba, repetida todos los años,
de dos
realidades formidables: que Dios está cerca de nosotros, y que
nos ama.
Nuestro mundo moderno no es precisamente el más capacitado para
entender
esta cercanía de Dios. Decimos tantas veces que Dios está lejos,
que nos ha
abandonado, que nos sentimos solos... Parece que Dios fuera un
padre que se
marchó a los cielos y que vive allí muy bien, mientras sus hijos
sangran en
la tierra.
Pero la Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El
verdadero Dios no es alguien tonante y lejano, perdido en su
propia
grandeza, despreocupado del abandono de sus hijos. Es alguien
que abandonó
él mismo los cielos para estar entre nosotros, ser como
nosotros, vivir como
nosotros, sufrir y morir como nosotros. Éste es el Dios de los
cristianos.
No alguien que de puro grande no nos quepa en nuestro corazón.
Sino alguien
que se hizo pequeño para poder estar entre nosotros. Éste es el
mismo centro
de nuestra fe.
¿Y por qué bajó de los cielos? Porque nos ama. Todo el que ama
quiere
estar cerca de la persona amada. Si pudiera no se alejaría ni un
momento de
ella. Viaja, si es necesario, para estar con ella. Quiere vivir
en su misma
casa, lo más cerca posible. Así Dios. Siendo, como es, el
infinitamente
otro, quiso ser él infinitamente nuestro. Siendo la
omnipotencia, compartió
nuestra debilidad. Siendo el eterno, se hizo temporal.
Y, si esto es así, ¿por qué los hombres no percibimos su
presencia, por
qué no sentimos su amor? Porque no estamos lo suficientemente
atentos y
despiertos. ¿Se han dado ustedes cuenta de que con los fenómenos
de la
naturaleza nos ocurre algo parecido? Oímos el trueno, la
tormenta. Llegamos
a escuchar la lluvia y el aguacero. Pero la nieve sólo se
percibe si uno se
asoma a la ventana. Cae la nieve sobre el mundo y es silenciosa,
callada,
como el amor de Dios. Y nadie negará la caída de la nieve porque
no la haya
oído.
Así ocurre con el amor de Dios: que cae incesantemente sobre el
mundo sin
que lo escuchemos, sin que lo percibamos. Hay que abrir mucho
los ojos del
alma para enterarse. Porque, efectivamente, como dice un salmo
«la
misericordia de Dios llena la tierra», cubre las almas con su
incesante
nevada de amor.
Navidad es la gran prueba. En estos días ese amor de Dios se
hace visible
en un portal. Ojalá se haga también visible en nuestras almas.
Ojalá en
estos días la nevada de Dios, la paz de Dios, la ternura de
Dios, la alegría
de Dios, descienda sobre todos nosotros como descendió hace dos
mil años
sobre un pesebre en la ciudad de Belén.
Pues bien: la Navidad es como el tiempo en el que esa
misericordia de
Dios se reduplica sobre el mundo y sobre nuestras cabezas. Es
como si, al
darnos a su Hijo, nos amase el doble que de ordinario. Durante
estos días de
Navidad, todos los que tienen los ojos bien abiertos se vuelven
más niños
porque es como si fuesen redobladamente hijos y como si Dios
fuera en estos
días el doble de Padre.
Pero ¿cuántos se dan cuenta de ello? ¿Cuántos están tan
distraídos con
las fiestas familiares que en estos días no se acuerdan de su
alma?... Por
eso yo quisiera invitarles, amigos míos, a abrir sus ventanas y
sus ojos, a
descubrir la maravilla de que Dios nos ama tanto que se vuelva
uno de
nosotros. Y que vivan ustedes estos días de asombro en asombro.
Que se hagan
ustedes las grandes preguntas que hay que hacerse estos días y
que descubran
que cada respuesta es más asombrosa que la anterior.
La primera pregunta es:
¿Qué pasa realmente estos días? Y la respuesta es que Alguien
muy
importante viene a visitarnos.
¿Quién es el que viene? Nada menos que el Creador del mundo, el
autor de
las estrellas y de toda carne.
¿Y cómo viene? Viene hecho carne, hecho pobreza, convertido en
un bebé
como los nuestros.
¿A qué viene? Viene a salvarnos, a devolvernos la alegría, a
darnos
nuevas razones para vivir y para esperar.
¿Para quién viene? Viene para todos, viene para el pueblo, para
los más
humildes, para cuantos quieran abrirle el corazón.
¿En qué lugar viene? En el más humilde y sencillo de la tierra,
en aquél
donde menos se le podía esperar.
¿Y por qué viene? Sólo por una razón: porque nos ama, porque
quiere estar
con nosotros.
Y la última pregunta, tal vez la más dolorosa:
¿Y cuáles serán los resultados de su venida? Los que nosotros
queramos.
Pasará a nuestro lado si no sabemos verle. Crecerá dentro de
nosotros si le
acogemos.
Dejad, amigos míos, que crezcan estas preguntas dentro de
vuestro corazón
y sentiréis deseos de llorar de alegría. Y descubriréis que no
hay gozo
mayor que el de sabernos amados, cuando quien nos ama -¡y
tanto!- es nada
menos que el mismo Dios.
Alegría sin nostalgias
El mensaje en Navidad no puede ser otro que éste: Alegría,
alegría,
alegría.
Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos
que en
estos días se preguntan si llegarán a las navidades del año que
viene.
Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han
perdido.
Alegría para los abandonados por todos y para las monjas de
clausura que
estas noches bailarán como si se hubieran vuelto repentinamente
locas.
Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más
cansadas
de lo habitual y para esos hombres que a lo mejor en estos días
se olvidan
un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en
el mundo.
¡Alegría, alegría para todos!
Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda
en medio
de nosotros.
Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para
todos.
Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no
les
gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la
cosa con
ojos humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la
ternura y
la familia y, desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta
edad, vemos
cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres
queridos que
se fueron. Uno recuerda las navidades que pasó con sus padres,
con sus
hermanos, con los que se fueron, y parece que dolieran más esos
huecos que
hay en la mesa familiar.
Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son
infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros
de tristeza
que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en
Navidad
descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama.
La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros
en
cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el
corazón
abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios
se vuelve tan
apabullante que haría falta muchísima ceguera para no
descubrirlo. Y es que
en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé
para estar
cerca de nosotros.
Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas
grandes,
pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar
aquello que
podemos abrazar. Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle,
al pequeño
Dios de Belén nos es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor
que Dios
tiene, su pequeñez, su capacidad de hacerse pequeño por amor a
los pequeños.
Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro,
un Dios
digerible, un Dios vuelto calderilla, un hermoso tipo de Dios
que los
hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no nos lo
hubiera
revelado y descubierto. Y si en Navidad descubrimos que Dios nos
ama y que
podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos
los unos a
los otros.
Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un
poco
niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos.
Durante el
resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las
telarañas del
egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y
vemos en
ellos, no al hermano, sino al enemigo potencial o real.
Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy
corrompido
el corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita
nuestras falsas
importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué
mayor alegría
que redescubrir juntos la fraternidad?
Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no
se
refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás.
Contemplen el
presente. Descubran que a su lado hay gente que les ama y que
necesita su
amor. Si lo hacen, el amor de Dios no será inútil. Y también en
sus
corazones será Navidad. |
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Navidad
Liturgia y tradiciones
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En el tema principal desarrollado por la liturgia de
Navidad encontramos los elementos básicos
de la teología
y de la pastoral de la fiesta. |
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La Navidad no es sólo un recuerdo de un suceso histórico.
Constantemente la
liturgia subraya que el hecho del nacimiento de Jesucristo está
ordenado a
la Redención, a la Pascua, a la Parusía. Según la terminología de
los
antiguos, la Navidad es una mcmoria (misterio), cuyo centro es la
muerte y
resurrección de Jesucristo, siempre presente y operante, como alma
de toda
celebración litúrgica.
Alrededor de la liturgia de Navidad se ha formado, en el decurso de
los
siglos, una serie de costumbres folklóricas que han contribuido a
crear un
ambiente festivo en la intimidad de las familias y en las calles de
aldeas y
ciudades. Ya en el Siglo V se compusieron cantos populares sobre el
misterio
de la Encarnación, inspirados en la teología y la liturgia de
Navidad.
Cuando, en el siglo XIII, San Francisco de Asís y sus discípulos
propagan la
devota práctica de construir "belenes" en las iglesias y en las
casas, se
extienden los villancicos de Navidad, caracterizados por el tono
sensible e
ingenuo de sus letras y de sus melodías que se refieren
preferentemente a
los sentimientos de la Virgen y de los pastores ante la pobreza que
Dios ha
escogido al tomar un cuerpo humano.
Como para expresar visiblemente el significado de la "iluminación"
obtenida por el nacimiento de Jesucristo, desde antiguo se introdujo
el
hábito de encender fuegos durante la noche de Navidad, reemplazando
tradiciones precristianas. El alumbrado extraordinario de los
lugares
públicos durante el tiempo de Navidad se ha inspirado en esos usos.
Desde el siglo XVI, en los países nórdicos, se empiezan a reunir en
torno
a un árbol -el árbol de Navidad-, signo de la gracia alcanzada por
la
Encarnación y por la muerte en el árbol de la cruz de Jesucristo, en
contraposición del pecado que se originó en el árbol del paraíso.
También, se destinó para el día de Navidad la práctica de cambiarse
regalos y felicitaciones; práctica sugerida por la que existía en
Roma el
día primero del año, llamada estrenas. Al principio, se simbolizaba
que era
el niño Jesús quien ofrecía los regalos; y más adelante, serían los
Reyes
Magos quienes distribuyen los dones, y no tanto por Navidad cómo por
la
Epifanía, en que se conmemora el hecho de la entrega de sus
obsequios a
Jesucristo.
Por último, durante la octava de Navidad se celebran las "memorias"
de
los Santos Esteban, Juan Evangelista e Inocentes, como las más
antiguas, a
las que Oriente añadía la de los Santos Pedro y Pablo.
Tradiciones y Costumbres
Las tradiciones y costumbres son una manera de hacer presente lo que
ocurrió o lo que se acostumbraba hacer en tiempos pasados. Son
muchos los
hechos u obras que se transmiten de una generación a otra de forma
oral o
escrita. La palabra tradición viene del latín "traditio" que viene
del verbo
"tradere" que significa entregar. Se podría decir que tradición es
lo que
nuestros antepasados nos han entregado.
En el caso de la Navidad, lo más importante de las tradiciones y
costumbres no es sólo el aspecto exterior sino su significado
interior. Se
debe conocer por qué y para qué se llevan a cabo las tradiciones y
costumbres para así poder vivirlas intensamente. Este es un modo de
evangelizar.
Existen muchas tradiciones y costumbres tanto del Adviento como de
la
Navidad, las cuales nos ayudan a vivir el espíritu navideño; pero
sin
embargo, debemos recordar que este espíritu se encuentra en la
meditación
del misterio que se celebra.
El calendario
Al fijarse esta fecha, quedaron también fijadas la de la
Circuncisión y
de la Presentación; la de la Expectación y, quizás, la de la
Anunciación de
la Santísima Virgen María; también la del Nacimiento y Concepción
del
Bautista. Hasta el siglo décimo la Navidad era considerada, en los
documentos pontificios, el inicio del año eclesiástico, como se
sigue
haciendo en las Bulas; Bonifacio VIII (1294-1303) restauró
temporalmente
esta costumbre, la cual Alemania sostuvo durante algún tiempo más.
Las tres Misas
Las tres misas que señalan para esta fecha el Misal de Gelasio y el
Gregoriano, y éstas con un martirologio especial y sublime, y con la
dispensa, si fuera necesaria, de la abstinencia, todavía hoy son
guardadas.
Si bien Roma señala sólo tres Misas para la Navidad, Ildefonso, un
Obispo
español en el 845, alude a una triple Misa en Navidad: Pascua,
Pentecostés,
y la Transfiguración. Estas Misas, de medianoche, al alba, e in die,
están
místicamente relacionadas con la distribución judía y cristiana, o
al triple
"nacimiento" de Cristo: en la Eternidad, en el Tiempo, y en el Alma.
Los
colores litúrgicos variaban: negro, blanco, rojo; y el Gloria era
sólo
entonado al principio de la primera Misa de ese día.
Los pesebres, Belenes o Nacimientos
En el año 1223 San Francisco de Asís dio origen a los pesebres o
nacimientos que actualmente conocemos, popularizando entre los
laicos una
costumbre que hasta ese momento era del clero, haciéndola
extra-litúrgica y
popular.
La presencia del buey y del burro se debe a una errónea
interpretación
hecha de Isaías 1, 3 y de Habacuc 3, 2 (versión "Itala"), aunque
aparecen en
el magnífico "Pesebre" del siglo cuarto, descubierto en las
catacumbas de
San Sebastián en el año 1877.
Los himnos y villancicos
Los primeros villancicos que se conocen fueron compuestos por los
evangelizadores en el siglo V con la finalidad de llevar la Buena
Nueva a
todos los aldeanos y campesinos que no sabían leer. Sus letras
hablaban en
lenguaje popular sobre el misterio de la encarnación y estaban
inspirados en
la liturgia de la Navidad. Se llamaban "villanus" al aldeano y con
el tiempo
el nombre cambió a "villancicos". Éstos hablan en un tono sensible e
ingenioso de los sentimientos de la Virgen María y de los pastores
ante el
Nacimiento de Cristo. En el siglo XIII se extienden por todo el
mundo junto
con los nacimientos de San Francisco de Asís.
El famoso "Stabat Mater Speciosa" es atribuido a Jacopone Todi
(1230-1306); "Adeste Fideles" data del siglo decimoséptimo. Pero,
éstos
aires populares, e incluso palabras, deben de haber existido desde
mucho
tiempo antes de que fueran puesto por escrito.
Los villancicos favorecen la participación en la liturgia de
Adviento y
de Navidad. Cantar villancicos es un modo de demostrar toda nuestra
alegría
y gratitud a Jesús y escucharlos durante el Adviento ayuda a la
preparación
del corazón para el acontecimiento de la Navidad.
Las tarjetas navideñas
La costumbre de enviar mensajes navideños se originó en las escuelas
inglesas, donde se pedía a los estudiantes que escribieran algo que
tuviera
que ver con la temporada navideña antes de salir de vacaciones de
invierno y
lo enviaran por correo a su casa, con la finalidad de que enviaran a
sus
padres un mensaje de Navidad.
En 1843, W.E. Dobson y Sir Henry Cole hicieron las primeras tarjetas
de
Navidad impresas, con la única intención de poner al alcance del
pueblo
inglés las obras de arte que representaban al Nacimiento de Jesús.
En 1860, Thomas Nast, creador de la imagen de Santa Claus, organizó
la
primera venta masiva de tarjetas de Navidad en las que aparecía
impresa la
frase "Feliz Navidad".
El Árbol de Navidad
Los antiguos germanos creían que el mundo y todos los astros estaban
sostenidos pendiendo de las ramas de un árbol gigantesco llamado el
"divino
Idrasil" o el "dios Odín", al que le rendían culto cada año, en el
solsticio
de invierno, cuando suponían que se renovaba la vida. La celebración
de ese
día consistía en adornar un árbol de encino con antorchas que
representaban
a las estrellas, la luna y el sol. En torno a este árbol bailaban y
cantaban
adorando a su dios.
Cuentan que San Bonifacio, evangelizador de Alemania, derribó el
árbol
que representaba al dios Odín, y en el mismo lugar plantó un pino,
que era
símbolo del amor perenne de Dios y lo adornó con manzanas y con
velas,
dándole así un simbolismo cristiano: las manzanas representaban las
tentaciones, el pecado original y los pecados de los hombres; las
velas
representaban a Cristo, la luz del mundo y la gracia que reciben los
hombres
que aceptan a Jesús como su Salvador. Esta costumbre se difundió por
toda
Europa en la Edad Media y con las conquistas y migraciones llegó a
América.
Poco a poco, la tradición fue evolucionando: se cambiaron las
manzanas
por esferas y las velas por focos que representan la alegría y la
luz que
Jesucristo trajo al mundo.
Las esferas actualmente simbolizan las oraciones que hacemos durante
el
periodo de Adviento. Las esferas azules son oraciones de
arrepentimiento,
las plateadas de agradecimiento, las doradas de alabanza y las rojas
de
petición.
Se acostumbra poner una estrella en la punta del pino que representa
la
fe que debe guiar nuestras vidas.
También se suelen poner adornos de diversas figuras en el árbol de
Navidad. Éstos representan las buenas acciones y sacrificios, los
"regalos"
que le daremos a Jesús en la Navidad.
Para aprovechar la tradición: Adornar el árbol de Navidad a lo largo
de
todo el adviento, explicando a los niños el simbolismo. Los niños
elaborarán
sus propias esferas (24 a 28 dependiendo de los días que tenga el
Adviento)
con una oración o un propósito en cada una, y conforme pasen los
días las
irán colgando en el árbol de Navidad hasta el día del nacimiento de
Jesús.
Santa Claus o Nicolás
La imagen de Santa Claus, viejecito regordete y sonriente que trae
regalos a los niños buenos el día de Navidad tuvo su origen en la
historia
de San Nicolás.
Existen varias leyendas que hablan acerca de la vida de este santo:
En cierta ocasión, el jefe de la guardia romana de aquella época,
llamado
Marco, quería vender como esclavo a un niño muy pequeño llamado
Adrián y
Nicolás se lo impidió. En otra ocasión, Marco quería apoderarse de
unas
jovencitas si su padre no le pagaba una deuda. Nicolás se enteró del
problema y decidió ayudarlas. Tomó tres sacos llenos de oro y en la
Noche de
Navidad, en plena oscuridad, llegó hasta la casa y arrojó los sacos
por la
chimenea, salvando así a las muchachas.
Marco, quien quería acabar con la fe cristiana, mandó quemar todas
las
iglesias y encarcelar a todos los cristianos que no quisieran
renegar de su
fe. Así fue como Nicolás fue capturado y encarcelado. Cuando el
emperador
Constantino se convirtió y mando liberar a todos los cristianos,
Nicolás
había envejecido. Cuando salió de la cárcel, tenía la barba crecida
y blanca
y llevaba sus ropajes rojos que lo distinguían como obispo; sin
embargo, los
largos años de cárcel no lograron quitarle su bondad y su buen
humor.
Los cristianos de Alemania tomaron la historia de los tres sacos de
oro
echados por la chimenea el día de Navidad y la imagen de Nicolás al
salir de
la cárcel, para entretejer la historia de Santa Claus, viejecito
sonriente
vestido de rojo, que entra por la chimenea el día de Navidad para
dejar
regalos a los niños buenos.
El Nombre de Santa Claus viene de la evolución paulatina del nombre
de
San Nicolás: St. Nicklauss, St. Nick, St. Klauss, Santa Claus, Santa
Clos.
No obstante, el ejemplo de San Nicolás nos enseña a ser generosos, a
dar
a los que no tienen y a hacerlo con discreción, con un profundo amor
al
prójimo. Nos enseña además, a estar pendiente de las necesidades de
los
demás, a salir de nuestro egoísmo, a ser generosos no sólo con
nuestras
cosas sino también con nuestra persona y nuestro tiempo.
En este sentido, la Navidad es un tiempo propicio para imitar a San
Nicolás en sus virtudes.
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