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Apostilla a la historia

Humildad y grandeza del Papa Giuseppe Sarto
Por el R. P. Dr. Cornelio Fabro
(Segunda Parte)

En esta última parte del artículo, completamos el estudio del reconocido filósofo italiano.

Entre sus preocupaciones de Pastor universal, el Papa Pío X tuvo la más
grande solicitud por su diócesis de Roma: renovó el vicariato y simplificó
su estructura para adecuarla a las necesidades de su tiempo. Alejó de Roma,
haciendo que volviesen a sus respectivas diócesis, a los eclesiásticos que
no tenían un encargo preciso. Creó para la periferia un buen número de
parroquias, encargando la cura de las almas a los religiosos.
Amante de la música litúrgica, dio una pensión en Venecia al Maestro de
la Capilla, y llamó al joven Lorenzo Perossi, al cual guió al sacerdocio y
nombró después director perpetuo de la Capilla Sixtina. Para la reforma del
canto sacro instituyó en Roma el Instituto Superior de Música, que ha
animado en todo el mundo el progreso de un arce que debe a la riqueza de los
dogmas del cristianismo sus más originales y valientes desarrollos.
Sobre las huellas de León XIII se dedicó a que en los seminarios y en las
Facultades católicas se volviese a la genuina doctrina de Santo Tomás.
Mientras era Obispo, explicaba esta doctrina a los clérigos de Mantua y
Venecia; y ya siendo Papa, puso a su alrededor teólogos y filósofos de
segura ortodoxia tomista.
Pero su cruz -y al mismo tiempo el monumento más grande de su
pontificado- fue la condena del Modernismo. Ya siendo obispo había
advertido, con el instinto de la fe, la insidia funesta de la nueva herejía;
una vez que subió al solio pontificio, intensificó la búsqueda del error que
corría por todas partes, entre los laicos y el clero, arrojando la confusión
y destruyendo la buena fe, también muchas veces de las altas jerarquías de
la Iglesia: la lucha contra el modernismo es, tal vez, la actividad más
propia de la persona de Pío X -y aunque parezca paradojal- es la que mejor
refleja la estatura y medida de su espíritu.
Después de tantos años de investigación y de estudio tomó la
deliberación, de la que ninguna cosa pudo retirarlo: el 21 de julio de 1907
apareció el decreto Lamentabili, el Silabo antimodernista que recoge más de
65 errores de esta nueva doctrina respecto a todos los puntos vitales de la
fe católica (la Sagrada Escritura, el magisterio eclesiástico, la revelación
divina, el significado de los dogmas y en particular el de la divinidad de
Jesucristo, la naturaleza de los sacramentos y la autoridad del magisterio
eclesiástico).
En septiembre del mismo año salía la encíclica Pascendi que daba la
síntesis lógica e irrefutable del sistema modernista con las disposiciones
para combatirlo dentro del seno de la Iglesia. Para evitar toda ambigüedad y
compromiso, en lo que eran inagotables los autores de las nuevas doctrinas,
el 1 de Septiembre de 1910, con el Motu propio Sacrorum Antistitum,
publicaba la fórmula del ³juramento antimodernista², obligatoria en la
asunción de los oficios y beneficios eclesiásticos y en la asignación de los
grados académicos.
La Pascendi - considerada en su contenido, en el proceder y también en el
estilo del texto inconfundible - es un documento entre los más decisivos del
Supremo Magisterio - incluso el más importante después del Concilio Vaticano
y como la inmediata prolongación de éste - al cual la vida y la doctrina
cristiana de esta primer mitad del siglo deben su propia fisonomía
espiritual y la propia salvación. Entre todos los actos de Pío X, la
Pascendi sigue siendo el documento más insigne de su pontificado, el broche
de oro de aquel dique puesto a la tarea de los modernos errores, que desde
un siglo ocupaba la obra del pontificado romano para la defensa de la
ortodoxia.
Su característica está en la estructura formal fuertemente teorética, que
le confiere una fuerza persuasiva de singular transparencia que, en el decir
de Giovanni Gentile, la hacen "una magistral exposición y una crítica
magnífica". Es mérito de la Encíclica haber recogido bajo el común término
de "modernismo" una extraordinaria avalancha de errores, y de haberlos
reconducido con férrea lógica a los principios fundamentales.
Los errores ya denunciados por Lamentabili son retomados por la Encíclica
y puestos al descubierto en su génesis y comprensión reales, quitándolos de
aquel aluvión de indeterminación a los que estaban intencionalmente puestos
por los promulgadores: en este sentido, y a tan poca distancia del Decreto,
la encíclica da una exposición original y nueva de los errores ya evidentes,
con un dominio tal de la terminología y de la técnica adversaria, que dicha
exposición es, tal vez, única en un documento de tal género, y que debía por
eso reconducir por la recta vía a los que todavía de buena fe podían militar
en las filas del error.
El así llamado Programa de los modernistas, salido en noviembre 1907 como
réplica de la Encíclica, acepta y depende también éste de la impostación que
había dado la Encíclica a su doctrina. Sabemos por el Sumario que el Papa
había hecho preparar la materia de la primera parte de la Encíclica por tres
colaboradores entre los cuales figuraba un modernista auténtico (un hecho
que representa su audacia, y es, tal vez, único en la historia de la
Iglesia): así el error fue descubierto en su escondite más secreto, y sus
productores no tuvieron vía de escape.
El Papa fue imbatible en la aplicación de los remedios contra los
recalcitrantes y cuantos querían esconderse tras la cortina de la
anfibología: se mostró, sin embargo, paternal y usó todo medio pata
arrastrar tras de sí a cuantos veía animados por el amor a la verdad; y es
conocido también que tomó directamente la defensa de la ortodoxia del gran
cardenal Newman, que la propaganda modernista usaba como corifeo.

El problema
del modernismo

La conducta del Papa en sus cautelas contra el modernismo pareció a
muchos demasiado fuerte hasta el punto de ser considerada como una
injusticia, como si hubiese aceptado denuncias demasiado temerarias sobre
obispos y cardenales cuya ortodoxia y fidelidad a la sede apostólica ninguno
debería dudar: estos lamentos que cuenta el Sumario sin reticencia, son
documento de la objetividad y la pureza de espíritu con que la Iglesia
instituye el proceso de santidad de sus hijos hasta que sean colocados en
trono más augusto.
Estos juicios discordantes, algunos expresados con las fórmulas más
drásticas, sirvieron a la causa para purificar el conocimiento de una
santidad que estaba toda en la fidelidad absoluta a aquella preservación de
la fe que empuja a los mártires al sacrificio cruento. Así se sostuvo el
Maestro Infalible en las decisiones más graves.
La severidad del Papa tiene su íntima razón en el horror extremo que Pío
X tenía por la herejía, en la angustia mortal que sentía por la amenaza del
modernismo, que inyectaba su veneno en las vertientes mismas de las verdades
del cristianismo y de toda religión que se apoya en la trascendencia. Su
figura se yergue con la misma firmeza de los padres apostólicos que tuvieron
que luchar contra las insidias del gnosticismo hebreo y helenístico: el
modernismo es el gnosticismo de nuestros tiempos, el producto de tres siglos
de una filosofía que buscaba liquidar definitivamente el Absoluto.
Y, después de haber disuelto la desangrada religiosidad protestante en el
ateísmo de la teología liberal, se preparaba para dar sepultura al mismo
catolicismo. Considerando este terrible enemigo de tal naturaleza -que la
Iglesia, después de la rebelión de Lutero no había nunca tenido uno igual-
el Papa advirtió, como en una herida invisible de destrucción interior, la
amenaza del huracán en toda su nefasta potencia: por lo tanto, no nos debe
maravillar si, en el enfurecerse de la tormenta, el timón haya estado en las
manos de uno sólo y que éste diese como golpes enérgicos para salvar la
barca de los peligrosos riscos.
La historia de la Iglesia, en las décadas que siguieron, ha dado pleno
testimonio de esto: el modernismo golpeado en el corazón se desvaneció
inmediatamente y no resurgió más que en episodios esporádicos; los rebeldes
obstinados se perdieron en la vanidad de sus pensamientos denigrándose
mutuamente; la vida de la Iglesia retomó renovada su camino. Las ciencias
escolásticas, estimuladas por el peligro, reflorecieron por doquier y, con
la guía de las instrucciones pontificias, renovaron sus propios métodos
según los descubrimientos últimos de la investigación científica para
responder de modo más adecuado a los legítimos planteos de la más madura
conciencia moderna. Si hoy, en las facultades pontificias y en los
seminarios, la filosofía, la teología las ciencias bíblicas e históricas se
reorganizaron en todos los sectores sin temerarias concesiones o pávidas
restricciones, se debe especialmente al grito de verdad lanzado por la
Pascendi: por este hecho ésta le da el gran título de gloria, no solo
espiritual sino también humano, al pontificado de Pío X.
Estas escasas líneas sobre la obra y la persona del pontífice distan
inmensamente de la realidad: la obra y el alma de un Papa, inmolado en su
misión universal de paternidad por las almas, se sustraen en el secreto de
su comunión con Dios, cosa que para nosotros es inconmensurable. En este
punto, la Iglesia, que lo tuvo como cabeza infalible, justamente en este
momento en que lo hace subir a los altares, nos permite considerarlo un poco
más en su genuina fisonomía y lo hace entrar en las proporciones de su
efectiva existencia, dentro del escenario de la vida y de la misión de un
tiempo. Entonces, habiendo acortado distancias, la figura de Pío X crece en
grandeza y esplendor, pues se nos hace más evidente aquella santidad que él
conquistó por el duro precio de las luchas y las renuncias.
Bajo la bondad del trato, aspecto sobre el cual se volcó ávidamente la
literatura barata para un fácil uso apologético o denigratorio, el Papa
Sarto escondía una personalidad rica y compleja, resistente como el
diamante, que desconcertaba a los miopes y a los débiles de ánimo: los
recuerdos del Cardenal Merry del Val abren en este punto un insospechado
mundo, que otros textos insinuaron con referencias sintomáticas a las otras
facetas de su vida.
Resulta, por lo tanto, que en Pío X había surgido por naturaleza un
carácter fogoso y sanguíneo que alcanzaba a veces formas de ímpetu y de
desdeño también impresionantes, especialmente en los primeros años en que
trabajaba en la cura de almas: en Tambolo y en Salsano hay todavía algún
anciano (ya lo dicen los textos del proceso) que recuerda sus bofetadas
durante el catecismo que ponían inmediatamente en su lugar a los más
inquietos.
Esta firmeza no retrocedía cuando encontraba grandes desordenes morales:
ya sea como obispo y cardenal, como también siendo Papa, no quiso nunca
aceptar los indignos. Alma cristalina, no toleraba los dobleces de parte del
que sea, y cuando se daba cuenta de que se quería sorprender su buena fe,
difícilmente los readmitía a su confianza. Su juicio era cortante como una
espada y no erraba el tiro.
Del aislamiento en que se encontró en los momentos más críticos, y de los
que incluso se le echaron culpas, no se lamentó nunca; y es más: se dolía y
protestaba solamente cuando veía golpeados o atacados a sus colaboradores,
especialmente el Cardenal Merry de Val y Monseñor Canali, porque quería el
cáliz amargo sólo para sí.
Después de haber dado ejemplo de total sujeción como capellán, como
párroco, como Obispo y como Cardenal, exigía obediencia absoluta, pero con
perfecta lealtad. En Venecia vituperó en presencia de los clérigos al
archiprete de San Marcos, Monseñor Apollonio, por haber hecho sonar la
salida de la Misa, contra sus precisas indicaciones, durante la homilía
pontifical.
Todavía como Patriarca de Venecia se opuso -con una carta dirigida al
Papa, admirable por su vigor y su conmoción pastoral- a la nómina pontificia
de un concurrente a una importante parroquia urbana que había combatido con
el apoyo de potente protección; y León XIII fue herido por la vehemencia de
un corazón del cual conocía el timbre, hizo anular la nómina y aceptó el
candidato del Patriarca que colmó de lleno sus expectativas. Y ya siendo
Papa, cuando se debían hacer grandes decisiones transcurría mucho tiempo en
oración y recogimiento; pero cuando llegaba el momento de tomar la decisión,
la voz y el aspecto de su persona tenían tal firmeza que nadie hubiera osado
contradecirlo.
Era el irradiar exterior de su fe teológica que bebía en su vertiente y
que infundía a los mismos colaboradores suyos, como atestigua el Cardinal
Merry del Val, una impresión mixta de fe y de desaliento, como si se
sintiesen proyectados sobre el trono del Absoluto.
Se puede decir, sin temor a errar, que esta fortaleza en la fe fue la
virtud característica de su pontificado: por encima de todo, él ponía su
misión de maestro universal de las almas y no conocía término medio: entraba
casi por instinto al núcleo de las cosas y en pocas palabras sabía expresar
la esencia de una situación y proponer remedios.
Así como sabía pasar por alto generosamente las inevitables miserias de
la fragilidad humana, era, al mismo tiempo, inamovible sobre cuestiones de
principios: contrariado sobre algún argumento que había estudiado a fondo
reaccionaba con ímpetu realzando la voz y golpeando el puño sobre la mesa.
Pero sabía también rápidamente recomponerse: el rostro retornaba a la
habitual expresión de benevolencia y el corazón se abría afectuosamente
apenas se daba cuenta de que el interlocutor había entendido el ánimo y el
sufrimiento del Papa.
Con los opositores personales, que tuvo numerosos y tenaces, nunca
conservó rencor o hirió, sino que dejó a cada uno en su puesto, buscando la
más de las veces una distensión de los ánimos; que no raras veces le fue
negada, incluso en los últimos tiempos y muy a pesar suyo. Los defectos que
tuvo, como los santos más heroicos, los combatió con igual decisión y fueron
la escalera de su santidad.
Los testimonios del proceso, especialmente de aquellos que le estuvieron
vecinos cuando Papa, concuerdan en referir la arcana y celestial impresión
que trasparentaba en su persona, cuando era sorprendido en su recogimiento u
oración, o simplemente cuando el discurso o el argumento llegaban a las
cosas más altas.
Sin embargo, en su vida privada su alma amaba expandirse con la
exuberancia de una cordialidad que derramaba entorno a sí el agua viva de la
alegría, que le brotaba en el corazón. Es conocido de qué modo huía del
mínimo mostrarse o de la exhibición, que está fácilmente en asechanza a los
poderosos para hacerles perder la exacta medida de las propias fuerzas:
verdadero Sócrates cristiano, sobre la hulla de San Felipe Neri, sabía
encontrar la frase concisa que denunciaba la vanidad de todo lo finito y
revelaba la indestructible fe en Dios.
Es explícita la convicción de algunos testigos, los cuales lo conocieron
durante largo tiempo en íntima compañía, que en Roma su virtud obró en él la
profunda transformación de la santidad: con el pasar de los años ésta se
volvió cada vez más nítida en el cumplimiento de la altísima misión, y esto
confirma el excepcional empeño del ascenso espiritual. Llegó al supremo
pontificado en contra de toda previsión y con su más desolada consternación;
aunque-como figura en los datos del Sumario-, él lo había ya predicho mucho
tiempo antes, cuando bromeaba al hablar de sí mismo.
Desde la única cátedra de verdad que Dios ha puesto sobre la tierra,
Giuseppe Sarto renovó, con la magnificencia de sus pensamientos y la firmeza
de sus propósitos, el rostro de la Esposa de Cristo, asumiendo para sí todas
las pruebas, las ansias y los dolores de sus hijos. Robusto en su físico
como en un roble, incluso durante la edad avanzada, declinó rápidamente
perseguido por el dolor producido por la guerra de 1914, prevista por él ya
desde 1911 y desencadenada a pesar de sus más vivas instancias y sus
cuidadosos llamamientos. La visión: consternada de tantos hijos inocentes
que iban a la masacre por la inútil y delictiva ambición de los poderosos,
le cambió todo deseo de vivir apagándolo como puro holocausto.


Traducción:
R. P. Lic. Gonzalo Gelonch,
I. V. E.
Fuente: Revista Diálogo.
Subtítulos de Nueva Lectura.
 

 

Religión

"El testimonio de los sacerdotes en mi camino hacia el catolicismo"
El ejemplo arrastra
Por Andrew McNair, L.C. a

Un joven metodista, tras una lenta investigación sobre el celibato de Cristo, encuentra su vocación
al sacerdocio católico, después de convertirse. Para ello resultó decisiva la ayuda y el testimonio de varios sacerdotes.



Recuerdo que, siendo niño, miraba fijamente a un sacerdote en un
supermercado. Mi conciencia me decía: "No te quedes mirando a la gente,
Andy, es de mala educación". Y sin embargo, no podía contenerme. Él
sobresalía, con su traje negro y cuello romano. Nadie más en el pueblo
vestía de esa manera, ni siquiera mi pastor de la iglesia metodista.
El sacerdote me miró, moviendo la cabeza y me saludó. Esto me impresionó
muchísimo: después de todo, él era un representante de Dios. Fue esta misma
imborrable imagen la que, muchos años más tarde, me motivó a desistir de la
idea de hacerme un ministro metodista, para convertirme en un sacerdote
católico.
Este encuentro puso mi mente joven en acción. Me llamaba la atención el
hecho de que los sacerdotes no contraigan matrimonio; esto los singulariza.
Los ministros metodistas tienen esposa, también la tienen los bautistas, los
presbiterianos, los luteranos, y todos los demás pastores de las comunidades
cristianas en mi localidad de Carolina del Norte. ¿Y los sacerdotes
católicos? ¿Por qué son diferentes? ¿Por qué no tienen esposa como todos los
demás? Debe haber una razón.
Dios se encargó de aclarar mis inquietudes durante una clase dominical en
mi iglesia metodista. Nuestra profesora nos preguntó si teníamos alguna
pregunta sobre la vida de Jesús. Yo levanté la mano y pregunté, "¿Por qué
nunca se casó Jesús?" La maestra se quedó en silencio, perpleja. Después de
unos momentos me dijo, "Jesús nunca se casó porque quería dedicar todo su
tiempo y energía al servicio de Dios Padre con un corazón sin divisiones. Si
Jesús hubiera tenido una esposa y unos hijos, ¿cómo hubiera podido dedicar
su tiempo a servir a Dios y a los demás?"
¡Eso es! "Los sacerdotes católicos son como Jesús, -pensé. Ésta debe ser
la razón por la que no se casan". Me parecía una buena explicación. La
profesora de la escuela dominical me dio una respuesta demasiado buena.
Nunca se iba a imaginar cuánto me impulsó hacia la Iglesia Católica y hacia
el sacerdocio. Por supuesto, yo nunca se lo dije.
Entonces me surgió otra pregunta: ¿Los ritos católicos del Domingo son
similares a los ritos metodistas? La curiosidad me venció. Decidí acudir a
uno de mis mejores amigos del colegio, que era católico. Un día le comencé a
hacer una serie de preguntas durante la comida:
"Oye John, ¿cómo celebran sus ritos del Domingo los católicos?"
John me miró extrañado mientras se comía su Big Mac. Con sus casi dos
metros de altura y cien kilos de peso, John, jugador de fútbol americano, no
estaba acostumbrado a responder a preguntas sobre religión. Con la boca
medio llena, me dijo:
"Pues, el Padre celebra la Misa."
"¿Misa?" Repliqué.
"Sí, Misa. Así le llamamos".
"¿Hay muchos cantos y predicaciones?"
"No. Todo se acaba en menos de una hora".
"Me gustaría ir a una Iglesia católica algún día para ver de qué se
trata".
Creo que John se dio cuenta de lo que pretendía.
"Si tú quieres, Andy, puedes venir conmigo a la Misa del próximo Domingo,
no hay problema".
A pesar de que ya han pasado bastantes años desde que asistí a esa
primera Misa con John, recuerdo muy bien que lo que más me impresionó fue la
manera en que el sacerdote rezaba las palabras de la consagración del pan y
el vino. Rezaba lentamente, con reverencia e intensidad. No sé porque pero,
cuando el sacerdote decía: "Tomad y comed todos de él. Esto es mi cuerpo",
sentí que lo que decía tenía que ser verdad. ¿Por qué? El sacerdote parecía
totalmente convencido e identificado con lo que decía y con lo que hacía.
Esa es la única explicación que puedo dar del fervor que sentí durante esa
Misa. ¡Cuántas ganas tenía de recibir la Comunión ese Domingo! Pero no
podía. Antes he dicho que sólo los católicos podían recibir la Santa
Comunión. Después de la Misa, no sólo quería recibir la Comunión, sino que
también quería ser como el sacerdote que había visto.
Este deseo me motivó a estudiar el Catolicismo, y cuanto más estudiaba,
más me sentía atraído hacia el sacerdocio. Cierto día, leyendo en una
revista un artículo sobre un obispo converso a la fe católica, pensé: ¿Y por
qué no escribirle? En mi carta le expliqué mi situación y le pregunté cómo
un metodista podía llegar a ser sacerdote católico. Para mi sorpresa, él me
respondió muy pronto. "Para ser sacerdote tienes que ser antes católico²,
escribía el obispo.
Y continuaba: "Ser un sacerdote significa vivir como Jesucristo, esto es,
rezar como Jesucristo, sacrificarse como Jesucristo, y hacer la voluntad de
Dios como Jesucristo. Pero sobre todo el sacerdocio significa dar el cuerpo
y la sangre de Jesucristo a los demás. Nadie puede hacer esto a no ser un
sacerdote. Yo tuve que recorrer un largo camino para llegar al sacerdocio
pero valió la pena el sacrificio". Esta carta me convenció a dar el gran
paso hacia mi conversión al Catolicismo y hacia el sacerdocio. La vi como
una luz verde de parte de Dios.
Unas semanas antes de irme al seminario, uno de mis amigos me acusó de
tener una imagen idealista e irreal del sacerdote. Me preguntó, "Oye Andy,
¿por qué quieres ser sacerdote cuando hay tantos sacerdotes que abandonan su
sacerdocio y dan mal ejemplo?" Respondí: "Porque los sacerdotes no son el
sacerdocio; los sacerdotes son ordenados para vivir el sacerdocio que viene
de Cristo. Los sacerdotes tienen que trabajar para ser santos a través de la
oración y el sacrificio como todos los demás. No tienen una santidad
innata". Al final de la conversación lo único que me dijo fue: "Espero que
no te arrepientas más tarde".
Once años después, puedo decir que no me he arrepentido de nada. Mi largo
camino de la iglesia metodista al sacerdocio se acerca a su fin. Así como el
camino estrecho del evangelio, este camino no ha sido fácil. Pero, al mismo
tiempo, nunca he sido más feliz, porque ser sacerdote significa vivir como
Jesucristo, el primer sacerdote. 

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