|
Entre sus preocupaciones de Pastor
universal, el Papa Pío X tuvo la más
grande solicitud por su diócesis de Roma: renovó el vicariato y
simplificó
su estructura para adecuarla a las necesidades de su tiempo.
Alejó de Roma,
haciendo que volviesen a sus respectivas diócesis, a los
eclesiásticos que
no tenían un encargo preciso. Creó para la periferia un buen
número de
parroquias, encargando la cura de las almas a los religiosos.
Amante de la música litúrgica, dio una pensión en Venecia al
Maestro de
la Capilla, y llamó al joven Lorenzo Perossi, al cual guió al
sacerdocio y
nombró después director perpetuo de la Capilla Sixtina. Para la
reforma del
canto sacro instituyó en Roma el Instituto Superior de Música,
que ha
animado en todo el mundo el progreso de un arce que debe a la
riqueza de los
dogmas del cristianismo sus más originales y valientes
desarrollos.
Sobre las huellas de León XIII se dedicó a que en los seminarios
y en las
Facultades católicas se volviese a la genuina doctrina de Santo
Tomás.
Mientras era Obispo, explicaba esta doctrina a los clérigos de
Mantua y
Venecia; y ya siendo Papa, puso a su alrededor teólogos y
filósofos de
segura ortodoxia tomista.
Pero su cruz -y al mismo tiempo el monumento más grande de su
pontificado- fue la condena del Modernismo. Ya siendo obispo
había
advertido, con el instinto de la fe, la insidia funesta de la
nueva herejía;
una vez que subió al solio pontificio, intensificó la búsqueda
del error que
corría por todas partes, entre los laicos y el clero, arrojando
la confusión
y destruyendo la buena fe, también muchas veces de las altas
jerarquías de
la Iglesia: la lucha contra el modernismo es, tal vez, la
actividad más
propia de la persona de Pío X -y aunque parezca paradojal- es la
que mejor
refleja la estatura y medida de su espíritu.
Después de tantos años de investigación y de estudio tomó la
deliberación, de la que ninguna cosa pudo retirarlo: el 21 de
julio de 1907
apareció el decreto Lamentabili, el Silabo antimodernista que
recoge más de
65 errores de esta nueva doctrina respecto a todos los puntos
vitales de la
fe católica (la Sagrada Escritura, el magisterio eclesiástico,
la revelación
divina, el significado de los dogmas y en particular el de la
divinidad de
Jesucristo, la naturaleza de los sacramentos y la autoridad del
magisterio
eclesiástico).
En septiembre del mismo año salía la encíclica Pascendi que daba
la
síntesis lógica e irrefutable del sistema modernista con las
disposiciones
para combatirlo dentro del seno de la Iglesia. Para evitar toda
ambigüedad y
compromiso, en lo que eran inagotables los autores de las nuevas
doctrinas,
el 1 de Septiembre de 1910, con el Motu propio Sacrorum
Antistitum,
publicaba la fórmula del ³juramento antimodernista², obligatoria
en la
asunción de los oficios y beneficios eclesiásticos y en la
asignación de los
grados académicos.
La Pascendi - considerada en su contenido, en el proceder y
también en el
estilo del texto inconfundible - es un documento entre los más
decisivos del
Supremo Magisterio - incluso el más importante después del
Concilio Vaticano
y como la inmediata prolongación de éste - al cual la vida y la
doctrina
cristiana de esta primer mitad del siglo deben su propia
fisonomía
espiritual y la propia salvación. Entre todos los actos de Pío
X, la
Pascendi sigue siendo el documento más insigne de su
pontificado, el broche
de oro de aquel dique puesto a la tarea de los modernos errores,
que desde
un siglo ocupaba la obra del pontificado romano para la defensa
de la
ortodoxia.
Su característica está en la estructura formal fuertemente
teorética, que
le confiere una fuerza persuasiva de singular transparencia que,
en el decir
de Giovanni Gentile, la hacen "una magistral exposición y una
crítica
magnífica". Es mérito de la Encíclica haber recogido bajo el
común término
de "modernismo" una extraordinaria avalancha de errores, y de
haberlos
reconducido con férrea lógica a los principios fundamentales.
Los errores ya denunciados por Lamentabili son retomados por la
Encíclica
y puestos al descubierto en su génesis y comprensión reales,
quitándolos de
aquel aluvión de indeterminación a los que estaban
intencionalmente puestos
por los promulgadores: en este sentido, y a tan poca distancia
del Decreto,
la encíclica da una exposición original y nueva de los errores
ya evidentes,
con un dominio tal de la terminología y de la técnica
adversaria, que dicha
exposición es, tal vez, única en un documento de tal género, y
que debía por
eso reconducir por la recta vía a los que todavía de buena fe
podían militar
en las filas del error.
El así llamado Programa de los modernistas, salido en noviembre
1907 como
réplica de la Encíclica, acepta y depende también éste de la
impostación que
había dado la Encíclica a su doctrina. Sabemos por el Sumario
que el Papa
había hecho preparar la materia de la primera parte de la
Encíclica por tres
colaboradores entre los cuales figuraba un modernista auténtico
(un hecho
que representa su audacia, y es, tal vez, único en la historia
de la
Iglesia): así el error fue descubierto en su escondite más
secreto, y sus
productores no tuvieron vía de escape.
El Papa fue imbatible en la aplicación de los remedios contra
los
recalcitrantes y cuantos querían esconderse tras la cortina de
la
anfibología: se mostró, sin embargo, paternal y usó todo medio
pata
arrastrar tras de sí a cuantos veía animados por el amor a la
verdad; y es
conocido también que tomó directamente la defensa de la
ortodoxia del gran
cardenal Newman, que la propaganda modernista usaba como
corifeo.
El problema
del modernismo
La conducta del Papa en sus cautelas contra el modernismo
pareció a
muchos demasiado fuerte hasta el punto de ser considerada como
una
injusticia, como si hubiese aceptado denuncias demasiado
temerarias sobre
obispos y cardenales cuya ortodoxia y fidelidad a la sede
apostólica ninguno
debería dudar: estos lamentos que cuenta el Sumario sin
reticencia, son
documento de la objetividad y la pureza de espíritu con que la
Iglesia
instituye el proceso de santidad de sus hijos hasta que sean
colocados en
trono más augusto.
Estos juicios discordantes, algunos expresados con las fórmulas
más
drásticas, sirvieron a la causa para purificar el conocimiento
de una
santidad que estaba toda en la fidelidad absoluta a aquella
preservación de
la fe que empuja a los mártires al sacrificio cruento. Así se
sostuvo el
Maestro Infalible en las decisiones más graves.
La severidad del Papa tiene su íntima razón en el horror extremo
que Pío
X tenía por la herejía, en la angustia mortal que sentía por la
amenaza del
modernismo, que inyectaba su veneno en las vertientes mismas de
las verdades
del cristianismo y de toda religión que se apoya en la
trascendencia. Su
figura se yergue con la misma firmeza de los padres apostólicos
que tuvieron
que luchar contra las insidias del gnosticismo hebreo y
helenístico: el
modernismo es el gnosticismo de nuestros tiempos, el producto de
tres siglos
de una filosofía que buscaba liquidar definitivamente el
Absoluto.
Y, después de haber disuelto la desangrada religiosidad
protestante en el
ateísmo de la teología liberal, se preparaba para dar sepultura
al mismo
catolicismo. Considerando este terrible enemigo de tal
naturaleza -que la
Iglesia, después de la rebelión de Lutero no había nunca tenido
uno igual-
el Papa advirtió, como en una herida invisible de destrucción
interior, la
amenaza del huracán en toda su nefasta potencia: por lo tanto,
no nos debe
maravillar si, en el enfurecerse de la tormenta, el timón haya
estado en las
manos de uno sólo y que éste diese como golpes enérgicos para
salvar la
barca de los peligrosos riscos.
La historia de la Iglesia, en las décadas que siguieron, ha dado
pleno
testimonio de esto: el modernismo golpeado en el corazón se
desvaneció
inmediatamente y no resurgió más que en episodios esporádicos;
los rebeldes
obstinados se perdieron en la vanidad de sus pensamientos
denigrándose
mutuamente; la vida de la Iglesia retomó renovada su camino. Las
ciencias
escolásticas, estimuladas por el peligro, reflorecieron por
doquier y, con
la guía de las instrucciones pontificias, renovaron sus propios
métodos
según los descubrimientos últimos de la investigación científica
para
responder de modo más adecuado a los legítimos planteos de la
más madura
conciencia moderna. Si hoy, en las facultades pontificias y en
los
seminarios, la filosofía, la teología las ciencias bíblicas e
históricas se
reorganizaron en todos los sectores sin temerarias concesiones o
pávidas
restricciones, se debe especialmente al grito de verdad lanzado
por la
Pascendi: por este hecho ésta le da el gran título de gloria, no
solo
espiritual sino también humano, al pontificado de Pío X.
Estas escasas líneas sobre la obra y la persona del pontífice
distan
inmensamente de la realidad: la obra y el alma de un Papa,
inmolado en su
misión universal de paternidad por las almas, se sustraen en el
secreto de
su comunión con Dios, cosa que para nosotros es inconmensurable.
En este
punto, la Iglesia, que lo tuvo como cabeza infalible, justamente
en este
momento en que lo hace subir a los altares, nos permite
considerarlo un poco
más en su genuina fisonomía y lo hace entrar en las proporciones
de su
efectiva existencia, dentro del escenario de la vida y de la
misión de un
tiempo. Entonces, habiendo acortado distancias, la figura de Pío
X crece en
grandeza y esplendor, pues se nos hace más evidente aquella
santidad que él
conquistó por el duro precio de las luchas y las renuncias.
Bajo la bondad del trato, aspecto sobre el cual se volcó
ávidamente la
literatura barata para un fácil uso apologético o denigratorio,
el Papa
Sarto escondía una personalidad rica y compleja, resistente como
el
diamante, que desconcertaba a los miopes y a los débiles de
ánimo: los
recuerdos del Cardenal Merry del Val abren en este punto un
insospechado
mundo, que otros textos insinuaron con referencias sintomáticas
a las otras
facetas de su vida.
Resulta, por lo tanto, que en Pío X había surgido por naturaleza
un
carácter fogoso y sanguíneo que alcanzaba a veces formas de
ímpetu y de
desdeño también impresionantes, especialmente en los primeros
años en que
trabajaba en la cura de almas: en Tambolo y en Salsano hay
todavía algún
anciano (ya lo dicen los textos del proceso) que recuerda sus
bofetadas
durante el catecismo que ponían inmediatamente en su lugar a los
más
inquietos.
Esta firmeza no retrocedía cuando encontraba grandes desordenes
morales:
ya sea como obispo y cardenal, como también siendo Papa, no
quiso nunca
aceptar los indignos. Alma cristalina, no toleraba los dobleces
de parte del
que sea, y cuando se daba cuenta de que se quería sorprender su
buena fe,
difícilmente los readmitía a su confianza. Su juicio era
cortante como una
espada y no erraba el tiro.
Del aislamiento en que se encontró en los momentos más críticos,
y de los
que incluso se le echaron culpas, no se lamentó nunca; y es más:
se dolía y
protestaba solamente cuando veía golpeados o atacados a sus
colaboradores,
especialmente el Cardenal Merry de Val y Monseñor Canali, porque
quería el
cáliz amargo sólo para sí.
Después de haber dado ejemplo de total sujeción como capellán,
como
párroco, como Obispo y como Cardenal, exigía obediencia
absoluta, pero con
perfecta lealtad. En Venecia vituperó en presencia de los
clérigos al
archiprete de San Marcos, Monseñor Apollonio, por haber hecho
sonar la
salida de la Misa, contra sus precisas indicaciones, durante la
homilía
pontifical.
Todavía como Patriarca de Venecia se opuso -con una carta
dirigida al
Papa, admirable por su vigor y su conmoción pastoral- a la
nómina pontificia
de un concurrente a una importante parroquia urbana que había
combatido con
el apoyo de potente protección; y León XIII fue herido por la
vehemencia de
un corazón del cual conocía el timbre, hizo anular la nómina y
aceptó el
candidato del Patriarca que colmó de lleno sus expectativas. Y
ya siendo
Papa, cuando se debían hacer grandes decisiones transcurría
mucho tiempo en
oración y recogimiento; pero cuando llegaba el momento de tomar
la decisión,
la voz y el aspecto de su persona tenían tal firmeza que nadie
hubiera osado
contradecirlo.
Era el irradiar exterior de su fe teológica que bebía en su
vertiente y
que infundía a los mismos colaboradores suyos, como atestigua el
Cardinal
Merry del Val, una impresión mixta de fe y de desaliento, como
si se
sintiesen proyectados sobre el trono del Absoluto.
Se puede decir, sin temor a errar, que esta fortaleza en la fe
fue la
virtud característica de su pontificado: por encima de todo, él
ponía su
misión de maestro universal de las almas y no conocía término
medio: entraba
casi por instinto al núcleo de las cosas y en pocas palabras
sabía expresar
la esencia de una situación y proponer remedios.
Así como sabía pasar por alto generosamente las inevitables
miserias de
la fragilidad humana, era, al mismo tiempo, inamovible sobre
cuestiones de
principios: contrariado sobre algún argumento que había
estudiado a fondo
reaccionaba con ímpetu realzando la voz y golpeando el puño
sobre la mesa.
Pero sabía también rápidamente recomponerse: el rostro retornaba
a la
habitual expresión de benevolencia y el corazón se abría
afectuosamente
apenas se daba cuenta de que el interlocutor había entendido el
ánimo y el
sufrimiento del Papa.
Con los opositores personales, que tuvo numerosos y tenaces,
nunca
conservó rencor o hirió, sino que dejó a cada uno en su puesto,
buscando la
más de las veces una distensión de los ánimos; que no raras
veces le fue
negada, incluso en los últimos tiempos y muy a pesar suyo. Los
defectos que
tuvo, como los santos más heroicos, los combatió con igual
decisión y fueron
la escalera de su santidad.
Los testimonios del proceso, especialmente de aquellos que le
estuvieron
vecinos cuando Papa, concuerdan en referir la arcana y celestial
impresión
que trasparentaba en su persona, cuando era sorprendido en su
recogimiento u
oración, o simplemente cuando el discurso o el argumento
llegaban a las
cosas más altas.
Sin embargo, en su vida privada su alma amaba expandirse con la
exuberancia de una cordialidad que derramaba entorno a sí el
agua viva de la
alegría, que le brotaba en el corazón. Es conocido de qué modo
huía del
mínimo mostrarse o de la exhibición, que está fácilmente en
asechanza a los
poderosos para hacerles perder la exacta medida de las propias
fuerzas:
verdadero Sócrates cristiano, sobre la hulla de San Felipe Neri,
sabía
encontrar la frase concisa que denunciaba la vanidad de todo lo
finito y
revelaba la indestructible fe en Dios.
Es explícita la convicción de algunos testigos, los cuales lo
conocieron
durante largo tiempo en íntima compañía, que en Roma su virtud
obró en él la
profunda transformación de la santidad: con el pasar de los años
ésta se
volvió cada vez más nítida en el cumplimiento de la altísima
misión, y esto
confirma el excepcional empeño del ascenso espiritual. Llegó al
supremo
pontificado en contra de toda previsión y con su más desolada
consternación;
aunque-como figura en los datos del Sumario-, él lo había ya
predicho mucho
tiempo antes, cuando bromeaba al hablar de sí mismo.
Desde la única cátedra de verdad que Dios ha puesto sobre la
tierra,
Giuseppe Sarto renovó, con la magnificencia de sus pensamientos
y la firmeza
de sus propósitos, el rostro de la Esposa de Cristo, asumiendo
para sí todas
las pruebas, las ansias y los dolores de sus hijos. Robusto en
su físico
como en un roble, incluso durante la edad avanzada, declinó
rápidamente
perseguido por el dolor producido por la guerra de 1914,
prevista por él ya
desde 1911 y desencadenada a pesar de sus más vivas instancias y
sus
cuidadosos llamamientos. La visión: consternada de tantos hijos
inocentes
que iban a la masacre por la inútil y delictiva ambición de los
poderosos,
le cambió todo deseo de vivir apagándolo como puro holocausto.
Traducción:
R. P. Lic. Gonzalo Gelonch,
I. V. E.
Fuente: Revista Diálogo.
Subtítulos de Nueva Lectura.
|
 |