logonlnew.JPG (11068 bytes)

Devociones

El Niño Jesús de Praga
 

Es muy difundida la devoción por esta imagen de Jesús en su infancia, presentado como rey. Sin embargo, la leyenda se mezcla con la realidad en una bella historia.

Todas las cosas tienen un poco de leyenda y también la imagen del Milagroso
Niño Jesús de Praga tiene la suya y muy bella por cierto. Allá por el final
de la Edad Media, entre las españolas Córdoba y Sevilla, hay un monasterio
famoso, lleno de monjes con largas barbas y ásperas vestiduras. Después de
una incursión de los moros que pueblan la zona, queda reducido a ruinas, y
sólo cuatro monjes se salvaron de la catástrofe. Entre ellos está fray José
de la Santa Casa, de corazón de santo y cabeza y manos de artista, pero con
un amor desbordante a la santa infancia de Jesús.
Un buen día fray José estaba barriendo y de repente se le presenta un
hermoso niño que le incita a recitar el Ave María. Fray José deja a un lado
la escoba, se recoge, junta las manos y con los ojos bajos, comienza la
salutación angélica. Al llegar a las palabras "et benedictus fructus ventris
tui" (y bendito el fruto de tu vientre), el niño le interrumpe y le dice:
- ¡Ése soy yo! -
Y enseguida desaparece. Fray José lo llama extasiado, le pide que vuelva.
Pero Jesús no vino. Y fray José, seguía llamándolo día tras día, en la
celda, en el huerto, en la cocina...en todas partes. Al fin un día sintió
que la voz de Jesús le prometía regresar para que él le hiciera una imagen
suya de cera.
Fray José se entregó con ilusión a modelar una estatua de cera del Niño
que había visto. Hacía una y la deshacía, para hacer otra, pues nunca estaba
conforme, y cada una que hacía le salía más bella que la anterior, y así
pasaba el tiempo, esperando que regresase su amado Jesusito.
Y por fin llegó el día en el que rodeado de ángeles, se le presenta el
Niño Jesús y fray José, en éxtasis pero con la mayor naturalidad, pone los
ojos en el divino modelo y copia al Niño que se tiene delante. Cuando
termina y observa que su estatua es igual al sagrado modelo, estalla en
risas y llantos de alegría, cae de rodillas delante de ella y posando la
cabeza sobre las manos juntas, muere. Y los mismos ángeles que acompañaron a
su Niño Jesús, recogieron su espíritu y lo llevaron al Paraíso. Los
religiosos enterraron piadosamente el cuerpo del santo lego y con particular
devoción colocaron la imagen de cera del Niño Jesús en el oratorio del
monasterio.
Aquella misma noche fray José se apareció en sueños al prior,
comunicándole lo siguiente: "Esta estatua hecha indignamente por mí no es
para el monasterio. Dentro de un año vendrá doña Isabel Manríquez de Lara, a
quien se la daréis, quien a su vez se la entregará a su hija como regalo de
bodas, quien la llevará a Bohemia y será llamado ³Niño Jesús de Praga² entre
los pueblos y naciones".
Y efectivamente al año en punto, doña Isabel Manríquez de Lara, en un
viaje de recreo por la zona, topó con las ruinas del monasterio, y el prior,
ya único superviviente le entregó la imagen del Niño Jesús, contándole su
fascinante historia. La dama llena de alegría, retornó a su castillo de
Sierra Morena, muy cerca de Córdoba. Y aquí la leyenda deja paso a la
Historia...

La Historia de la imagen

Tanto la leyenda del origen de la preciosa imagen de manos de fray José
de la Santa Casa, como otras que corren en torno a su origen teresiano nos
llevan a la idea de que la preciosa imagen del Niño Jesús es de origen
español, y más concretamente andaluz.
Josef Olsr, escribe: "Las numerosas copias del milagroso Niño Jesús de
Praga, esparcidas por el mundo, se asemejan al original sólo
esquemáticamente. Presentan, en efecto, las facciones de los niños nórdicos,
mientras que el original tiene rasgos moriscos, es decir, ojos vivos y
cabellos negros, coloreados a intervalos de ocre, lo que explica
precisamente su origen español. Efectivamente cuando en la segunda mitad del
siglo XVI, María Maximiliana Manríquez de Lara se casaba con Vratislav
Pernstejn, en la región meridional de la península ibérica era habitual este
estilo llamado "gitano". En conclusión, el origen español de la Milagrosa
imagen del Niño Jesús de Praga se apoya en dos argumentos: primero haber
sido llevada desde España, y segundo, porque las características de la
escultura corresponden a la escuela de escultura religiosa andaluza del
siglo XVI.

Origen de la devoción

Cuando en 1526 un Habsburgo se ciñó la corona de Bohemia, los enlaces
entre las familias nobles españolas y eslovacas se repitieron, siguiendo el
ejemplo del mismo emperador Maximiliano, que desposó con la infanta María,
hija de Carlos V, su primo. Cuando la emperatriz partió para Praga en 1547,
entre sus damas de la corte iba doña María Manríquez de Lara, hija de don
García Manríquez de Lara y de doña Isabel de Bregsano, de noble familia
italiana. En la casa solariega de los Manríquez de Lara se veneraba una
preciosa estatua del Niño Jesús. Cuando en 1566, la hija de la familia se
casó con el noble bohemio Vratislav de Pernstejn, se llevó a Praga con ella,
la imagen del Santo Niño Jesús, sea como regalo de bodas de su familia o por
simple devoción.
Fernando II, Emperador de Alemania, para manifestar su gratitud a Nuestro
Señor por la insigne victoria alcanzada en una batalla, fundó en 1620, en la
ciudad de Praga, un convento de Padres Carmelitas, conocido hoy como iglesia
de Nuestra Señora de las Victorias. Difíciles en extremo eran los tiempos
que atravesaba Bohemia, asolada por guerras sangrientas que tenían a Praga
presa de las más indecibles calamidades, a tal punto que el monasterio mismo
de Carmelitas carecía de lo indispensable para sobrevivir a las necesidades
más premiosas de la vida.
En esa época, se hallaba en Praga la piadosa princesa Polixena Lobkowitz,
quien sintiendo en el alma las apremiantes necesidades de los Carmelitas,
resolvió entregarles una pequeña estatua de cera heredada de su madre y
ésta, a su vez, de la suya, doña María Manríquez de Lara. Era una imagen que
representaba un hermoso Niño Dios, de pie, con la mano derecha levantada, en
actitud de bendecir, mientras con la izquierda sostenía un globo dorado. Su
rostro era muy amable y lleno de gracia; la túnica y el manto habían sido
arreglados por la misma princesa.
La estatua fue recibida con gratitud y colocada en el oratorio interior
del convento, donde fue objeto de la veneración de todos aquellos buenos
padres, distinguiéndose entre todos el padre Cirilo, quien con toda verdad
podría titularse el apóstol del divino Niño Jesús de Praga.
La promesa de la augusta donante se cumplió a la letra, y los
maravillosos efectos de la protección del divino Niño no tardaron en
manifestarse, pues muy pronto y en varias ocasiones se verificaron prodigios
y fueron milagrosamente socorridas las necesidades del monasterio.
Entre 1631 y 1642 la región estuvo asolada por la guerra y la miseria fue
mucha a causa del sitio de la ciudad. El monasterio fue destruido y la
estatuilla dañada por los vándalos y casi olvidada por los carmelitas.
Excepto por el padre Cirilo, de inenarrable devoción por el Niño Dios. Así,
nunca obtuvo de sus superiores autorización para gastar dinero en reparar la
imagen del Niño Jesús de Praga, hasta que en 1642 la princesa Lobkowitz
mandó edificar un nuevo santuario.
De todas partes acudían a postrarse delante del milagroso Niño los
pobres, los ricos, los enfermos, en fin, toda clase de personas hallaban en
Él remedio de sus tribulaciones.
Idas y venidas de la historia hicieron que los carmelitas perdieran la
custodia de la santa imagen hasta que en 1993 vuelven a hacerse cargo del
santuario y de la devoción por el Niño Dios en el templo de Nuestra Señora
de las Victorias, el más importante de Praga.

El Carmelo y el Niño Jesús

Tradicionalmente en el Carmelo Teresiano se ha tenido una especial
devoción a la infancia de Jesús, y esta devoción se puede ver concretada en
acontecimientos particulares que sucedieron a los santos padres de la Orden,
santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. La devoción a la Milagrosa
Imagen del Niño Jesús de Praga, no es más que el resultado de esta historia
de amor a la sencillez y a las virtudes del Santo Niño.
Se cuenta que santa Teresa de Jesús un día se sorprendió al ver un niño
dentro de la clausura monacal:
- ¿Y tú quién eres?
El niño le replicó a su vez con otra pregunta:
- ¿Y quién eres tú?
La madre respondió:
- Yo, Teresa de Jesús.
Y el niño sonriente le repuso:
- Pues yo soy Jesús de Teresa.
Santa Teresita del Niño Jesús rezaba diariamente ante una imagen del Niño
Jesús de Praga de su convento de Lisieux (Francia): "Oh pequeño niño, mi
único tesoro, tú te me muestras todo radiante de Amor. Yo me abandono a Tí.
Oh Jesús, mi pequeño hermano, no quiero otra alegría que la de agradarte. Mi
pequeño Rey, imprime en mí las virtudes de tu infancia".
En la imagen del Niño Jesús de Praga ubicada en el coro del monasterio de
carmelitas descalzas de Colonia (Alemania), reconocía santa Edith Stein un
signo de veneración a la santa infancia del Señor: "No sólo tiene poder
salvador la pasión y muerte de Cristo, sino toda su vida. Su asunción del
destino humano: también su infancia, su juventud, su encuentro con los
hombres, su rezar por la liturgia del pueblo judío, su íntimo hablar con el
padre del cielo, todo esto aconteció por nosotros, para nuestra salvación".

Imágenes del Niño

La imagen original del Niño Jesús de Praga, realizada en cera, mide 48
centímetros y representa a un niño de unos dos o tres años, vestido con una
túnica sencilla, y que bendice con la mano derecha. A esta imagen conforme a
la costumbre barroca, se le vistió con ropas de tela. Al Niño Jesús de
Praga, se le viste de Rey, con túnica y manto, así como elegante gola en el
cuello y en los puños. En la mano izquierda lleva una bola que simboliza el
mundo y está coronado con corona imperial. A partir de esta imagen original,
se han hecho cantidad de copias, algunas de vestir como la original, otras
de talla completa, es decir, con las ropas también talladas, pero siempre
respetando la iconografía clásica del Niño Jesús de Praga.
 

 

Apostillas de la Historiad

Humildad y grandeza del Papa Giuseppe Sarto
Por el R. P. Dr. Cornelio Fabro
(Primera parte)

Un meduloso análisis del filósofo italiano.   



Después de San Pío V, es decir, después de cuatro siglos en los que la
suprema gloria para una criatura no se posaba más sobre un Papa, esta gloria
toma ahora sobre Pío X no sólo para continuar la tradición de un Oficio y
una Sede, que por la santidad tienen el nombre y la excepcional misión; sino
también para una forma de recuperación de la "humana igualdad".
El Papa que con grandioso magisterio guía a la Iglesia en la vía de la
verdad, y con seguro juicio mueve al ejemplo a los mejores hijos, permanece
siendo, también él, una frágil criatura, sujeto al peso de la miseria
cotidiana y al arduo juego de las contingencias terrenas. Tal vez en ningún
cargo humano las características individuales afloran y se imponen de modo
tan sobresaliente, como en quien sube a este trono que es el primero por
grandeza; pero que exige a la criatura una medida sobre humana. Por esto
ninguna dinastía ha ofrecido tanta variedad y multiplicidad en la actuación
del idéntico ideal, como sí lo ha hecho el pontificado romano. En la
libertad de los hijos de Dios, el Papa da, en el cumplimiento de su misión,
una inconfundible impronta de sí mismo que se imprimirá en la Iglesia y
frecuentemente también en el mundo para marcar el camino de los hechos que
tienen en suspenso a los hombres.
De frente al mundo, a la Iglesia y también a sí mismo, el hombre que
llega a este vértice se debe transparentar sin subterfugios, consciente de
expresar la esencia más alta de la vida del espíritu. Por lo tanto, cuánto
más admirable resulta si, entre tantas angustias y dificultades, la vida del
Papa se purifica con simplicidad de espíritu en la suprema inmolación de sí
mismo; de tal modo que sepa dar el ejemplo vivo en sí mismo de aquella
virtud que debe juzgar en nosotros.

Santidad de un Pontífice

La santificación de Pío X nace, ante todo, de la voz del pueblo y es un
testimonio gozoso de la unidad del cuerpo místico: casi como una renovada
presencia, en el juicio hecho de la gloria, de los humildes y de los
simples. Porque Pío X se había hecho, con la humildad y simplicidad
cristiana, como un vestido interior sin costura, en el cual únicamente sabía
reencontrarse y que en él había crecido con el crecer de su grandeza: en
cada escalón de su subida, lejos de ofuscarse y de reducirse a un recuerdo,
éste se hacía más rutilante y daba nuevo y más auténtico testimonio de él.
Él no sólo era conciente de que había nacido pobre, de haber tenido una
infancia atribulada y de haber realizado sus estudios con la ayuda de otros;
no sólo recordaba los sufrimientos de un tiempo, sino que sólo en esta
conciencia de "ser" pobre él reencontraba, en todas las nuevas dignidades a
las que Dios lo destinaba, como una "presencia" espiritual.
El alto ingenio que lo hizo siempre ser el primero entre sus compañeros,
el seguro juicio de los hombres y de los eventos, la habilidad de gobierno y
el mismo prestigio de una naturaleza excepcionalmente dotada, hubieran
debido empujarlo a la emancipación de aquello que ahora se llama "complejo
de inferioridad" para obligar a un reconocimiento que brotaba de la
evidencia de los hechos. Así sucedió con muchos grandes de la historia
-también en la iglesia - en los que los nacimientos humildes formaron el
fondo o la "situación negativa" para producir un contraste de mayor resalto
respecto a la consiguiente grandeza.
Para Pío X, hijo de un recaudador de impuestos, segundo hijo de una
numerosa prole, la humildad del origen y la angustia de las exigencias más
elementales de la vida se transformaron en su fisonomía como en un
"presente" que se intensificaba sin una vana exhibición; como el "amén" de
su espíritu al desarrollarse que él presentía y veía en cada etapa del
divino llamado.
Es muy conocida su inflexible conducta con respecto a los parientes a los
que amaba con intensa ternura pero ninguno de ellos se enriqueció ni
consiguió un buen puesto. El hermano no pudo trasferirse a Roma sino que
continuó en su modesto trabajo; las hermanas que llevó consigo, quiso que se
llamasen y se presentasen como "las hermanas del Papa", e hizo vender un
automóvil que les hablan regalado a ellas; se opuso a toda propuesta de
promoción de su sobrino monseñor Parolin. Muy tenaz en el recordar, incluso
siendo Papa, reconocía las personas más humildes de su tierra y se
entretenía con ellas hablando en su hermoso dialecto véneto que casi hacía
desaparecer la majestad exterior para bajar del cielo una más fulgida, que
arrancaba las lágrimas a sus interlocutores.
Consigo mismo no pudo siempre desahogar su deseo de humillarse por las
exigencias de la corte y de la majestad pontificia, de hecho los testigos
más cercanos atestiguan el suplicio que le ocasionaba el ceremonial y cómo
buscaba, en cuanto podía, reducir al máximo las distancias. Para sí no tenía
ninguna exigencia. El Sumario sobre las virtudes está lleno de perlas de su
franciscana alegría: siendo Papa tenía botones, aguja e hilos para los
pequeños remiendos; hizo venir de Venecia su cocinero Inchiostro, cuya
experiencia muchas veces sometía a dura prueba el estómago y el paladar de
los secretarios, pero no el del Papa que estaba contento de todo; prohibió
los aplausos en San Pedro y no permitía que se le besase el pie; participaba
de los Ejercicios Espirituales que se predicaban en el Vaticano poniéndose,
con simple naturalidad, entre el público. Es célebre el diálogo con el
cardenal Mathieu durante el conclave "Scis loqui gallice?- Nequaquam,
Domine-Ergo nos es papabilis- Deo gratias". Siendo Papa, cuando le
mencionaban que su bendición y el contacto con objetos suyos habían obrado
gracias y curaciones, lo socorría infaliblemente su superior humor: "Eh,
querido mío, en este mundo hay que hacer de todo". O también: "qué extraño,
¿cómo él se ha curado con mi chaleco y no yo?" Su más grande sufrimiento
era no poder dar siempre libertad a este íntimo impulso de su corazón, y
debió sufrir inmensamente sobretodo porque también él -como lo atestigua don
Orione- se dio cuenta rápido de "aquellas influencias mezquinas que suelen
tentar a los poderosos". Licenció a la guardia de servicio; suprimió el
escanciador y el acompañamiento de la Guardia Noble durante el paseo de la
tarde en los jardines vaticanos; redujo, cuanto pudo, la etiqueta por la que
sentía una inmensa incomodidad.

Las tentaciones en torno al trono

Rodeado de la pompa ineliminable de una sede que había sido construida
con los siglos, se sentía casi más prisionero en el alma que en el cuerpo.
Apenas subido al trono pontificio, a un representante del gobierno italiano
que quería explorar la dirección política del nuevo Papa, hizo que se le
responda (como muestra en el comentario monseñor Canali, que sustituía a
veces en las conferencias cotidianas al cardenal Merry del Val cuando estaba
enfermo):- "Decid al Gobierno que no quiero hacer política". En los
quehaceres más intrincados su expresión era: "yo miro al crucifijo". Tenía
la pasión por la simplicidad, pero no por la exhibición. De frente a un
personaje vanidoso que magnificaba los títulos académicos, dijo una vez: "yo
sé de uno que, sin ser doctor en teología, fue hecho monseñor, obispo,
cardenal... y Papa". Es también conocida su cortesía con los hebreos
-especialmente con el diputado Romanin-Jacur, que fue el brazo derecho de su
caridad en Mantua y en Venecia- cortesía expresada con la frase: "¡en Mantua
mis mejores católicos son los hebreos!".
Era simple, también, en la misma vida de piedad, que era profundamente
sentida, pero sin ningún alargamiento o superflua coreografía que no fuese
propia de la majestad del rito y del recogimiento interior: en la
celebración de la santa Misa esquivaba cualquier afectación y se mantenía en
el límite de la normalidad respecto a su duración; incluso más, atrapaba por
la conmovida pronunciación y el celestial candor, produciendo una impresión
que los presentes no olvidaban más. Decía el Rosario con sus íntimos;
recitaba a menudo el Breviario con dos secretarios suyos, Monseñor Bressan y
monseñor Pescini, a los cuales, cuando el ayudante no estaba pronto, servía
en una segunda Misa, que escuchaba en agradecimiento; como la sirvió a
algunos sacerdotes que se encontraba de paso en Mantua o en Venecia, entre
los cuales se puede contar a monseñor Ratti. Esta simplicidad reaparecía
junto a su caridad con los sufrientes y atribulados por la desgracia, como
si fuesen miembros vivos de su cuerpo, porque lo eran del cuerpo místico de
Cristo. Se sabía que ³prefería y quería más a los pobres que a los ricos²,
pero recomendaba usar también con éstos toda cortesía. Delante de la noticia
del terremoto de 1908 proyectó ir personalmente a Ressina y a Reggio
Calabria a llevar consuelo. Cuidaba él mismo la distribución de los auxilios
más urgentes y piadosos, asistido egregiamente por su habilidad
administrativa.
Lo puro y simple de su fe estaba en el juicio seguro de sus cosas y de
los hombres, sin dobleces ni involuciones. A monseñor Pasetto, que se
presentó en audiencia primera para predicar los Ejercicios Espirituales
recomendó con acento firme: "muerte, juicio, infierno, paraíso: he aquí los
argumentos de los cuales tienen necesidad el Papa y los Cardenales". Después
de la primera predicación agradeció rápidamente al predicador: "bien, padre,
así está bien". Adversario de la concepción de la "carrera", hablando con
los Cardenales los amonestaba con un estilo que hace acordar al de Santa
Catalina: ³vuestra púrpura no os salvará de la justicia de Dios si no es
honrada con las buenas obras".
Cuando la masonería dominante privó de todo haber a los obispos
portugueses, llamó a monseñor Pacelli pidiéndole que estudie el proyecto de
ayuda, el cual consistía en un gasto de un millón; pero el Papa no dudó un
instante en ayudar a sus hermanos en el episcopado vaciando hasta la última
lira el tesoro vaticano. El día siguiente, un desconocido venido del
exterior le ofreció al Papa la donación de un millón exacto. "He aquí,
comentaba Pío X, cómo salen, así entran".
También, de toda la persona de Pío X salía un arcano sentido de grandeza
que no ponía, sin embargo, ficticias barreras de distancia. La vasta obra de
reforma de la Iglesia es la prueba, y pone su pontificado por la dificultad
de los tiempos, la urgencia de los remedios, la generosidad de las empresas
y la fortaleza de ánimo en el llevar esto a su término-, lo pone junto a, y
bajo la misma luz, del de Pío V, que salvó del islamismo la fe del Occidente
cristiano: Pío X salvó la Iglesia de la amenaza de todas las herejías de la
cultura moderna, de la política, de la economía, de la ciencias históricas y
positivas, de la filosofía, de la teología nueva caída de más allá de los
Alpes.
La entera vida dedicada al ministerio personal en el contacto directo con
almas a lo largo de todos los grados de la jerarquía: desde capellán,
párroco, obispo y patriarca, le había dado un conocimiento de los hombres de
las condiciones más dispares; develándole todas las contingencias de la
humana debilidad y de las pasiones, las cuales, entre los mismos católicos,
molestan, a menudo, la vía del bien.

Íntima libertad

El hecho de haber transcurrido la mayor parte de la vida fuera de toda
forma de burocracia permitió -subido al trono pontificio- una convicción de
espiritual libertad, que molestó y turbó a no pocos hombres, ligados a la
fuerza de la tradición. Se sabe que el hecho más relevante de su
independencia de juicio fue la nómina de Secretario de Estado a la persona
del joven monseñor, ya secretario del cónclave, Merry del Val. La grandeza
de su obra de regeneración espiritual de la Iglesia se muestra sobre todo -y
muchos testigos del proceso insisten expresamente- en los siguientes actos
prudentes:

1-La prohibición del veto en el cónclave, por parte de cualquier potencia, y
la constitución sobre el cónclave por la que se ha regulado hasta ahora la
elección de sus sucesores. Aunque, como ha demostrado con la evidencia de
las cifras en sus medidos Recuerdos el cardenal Merry del Val, la elección
de Pío X no fue la consecuencia del veto del emperador Francisco José,
llevado por el cardenal Puzyna, porque su candidatura era ya alta cuando fue
leído el veto.

2-La codificación del Derecho de la Iglesia -ya auspiciada por el Concilio
Vaticano- porque estaba compuesto por una cantidad de leyes que formaban un
tormento para los obispos que debían aplicarlas y hacerlas aplicar. Pío X,
apenas fue elegido, formuló el proyecto, eligió la comisión y redactó, de su
propio puño, las normas de trabajo; recibiendo, por ciertos períodos casi
cada día, al secretario monseñor Eugenio Pacelli con el cual discutía punto
por punto lo obrado por la Comisión, felicitándose por el inmenso trabajo
del cual incluso no pudo ver el fin. (Su obra es recordada en toda su
grandeza: ya sea por la constitución Providentísima mater Ecclesia de
Benedicto XV, que en 1917 promulgaba el nuevo código de Derecho Canónico; ya
sea por el presidente de la comisión el cardenal P. Gasparri en el prefacio
que hace al afortunado trabajo).

La reforma de la vida cristiana

Antes que nada, sus disposiciones para la formación moral e intelectual
del clero joven: a él se debe la idea y la erección de los primeros
seminarios para las regiones en donde la estrechez de las diócesis no
garantizaba, en los pequeños seminarios diocesanos, un curso de estudios
adecuado.
En el 50 aniversario de su sacerdocio, publicó, con fecha 4 de agosto de
1908, la admirable Exhortatio ad Clerum, escrita toda de su puño, como lo
atestigua el Cardenal Merry de Val, en poco más de 15 días en los momentos
libres. Siendo un espíritu práctico y testigo directo del sentir popular,
redujo a diez el conspicuo número de las fiestas de precepto, con la precisa
intención de disminuir los pecados, a los cuales el dinamismo moderno y el
relajamiento de la fe exponen a los fieles: en esto fue inamovible y rebatió
todas las observaciones y propuestas declarándose dispuesto a eliminar
también las fiestas que quedaron, y hasta dispuesto a transportar el
nacimiento del Señor al día domingo que resultase en ese momento, porque los
fieles en la mayoría no lo observaban. Simplificó y reordenó el Breviario,
aligerando el día domingo para que a los sacerdotes les quedase el tiempo
necesario para atender a los sagrados misterios, en beneficio de las almas.
Amonestaba a todos, y especialmente a los obispos, a la inmolación más
generosa de sí en el propio deber, y es memorable el discurso que dio a los
catorce Obispos franceses consagrados por él y enviados a sus respectivas
diócesis privadas de todo beneficio después de la ruptura con el gobierno de
Francia. Pío X es el pontífice del catecismo, del que atendió personalmente
la nueva redacción todavía en vigor: los primeros años del pontificado, en
el atardecer del domingo, explicaba a los fieles de las parroquias de Roma,
reunidos en el atrio de San Dámaso, las verdades fundamentales; con la llana
y fácil comunicación de pastor bueno, renovando entre las ovejas del Divino
Pastor la dulce presencia del Salvador. Queda en una aureola de angélica luz
y de fragancia de lirios el Decreto "Quam singularis", que anunciaba la
admisión de los niños a la primera comunión, apenas hubiesen llegado al uso
de razón; y que él defendió siempre afirmando que: ³¡Tenía Dios que tomar
posesión de las almas inocentes antes de que conociesen el mal y entrase en
ellas el diablo!".

En el próximo Número, Segunda y Última Parte.

Traducción:
R. P. Lic. Gonzalo Gelonch,
I. V. E.

Fuente: Revista Diálogo.
Subtítulos de Nueva Lectura 

Centro de Difusión de la Buena Prensa Nueva Lectura - Ediciones Anteriores