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Ciencia
La arqueología confirma a la Biblia
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Estudios arqueológicos en la mesopotamia asiática confirman la
existencia de
un gran diluvio en la zona, en la misma
época en que lo sitúa la Biblia.
Restos de Sodoma y Gomorra. |
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Una mañana de 1929, en los
periódicos de todo el mundo apareció un titular
que hizo estremecer de incrédula emoción a un millón de
lectores: "Hemos
encontrado pruebas del Diluvio Universal''
La noticia despertó expectación. Hasta entonces, se contaban con
los
dedos de la mano los estudiosos dispuestos a admitir que el
relato de la
Biblia a propósito del Diluvio se refiriese a un hecho
histórico. La mayoría
de ellos lo definía como una "piadosa leyenda", y juzgaba
"científicamente
imposible" un acontecimiento tan catastrófico: el fin de toda
una
civilización, sumergida por un gigantesco alud de agua. Pero la
noticia de
los periódicos procedía de un origen autorizadísimo: el ilustre
arqueólogo
inglés sir Leonard Wooley, que por entonces terminaba su sexto
plan de
excavaciones en Ur, la capital mesopotámica de los sumerios,
recordada
también en la Biblia como patria de Abraham.
Curioso
hallazgo
La excavación hecha por Wooley en el desértico terreno
mesopotámico era
ya bastante profunda, pero los arqueólogos seguían sacando de la
tierra
restos preciosos de tumbas antiquísimas, objetos de metal, finas
cerámicas
trabajadas al torno. ¿Hasta qué profundidad guardaría el suelo
huellas de la
desaparecida civilización sumeria? Como respuesta a tal
curiosidad llegó,
por último, desde el interior del pozo, el grito de un obrero:
"¡Hemos
llegado al fondo!". Wooley comprobó que la excavación había
llegado a
terreno virgen, en el cual desaparecía, de repente, todo rastro
de
civilización. Aquel debía de ser, por consiguiente el estrato
primitivo
sobre el que se habían asentado los primeros habitantes de la
región.
Pero algo había que no se justificaba con aquella sencilla
hipótesis.
Bastaba, en efecto, una simple observación para percatarse de
que en el
fondo del pozo, resultaba visible algo que no era la tierra que
normalmente
se encuentra en la Mesopotamia. Se trataba, por el contrario, de
una costra
compacta de barro arcilloso idéntica a la depositada por el agua
después de
una inundación. Además, incrustados en la arcilla, aparecían
esqueletos
fósiles de minúsculos animales acuáticos ¿Qué significaba
aquello?
Alucinado por una idea, Wooley ordenó que prosiguiesen las
excavaciones.
Continuó la arcilla durante tres metros de espesor, y después su
intuición
se vio confirmada: debajo de la capa arcillosa recomenzaban los
rastros de
una civilización desaparecida, mucho más antigua que la
precedente.
La conclusión parecía ya clara: aquélla era la prueba tangible
de una
gigantesca inundación que había sumergido una civilización
entera. Las
aguas, al retirarse, habían depositado aquella espesa capa de
arcilla, que
había sepultado y borrado de la faz de la tierra toda clase de
restos.
La crónica
fiel de la Biblia
Otras excavaciones realizadas por el propio Wooley y otros
arqueólogos,
permitieron establecer un asombroso "cuadro de conjunto'' de la
situación.
Hace unos 5.000 años, el llano territorio de la Mesopotamia
estuvo sumergido
en una longitud de 630 kilómetros y un ancho de 160, bajo siete
metros de
agua, por lo menos. Aquella inundación, producida por lluvias
torrenciales,
por el desbordamiento del Tigris y del Eufrates, y por un
tremendo
maremoto, había acabado con toda forma de vida.
El Diluvio de que hablaba la Biblia había sido, efectivamente,
una
realidad. ¡La "piadosa leyenda" bíblica resultaba, pues, que era
un
auténtico y verdadero hecho histórico!
Que la Biblia contiene la historia de la alianza entre Dios y el
pueblo
elegido, es decir, que cuenta la historia de la salvación de la
humanidad
antes del advenimiento del Mesías, es cosa que ha sido siempre
fácilmente
admitida por todos aquellos que tienen una fe. Pero muy pocos,
al menos
hasta hace un siglo, estaban dispuestos a admitir que la Biblia
encerrase
también la crónica fiel de hechos históricamente comprobados,
Así, entre
ciertas personas, se había convertido casi en una costumbre el
hacer mofa de
todos los relatos bíblicos.
El filósofo francés Voltaire podía en pleno siglo XVIII
permitirse
sarcasmos de este orden: "La Biblia dice que Moisés escribió los
cinco
primeros libros del Antiguo Testamento. Sólo hay un detalle
insignificante
que impide que lo creamos: en tiempos de Moisés no existía
todavía la
escritura".
Pero el ilustre filósofo se habría quedado asombrado, si hubiese
podido
conocer las conclusiones a que ha llegado la moderna
arqueología. Moisés
vivió alrededor; de los años 1300-1200 a.C. y las excavaciones
han permitido
descubrir los documentos escritos, egipcios y mesopotámicos (es
decir,
pertenecientes a civilizaciones asimiladas también por el pueblo
hebreo)
¡que se remontan nada menos que al año 3500 a.C.! Por ello,
Moisés pudo muy
bien escribir su parte de Biblia, desde el momento en que en su
época la
escritura tenía ya, por lo menos, ¡una antigüedad de dos mil
doscientos
años!
Personas
y ciudades
En resumen: actualmente, todas aquellas que antes eran
consideradas,
sencillamente, "piadosas leyendas" de la Biblia, han sido
clamorosamente
confirmadas a voces hasta en los más insignificantes detalles
por los
arqueólogos. Un ejemplo evidente es el de la confirmación de los
diversos
nombres de personas y ciudades que se refieren a la remotísima
época de los
Patriarcas, los fundadores del pueblo elegido.
Los arqueólogos que descifraban las tablillas cubiertas de
escritura
cuneiforme encontradas en el palacio de Mari (que floreció antes
del año
1700 a.C.), experimentaron una curiosa sensación. En ciertas
misivas
enviadas al rey por los gobernadores y lugartenientes se citaban
nombres de
ciudades que a los oídos de los estudiosos, soñaban como
vagamente
familiares: Péleg, Serug, Najor, Téraj, Harán... ¿Dónde habían
oído antes
aquellos nombres?
Les bastó leer la Biblia en el pasaje en que se relacionan los
nombres de
los antepasados de. Abraham, el progenitor del pueblo hebreo.
Esta es la
descendencia de Sem (hijo de Noé)... Peleg... engendró a Reú.
Reú...
engendro a Serug. Serug. .. engendró a Najor. Najor... engendró
a Téraj.
Téraj... engendró a Abraham, a Najor y a Harán.
¡Aquellos nombres de ciudades venían a confirmar los nombres de
los
primeros patriarcas! ¿Cómo no aceptar, pues, las, conclusiones a
que han
llegado algunos, investigadores: que en la civilización
mesopotámica las
ciudades solían tomar el nombre del patriarca que en ellas se
asentaba con
su familia? De este modo, también los "extravagantes"
antepasados de Abraham
(1900 a.C., aproximadamente), gracias a los nombres de algunas
ciudades
situadas en la Mesopotamia del noroeste, han adquirido una
consistencia
histórica.
Sodoma
Y Gomorra
En tiempos de Abraham, las florecientes y corrompidas ciudades
de Sodoma
y Gomorra situadas, dice la Biblia, ³en el valle llamado de los
bosques²
(valle de Siddim), donde ahora está el ³mar de sal² (Mar
Muerto), fueron
destruidas por Dios, con un grandioso cataclismo, caracterizado
por
terremotos y por una misteriosa "lluvia de fuego", para
castigarlas por sus
pecados. El relato bíblico siempre ha encontrado un cierto
escepticismo
entre los científicos, hasta que los investigadores, trabajando
sobre el
terreno, han demostrado que la destrucción de Sodoma y Gomorra
es un hecho
histórico.
La región del Mar Muerto es muy abundante en azufre, betunes,
lava:
huellas inequívocas de una zona "cálida", es decir, rica en
manifestaciones
volcánicas. Además, el fondo de este mar muy salado presenta una
curiosa
característica. Está como dividido en dos grandes fosas,
separadas entre si
por un contrafuerte de rocas que casi aflora a la superficie.
Los geólogos
han aclarado que el más meridional de los fosos se produjo en
una época
histórica bastante reciente, alrededor del año 1900 a.C. En esa
época, la
orilla meridional se ahondó a consecuencia de un terremoto, y en
su lugar se
formo el nuevo foso marino. ¡El año 1900 a.C. es la época en que
vivió
Abraham! La orilla profundizada, ¿era, tal vez, el valle boscoso
de Siddim
en el que se alzaban las bíblicas Sodoma y Gomorra?
Navegando en una barca a una cierta distancia de la orilla,
sobre el foso
producido por aquel cataclismo puede observarse, en determinadas
condiciones
de luz, algo impresionante. Bajo la superficie del agua se
entrevén, todavía
hoy, los "contornos" de los espesos bosques, conservados casi
intactos por
el elevadísimo porcentaje de sal disuelta en el Mar Muerto.
Dejamos las conclusiones a un autorizado científico
norteamericano, Jack
Finegan, que escribió en 1951: "La destrucción catastrófica de
Sodoma y
Gomorra ocurrió, probablemente, alrededor de 1900 a.C. Un
minucioso examen
de los documentos literarios, geológicos y arqueológicos lleva a
la
conclusión de que la desaparecida tierra de aquella región
estaba situada en
el territorio actualmente sumergido por las aguas del Mar
Muerto, y que la
causa de la destrucción fue un gran terremoto, probablemente
acompañado de
rayos y explosiones, por la liberación de gases y por fenómenos
ígneos".
Leamos ahora la Biblia: "Entonces, el Señor hizo llover sobre
Sodoma y
Gomorra azufre y fuego de los cielos, destruyendo estas ciudades
y toda la
llanura, todos los habitantes de las ciudades y lo que crecía en
el suelo...
Abraham... dirigiendo la mirada hacia Sodoma y Gomorra y hacia
toda la
religión de la llanura vio que subía una humareda de la tierra
como la
humareda de un horno".
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Esquema que muestra las
consecuencias de la profundización en la orilla meridional
del Mar Muerto. Este cataclismo provocó, quizá, la
destrucción de Sodoma y Gomorra. Arriba, la zona, antes del
corrimiento del suelo. Abajo, la misma zona actualmente. |
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La Mesopòtamia, región
cuya capital era Ur. El trazado azul indica la extensión del
depósito de aluvión producido por el Diluvio. |
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El arqueólogo inglés Sir
Leonard Wooley observa algunos objetos encontrados durante
las excavaciones en la zona de Ur. Lo acompaña su esposa, el
capataz indígena y otros investigadores. |
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Una tablilla de arcilla
encontrada en Nínive, y que data del siglo VII a.C. conserva
escrito, en caracteres cuneiformes, el relato del Diluvio:
... "Seis días y siete noches sopla el viento. El Diluvio y
el viento meridional destruyen el país. Cuando llegó el
séptimo día, cesó el azote. descansó el mar, se calmó el
viento malvado, el diluvio cesó"... |
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Escrituras
Por P. Eliécer Sálesman
El Evangelio de la
corrección
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De cómo debemos tratar al hermano equivocado.
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Dijo Jesús: si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si
te hace
caso has salvado a tu hermano.
Si tu hermano peca. Jesús quiere que no despreciemos al extraviado
sino
que más bien vayamos en su búsqueda. El cristianismo no es una
comunidad de
"puros", sino una asociación de convertidos y de gente que necesita
convertirse. 0 como decía gráficamente San Francisco de Sales: "un
inmenso
hospital, lleno de enfermos del alma que necesitan curación".
Cuando la gente nos dice que los cristianos no somos santos debemos
reconocer humildemente que así es. Pero para que logremos ser santos
los que
no lo somos todavía, nos da hoy Jesús unos remedios muy oportunos. Y
entre
ellos el de la corrección fraterna.
Repréndelo
a solas
entre los dos
En vez de quedarte rumiando la ofensa y envenenando tu cerebro con
la
antipatía hacia él, o murmurando con otros acerca de su falta.
A solas, no delante de los demás. San Juan Bosco inventó un sistema
educativo muy especial y muy simpático, llamado "Sistema
preventivo". Este
sistema transforma en pocos meses a jóvenes indómitos y rebeldes, en
verdaderos modelos de virtud, Fue el que llevó a la santidad a Santo
Domingo
Savio y al terrible gamín vagabundo que se llamaba Miguel Magone
(cuyas
biografías recomendamos como óptima lectura para la juventud). Pues
bien,
San Juan Bosco en su sistema educativo recomienda continua y
repetidamente:
"No se reprenda ni se corrija en público sino en privado, lejos de
los
compañeros y empleando la mayor paciencia". Es como una repetición
actual
del mandato de Jesús en el evangelio de hoy.
Entre los dos: hablar las cosas cara a cara, soluciona mucho más
fácilmente los problemas. A veces nos damos cuenta de que el asunto
no era
tan grave como lo creíamos, y que por falta de suficiente
información nos
estábamos llenando de rencor y de antipatía.
Cuántos problemas se han solucionado porque alguien tuvo la valentía
de
ir a hablar personalmente con el que estaba ofendiendo y trata de
remediar
amigablemente lo desagradable que estaba sucediendo. A veces trata
uno de
corregir por carta o por publicaciones, y como las palabras escritas
son
fácilmente tergiversadas, el problema se aumenta y la amargura
crece. En
cambio en privado, de tú a tú, cuánto más fácil se logran limar las
asperezas. Diciéndole en privado lo que le tenemos que decir, el
hermano
conservará su honor y buena fama.
¿Tenemos estas delicadezas al corregir? 0, ¿más bien corregimos "con
la
delicadeza de un toro enfurecido en una tienda de porcelanas'?
¿Sabemos
decir las cosas en privado, o en cambio andamos propagando entre los
demás
los defectos de] prójimo? ¿Nuestras palabras tratan de salvar al
hermano, a
más bien lo que hacen es hundirlo más y más?
Cuando en la peste del tifo negro de 1866 quedaron huérfanos miles
de
muchachos pobres, recibió Don Bosco en su Oratorio de Turín un buen
grupo de
aquellos jóvenes abandonados. Algunos de ellos eran verdaderos
potros
indómitos. Andaban con puñal en la cintura y no aguantaban
corrección de
nadie. Insultaban a los superiores delante de todos y estaban listos
a
batirse a puñaladas con el que se atreviera a contradecirles.
Entonces el
santo educador optó por poner en práctica el consejo del evangelio.
Fue
llamando a solas a cada uno de ellos. Le demostraba que lo apreciaba
y que
deseaba ayudarle en todo lo que le fuera posible. Y con gran
paciencia y
mucha prudencia le iba haciendo ver lo defectuoso de sus bruscos
procederes
y cuánto iba a salir ganando si empezaba a ser más educado y más
respetuoso
con todos. Se fue ganando su amistad y a los pocos meses, aquellas
antiguas
"fieras humanas" eran unos verdaderos modelos de conducta y de buena
educación. Es que nada hay tan útil para educar y convertir, como
poner en
práctica los consejos de Jesús. Si los practicamos salvaremos a
nuestros
hermanos.
Si no te hace caso llama a otro o a otros dos, para que todo el
asunto
quede confirmado por medio de dos o tres testigos. Si no les hace
caso
díselo a la comunidad, y si no le hace caso ni siquiera a la
comunidad,
considéralo como a un pagano o un publicano.
Hay aquí una graduación progresiva:
1º. No resignarse a los fracasos cuando alguien no quiere dejar su
mal
camino. Continuar por otros medios tratando de salvarlo. Otros nos
pueden
ayudar en esto.
2º. No rechazarlo ni darlo por perdido sin haber empleado los otros
medios
para tratar de hacerle volver al buen camino. No juzgarlo uno solo.
El único
que sabe juzgar solo es Dios.
3º. No fiarse del propio juicio personal. Remitirlo al juicio
comunitario de
la Iglesia, que tiene más autoridad y mayor comprensión y mayores
luces de
Dios.
4º. Finalmente, si el hermano por su rechazo total se coloca él
mismo fuera
de la comunidad, ya no hay que tratarlo como uno de los nuestros,
porque no
lo es. Un pagano es el que no profesa la verdadera religión. Un
publicano es
el que se dedica públicamente a acciones que la religión condena. Si
él
mismo con su terquedad se empeña en no aceptar lo que la religión
pide y
recomienda se está portando como un pagano y un publicano, y como
tal hay
que considerarlo, No podemos cerrar los ojos y aceptar que el
hermano se
burle de Dios y de su religión. Y seguirlo tratando como si
estuviera siendo
fiel al Señor.
¿De veras tratamos a otros como publicanos y paganos solamente
después de
haber hecho todo lo posible por convertirlos? ¿0 sin más ni más ya
los
rechazamos después del primer intento de convertirlos? Las
comunidades
fervorosas tienen el peligro de hacerse sectarias (sectario es el
que sólo
acepta a los de su grupo y rechaza a los demás) y capillistas que se
encierran en la capillita de su propio grupo y desprecian a los que
no
piensan como ellos, y se dedican a criticar, despreciar y condenar a
los
demás.
Señor: que no condenemos a nadie, que no excluyamos a ninguno, que
no
desesperemos de la conversión aun de los más malvados y renegados,
mientras
no hayamos hecho los mayores y más constantes esfuerzos por
devolverlos al
camino de la salvación. (N. Quesson).
Os aseguro que todo lo que ateis en la tierra quedará atado en el
cielo,
y todo lo que desateis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Jesús repite aquí a la comunidad lo que ya le había dicho a Pedro (Mt.
16, 19) que lo que hacemos en esta tierra tendrá un eco en el cielo.
Lo que
aquí hacemos repercute en la eternidad.
En la antigüedad había una cueva llamada: "La Caverna del Eco". Y
tenía
la especialidad de que repetía tres veces lo que uno le gritaba. Así
que si
una persona gritaba allí en la entrada de la cueva: "Te amo" -el eco
le
respondía tres veces: "Te amo, te amo, te amo". Y si alguien
gritaba: "Te
odio" el eco repetía tremebundo por entre aquellas oscuridades, tres
veces:
"Te odio, te odio, te odio". Pues algo parecido nos sucede con la
eternidad:
Todo lo que aquí hacemos o decimos, va a tener un eco muy prolongado
en
el más allá. ¿Ahora perdonamos? Allá se perdonará también. ¿Ahora
nos
negamos a perdonar? Allá también se negará el perdón. Las relaciones
que
tengamos con nuestros prójimos en esta vida se prolongarán por la
eternidad.
Por eso conviene pensar qué es lo que queremos que el eco repita en
la
eternidad, para irlo diciendo y haciendo nosotros desde ahora mismo.
Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo para pedir
algo, se
lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos
en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Jesús quiere que sus discípulos estén de acuerdo y se reúnan en su
nombre. Y a quienes cumplan estas dos condiciones les hace
maravillosas
promesas: que obtendrán lo que piden, Y que el mismo Cristo estará
en medio
de ellos.
Desafortunadamente nos faltan muchas veces estas dos condiciones tan
necesarias: vivir de acuerdo unos con otros y reunirnos para orar.
No
olvidemos que si Jesús se hace presente en un grupo, todo lo bueno
se puede
esperar, y todos los éxitos espirituales y apostólicos vendrán sin
demora.
Jesús quiere recomendar la oración comunitaria. La oración privada y
personal es necesaria y nada la puede suplir, pero la oración
colectiva en
grupos y comunidades tiene ventajas que no podemos desconocer, y
Jesús la
quiere fomentar.
Hay que reunirnos, pero no podemos reunirnos dignamente si no
estamos
unidos espiritualmente, sin odios ni aversiones. Y hay que reunirse
en el
nombre de Jesús. Reunirnos convocados por su Palabra e inspirados
por su
Espíritu Santo. No nos reunimos para nada simplemente material ni
por
simpatía o afinidad, o coincidencia de criterios, sino porque amamos
a
Jesucristo. ¿Si a veces no obtenemos más, no será porque nos falta
más unión
en Cristo Jesús para orar bien?
El Señor quiere que al rezar no nos encerremos en nuestro mezquino
egoísmo sino que recemos en comunidad y por la comunidad.
Mi Padre les concederá
lo que piden
Claro está que si nos conviene y si en este momento es oportuno.
Esto hay
que recordarlo no sea que nos imaginemos que la oración es algo
mágico y
automático que sin más ni más nos consigue todo lo que se nos antoje
pedir y
en el tiempo y la cantidad que le digamos a Dios. El no necesita de
nuestros
consejos y no se deja dar mandatos por los que nada sabemos.
En la oración no recibiremos muchas veces una respuesta totalmente a
la
medida de lo que nosotros deseamos sino siempre aquello que la
Sabiduría de
Dios considera que es más conveniente para nosotros.
Muchas de nuestras oraciones son escapistas. Oramos para vernos
libres de
alguna prueba de algún dolor o de alguna situación dificil. Y la
respuesta
de Dios consiste, no en concedemos una escapatoria sino una
victoria. En vez
de librarnos de una situación difícil nos concede aceptar lo que no
comprendemos.
Nos da fuerzas para soportar lo que sin su ayuda resultaría
insoportable.
Nos permite enfrentar lo que sin su auxilio no seríamos capaces de
enfrentar. Nos da sabiduría para encontrar soluciones. El ejemplo
perfecto
es Jesús en Getsemaní. Ora al Padre para que lo libre de aquella
situación
tan dolorosa. El Padre no lo libra, pero le concede tal valor y tan
grande
heroísmo, que de estas horas tan tremendas de dolor, obtuvo su más
grande
glorificación.
Cuando oramos, y sobre todo cuando oramos en grupo, Dios siempre
envía su
respuesta favorable, pero no siempre como se la quieren dictar
nuestros
gustos, sino como se la dicta su amor hacia nosotros y su infinita
Sabiduría. Y siempre para nuestro mayor bien.
¿Pensamos de vez en cuando que cada vez que nos reunimos en nombre
de
Jesús para orar al Padre, está presente en medio de nosotros el
mismo
Jesucristo?
Esto es
maravilloso
Padre de familia: ¿quieres que Cristo se haga presente en tu hogar?
De
vez en cuando reúnete con tu mujer y tus hijos a elevar una oración.
Allí
estará presente infaliblemente el Redentor del mundo, y Jesús nunca
viene a
ninguna parte con las manos vacías. Sus visitas son siempre
beneficiosas
como lo fue su visita a las Bodas de Caná, a la suegra de Pedro que
curó, a
la hija de Jairo que resucitó, a Marta y María a las cuales les
devolvió
vivo a su hermano Lázaro... a Zaqueo a quien convirtió, etc. Cada
visita de
Jesucristo a tu casa será una gran bendición, y vendrá cada vez que
se
reúnan allí dos o más en su nombre para orar a Dios.
CONCLUSION
En esta oportunidad nos ha hablado Jesús de dos temas: la corrección
fraterna y la oración en común.
La pedagogía enseña que nadie se perfecciona si no hay quién le
corrija a
tiempo sus defectos. Pitágoras decía que si no tenemos un amigo que
nos
corrija, deberíamos hacer pagar a un enemigo para que nos haga saber
nuestros defectos, Y el Libro de los Proverbios enseña: "quien ama
la
corrección obtendrá la sabiduría". Cicerón afirmaba que es
verdaderamente
amigo el que nos desengaña de la falsa creencia que tenemos de ser
perfectos
y nos indica en qué estamos fallando. Y Salomón anuncia que en lo
futuro
obtendrá más gratitud el que supo corregir a tiempo que el que se
calló
cobardemente las correcciones que nos debía hacer, y afirma
repetidamente
que es falta de cariño no corregir a tiempo a los hijos. La historia
narra
el hecho tan triste de Nerón que mientras aceptó las correcciones de
su
maestro Séneca llevó una conducta buena, pero apenas dejó de aceptar
sus
buenos consejos y empezó a creer en los malos consejos de su pérfido
consejero Tigelino, se convirtió en un monstruo de crueldad. No
aceptar la
corrección es embrutecerse, dice la Biblia.
Finalmente: cuando nos reunamos en grupos de oración, cuando vayamos
a la
Santa Misa o cuando en familia nos arrodillemos juntos para orar,
recordemos
la maravillosa noticia de este evangelio: Cristo está en medio de
nosotros
cada vez que nos reunamos a orar en su nombre. Y si está presente,
está
actuando en favor de los allí reunidos.
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