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Iglesia
Una visión cristiana del progreso
 

Intervención de Benedicto XVI pronunciada en la audiencia general del 10 enero 2006, dedicada a
comentar el «Himno a Cristo» del primer capítulo de la carta de san Pablo a los Colosenses.
 


Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la
herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las
tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido por cuya sangre
hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por
medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles
e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado
por Él y para Él.
Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero
en todo.
Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por Él quiso
reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

(Cf. Col 1, 12-20 «Himno a Cristo»).

Queridos hermanos y hermanas:
1. En esta primera audiencia general del nuevo año vamos a meditar el
célebre himno cristológico que se encuentra en la carta a los Colosenses: es
casi el solemne pórtico de entrada de este rico escrito paulino, y es
también un pórtico de entrada de este año. El himno propuesto a nuestra
reflexión, es introducido con una amplia fórmula de acción de gracias, que
nos ayuda a crear el clima espiritual para vivir bien estos primeros días
del año 2006, así como nuestro camino a lo largo de todo el año nuevo.
La alabanza del Apóstol, al igual que la nuestra, se eleva a "Dios, Padre
de nuestro Señor Jesucristo", fuente de la salvación, que se describe
primero de forma negativa como "liberación del dominio de las tinieblas", es
decir, como "redención y perdón de los pecados", y luego de forma positiva
como "participación en la herencia del pueblo santo en la luz" y como
ingreso en "el reino de su Hijo querido".

2. En este punto comienza el grande y denso himno, que tiene como centro
a Cristo, del cual se exaltan el primado y la obra tanto en la creación como
en la historia de la redención. Así pues, son dos los movimientos del canto.
En el primero se presenta a Cristo como "primogénito de toda criatura". En
efecto, él es la "imagen de Dios invisible", y esta expresión encierra toda
la carga que tiene el "ícono" en la cultura de Oriente: más que la
semejanza, se subraya la intimidad profunda con el sujeto representado.
Cristo vuelve a proponer en medio de nosotros de modo visible al "Dios
invisible" -en él vemos el rostro de Dios- a través de la naturaleza común
que los une. Por esta altísima dignidad suya, Cristo "es anterior a todo",
no sólo por ser eterno, sino también y sobre todo con su obra creadora y
providente: "Por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y
terrestres, visibles e invisibles (...). Todo se mantiene en él". Más aún,
todas las cosas fueron creadas también "por él y para él".
Así san Pablo nos indica una verdad muy importante: la historia tiene una
meta, una dirección. La historia va hacia la humanidad unida en Cristo, va
hacia el hombre perfecto, hacia el humanismo perfecto. Con otras palabras,
san Pablo nos dice: sí, hay progreso en la historia. Si queremos, hay una
evolución de la historia. Progreso es todo lo que nos acerca a Cristo y así
nos acerca a la humanidad unida, al verdadero humanismo. Estas indicaciones
implican también un imperativo para nosotros: trabajar por el progreso, que
queremos todos. Podemos hacerlo trabajando por el acercamiento de los
hombres a Cristo; podemos hacerlo configurándonos personalmente con Cristo,
yendo así en la línea del verdadero progreso.

3. El segundo movimiento del himno está dominado por la figura de Cristo
salvador dentro de la historia de la salvación. Su obra se revela ante todo
al ser "la cabeza del cuerpo, de la Iglesia": este es el horizonte salvífico
privilegiado en el que se manifiestan en plenitud la liberación y la
redención, la comunión vital que existe entre la cabeza y los miembros del
cuerpo, es decir, entre Cristo y los cristianos. La mirada del Apóstol se
dirige hasta la última meta hacia la que, como hemos dicho, converge la
historia: Cristo es el "primogénito de entre los muertos", es aquel que abre
las puertas a la vida eterna, arrancándonos del límite de la muerte y del
mal.
En efecto, este es el "pleroma", la "plenitud" de vida y de gracia que
reside en Cristo mismo, que a nosotros se nos dona y comunica. Con esta
presencia vital, que nos hace partícipes de la divinidad, somos
transformados interiormente, reconciliados, pacificados: esta es una armonía
de todo el ser redimido, en el que Dios será "todo en todos". Y vivir como
cristianos significa dejarse transformar interiormente hacia la forma de
Cristo. Así se realiza la reconciliación, la pacificación.

4. A este grandioso misterio de la Redención le dedicamos ahora una
mirada contemplativa y lo hacemos con las palabras de san Proclo de
Constantinopla, que murió en el año 446. En su primera homilía sobre la
Madre de Dios, María, presenta el misterio de la Redención como consecuencia
de la Encarnación.
En efecto -dice san Proclo-, Dios se hizo hombre para salvarnos y así
arrancarnos del poder de las tinieblas, a fin de llevarnos al reino de su
Hijo querido, como recuerda este himno de la carta a los Colosenses. "El que
nos ha redimido no es un simple hombre -comenta san Proclo-, pues todo el
género humano era esclavo del pecado; pero tampoco era un Dios sin
naturaleza humana, pues tenía un cuerpo. Si no se hubiera revestido de mí,
no me habría salvado. Al encarnarse en el seno de la Virgen, se vistió de
condenado. Allí se produjo el admirable intercambio: dio el espíritu y tomó
la carne.
Por consiguiente, estamos ante la obra de Dios, que ha realizado la
Redención precisamente por ser también hombre. Es el Hijo de Dios, salvador,
pero a la vez es también nuestro hermano, y con esta cercanía nos comunica
el don divino. Es realmente el Dios con nosotros. Amén.
 

 

Ciencia


Los científicos que creyeron en Dios

Muchos de los más brillantes científicos tuvieron una rica vida de fe y desarrollaron sus teorías y descubrimientos convenidos de la existencia de Dios.   



No siempre la ciencia estuvo disociada de la fe, como generalmente se cree.
Más aún, muchas de las mentes que pusieron las bases de la ciencia actual se
fundaban en el cultivo del espíritu, o ejercían llevaban una vida afianzada
en la fe. Veamos algunos casos, citados por Rab Iosef Bitton en un estudio
sobre el tema:

Nicolás Copérnico (Polonia, 1473-1543), astrónomo.
Probó la esfericidad de la tierra, expuso sus movimientos y la rotación
de todo el sistema solar. Defendió el Heliocentrismo.
"Si existe una ciencia que eleve el alma del hombre y la remonte a lo
alto en medio de las pequeñeces de la tierra, es la Astronomía..., pues no
se puede contemplar el orden magnífico que gobierna el universo sin mirar
ante sí y en todas las cosas al Creador mismo, fuente de todo bien".
Galileo Galilei (1564-1642) Astrónomo y físico italiano.
A pesar de su desdichado suceso con un sector de eclesiásticos, muere
pacíficamente en su casa (en donde había sido recluido) profesando su fe en
Dios y en la Iglesia católica, apostólica y romana.

Kepler (Alemania, 1571-1630) Astrónomo.
Formula las leyes astronómicas que llevan su nombre. Uno de los puntales
de la teoría Heliocéntrica. A pesar de que su vida es muy desgraciada,
escribe:
³Te doy gracias, Dios Creador, porque me has concedido la felicidad de
estudiar lo que Tú has hecho, y me regocijo de ocuparme de Tus obras. Me ha
cabido el honor de mostrar a los hombres la gloria de tu Creación, o, por lo
menos, de aquella parte de Tu infinito reino que ha sido accesible a mis
escasas luces. Día vendrá en el que podremos leer a Dios en la Naturaleza
como lo leemos en las Sagradas Escrituras".
³Hasta ahora he proclamado la obra de Dios creador. Queda ahora por
cerrar la continuación de las demostraciones, para elevar finalmente al
cielo los ojos y las manos y, piadoso y suplicante rogar al Padre de las
luces:
Oh tú que despiertas en nosotros, por la luz de la naturaleza, el deseo
de la luz de la gracia, a fin de conducirnos por ella a la luz de gloria: te
doy gracias, Señor Creador, que me has deleitado con lo que has hecho y me
has recogido con la obra de tus manos².
³Ahora yo he terminado la obra de mi profesión, habiendo empleado todas
las fuerzas del talento que tú me has dado; he manifestado la gloria de tus
obras a los hombres que lean estas demostraciones, por lo menos en la medida
en que la estrechez de mi inteligencia ha podido captar su infinitud; mi
espíritu ha estado atento a filosofar correctamente².
³Si he producido alguna cosa indigna de tus designios, yo, gusanillo
nacido y alimentado en el bando del pecado, inspírame tú lo que quieres que
sepan los hombres, a fin de que me corrija.
³Si he caído en la temeridad frente a la belleza admirable de tus obras.,
o si he buscado mi propia gloria ante los hombres, mientras avanzaba en una
obra destinada a tu gloria, benigno, misericordioso, perdóname. Dígnate, en
fin, velar en tu bondad para que estas demostraciones sirvan para tu gloria
y para la salvación de las almas en lunar de serles obstáculo"

Isaac Newton (1642-1727) Físico, Astrónomo y Matemático.
Considerado por muchos científicos como el más grande de todos los
tiempos, en cuanto inteligencia e ingenio.
"El orden admirable del sol, de los planetas y cometas tiene que ser obra
de un Ser Todopoderoso e inteligente...; y si cada estrella fija es el
centro de un sistema semejante al nuestro, es cierto que, llevando todos el
sello del mismo plan, todos deben estar sumisos a un sólo y mismo Ser...
Este Ser infinito lo gobierna todo no como el alma del mundo, sino como
Señor de todas las cosas. Dios es el Ser Supremo, Infinito, Eterno,
absolutamente Perpetuo."

Karl von Linneo (Suecia 1707-1778). Médico y naturalista.
Su labor científica es enorme. Ha sido considerado fundador de la
Botánica y uno de los más grandes botánicos de todos los tiempos. Escribió
más de 15 relevantes obras. Tuvo firmes convicciones religiosas, lo cual no
le impidió incluir entre los primeros primates al hombre, al que llama homo
sapiens.
"Salía yo de un sueño cuando Dios pasó de lado, cerca de mí: le vi y me
llené de asombro... He rastreado las huellas de Dios en las criaturas y, en
todas, aun en las más ínfimas y más cercanas ¡qué poder, qué sabiduría, qué
insondables perfecciones no he encontrado" (Systema Naturae)

Alejandro Volta (1745-1827) Físico
Inventó el electrófono y la pila que lleva su nombre.
"He estudiado y reflexionado mucho. Ahora ya veo a Dios en todo..."

Faye (1814-1902) Astrónomo
"En cuanto a negar a Dios, es como si desde aquellas alturas se dejara
uno caer pesadamente sobre el suelo. (...) Es falso que la ciencia haya
llegado por sí misma a la negación de Dios. Esta se produce en ciertas
épocas de lucha contra instituciones del pasado. Así se encuentran algunos
filósofos ateos en la decadencia de la antigua sociedad grecorromana. A
fines del siglo XVIII y aún hoy seguramente, porque es propio de la lucha,
pronto volverán los espíritus a las verdades eternas, muy asombrados, en el
fondo, de haberlas combatido durante tanto tiempo. Uno de los más admirables
cambios de este género es el voto por el cual declaró la Convención el día 7
de mayo de 1794 que la nación francesa reconocía la existencia del Ser
Supremo".

Gregor Johann Mendel, (1822-1869)
Nace en 1822 (en la actual Checoslovaquia). Agustino. Su quehacer
científico pasó muchos años inadvertido por diversas causas, entre otras,
por la deslumbrante celebridad de Darwin; por lo demás, los científicos de
su tiempo no estaban preparados para captar la importancia de las ideas de
Mendel. En 1900 su trabajo es descubierto por tres importantes
investigadores: Hugo de Vries (holandés), C. Correns (alemán) y E. Tschermak
(austríaco). En Mendel se aunaba, junto a un gran espíritu de observación y
meticulosidad, una formación amplia de las materias que constituían entonces
la Historia Natural y conocimientos matemáticos no corrientes en los
naturalistas de la época. En la obra de Mendel se apoya toda la Genética
actual, que es tanto como decir casi toda la Biología. Por ello se hace
figurar su nombre junto a los de Kepler, Copérnico, Newton, Darwin y otros
que, como él, provocaron una transformación radical en las ciencias de la
Naturaleza. En su vida religiosa quizá no predicó mucho el cristianismo,
pero indudablemente lo practicó.


Fabre (Francia, 1823-1915) Entomólogo
³No puedo decir que creo en Dios; le veo; sin El nada comprendo, todo son
tinieblas... Cada siglo tiene su chifladura, la de la época presente es la
del ateísmo...; me arrancarán la piel antes que la fe en Dios.²

Louis Pasteur, (1822-1895) Químico y bacteriólogo. Fundador de la asepsia y
antisepsia modernas.
³Yo te aseguro que, porque sé algo, creo como un bretón; si supiera más
creería como una bretona.²

Alexander Fleming, (1881-1954) Bacteriólogo, descubridor de la penicilina.
Hemos leído la excelente biografía de Fleming realizada por André
Maurois. Sinceramente, no hemos encontrado manifestaciones explícitas de
religiosidad en Sir Alexander. Pero sus acusadísimas virtudes humanas como
la laboriosidad, la generosidad y la confianza en el éxito de sus trabajos
unida a la humildad, hacen pensar que no se hallaba lejos de Dios. Y sus
amigos, como Gregorio Marañón y el profesor Pannett, interpretan la gran
obra científica de Fleming como verdaderamente providencial. Dice Marañón:
"Fleming es el hombre que más vidas humanas ha salvado en tiempos en que
tantos otros han hecho lo posible por destruirlas. Los pueblos, y sobre todo
el nuestro, despedazado por guerras civiles ininterrumpidas desde hace
siglos, adivinan lo que hay en estos seres providenciales de recto
cumplimiento de la Ley de Dios, que les hará permanecer en el respeto de
todos cuando se haya borrado, entre el desdén o la condenación la memoria de
los fariseos". Por su parte, el profesor Pannett, en su elogio fúnebre por
Fleming, dice: "Su elección de una profesión, después de un hospital; su
paso a la bacteriología; su encuentro con Almroth Wright; la clase de
trabajo que efectuó allí; el efecto inesperado de una lágrima, la caída
imprevisible de una espora; todos estos acontecimientos no pueden ser
debidos a la suerte. Nosotros podemos ver en cada recodo el dedo de Dios
mostrando la dirección que debe tomar esta carrera".

Albert Einstein
Un caso aparte es el de Albert Einstein, de quien se ha ocupado el
especialista Richard Capra.
En 1905 Albert Einstein, un judío alemán de 26 años, publica un trabajo
titulado ³Acerca de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento², en el
que se contenía la que más tarde se conocería como Teoría Especial de la
Relatividad. La Física de Newton, el más grande científico de la Historia,
fundada en la geometría euclidiana y los conceptos de tiempo absoluto de
Galileo no era tan exacta como se había creído. Einsten descubre que el
espacio y el tiempo son términos de medición relativos. Einstein en 1907
publica una demostración de que E = mc2. Esta fórmula que a cualquier
persona ajena a la investigación de las ciencias físicas parece no sólo de
sencillez extrema sino absolutamente inofensiva es el punto de partida para
la carrera hacia la bomba A. Había comenzado una nueva y grandiosa aventura
del pensamiento.
Pero Einstein no se fió de las dos primeras rigurosas pruebas de su
teoría, a pesar de que eran científicamente concluyentes: había que
comprobar empíricamente que el efecto previsto en su teoría, existía de
hecho en la realidad. Einstein estaba convencido de que todo efecto tiene
una causa, y que puesta cierta causa se sigue cierto efecto. Estaba seguro
de que, por muchas que fuesen las coincidencias de la experimentación con su
teoría, una sola discrepancia bastaría para dar al traste con sus
predicciones y convertir su teoría en un argumento insostenible.
Como observa Paul Johnson, la de Einstein era una actitud completamente
distinta del dogmatismo de Marx, Freud y Adler, que trataron de meter con
calzador -sin conseguirlo- la realidad en sus teorías.
El más breve resumen del propio Einstein sobre la Teoría de la
Relatividad es la siguiente: ³no hay movimiento absoluto²; ¡el movimiento en
el universo es curvilíneo!. De pronto pareció al mundo que nada era seguro
en el movimiento de las esferas. La conmoción en el ámbito de la ciencia
experimental era lógica: varios siglos de creencias científicas se venían
abajo. En 1919 Einstein es una figura mundial que gravita más sobre la
Humanidad que los estadistas y guerreros.
Lo que Einstein vio con estupor fue que, en 1920, de la idea de la
relatividad del espacio y del tiempo -magnitudes físicas- se había
concluido, quién sabe por qué misteriosos paralogismos, ¡que no había ningún
valor absoluto! ¡que no existían el bien ni el mal! ¡que no había manera de
estar ciertos de cosa alguna! Se había confundido la relatividad del
movimiento con el relativismo filosófico y ético. La Física con la
Metafísica, la Gnoseología y la Ética.
Un sentencia común llegó a ser ésta: Einsten ha demostrado que la verdad
no existe; el bien y el mal son una invención de mentes engañadas por la
apariencia de los fenómenos.
Nada más lejano a la mente del físico genial. Aturdido, el 9 de
septiembre de 1920 escribe a su colega Max Born: ³Como el hombre del cuento
de hadas que convertía en oro todo lo que tocaba, en mi caso todo se
convierte en escándalo periodístico². Einstein, señala Paul Johnson, no era
un judío practicante, pero sí un hombre que reconocía la existencia de un
Dios y la existencia de normas absolutas del bien y el mal. Incluso en el
ámbito físico le repugnaba el principio de indeterminación de la mecánica
cuántica. ³Usted -le escribió a Born- cree en un Dios que juega a los dados,
y yo creo en la ley y el orden totales en un mundo que existe objetivamente
y que, de un modo absurdamente especulativo intento aprehender. Yo creo
firmemente, pero abrigo la esperanza de que alguien descubrirá un modo más
realista o más bien una base más concreta que la que me ha tocado en suerte
hallar².

Fuente: www.arvo.net 

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