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Queridos hermanos y hermanas:
En la última catequesis habíamos meditado en la figura del
apóstol Juan. En
primer lugar, habíamos tratado de ver lo que se puede saber de
su vida.
Después, en una segunda catequesis, habíamos meditado en el
contenido
central de su Evangelio, de sus Cartas: la caridad, el amor. Y
hoy volvemos
a ocuparnos de la figura de Juan, esta vez para centrarnos en el
vidente del
Apocalipsis. Ante todo, hay que destacar una observación:
mientras no
aparece nunca su nombre en el Cuarto Evangelio o en las Cartas
atribuidas al
apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de Juan en
cuatro
ocasiones (Cf. 1,1.4.9; 22,8). Por una parte, es evidente que el
autor no
tenía ningún motivo para acallar su nombre y, por otra, sabía
que sus
primeros lectores podían identificarle con precisión. Sabemos,
además, que
ya en el siglo III los estudiosos discutían sobre la verdadera
identidad del
Juan del Apocalipsis.
Por este motivo, podremos llamarle también ³el vidente de
Patmos², pues
su figura está ligada al nombre de esta isla del Mar Egeo,
donde, según su
mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado ³por
causa de la
Palabra de Dios y del testimonio de Jesús² (Apocalipsis 1, 9).
Precisamente,
en Patmos, caído ³en éxtasis el día del Señor² (1,10), Juan tuvo
visiones
grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que tendrán no
poca
influencia en la historia de la Iglesia y en toda la cultura
cristiana. Por
ejemplo, del título de su libro, ³Apocalipsis² (³Revelación²)
proceden en
nuestro lenguaje las palabras ³apocalipsis² y ³apocalíptico²,
que evocan,
aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe que está
por llegar.
El libro tiene que comprenderse en el contexto de la dramática
experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna,
Pérgamo, Tiatira,
Sardes, Filadelfia y Laodicea), que a finales del siglo I
tuvieron que
afrontar grandes dificultades
-persecuciones y tensiones incluso internas- en su testimonio de
Cristo.
Juan se dirige a ellas mostrando profunda sensibilidad pastoral
por los
cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en
la fe y a
no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo
consiste, en
definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrección de
Cristo, el
sentido de la historia humana. La primera y fundamental visión
de Juan, de
hecho, afecta a la figura del Cordero que, a pesar de estar
degollado,
permanece en pie (Cf. Apocalipsis 5, 6), en medio del trono en
el que se
sienta el mismo Dios. De este modo, Juan quiere dejarnos ante
todo dos
mensajes: el primero es que Jesús, aunque fue asesinado con un
acto de
violencia, en vez de quedar desplomado en el suelo,
paradójicamente se
mantiene firme sobre sus pies, pues con la resurrección ha
vencido
definitivamente a la muerte; el segundo es que el mismo Jesús,
precisamente
porque murió y resucitó, participa ya plenamente del poder real
y salvífico
del Padre. Esta es la visión fundamental. Jesús, el Hijo de
Dios, en esta
tierra es un Cordero indefenso, herido, muerto. Y, sin embargo,
está en pie,
firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino. Tiene
en sus
manos la historia del mundo. De este modo, el vidente nos quiere
decir:
¡tened confianza en Jesús, no tengáis miedo de los poderes
opuestos, de la
persecución! ¡El Cordero herido y muerto vence! ¡Seguid al
Cordero Jesús,
confiad en Jesús, emprended su camino! Aunque en este mundo sólo
parezca un
Cordero débil, ¡Él es el vencedor!
Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto
este
Cordero en el momento en el que abre un libro, que antes estaba
sellado con
siete sellos, que nadie era capaz de soltar. Se presenta incluso
a Juan
llorando, pues no encontraba a nadie capaz de abrir el libro y
de leerlo
(Cf. Apocalipsis 5, 4). La historia se presenta como
indescifrable,
incomprensible. Nadie puede leerla. Quizá este llanto de Juan
ante el
misterio de la historia tan oscuro expresa el desconcierto de
las Iglesias
asiáticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las
que estaban
expuestas en ese momento. Es un desconcierto en el que bien
puede reflejarse
nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y
hostilidades que también hoy sufre la Iglesia en varias partes
del mundo.
Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como
tampoco Jesús
se mereció el suplicio. Ahora bien, revelan tanto la maldad del
hombre,
cuando se deja llevar por las asechanzas del mal, como el
gobierno superior
de los acontecimientos por parte de Dios. Pues bien, sólo el
Cordero
inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su
contenido, de
dar sentido a esta historia que aparentemente parece con
frecuencia tan
absurda. Él sólo puede sacar indicaciones y enseñanzas para la
vida de los
cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte trae el
anuncio y la
garantía de la victoria que ellos también, sin duda, alcanzarán.
Todo el
lenguaje que utiliza Juan, cargado de imágenes fuertes, tiende a
ofrecer
este consuelo.
En el centro de las visiones que presenta el Apocalipsis se
encuentran la
imagen sumamente significativa de la Mujer, que da a luz un Hijo
varón, y la
visión complementaria del Dragón, que ha caído de los cielos,
pero que
todavía es muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre
del
Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el
Pueblo de
Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos,
con gran
dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre está amenazada por
el poder del
Dragón. Parece indefensa, débil. Pero. Mientras está amenazada,
perseguida
por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y
esta Mujer,
al final, vence. No vence el Dragón. ¡Esta es la gran profecía
de este
libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia,
la Iglesia
que es perseguida, al final se presenta como la Esposa
espléndida, imagen de
la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto,
imagen del mundo
transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya
lámpara es el
Cordero.
Por este motivo, el Apocalipsis de Juan, si bien está lleno de
continuas
referencias a sufrimientos, tribulaciones y llanto -la cara
oscura de la
historia-, al mismo tiempo presenta frecuentes cantos de
alabanza, que
representan por así decir la cara luminosa de la historia. Por
ejemplo,
habla de una muchedumbre inmensa que canta casi a gritos:
³¡Aleluya! Porque
ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso.
Alegrémonos y
regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del
Cordero, y
su Esposa se ha engalanado² (Apocalipsis 19, 6-7). Nos
encontramos ante la
típica paradoja cristiana, según la cual, el sufrimiento nuca es
percibido
como la última palabra, sino que es visto como un momento de
paso hacia la
felicidad y, es más, éste ya está impregnado misteriosamente de
la alegría
que brota de la esperanza.
Por este motivo, Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su
libro con
una última aspiración, en la que palpita una ardiente esperanza.
Invoca la
definitiva venida del Señor: ³¡Ven, Señor Jesús!² (Apocalipsis
22, 20). Es
una de las oraciones centrales de la cristiandad naciente,
traducida también
por san Pablo en arameo: ³Marana tha². Y esta oración, ³¡Ven,
Señor
nuestro!² (1 Corintios 16, 22) tiene varias dimensiones. Ante
todo implica,
claro está, la espera de la victoria definitiva del Señor, de la
nueva
Jerusalén, del Señor que viene y transforma el mundo. Pero, al
mismo tiempo,
es también una oración eucarística: ³¡Ven, Jesús, ahora!². Y
Jesús viene,
anticipa su llegada definitiva. De este modo, con alegría,
digamos al mismo
tiempo: ³¡Ven ahora y ven de manera definitiva!². Esta oración
tiene también
un tercer significado: ³¡Ya has venido, Señor! Estamos seguros
de tu
presencia entre nosotros. Para nosotros es una experiencia
gozosa. Pero,
¡ven de manera definitiva!².
De este modo, con san Pablo, con el vidente de Patmos, con la
cristiandad naciente, rezamos también nosotros: ³¡Ven, Jesús!
¡Ven y
transforma el mundo! Ven ya, hoy, y que la paz venza!². Amén.
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