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Doctrina
El vidente del Apocalipsis
 

Publicamos la intervención de S. S. el Papa Benedicto XVI en una de las habituales audiencias de los días miércoles, que estuvo dedicada por tercera vez al apóstol Juan, a quien en esta ocasión presentó como ³El vidente de Patmos², autor del Apocalipsis. La meditación formó parte de una serie de reflexiones que el Sumo Pontífice ofreció sobre los apóstoles y la Iglesia. En otras audiencias presentó las figuras de Pedro, Andrés, Santiago el Menor, y Santiago el Mayor. 


Queridos hermanos y hermanas:
En la última catequesis habíamos meditado en la figura del apóstol Juan. En
primer lugar, habíamos tratado de ver lo que se puede saber de su vida.
Después, en una segunda catequesis, habíamos meditado en el contenido
central de su Evangelio, de sus Cartas: la caridad, el amor. Y hoy volvemos
a ocuparnos de la figura de Juan, esta vez para centrarnos en el vidente del
Apocalipsis. Ante todo, hay que destacar una observación: mientras no
aparece nunca su nombre en el Cuarto Evangelio o en las Cartas atribuidas al
apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de Juan en cuatro
ocasiones (Cf. 1,1.4.9; 22,8). Por una parte, es evidente que el autor no
tenía ningún motivo para acallar su nombre y, por otra, sabía que sus
primeros lectores podían identificarle con precisión. Sabemos, además, que
ya en el siglo III los estudiosos discutían sobre la verdadera identidad del
Juan del Apocalipsis.
Por este motivo, podremos llamarle también ³el vidente de Patmos², pues
su figura está ligada al nombre de esta isla del Mar Egeo, donde, según su
mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado ³por causa de la
Palabra de Dios y del testimonio de Jesús² (Apocalipsis 1, 9). Precisamente,
en Patmos, caído ³en éxtasis el día del Señor² (1,10), Juan tuvo visiones
grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que tendrán no poca
influencia en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por
ejemplo, del título de su libro, ³Apocalipsis² (³Revelación²) proceden en
nuestro lenguaje las palabras ³apocalipsis² y ³apocalíptico², que evocan,
aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe que está por llegar.
El libro tiene que comprenderse en el contexto de la dramática
experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira,
Sardes, Filadelfia y Laodicea), que a finales del siglo I tuvieron que
afrontar grandes dificultades
-persecuciones y tensiones incluso internas- en su testimonio de Cristo.
Juan se dirige a ellas mostrando profunda sensibilidad pastoral por los
cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a
no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en
definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el
sentido de la historia humana. La primera y fundamental visión de Juan, de
hecho, afecta a la figura del Cordero que, a pesar de estar degollado,
permanece en pie (Cf. Apocalipsis 5, 6), en medio del trono en el que se
sienta el mismo Dios. De este modo, Juan quiere dejarnos ante todo dos
mensajes: el primero es que Jesús, aunque fue asesinado con un acto de
violencia, en vez de quedar desplomado en el suelo, paradójicamente se
mantiene firme sobre sus pies, pues con la resurrección ha vencido
definitivamente a la muerte; el segundo es que el mismo Jesús, precisamente
porque murió y resucitó, participa ya plenamente del poder real y salvífico
del Padre. Esta es la visión fundamental. Jesús, el Hijo de Dios, en esta
tierra es un Cordero indefenso, herido, muerto. Y, sin embargo, está en pie,
firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino. Tiene en sus
manos la historia del mundo. De este modo, el vidente nos quiere decir:
¡tened confianza en Jesús, no tengáis miedo de los poderes opuestos, de la
persecución! ¡El Cordero herido y muerto vence! ¡Seguid al Cordero Jesús,
confiad en Jesús, emprended su camino! Aunque en este mundo sólo parezca un
Cordero débil, ¡Él es el vencedor!
Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este
Cordero en el momento en el que abre un libro, que antes estaba sellado con
siete sellos, que nadie era capaz de soltar. Se presenta incluso a Juan
llorando, pues no encontraba a nadie capaz de abrir el libro y de leerlo
(Cf. Apocalipsis 5, 4). La historia se presenta como indescifrable,
incomprensible. Nadie puede leerla. Quizá este llanto de Juan ante el
misterio de la historia tan oscuro expresa el desconcierto de las Iglesias
asiáticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las que estaban
expuestas en ese momento. Es un desconcierto en el que bien puede reflejarse
nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y
hostilidades que también hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo.
Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jesús
se mereció el suplicio. Ahora bien, revelan tanto la maldad del hombre,
cuando se deja llevar por las asechanzas del mal, como el gobierno superior
de los acontecimientos por parte de Dios. Pues bien, sólo el Cordero
inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su contenido, de
dar sentido a esta historia que aparentemente parece con frecuencia tan
absurda. Él sólo puede sacar indicaciones y enseñanzas para la vida de los
cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte trae el anuncio y la
garantía de la victoria que ellos también, sin duda, alcanzarán. Todo el
lenguaje que utiliza Juan, cargado de imágenes fuertes, tiende a ofrecer
este consuelo.
En el centro de las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran la
imagen sumamente significativa de la Mujer, que da a luz un Hijo varón, y la
visión complementaria del Dragón, que ha caído de los cielos, pero que
todavía es muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del
Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el Pueblo de
Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran
dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del
Dragón. Parece indefensa, débil. Pero. Mientras está amenazada, perseguida
por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer,
al final, vence. No vence el Dragón. ¡Esta es la gran profecía de este
libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia
que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de
la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo
transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el
Cordero.
Por este motivo, el Apocalipsis de Juan, si bien está lleno de continuas
referencias a sufrimientos, tribulaciones y llanto -la cara oscura de la
historia-, al mismo tiempo presenta frecuentes cantos de alabanza, que
representan por así decir la cara luminosa de la historia. Por ejemplo,
habla de una muchedumbre inmensa que canta casi a gritos: ³¡Aleluya! Porque
ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. Alegrémonos y
regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y
su Esposa se ha engalanado² (Apocalipsis 19, 6-7). Nos encontramos ante la
típica paradoja cristiana, según la cual, el sufrimiento nuca es percibido
como la última palabra, sino que es visto como un momento de paso hacia la
felicidad y, es más, éste ya está impregnado misteriosamente de la alegría
que brota de la esperanza.
Por este motivo, Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su libro con
una última aspiración, en la que palpita una ardiente esperanza. Invoca la
definitiva venida del Señor: ³¡Ven, Señor Jesús!² (Apocalipsis 22, 20). Es
una de las oraciones centrales de la cristiandad naciente, traducida también
por san Pablo en arameo: ³Marana tha². Y esta oración, ³¡Ven, Señor
nuestro!² (1 Corintios 16, 22) tiene varias dimensiones. Ante todo implica,
claro está, la espera de la victoria definitiva del Señor, de la nueva
Jerusalén, del Señor que viene y transforma el mundo. Pero, al mismo tiempo,
es también una oración eucarística: ³¡Ven, Jesús, ahora!². Y Jesús viene,
anticipa su llegada definitiva. De este modo, con alegría, digamos al mismo
tiempo: ³¡Ven ahora y ven de manera definitiva!². Esta oración tiene también
un tercer significado: ³¡Ya has venido, Señor! Estamos seguros de tu
presencia entre nosotros. Para nosotros es una experiencia gozosa. Pero,
¡ven de manera definitiva!².
De este modo, con san Pablo, con el vidente de Patmos, con la
cristiandad naciente, rezamos también nosotros: ³¡Ven, Jesús! ¡Ven y
transforma el mundo! Ven ya, hoy, y que la paz venza!². Amén.
 

 

Entrevista

La experiencia de un exorcista
Satanás no tiene
la última palabra

Dios es más grande que ³la irrupción vehemente de Satanás², afirmó Benedicto XVI.
Así lo ha explicado el padre José Antonio Fortea, presbiterio de la diócesis de Alcalá de Henares, en Madrid, autor del libro ³Summa Daemoniaca².   



¿El mayor triunfo de Satanás es...?
- Es hacernos creer que no existe. Después de los años setenta, muchos
teólogos dijeron que era un símbolo, y ése ha sido un gran éxito porque
desde luego todo el ministerio del exorcismo desapareció de Europa
prácticamente de forma total. Solamente en Roma permaneció de manera
continuada e incluso diaria.

- ¿Qué ha provocado esta actitud?
- Nos ha hecho mucho daño. La gente ha dejado de confiar en la Palabra de
Dios como autoridad perfecta en la que no cabe error. Ya dicen: ³no sabemos
qué es símbolo o qué es realidad². Pero el tema del demonio, que ha sido el
primero en ser barrido por la teología más modernista, es uno de los que más
se está recuperando porque la realidad prevalece.

- El tentador, ¿siempre tienta?
- El demonio tienta, pero no siempre, solamente algunas veces. No está
siempre a nuestro lado aunque puede tentar a cosas muy malas y demoníacas.
Sobre todo, lo que más se resaltan son los pecados de lujuria, pues son en
los que de manera más fácil cae el ser humano porque son los que menos
malicia tienen, son más bien de debilidad. Esta clase de pecados abre la
puerta a pecados peores, y cada vez vamos descendiendo peldaño tras peldaño
si no cambiamos de camino.

- ¿Estamos en la sociedad de la pérdida de la conciencia del pecado?
- Hay males muy de moda, como la homosexualidad y las uniones de hecho.
Se trata de fenómenos que, sobre todo, se dan en sociedades urbanas. En el
campo es más difícil que ocurran de un modo generalizado, sino sólo como
actos aislados. La sociedad del campo es más sana, más apegada a la
naturaleza, y tiene una conciencia más clara de la ley natural. Pero en un
entorno urbano, completamente artificial, que ha perdido el concepto de las
leyes cristianas, el hombre es dueño y señor de la ley moral. Hace y deshace
como quiere, y eso lo lleva a olvidarse totalmente del Creador. A ser un ser
autónomo y a decidir con completa independencia. Frente a esto sólo puede
oponerse la fe, la religión como la consecución de los más altos valores. La
única resistencia es la de la luz de la fe en el amor a Dios.


- ¿Separación Iglesia-Estado es lo mismo que separación Dios-sociedad?
- La división de Iglesia y Estado se llega a tergiversar. El que el
Estado no pueda dar favoritismo a una religión concreta no significa que la
sociedad, el Estado, tenga que estar separado de Dios. Por ejemplo, Estados
Unidos está consagrado por la Constitución. Es solamente la separación entre
la Iglesia y el Estado, no entre Dios y la sociedad. El Estado no favorecerá
a una religión concreta pero se da cuenta de que la fe en Dios es algo bueno
para la sociedad y puede favorecer toda religión y la unión de los
ciudadanos con Dios. Hay, por tanto una diferencia muy grande entre Estados
Unidos y Europa. A Dios, que es Padre, no le da lo mismo que aparezca o que
no aparezca, no le da lo mismo que sus hijos lo mencionen respetuosamente o
que lo olviden completamente. Yo creo que esta separación de la sociedad de
Dios en Europa está creciendo.

- ¿Sólo es satanista el que adora a Satanás?

- En efecto. Sin embargo, la descristianización no es sinónimo de satanismo.
Pecador no es igual que satanista. No veo satanismo en fenómenos morales
desviados. El satanismo es algo muy grave. Aunque se tenga una familia y se
lleve una vida externamente irreprochable se puede ser satanista y, al
revés, por más que se viva de manera aprovechada y libertina no se es
forzosamente satanista. Pero hay medios que el demonio suele aprovechar para
influir, poseer o afectar el alma humana; cosas tan simples como los actos
esotéricos: Ouija, espiritismo, santería afrocubana, ritos de la New Age...
todo lo que sea invocar espíritus desconocidos.

- ¿Cómo actúa Satanás sobre nuestra inteligencia?
- La respuesta pastoral de la Iglesia frente a este mal con respecto a la
curiosidad de los jóvenes es exhortarlos a que se alejen de todo el
ocultismo y la magia, que se distancien de querer romper ese velo que nos
separa del más allá por medios que no sean los que la tradición católica ha
enseñado. Satanás infunde en la inteligencia especies inteligibles que nos
parecen son nuestros pensamientos cuando en realidad es él quien influye
derramando en nuestra mente imágenes que a él le interesan.

- ¿Los feligreses de su parroquia conocen los exorcismos?
- Es una de mis mayores alegrías. Creo que es la única parroquia en el
mundo en la que muchísimos feligreses, desde los 18 hasta los 70 años,
participan semanalmente en exorcismos. Es quizás la única en el mundo en que
lo sabe desde el alcalde hasta la policía. Si oyen gritos no van a entrar
porque saben qué es lo que pasa ahí.

- Sin embargo, de manera general, sigue existiendo en el resto del mundo
un espectáculo en torno al tema del exorcismo...
- La poca información es el tabú que se ha creado en torno a esto. El
demonio lo sabe bien: cuanto menos se conozca de sí mismo o de la labor de
la Iglesia contra él, pues mucho mejor. Pero, claro, es lo que le interesa a
él. A mi lo que me interesa es que sus planes queden descubiertos. Un
exorcista, ante todo, debe saber que existe el demonio y que existe la
posibilidad del exorcismo.

Fuente: Fluvium
 

 
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