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Hacer el panegírico de san Ignacio de Loyola es un gran honor
para mí; y le
quedo cordialmente agradecido por el honor al Sr. Cura Párroco,
Dr. Agüero.
La palabra ³panegírico² ha ido tomando un sentido peyorativo; y
eso con
razón, cuando en vez de ser una simple exposición de la vida del
santo se
convierten en piezas retóricas pomposas hinchadas y huecas que
ponen al
santo por las nubes pero lo quitan de la tierra.
Biografías
santas
Pero las vidas de los santos es la lectura más útil al cristiano
después
de la Sagrada Escritura: esa lectura convirtió a san Ignacio de
Loyola.
Una monja mejicana me escribió hace poco que no le gustan las
vidas de
los santos porque son aburridas o mentirosas; tiene razón con
respecto a las
biografías escritas por devotos ininteligentes. En su Vida de
San Ignacio el
escritor inglés Cristopher Hollis dice que los devotos suelen
ser poco
honrados; quiere decir que escriben vidas de santos hombres que
no tienen la
inteligencia y la experiencia requeridas por ese género
literario, el más
difícil de todos. ³Hay que ser un santo para escribir bien la
vida de otro
santo² dijo Tomás de Aquino, con alguna exageración. Pero hay
numerosas
vidas de santos buenas: hace poco la señora Clara Luce Booth ha
publicado un
libro Santos de Ahora, entre quienes cuenta a san Ignacio: vidas
breves
escritas por los mejores escritores yanquis -de ahora.
San Ignacio no ha tenido suerte en biografía: no he hallado
ninguna que
me satisfaga, y he leído muchas. Incluso hay no pocas
equivocadas y aun
calumniosas, como la del austríaco Fulop-Müller y la del suizo
Bluck, que ha
publicado Peuser entre nosotros. Casi todas conciben a Iñigo de
Yañez y
Loyola (no Iñigo López de Recalde que dicen algunos) como el
³Gran
Inquisidor²: un hombre terco, rígido, implacable, inhumano
incluso; porque,
por ejemplo, a un jesuita que dio por broma una palmada en el
trasero a otro
que estaba agachado, lo echó al instante de la Compañía; rasgo
accidental
que no define a san Ignacio, y pudo ser un error, por cierto;
pero para mí,
en el fondo es un rasgo de sentido común; como el rasgo de
Onganía al cerrar
Tía Vicenta.
Un vasco
genial
He aquí un soldado cojo y calvo, ³soldado desgarrado y vano², de
estatura
casi enano, hijo de un terruño rudo, que jamás supo bien el
castellano ni el
vasco ni el latín ni el francés ni el italiano... se pone en el
siglo XVI
-dice el historiador protestante Lord Macaulay- ³en el rango de
los más
grandes estadistas europeos² y el hombre que más ha influido en
el mundo
moderno -dentro de la Iglesia: A san Ignacio se podría aplicar
lo que me
dijo por broma un vasco no hace mucho: ³Nosotros los vascos
somos todos
buenos; pero somos muy brutos. Ahora que cuando un vasco sale
inteligente,
como yo por ejemplo ¡arripoa!². San Ignacio fue un vasco genial.
No les han
faltado tampoco a los vascos genios especulativos.
Ignacio no fue ni el gran inquisidor de la leyenda de
Dostoiewski, ni el
jefe taimado y tramposo de Carducci y Víctor Hugo, ni el
³Perinde ac
cadáver² (frase que no inventó él sino san Francisco de Asís) ni
el sargento
mayor encalabrinado de disciplina, ni el ³profesor de energía²
que dice el
padre Laburu, ni el gran politicastro, ni el Quijote viviente de
Unamuno.
Eso es leyenda o caricatura. Más cerca de encender hogueras
estuvo él de ser
mandado a la hoguera; y salvó de la hoguera a muchos. El nombre
que él se
daba era el de ³Peregrino², el de ³Pecador² o el de ³Pobre en
virtud²; y
quienes lo conocían lo llamaban ³Padre².
Veremos brevemente la conversión de san Ignacio, la fundación de
la
Compañía de Jesús y el estado de la Compañía hoy en día.
Dice Papini en su libro ³Los Operarios de la Viña² que Ignacio
de Loyola
no es un santo popular: pocas veces los hombres de mando y de
lucha y de
orden son populares para el vulgo; son muy amados por los que
están en
contacto inmediato con ellos; y esto sucedió grandemente con san
Ignacio.
Por otra parte tuvo siempre enemigos y calumniadores -hasta
nuestro días.
Grandes amigos y grandes enemigos; porque simplemente, era
grande.
Martirio
de vanidad
La conversión de san Ignacio se verificó en 1521 a los 30 años,
en su
lecho de convaleciente; en la misma fecha en que Lutero se
sublevó contra la
Iglesia de Roma. En el sitio de Pamplona por el ejército
francés, una bala
de cañón le trizó la pierna derecha, no el muslo sino la
canilla; y apenas
cayó él, el puñado de españoles que defendía la fortaleza se
rindió. Los
médicos le ensamblaron los huesos rotos mal que bien; mejor
dicho mal; y
después se vio que una punta de hueso se proyectaba como un
tarugo debajo de
la piel; impidiendo el uso de la bota alta y estrecha que usaban
los
oficiales. Iñigo de Loyola exigió que le arreglaran eso: dijeron
había que
reabrir la herida, serruchar el hueso y estirar la pierna con
poleas: sin
anestesia. Iñigo soportó la horrible operación sin un gemido,
solamente
suspirando ³¡Ay Jesús!² de vez en cuando. Quedó sin embargo
rengo: ³martirio
de vanidad² lo llamará más tarde. No era su primer acto
hazañoso; y mucho
menos el último: toda su vida hizo actos arrojados, indomables,
atrevidos
incluso; es decir, caballerescos.
En su segunda larga convalecencia Iñigo leyó vidas de santos;
había
pedido le trajeran novelas de caballería y le trajeron a falta
dellas la
³Vida de Cristo² del Cartujano y el ³Flos Santorum², o Vidas de
los Santos.
Leyéndolas, su ánimo ardiente y ambicioso decía: ³¿Esto hizo san
Francisco?
Pues yo también lo puedo hacer. ¿Esto hizo santo Domingo? Pues
yo también lo
tengo de hacer² Y notó que cuando se pasaba horas soñando con
³la dama de
sus pensamientos² (que era nada menos según parece que la
princesa Juana de
Aragón, casada más tarde con el Rey de Nápoles; ³pues no era
condesa ni
duquesa sino más arriba que eso² -dice él en su Autobiografía)
mas cuando
pensaba en las grandes hazañas y hechurías que iba a hacer por
ella, el
final de los pensamientos le dejaba un extraño amargor; mas
cuando pensaba
en los santos, el final era tranquilo y gozoso.
Después de una larga lucha de sentimientos (³discernimiento de
espíritus²
lo llamará más tarde) se decidió a dejar la caballería terrena y
seguir a
Jesucristo, visto por él como un Jefe temporal (mucho mejor que
el Duque de
Najera, su señor) que hace reclutamiento en todo el orbe de la
tierra para
su sempiterna campaña contra Satanás. ³Si san Bernardo hizo esto
(la primera
Cruzada) yo también lo haré².
Deponiendo
armas
Se arrancó de su casa no sin resistencia de los suyos y fue,
cojeando,
mendigando y desconocido al monasterio de Montserrat, donde veló
una noche
entera en oración, conforme a la costumbre de los caballeros
antes que un
Rey o una Reina (o ³su señor natural²) les diesen el espaldarazo
con la
espada y les calzasen las espuelas de oro, consagrándolos para
siempre al
servicio de la Justicia -y de la patria. Pero él dejó su espada
al pie del
altar de Nuestra Señora; y se fue, hecho un mendigo rengo y
penitente a la
vecina ciudad de Manresa.
Allí buscó una cueva a la orilla del Río Cardoner y comenzó la
más
extraordinaria tanda de penitencias, privaciones y oraciones.
³Si san
Antonio Abad hizo esto, yo también lo haré². El demonio lo tentó
como a san
Antonio, también extraordinariamente, con tristezas, escrúpulos,
desesperación, hasta el punto de incitarlo a suicidarse. Pero él
venció las
tentaciones con decisiones heroicas, y tuvo grandes visiones de
Dios. Esta
fue la conversión de Iñigo, que tiene destellos épicos,
novelescos,
dramáticos y estremecedores; los cuales son conocidos. Un año
estuvo en
Montserrat y Manresa; y de ahí se trasladó a Barcelona, después
a Venecia,
después a Jerusalén.
Fue a Barcelona como etapa para Jerusalén. Una noble dama
catalana que
tenía un marido ciego y vivía dedicada a su cuidado y a la
piedad, Isabel
Rosell, estando en la iglesia sintió como una voz interior que
le decía ³Ese
mendigo que está en la puerta². Enseguida que habló con él quedó
prendida o
prendada: le oyó el lenguaje de los caballeros; y lo protegió
todo el tiempo
de Barcelona y todo el tiempo de su vida, como otra dama, Inés
Pascual en
Manresa; y con esta y otra monja, Teresa Rejadella, Ignacio se
escribió toda
la vida. Blunck dice que san Ignacio fue un misógeno, es decir,
enemigo de
las mujeres; y en realidad fue lo contrario, demasiado atraído
por las
mujeres, digamos enamoradizo.
Fundador
y director
En Roma fundó una casa para mujeres arrepentidas; y se iba él
mismo a las
casas malas, peleaba con los rufianes o ³cafishios² y siendo ya
General de
la Compañía, consejero del Papa y conocido en todo el mundo, las
acompañaba
a pie por las estrechas y lodosas calles de Roma. Un enemigo de
los
Jesuitas, Miguel Mir, ex-jesuita, escribió: ³Ignacio de Loyola
prohibió a
sus secuaces la dirección espiritual de mujeres; y él dirigió
hasta su
muerte un montón de mujeres. Impuso a sus secuaces una
obediencia férrea; y
él no obedeció una sola vez en su vida...²
Lo primero es verdad, lo segundo falso. En Barcelona tuvo su
primer
topetazo con la Inquisición; no el último ni mucho menos.
Ignacio no podía
quitarse de enseñar, exhortar y predicar, incluso en las calles;
ni podía
andar sin una cola, es decir, compañeros que se le pegaban
infaltablemente,
como a un imán. Tenía ese magnetismo, el poder de influenciar,
tenía ³el
genio de la amistad² dijo un contemporáneo.
No era ni brillo intelectual ni prepotencia de la voluntad;
simplemente
su libertad obraba sobre las libertades ajenas, y su dignidad
era atrayente,
radiante, arrastrante. El que se haga emperador de sí mismo, ese
podrá
imperar a los otros.
Más de una vez le bastó ir a visitar a un enemigo, conversar una
hora y
dejarlo convertido en adicto; como cuentan de Irigoyen; pero más
que don
Hipólito por cierto, como fue también el caso de san Francisco y
santo
Domingo. La Inquisición andaba con ojo inquieto y barbas al
hombro en ese
tiempo; y con razón. Sus cinco primeros compañeros lo dejaron al
partir él
para Venecia y para Jerusalén. Sus cinco primeros compañeros lo
dejaron al
partir él para Venecia y para Jerusalén.
Tierra
Santa
El viaje a Jerusalén, hecho sin dinero y descalzo, tuvo las más
increíbles peripecias, que no contaré: los desprecios, los
peligros y las
palizas fueron sin cuento. Cuando la nave de los peregrinos en
que viajó
gratis llegó a Jerusalén, el Provincial de los franciscanos, que
era
prácticamente el Arzobispo de Tierra Santa, les dijo visitaran
el Santo
Sepulcro y se mandaran mudar, porque el turco andaba bravo -los
turcos
desplumaban y maltrataban a los peregrinos- Ignacio se quedó. El
franciscano
lo llamó y le dijo si no se marchaba lo iba a excomulgar.
Obedeció, pero
antes fue a despedirse del Monte Oliveto, de la piedra donde
según decían,
estampó sus pies Jesucristo al subir al cielo. Sobornó al
centinela turco
con un cortaplumas, adoró la piedra, y se volvía cuando le vino
una idea
repentina: mirar si Cristo al subir al cielo estaba mirando
hacia España, o
al revés, de espaldas. Sobornó otra vez al centinela con una
tijeras y
entrando vio con gran ufanía que las puntas de los pies miraban
a España. Se
le acabó la ufanía enseguida porque un sirviente armenio del
convento
franciscano lo topó; y a empellones puñadas y patadas lo llevó
ante el
Provincial, que lo reprendió ásperamente. Este era el mismo
Iñigo que a los
18 años: porque un grupo de hombres armados que venían por su
acera no le
cedían la derecha, desenvainó, hirió a uno y los hizo huir a
todos. Pero él
contó que mientras el armenio lo arreaba como a un animal, el
veía delante
de sí a Cristo.
Vuelto a España (en las mismas condiciones hazañosas de siempre,
de
Venecia a Barcelona a pie y mendigando, pasando por Francia, que
estaba en
guerra con España) Ignacio se puso a estudiar o quiso ponerse a
estudiar: la
Inquisición le había mostrado que lo que importa no es el saber,
lo que
importa es el título; que no basta tener talento, hay que tener
permiso de
tener talento.
Se fue a Alcalá y después a Salamanca algo más de dos años: en
Alcalá a
la escuela del maestro Arévalo, donde iban niños de 10 años,
sentado en el
último banco; y de hecho era el último de la clase. Se ponía a
decorar la
primera conjugación, Amo amas amare amavi amatum y se acordaba
del amor de
Dios, se abstraía y no aprendía; ni a palos, pues le pidió al
maestro
Arévalo que le pegase como a los chicos si no sabía la lección.
A los dos
años Arévalo cansado lo mandó a Salamanca. Como siempre, se le
apegaron tres
compañeros; y como siempre, andaba predicando y visitando
enfermos y
encarcelados; y como siempre, alarmó a la Inquisición y los
metieron presos
tres veces por lo menos.
Humor
magnánimo
La primera vez los interrogaron interminablemente y los largaron
mandándoles se comprasen zapatos y no anduvieran descalzos.
Ignacio le dijo
al Inquisidor Figueroa que le regalase él los zapatos; y añadió:
³Con tanta
y tanta pregunta, ¿qué ha sacado Ud.? ¿Ha encontrado algo malo
en lo que
enseño?² ³No,² -dijo Figueroa- ³porque si hubiese encontrado
algo malo, os
mandaba a la hoguera.² ³Y yo también a vos, en el mismo caso²
dijo el
peregrino.
Este rasgo de humor de Ignacio es uno entre muchísimos: tenía el
sentido
del humor, que según Aristóteles es propio del hombre magnánimo;
y en él era
cosa habitual; en este vasco que suelen pintar como seco,
seriote, ceñudo,
adusto, frío y aun lúgubre.
Por ejemplo, cuando por tercera vez lo metieron preso en
Salamanca, con
grillos y cadenas, fue a verlo el Inquisidor Frías con el Obispo
Mendoza -el
que después se haría famoso en el Concilio de Trento, hecho
Cardenal de
Burgos, confesor y amigo íntimo de Carlos V-; y Frías le
preguntó
irónicamente: ³¿Me tiene odio por estos grillos y cadenas?² ³Dr.
Frías²
contestó el reo ³sepa que no hay en toda Salamanca tantos
grillos y tantas
cadenas cuantos yo desearía sufrir por Cristo. Lo que me
impacienta son unos
animalejos que hay por aquí, muy chiquitos, pero muy bravos². La
respuesta
le ganó la voluntad del Cardenal de Burgos, que lo había ido a
ver por
curiosidad como a un chiflado cualquiera.
Podría multiplicar los ejemplos del humor un poco tosco y aun
salvaje
pero siempre amable del peregrino. (Una vez en Roma dijo que a
él le
gustaría ser judío para tener en las venas sangre de la raza de
Jesucristo y
un tal Mateo López le dijo, ³¿Judío, señor?² y escupió. ³Sí
señor, judío...
como Vuestra Merced² dijo Ignacio, y escupió también).
Una vez, ya General, encontró a un lego que estaba barriendo un
corredor
y le dijo: ³Hermanos, este trabajo ¿lo haces por Dios o por los
hombres?²
³Por Dios² dijo el lego. ³¡Qué lástima! Porque si lo hicieras
por los
hombres no me importaba; pero haciéndolo por Dios y barriendo
tan mal como
barres te tengo de dar una buena penitencia². Las penitencias
que solía dar
era mandar al culpable a rezar a la Capilla hasta que él
avisase. Y cuando
le preguntaban ³¿Por quién debo rezar?² respondía: ³Por mí, para
que no me
olvide².
Dando Ejercicios al Dr. Ortiz, un célebre profesor de Teología y
encontrándolo deprimido se puso a bailar delante con su pata
renga para
hacerlo reír; y cuando, salido de Ejercicios, Ortiz le pidió
entrar en
Compañía, le dijo ³No, porque sois muy gordo². Prohibió admitir
en la
Compañía hombres de cara fea; sin embargo Diego Laínez, el
segundo General,
era feísimo. ³Me admitieron de noche² decía él.
Se puede contar también como rasgo de humor las catorce horas
que esperó
sentado a la puerta del Papa Paulo IV, su enemigo, sin comer,
sin beber y
sin dormir. Lo que quería el Papa era que se fuese; pero tuvo
que recibirlo.
El P. Nadal en su ³Memorial² dice que el buen humor era continuo
en él:
³En la recreación y en su aposento estaba siempre alegre y
risueño, pero
guay cuando fruncía el ceño; ninguno podía sostener su mirada de
enojo² esa
misma mirada que dirigió en Pamplona a sus compañeros de armas y
al Capitán
Herrera cuando querían rendirse a los franceses.
La Compañía
de Jesús
Lo hemos dejado en Salamanca, preso. Lo soltaron, con el mandato
de no
predicar más sobre la diferencia del pecado venial y el pecado
mortal. El no
se avino a ese mandato: ³Me voy a estudiar a París².
Al Prior de San Esteban que, habiéndolo invitado a almorzar, le
preguntó
de sobremesa, después de haberlo interrogado sobre su vida y
haber
respondido él ingenuamente: ³Bueno, si Ud. no tiene estudios, y
predica
cosas teológicas, entonces a Ud. ¿le ha enseñado el Espíritu
Santo?² Ignacio
respondió: ³Si lo que yo predico está bien ¿qué le importa a Ud.
quién me lo
ha enseñado?² ³Pues ahora veréis², dijo el Prior y salió furioso
y lo
denunció, y esta fue su tercera prisión. Cuando salió, dejó a
sus primeros
compañeros, se fue a París y fundó la Compañía de Jesús.
San Ignacio entró en la Sorbona, donde permaneció 7 años
(1528-1535) al
mismo tiempo que salía de ella el heresiarca Juan Calvino: otra
coincidencia. ¿Para qué voy a contar las peripecias novelescas y
las obras
hazañosas que hizo en todo este tiempo, como de costumbre? Para
él lo más
hazañoso fue sacar los títulos de bachiller, maestro de Artes y
licenciado y
teología; porque el estudio le costaba la mar. Seguía
predicando,
exhortando, dando Ejercicios y eso casi le costó una ³sala² que
era un
tremendo e infamante castigo; del cual se libró con uno de sus
rasgos
geniales: fue a verlo a Govea, el Rector, le habló media hora y
terminó
diciendo: ³Cosa donosa es, Sr. Rector, que en un país cristiano
sea novedad
hablar de Cristo². El Rector lo abrazó y le perdonó la ³sala².
Apenas dio el tremendo examen de la Piedra seleccionó seis de
sus muchos
seguidores, los llevó a la Capilla de Montmartre (Monte de los
Mártires)
donde hoy está la suntuosa basílica del Sacré Coeur; y allí
hicieron votos
de pobreza, celibato, obedecer al Papa e ir a Jerusalén. Esta
fue la primera
fundación de la Compañía. Los siete nuevos monjes eran Francisco
Javier,
navarro, que de joven casquivano y divertido se había de
convertir en el
misionero más grande que ha habido después de San Pablo; Pedro
Fabbro,
francés, beatificado por Paulo V, Simón Rodríguez, portugués,
Alfonso
Salmerón, castellano; Nicolás Bobadilla, granadino, y Diego
Laínez, judío,
hijo de judíos conversos.
Constituidos en ³Societas Iesus², nueva sociedad religiosa,
partieron
hacia Roma, caminando, mendigando y predicando, estilo Loyola,
en medio de
la tercera guerra entre Francisco I Carlos V. En Roma se
pusieron a predicar
en todos los barrios y después en varias ciudades de Italia con
gran
expectación: la gente comenzaba por reírse del cocoliche que
hablaban,
mezcla de español, francés e italiano, pero luego quedaban
prendidos por el
fuego y verdad de sus palabras: surgieron los eternos
impugnadores, que
metieron presos a dos de ellos en Ravenna, y también los amigos
que los
apelaban ³los Santos². Se enteró Paulo III, que les había negado
una
audiencia, y los invitó a almorzar; y esos harapientos le
cayeron en gracia
y les dijo: ³¿Para qué quieren ir a Jerusalén? Italia es su
Jerusalén².
Gracias a esta caída en gracia existe hoy la Compañía de Jesús.
Dos años más
tarde aprobó el esquema de sus Constituciones. ³El dedo de Dios
está aquí²
dijo al leerlas.
Los Jesuitas
y los Papas
Paulo III subió al Papado a los 60 años y vivió hasta los 85. No
hubiese
subido al Papado de no ser el hermano de Julia Farnesio, la
concubina de su
antecesor, Alejandro VI. Era propenso a la ira y estaba siempre
rabioso
contra la Iglesia, contra Francia, contra España, contra
Inglaterra, contra
el Turco y contra sí mismo; los Romanos decían ³la iracundia
deste viejo no
parece cosa deste mundo². Antes de morir le asesinaron un hijo
suyo, Pier
Luigi; y entre los asesinos estaba un Cardenal, el Cardenal
Gambara. Murió
lleno de ira como había vivido, pero su ira no hizo daño a la
Iglesia; pues
cuando estaba enojado, acertaba. Cristopher Hollis ha escrito:
³Es curioso
que Paulo III, si no hubiese tenido una hermana manceba de un
Papa no
hubiese llegado a Papa; y que si no llegaba a Papa, la Iglesia
perdía a toda
Europa². En efecto, Paulo III estableció a los jesuitas, convocó
el Concilio
de Trento y fundó el Colegio Romano, mi Universidad, la
Universidad
Gregoriana hoy día. Fue el primer Papa de la Contrarreforma y el
más eficaz
de todo. Como Uds. Ven, tenía motivos para andar enojado.
Después de Paulo III vinieron dos Papas contrarios a los
jesuitas, uno
los molestó poco, Julio III, pero el otro quiso suprimirlos,
Paulo IV; y
otro favorable, pero que reinó sólo 21 días, Marcelo I.
La Compañía de Jesús empezó a crecer con rapidez tal que tan
sólo el
Imperio de Alejandro y el Imperio de Napoleón pueden
comparársele. Entonces
fue elegido el Cardenal Juan Pedro Caraffa, Paulo IV. Cuando le
anunciaron a
Ignacio la elección, le temblaron los huesos; el P. Nadal dice
que se puso
pálido y se le estremeció la osamenta. Caraffa era enemigo
personal de san
Ignacio porque, en primer lugar, Ignacio era español y él era
napolitano y
odiaba a los españoles; en segundo lugar porque lo había
invitado a entrar
en la Orden de los Teatinos que él había fundado junto con san
Cayetano en
Thiena; y tercero, después de hecha la Compañía los había
instado a fundirse
con su Orden que tenía porvenir mientras ellos no tenían ninguno
-creía él;
e Ignacio se había negado.
Era para temblar porque Paulo IV era intemperante y arbitrario;
y por
cierto gobernó desastrosamente.
Como sal
en el agua
Pero san Ignacio, una vez que el médico le había dicho que
evitara todo
disgusto, y los presentes le preguntaron qué cosa le podría dar
a él el
mayor disgusto, se recogió un momento y respondió: ³Si mi
Compañía se
deshiciese como la sal en el agua; pero si mi Compañía, que me
ha costado
tantos esfuerzos, luchas y sufrimientos se deshiciese como la
sal en el
agua, me bastaría hacer un cuarto de hora de oración para quedar
de nuevo
tranquilo y en paz². Y, en efecto, después de haberle temblado
los huesos,
al día siguiente se fue a verlo al Papa; el Papa lo hizo esperar
14 horas y
después no pudo menos que recibirle media hora y, al salir el
Santo, Paulo
IV no estaba amigado pero sí estaba advertido: había visto ante
sí un hombre
de poderoso carácter cuya mirada le hacía bajar los ojos. Siguió
un tira y
afloje hasta la muerte de San Ignacio; una serie de desafueros
que no puedo
detallar, para obligar a los jesuitas a disgregarse y entrar en
los
Teatinos; los cuales jesuitas vivían en el más extremo apuro;
pues tenían
voto especial de obediencia al Papa y el Papa no podía verlos ni
en pintura.
Mas Ignacio aguantó: cuando en la recreación alguno comenzaba a
hablar de
Paulo IV (todos en Roma hablaban mal del Papa), Ignacio lo
cortaba diciendo:
³Hablemos del Papa Marcelo², frase que se usa aún como proverbio
entre los
jesuitas.
El gobierno de Paulo IV fue desastroso. Al morir, él le dijo al
Padre
Diego Laínez que estaba a su cabecera: ³Mi Pontificado ha sido
el más
desastroso que ha habido². No era verdad del todo, pero era
verdad en
parte.(Es curioso que este Papa de vida intachable y gran
letrado, pero
sonso para gobernar, hiciese más daño a la Iglesia que otros
Papas disolutos
-pero mejores estadistas- como Julio II y Alejandro Borgia. Es
que, como
dijo Macaulay, un Rey sonso hace más daño que un Rey malvado; y
santo Tomás
dice que los sonsos pueden ir al cielo, con tal que no sean
gobernantes. Así
que el que saca a un sonso del gobierno, aunque sea por medio de
un golpe,
se hace un bien a su alma).
Por el
mundo
La Compañía creció y se plantificó en todas las partes del
mundo: los
Teatinos se extinguieron. El Rey Juan III mandó a su Embajador
en Roma
pidiese a Ignacio seis jesuitas para Portugal; y el reciente
General dijo:
³Embajador, somos diez actualmente: si mando seis a Portugal
¿qué me queda
para todo el mundo?². Pareció una humorada y era una verdad.
³Los jesuitas
conquistaron a Sudamérica para la Iglesia de Roma² dijo Lord
Macaulay, que
es muy adverso a ellos.
Es exageración grande pues cooperaron muchísimo franciscanos,
dominicos y
clero secular; pero la verdad es que los jesuitas llevaron la
batuta, por
decirlo así, en la evangelización del Nuevo Mundo; no olvidemos
las Misiones
del Paraguay, o sea de la Argentina (pues la mayoría de ellas
estuvieron en
territorio actualmente argentino donde tuvieron tres mártires,
un paraguayo,
Roque González de Santa Cruz, pariente de Hernandarias; y dos
españoles) y
no olvidemos que un hermano carnal de San Ignacio fue uno de los
fundadores
de Santiago del Estero.
Así quedó establecida en el mundo la Primera gloriosa Compañía
de Jesús.
Después, Ignacio la gobernó 15 años y murió apaciblemente y
silenciosamente,
con sólo un compañero a su lado y dos médicos. Sus últimas
palabras fueron
iguales a las de Juan Manuel de Rosas: ³¿Cómo se siente Padre?²
³No sé²
dijo. ³Cómo se encuentra, tatita?² preguntó Manuelita a su
padre. ³No sé,
niña². A lo mejor lo hizo adrede el ³astuto tirano² -porque
tenía gran
admiración por san Ignacio de Loyola.
La nueva
Compañía
La Segunda Compañía de Jesús ¿es la misma que la primera? Hoy
día lo
niegan; diciendo por ejemplo que el Papa Clemente XIV suprimió
la Compañía
de Jesús y por algo lo habrá hecho.
Hay que decir brevemente una verdad enorme; la Compañía de Jesús
fue
suprimida en 1773 por obra de los masones, los enciclopedistas y
un Rey
cristiano tonto y disoluto -tres personas distintas y una sola
calamidad
verdadera. Verdad histórica demostrada diez veces.
¿No dieron motivo los jesuitas para su eliminación? Dieron asa
para ello
los jesuitas franceses, como he explicado en algún libro mío;
sin algunos
abusos ocurridos en Francia, jamás Luis XV, el Duque de Choiseul
y Madama
Pompadour hubieran podido eliminarlos; pero esos abusos fueron
el asa, la
ocasión, el pretexto, no la causa. La causa fue que ellos
defendían la
religión y el Papa en Europa y todo el mundo.
Pero la nueva Compañía, restaurada por Pío VII en 1814, ya no es
la
antigua: se ha sentado, se ha conventualizado, se ha
cuartelizado, ha
perdido sus filos. Fue fundada para la Contrarreforma, ya no
tiene nada que
hacer. Ya no tiene el espíritu de San Ignacio, ha cambiado
muchas cosas de
San Ignacio. Ellos que fueron el martillo de los herejes y
siempre de
ortodoxia impecable, han dado nacimiento en su seno a herejes o
sospechosos
de herejía, como el P. Telar Chardon, el P. De Lubac, el P.
Rahner...
Etcétera. Estas cosas se oyen y se escriben, aquí también en la
Argentina: al primero a quién se las oí fue al filósofo Maritain,
cuando
vino a dar conferencias a Buenos Aires. Son sofismas, según
creo. Yo no
puedo dar respuesta a esos brulotes y a otra media docena que
podría añadir,
porque acabaría a las 12 de la noche. Daré la respuesta breve de
Diego
Laínez a Melchor Cano en el Concilio de Trento.
Que
ladren
Melchor Cano fue un gran teólogo español dominico que les agarró
una
tirria implacable a los jesuitas, a los que llamaba precursores
del
Anticristo. Les achacaba que no tenían coro, y por tanto no eran
una
verdadera Orden Religiosa; que ayunaban y se azotaban demasiado
poco; y que
eran demasiado indulgentes con los pecados carnales -en el
confesionario,
por supuesto.
En el Concilio de Trento acusó a los jesuitas y pidió su
abolición. Se
levantó Diego Laínez -que era un judiíto muy feo de cara,
endeble y enfermo,
pero el hombre más docto del Concilio y quizá de toda Europa,
una
inteligencia vivaz y una memoria prodigiosa- y dijo:
- Reverendo Padre, ¿cuántos Papas hay?
- Uno solo, por supuesto.
- Y entonces ¿por qué recusa Ud. una orden religiosa aprobada
por Paulo
III, haciéndose Ud. otro Papa? ¿Quién es Ud. para eso?
- Ah querido colega, querido colega -dijo Melchor Cano -¿Qué
quiere Ud.?
Cuando los pastores del aprisco duermen, por lo menos que los
perros ladren.
- Que ladren -dijo Laínez- pero que ladren contra los lobos, no
contra
los perros.
Así también, si los Papas todos han mantenido su confianza en la
nueva
Compañía y la han colmado de aprobaciones y elogios ¿quiénes
somos nosotros
para improperiarlos y corregirlos?
¡Adelante los que quedan! ¡Oh mínima Compañía de Iñigo de Loyola
-y de
Jesús! Yo quisiera que repitieses los hechos hazañosos y
gloriosos de tu
primer siglo -y eso pido de todo corazón a tu Jefe Jesús y a tu
fundador el
rengo. Pero si por una desgracia enorme llegases a caer de tu
espíritu y a
inutilizarte para las grandes batallas actuales, si dejases de
ser la
caballería ligera de la Iglesia para convertirte en burocracia o
rutina, si
te contaminases de mundanidad, de vanidad o de progresismo, si
cedieses
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