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El doctor Nicodemus Omniscio, miembro de la Academia de Ciencias
Sociales y
catedrático de Sociología, se había propuesto dejar al mundo el
mejor y más
completo tratado de esta ciencia que nunca se hubiese conocido.
Después de leer cinco mil volúmenes y de anotar sus márgenes con
lápiz,
puso manos a la obra. Pero en el primer capítulo estuvo atascado más
de seis
meses, porque su honradez intelectual y su espíritu reflexivo no le
permitían pasar a la ligera sobre el nombre de la ciencia que
estudiaba. De
sus largas meditaciones sobre este punto trascendental, había
deducido que
"sociología" es una palabra híbrida, formada por la bárbara
mescolanza de
una raíz latina y otra griega. "Socio" viene del latín "societatis"
y
"logía" de griego "logos".
Esto afligía enormemente al doctor Nicodemus. ¿Es posible -se
preguntaba-
que la sociedad prospere y logre ser feliz con la aplicación de una
ciencia
cuyo nombre es híbrido y contrario a las leyes etimológicas?
Al fin, después de hacer estas consideraciones en su tratado, el
doctor
proponía ciento y pico de nombres para sustituir al de "sociología",
y
después de pesar las ventajas e inconvenientes de todos ellos,
acababa por
resignarse a usar el nombre ordinario, "sociología", si bien
protestando de
sus peligros.
Luego venían unos capítulos donde se estudiaba la "im-portancia de
aquella ciencia", que resultaba ser mayor que la de ninguna otra, y
luego
otros donde se trataba de "sus relaciones con las demás ciencias",
que
resultaban ser íntimas con todas ellas, incluso con la Botánica.
Finalmente,
en quince largos capítulos, se estudiaban las definiciones que de la
"Sociología" habían dado los más eminentes tratadistas, y tras de
criticar
todas ellas, en número de doscientas veintidós, el doctor proponía
una
nueva, que se parecía a todas y no era igual a ninguna, y que hacía
la
número doscientos veintitrés. En una nota, además, advertía que
aquella
definición era sólo provisional.
Manía
reflexiva
Por todo lo que antecede, el lector habrá comprendido que el doctor
Nicodemus padecía una terrible enfermedad: la "manía reflexiva".
Reflexionaba siempre, por todo y sobre todo, y en consecuencia, le
aquejaba
una absoluta parálisis de acción. Cada vez que iba a hacer algo,
surgían en
su mente tantas razones en pro como en contra de lo que iba a hacer,
que su
espíritu, atenazado por ellas, quedaba al cabo en el perfecto
equilibrio de
la indecisión.
Por eso, su única complacencia era encerrarse en su bi-blioteca, y
allí,
aspirando golosamente el tufo de humedad de sus apolillados
infolios, leer,
anotar y escribir, saciando así su hambre desapoderada de
reflexionar. Allí,
pues, psando opiniones y escuelas, afirmando y negando
alternativamente,
proponiendo y refutándose a sí mismo, y adoptando, al cabo,
soluciones
eclécticas, posibles, intermedias y provisionales, el doctor
Nicodemus, con
todo su bagaje de ciencia, iba, como un pesado tren de cremallera,
escalando
en "zigzag" la cumbre de la ciencia sociológica.
Por lo demás, el doctor era la persona más buena del mundo. Cierto
es que
su vida, puramente contemplativa y re-flexiva, apenas le dejaba
hueco para
poner en "acto" las mil dulce y bellas cualidades que dormían "en
potencia"
en su espíritu. Pero, al fin, como tampoco molestaba ni hacía mal a
nadie
-cosa que los hombres solemos considerar egoístamente como el
compendio de
la bondad humana-, es in-dudable que el doctor caminaba a pasos
seguros
hacia el "clarisimus atque integerrimus vir", con letras de oro, al
pie de
su nombre, sobre una columna del paraninfo de la Universidad.
Una cosa
blanducha
Todas las mañanas, a las siete, antes de ponerse a tra-bajar, el
doctor
Nicodemus salía unos minutos a tomar una tortilla y una copa de
coñac. Era
como el roñoso alquiler que su espíritu reflexivo pagaba a su
envoltura
corporal por su pasajero aposentamiento en esta vida. Porque el
doctor no
consideraba al cuerpo más que como eso: como una mala casucha para
que el
espíritu se albergase. El día en que su espíritu terminase su labor
-su
magno tratado de "Socio-logía"-, dejaría de pagar su alquiler al
cuerpo;
éste entonces, echando de menos su tortilla y su coñac, desahuciaría
al
espíritu por falta de pago... y el doctor Nicodemus moriría.
Pero una mañana, al entrar de vuelta en su casa, enfras-cado ya en
las
reflexiones que pensaba trasladar al papel, el doctor pisó en su
casapuerta
una cosa blanducha, que chilló al ser pisada.
Era un niño como de un año, sucio, harapiento y mocoso. Su primer
impulso
fue tomarlo en brazos; pero en seguida la reflexión detuvo su
movimiento.
Como en una cabalgata, desfilaron al galope por su mente mil teorías
y
opiniones que le daban mil soluciones distintas sobre el caso.
Recordó leyes
de Licurgo, sentencias de Platón, palabras del Evangelio, máximas de
Stuart
Mill y las radicales decisiones de Malthus y Ricardo, que condenan
al
abandono a los seres nacidos en la miseria, que vienen a perturbar
el orden
del "banquete de la Naturaleza", donde no tienen cubierto
preparado... El
doctor se preguntaba perplejo si aquel niño tendría o no cubierto en
el
susodicho banquete.
Pero, por primera vez, al preguntarse aquello ante aquel niño que,
temblando de frío, le miraba con sus ojos legañosos, el doctor
pensó, sin
vacilaciones, que aquello del banquete y del cubierto era una
majadería, y
dejando, por primera vez también, que su natural impulso arrollara
sus
reflexiones, tomó en brazos al niño, que pateaba como un
desesperado, y
saltando de dos en dos los escalones, como si lo llevara robado,
subió con
él su escalera...
En esto y en lo que a esto siguió sobre este caso, hay que convenir
que
el doctor Nicodemus se comportó como una per-sona normal.
Evolución
del sabio
Efectivamente, el doctor, robando unos minutos a sus papeles y
reflexiones, dio cuenta a la Policía, a la justicia y a las
autoridades de
lo ocurrido. Las autoridades, la justicia y la Policía lo
escribieron en
papel sellado; en seguida, para averiguar quiénes fueran los padres
del
abandonado, tendieron una extensa red de oficios, diligencias,
exhortos y
suplicatorios, cosiéndolos unos a otros; resultando, al fin de todo
ello,
que no se pudo averiguar nada, cosa que también escribieron en papel
sellado.
Mientras tanto, el doctor Nicodemus, desechando los mil escrúpulos
científicos que a cada instante le asaltaban, retenía en su casa al
niño,
del que cuidaba doña Inocencia, su vieja ama de llaves. El sabio
doctor
opinaba que, en su caso, todos los tratadistas del mundo tendrían
que
convenir en que no era posible tirar al niño por la ventana.
Asimismo creía
que todos estarían de acuerdo en que, cuando lloraba, lo más
prudente era
que doña Inocencia le diera un bibe-rón. No menos evidente era que,
en
determinados momentos, había que mudarle los pañales... Y en el
vaivén de
sus reflexiones pasaban meses, y el doctor Nicodemus, con la tácita
anuencia
de todos los tratadistas, iba criando al niño abandonado...
La verdad sea dicha: cuando, pasados unos meses, la Policía trajo al
doctor el último papel sellado, donde se hacía constar que no
aparecían los
padres del niño, el doctor se alegró. Poco después, llenando todas
las
formalidades legales, le adoptó solemnemente por hijo, llamándole
Bienvenido. Para dar este paso, el doctor se abstuvo de consultar
las
opiniones de los sociólogos, que empezaban a importarle cada vez
menos.
Efectivamente, el sabio había "evolucionado"; ya que este es el modo
dulce de decir que un sabio cambia de opi-nión como cualquier
mortal. La
forzada actividad que le produjo aquel inesperado episodio de su
vida que
empezaba a tomar proporciones de acción principal, le había apartado
largas
horas de sus habituales reflexiones. De resultas de ello y de las
continuas
interrupciones de doña Inocencia y de Bienvenido, su tratado
avanzaba con
enorme lentitud. Además, el doctor Nicodemus empezaba a estar
descontento de
sus capítulos anteriores, y cada día más encontraba sus soluciones
áridas,
frías e impracticables. También había "evolucionado" su estilo, que
iba
siendo más lírico. Había escrito una disertación contra Malthus, en
la que,
lejos de guardar la austeridad del lenguaje científico, le llamaba
"viejo
chocho" y otras cosas fuertes. En cambio, había hecho un capítulo
glosando
la frase de Cristo "Dejad que los niños ven-gan a mí", que,
inconscientemente, le había salido casi en verso. Finalmente, había
tenido
que romper, con rubor, cierta página, después de escrita, porque en
un
rinconcillo de ella la tinta se había corrido, como si hubiera
rodado por
encima una lágrima... Sí, aquella página estaba escrita el día en
que
Bienvenido cayó con la escarlatina.
El nuevo
Josué
Corrió así el tiempo, y las cuartillas del tratado crecieron cada
vez con
más lentitud y más descontento de su autor. Al fin, cuando ya
Bienvenido
tenía cerca de ocho años y las cuartillas cerca de dos metros, el
doctor
Nicodemus, al volver un día de la calle trayendo, por cierto,
escondido bajo
su capa un toro de cartón, se sorprendió con un extraño espectáculo.
Bienvenido, burlando la vigilancia de doña Inocencia, se había
deslizado
en la biblioteca del doctor. Como estaba estu-diando Historia
Sagrada, al
ver aquellas pilas de libros y cuartillas, había decidido jugar con
ellas a
las "murallas de Jericó", y después de dar siete vueltas, en
funciones de
Josué, las murallas se habían desplomado. El espectáculo que se
ofrecía ante
el doctor Nicodemus era aterrador.
Por el suelo, en el más confuso desorden, había un mar de libros,
papeletas, cuartillas y folletos. Todas las opiniones y teorías,
sumidas en
la más democrática promiscuidad, no eran sino un revoltijo de
papeles, donde
se mezclaban nom-bres, fechas, citas, ideas y herejías. El nuevo
Josué,
medio desnudo del esfuerzo de la batalla, rebosante de salud y
vigor, como
una encarnación de la Vida, pisoteaba aquel montón informe de
ciencia
cantando victoria y esgrimiendo un cortapapeles.
El padre y el hijo adoptivo se miraron un instante, y el doctor, con
los
ojos arrasados en lágrimas, tomó en sus brazos a aquel ángel
exterminador y
le dijo:
-Has hecho bien, hijito. Has hecho lo que debí hacer yo hace
bastante
tiempo, y por cobardía no hice...
Y luego, poniéndolo nuevamente sobre loa papeles, con-tinuó:
-Anda, hijo mío, pisotea, pisotea bien a estos tiranos en-gañadores,
engañadores que me han robado media vida. Tú sólo tienes derecho a
vivir...,
¡tú eres mi única obra!
A partir de aquel día, el cambio iniciado en la vida e ideas del
doctor
se consolidó por completo.
El mejor
tratado
Con gran asombro de sus compañeros, el doctor, acompa-ñando a
Bienvenido,
empezó a presentarse a menudo en paseos, calles y hasta en teatros.
Si le
preguntaban cómo iba su tratado de "Sociología", se encogía de
hombros; y en
la cátedra, cuando explicaba su ciencia, vagaba por sus labios una
sonrisa
burlona...
Mientras tanto, Bienvenido, aleccionado por su padre adoptivo, se
iba
haciendo un hombrecito de provecho. Al cabo de unos años, ganó unas
oposiciones de Correos, y entonces el doctor Nicodemus, como si
hubiera
terminado su misión, murió dulcemente.
Como había sido sabio y honrado, no dejó dinero. Dejó, en cambio, un
verdadero tesoro en una carta que, a modo de tes-tamento y
despedida, dejó
escrita a Bienvenido. Le exhortaba en ella a ser siempre cristiano,
caballero, benévolo y sufrido; le aconsejaba que viviera con la
frente en el
Cielo y los pies en la tierra, y que diera mayor importancia a las
obras
buenas que a las palabras sonoras. Al fin, terminaba diciéndole,
entre
otras, estas solemnes palabras: "Ama mucho, hijo mío, porque sólo
las obras
del amor son inmortales."
El doctor Nicodemus, sin adivinarlo, había realizado su sueño de
dejar al
mundo el mejor tratado de Sociología...
Pemán, José María: Obras completas. Novelas y cuentos. Tomo II. Ed.
Escelicer, S. L., Madrid, España, 1948
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