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Vivir
Matando a Beethoven
Por: Oscar Fernández Espinoza de los Monteros

¿Quién dijo que una enfermedad o una malformación del feto es una
justificación para optar por el aborto?
 

Es preferible abortar cuando el feto presenta alteraciones genéticas o
congénitas, pues ¿qué calidad de vida podrá llegar a tener este niño? Nadie
desea un hijo con malformaciones o SIDA. Este es uno de los grandes mitos
que giran en torno al aborto y cuya validez, veremos en este artículo, es
total y absolutamente infundada y falaz.
Muchos no nacidos fallecen; otros no podrán llegar a la vida adulta porque
su naturaleza no está preparada para alcanzarla ¿por qué acabar con ellos
intencionadamente?

La ciencia
avanza

Gracias a los avances de la técnica aplicada en la medicina se han
conseguido adelantos que antiguamente eran inimaginables, y entre ellos está
la posibilidad de obtener datos suficientes para pronosticar alguna
patología del ser en gestación. Pero, ¿quién dirá qué enfermedad es
definitiva para optar por el aborto?
La Fundación Kennedy presentó una película para mostrar lo terrible que
era rechazar a los niños porque estuvieran enfermos. La misma fue filmada
basándose en una historia real que sucedió en el hospital John Hopkins de
Baltimore.
Poco después del nacimiento de un niño afectado de mongolismo se
descubrió que tenía además un estrechamiento en el tubo digestivo que le
impedía alimentarse. Esta anomalía condenaba al niño a la muerte, a menos
que se le hiciera una operación quirúrgica relativamente sencilla. Los
padres rechazaron la intervención. El cirujano se dirigió entonces al juez
proponiéndole lo siguiente: ³si le pido, oficialmente, que me autorice a no
hacer caso de la negativa paterna, usted ¿me apoyará?². La opinión del juez
fue que los padres tienen el derecho a oponerse a la intervención. Después
de esta respuesta el jefe de Pediatría decidió no operar al niño, que fue
colocado en una habitación separada con la indicación de no alimentarlo por
boca y tardó quince días en morir de hambre en uno de los mayores hospitales
del país más rico del mundo.

La mano
de Samuel

Veamos un caso diferente. Un fotógrafo registró una intervención
quirúrgica por espina bífida practicada a un feto de veintiuna semanas de
gestación y captó cómo el bebé sacó su pequeñísima mano desde el interior
del útero de su madre e intentó sujetar uno de los dedos del médico que lo
había intervenido.
La pequeña mano pertenece a Samuel Alexander Armas. Los especialistas lo
operaron dentro de la matriz para corregir su anomalía. Sus padres, Julie y
Alex Armas lucharon durante mucho tiempo por tener un bebé. Julie, una
enfermera de 27 años de edad, sufrió dos pérdidas antes de quedar embarazada
del pequeño Samuel. Sin embargo, cuando cumplió catorce semanas de gestación
comenzó a sufrir fuertes calambres y una prueba de ultrasonido mostró las
razones: el cerebro de Samuel lucía deforme y la espina dorsal se desprendía
de una columna vertebral que también lucía anomalías; el bebé sufría de
espina bífida y podían decidir entre un aborto o un hijo con serias
discapacidades.
Según Alex, el aborto nunca fue una opción. Antes de dejarse abatir, la
pareja decidió buscar una solución por sus propios medios y comenzaron a
solicitar ayuda a través de internet. De esta manera, entablaron contacto
con el doctor Joseph Bruner (cuyo dedo es el que sostiene Samuel en la
fotografía). La espina bífida puede llevar al daño cerebral, generar
diversas parálisis e incluso una incapacidad total. Sin embargo, al ser
corregida antes de que el bebé nazca, se tienen muchas más opciones de
curación. Aunque el riesgo era grande la operación fue un éxito. Durante
ella, los médicos pudieron tratar al bebé sin sacarlo del útero, cerrar la
brecha originada por la deformación y proteger la columna vertebral, que
sirve de camino para las señales nerviosas hacia el cerebro.

Bandera
por la vida

Después del nacimiento, los padres de Samuel dirigieron una carta a todos
los amigos que en el mundo se unieron en oración por el bebé y adoptaron su
conmovedora historia como estandarte de la lucha pro-vida. El texto de la
misiva dice:
³Queridos amigos y familiares: Samuel nació el jueves 2 de diciembre a
las 6:25 pm en el Northside Hospital, pesando 5 libras con 11 onzas y
midiendo 20 pulgadas y media (equivalentes a poco más de 2,5 kilos y unos 46
centímetros). Nació a las 36 semanas de gestación pero llegó al mundo
asomando su cabeza con un llanto. Samuel no tuvo que pasar por alguna unidad
neonatal y llegó a nuestro hogar junto con nosotros el lunes 6 de diciembre.
Después de ver un ultrasonido de su cerebro, su neurocirujano se mostró muy
optimista porque no presentó rasgo alguno de hidrocefalia y la malformación
cerebral quedó resuelta. Está moviendo sus piernas muy bien desde las
caderas y con un poco menos de facilidad desde sus rodillas. Estuvo doblado
por la mitad en el útero y el ortopedista cree que tiene una muy buena
oportunidad para caminar. Comenzará su terapia física la próxima semana para
poder superar la rigidez de sus piernas que fue resultado de su posición en
el vientre. Samuel se está alimentando muy bien. Gracias por todas sus
oraciones y su apoyo. ¡Somos más felices de lo que alguna vez soñamos que
era posible ser! Con todo nuestro amor, Julie, Alex y Samuel Armas².
Matar
a una niña sana

Otro caso muestra a una bebé prematura que estuvo a punto de morir cuando
los médicos decidieron desconectar los aparatos que la mantenían con vida
porque pensaron que presentaba una anomalía genética grave. Los padres nunca
aceptaron el diagnóstico de los médicos. Según los especialistas, su hija
padecía de un desorden cromosomático llamado síndrome triploideo que no le
permitiría sobrevivir. Los especialistas estaban dispuestos a desconectar
los aparatos que aseguraban alimentación y asistencia a la bebé mientras
terminaba su crecimiento porque supuestamente la niña tenía los días
contados y no ³valía la pena² seguir manteniéndola con vida.
Los padres decidieron practicarle nuevas pruebas antes de someterla a lo
que consideraron una eutanasia. Los nuevos análisis confirmaron sus temores:
los médicos iban a matar a una niña sana. El caso ha causado polémica sobre
la actitud indiferente de la mayoría de los médicos ingleses ante los no
nacidos y los bebés.
Es muy triste enterarse de padres que rechazan a sus hijos por sufrir de
alguna discapacidad, así como de médicos que están dispuestos a ³mejorar la
raza²; sin embargo, también alegra saber que siempre existen personas que
acogen como hijo muy querido a un bebé así. Por ejemplo, si se toma el
frecuente ejemplo de los niños con síndrome de Down y se les pregunta a los
papás, la mayoría de ellos dirá que son hijos muy felices; más aún, que
ellos se dicen felices de su hijo.
Niños y adultos con problemas de discapacidad son felices, mantienen la
esperanza, y prefieren vivir a no haber nacido nunca. Existen muchos casos
que lo confirman.

Matando
a Beethoven

Así por ejemplo, Jesús Francisco Marroquín Gómez es un buen alumno de
quinto año de primaria, juega fútbol y básquetbol, tiene muchos amigos,
quiere ser doctor y tiene una discapacidad física. Nació con malformaciones
múltiples que impidieron el desarrollo de algunas vértebras y de sus
piernas, por lo que sus pies, de talla muy pequeña, están unidos a diminutas
extremidades fijas en forma de cruz y él se considera una persona feliz.
Y así, entre todos podríamos mencionar miles de casos semejantes. Por
todo ello habría que reconsiderar qué es lo realmente importante, porque se
están tomando determinaciones que afectan a la persona humana y no a la cría
de ganado.
Si fuera legítimo matar a un ser humano porque corre el riesgo de tener
una vida ³sin valor², entonces habría que matar a todos los que entren en
ese mismo modelo, porque ¿en dónde se sitúa la calidad de vida de una
persona? Realmente es algo muy subjetivo. En donde uno es feliz, otro piensa
en el suicidio.
En un debate ante la televisión francesa, el célebre Dr. Jerôme Lejeune
preguntó a Monod:
- De un padre sifilítico y una madre tuberculosa que tuvieron cuatro
hijos; el primero nació ciego, el segundo murió al nacer, el tercero nació
sordomudo, y el cuarto es tuberculoso; la madre queda embarazada de un
quinto hijo. Usted, ¿qué haría?
- Yo interrumpiría ese embarazo- respondió Monod con toda seguridad; a lo
que su contrincante le contestó:
- Tengamos un minuto de silencio, pues usted habría matado a Beethoven.
Es pues necesario esperar a que cada uno elija su destino, no adelantarse
tomando una decisión que no admite rectificación. ¡Valiente ley sería
aquella que permite matar al más desvalido y débil, y en el caso, enfermo!
Por tanto, estar a favor del aborto eugenésico conduce a la aberración de
suponer que dar muerte a un ser humano es hacerle un favor; como dice el
dicho: ³mejor no me ayudes compadre².
Fuente: catholic.net
 

 

Páginas
El tratado del doctor Nicodemus

Por José María Pemán

Un hecho imprevisto le permitió terminar la mejor tesis sobre Sociología.   



El doctor Nicodemus Omniscio, miembro de la Academia de Ciencias Sociales y
catedrático de Sociología, se había propuesto dejar al mundo el mejor y más
completo tratado de esta ciencia que nunca se hubiese conocido.
Después de leer cinco mil volúmenes y de anotar sus márgenes con lápiz,
puso manos a la obra. Pero en el primer capítulo estuvo atascado más de seis
meses, porque su honradez intelectual y su espíritu reflexivo no le
permitían pasar a la ligera sobre el nombre de la ciencia que estudiaba. De
sus largas meditaciones sobre este punto trascendental, había deducido que
"sociología" es una palabra híbrida, formada por la bárbara mescolanza de
una raíz latina y otra griega. "Socio" viene del latín "societatis" y
"logía" de griego "logos".
Esto afligía enormemente al doctor Nicodemus. ¿Es posible -se preguntaba-
que la sociedad prospere y logre ser feliz con la aplicación de una ciencia
cuyo nombre es híbrido y contrario a las leyes etimológicas?
Al fin, después de hacer estas consideraciones en su tratado, el doctor
proponía ciento y pico de nombres para sustituir al de "sociología", y
después de pesar las ventajas e inconvenientes de todos ellos, acababa por
resignarse a usar el nombre ordinario, "sociología", si bien protestando de
sus peligros.
Luego venían unos capítulos donde se estudiaba la "im-portancia de
aquella ciencia", que resultaba ser mayor que la de ninguna otra, y luego
otros donde se trataba de "sus relaciones con las demás ciencias", que
resultaban ser íntimas con todas ellas, incluso con la Botánica. Finalmente,
en quince largos capítulos, se estudiaban las definiciones que de la
"Sociología" habían dado los más eminentes tratadistas, y tras de criticar
todas ellas, en número de doscientas veintidós, el doctor proponía una
nueva, que se parecía a todas y no era igual a ninguna, y que hacía la
número doscientos veintitrés. En una nota, además, advertía que aquella
definición era sólo provisional.

Manía
reflexiva

Por todo lo que antecede, el lector habrá comprendido que el doctor
Nicodemus padecía una terrible enfermedad: la "manía reflexiva".
Reflexionaba siempre, por todo y sobre todo, y en consecuencia, le aquejaba
una absoluta parálisis de acción. Cada vez que iba a hacer algo, surgían en
su mente tantas razones en pro como en contra de lo que iba a hacer, que su
espíritu, atenazado por ellas, quedaba al cabo en el perfecto equilibrio de
la indecisión.
Por eso, su única complacencia era encerrarse en su bi-blioteca, y allí,
aspirando golosamente el tufo de humedad de sus apolillados infolios, leer,
anotar y escribir, saciando así su hambre desapoderada de reflexionar. Allí,
pues, psando opiniones y escuelas, afirmando y negando alternativamente,
proponiendo y refutándose a sí mismo, y adoptando, al cabo, soluciones
eclécticas, posibles, intermedias y provisionales, el doctor Nicodemus, con
todo su bagaje de ciencia, iba, como un pesado tren de cremallera, escalando
en "zigzag" la cumbre de la ciencia sociológica.
Por lo demás, el doctor era la persona más buena del mundo. Cierto es que
su vida, puramente contemplativa y re-flexiva, apenas le dejaba hueco para
poner en "acto" las mil dulce y bellas cualidades que dormían "en potencia"
en su espíritu. Pero, al fin, como tampoco molestaba ni hacía mal a nadie
-cosa que los hombres solemos considerar egoístamente como el compendio de
la bondad humana-, es in-dudable que el doctor caminaba a pasos seguros
hacia el "clarisimus atque integerrimus vir", con letras de oro, al pie de
su nombre, sobre una columna del paraninfo de la Universidad.

Una cosa
blanducha

Todas las mañanas, a las siete, antes de ponerse a tra-bajar, el doctor
Nicodemus salía unos minutos a tomar una tortilla y una copa de coñac. Era
como el roñoso alquiler que su espíritu reflexivo pagaba a su envoltura
corporal por su pasajero aposentamiento en esta vida. Porque el doctor no
consideraba al cuerpo más que como eso: como una mala casucha para que el
espíritu se albergase. El día en que su espíritu terminase su labor -su
magno tratado de "Socio-logía"-, dejaría de pagar su alquiler al cuerpo;
éste entonces, echando de menos su tortilla y su coñac, desahuciaría al
espíritu por falta de pago... y el doctor Nicodemus moriría.
Pero una mañana, al entrar de vuelta en su casa, enfras-cado ya en las
reflexiones que pensaba trasladar al papel, el doctor pisó en su casapuerta
una cosa blanducha, que chilló al ser pisada.
Era un niño como de un año, sucio, harapiento y mocoso. Su primer impulso
fue tomarlo en brazos; pero en seguida la reflexión detuvo su movimiento.
Como en una cabalgata, desfilaron al galope por su mente mil teorías y
opiniones que le daban mil soluciones distintas sobre el caso. Recordó leyes
de Licurgo, sentencias de Platón, palabras del Evangelio, máximas de Stuart
Mill y las radicales decisiones de Malthus y Ricardo, que condenan al
abandono a los seres nacidos en la miseria, que vienen a perturbar el orden
del "banquete de la Naturaleza", donde no tienen cubierto preparado... El
doctor se preguntaba perplejo si aquel niño tendría o no cubierto en el
susodicho banquete.
Pero, por primera vez, al preguntarse aquello ante aquel niño que,
temblando de frío, le miraba con sus ojos legañosos, el doctor pensó, sin
vacilaciones, que aquello del banquete y del cubierto era una majadería, y
dejando, por primera vez también, que su natural impulso arrollara sus
reflexiones, tomó en brazos al niño, que pateaba como un desesperado, y
saltando de dos en dos los escalones, como si lo llevara robado, subió con
él su escalera...
En esto y en lo que a esto siguió sobre este caso, hay que convenir que
el doctor Nicodemus se comportó como una per-sona normal.

Evolución
del sabio

Efectivamente, el doctor, robando unos minutos a sus papeles y
reflexiones, dio cuenta a la Policía, a la justicia y a las autoridades de
lo ocurrido. Las autoridades, la justicia y la Policía lo escribieron en
papel sellado; en seguida, para averiguar quiénes fueran los padres del
abandonado, tendieron una extensa red de oficios, diligencias, exhortos y
suplicatorios, cosiéndolos unos a otros; resultando, al fin de todo ello,
que no se pudo averiguar nada, cosa que también escribieron en papel
sellado.
Mientras tanto, el doctor Nicodemus, desechando los mil escrúpulos
científicos que a cada instante le asaltaban, retenía en su casa al niño,
del que cuidaba doña Inocencia, su vieja ama de llaves. El sabio doctor
opinaba que, en su caso, todos los tratadistas del mundo tendrían que
convenir en que no era posible tirar al niño por la ventana. Asimismo creía
que todos estarían de acuerdo en que, cuando lloraba, lo más prudente era
que doña Inocencia le diera un bibe-rón. No menos evidente era que, en
determinados momentos, había que mudarle los pañales... Y en el vaivén de
sus reflexiones pasaban meses, y el doctor Nicodemus, con la tácita anuencia
de todos los tratadistas, iba criando al niño abandonado...
La verdad sea dicha: cuando, pasados unos meses, la Policía trajo al
doctor el último papel sellado, donde se hacía constar que no aparecían los
padres del niño, el doctor se alegró. Poco después, llenando todas las
formalidades legales, le adoptó solemnemente por hijo, llamándole
Bienvenido. Para dar este paso, el doctor se abstuvo de consultar las
opiniones de los sociólogos, que empezaban a importarle cada vez menos.
Efectivamente, el sabio había "evolucionado"; ya que este es el modo
dulce de decir que un sabio cambia de opi-nión como cualquier mortal. La
forzada actividad que le produjo aquel inesperado episodio de su vida que
empezaba a tomar proporciones de acción principal, le había apartado largas
horas de sus habituales reflexiones. De resultas de ello y de las continuas
interrupciones de doña Inocencia y de Bienvenido, su tratado avanzaba con
enorme lentitud. Además, el doctor Nicodemus empezaba a estar descontento de
sus capítulos anteriores, y cada día más encontraba sus soluciones áridas,
frías e impracticables. También había "evolucionado" su estilo, que iba
siendo más lírico. Había escrito una disertación contra Malthus, en la que,
lejos de guardar la austeridad del lenguaje científico, le llamaba "viejo
chocho" y otras cosas fuertes. En cambio, había hecho un capítulo glosando
la frase de Cristo "Dejad que los niños ven-gan a mí", que,
inconscientemente, le había salido casi en verso. Finalmente, había tenido
que romper, con rubor, cierta página, después de escrita, porque en un
rinconcillo de ella la tinta se había corrido, como si hubiera rodado por
encima una lágrima... Sí, aquella página estaba escrita el día en que
Bienvenido cayó con la escarlatina.

El nuevo
Josué

Corrió así el tiempo, y las cuartillas del tratado crecieron cada vez con
más lentitud y más descontento de su autor. Al fin, cuando ya Bienvenido
tenía cerca de ocho años y las cuartillas cerca de dos metros, el doctor
Nicodemus, al volver un día de la calle trayendo, por cierto, escondido bajo
su capa un toro de cartón, se sorprendió con un extraño espectáculo.
Bienvenido, burlando la vigilancia de doña Inocencia, se había deslizado
en la biblioteca del doctor. Como estaba estu-diando Historia Sagrada, al
ver aquellas pilas de libros y cuartillas, había decidido jugar con ellas a
las "murallas de Jericó", y después de dar siete vueltas, en funciones de
Josué, las murallas se habían desplomado. El espectáculo que se ofrecía ante
el doctor Nicodemus era aterrador.
Por el suelo, en el más confuso desorden, había un mar de libros,
papeletas, cuartillas y folletos. Todas las opiniones y teorías, sumidas en
la más democrática promiscuidad, no eran sino un revoltijo de papeles, donde
se mezclaban nom-bres, fechas, citas, ideas y herejías. El nuevo Josué,
medio desnudo del esfuerzo de la batalla, rebosante de salud y vigor, como
una encarnación de la Vida, pisoteaba aquel montón informe de ciencia
cantando victoria y esgrimiendo un cortapapeles.
El padre y el hijo adoptivo se miraron un instante, y el doctor, con los
ojos arrasados en lágrimas, tomó en sus brazos a aquel ángel exterminador y
le dijo:
-Has hecho bien, hijito. Has hecho lo que debí hacer yo hace bastante
tiempo, y por cobardía no hice...
Y luego, poniéndolo nuevamente sobre loa papeles, con-tinuó:
-Anda, hijo mío, pisotea, pisotea bien a estos tiranos en-gañadores,
engañadores que me han robado media vida. Tú sólo tienes derecho a vivir...,
¡tú eres mi única obra!
A partir de aquel día, el cambio iniciado en la vida e ideas del doctor
se consolidó por completo.

El mejor
tratado

Con gran asombro de sus compañeros, el doctor, acompa-ñando a Bienvenido,
empezó a presentarse a menudo en paseos, calles y hasta en teatros. Si le
preguntaban cómo iba su tratado de "Sociología", se encogía de hombros; y en
la cátedra, cuando explicaba su ciencia, vagaba por sus labios una sonrisa
burlona...
Mientras tanto, Bienvenido, aleccionado por su padre adoptivo, se iba
haciendo un hombrecito de provecho. Al cabo de unos años, ganó unas
oposiciones de Correos, y entonces el doctor Nicodemus, como si hubiera
terminado su misión, murió dulcemente.
Como había sido sabio y honrado, no dejó dinero. Dejó, en cambio, un
verdadero tesoro en una carta que, a modo de tes-tamento y despedida, dejó
escrita a Bienvenido. Le exhortaba en ella a ser siempre cristiano,
caballero, benévolo y sufrido; le aconsejaba que viviera con la frente en el
Cielo y los pies en la tierra, y que diera mayor importancia a las obras
buenas que a las palabras sonoras. Al fin, terminaba diciéndole, entre
otras, estas solemnes palabras: "Ama mucho, hijo mío, porque sólo las obras
del amor son inmortales."
El doctor Nicodemus, sin adivinarlo, había realizado su sueño de dejar al
mundo el mejor tratado de Sociología...


Pemán, José María: Obras completas. Novelas y cuentos. Tomo II. Ed.
Escelicer, S. L., Madrid, España, 1948
 

 
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