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Apostilla a la historia
Joaquín Guzmán, moreno y esclavo
Por Horacio Bojorge
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Un héroe en las invasiones británicas de1806-1807 y su fidelidad
para con los suyos. |
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Se cumplen, este año y el próximo, doscientos años de las
invasiones
británicas al Río de la Plata. Aunque no soy historiador me ha
parecido
interesante publicar estos documentos encontrados en el Archivo
General de
la Nación Argentina con motivos de otras búsquedas.
Es muy probable que estos documentos estén ya publicados en todo
o en
parte. Pero me ha parecido que pueden interesar a muchos
desconocedores de
las publicaciones históricas, como me interesaron a mí.
Un héroe
de guerra
Se trata de un héroe de guerra. Un moreno de humilde condición:
Joaquín,
negro esclavo del convento de los Dominicos en Buenos Aires, que
cuando se
le concede la libertad, toma el apellido Guzmán, sin duda por
Santo Domingo
de Guzmán. Los esclavos tomaban por lo general el apellido de la
familia a
la que servían o habían servido.
El viernes 14 de agosto de 1807, Joaquín pide la libertad como
premio a
los méritos de su actuación militar y en virtud de un
ofrecimiento que se le
hiciera en algún momento. Le damos la palabra.
Se sirva mandar se me dé la libertad ofrecida...
"Pedimento:
Muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento.
Joaquín, Negro esclavo del Convento de los Padres Dominicos de
esta
ciudad parezco ante Usía con el mayor respeto y digo:
Que en las gloriosas acciones de la reconquista y especialmente
en la del
último ataque que las Armas Británicas invadieron esta capital
los días dos,
tres, cuatro, cinco y seis del presente año he servido de jefe y
comandante
de los morenos esclavos teniendo a mis órdenes y disposición más
de
trescientos de estos valerosos soldados, a quienes se debe en
gran parte las
Victorias que hemos conseguido del enemigo. Un número
considerable de
heridos y muertos en las guerrillas y en otros puestos del mayor
riesgo,
acredita la lista que en debida forma acompaño.
Y ello es que estos esforzados soldados manifestaron su amor y
lealtad en
todas partes y puntos de la Ciudad y sus extramuros; han hecho
presas de
Ingleses, les han quitado cañones, sostuvieron a nuestra tropas
fatigadas y
desfallecidas del cañoneo en la Plaza de Lorea y Corrales de
Miserere;
condujeron nuestra artillería a los lugares que pedían las
circunstancias y
les era mandado; y han quitado otras piezas de los parajes en
que podían ser
sorprendidos de los enemigos; pelearon primero con chuzas y
después con
armas de fuego. En fin han hecho prodigios de valor en términos
que los
mismos ingleses demostraban el terror que habían cobrado a los
negros.
El único jefe y caudillo de todos estos valerosos soldados, he
sido yo,
el que les daba las órdenes, el que repartía los trozos de
gentes a los
parajes que eran necesarios; y el que los esforzaba a pelear
hasta morir y a
quien ellos ciegamente obedecían; de forma que nadie me
resistía, ni ha
habido casa por privilegiada que fuese, de donde no sacase
soldados.
Usía es testigo de todo; o lo más que refiero en esta reverente
representación, sin que tampoco se le oculte al Señor Capitán
General, y por
lo mismo muchas ocasiones en las diferentes comisiones que se me
dieron y
ejecuté a satisfacción del Señor Alcalde de primero voto [Dn
Martín de
Álzaga] oí con gusto expresiones ofreciéndome en premio la
libertad; que
acepté con la complacencia que podía recibir este corto obsequio
debido a
tantas fatigas.
Los hechos son bien públicos. Apenas habrá quien los ignore; a
Usía le
constan de vista, ciencia y experiencia, pues, para cuanto se
ofrecía, me
ocupaba el Señor Alcalde de primero voto. Por esto no he creído
necesario
producir una información completa y circunstanciada de todos y
cada uno de
mis servicios en defensa del Rey y de la Patria, para que Usía
se dignase en
su consecuencia concederme el beneficio de la libertad y ahorro
de toda
servidumbre. Pero sin embargo si la juzga necesaria estoy pronto
a la
justificación de todos los pasajes que alpor mayor dejo
indicados, y de
otros que omito, que tal vez no habrán llegado a noticia de su
alta
comprensión.
En cuya virtud = A Usía pido y suplico que habiéndome por
presentado, se
sirva mandar se me dé la libertad ofrecida, a que en cierto modo
soy
acreedor, por mis servicios; proveyendo en lo demás como fuere
del agrado de
Usía si lo estimare necesario
A ruego de Joaquín [escribió] Mariano López"
Tengan lugar estos esclavos en la piedad de V.M. concediéndoles
la
libertad...
Libertad
para todos
Pero Joaquín no se conforma con la libertad obtenida para sí
mismo y
luego confirmada. Junto con él se había dado la libertad, por
sorteo, a un
cierto número de esclavos combatientes. Pero el procedimiento
del sorteo
había creado una cierta situación de injusticia, pues muchos
capitanes y
combatientes meritorios seguían esclavos, mientras que a algunos
reclutas,
con menores méritos militares, les había caído en suerte la
libertad.
Joaquín acude a suplicar la libertad para todos. Sugiere que se
haga a costa
del erario público, para no perjudicar a los amos.
En este otro documento del viernes 14 de agosto de 1807 dice
así:
³A los pies de V. M. lleno de Confianza elevo mi súplica como
caudillo de
unos leales vasallos que en esta Capital de Buenos Aires en la
mayor
necesidad, llenos del mayor entusiasmo ofrecieron
voluntariamente sus vidas
con amor y fidelidad a su Soberano en la reconquista de esta
capital y en la
segunda invasión, cuando acometidos de más de once mil enemigos,
se
arrojaron intrépidos buscando proveerse de armas con las que se
quitaron a
los mismos enemigos como así se consiguió a la vista de los
principales
jefes que llenos de ardor aspiraban a lo mismo.
³Así lo han ejecutado nada menos que unos humildes esclavos,
llevados
solo del amor a su Rey, como lo acreditan las adjuntas
Certificaciones de
los principales Jefes que testimoniadas presento a V.M. Siendo
el principio
de esta acción, que estos individuos ocupados en aquel acto en
servicio de
sus amos, conociendo el peligro, sin perder momento, obteniendo
licencia de
sus amos, formaron un cuerpo distribuido en las compañías que se
ven
testimoniadas, eligiendo prontamente sus respectivos Jefes
cargando al
enemigo con tal ardor que en breve se vio proveída toda de las
mismas armas
del enemigo. Logrando una feliz victoria de forma que regresados
con orden a
aquella Plaza, nos recibieron los principales Jefes y el común
del pueblo
con general aplauso pidiendo en general que se me diese libertad
(como se me
dio en el acto) y determinando el Jefe superior que se diese
libertad a
cierto número por medio de un sorteo como en efecto así se
verificó.
³Esto es S. H. M. lo acaecido de resultas de las dos funciones
de Guerra
sucedidas en esta Capital; quedaron libres muchos de los que mis
capitanes y
subalternos habían reclutado, y éstos sepultados en su antigua
esclavitud, y
muchos aún con recientes heridas lloraban su infeliz suerte, sin
quedar otro
recurso que ocurrir a buscar el alivio en V. M. como lo hago por
esta
humilde representación, suplicando tengan lugar estos humildes
infelices
esclavos en la piedad de V.M. concediéndoles la libertad a
expensas del Real
Erario para poder con más franqueza estos y yo, ocuparnos
siempre en
servicio de nuestra Religión, de nuestro Soberano y de la Patria
con aquel
ardor, fidelidad propia de unos fieles vasallos que están
prontos a derramar
su sangre por su Rey, quedando esperanzados en que la bondad de
V.M.
admitirá esta humilde súplica que hago por mí y a nombre de
todos los
individuos que van nominados, S.R.M. A los pies de V.M. por mí y
los
individuos que van nominados
Tenga presente mis méritos y los de mis infelices compañeros...²
[firma] Joaquín Guzmán
Intercesión
por sus amigos
Una vez liberado, Joaquín Guzmán intentó ir a España para
obtener la
libertad del Capitán y del Sargento de la Primera Compañía, sus
amigos que
habían quedado esclavos por no haberles favorecido en el sorteo.
Pero su
viaje fracasó y habiendo tenido que enviar por terceros toda su
documentación a España, quedó sin pruebas ni documentos. Vuelve
pues a
interceder ante el Gobernador y el Cabildo. Con este motivo
Joaquín da más
detalles de las acciones bélicas contra los ingleses:
"Pedimento:
Excelentísimo Señor = Joaquín Guzmán moreno libre y aclamado
Comandante
por los morenos esclavos de esta Capital, ante Vuexcelencia con
todo mi
respeto digo:
Que como es notorio y lo acredité con documentos bastantes al
tiempo de
la reconquista y pasada invasión ocurrí [= acudí] inmediatamente
con mi
gente recluta y prevenida muy de antemano y eh efecto
presentados al Ilustre
Cabildo nos proveyeron de chuzas, por no haber otras armas.
Con éstas y las que nuestro cuidado había adquirido, salimos con
intrepidez a presentarnos al enemigo, procurando mejorar de
armas a pesar
del manifiesto riesgo que nos amenazaba, ello es que a breve
rato nos
metimos en refriega en la que murieron varios compañeros,
quedando también
muchos heridos como lo acreditan las listas que acompañan y con
la mayor
solemnidad presento y juro.
De este hecho resultó que despojamos al enemigo de un cañón y un
carro de
munición, mejoramos de armas y habiendo hecho varios prisioneros
los
condujimos a la Real Fortaleza, volviendo a la fatiga sin el
menor descanso
hasta conseguir ver serenada toda hostilidad, resultando de
todos estos
hechos que aproximándome con mi gente de retirada, empezó el
pueblo a clamar
se me diese libertad como testigo de mis operaciones, las que
entiendo no se
le ocultarían a Vuexcelencia y al Ilustre Cabildo quien en aquél
acto así lo
pronunció y cumplió.
No es creíble Excelentísimo el dolor que me causó el ver que
llegando el
sorteo para los Escalvos que trabajaron los principales, que
mucho antes
habían trabajado para juntar la gente ordenada y mandarla al
frente del
mayor peligro, quedaron sepultados en su antigua esclavitud y
muchos de
ellos de los que habían sido heridos, cuya lástima me obligó a
documentar
mis servicios y los de mi gente con las más apreciables
certificaciones
tanto de Vuexcelencia y Muy Ilustre Cabildo como de todo el que
se halló en
ambas refriegas y con estos encargando al capitán de la primera
Compañía
José Ruiz y al Sargento José Molino la constancia y fidelidad al
Soberano,
me embarqué en San Juansiño con destino a España a ver si
conseguía algún
premio, junto con algún alivio a mis leales compañeros, pero la
suerte
adversa permitió que en el Janeiro [=Río de Janeiro] se nos
impidiese el
viaje quedando de este modo frustradas todas mis esperanzas de
forma que me
vi en la precisión [= necesidad] de remitir los originales con
el Señor
Pampillo, y los duplicados con el Comandante Pueyrredón, estos
caminaron a
España por estos conductos, quedándome desnudo de todo documento
y sin
resulta[do]s hasta el día [de hoy].
Esto es en suma Excelentissimo Señor lo que ha acaecido hasta el
día [de
hoy]. El Capitán y Sargento no dejaron de practicar algunas
diligencias y
consiguieron del Muy Ilustre Cabildo en Junta, el Infome que se
ve a fojas
trece vuelta y acompaña y con toda sumisión hago a Vuexcelencia
presente,
suplicándole así mismo tenga presente mis méritos y los de mis
infelices
compañeros que han manifestado su fidelidad y patriotismo en
defensa de la
Religión y de nuestro Soberano para que se eleve bajo la
protección de
Vuexcelencia estos méritos a la Suprema Junta como encargado
para hacer
presente de los que justamente lo han verificado. Por lo que a
Vuexcelencia
pido y suplico se digne admitir este Pedimento y en su
consecuencia
determinar com pido, que es Justicia. Juro, etcétera = Joaquín
Guzmán².
Nómina
Por fin, en el mismo legajo figura la Lista de la Compañía de
Esclavos,
de la que transcribo solamente el comienzo:
"Primera Compañía de Esclavos, al cargo de su Comandante
Joaquín.
Capitán: José Luis
Theniente: Juan Collado
Alférez: José Enrique
Sargento: Custodio Molina
Otro: Manuel Collaso
Muerto otro: José Molina
Soldados: Joaquín Balanzate; José Gavi; Joaquín Lázaro; Joaquín
Álzaga;
Muerto: Antonio Terrada; Joaquín Guillén; Manuel Bistelina; Luis
de la Riva;
Caído Manuel Mestre; Francisco García; Francisco Antonio; Manuel
Candelaria;
Antonio Asaga; Vicente Álzaga; Muerto: Juan Terrada; Muerto:
Juan Giles;
Juan Antonio; Cristóbal Militon; Antonio Malauye (sigue la
lista).
Segunda Compañía de Esclavos al mando de su Comandante Joaquín.
Capitán: Pedro Casaraville
Theniente: Ignacio Guzmán
Alférez: Thomas José Torres
Sargento: Pedro Acosta
Otro: Antonio Golma
Otro: José Antonio Mulec
Soldados: Antonio Miguel Mulec; Antonio Barrio; Joaquín Tavares.
Murió: Francisco Duarte; Antonio Morsa; caído: Manuel Ortega;
herido José
María Segui; etc².
Conclusión
Una reflexión final: Estos humildes negros esclavos lucharon,
como dice
su comandante Joaquín, exponiendo su vida por cosas que
consideraban dignas
de ese sacrificio. ¿Cuáles? La Fe, la patria y el Rey:
"ocuparnos siempre en
servicio de nuestra Religión, de nuestro Soberano y de la Patria
con aquel
ardor, fidelidad propia de unos fieles vasallos que están
prontos a derramar
su sangre por su Rey".
Lo que estaba en juego con las invasiones británicas era todo
eso: la
libertad religiosa, nacional y política. Esta simpática figura
de Joaquín
merece nuestro recuerdo y gratitud y también la merecen sus
humildes
compañeros que arriesgaron y hasta dieron su vida para darnos
libertad y
patria.
Y es también digno de tener en cuenta que, habiendo demostrado
en el
riesgo de su vida la fidelidad a los pilares que sustentaban
nuestra patria,
fueron hallados dignos de vivir en ella como ciudadanos libres.
Se lo
merecían. Y en reconocerlo, mostraron nuestros antepasados su
grandeza de
alma.
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Milicia
porteña 1806/1807
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Santiago de
Liniers |
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Beresford |
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Popham |
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Cuento
Apólogo de san Francisco y la gárgola
Por José María Pemán
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Un contrapunto entre estatuas con final edificante. |
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Allá en las alturas de una vieja catedral gótica, donde apenas
llegaba como un rumor lejano el ajetreo de la ciudad que hervía a
sus pies, había una gárgola de piedra que, en for-ma de dragón
imaginario, con la cabeza erizada por una cres-ta inverosímil, se
reguindaba hacia afuera, abriendo desmesuradamente su boca
amenazadora.
A poca distancia de ella, sobre el extremo de un arbotante calado
como un encaje, había una estatuilla de san Fran-cisco de Asís,
labrada por un artista ingenuo en purísimo mármol blanco, con los
ojos arrobados y las manos extendidas, como si se dispusiera a
predicar, desde aquellas alturas, a las avecillas del cielo.
Y ocurría que una y otro -la gárgola y el santo- se pa-saban la vida
enzarzados en una continua disputa. La gár-gola era gruñona y
descontentadiza como vieja. Y aburrida ya de estar siglos y siglos a
la intemperie, llena de verdín y escurriendo agua hacia la calle,
protestaba a cada momento de cuanto veía y atisbaba en la ciudad
desde aquel alto obser-vatorio. San Francisco, en cambio, con voz
dulce y templada, la reprendía a cada momento por aquellos desahogos
y berrin-ches, y llamándola cariñosamente "hermanita gárgola",
quería atraerla al buen camino y hacerla más dulce y tolerante con
los hombres y las cosas. Pero el dragón de piedra era poco su-frido,
y apenas iniciaba el santo una de aquellas pláticas que hasta las
cigüeñas se paraban a escuchar, empezaba a bramar y a decir
improperios, ahogando así entre los berridos de su enorme bocaza las
palabras de leche y miel del divino poeta...
El tema de las lamentaciones de la gárgola era siempre el mismo: la
comparación de sus viejos tiempos, tan poéticos e ideales, con estos
de ahora, tan rastreros y materialistas, vi-niendo siempre a la
consecuencia de que la Humanidad cami-na a toda prisa cuesta abajo.
Acababa de pasar, cuando ocurrió lo que aquí se cuenta: un invierno
crudo y tempestuoso como pocos, y el infeliz dra-gón, después de
haber estado durante meses cubierto de ampos de nieve, estaba ahora
húmedo y sucio, y llenos sus ojos sa-lientes de legañas de verdín.
Esto le traía de peor humor que de costumbre, y como oyera que el
san Francisco de mármol, aprovechando que entraba la primavera,
comenzaba a ento-nar un himno al hermano Sol, lo interrumpió con
furiosas carcajadas, abriendo más que solía su boca de cocodrilo:
-¿Pero ahora sales con eso, poeta? ¿Todavía andas de humor de
agradecerle a Dios el beneficio de la luz? ¡Viviéra-mos mil veces en
tinieblas, y nos ahorráramos de ver las co-sas que desde aquí
vemos!...
-Pero, hermanita gárgola...
-Déjate de pamplinas; ¿no estás viendo ese edificio que nos están
levantando ahí en la plaza, en nuestras propias narices? Parece otra
torre de Babel que pretendiera escalar el cielo; cada día ponen un
piso. Y ese juguete de cemento, ligero como todo lo de ahora,
acabará por ahogarnos y quitarnos el aire y la luz. ¡A nosotros, que
somos la herencia ve-nerable de un siglo grande y fuerte!
-A pesar de todo, hermanita gárgola, con eso comen cien-tos de
familias.
-¡Y es un Banco! -le interrumpió el dragón, sin hacerle caso-. ¡Un
Banco! ¡La verdadera catedral moderna, donde se adora al único dios
de este siglo...! El otro día oí decir a unos albañiles que
trabajaban en ese andamio que sobre la cúpula, como remate de todo,
piensan poner un muñecón, pintado de purpurina, que represente a
Mercurio, al dios de los comer-ciantes y de los ladrones... Y por
eso suben y suben tanto el edificio; quieren que su Mercurio esté
por encima de la cruz de nuestra torre.
-¿Por qué has de pensar siempre así, hermanita?
-Porque es la realidad, hermano poeta. ¿No ves esos le-treros de oro
-aquí todo es de oro- que llenan los pisos y balcones del Banco? La
palabra "crédito" aparece una y mil veces en ellos como una
obsesión: "crédito", es decir, mentira, humo, farsa... Porque eso es
lo que hacen ahí dentro: nego-ciar una y mil veces con un dinero que
no existe en parte al-guna. ¡Oh, aquel venturoso tiempo, en que en
las gradas y en los porches de esta catedral se sentaban al sol los
mercade-res y, después de oír misa, contrataban, en el nombre de
Dios, sus mercancías!
-¿Y acaso, tapujados con el nombre de Dios, no había entonces
también sus engaños y rapiñas? No es la forma, hermanita, sino el
espíritu lo que a Dios importa, y...
-Calla, calla, hermano Francisco; ¿no te da en la cara en este
momento una humareda espesa y negra? ¡Ah, malditas fábricas! Toda la
ciudad está llena de chimeneas de ladrillos rojos y ahumados, que
infestan el aire... Tú mismo, hermano, estás lleno de polvillo negro
y apestas a carbón como un obrero...
-Ese olor de carbón sobre la blusa de un obrero huele a flores allá
arriba. Esas columnas de humo negro de las fábricas suben hasta el
trono de Dios lo mismo que las columnas de incienso; y en verdad te
digo, hermanita gárgola, que lo mismo agradan unas que otras al
Señor.
-¿Y qué me dices de esos letreros? Tiende la vista sobre la ciudad,
hermanito Francisco, hasta donde se ahoga en la bruma, y no verás
más que letreros y letreros con anuncios. Es como un pregón
gigantesco y general que se alza de los cuatro ámbitos de la ciudad;
toda ella es lonja y mercado... Y me sulfura, sobre todo; hermano,
la forma insolente e im-perativa en que están redactados; no piden,
no ofrecen, sino que mandan. "Tome usted esto. Visite usted aquello.
Púrguese. Tíñase el pelo". Son un poema de mala educación. Además,
¿no te has fijado, hermano, que en esos letreros de bombillas de
colores, que parpadean por la noche apagándose y encen-diéndose, de
cada tres, dos anuncian un aperitivo? Y es que los hombres de ahora
han dado en excitar con drogas el ape-tito para hacer de la gula un
culto... ¿Qué dices de esto tú, hermano poeta, tú que te pasaste
toda una Cuaresma en el lago de Perusa con medio panecillo?
-Digo, hermana, que es imprudente echar en cara a nadie lo que en
otros fueron inmerecidas gracias del Señor.
-¡Oh! ¡Me sublevas con tu cachaza, hermanito! Pero, mira, ¿no ves en
aquella calle aquella capillita que están le-vantando? Hasta para
hacerle casas a Dios son encogidos y raquíticos estos hombres de
ahora. Parece que está hecha con las arrebañaduras de materiales que
sobraron al hacer este Banco. Su campanita tímida y afónica apenas
sobresale del es-truendo babilónico de los autos, los camiones y los
tranvías.
-¡Oh, basta, basta, por Dios, hermana! -suplicó el santo. Pero el
dragón de piedra prosiguió cada vez con más furia:
-¿Cómo ha de bastar, si esto no es más que empezar con lo que veo
desde aquí? ¡Oh, si no fuera por esta bondadosa condición mía, qué
cosas no habría de decir de esos gusanillos pedantes y ridículos que
se mueven a mis pies! ¡Cómo corren, y se ajetrean, y pasan una y mil
veces, jadeantes y sudosos, con la frente baja, en busca de sus
negocios chiquitos y de momento! Son como aquellos chicharitos
verdes de la leyenda, que, como estaban siempre en sus vainas
verdes, también se creían que todo el mundo era verde. Estos se
creen que no hay más mundo que esa colmena donde viven ahora. Ni se
quitan el sombrero cuando pasan ante nosotros, ni levantan nunca los
ojos para mirar esa franjita azul de cielo que se asoma entre las
cornisas de sus Bancos y de sus palacios. Por eso los veo yo desde
aquí hervir a todas horas, como los gusanos de un estercolero,
blasfemando el uno, robando el otro, mintiendo el de más allá...
¡Ah, si pudiera yo tragarme de una vez toda esa charca de ahí abajo!
Y al decir esto, la terrible gárgola abrió desmesurada-mente la
boca, como si quisiera poner en ejecución lo que decía...
Pero, en aquel momento, por encima de la catedral pasa-ba, sobre el
fondo azul del cielo, una bandada de golondrinas, que entraba con la
primavera.
-¡Venid a mí, hermanitas golondrinas! -exclamó al ver-las el santo;
y una pareja de ellas vino a posarse suavemente en sus manos
blancas-. Id, hermanitas -prosiguió-, y ha-ced vuestro nido allí, en
la boca de aquel monstruo.
Las golondrinas obedecieron, y, piando alegremente, se entraron por
las fauces de piedra de la gárgola, hasta lo más hondo. El dragón,
que tenía la boca desmesuradamente abierta, como para tragarse al
mundo, al sentir el contacto caliente de aquellas criaturas de Dios,
se quedó mudo e inmóvil, sin atreverse a cerrar sobre ellas sus
mandíbulas, como si les brindara amorosamente aquel refugio para su
nido.
Entonces, aprovechando aquella forzada mudez del mal-humorado
dragón, la estatua blanquísima del santo comenzó pausadamente a
recitar su interrumpido cántico al herma-no Sol.
Bendijo al Sol, y al aire, y al cielo, dádivas generosas del Señor
que los hombres no saben agradecer; y dijo que el que ama estas
cosas se le hace el espíritu claro y luminoso, y está más pronto
para perdonar que para maldecir; y añadió, mi-rando a la gárgola,
que no son los tiempos ni las cosas buenas ni malas, sino que es el
espíritu del hombre el que las hace bellas o feas a los ojos del
Señor; que todo en el mundo -ayer como hoy-, trabajo, afán, negocio
o lo que sea, todo puede convertirse en oración y cántico con sólo
mezclarle una partecilla de amor, que es la sal y la levadura de las
cosas todas.
Las palabras del santo, como espiras de incienso, subían lentamente
en el silencio tibio de la tarde primaveral. El dra-gón de piedra le
escuchaba con ojos sumisos, sin atreverse a mover su enorme boca, en
cuyo fondo, el alborotado piar de los pájaros, cantaba el triunfo
del amor y de la vida.
Pemán, José María: Obras completas. Novelas y cuentos. Tomo II. Ed.
Escelicer, S. L., Madrid, España, 1948.
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