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Apostilla a la historia
Joaquín Guzmán, moreno y esclavo
Por Horacio Bojorge

Un héroe en las invasiones británicas de1806-1807 y su fidelidad para con los suyos. 

Se cumplen, este año y el próximo, doscientos años de las invasiones
británicas al Río de la Plata. Aunque no soy historiador me ha parecido
interesante publicar estos documentos encontrados en el Archivo General de
la Nación Argentina con motivos de otras búsquedas.
Es muy probable que estos documentos estén ya publicados en todo o en
parte. Pero me ha parecido que pueden interesar a muchos desconocedores de
las publicaciones históricas, como me interesaron a mí.

Un héroe
de guerra

Se trata de un héroe de guerra. Un moreno de humilde condición: Joaquín,
negro esclavo del convento de los Dominicos en Buenos Aires, que cuando se
le concede la libertad, toma el apellido Guzmán, sin duda por Santo Domingo
de Guzmán. Los esclavos tomaban por lo general el apellido de la familia a
la que servían o habían servido.
El viernes 14 de agosto de 1807, Joaquín pide la libertad como premio a
los méritos de su actuación militar y en virtud de un ofrecimiento que se le
hiciera en algún momento. Le damos la palabra.
Se sirva mandar se me dé la libertad ofrecida...
"Pedimento:
Muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento.
Joaquín, Negro esclavo del Convento de los Padres Dominicos de esta
ciudad parezco ante Usía con el mayor respeto y digo:
Que en las gloriosas acciones de la reconquista y especialmente en la del
último ataque que las Armas Británicas invadieron esta capital los días dos,
tres, cuatro, cinco y seis del presente año he servido de jefe y comandante
de los morenos esclavos teniendo a mis órdenes y disposición más de
trescientos de estos valerosos soldados, a quienes se debe en gran parte las
Victorias que hemos conseguido del enemigo. Un número considerable de
heridos y muertos en las guerrillas y en otros puestos del mayor riesgo,
acredita la lista que en debida forma acompaño.
Y ello es que estos esforzados soldados manifestaron su amor y lealtad en
todas partes y puntos de la Ciudad y sus extramuros; han hecho presas de
Ingleses, les han quitado cañones, sostuvieron a nuestra tropas fatigadas y
desfallecidas del cañoneo en la Plaza de Lorea y Corrales de Miserere;
condujeron nuestra artillería a los lugares que pedían las circunstancias y
les era mandado; y han quitado otras piezas de los parajes en que podían ser
sorprendidos de los enemigos; pelearon primero con chuzas y después con
armas de fuego. En fin han hecho prodigios de valor en términos que los
mismos ingleses demostraban el terror que habían cobrado a los negros.
El único jefe y caudillo de todos estos valerosos soldados, he sido yo,
el que les daba las órdenes, el que repartía los trozos de gentes a los
parajes que eran necesarios; y el que los esforzaba a pelear hasta morir y a
quien ellos ciegamente obedecían; de forma que nadie me resistía, ni ha
habido casa por privilegiada que fuese, de donde no sacase soldados.
Usía es testigo de todo; o lo más que refiero en esta reverente
representación, sin que tampoco se le oculte al Señor Capitán General, y por
lo mismo muchas ocasiones en las diferentes comisiones que se me dieron y
ejecuté a satisfacción del Señor Alcalde de primero voto [Dn Martín de
Álzaga] oí con gusto expresiones ofreciéndome en premio la libertad; que
acepté con la complacencia que podía recibir este corto obsequio debido a
tantas fatigas.
Los hechos son bien públicos. Apenas habrá quien los ignore; a Usía le
constan de vista, ciencia y experiencia, pues, para cuanto se ofrecía, me
ocupaba el Señor Alcalde de primero voto. Por esto no he creído necesario
producir una información completa y circunstanciada de todos y cada uno de
mis servicios en defensa del Rey y de la Patria, para que Usía se dignase en
su consecuencia concederme el beneficio de la libertad y ahorro de toda
servidumbre. Pero sin embargo si la juzga necesaria estoy pronto a la
justificación de todos los pasajes que alpor mayor dejo indicados, y de
otros que omito, que tal vez no habrán llegado a noticia de su alta
comprensión.
En cuya virtud = A Usía pido y suplico que habiéndome por presentado, se
sirva mandar se me dé la libertad ofrecida, a que en cierto modo soy
acreedor, por mis servicios; proveyendo en lo demás como fuere del agrado de
Usía si lo estimare necesario
A ruego de Joaquín [escribió] Mariano López"
Tengan lugar estos esclavos en la piedad de V.M. concediéndoles la
libertad...

Libertad
para todos

Pero Joaquín no se conforma con la libertad obtenida para sí mismo y
luego confirmada. Junto con él se había dado la libertad, por sorteo, a un
cierto número de esclavos combatientes. Pero el procedimiento del sorteo
había creado una cierta situación de injusticia, pues muchos capitanes y
combatientes meritorios seguían esclavos, mientras que a algunos reclutas,
con menores méritos militares, les había caído en suerte la libertad.
Joaquín acude a suplicar la libertad para todos. Sugiere que se haga a costa
del erario público, para no perjudicar a los amos.
En este otro documento del viernes 14 de agosto de 1807 dice así:
³A los pies de V. M. lleno de Confianza elevo mi súplica como caudillo de
unos leales vasallos que en esta Capital de Buenos Aires en la mayor
necesidad, llenos del mayor entusiasmo ofrecieron voluntariamente sus vidas
con amor y fidelidad a su Soberano en la reconquista de esta capital y en la
segunda invasión, cuando acometidos de más de once mil enemigos, se
arrojaron intrépidos buscando proveerse de armas con las que se quitaron a
los mismos enemigos como así se consiguió a la vista de los principales
jefes que llenos de ardor aspiraban a lo mismo.
³Así lo han ejecutado nada menos que unos humildes esclavos, llevados
solo del amor a su Rey, como lo acreditan las adjuntas Certificaciones de
los principales Jefes que testimoniadas presento a V.M. Siendo el principio
de esta acción, que estos individuos ocupados en aquel acto en servicio de
sus amos, conociendo el peligro, sin perder momento, obteniendo licencia de
sus amos, formaron un cuerpo distribuido en las compañías que se ven
testimoniadas, eligiendo prontamente sus respectivos Jefes cargando al
enemigo con tal ardor que en breve se vio proveída toda de las mismas armas
del enemigo. Logrando una feliz victoria de forma que regresados con orden a
aquella Plaza, nos recibieron los principales Jefes y el común del pueblo
con general aplauso pidiendo en general que se me diese libertad (como se me
dio en el acto) y determinando el Jefe superior que se diese libertad a
cierto número por medio de un sorteo como en efecto así se verificó.
³Esto es S. H. M. lo acaecido de resultas de las dos funciones de Guerra
sucedidas en esta Capital; quedaron libres muchos de los que mis capitanes y
subalternos habían reclutado, y éstos sepultados en su antigua esclavitud, y
muchos aún con recientes heridas lloraban su infeliz suerte, sin quedar otro
recurso que ocurrir a buscar el alivio en V. M. como lo hago por esta
humilde representación, suplicando tengan lugar estos humildes infelices
esclavos en la piedad de V.M. concediéndoles la libertad a expensas del Real
Erario para poder con más franqueza estos y yo, ocuparnos siempre en
servicio de nuestra Religión, de nuestro Soberano y de la Patria con aquel
ardor, fidelidad propia de unos fieles vasallos que están prontos a derramar
su sangre por su Rey, quedando esperanzados en que la bondad de V.M.
admitirá esta humilde súplica que hago por mí y a nombre de todos los
individuos que van nominados, S.R.M. A los pies de V.M. por mí y los
individuos que van nominados

Tenga presente mis méritos y los de mis infelices compañeros...²
[firma] Joaquín Guzmán
Intercesión
por sus amigos

Una vez liberado, Joaquín Guzmán intentó ir a España para obtener la
libertad del Capitán y del Sargento de la Primera Compañía, sus amigos que
habían quedado esclavos por no haberles favorecido en el sorteo. Pero su
viaje fracasó y habiendo tenido que enviar por terceros toda su
documentación a España, quedó sin pruebas ni documentos. Vuelve pues a
interceder ante el Gobernador y el Cabildo. Con este motivo Joaquín da más
detalles de las acciones bélicas contra los ingleses:

"Pedimento:
Excelentísimo Señor = Joaquín Guzmán moreno libre y aclamado Comandante
por los morenos esclavos de esta Capital, ante Vuexcelencia con todo mi
respeto digo:
Que como es notorio y lo acredité con documentos bastantes al tiempo de
la reconquista y pasada invasión ocurrí [= acudí] inmediatamente con mi
gente recluta y prevenida muy de antemano y eh efecto presentados al Ilustre
Cabildo nos proveyeron de chuzas, por no haber otras armas.
Con éstas y las que nuestro cuidado había adquirido, salimos con
intrepidez a presentarnos al enemigo, procurando mejorar de armas a pesar
del manifiesto riesgo que nos amenazaba, ello es que a breve rato nos
metimos en refriega en la que murieron varios compañeros, quedando también
muchos heridos como lo acreditan las listas que acompañan y con la mayor
solemnidad presento y juro.
De este hecho resultó que despojamos al enemigo de un cañón y un carro de
munición, mejoramos de armas y habiendo hecho varios prisioneros los
condujimos a la Real Fortaleza, volviendo a la fatiga sin el menor descanso
hasta conseguir ver serenada toda hostilidad, resultando de todos estos
hechos que aproximándome con mi gente de retirada, empezó el pueblo a clamar
se me diese libertad como testigo de mis operaciones, las que entiendo no se
le ocultarían a Vuexcelencia y al Ilustre Cabildo quien en aquél acto así lo
pronunció y cumplió.
No es creíble Excelentísimo el dolor que me causó el ver que llegando el
sorteo para los Escalvos que trabajaron los principales, que mucho antes
habían trabajado para juntar la gente ordenada y mandarla al frente del
mayor peligro, quedaron sepultados en su antigua esclavitud y muchos de
ellos de los que habían sido heridos, cuya lástima me obligó a documentar
mis servicios y los de mi gente con las más apreciables certificaciones
tanto de Vuexcelencia y Muy Ilustre Cabildo como de todo el que se halló en
ambas refriegas y con estos encargando al capitán de la primera Compañía
José Ruiz y al Sargento José Molino la constancia y fidelidad al Soberano,
me embarqué en San Juansiño con destino a España a ver si conseguía algún
premio, junto con algún alivio a mis leales compañeros, pero la suerte
adversa permitió que en el Janeiro [=Río de Janeiro] se nos impidiese el
viaje quedando de este modo frustradas todas mis esperanzas de forma que me
vi en la precisión [= necesidad] de remitir los originales con el Señor
Pampillo, y los duplicados con el Comandante Pueyrredón, estos caminaron a
España por estos conductos, quedándome desnudo de todo documento y sin
resulta[do]s hasta el día [de hoy].
Esto es en suma Excelentissimo Señor lo que ha acaecido hasta el día [de
hoy]. El Capitán y Sargento no dejaron de practicar algunas diligencias y
consiguieron del Muy Ilustre Cabildo en Junta, el Infome que se ve a fojas
trece vuelta y acompaña y con toda sumisión hago a Vuexcelencia presente,
suplicándole así mismo tenga presente mis méritos y los de mis infelices
compañeros que han manifestado su fidelidad y patriotismo en defensa de la
Religión y de nuestro Soberano para que se eleve bajo la protección de
Vuexcelencia estos méritos a la Suprema Junta como encargado para hacer
presente de los que justamente lo han verificado. Por lo que a Vuexcelencia
pido y suplico se digne admitir este Pedimento y en su consecuencia
determinar com pido, que es Justicia. Juro, etcétera = Joaquín Guzmán².

Nómina

Por fin, en el mismo legajo figura la Lista de la Compañía de Esclavos,
de la que transcribo solamente el comienzo:
"Primera Compañía de Esclavos, al cargo de su Comandante Joaquín.

Capitán: José Luis
Theniente: Juan Collado
Alférez: José Enrique
Sargento: Custodio Molina
Otro: Manuel Collaso
Muerto otro: José Molina

Soldados: Joaquín Balanzate; José Gavi; Joaquín Lázaro; Joaquín Álzaga;
Muerto: Antonio Terrada; Joaquín Guillén; Manuel Bistelina; Luis de la Riva;
Caído Manuel Mestre; Francisco García; Francisco Antonio; Manuel Candelaria;
Antonio Asaga; Vicente Álzaga; Muerto: Juan Terrada; Muerto: Juan Giles;
Juan Antonio; Cristóbal Militon; Antonio Malauye (sigue la lista).

Segunda Compañía de Esclavos al mando de su Comandante Joaquín.
Capitán: Pedro Casaraville
Theniente: Ignacio Guzmán
Alférez: Thomas José Torres
Sargento: Pedro Acosta
Otro: Antonio Golma
Otro: José Antonio Mulec
Soldados: Antonio Miguel Mulec; Antonio Barrio; Joaquín Tavares.

Murió: Francisco Duarte; Antonio Morsa; caído: Manuel Ortega; herido José
María Segui; etc².
Conclusión

Una reflexión final: Estos humildes negros esclavos lucharon, como dice
su comandante Joaquín, exponiendo su vida por cosas que consideraban dignas
de ese sacrificio. ¿Cuáles? La Fe, la patria y el Rey: "ocuparnos siempre en
servicio de nuestra Religión, de nuestro Soberano y de la Patria con aquel
ardor, fidelidad propia de unos fieles vasallos que están prontos a derramar
su sangre por su Rey".
Lo que estaba en juego con las invasiones británicas era todo eso: la
libertad religiosa, nacional y política. Esta simpática figura de Joaquín
merece nuestro recuerdo y gratitud y también la merecen sus humildes
compañeros que arriesgaron y hasta dieron su vida para darnos libertad y
patria.
Y es también digno de tener en cuenta que, habiendo demostrado en el
riesgo de su vida la fidelidad a los pilares que sustentaban nuestra patria,
fueron hallados dignos de vivir en ella como ciudadanos libres. Se lo
merecían. Y en reconocerlo, mostraron nuestros antepasados su grandeza de
alma.
 

 

 


Milicia porteña 1806/1807

 


Santiago de Liniers


Beresford


Popham

 

Cuento
Apólogo de san Francisco y la gárgola

Por José María Pemán

Un contrapunto entre estatuas con final edificante.   

Allá en las alturas de una vieja catedral gótica, donde apenas llegaba como un rumor lejano el ajetreo de la ciudad que hervía a sus pies, había una gárgola de piedra que, en for-ma de dragón imaginario, con la cabeza erizada por una cres-ta inverosímil, se reguindaba hacia afuera, abriendo desmesuradamente su boca amenazadora.

A poca distancia de ella, sobre el extremo de un arbotante calado como un encaje, había una estatuilla de san Fran-cisco de Asís, labrada por un artista ingenuo en purísimo mármol blanco, con los ojos arrobados y las manos extendidas, como si se dispusiera a predicar, desde aquellas alturas, a las avecillas del cielo.

Y ocurría que una y otro -la gárgola y el santo- se pa-saban la vida enzarzados en una continua disputa. La gár-gola era gruñona y descontentadiza como vieja. Y aburrida ya de estar siglos y siglos a la intemperie, llena de verdín y escurriendo agua hacia la calle, protestaba a cada momento de cuanto veía y atisbaba en la ciudad desde aquel alto obser-vatorio. San Francisco, en cambio, con voz dulce y templada, la reprendía a cada momento por aquellos desahogos y berrin-ches, y llamándola cariñosamente "hermanita gárgola", quería atraerla al buen camino y hacerla más dulce y tolerante con los hombres y las cosas. Pero el dragón de piedra era poco su-frido, y apenas iniciaba el santo una de aquellas pláticas que hasta las cigüeñas se paraban a escuchar, empezaba a bramar y a decir improperios, ahogando así entre los berridos de su enorme bocaza las palabras de leche y miel del divino poeta...

El tema de las lamentaciones de la gárgola era siempre el mismo: la comparación de sus viejos tiempos, tan poéticos e ideales, con estos de ahora, tan rastreros y materialistas, vi-niendo siempre a la consecuencia de que la Humanidad cami-na a toda prisa cuesta abajo.

Acababa de pasar, cuando ocurrió lo que aquí se cuenta: un invierno crudo y tempestuoso como pocos, y el infeliz dra-gón, después de haber estado durante meses cubierto de ampos de nieve, estaba ahora húmedo y sucio, y llenos sus ojos sa-lientes de legañas de verdín. Esto le traía de peor humor que de costumbre, y como oyera que el san Francisco de mármol, aprovechando que entraba la primavera, comenzaba a ento-nar un himno al hermano Sol, lo interrumpió con furiosas carcajadas, abriendo más que solía su boca de cocodrilo:

-¿Pero ahora sales con eso, poeta? ¿Todavía andas de humor de agradecerle a Dios el beneficio de la luz? ¡Viviéra-mos mil veces en tinieblas, y nos ahorráramos de ver las co-sas que desde aquí vemos!...

-Pero, hermanita gárgola...

-Déjate de pamplinas; ¿no estás viendo ese edificio que nos están levantando ahí en la plaza, en nuestras propias narices? Parece otra torre de Babel que pretendiera escalar el cielo; cada día ponen un piso. Y ese juguete de cemento, ligero como todo lo de ahora, acabará por ahogarnos y quitarnos el aire y la luz. ¡A nosotros, que somos la herencia ve-nerable de un siglo grande y fuerte!

-A pesar de todo, hermanita gárgola, con eso comen cien-tos de familias.

-¡Y es un Banco! -le interrumpió el dragón, sin hacerle caso-. ¡Un Banco! ¡La verdadera catedral moderna, donde se adora al único dios de este siglo...! El otro día oí decir a unos albañiles que trabajaban en ese andamio que sobre la cúpula, como remate de todo, piensan poner un muñecón, pintado de purpurina, que represente a Mercurio, al dios de los comer-ciantes y de los ladrones... Y por eso suben y suben tanto el edificio; quieren que su Mercurio esté por encima de la cruz de nuestra torre.

-¿Por qué has de pensar siempre así, hermanita?

-Porque es la realidad, hermano poeta. ¿No ves esos le-treros de oro -aquí todo es de oro- que llenan los pisos y balcones del Banco? La palabra "crédito" aparece una y mil veces en ellos como una obsesión: "crédito", es decir, mentira, humo, farsa... Porque eso es lo que hacen ahí dentro: nego-ciar una y mil veces con un dinero que no existe en parte al-guna. ¡Oh, aquel venturoso tiempo, en que en las gradas y en los porches de esta catedral se sentaban al sol los mercade-res y, después de oír misa, contrataban, en el nombre de Dios, sus mercancías!

-¿Y acaso, tapujados con el nombre de Dios, no había entonces también sus engaños y rapiñas? No es la forma, hermanita, sino el espíritu lo que a Dios importa, y...

-Calla, calla, hermano Francisco; ¿no te da en la cara en este momento una humareda espesa y negra? ¡Ah, malditas fábricas! Toda la ciudad está llena de chimeneas de ladrillos rojos y ahumados, que infestan el aire... Tú mismo, hermano, estás lleno de polvillo negro y apestas a carbón como un obrero...

-Ese olor de carbón sobre la blusa de un obrero huele a flores allá arriba. Esas columnas de humo negro de las fábricas suben hasta el trono de Dios lo mismo que las columnas de incienso; y en verdad te digo, hermanita gárgola, que lo mismo agradan unas que otras al Señor.

-¿Y qué me dices de esos letreros? Tiende la vista sobre la ciudad, hermanito Francisco, hasta donde se ahoga en la bruma, y no verás más que letreros y letreros con anuncios. Es como un pregón gigantesco y general que se alza de los cuatro ámbitos de la ciudad; toda ella es lonja y mercado... Y me sulfura, sobre todo; hermano, la forma insolente e im-perativa en que están redactados; no piden, no ofrecen, sino que mandan. "Tome usted esto. Visite usted aquello. Púrguese. Tíñase el pelo". Son un poema de mala educación. Además, ¿no te has fijado, hermano, que en esos letreros de bombillas de colores, que parpadean por la noche apagándose y encen-diéndose, de cada tres, dos anuncian un aperitivo? Y es que los hombres de ahora han dado en excitar con drogas el ape-tito para hacer de la gula un culto... ¿Qué dices de esto tú, hermano poeta, tú que te pasaste toda una Cuaresma en el lago de Perusa con medio panecillo?

-Digo, hermana, que es imprudente echar en cara a nadie lo que en otros fueron inmerecidas gracias del Señor.

-¡Oh! ¡Me sublevas con tu cachaza, hermanito! Pero, mira, ¿no ves en aquella calle aquella capillita que están le-vantando? Hasta para hacerle casas a Dios son encogidos y raquíticos estos hombres de ahora. Parece que está hecha con las arrebañaduras de materiales que sobraron al hacer este Banco. Su campanita tímida y afónica apenas sobresale del es-truendo babilónico de los autos, los camiones y los tranvías.

-¡Oh, basta, basta, por Dios, hermana! -suplicó el santo. Pero el dragón de piedra prosiguió cada vez con más furia:

-¿Cómo ha de bastar, si esto no es más que empezar con lo que veo desde aquí? ¡Oh, si no fuera por esta bondadosa condición mía, qué cosas no habría de decir de esos gusanillos pedantes y ridículos que se mueven a mis pies! ¡Cómo corren, y se ajetrean, y pasan una y mil veces, jadeantes y sudosos, con la frente baja, en busca de sus negocios chiquitos y de momento! Son como aquellos chicharitos verdes de la leyenda, que, como estaban siempre en sus vainas verdes, también se creían que todo el mundo era verde. Estos se creen que no hay más mundo que esa colmena donde viven ahora. Ni se quitan el sombrero cuando pasan ante nosotros, ni levantan nunca los ojos para mirar esa franjita azul de cielo que se asoma entre las cornisas de sus Bancos y de sus palacios. Por eso los veo yo desde aquí hervir a todas horas, como los gusanos de un estercolero, blasfemando el uno, robando el otro, mintiendo el de más allá... ¡Ah, si pudiera yo tragarme de una vez toda esa charca de ahí abajo!

Y al decir esto, la terrible gárgola abrió desmesurada-mente la boca, como si quisiera poner en ejecución lo que decía...

Pero, en aquel momento, por encima de la catedral pasa-ba, sobre el fondo azul del cielo, una bandada de golondrinas, que entraba con la primavera.

-¡Venid a mí, hermanitas golondrinas! -exclamó al ver-las el santo; y una pareja de ellas vino a posarse suavemente en sus manos blancas-. Id, hermanitas -prosiguió-, y ha-ced vuestro nido allí, en la boca de aquel monstruo.

Las golondrinas obedecieron, y, piando alegremente, se entraron por las fauces de piedra de la gárgola, hasta lo más hondo. El dragón, que tenía la boca desmesuradamente abierta, como para tragarse al mundo, al sentir el contacto caliente de aquellas criaturas de Dios, se quedó mudo e inmóvil, sin atreverse a cerrar sobre ellas sus mandíbulas, como si les brindara amorosamente aquel refugio para su nido.

Entonces, aprovechando aquella forzada mudez del mal-humorado dragón, la estatua blanquísima del santo comenzó pausadamente a recitar su interrumpido cántico al herma-no Sol.

Bendijo al Sol, y al aire, y al cielo, dádivas generosas del Señor que los hombres no saben agradecer; y dijo que el que ama estas cosas se le hace el espíritu claro y luminoso, y está más pronto para perdonar que para maldecir; y añadió, mi-rando a la gárgola, que no son los tiempos ni las cosas buenas ni malas, sino que es el espíritu del hombre el que las hace bellas o feas a los ojos del Señor; que todo en el mundo -ayer como hoy-, trabajo, afán, negocio o lo que sea, todo puede convertirse en oración y cántico con sólo mezclarle una partecilla de amor, que es la sal y la levadura de las cosas todas.

Las palabras del santo, como espiras de incienso, subían lentamente en el silencio tibio de la tarde primaveral. El dra-gón de piedra le escuchaba con ojos sumisos, sin atreverse a mover su enorme boca, en cuyo fondo, el alborotado piar de los pájaros, cantaba el triunfo del amor y de la vida.



Pemán, José María: Obras completas. Novelas y cuentos. Tomo II. Ed. Escelicer, S. L., Madrid, España, 1948.
 

 

 

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