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Testimonio
Juan XXIII: El Papa y la rosa
Por José María Pemán

"La amplia sonrisa del Papa se mezclaba con un rumorcillo de convivencia de parte de su auditorio...
el Papa sonreía paternal ante la fertilidad colorista de su imaginativa Roma,
siempre con cien palabras y matices para cada cosa". 

Creo que lo escribí alguna vez. En esta infinita movilidad de lo eterno que
es la Iglesia, son inacabables las posibilidades de su morfología: desde el
salón del Vaticano a la celda del cartujo; desde la púrpura a la estameña.
Hallar "los nombres de Cristo" fue siempre una predilecta ocupación de los
escritores sagrados. Los "nombres" siempre en plural. Porque el Nombre que
le agote y resuma nadie le encontrará.
Por eso es tan visible muchas veces esa fluidez de la cambiante
morfología en la propia figura del Pastor. Tuvimos un Papa vertical: una
torre de marfil; una vara de nardos. Tenemos un Papa horizontal: un gran
Párroco blanco; una simpatía al ancho que cuando es llevado en la silla
gestatoria parece que va ya bajándose desde que entra en el salón.

Anegado en la masa

Yo le vi, por eso, a Juan XXIII como creo que hay que verle: anegado yo
en la masa; confundido con el pueblo fiel. A Pío XII parecía que había que
verle en privada audiencia: parecía que esperaba siempre, de pie,
embajadores; interlocutores diplomáticos. A su sucesor parece que hay que
verle entre codazos y apretujos, en auténtico rebaño ante el pastor: en
plena y disuelta función de feligrés y parroquiano.
Yo le vi llegar en su alta silla, como disculpándose con sonrisas,
apretujado entre la masa. Tenía clavado en mi brazo un codo , probablemente
napolitano, y hacía de mi hombro alféizar de ven-tana un alto y emocionado
cristiano sajón. El "cuerpo místico" plasmaba en realidades físicas; y casi
éramos todos, en temblorosa continuidad, un solo organismo. Uno solo, y
diferenciado en la brava federación de todo lo que es vivo y natural. El
Papa había subido al trono y un "monseñor" había comenzado a leer la
relación de todos los grupos que, provenientes de los más distin-tos países,
concurrían a la audiencia.
Y entonces se producía la más rabiosa afirmación de individualismo dentro
de aquel océano de millares de personas. Cada grupo, al sentirse nombrado,
se hacía visible, vivía un minuto de ufana insolidaridad, desgañitándose de
vítores y levantando las manos. Cada uno, anegado en aquel "todo" unánime,
se sentía vehementemente "parte". Procuraba hacerse medir y pesar chillando
más que el antecedente.

Auténtica federación cristiana

Un grupo de carabineros tiró los tricornios al aire; las alumnas de un
colegio alemán se subieron unas sobre otras; unas monjas inglesas levantaron
por la cintura sus educandas peregrinitas; sospecho que un grupo siciliano
que estaba cerca de mí, hizo una pequeña trampa, invitando a gritar con
ellos a algunos vecinos foráneos para parecer más. Era la auténtica
federación cristiana: un bravo desorden en una superior disciplina. Cada uno
gritaba "por su cuenta": pero todas las cuentas venían a cerrarse con el
mismo total.
Luego habló el Papa. También aquí se hizo, otra vez, plástica la mutación
morfológica de la Iglesia. Como en las fuentes de Roma, el surtidor vertical
que era Pío XII cuando hablaba, se agachaba y abría en una achaparrada bola
de agua en la oratoria parroquial de Juan XXIII, que desbordaba el sillón de
ganas de acercarse a los peregrinos. Predicaba sobre una "lección" del
An-tiguo Testamento del Oficio del día. Hacía notar que en ella se repetía,
como un estribillo, la cláusula "soy el Señor", "habla el Señor". ¿Por qué
esa cantinela y sonsonete cuando ya estaba sa-bido, de una vez por todas,
que era palabra del Señor todo el Li-bro? Se contestaba: porque hay que
estar vigilando siempre cada palabra y cada acto, para empalmarlas con su
fuente divina, para corroborar si residen la rúbrica diáfana: "dice el
Señor".
Porque muchas veces son los señores y los señoritos de esta tierra, y no
el Señor, los que dicen. Y la amplia sonrisa del Papa se mezclaba con un
rumorcillo de convivencia de parte de su auditorio. Fuera, en la calle, yo
había dejado una Roma que vivía una crisis larga, llena de sutilezas y
confusionismo: doctores que dogmatizan y dogmas que se recortan; cristianos
que piden apoyos eclesiásticos para subir al poder y usan el poder para
visitar a los perseguidores de la Iglesia; delgadas distinciones de
socialismos y comunismos; de estrategias electorales y convicciones de fe.
Una componenda para vivir y un credo para morir. ¿Resiste todo esto la
apostilla cristalina: "Dice el Señor"?...
Y el Papa sonreía paternal ante la fertilidad colorista de su imaginativa
Roma, siempre con cien palabras y matices para cada cosa. ¿No ha inventado
el más eufónico vocabulario-raviolis, fettuchinis, espaguettis, canelonis-
para disimular la práctica verdad de que, en el fondo, no come más que
honrado y sano pan?

Una rosa

Al final pasó a hablar en claro y buen francés. La dulce lengua de sus
días de legado le dio mayor licencia para el esprit. A las niñas de un
colegio: "Sois hijas de Eva.... ¡pero no imitéis mucho a vuestra primera
madre!"... Y fue entonces cuando se produjo un florido incidente. Se
intensificó la presión del codo que yo tenía clavado en mis costillas. Me
sentí violentamente desplazado. Una mujer, de mediana condición social, se
abrió paso contra toda ley física, sorteó un guardia, quebró a un monseñor,
y se hincó delante del Papa, en el espacio despejado que quedaba delante de
su trono.
Alzaba una mano y en la mano tenía una rosa. Murmuraba, temblorosa,
inteligible, alguna angustia. Mío figlio era lo único que yo entendía. El
Papa, con inmensa sonrisa envolvente, pidió la rosa que le entregaron,
mientras varios monseñores sacaban del salón a la llorosa mujer. Durante
todo el resto de la audiencia, un monseñor conservó en su mano la rosa junto
al Papa, que continuó:
-Esto es la vida de la Iglesia. Nos interrumpen muchas veces. Pero
siempre recogemos el hilo... Y hasta nos apedrean. Pero, como el dolor está
santificado por Cristo, hasta en esos casos nos apedrean con rosas.
Cuando marchaba otra vez en su silla gestatoria, a su lado el monseñor
continuaba con la rosa en la mano. Muchos fogonazos de fotografía
relampagueaban en el salón. El apretujo del "pueblo fiel" era asfixiante. El
Papa, de puro acercamiento cordial, iba y no iba en su palanquín.
Inauguraba un estilo de disminución de la ceremonia y la fachada en esta
hora de total publicidad luminosa, donde son ya inútiles ciertas lejanías.
Me contaba un monseñor que en la larga ceremonia de la consagración, el
dulce octogenario tuvo necesidad de tomar, a media ceremonia, un buche de
café.
Los monseñores, de larga tradición protocolaria, le pusieron delante un
gran libro cantoral, y tras esa pantalla bebió rien-do su café. Pero no
contaron con la televisión. Sus mil ojos indiscretos le atisbaban por todos
lados, y mientras dos mil personas fueron engañadas, en la basílica, por el
pudor protocolario del libro-pantalla, diez millones, en todo el planeta,
vieron al Papa tomar, riendo, su taza de café.
El Papa sabe que vive en la hora de la televisión. Y parece muy decidido
a dejarse de telones y lejanías para unos cuantos a fin de llegar, humano y
sonriente, a los diez millones.
Tomado de: Pemán, José M:
Los testigos de Jesús.
Edibesa, Madrid, 1997.

EMPIEZA POR TI
Las siguientes palabras fueron escritas en la tumba de un obispo anglicano
(1.100 D.C.) en las criptas de la abadía de Westminster:
Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con
cambiar el mundo.
Al volverme más viejo y más sabio, descubrí que el mundo no cambiaría,
entonces, acorté un poco mis objetivos y decidí cambiar sólo mi país. Pero
también, él parecía inamovible.
Al ingresar en mis años de ocaso, en un último intento desesperado, me
propuse cambiar sólo a mi familia, a mis allegados; pero, por desgracia, no
me quedaba ninguno.
Y ahora que estoy en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta: Si me
hubiera cambiado primero a mí mismo, con el ejemplo habría cambiado a mi
familia; a partir de su inspiración y estímulo, podría haber hecho un bien a
mi país y quién sabe, tal vez incluso habría cambiado el mundo.
Anónimo .
 

 

 

 

Testimonio
Gracias, Vicente

El pasado 2 de junio murió Vicente Inveninato, cofundador del Centro de Difusión de la Buena Prensa.   

Nuestro asesor Vicente Inveninato partió hacia la Casa del Padre el pasado 2
de junio, luego de sobrellevar con la entereza de la fe su larga enfermedad
hasta el momento final. Debido a la larga antelación con que se preparan las
ediciones de esta revista, no pudimos hasta ahora ocuparnos debidamente de
su desaparición física.
Editor por vocación, católico y mariano por convicción, Vicente fue uno
de los gestores del Centro de Difusión de la Buena Prensa, al que aportó su
larga experiencia en la profesión y la serenidad de quienes caminan por la
vida aferrados al pasamanos de la fe sencilla, profunda, vivida.
Vivía en La Plata, donde sembró una familia profusa en hijos y afectos, y
fuertemente comprometida en el obrar apostólico, como lo fue la propuesta de
consagrar el país al Inmaculado Corazón de María, tarea ciclópea que llegó a
reunir cientos de miles de firmas de adhesión.
Años atrás, junto a su esposa Coca había peregrinado a Tierra santa y sus
vivencias las volcó en una serie de artículos para la revista. La relectura
de esas páginas trasunta su sencillez humana, su calidez, su disposición
permanente a sorprenderse con las pequeñas cosas de la vida, a conmoverse
ante el dolor ajeno y a concurrir enseguida en socorro del necesitado.
A través de la gráfica, Vicente había incursionado también en su otra
pasión -el automovilismo- creando Autopista, una revista que con algunas
décadas de existencia no sólo se ocupa de las pasiones del deporte motor,
sino que es fuente de trabajo para no pocas familias.
Cuando fundamos Nueva Lectura, la primera de las publicaciones del Centro
de Difusión de la Buena Prensa, "Nada de lo humano nos será ajeno" sería el
eslogan de la editorial que contribuyó a crear, y nos animamos a decir que
Vicente lo tomó como norma de vida.
Desde aquí nuestro recuerdo, en la certeza de saberlo en el cielo por la
fuerza de la fe y el amor por Jesucristo y por su Madre. Gracias, Vicente,
por lo mucho que nos diste en tu vida terrena. Gracias, por lo mucho que
intercederás por nosotros ante la Providencia de Dios.
 

 

 

 

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