|
Creo que lo escribí alguna vez. En esta infinita movilidad de lo
eterno que
es la Iglesia, son inacabables las posibilidades de su
morfología: desde el
salón del Vaticano a la celda del cartujo; desde la púrpura a la
estameña.
Hallar "los nombres de Cristo" fue siempre una predilecta
ocupación de los
escritores sagrados. Los "nombres" siempre en plural. Porque el
Nombre que
le agote y resuma nadie le encontrará.
Por eso es tan visible muchas veces esa fluidez de la cambiante
morfología en la propia figura del Pastor. Tuvimos un Papa
vertical: una
torre de marfil; una vara de nardos. Tenemos un Papa horizontal:
un gran
Párroco blanco; una simpatía al ancho que cuando es llevado en
la silla
gestatoria parece que va ya bajándose desde que entra en el
salón.
Anegado en la masa
Yo le vi, por eso, a Juan XXIII como creo que hay que verle:
anegado yo
en la masa; confundido con el pueblo fiel. A Pío XII parecía que
había que
verle en privada audiencia: parecía que esperaba siempre, de
pie,
embajadores; interlocutores diplomáticos. A su sucesor parece
que hay que
verle entre codazos y apretujos, en auténtico rebaño ante el
pastor: en
plena y disuelta función de feligrés y parroquiano.
Yo le vi llegar en su alta silla, como disculpándose con
sonrisas,
apretujado entre la masa. Tenía clavado en mi brazo un codo ,
probablemente
napolitano, y hacía de mi hombro alféizar de ven-tana un alto y
emocionado
cristiano sajón. El "cuerpo místico" plasmaba en realidades
físicas; y casi
éramos todos, en temblorosa continuidad, un solo organismo. Uno
solo, y
diferenciado en la brava federación de todo lo que es vivo y
natural. El
Papa había subido al trono y un "monseñor" había comenzado a
leer la
relación de todos los grupos que, provenientes de los más distin-tos
países,
concurrían a la audiencia.
Y entonces se producía la más rabiosa afirmación de
individualismo dentro
de aquel océano de millares de personas. Cada grupo, al sentirse
nombrado,
se hacía visible, vivía un minuto de ufana insolidaridad,
desgañitándose de
vítores y levantando las manos. Cada uno, anegado en aquel
"todo" unánime,
se sentía vehementemente "parte". Procuraba hacerse medir y
pesar chillando
más que el antecedente.
Auténtica federación cristiana
Un grupo de carabineros tiró los tricornios al aire; las alumnas
de un
colegio alemán se subieron unas sobre otras; unas monjas
inglesas levantaron
por la cintura sus educandas peregrinitas; sospecho que un grupo
siciliano
que estaba cerca de mí, hizo una pequeña trampa, invitando a
gritar con
ellos a algunos vecinos foráneos para parecer más. Era la
auténtica
federación cristiana: un bravo desorden en una superior
disciplina. Cada uno
gritaba "por su cuenta": pero todas las cuentas venían a
cerrarse con el
mismo total.
Luego habló el Papa. También aquí se hizo, otra vez, plástica la
mutación
morfológica de la Iglesia. Como en las fuentes de Roma, el
surtidor vertical
que era Pío XII cuando hablaba, se agachaba y abría en una
achaparrada bola
de agua en la oratoria parroquial de Juan XXIII, que desbordaba
el sillón de
ganas de acercarse a los peregrinos. Predicaba sobre una
"lección" del
An-tiguo Testamento del Oficio del día. Hacía notar que en ella
se repetía,
como un estribillo, la cláusula "soy el Señor", "habla el
Señor". ¿Por qué
esa cantinela y sonsonete cuando ya estaba sa-bido, de una vez
por todas,
que era palabra del Señor todo el Li-bro? Se contestaba: porque
hay que
estar vigilando siempre cada palabra y cada acto, para
empalmarlas con su
fuente divina, para corroborar si residen la rúbrica diáfana:
"dice el
Señor".
Porque muchas veces son los señores y los señoritos de esta
tierra, y no
el Señor, los que dicen. Y la amplia sonrisa del Papa se
mezclaba con un
rumorcillo de convivencia de parte de su auditorio. Fuera, en la
calle, yo
había dejado una Roma que vivía una crisis larga, llena de
sutilezas y
confusionismo: doctores que dogmatizan y dogmas que se recortan;
cristianos
que piden apoyos eclesiásticos para subir al poder y usan el
poder para
visitar a los perseguidores de la Iglesia; delgadas distinciones
de
socialismos y comunismos; de estrategias electorales y
convicciones de fe.
Una componenda para vivir y un credo para morir. ¿Resiste todo
esto la
apostilla cristalina: "Dice el Señor"?...
Y el Papa sonreía paternal ante la fertilidad colorista de su
imaginativa
Roma, siempre con cien palabras y matices para cada cosa. ¿No ha
inventado
el más eufónico vocabulario-raviolis, fettuchinis, espaguettis,
canelonis-
para disimular la práctica verdad de que, en el fondo, no come
más que
honrado y sano pan?
Una rosa
Al final pasó a hablar en claro y buen francés. La dulce lengua
de sus
días de legado le dio mayor licencia para el esprit. A las niñas
de un
colegio: "Sois hijas de Eva.... ¡pero no imitéis mucho a vuestra
primera
madre!"... Y fue entonces cuando se produjo un florido
incidente. Se
intensificó la presión del codo que yo tenía clavado en mis
costillas. Me
sentí violentamente desplazado. Una mujer, de mediana condición
social, se
abrió paso contra toda ley física, sorteó un guardia, quebró a
un monseñor,
y se hincó delante del Papa, en el espacio despejado que quedaba
delante de
su trono.
Alzaba una mano y en la mano tenía una rosa. Murmuraba,
temblorosa,
inteligible, alguna angustia. Mío figlio era lo único que yo
entendía. El
Papa, con inmensa sonrisa envolvente, pidió la rosa que le
entregaron,
mientras varios monseñores sacaban del salón a la llorosa mujer.
Durante
todo el resto de la audiencia, un monseñor conservó en su mano
la rosa junto
al Papa, que continuó:
-Esto es la vida de la Iglesia. Nos interrumpen muchas veces.
Pero
siempre recogemos el hilo... Y hasta nos apedrean. Pero, como el
dolor está
santificado por Cristo, hasta en esos casos nos apedrean con
rosas.
Cuando marchaba otra vez en su silla gestatoria, a su lado el
monseñor
continuaba con la rosa en la mano. Muchos fogonazos de
fotografía
relampagueaban en el salón. El apretujo del "pueblo fiel" era
asfixiante. El
Papa, de puro acercamiento cordial, iba y no iba en su
palanquín.
Inauguraba un estilo de disminución de la ceremonia y la fachada
en esta
hora de total publicidad luminosa, donde son ya inútiles ciertas
lejanías.
Me contaba un monseñor que en la larga ceremonia de la
consagración, el
dulce octogenario tuvo necesidad de tomar, a media ceremonia, un
buche de
café.
Los monseñores, de larga tradición protocolaria, le pusieron
delante un
gran libro cantoral, y tras esa pantalla bebió rien-do su café.
Pero no
contaron con la televisión. Sus mil ojos indiscretos le
atisbaban por todos
lados, y mientras dos mil personas fueron engañadas, en la
basílica, por el
pudor protocolario del libro-pantalla, diez millones, en todo el
planeta,
vieron al Papa tomar, riendo, su taza de café.
El Papa sabe que vive en la hora de la televisión. Y parece muy
decidido
a dejarse de telones y lejanías para unos cuantos a fin de
llegar, humano y
sonriente, a los diez millones.
Tomado de: Pemán, José M:
Los testigos de Jesús.
Edibesa, Madrid, 1997.
EMPIEZA
POR TI
Las siguientes palabras fueron escritas en la tumba de un obispo
anglicano
(1.100 D.C.) en las criptas de la abadía de Westminster:
Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites,
soñaba con
cambiar el mundo.
Al volverme más viejo y más sabio, descubrí que el mundo no
cambiaría,
entonces, acorté un poco mis objetivos y decidí cambiar sólo mi
país. Pero
también, él parecía inamovible.
Al ingresar en mis años de ocaso, en un último intento
desesperado, me
propuse cambiar sólo a mi familia, a mis allegados; pero, por
desgracia, no
me quedaba ninguno.
Y ahora que estoy en mi lecho de muerte, de pronto me doy
cuenta: Si me
hubiera cambiado primero a mí mismo, con el ejemplo habría
cambiado a mi
familia; a partir de su inspiración y estímulo, podría haber
hecho un bien a
mi país y quién sabe, tal vez incluso habría cambiado el mundo.
Anónimo .
|
 |