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Hoy es la segunda vez que vengo al Castillo de Javier. La
primera fue cuando
estaba planeando mi obra "El Divino Impaciente". Nadie se
enteró: entonces
pasé como un turista más, un peregrino más, que se llevó en las
pupilas una
imagen dura: "Sed en mi voluntad poned"...
Vengo ahora a presenciar este espectáculo: hombres y mozos de
Navarra,
tocados de boina, sin alas y sin visera: pueblo claro y leal que
no necesita
taparse los ojos ni esquivar la luz del sol, que celebra, no una
peregrinación, no una romería... sino una Javierada.
Javieradas y sanfermines
"Javierada", magnífica palabra navarra. El sufijo ado, ada,
significa
abundancia (riada, torada); o acción impetuosa (hombrada,
alcaldada): algo
que derrama el contenido semántico de la palabra y la abulta y
estira hasta
el máximo coeficiente de elasticidad. La Javierada es como los
sanfermines,
ideológicos y religiosos... delante de todos los toros físicos y
mentales.
Navarra corrió delante de la Reforma, de la Enciclopedia, del
Liberalismo,
del Marxismo. Y ahora corre delante de desilusiones y tibiezas
de la hora
del ímpetu juvenil. La Javierada es la suma de la impaciencia de
Javier y de
la impaciencia de Navarra: alcanfor de España y espliego de
Occidente,
ganándole por la mano a todos los errores en los magníficos y
tumultuosos
sanfermines de su historia.
No intento pronunciar una conferencia sobre san Francisco
Javier. Quiero
centrarme en una doble pregunta: ¿A qué errores, a qué
circunstancias
históricas, le ganó por la mano la impaciencia de Javier? ¿A qué
residuos de
esos errores y circunstancias le tiene que seguir ganando por la
mano la
impaciencia de Navarra, el ímpetu de la Javierada?
Porque los santos responden a los problemas de sus
contemporáneos. Su
historia está escrita a dos columnas: en una, los grandes
problemas; en
otra, los grandes santos. Frente a una primera crisis en la
historia de la
Iglesia, Dios suscitó a san Basilio y a san Agustín. Ante la
crisis general,
san Benito. En la crisis del feudalismo, san Francisco de Asís.
Para hacer
frente a la crisis planteada por los albigenses, santo Domingo
de Guzmán.
Ante la crisis del papado, surge santa Catalina de Siena. Frente
al Cisma de
Occidente, san Vicente Ferrer; san Pedro Claver, ante la crisis
de la
esclavitud de los negros. san Ignacio de Loyola, frente a la
crisis de la
Reforma planteada por Lutero y ante la que planteó Calvino, san
Francisco de
Sales. San Francisco Javier es la respuesta a la crisis del
Oriente. Así va
prolongándose en la historia el milagro de nuestra Redención.
¿Qué mensaje redentor nos trae San Francisco Javier?
No penséis ni por un momento que se trata de un mensaje
articulado y
concreto. El hombre del Renacimiento tiene como reverso de una
fachada
racionalista y metodológica, una fachada de espontaneidad
naturista, de
embriaguez creadora: Colón, Cervantes... Javier cree misionar a
unos
infieles y nos da la clave de lo que hay que hacer con aquel
mundo mucho más
ancho y vario que se nos ha venido a las manos. Esa
inconsciencia le ha sido
incluso criticada. Bellesor, viendo la grácil sotana de Javier,
ante la
amalgama de vicios de Oriente y Occidente -todavía había
idolatría y ya
había capitalismo-, frente al laberinto de sentinas y cloacas...
concluye
que nadie se lanzó a una empresa con menos información sobre los
supuestos
con que iba a trabajar: no conocía ni las lenguas, ni los usos,
ni las
costumbres de las religiones; tuvo que ir improvisando,
convirtiéndose en
iniciador de las ciencias que ignoraba. Como resumen, Bellesor
tiene dos
palabras: divina locura.
Fue y enseñó
Para una comprensión científica histórica habría mucho que
rebajar de
esa conclusión. La de Javier es la misma técnica de Pedro, de
Pablo, de
Santiago... en Antioquía, Corinto, Roma o España. No olvidemos
los bautizos
masivos que relatan los Hechos de los Apóstoles, y son expresión
de la más
pétrea confianza en la acción del Espíritu y en la acción
operativa del
Sacramento. Ni olvidemos a san Bonifacio y sus cuarenta años por
Germania,
mientras que Javier sólo estuvo diez años en un territorio
treinta veces
mayor. Y, después de estas puntualizaciones, nos queda la
seguridad del
supremo saldo a favor de Javier: "haber inoculado fiebre sagrada
inmortal".
Sus genialidades y anticipaciones -mociones divinas- son semilla
de
misionología científica.
Javier fue y enseñó: "Ite et docete". Sabía que en la hora
crucial no
tenían razón los apóstoles encerrados en el Cenáculo, sino las
santas
mujeres, con el bálsamo ungüentario del amor. Javier actuó a lo
navarro: su
obra fue la primera Javierada: despilfarro de sangre y de
espíritu, de los
que otros cobran la renta.
Hay acaso una prudencia humana frente a Navarra, como hay
historiadores
científicos frente a Javier. Una tentación de declararla pródiga
y formarle
un consejo de familia con sensateces que le amonesten que cuide
su sangre y
su espíritu para que no los desperdicien. Y Navarra puede
contestar: Me he
limitado a dar un grito, grito de la historia; seguiré gritando
errores e
infidelidades que combatir. Mis cuentas yo no las cierro con los
hombres:
por eso muchas veces me salen tan inexactas frente al éxito como
exactas
siempre frente a la Verdad.
Misterio y fuerza
Ahora bien, dentro de esa inconsciencia impetuosa, ¿qué concreta
lección
articula? Acababa de producirse un supremo acontecimiento: como
un desperezo
gimnástico del brazo de Oriente y Occidente, se había doblado el
Cabo de
Buena Esperanza, se producía el contacto con la gran esperanza
del Oriente
excitante y prometedor de las especies de clavo y canela que
hambreaba el
paladar rejuvenecido del Renacimiento.
Javier, en sus cartas desde Goa, señala las dos notas
características de
Oriente: Fuerza y Misterio. Fuerza, latifundio físico: las
palabras
extensión e inmensidad no se caen de su pluma. Y Misterio,
latifundio
intelectual y moral, panteísmo, grandes religiones, misterio,
encanto. Es la
fuerza de Gengis, de Tamerlán, de Atila, de las distintas
invasiones, de los
Soviets. Es el misterio de "Las Mil y una noches", de Gandhi, de
Tagore, del
teosofismo y del filosovietismo: cosacos para invadir, perfumes
para
adormecer.
Frente a ese volumen de misterio y fuerza, la pequeña Europa no
tiene
otra defensa sino su contenido intelectual y moral. Si dimite de
él está
perdida: "cerrada por traspaso", en frase de Ega de Queiroz.
Como imagen, el
Partenón de Atenas. La misma denominación -Occidente- denota una
Europa
acorralada. Siempre se es Occidente de alguien. Sin mayor
contenido
quedaremos en Oriente de los americanos... Cada vez más nos
olvidamos de
nosotros, como nosotros de la Rumanía de Trajano, de la Polonia
de san
Estanislao, de la Hungría de santa Isabel: pétalos de la rosa
europea
arrojados con demasiada facilidad como pienso al oso oriental.
Francisco Javier ha nacido bajo el signo de la universalidad:
Navarra,
Francia, Italia, Portugal... Es un navarro que nos dará lección
de
catolicidad ecuménica. No la universalidad vaga y difusa de las
asambleas,
con turbante o con sombrero europeo. Sino la universalidad que,
desde un
núcleo de verdad y de fe, se extiende concéntricamente... En
contacto con
ese mundo, Javier tiene plena fe en los valores típicos de
Occidente: la
Razón y la Palabra.
La Razón
En carta a san Ignacio y sus compañeros, el 20 de enero de 1548,
escribe:
"Pregunté a Artgaro, si yo fuese con él a su tierra, si se
harían
cristianos los del Japón. Respondióme que los de su tierra me
harían muchas
preguntas y verían lo que les respondía... Y si hiciese dos
cosas, hablar
bien y satisfacer a sus presuntas, en medio ano el rey y la
gente noble y
toda otra gente de discreción se harían cristianos, pues ellos
no son gentes
que se rigen sino por la razón"...
Esta perspectiva racional y dialéctica impulsa a Javier a ir al
Japón.
La Palabra
Por eso pone su fe en la palabra, instrumento del ser racional.
He aquí
la representación de la zona menos conocida del catolicismo
español, contra
la Reforma, contra la Enciclopedia. Pero, remontando el curso de
las aguas,
encontramos a Ignacio, a Claver, a santo Domingo, a Lulio... con
el arma de
la palabra: catequesis y predicación.
Pero naturalmente Javier pone su fe en razón y palabra, porque
sabe que
todo ese volumen mental puede ser trascendido por una dimensión
sobrenatural
de Gracia. Estamos cansados de ver interpretada la Historia como
una
gigantesca danza de abstracciones deshumanizadas, explicada y
prevista como
los meteoros y las cosechas: olvidando que la Historia empieza
en cada
hombre, y antes que un movimiento de hechos físicos es un
movimiento de
conductas morales y de sobrenaturales impulsos...
Se pueden leer muchos volúmenes con historias de guerras, de
revoluciones, de matanzas, sin leer palabras como ira, cólera,
soberbia o
ambición. Este enfoque deshumanizado es el que se resuelve en
esa inhibida
evasiva: "El mundo está perdido". Pero no es más que una serie
de hombres:
Pablo, la Magdalena, Agustín, Javier... con el problema de las
veinticuatro
horas antes de su conversión. Javier fue al Oriente para ser lo
que Ignacio
había sido para él: iba en busca de las veinticuatro horas de la
Gracia.
Santidad colectiva
Y dentro de esa solución de la Gracia, Javier representa como
una
anticipación genial de las características con que se presenta
esta hora. El
gran fenómeno de nuestra hora -realización última de la
sustancia panteísta
y masiva que el Oriente significa frente a Europa- es el
comunismo. Y en
esta balanza o partida doble de problemas y santidades, se
dibuja enfrente
esa plena realización del dogma del Cuerpo Místico que el Papa
espera y el
P. Lombardi califica como "santidad colectiva". Vivimos el siglo
de lo
colectivo y anónimo: guerra, soldado desconocido, capitales
anónimos,
investigaciones en equipo, votos secretos... También la santidad
será
colectiva. Javier siente, como una anticipación luminosa, estas
verdades.
Siente toda su fuerza en la raíz y el respaldo de la Compañía de
Jesús. La
distancia física queda anulada por la cercanía del espíritu: el
calor de la
Compañía le acompaña a Malaca, a Macasar, al Japón... Se siente
dentro del
perímetro y de la frontera de la sociedad de Jesús que pasa por
Meliapur,
Goa o el Cabo de Momorín.
Javier anticipa la morfología de la nueva Cristiandad. Pasó la
hora de
los árboles, insignes pero de lento crecimiento. Es la hora de
los prados,
donde, si está bien echada la semilla, basta el rayo de sol y
las gotas del
rocío para que florezca de repente... Esta es la esperanza de la
hora.
Avanzará como una pleamar de santidad difusa sobre la tierra. Se
convencerán
los hombres de que las bienaventuranzas pueden ser normales y
regulares:
norma y regla es la perfección a la que hemos sido convocados.
Como en una especie de canonización masiva y colectiva darán su
último
fruto para componer el mundo mejor las santidades de esa nueva
letanía: el
santo apostolado seglar, la santa Acción Católica, las santas
Congregaciones, los santos Institutos Seculares. Una letanía de
grandes
volúmenes de santidad en la cual, teniendo en cuenta la
espléndida y secular
hagiografía de su lucha incansable por la verdad íntegra, por
encima de
desilusiones y cansancio, figurará siempre el versillo: "Santa
juventud
navarra"...
Lección fecunda
Pero no podemos cifrar el mensaje de Javier sólo en ese impulso
un poco
ciego de la Gracia... Javier articula también una lección
concreta sobre el
modo de dar cauce a esa fuerza sobrenatural. En las cartas al
rey Don Juan
III, Javier le pide el apoyo del poder temporal para su Misión.
En la del 16
de mayo de 1546, le expone dos peticiones: la Inquisición y los
predicadores: la coacción temporal y la catequesis.
El esquema religioso temporal sobre el que actúa Javier no es
sino el de
las dos espadas, que forman la constitución del Imperio. Es el
esquema que
había regido toda la acción de la Cristiandad en el
Mediterráneo, y Javier
lo trasladaba al Océano Índico. Naturalmente, en este esquema
hay una parte
caducada, vinculada a las circunstancias temporales e históricas
ya
canceladas. Pero hay una lección fundamental, fecunda todavía en
esta hora.
La lección de Javier se extiende también a la otra cara del
problema: el
peligro de la extralimitación del poder temporal. Javier nos
deja la lección
inmortal de la libertad del espíritu. A los funcionarios
portugueses les
dice: "Sois el descrédito de la doctrina que yo predico". Y a
Don Juan III
se dirige en unos términos que hoy hubiera tachado la censura:
"Si son negligentes en el cumplimiento de sus deberes,
sanciónelos V. A.
con ejemplares castigos. Porque existe el peligro de que cuando
Dios Nuestro
Señor llame a V. A. a juicio (y esto ha de suceder cuando menos
se espera y
ese juicio es absolutamente ineludible) tenga que oír de Dios
airado: ¿Por
qué no vigilaste a los que en la India recibían la autoridad de
ti y eran
enemigos míos, cuando a esos mismos si les hubieses hallado
negligentes en
la vigilancia y cuidado de los impuestos y del fisco los
hubieses castigado
severamente?".
Y luego:
"Me parece que de las Indias se elevan al Cielo voces de queja
porgue V.
A. se muestra avaro con ellas: puesto que de los abundantes
beneficios que
de aquí van para enriquecer el real erario sólo una partecita
dedica V. A.
al remedio de las gravísimas necesidades espirituales que hay en
esta
tierra".
No sé si en estos cuatro siglos que van transcurridos desde las
fechas de
esas cartas y en los que se dice que ha progresado todo, se ha
progresado
mucho en santa libertad para hablar por parte del poder
espiritual y en
santa humildad para escuchar por parte del poder temporal. Es
fama que Juan
III leía de rodillas las cartas de Javier. Y estos son los
poderes
históricos que se han llamado absolutos, con ser los más
relativos: implican
la relación de criatura a Creador. He aquí una lección javeriana
de libertad
del espíritu y de la Iglesia, como en su día la de san Agustín y
la de Osio.
Libertad de las Catacumbas frente al Coliseo, que llega a
nuestros días con
Stepinac: las llagas en las manos y en el costado de la Iglesia.
Imitación de Cristo
Ese esquema de lecciones y mensajes lo da Javier, no con la
frialdad
docente y magistral, sino encarnado en la espléndida humanidad
llena de
calor y cercanía, que lo llevaba a la partida de ajedrez, al
baile, a vestir
como los bonzos... Javier vivió la imitación de Cristo, pero del
Cristo que
era imitación del hombre: dracma en la boca del pez, invitación
a las bodas,
discusión con la cananea... Gestos minúsculos que indican todo
un agacharse
de Cristo para ponerse al nivel del diálogo y del amor. Luego
habrá sangre
espectacular redentora. Pero primero hubo sangre de la
Circuncisión para
disimular la Divinidad. Ese Javier humano de los pequeños gestos
entrañables
es el que me atrajo para escribir El Divino Impaciente.
Ese fue el rumbo de vida, desde entonces citado aquí, en el
Castillo de
Javier, con vosotros, los hijos del Impaciente. Todos nos hemos
jugado un
poco la vida en la misma carta. Yo no he salido de los claustros
ni del
apartamiento de una celda. Estaré dentro de poco en el Ateneo,
entre los
bastidores de un teatro: porque el cristiano le dice que sí a
todos los
valores intermedios de la Creación. Y así, uno tiene dos focos,
y es
transeúnte poco cómodo de la carrera intelectual. Es lo único
que le da a
uno autoridad para dirigirse a este pueblo.
¡Que Dios bendiga a Navarra, a sus gentes, a sus familias, a su
sociedad
laboral! ¡Que Dios haga que la sangre de sus hijos sea semilla
de nuevas
generaciones de cristianos al estilo de Javier!
(*) Discurso pronunciado en el Castillo de Javier. Tomado de:
Pemán, José M:
Los testigos de Jesús. Edibesa, Madrid, 1997.
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