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Iglesia
El mensaje de Javier (*)
Por José María Pemán

Los santos responden a los problemas de sus contemporáneos. Su historia está escrita a dos columnas: en una, los grandes problemas; en otra, los grandes santos. San Francisco Javier es la respuesta a la crisis del Oriente. 

Hoy es la segunda vez que vengo al Castillo de Javier. La primera fue cuando
estaba planeando mi obra "El Divino Impaciente". Nadie se enteró: entonces
pasé como un turista más, un peregrino más, que se llevó en las pupilas una
imagen dura: "Sed en mi voluntad poned"...
Vengo ahora a presenciar este espectáculo: hombres y mozos de Navarra,
tocados de boina, sin alas y sin visera: pueblo claro y leal que no necesita
taparse los ojos ni esquivar la luz del sol, que celebra, no una
peregrinación, no una romería... sino una Javierada.

Javieradas y sanfermines

"Javierada", magnífica palabra navarra. El sufijo ado, ada, significa
abundancia (riada, torada); o acción impetuosa (hombrada, alcaldada): algo
que derrama el contenido semántico de la palabra y la abulta y estira hasta
el máximo coeficiente de elasticidad. La Javierada es como los sanfermines,
ideológicos y religiosos... delante de todos los toros físicos y mentales.
Navarra corrió delante de la Reforma, de la Enciclopedia, del Liberalismo,
del Marxismo. Y ahora corre delante de desilusiones y tibiezas de la hora
del ímpetu juvenil. La Javierada es la suma de la impaciencia de Javier y de
la impaciencia de Navarra: alcanfor de España y espliego de Occidente,
ganándole por la mano a todos los errores en los magníficos y tumultuosos
sanfermines de su historia.
No intento pronunciar una conferencia sobre san Francisco Javier. Quiero
centrarme en una doble pregunta: ¿A qué errores, a qué circunstancias
históricas, le ganó por la mano la impaciencia de Javier? ¿A qué residuos de
esos errores y circunstancias le tiene que seguir ganando por la mano la
impaciencia de Navarra, el ímpetu de la Javierada?
Porque los santos responden a los problemas de sus contemporáneos. Su
historia está escrita a dos columnas: en una, los grandes problemas; en
otra, los grandes santos. Frente a una primera crisis en la historia de la
Iglesia, Dios suscitó a san Basilio y a san Agustín. Ante la crisis general,
san Benito. En la crisis del feudalismo, san Francisco de Asís. Para hacer
frente a la crisis planteada por los albigenses, santo Domingo de Guzmán.
Ante la crisis del papado, surge santa Catalina de Siena. Frente al Cisma de
Occidente, san Vicente Ferrer; san Pedro Claver, ante la crisis de la
esclavitud de los negros. san Ignacio de Loyola, frente a la crisis de la
Reforma planteada por Lutero y ante la que planteó Calvino, san Francisco de
Sales. San Francisco Javier es la respuesta a la crisis del Oriente. Así va
prolongándose en la historia el milagro de nuestra Redención.

¿Qué mensaje redentor nos trae San Francisco Javier?

No penséis ni por un momento que se trata de un mensaje articulado y
concreto. El hombre del Renacimiento tiene como reverso de una fachada
racionalista y metodológica, una fachada de espontaneidad naturista, de
embriaguez creadora: Colón, Cervantes... Javier cree misionar a unos
infieles y nos da la clave de lo que hay que hacer con aquel mundo mucho más
ancho y vario que se nos ha venido a las manos. Esa inconsciencia le ha sido
incluso criticada. Bellesor, viendo la grácil sotana de Javier, ante la
amalgama de vicios de Oriente y Occidente -todavía había idolatría y ya
había capitalismo-, frente al laberinto de sentinas y cloacas... concluye
que nadie se lanzó a una empresa con menos información sobre los supuestos
con que iba a trabajar: no conocía ni las lenguas, ni los usos, ni las
costumbres de las religiones; tuvo que ir improvisando, convirtiéndose en
iniciador de las ciencias que ignoraba. Como resumen, Bellesor tiene dos
palabras: divina locura.

Fue y enseñó

Para una comprensión científica histórica habría mucho que rebajar de
esa conclusión. La de Javier es la misma técnica de Pedro, de Pablo, de
Santiago... en Antioquía, Corinto, Roma o España. No olvidemos los bautizos
masivos que relatan los Hechos de los Apóstoles, y son expresión de la más
pétrea confianza en la acción del Espíritu y en la acción operativa del
Sacramento. Ni olvidemos a san Bonifacio y sus cuarenta años por Germania,
mientras que Javier sólo estuvo diez años en un territorio treinta veces
mayor. Y, después de estas puntualizaciones, nos queda la seguridad del
supremo saldo a favor de Javier: "haber inoculado fiebre sagrada inmortal".
Sus genialidades y anticipaciones -mociones divinas- son semilla de
misionología científica.
Javier fue y enseñó: "Ite et docete". Sabía que en la hora crucial no
tenían razón los apóstoles encerrados en el Cenáculo, sino las santas
mujeres, con el bálsamo ungüentario del amor. Javier actuó a lo navarro: su
obra fue la primera Javierada: despilfarro de sangre y de espíritu, de los
que otros cobran la renta.
Hay acaso una prudencia humana frente a Navarra, como hay historiadores
científicos frente a Javier. Una tentación de declararla pródiga y formarle
un consejo de familia con sensateces que le amonesten que cuide su sangre y
su espíritu para que no los desperdicien. Y Navarra puede contestar: Me he
limitado a dar un grito, grito de la historia; seguiré gritando errores e
infidelidades que combatir. Mis cuentas yo no las cierro con los hombres:
por eso muchas veces me salen tan inexactas frente al éxito como exactas
siempre frente a la Verdad.

Misterio y fuerza

Ahora bien, dentro de esa inconsciencia impetuosa, ¿qué concreta lección
articula? Acababa de producirse un supremo acontecimiento: como un desperezo
gimnástico del brazo de Oriente y Occidente, se había doblado el Cabo de
Buena Esperanza, se producía el contacto con la gran esperanza del Oriente
excitante y prometedor de las especies de clavo y canela que hambreaba el
paladar rejuvenecido del Renacimiento.
Javier, en sus cartas desde Goa, señala las dos notas características de
Oriente: Fuerza y Misterio. Fuerza, latifundio físico: las palabras
extensión e inmensidad no se caen de su pluma. Y Misterio, latifundio
intelectual y moral, panteísmo, grandes religiones, misterio, encanto. Es la
fuerza de Gengis, de Tamerlán, de Atila, de las distintas invasiones, de los
Soviets. Es el misterio de "Las Mil y una noches", de Gandhi, de Tagore, del
teosofismo y del filosovietismo: cosacos para invadir, perfumes para
adormecer.
Frente a ese volumen de misterio y fuerza, la pequeña Europa no tiene
otra defensa sino su contenido intelectual y moral. Si dimite de él está
perdida: "cerrada por traspaso", en frase de Ega de Queiroz. Como imagen, el
Partenón de Atenas. La misma denominación -Occidente- denota una Europa
acorralada. Siempre se es Occidente de alguien. Sin mayor contenido
quedaremos en Oriente de los americanos... Cada vez más nos olvidamos de
nosotros, como nosotros de la Rumanía de Trajano, de la Polonia de san
Estanislao, de la Hungría de santa Isabel: pétalos de la rosa europea
arrojados con demasiada facilidad como pienso al oso oriental.
Francisco Javier ha nacido bajo el signo de la universalidad: Navarra,
Francia, Italia, Portugal... Es un navarro que nos dará lección de
catolicidad ecuménica. No la universalidad vaga y difusa de las asambleas,
con turbante o con sombrero europeo. Sino la universalidad que, desde un
núcleo de verdad y de fe, se extiende concéntricamente... En contacto con
ese mundo, Javier tiene plena fe en los valores típicos de Occidente: la
Razón y la Palabra.

La Razón

En carta a san Ignacio y sus compañeros, el 20 de enero de 1548, escribe:
"Pregunté a Artgaro, si yo fuese con él a su tierra, si se harían
cristianos los del Japón. Respondióme que los de su tierra me harían muchas
preguntas y verían lo que les respondía... Y si hiciese dos cosas, hablar
bien y satisfacer a sus presuntas, en medio ano el rey y la gente noble y
toda otra gente de discreción se harían cristianos, pues ellos no son gentes
que se rigen sino por la razón"...
Esta perspectiva racional y dialéctica impulsa a Javier a ir al Japón.

La Palabra

Por eso pone su fe en la palabra, instrumento del ser racional. He aquí
la representación de la zona menos conocida del catolicismo español, contra
la Reforma, contra la Enciclopedia. Pero, remontando el curso de las aguas,
encontramos a Ignacio, a Claver, a santo Domingo, a Lulio... con el arma de
la palabra: catequesis y predicación.
Pero naturalmente Javier pone su fe en razón y palabra, porque sabe que
todo ese volumen mental puede ser trascendido por una dimensión sobrenatural
de Gracia. Estamos cansados de ver interpretada la Historia como una
gigantesca danza de abstracciones deshumanizadas, explicada y prevista como
los meteoros y las cosechas: olvidando que la Historia empieza en cada
hombre, y antes que un movimiento de hechos físicos es un movimiento de
conductas morales y de sobrenaturales impulsos...
Se pueden leer muchos volúmenes con historias de guerras, de
revoluciones, de matanzas, sin leer palabras como ira, cólera, soberbia o
ambición. Este enfoque deshumanizado es el que se resuelve en esa inhibida
evasiva: "El mundo está perdido". Pero no es más que una serie de hombres:
Pablo, la Magdalena, Agustín, Javier... con el problema de las veinticuatro
horas antes de su conversión. Javier fue al Oriente para ser lo que Ignacio
había sido para él: iba en busca de las veinticuatro horas de la Gracia.

Santidad colectiva

Y dentro de esa solución de la Gracia, Javier representa como una
anticipación genial de las características con que se presenta esta hora. El
gran fenómeno de nuestra hora -realización última de la sustancia panteísta
y masiva que el Oriente significa frente a Europa- es el comunismo. Y en
esta balanza o partida doble de problemas y santidades, se dibuja enfrente
esa plena realización del dogma del Cuerpo Místico que el Papa espera y el
P. Lombardi califica como "santidad colectiva". Vivimos el siglo de lo
colectivo y anónimo: guerra, soldado desconocido, capitales anónimos,
investigaciones en equipo, votos secretos... También la santidad será
colectiva. Javier siente, como una anticipación luminosa, estas verdades.
Siente toda su fuerza en la raíz y el respaldo de la Compañía de Jesús. La
distancia física queda anulada por la cercanía del espíritu: el calor de la
Compañía le acompaña a Malaca, a Macasar, al Japón... Se siente dentro del
perímetro y de la frontera de la sociedad de Jesús que pasa por Meliapur,
Goa o el Cabo de Momorín.
Javier anticipa la morfología de la nueva Cristiandad. Pasó la hora de
los árboles, insignes pero de lento crecimiento. Es la hora de los prados,
donde, si está bien echada la semilla, basta el rayo de sol y las gotas del
rocío para que florezca de repente... Esta es la esperanza de la hora.
Avanzará como una pleamar de santidad difusa sobre la tierra. Se convencerán
los hombres de que las bienaventuranzas pueden ser normales y regulares:
norma y regla es la perfección a la que hemos sido convocados.
Como en una especie de canonización masiva y colectiva darán su último
fruto para componer el mundo mejor las santidades de esa nueva letanía: el
santo apostolado seglar, la santa Acción Católica, las santas
Congregaciones, los santos Institutos Seculares. Una letanía de grandes
volúmenes de santidad en la cual, teniendo en cuenta la espléndida y secular
hagiografía de su lucha incansable por la verdad íntegra, por encima de
desilusiones y cansancio, figurará siempre el versillo: "Santa juventud
navarra"...

Lección fecunda

Pero no podemos cifrar el mensaje de Javier sólo en ese impulso un poco
ciego de la Gracia... Javier articula también una lección concreta sobre el
modo de dar cauce a esa fuerza sobrenatural. En las cartas al rey Don Juan
III, Javier le pide el apoyo del poder temporal para su Misión. En la del 16
de mayo de 1546, le expone dos peticiones: la Inquisición y los
predicadores: la coacción temporal y la catequesis.
El esquema religioso temporal sobre el que actúa Javier no es sino el de
las dos espadas, que forman la constitución del Imperio. Es el esquema que
había regido toda la acción de la Cristiandad en el Mediterráneo, y Javier
lo trasladaba al Océano Índico. Naturalmente, en este esquema hay una parte
caducada, vinculada a las circunstancias temporales e históricas ya
canceladas. Pero hay una lección fundamental, fecunda todavía en esta hora.
La lección de Javier se extiende también a la otra cara del problema: el
peligro de la extralimitación del poder temporal. Javier nos deja la lección
inmortal de la libertad del espíritu. A los funcionarios portugueses les
dice: "Sois el descrédito de la doctrina que yo predico". Y a Don Juan III
se dirige en unos términos que hoy hubiera tachado la censura:
"Si son negligentes en el cumplimiento de sus deberes, sanciónelos V. A.
con ejemplares castigos. Porque existe el peligro de que cuando Dios Nuestro
Señor llame a V. A. a juicio (y esto ha de suceder cuando menos se espera y
ese juicio es absolutamente ineludible) tenga que oír de Dios airado: ¿Por
qué no vigilaste a los que en la India recibían la autoridad de ti y eran
enemigos míos, cuando a esos mismos si les hubieses hallado negligentes en
la vigilancia y cuidado de los impuestos y del fisco los hubieses castigado
severamente?".
Y luego:
"Me parece que de las Indias se elevan al Cielo voces de queja porgue V.
A. se muestra avaro con ellas: puesto que de los abundantes beneficios que
de aquí van para enriquecer el real erario sólo una partecita dedica V. A.
al remedio de las gravísimas necesidades espirituales que hay en esta
tierra".
No sé si en estos cuatro siglos que van transcurridos desde las fechas de
esas cartas y en los que se dice que ha progresado todo, se ha progresado
mucho en santa libertad para hablar por parte del poder espiritual y en
santa humildad para escuchar por parte del poder temporal. Es fama que Juan
III leía de rodillas las cartas de Javier. Y estos son los poderes
históricos que se han llamado absolutos, con ser los más relativos: implican
la relación de criatura a Creador. He aquí una lección javeriana de libertad
del espíritu y de la Iglesia, como en su día la de san Agustín y la de Osio.
Libertad de las Catacumbas frente al Coliseo, que llega a nuestros días con
Stepinac: las llagas en las manos y en el costado de la Iglesia.

Imitación de Cristo

Ese esquema de lecciones y mensajes lo da Javier, no con la frialdad
docente y magistral, sino encarnado en la espléndida humanidad llena de
calor y cercanía, que lo llevaba a la partida de ajedrez, al baile, a vestir
como los bonzos... Javier vivió la imitación de Cristo, pero del Cristo que
era imitación del hombre: dracma en la boca del pez, invitación a las bodas,
discusión con la cananea... Gestos minúsculos que indican todo un agacharse
de Cristo para ponerse al nivel del diálogo y del amor. Luego habrá sangre
espectacular redentora. Pero primero hubo sangre de la Circuncisión para
disimular la Divinidad. Ese Javier humano de los pequeños gestos entrañables
es el que me atrajo para escribir El Divino Impaciente.
Ese fue el rumbo de vida, desde entonces citado aquí, en el Castillo de
Javier, con vosotros, los hijos del Impaciente. Todos nos hemos jugado un
poco la vida en la misma carta. Yo no he salido de los claustros ni del
apartamiento de una celda. Estaré dentro de poco en el Ateneo, entre los
bastidores de un teatro: porque el cristiano le dice que sí a todos los
valores intermedios de la Creación. Y así, uno tiene dos focos, y es
transeúnte poco cómodo de la carrera intelectual. Es lo único que le da a
uno autoridad para dirigirse a este pueblo.
¡Que Dios bendiga a Navarra, a sus gentes, a sus familias, a su sociedad
laboral! ¡Que Dios haga que la sangre de sus hijos sea semilla de nuevas
generaciones de cristianos al estilo de Javier!

(*) Discurso pronunciado en el Castillo de Javier. Tomado de: Pemán, José M:
Los testigos de Jesús. Edibesa, Madrid, 1997.
 

 

 

 

Opinión
La sagrada conspiración
Por Roberto Bosca*

El Código Da Vinci es algo esencialmente pasajero cuyos destellos se convertirán pronto en humo.
Pero mientras tanto habrá dejado su secuela de incertidumbres, además de una estela de dólares, cultivada en el espíritu de sospecha.   

Desde que se convirtió en un éxito editorial al que se quiso multiplicar
cinematográficamente, el "Código Da Vinci" ha sido analizado desde distintas
perspectivas que muestran una realidad contrastante. La universal sensación
de fiasco que recorre hoy el mundo, después del estreno de la película, trae
a la consideración aquello de mucho ruido y pocas nueces, pero mientras
tanto el negocio ha funcionado.
Un producto tan pobre en calidad como exitoso en ventas, puede sin
embargo explicarse por varios motivos, el primero de los cuales es que el
fenómeno expresa la ambigüedad como categoría impuesta por la cultura
posmoderna. Su misma contradictoria identidad de constituir una obra de
ficción con pretensiones de verdad así parece indicarlo, y su mérito
consiste en haber reflejado con fidelidad el espíritu del tiempo.
Como toda moda, se trata de algo esencialmente pasajero cuyos destellos
se convertirán pronto en humo. Pero mientras tanto habrá dejado su secuela
de incertidumbres, además de una estela de dólares, cultivada en el espíritu
de sospecha. A todos nos gusta imaginar que tras la realidad se esconde un
contenido más rico, más profundo y acaso misterioso, que los demás no
advierten.
El merecimiento de Dan Brown consiste así en haber sabido sacar partido
de la veta psicologista tanto como de una mentalidad antiinstitucional que
encuentra su matriz en una cultura fuertemente individualista. Los
contenidos de un siempre redivivo gnosticismo representado hoy en la New
Age, que expresa una ansiosa búsqueda de certezas, se perfilan también en el
clima cultural de nuestro tiempo y explican su rápida recepción por parte de
un público ya muy trabajado por la nueva sensibilidad de un relativismo
subjetivista. Pero si la New Age es el telón de fondo del Código, su trama
es la teoría de la conspiración.

La sinarquía

El antropólogo rumano Mircea Eliade ha mostrado cómo el "mito del eterno
retorno² no es un fenómeno extraño a la modernidad y por lo tanto privativo
de esas culturas antiguas. La reaparición de las teorías cíclicas en el
pensamiento contemporáneo, en efecto, ha demostrado una vez más la vigencia
del clásico nada nuevo bajo el sol. Otras formas míticas como las generadas
por el star-system suceden a las significaciones tradicionales, como los
semidioses griegos hoy representados por Superman y una colorida galería de
superhéroes.
La referencia viene a cuento no sólo en relación a los grandes mitos
políticos de las ideologías, sino también para comprender cómo se adjudican
a determinadas personas o instituciones condiciones por completo ajenas a su
propia naturaleza. Aparece así una mentalidad mítica que se instala en el
imaginario colectivo, a la manera de las antiguas leyendas de dragones y
monstruos, y con ella la sensación de un enemigo emboscado en las sombras
que mueve todos los hilos de la realidad.
Esta característica estudiada por la psiquiatría, la antropología
cultural y la psicología social es la realidad que describe Conspiracy
Theory, una entretenida película interpretada por Julia Roberts y Mel Gibson
que se conoció en castellano con el título de El complot. La exitosa serie
televisiva The X-Files certificó también de algún modo esa extendida
creencia, después trasladada a la pantalla grande. Hace unos años otra
película, JFK, difundió en toda la sociedad americana la teoría de que el
presidente Kennedy había sido asesinado por una oculta trama de intereses
políticos y económicos que lo dominan todo.
Es la teoría de la conspiración o teoría conspirativa de la historia,
según la cual toda la vida de los pueblos estaría gobernada por la
sinarquía, un oculto poder de dominación mundial integrado básicamente por
la perversa coalición de la masonería, el judaísmo y el comunismo. El Opus
Dei parece heredar el privilegio de haber sido entronizado como un nuevo
mito sinárquico.
Dicha visión proviene de concebir la vida social como un teatro de
marionetas movido por manos malvadas e invisibles al servicio de secretos
designios de poder. También expresa, si bien se mira, a tres tradicionales
supuestos enemigos de la llamada -ya hoy con cierta impropiedad-
"civilización occidental y cristiana², aunque no han faltado ocasiones en
las que se ha hecho participar de esta siniestra trilogía, incluso, a la
misma Iglesia católica. Este último enlace se presenta con mayor fuerza con
la profundización del proceso de descristianización de la sociedad y la
reviviscencia de un arcaico y beligerante laicismo.

La autoexculpación

La explicación psicológica de esta actitud es bastante simple y reside en
la humana necesidad de que alguien o algo ajeno pueda ser inculpado de ser
el autor de los males que afligen a la sociedad. Se encuentra también en
esta actitud un intento de adornarse con el prestigio del sufrimiento
inmerecido. En las más diversas culturas ha estado presente la pretensión de
atribuir el mal a una víctima expiatoria a la cual pueda hacerse responsable
de esa culpa que en realidad todos comparten. Este mecanismo permite, de tal
manera, que el resto de los miembros de una comunidad pueda de algún modo
descansar tranquilo de sus propias responsabilidades.
Una de las colectividades más frecuentemente alcanzadas por este rasgo de
la imaginación popular es la judía, y el fenómeno del antisemitismo está
vinculado al mito de Los Protocolos de los Sabios de Sión, un supuesto
documento que durante años y años ha sido considerado la prueba irrefutable
de una conspiración judía mundial. En versión nacional, en los comienzos de
los setenta, circulaba en ambientes integristas la denuncia de una invasión
judía a la Patagonia bajo el nombre de Plan Andinia, mediante el cual todo
el sur del país pasaría a ser un estado independiente de la Argentina
dominado por los judíos. Una actualización de esa fabulación lo constituye
la atribución de esa misma naturaleza siniestra al Club de Roma o a la
Trilateral Commission, considerada un instrumento de la sinarquía.
Una vez consagrada la representación irreal, ella adquiere un carácter
prácticamente indeleble -ya no cede ante una demostración contraria- es
decir que sobreviene un proceso de cristalización del estereotipo. Este
rasgo es propio de la naturaleza del prejuicio. Dicha consideración explica
por qué el mito es tan difícil de destruir, siendo tan fuerte que incluso es
capaz de resistir una confrontación con la misma realidad y salir airoso
como tal. No hay quien pueda contra la voluntad de creer, aunque esa
creencia no se sustente en la verdad.
La explicación es que el mito es irracional y por lo tanto, no puede
conmoverse mediante una mera argumentación de naturaleza racional. El mérito
del Código consiste en haber trasladado la teoría de la conspiración de las
aguas procelosas de la política al ámbito eclesiástico, ha construido una
nueva versión del antiguo mito conspirativo: el mito de la conspiración
religiosa. 

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