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Iglesia
Los monstruos  y la Edad Media
Por Gilbert K. Chesterton

Los monstruos míticos de que se habla en la Edad Media tenían en su mayoría,sin ninguna duda, una tradición más antigua que el cristianismo. 

No recuerdo haber leído una relación adecuada y comprensiva de los monstruos
fabulosos de que tanto se ha escrito en la Edad Media. Los estudios que he
visto presentaban los mismos disparates extraños y sin sentido que asfixian
todos nuestros pensamientos al respecto.
El disparate fundamental, naturalmente, es ese tan gracioso al que
estudiosos como Frazer han prestado, o mejor dicho dado en prenda, su
autoridad. Me refiero a esa absurda idea de que en cuestiones de imaginación
los hombres tienen necesidad de copiarse unos de otros. Los poemas y las
leyendas poéticas tienden a semejarse, no porque los hebreos fueran en
realidad caldeos, ni porque los cristianos fueran verdaderamente paganos,
sino porque todos eran realmente hombres. Porque existe, a pesar de toda la
tendencia del pensamiento moderno, algo llamado hombre y la hermandad de los
hombres; cualquiera que haya observado la Luna puede haberla llamado virgen
y cazadora sin haber oído hablar jamás de Diana.
Cualquiera que haya observado el Sol puede haberlo llamado el dios de los
oráculos o de las curaciones sin haber oído hablar jamás de Apolo. Un hombre
enamorado, recorriendo jardines, compara una mujer a una flor y no a una
tijereta; aunque la tijereta también fue creada por Dios y es muy superior a
la flor en cuanto a cultura y viajes. Al oír hablar a cierta gente, se
creería que el amor a las flores ha sido impuesto por alguna larga tradición
sacerdotal y que el amor a las tijeretas ha sido prohibido por algún
terrorífico tabú tribal.
El segundo gran disparate es suponer que tales fábulas, aun cuando
realmente fueron tomadas en préstamo de fuentes más antiguas, se utilizan
con un espíritu antiguo, cansado y consuetudinario. Cuando el alma en verdad
despierta, siempre debe tratar con los objetos más cercanos. Si un hombre
despierta en la cama de un sueño celestial que le ordenó pintar y pintar
hasta que todo esté azul, comenzaría por pintarse a sí mismo de azul,
después la cama y así sucesivamente. Pero utilizaría la maquinaria que
tuviera más cerca; y esto es exactamente lo que ocurre en las verdaderas
revoluciones espirituales. Trabajan de acuerdo con el medio ambiente, aun
cuando lo alteran.
De este modo, cuando los profesores nos dicen que los cristianos "tomaron
prestada" esta o aquella fábula de los paganos, es como si dijéramos que un
ladrillero "tomó prestados" los ladrillos a la arcilla o que un químico
"tomó prestados" los explosivos a los elementos químicos; o que los
constructores góticos de Lincoln o Beauvais "tomaron prestado" el arco
ojival a las angostas celosías de los moros. Tal vez lo tomaron prestado,
pero (¡por todos los santos!) lo devolvieron con creces.
Cinco o seis errores más no deben detenernos. Pues, sobre estos dos
fundamentales, descansa el error principal sobre los unicornios, por
ejemplo. Los monstruos míticos de que se habla en la Edad Media tenían en su
mayoría, sin ninguna duda, una tradición más antigua que el cristianismo. No
admito esto último porque muchas de las más eminentes autoridades dirían lo
mismo. Como dijo Swinburne en su conversación con Perséfona, "He vivido lo
bastante para saber una cosa", que hombres eminentes significa hombres de
éxito y que los hombres de éxito en realidad odian el cristianismo.
Pero esto es algo evidente en la tradición general de vida y letras. Creo
que alguien en el Antiguo Testamento dijo que el unicornio es un animal muy
difícil de cazar; y en realidad aún no lo han cazado. Si nadie ha dicho
todavía que en este caso "unicornio" debe significar rinoceronte, alguien lo
hará muy pronto, pero no seré yo. Aunque es probablemente cierto que muchos
de esos monstruos medievales tienen origen pagano, esta verdad, que se
repite siempre, es mucho menos sorprendente que otra verdad que siempre se
ignora.
El monstruo de las fábulas paganas era, siempre, por lo menos que yo
recuerde, un emblema del mal. Es decir, un verdadero monstruo; era, como
dijo Kingsley en estos hermosos y paganos hexámetros:
De formas extrañas, sin igual, que no obedecen
a los gobernantes de cabellos dorados.
Rebeldes en vano, braman hasta que mueren
por la espada de algún héroe.

A veces, una vez muerto, el monstruo podía usarse para matar a otros
monstruos, como Perseo usó a la Gorgona para matar al Dragón del océano.
Pero es un simple accidente material. Imagino que, del mismo modo, si
pudiera colocar la cabeza de un profesor de folclore en un extremo de una
pica, a la manera de la Revolución Francesa, serviría a la perfección como
garrote para golpear las cabezas menos duras de otros profesores de
folclore. Asimismo, la Hidra, que desarrollaba dos cabezas por cada una que
le cortaban, podría haber sido usada como emblema de la evolución que se
ramifica y del avance de una población creciente.
Pero, en verdad, nunca se alabó a la Hidra. La mataron con alivio
general. El Minotauro pudo haber sido alabado por los modernos como un lugar
de encuentro de hombres y animales; la Quimera podría ser admirada por los
modernos como un ejemplo del principio de que tres cabezas son mejor que
una. Digo que la Quimera y la Hidra podrían haber sido admiradas por los
modernos. Pero los antiguos no las admiraban. Entre los paganos, el animal
grotesco, fabuloso, era algo que debía matarse. A veces lo mataba a uno,
como la Esfinge. Pero nunca se la amaba.
El hecho de la reaparición de animales tan espantosos después de que
Europa se convirtió al cristianismo es lo que jamás vi descrito con
propiedad. En una de las leyendas más antiguas de san Jorge y el Dragón, san
Jorge no mataba al Dragón, sino que lo guardaba cautivo y lo rociaba con
agua bendita. A veces, algo semejante ocurría en ese departamento de la
mente humana que crea imágenes violentas y nada naturales. Tomemos al Grifo,
por ejemplo. En nuestra época, el Grifo, como la mayoría de los símbolos
medievales, ha sido convertido en algo insignificante y ridículo, digno de
un baile de máscaras; en veinte dibujos de Punch, por ejemplo, vemos al
Grifo y a la tortuga que sostienen el escudo cívico de Londres. Para el
"ciudadano" moderno, el arreglo es excelente.
El Grifo, que lo come, no existe; la tortuga, a la que él come, sí
existe. Pero el Grifo no sólo no fue siempre trivial, sino que tampoco fue
siempre malo. Era la reunión mística de dos animales considerados sagrados:
el león de san Marcos, el león de la generosidad, el valor, la victoria; y
el águila de san Juan, el águila de la verdad, de la aspiración, de la
libertad intelectual. De ese modo, el Grifo se usó a menudo como símbolo de
Cristo, pues combinaba el águila y el león del mismo modo misterioso e
íntegro en que Cristo combinaba lo divino y lo humano. Pero, aunque se
pensara que el Grifo era bueno, no por eso se lo temía menos. Tal vez más.
Pero el caso más notable es el del Unicornio, que yo tenía la intención
de hacer figurar de manera prominente en este artículo, pero que parece
haber evadido mis pensamientos de manera milagrosa y hasta este momento he
omitido. El Unicornio es una criatura terrible y, aunque parece vivir
vagamente en África, no me sorprendería verlo caminar por uno de los cuatro
caminos que conducen a Beaconsfield; el monstruo, más blanco que los
caminos, y el cuerno, más alto que la aguja de la iglesia.
Pues todos estos animales místicos eran imaginados enormemente grandes,
así como incalculablemente feroces y libres. El pataleo del horrible
Unicornio sacudía el infinito desierto en que vivía; y la alas del
gigantesco Grifo subían por sobre nuestras cabezas hasta el Paraíso, con el
trueno de mil querubines. Y, sin embargo, subsiste el hecho de que, si le
preguntáramos a un hombre de la Edad Media qué quería significar el Grito,
hubiera respondido "la castidad".
Cuando hayamos comprendido este hecho, comprenderemos muchas otras cosas
pero, por encima de todo, la civilización de la que descendemos. El
cristianismo no concibió las virtudes cristianas como algo suave, tímido y
respetable. Las concibió como algo amplio, desafiante y hasta destructivo,
que despreciaba el yugo de esta vida, vivía en el desierto y buscaba su
alimento en Dios. Mientras no hayamos comprendido esto, nadie comprenderá
realmente ni siquiera el cartel "El Unicomio y el león" sobre alguna
panadería.


Chesterton, Gilbert Keith: El hombre común. Ediciones Lohlé-Lumen, Buenos
Aires, 1996.   

 

 

 

Religión
El hombre necesita de una religión

¿Por qué soy cristiano? Resulta fundamental que como testigos de cristo sepamos contestar esta pregunta a nosotros mismos. En el mundo de hoy donde reina la indiferencia religiosa y la ignorancia, el conocimiento de los fundamentos de nuestra fe el estudio de la religión es un deber de todo hombre por los goces que proporciona al espíritu y por las consecuencias  que puede tener en nuestro destino eterno.

El hombre está obligado a tener una religión y sólo una religión es buena porque es verdadera.
Esa única religión verdadera es la cristiana, Católica Apostólica y Romana.
Iniciamos en esta edición de NUEVA LECTURA una serie de artículos dedicados a la Apologética, la ciencia que establece con certeza los fundamentos de la fe, demostrando lo racional, legítimo e indispensable que es creer.   

La religión une al hombre con Dios como a su principio y último fin.
Conocemos a Dios y al hombre: a Dios, con sus atributos infinitos, con su
Providencia que todo lo gobierna; al hombre, criatura de Dios, con su alma
espiritual, libre e inmortal. De ahí resultan las relaciones naturales,
esenciales y obligatorias del hombre para con Dios.
La religión es el lazo que une al hombre con Dios. Este lazo se compone
de deberes que el hombre debe llenar para con el Ser Supremo, su Creador, su
Bienhechor y su Señor. Estos deberes contienen verdades que creer, preceptos
que practicar, un culto, que tributar a Dios.

Relación filial
La palabra religión viene, según los estudiosos, de religare, ligar
fuertemente; y de religere, reelegir; es decir, que el hombre debe ligarse
libremente a Dios como a su principio, y debe elegir a Dios como a su último
fin.
Así como entre los padres y los hijos existen lazos o relaciones
naturales y sagradas, del mismo modo existen entre Dios Padre del hombre, y
el hombre criatura e hijo de Dios. El lazo que une al hombre con Dios es más
fuerte que aquel que une al hijo con el padre. ¿Por qué? Porque Dios es
nuestro Creador y nuestro último fin. Así, nuestros deberes para con Dios
son mucho más santos que los de los hijos para con los padres.
La religión considerada en cuanto que reside en el alma, es una virtud
que nos lleva a cumplir nuestros deberes con Dios, a rendirle el culto que
le debemos. Considerada en su objeto, encierra las verdades que hay que
creer, los preceptos que hay que practicar, y el culto, es decir, la
veneración, el respeto; el homenaje que debemos rendir a nuestro Creador.

Dos religiones
Se distinguen dos religiones: la religión natural y la sobrenatural o
revelada.
La primera es la que se conoce por las luces naturales de la razón y se
funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura. Esta
religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos los
tiempos y en todos los lugares, porque ella procede de la naturaleza de Dios
y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que
el hombre puede conocer por la razón, aunque de hecho, los haya conocido por
la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e
inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la
existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos.
La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer
al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre
verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de
la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un Redentor, y.
deberes positivos que cumplir, como el descanso, la oferta de sacrificios,
etcétera.
La sola naturaleza del hombre y las relaciones esenciales que lo unen al
Creador, le imponen una religión al menos natural.

Necesidad de una religión
La religión es necesaria al hombre porque está fundada sobre la
naturaleza de Dios y sobre la naturaleza del hombre, y se basa en las
relaciones necesarias entre Dios y el hombre. Imponer una religión es
derecho de Dios; practi-carla es deber del hombre.
Dios es el Creador, el hombre debe adorarle. Dios es el Señor, el hombre
debe servirle.
Dios es el Bienhechor, el hombre debe darle gracias. Dios es el Padre, el
hombre debe amarle.
Dios es el Legislador, el hombre debe guardar sus leyes.
Dios es la fuente de todo bien, el hombre debe dirigirle sus plegarias.
El conjunto de todos los deberes del hombre para con Dios constituye la
religión.
Dios es el Creador del hombre: le sacó todo entero de la nada, y conserva
su existencia. Y en realidad, el hombre tiende hacia la nada, como una
piedra que cae tiende hacia el centro de la tierra, y a cada instante caería
en la nada si la mano de Dios no le sostuviera. El hombre, sin el concurso
de Dios, no puede hacer cosa alguna, porque los seres creados no pueden
obrar sin el concurso de la Causa primera.
Por consiguiente, el hombre, en todo su ser y en todas sus acciones,
depende de Dios su Creador y su Señor. Ser creado y ser independiente, es
quimérico y contradictorio. El hombre, criatura inteligente, conoce esta
dependencia; criatura libre, debe proclamarla.

Adorar a Dios
La palabra adorar significa rendir el culto supremo, el honor soberano,
que consiste en reconocer en Dios la más alta soberanía y en nosotros la más
completa dependencia.
En la familia, el hijo debe a su padre respeto y amor; es un deber
innegable. Y ¿por qué el hijo está obligado a honrar así al padre? ¿Acaso
porque el padre es rico? No. ¿Por qué es sabio? No. Aunque sea pobre,
ignorante, enfermo, tiene siempre derecho a la veneración y al amor de su
hijo, por el solo motivo de ser su padre.
Dios es para nosotros más que un padre y una madre. Dios ha modelado con
sus manos divinas el cuerpo del hombre; le ha dado el alma y la vida: cada
día vela por él, y le colma de los beneficios de su Providencia. Luego, es
un deber del hombre amar a su padre celestial. El hijo que olvida los
deberes que tiene para con su padre es un hijo desnaturalizado. ¿Qué diremos
entonces del hombre que olvida sus debe-res para con Dios?
Nadie puede negar la existencia de la ley natural que Dios impone al
hombre como consecuencia de la naturaleza que le ha dado; esta ley natural
está escrita en el corazón de todo hombre por la mano de Dios mismo, de modo
que nosotros tenemos en nuestro interior una voz, la voz de la conciencia,
que nos hace conocer las prescripciones de esta ley divina.
Si el hombre no sigue los principios de moralidad graba-dos en su
conciencia, se hace culpable ante el soberano Legislador. El hombre que ha
violado la ley de Dios, debe hacer penitencia, satisfacer a la justicia
divina y ofrecer a Dios expiaciones por sus faltas.
Dios nada necesita; se basta plenamente a sí mismo, y nuestros homenajes
no le hacen más perfecto ni más feliz. Pero Dios nos ha dotado de
inteligencia y de amor.
Indudablemente, Dios no necesita de nuestro culto. Pero, ¿necesitó Dios
crearnos? ¿Necesita conservarnos? ¿Nuestra existencia le hace más feliz? Si,
pues Dios nos ha creado. Sí nos conserva, aunque no necesite de nosotros, no
debemos apreciar lo que nos pide por el provecho que le resulta.

Derechos y deberes
El Ser necesario, siendo necesariamente todo lo que es y todo lo que
puede ser, se basta a sí mismo. Pero es necesario determinar lo que debemos
a Dios, tomando como punto de partida lo que piden nuestras relaciones
esenciales con Él.
Dios no necesita, ciertamente, que honremos y amemos a nuestros padres;
sin embargo, lo manda porque los deberes de los hijos nacen de las
relaciones que los ligan con sus padres. Dios no precisa que nosotros
respetemos las reglas de la justicia; sin embargo lo manda porque estas
reglas están fundadas sobre nuestras relaciones con nuestros semejantes.
Así, aun cuando Dios no necesite de nuestros homenajes, los demanda
porque son la expresión de las relaciones del hombre con Dios. La religión
quiere que seamos religiosos para con Dios, como la moral quiere que seamos
justos con los hombres.
A todo derecho corresponde un deber: a los derechos de Dios corresponden
los deberes de los hombres: los derechos de Dios sobre el hombre son
evidentes, eternos, imprescindibles, más que los derechos de un padre sobre
su hijo; luego, tales son también los deberes del hombre para con Dios.
Dios podía no crearnos, pero desde el momento que somos la obra de sus
manos, su dominio sobre nosotros es inalienable. Nosotros debemos emplear
nuestra inteligencia en reconocer su soberano dominio; nuestra voluntad, en
obedecer sus santas leyes; nuestro corazón, en amarle sobre todas las cosas,
y en dirigir nuestra vida hacia Él, puesto que es nuestro fin último.

La religión es necesaria al hombre
Sin religión el hombre no puede ser feliz. El hombre no es feliz mundo
sino cuando sus facultades están plenamente satisfechas; es así que sólo la
religión puede dar tranquilidad al espíritu, paz al corazón, rectitud y
fuerza a la voluntad. Luego, sin religión el hombre no puede ser feliz.
No puede serlo en la vida futura, porque sin religión no puede alcanzar
la felicidad, que es la posesión de Dios. Así, todo lo que la religión pide
al hombre para conducirle a la felicidad eterna, es el permiso de hacerle
feliz en la tierra.
El corazón del hombre necesita del amor de Dios, porque ha sido hecho
para Dios, y no puede hallar reposo ni felicidad sino amando a Dios, su Bien
supremo. Ni el oro, ni los placeres, ni la gloria podrán jamás satisfacer el
corazón del hombre: sus deseos son tan vastos, que no bastan a llenarlos
todas estas cosas finitas y pasajeras. Por eso todos los santos, todos los
corazones nobles, todos los hombres hallan en la religión una alegría, una
plenitud de contento que no podrán dar jamás todos los placeres de los
sentidos y todas las alegrías del mundo.
La voluntad del hombre necesita de una regla segura para dirigirse hacia
el bien y de motivos capaces de sostener su valor frente a las pasiones que
hay que vencer, a los deberes que hay que cumplir, a los sacrificios que hay
que hacer. A no ser por el freno saludable del temor de Dios, el hombre se
abandonaría a todas las pasiones y se precipitaría en un abismo de miserias.
Finalmente, la religión nos proporciona en la oración, un consuelo, en la
esperanza, un remedio, en el amor de Dios, una santa alegría, en la
resignación, un socorro y una fuerza; y, además, nos hace entrever después
de esta vida, una felicidad completa y sin fin. El hombre reli-gioso es
siempre el más feliz, o, por lo menos, el más consolado.
El hombre sin religión es un gran desgraciado en este mundo. Es evidente
que será más desgraciado todavía en la vida futura, porque sin la práctica
de la religión no se puede alcanzar el bien supremo, que es la posesión de
Dios. -

La religión es necesaria a la sociedad
La religión es absolutamente necesaria al hombre para vivir en sociedad
con sus semejantes. La sociedad necesita: justicia y pronta disposición a
servir a los demás, obediencia a las leyes y virtudes sociales y sólo la
religión puede inspirarlos.
El fundamento, la base de toda sociedad, es el derecho de mandar en
aquellos que gobiernan, y el deber de obedecer en aquellos que son
gobernados.
¿De dónde viene este derecho de mandar, que constituye -la autoridad
social? No puede venir sino de Dios que, creando al hombre sociable, ha
creado de hecho la sociedad. Luego, para justificar este derecho, hay que
remontarse hasta Dios, autoridad suprema, de la cual dimana toda autoridad.
Las autoridades deben ser justas y estar consagradas al bien público. La
sociedad necesita de buenas autoridades que gobiernen con justicia, que se
den por entero a procurar la felicidad de sus gobernados y sean para ellos
verdaderos padres de familia.
Los gobernantes sin religión no pueden procurar la felicidad de los
pueblos, -como reconoce el mismo Voltaire: "Si el mundo fuera gobernado por
ateos, sería lo mismo que hallarse bajo el imperio de los espíritus
infernales que nos pintan cebándose en sus víctimas".
La religión enseña a los que tienen en sus manos el poder, que ellos son
los ministros de Dios para bien de los hombres, sus hermanos; les enseña que
la autoridad es un depósito del que rendirán cuenta al Juez supremo.
Los ciudadanos deben respeto y obediencia a la autoridad. -El espíritu de
revuelta y de insurrección es incompatible con la tranquilidad y con la
felicidad de los pueblos. Los súbditos sin religión estarán siempre prontos
para hacer revoluciones, y no retrocederán ante ningún crimen con tal de
satisfacer sus apetitos.
Sólo la religión muestra en el poder legítimo una autoridad establecida
por Dios y enseña de una manera eficaz el respeto y la obediencia; ennoblece
la sumisión y nos enseña que el legislador ha recibido de Dios su poder y
que los hombres están obligados a obedecer las leyes justas y honestas como
a Dios mismo.

Naturaleza de la religión
Dios es la luz; la belleza, la grandeza, el amor y la vida. El hombre es
inteligencia y corazón, aspira con todas sus ansias a la luz, a la belleza,
a la vida; con sus debilidades, indigen-cias y dolores llama en su auxilio
al poder, la bondad y la paternidad de Dios.
Si tal es Dios y tal el hombre, todo los une, la religión es el punto
donde ambos se encuentran y abrazan.
La religión sirve a Dios y sirve al hombre, lo que explica por qué la
religión jamás será destruida. Para ello sería necesario aniquilar a la vez
el infinito amor de Dios y el corazón del hombre, que se buscan y se
encontrarán siempre.
Muchos volúmenes se han escrito y podrían escribirse sobre los beneficios
de la religión, y nunca se agotaría la materia.
Un gran filósofo declara que la religión es el aroma de la ciencia. Sin
la religión no hay más que una felicidad: la de no haber nacido. ¿Para qué
sirve la religión? Los pobres, los afligidos, encuentran en ella su
consuelo; al joven lo preserva de las pasiones; al soldado le infunde valor;
a los obreros los hace honrados y económicos; a los habitantes de las
ciudades, les guarda de la corrupción; a los labradores les procura la
felicidad en su vida sencilla y laboriosa.
La religión previene contra el lujo, los placeres y los gastos inútiles.
Fomenta el amor al trabajo, los hábitos de orden y de economía, la paciencia
en las adversidades y las penas.
Un pensador eminente, Le Pley, después de largas observaciones, declara
que dondequiera que halló honrada la religión y observados los diez
mandamientos de la ley de Dios, florecían la familia, el trabajo, la fuerza
física, las costumbres, la prosperidad pública, la felicidad social. Donde,
por el contrario, declinaban la fe religiosa y la observancia del decálogo,
allí se alteraban la moralidad, el amor al trabajo; el vigor de las razas,
la fecundidad de las familias. Allí germinaban las discordias sociales que
causan la ruina de los pueblos.

¿Basta ser honrado?
Basta ser honrado para evitar el patíbulo, pero no para ir al cielo.
-Basta ante los hombres, quizá; pero no basta ante Dios, Soberano Juez.
Todo el mundo, hoy en día, pretende ser honrado. El joven que se entrega
a sus pasiones desenfrenadas, dirá con toda seriedad: ¡Soy un hombre
honrado! El patrón que abusa de sus obreros dice: ¡Soy un hombre honrado! El
obrero que no aprovecha bien el tiempo se atreve a decir que es un hombre
honrado. Todos los comerciantes se dicen honrados; y sin embargo, se quejan
unos y otros. Por todas partes no se ven más que fraudes, injusticias,
engaños.
¡Cuántos hombres honrados para el mundo (que no juzga sino de lo
exterior) son grandes criminales a los ojos de Dios, que penetra los
pensamientos más íntimos del alma! No se es honrado cuando no se practica la
religión. La honradez es ante todo, la justicia, que consiste en dar a cada
uno lo suyo. Ahora bien, la religión no es otra cosa que la justicia para
con Dios. Luego, aquel que no practica la religión no es honrado, porque no
es justo para con Dios.
Los ladrones, los asesinos son menos culpables que los impíos, o que los
hombres que viven sin religión, porque nuestras obligaciones para con Dios
son mil veces más importantes que nuestras obligaciones para con el prójimo.
No hay que olvidar que Dios nos ha creado y colocado en este -mundo para
conocerle, amarle y servirle. El hombre que no sirve a Dios es como el sol
que no alumbra ni calienta.

Religiones buenas o verdaderas
Los que dicen que todas las religiones son buenas, no ven en la religión
más que un homenaje tributado a Dios, y piensan erróneamente que cualquier
homenaje le es grato. Olvidan que la religión encierra verdades que creer,
deberes que cumplir y un culto que tributar. Y es claro que no pueden
existir varias religiones de creencias contradictorias y de prácticas
opuestas, porque la verdad es una sola, y Dios no puede aprobar el error.
Si todas las religiones son buenas, se puede ser católico en Roma,
anglicano en Londres, protestante en Ginebra, musulmán en Constantinopla,
idólatra en Pekín y budista en la India. ¿No es esto ridículo? ¿No es
afirmar que el sí y el no son igualmente ciertos? -
Es cierto que en las diferentes religiones hay algunas verdades admitidas
por todos, como la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la vida
futura con sus recompensas y castigos eternos. Mas ellas se contradicen en
otros puntos fundamentales.
Si la Iglesia ha recibido de Jesucristo la misión de explicarnos la
Biblia, no queda a la voluntad de cada cristiano el interpretarla a su
manera. Es absurdo decir que el sí y el no pueden ser igualmente ciertos
sobre el mismo punto. No hay más que una sola religión buena. No puede haber
sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no
hay más que una sola verdadera manera de honrarle.
Una religión, para ser buena, debe agradar a Dios. Pero como Dios es la
verdad, y una religión falsa no podría agradarle, no puede aprobar una
religión fundada sobre la mentira y el error.
No puede existir más que una sola religión verdadera, pues la religión es
el conjunto de nuestros deberes para con Dios, y estos deberes son los
mismos para todos los hombres. Y, a la verdad, estos deberes nacen de las
relaciones existentes entre la naturaleza de Dios y la naturaleza del
hombre. Pero como la naturaleza de Dios es una, y la naturaleza humana es la
misma en todos los hombres, es evidente que los deberes tienen que ser los
mismos para todos. Por consiguiente, la verdadera religión es una y no puede
ser múltiple. Las formas sensibles del culto pueden variar; la esencia del
culto, no. -
Toda religión comprende tres cosas: dogmas que creer, una moral que
practicar y un culto que rendir a Dios. Si dos religiones son igualmente
verdaderas, tienen el mismo dogma, la misma moral, el mismo culto; y
entonces ya no son distintas.
Si son distintas, no pueden serlo sino por enseñar doctrinas diferentes
acerca de una de estas materias y, en este caso, ya no son igualmente
verdaderas.

Razón y revelación
El buen sentido enseña que, cuando están en juego graves intereses, hay
que informarse acerca de los medios de asegurarlos. ¿Y qué interés más grave
que los del alma y de su eterno destino? Yo no puedo arrostrar a sangre fría
esta terrible alternativa ante la cual me he de hallar al otro lado de la
tumba: una eternidad de tormentos, o una eternidad de dicha. Debo saber por
qué medios y en qué religión puedo salvar mi alma. Si permanezco
indiferente, mi conducta será la de un insensato.
Puede decirse de la religión lo que Pascal decía de Dios: "No hay más que
dos clases de hombres razonables: los que aman a Dios con -todo su corazón
porque le conocen; y los que le buscan de todo corazón, porque no le
conocen".
Dios nos enseña de dos maneras: por la razón y por la revelación.
El hombre, por medio de la inteligencia que ha recibido, llega a
convencerse con certeza de que Dios es su Creador, su Bienhechor y su Señor.
De este conocimiento, que se hace patente a la razón del hombre, resulta
para él el deber de practicar una religión.
La religión así establecida por el hecho de la creación del hombre se
llama religión natural porque resulta de las relaciones necesarias del
hombre con Dios. Puede decirse que Dios es el Autor de esta religión, porque
Él es el autor de la razón y de la voluntad, en que tienen su fuente los
principios y sentimientos religiosos. Así, la religión existe por derecho
natural y, como hemos probado, la falta de religión es, a la vez, un crimen
contra la naturaleza y una rebelión contra Dios.
El padre de familia no desampara a sus hijos sin darles una educación e
instrucción convenientes. ¿Quién podrá decir que Dios, después de haber
creado a los primeros hombres, los dejó entregados a las solas luces de su
razón, sin enseñarles las verdades y los mandatos de la religión? Es
evidente que Dios puede enseñarnos las verdades y los preceptos de la
religión natural. Pero, ¿no podrá Dios revelarnos verdades nuevas, verdades
que la creación no manifiesta, e imponernos nuevos deberes? Nadie puede
razonablemente dudarlo. La religión revelada es la que encierra las verdades
y los preceptos que Dios nos hace conocer de una manera sobrenatural,
exterior, expresa y positiva.


En la próxima edición: La Revelación cristiana. 

 

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