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La religión une al hombre con Dios como a su principio y último fin.
Conocemos a Dios y al hombre: a Dios, con sus atributos infinitos,
con su
Providencia que todo lo gobierna; al hombre, criatura de Dios, con
su alma
espiritual, libre e inmortal. De ahí resultan las relaciones
naturales,
esenciales y obligatorias del hombre para con Dios.
La religión es el lazo que une al hombre con Dios. Este lazo se
compone
de deberes que el hombre debe llenar para con el Ser Supremo, su
Creador, su
Bienhechor y su Señor. Estos deberes contienen verdades que creer,
preceptos
que practicar, un culto, que tributar a Dios.
Relación filial
La palabra religión viene, según los estudiosos, de religare, ligar
fuertemente; y de religere, reelegir; es decir, que el hombre debe
ligarse
libremente a Dios como a su principio, y debe elegir a Dios como a
su último
fin.
Así como entre los padres y los hijos existen lazos o relaciones
naturales y sagradas, del mismo modo existen entre Dios Padre del
hombre, y
el hombre criatura e hijo de Dios. El lazo que une al hombre con
Dios es más
fuerte que aquel que une al hijo con el padre. ¿Por qué? Porque Dios
es
nuestro Creador y nuestro último fin. Así, nuestros deberes para con
Dios
son mucho más santos que los de los hijos para con los padres.
La religión considerada en cuanto que reside en el alma, es una
virtud
que nos lleva a cumplir nuestros deberes con Dios, a rendirle el
culto que
le debemos. Considerada en su objeto, encierra las verdades que hay
que
creer, los preceptos que hay que practicar, y el culto, es decir, la
veneración, el respeto; el homenaje que debemos rendir a nuestro
Creador.
Dos
religiones
Se distinguen dos religiones: la religión natural y la sobrenatural
o
revelada.
La primera es la que se conoce por las luces naturales de la razón y
se
funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura.
Esta
religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos
los
tiempos y en todos los lugares, porque ella procede de la naturaleza
de Dios
y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y
preceptos que
el hombre puede conocer por la razón, aunque de hecho, los haya
conocido por
la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad
e
inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la
existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos.
La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho
conocer
al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer
hombre
verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la
necesidad de
la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un
Redentor, y.
deberes positivos que cumplir, como el descanso, la oferta de
sacrificios,
etcétera.
La sola naturaleza del hombre y las relaciones esenciales que lo
unen al
Creador, le imponen una religión al menos natural.
Necesidad de
una religión
La religión es necesaria al hombre porque está fundada sobre la
naturaleza de Dios y sobre la naturaleza del hombre, y se basa en
las
relaciones necesarias entre Dios y el hombre. Imponer una religión
es
derecho de Dios; practi-carla es deber del hombre.
Dios es el Creador, el hombre debe adorarle. Dios es el Señor, el
hombre
debe servirle.
Dios es el Bienhechor, el hombre debe darle gracias. Dios es el
Padre, el
hombre debe amarle.
Dios es el Legislador, el hombre debe guardar sus leyes.
Dios es la fuente de todo bien, el hombre debe dirigirle sus
plegarias.
El conjunto de todos los deberes del hombre para con Dios constituye
la
religión.
Dios es el Creador del hombre: le sacó todo entero de la nada, y
conserva
su existencia. Y en realidad, el hombre tiende hacia la nada, como
una
piedra que cae tiende hacia el centro de la tierra, y a cada
instante caería
en la nada si la mano de Dios no le sostuviera. El hombre, sin el
concurso
de Dios, no puede hacer cosa alguna, porque los seres creados no
pueden
obrar sin el concurso de la Causa primera.
Por consiguiente, el hombre, en todo su ser y en todas sus acciones,
depende de Dios su Creador y su Señor. Ser creado y ser
independiente, es
quimérico y contradictorio. El hombre, criatura inteligente, conoce
esta
dependencia; criatura libre, debe proclamarla.
Adorar a
Dios
La palabra adorar significa rendir el culto supremo, el honor
soberano,
que consiste en reconocer en Dios la más alta soberanía y en
nosotros la más
completa dependencia.
En la familia, el hijo debe a su padre respeto y amor; es un deber
innegable. Y ¿por qué el hijo está obligado a honrar así al padre?
¿Acaso
porque el padre es rico? No. ¿Por qué es sabio? No. Aunque sea
pobre,
ignorante, enfermo, tiene siempre derecho a la veneración y al amor
de su
hijo, por el solo motivo de ser su padre.
Dios es para nosotros más que un padre y una madre. Dios ha modelado
con
sus manos divinas el cuerpo del hombre; le ha dado el alma y la
vida: cada
día vela por él, y le colma de los beneficios de su Providencia.
Luego, es
un deber del hombre amar a su padre celestial. El hijo que olvida
los
deberes que tiene para con su padre es un hijo desnaturalizado. ¿Qué
diremos
entonces del hombre que olvida sus debe-res para con Dios?
Nadie puede negar la existencia de la ley natural que Dios impone al
hombre como consecuencia de la naturaleza que le ha dado; esta ley
natural
está escrita en el corazón de todo hombre por la mano de Dios mismo,
de modo
que nosotros tenemos en nuestro interior una voz, la voz de la
conciencia,
que nos hace conocer las prescripciones de esta ley divina.
Si el hombre no sigue los principios de moralidad graba-dos en su
conciencia, se hace culpable ante el soberano Legislador. El hombre
que ha
violado la ley de Dios, debe hacer penitencia, satisfacer a la
justicia
divina y ofrecer a Dios expiaciones por sus faltas.
Dios nada necesita; se basta plenamente a sí mismo, y nuestros
homenajes
no le hacen más perfecto ni más feliz. Pero Dios nos ha dotado de
inteligencia y de amor.
Indudablemente, Dios no necesita de nuestro culto. Pero, ¿necesitó
Dios
crearnos? ¿Necesita conservarnos? ¿Nuestra existencia le hace más
feliz? Si,
pues Dios nos ha creado. Sí nos conserva, aunque no necesite de
nosotros, no
debemos apreciar lo que nos pide por el provecho que le resulta.
Derechos y deberes
El Ser necesario, siendo necesariamente todo lo que es y todo lo que
puede ser, se basta a sí mismo. Pero es necesario determinar lo que
debemos
a Dios, tomando como punto de partida lo que piden nuestras
relaciones
esenciales con Él.
Dios no necesita, ciertamente, que honremos y amemos a nuestros
padres;
sin embargo, lo manda porque los deberes de los hijos nacen de las
relaciones que los ligan con sus padres. Dios no precisa que
nosotros
respetemos las reglas de la justicia; sin embargo lo manda porque
estas
reglas están fundadas sobre nuestras relaciones con nuestros
semejantes.
Así, aun cuando Dios no necesite de nuestros homenajes, los demanda
porque son la expresión de las relaciones del hombre con Dios. La
religión
quiere que seamos religiosos para con Dios, como la moral quiere que
seamos
justos con los hombres.
A todo derecho corresponde un deber: a los derechos de Dios
corresponden
los deberes de los hombres: los derechos de Dios sobre el hombre son
evidentes, eternos, imprescindibles, más que los derechos de un
padre sobre
su hijo; luego, tales son también los deberes del hombre para con
Dios.
Dios podía no crearnos, pero desde el momento que somos la obra de
sus
manos, su dominio sobre nosotros es inalienable. Nosotros debemos
emplear
nuestra inteligencia en reconocer su soberano dominio; nuestra
voluntad, en
obedecer sus santas leyes; nuestro corazón, en amarle sobre todas
las cosas,
y en dirigir nuestra vida hacia Él, puesto que es nuestro fin
último.
La religión es necesaria
al hombre
Sin religión el hombre no puede ser feliz. El hombre no es feliz
mundo
sino cuando sus facultades están plenamente satisfechas; es así que
sólo la
religión puede dar tranquilidad al espíritu, paz al corazón,
rectitud y
fuerza a la voluntad. Luego, sin religión el hombre no puede ser
feliz.
No puede serlo en la vida futura, porque sin religión no puede
alcanzar
la felicidad, que es la posesión de Dios. Así, todo lo que la
religión pide
al hombre para conducirle a la felicidad eterna, es el permiso de
hacerle
feliz en la tierra.
El corazón del hombre necesita del amor de Dios, porque ha sido
hecho
para Dios, y no puede hallar reposo ni felicidad sino amando a Dios,
su Bien
supremo. Ni el oro, ni los placeres, ni la gloria podrán jamás
satisfacer el
corazón del hombre: sus deseos son tan vastos, que no bastan a
llenarlos
todas estas cosas finitas y pasajeras. Por eso todos los santos,
todos los
corazones nobles, todos los hombres hallan en la religión una
alegría, una
plenitud de contento que no podrán dar jamás todos los placeres de
los
sentidos y todas las alegrías del mundo.
La voluntad del hombre necesita de una regla segura para dirigirse
hacia
el bien y de motivos capaces de sostener su valor frente a las
pasiones que
hay que vencer, a los deberes que hay que cumplir, a los sacrificios
que hay
que hacer. A no ser por el freno saludable del temor de Dios, el
hombre se
abandonaría a todas las pasiones y se precipitaría en un abismo de
miserias.
Finalmente, la religión nos proporciona en la oración, un consuelo,
en la
esperanza, un remedio, en el amor de Dios, una santa alegría, en la
resignación, un socorro y una fuerza; y, además, nos hace entrever
después
de esta vida, una felicidad completa y sin fin. El hombre reli-gioso
es
siempre el más feliz, o, por lo menos, el más consolado.
El hombre sin religión es un gran desgraciado en este mundo. Es
evidente
que será más desgraciado todavía en la vida futura, porque sin la
práctica
de la religión no se puede alcanzar el bien supremo, que es la
posesión de
Dios. -
La religión es necesaria
a la sociedad
La religión es absolutamente necesaria al hombre para vivir en
sociedad
con sus semejantes. La sociedad necesita: justicia y pronta
disposición a
servir a los demás, obediencia a las leyes y virtudes sociales y
sólo la
religión puede inspirarlos.
El fundamento, la base de toda sociedad, es el derecho de mandar en
aquellos que gobiernan, y el deber de obedecer en aquellos que son
gobernados.
¿De dónde viene este derecho de mandar, que constituye -la autoridad
social? No puede venir sino de Dios que, creando al hombre sociable,
ha
creado de hecho la sociedad. Luego, para justificar este derecho,
hay que
remontarse hasta Dios, autoridad suprema, de la cual dimana toda
autoridad.
Las autoridades deben ser justas y estar consagradas al bien
público. La
sociedad necesita de buenas autoridades que gobiernen con justicia,
que se
den por entero a procurar la felicidad de sus gobernados y sean para
ellos
verdaderos padres de familia.
Los gobernantes sin religión no pueden procurar la felicidad de los
pueblos, -como reconoce el mismo Voltaire: "Si el mundo fuera
gobernado por
ateos, sería lo mismo que hallarse bajo el imperio de los espíritus
infernales que nos pintan cebándose en sus víctimas".
La religión enseña a los que tienen en sus manos el poder, que ellos
son
los ministros de Dios para bien de los hombres, sus hermanos; les
enseña que
la autoridad es un depósito del que rendirán cuenta al Juez supremo.
Los ciudadanos deben respeto y obediencia a la autoridad. -El
espíritu de
revuelta y de insurrección es incompatible con la tranquilidad y con
la
felicidad de los pueblos. Los súbditos sin religión estarán siempre
prontos
para hacer revoluciones, y no retrocederán ante ningún crimen con
tal de
satisfacer sus apetitos.
Sólo la religión muestra en el poder legítimo una autoridad
establecida
por Dios y enseña de una manera eficaz el respeto y la obediencia;
ennoblece
la sumisión y nos enseña que el legislador ha recibido de Dios su
poder y
que los hombres están obligados a obedecer las leyes justas y
honestas como
a Dios mismo.
Naturaleza
de la religión
Dios es la luz; la belleza, la grandeza, el amor y la vida. El
hombre es
inteligencia y corazón, aspira con todas sus ansias a la luz, a la
belleza,
a la vida; con sus debilidades, indigen-cias y dolores llama en su
auxilio
al poder, la bondad y la paternidad de Dios.
Si tal es Dios y tal el hombre, todo los une, la religión es el
punto
donde ambos se encuentran y abrazan.
La religión sirve a Dios y sirve al hombre, lo que explica por qué
la
religión jamás será destruida. Para ello sería necesario aniquilar a
la vez
el infinito amor de Dios y el corazón del hombre, que se buscan y se
encontrarán siempre.
Muchos volúmenes se han escrito y podrían escribirse sobre los
beneficios
de la religión, y nunca se agotaría la materia.
Un gran filósofo declara que la religión es el aroma de la ciencia.
Sin
la religión no hay más que una felicidad: la de no haber nacido.
¿Para qué
sirve la religión? Los pobres, los afligidos, encuentran en ella su
consuelo; al joven lo preserva de las pasiones; al soldado le
infunde valor;
a los obreros los hace honrados y económicos; a los habitantes de
las
ciudades, les guarda de la corrupción; a los labradores les procura
la
felicidad en su vida sencilla y laboriosa.
La religión previene contra el lujo, los placeres y los gastos
inútiles.
Fomenta el amor al trabajo, los hábitos de orden y de economía, la
paciencia
en las adversidades y las penas.
Un pensador eminente, Le Pley, después de largas observaciones,
declara
que dondequiera que halló honrada la religión y observados los diez
mandamientos de la ley de Dios, florecían la familia, el trabajo, la
fuerza
física, las costumbres, la prosperidad pública, la felicidad social.
Donde,
por el contrario, declinaban la fe religiosa y la observancia del
decálogo,
allí se alteraban la moralidad, el amor al trabajo; el vigor de las
razas,
la fecundidad de las familias. Allí germinaban las discordias
sociales que
causan la ruina de los pueblos.
¿Basta ser honrado?
Basta ser honrado para evitar el patíbulo, pero no para ir al cielo.
-Basta ante los hombres, quizá; pero no basta ante Dios, Soberano
Juez.
Todo el mundo, hoy en día, pretende ser honrado. El joven que se
entrega
a sus pasiones desenfrenadas, dirá con toda seriedad: ¡Soy un hombre
honrado! El patrón que abusa de sus obreros dice: ¡Soy un hombre
honrado! El
obrero que no aprovecha bien el tiempo se atreve a decir que es un
hombre
honrado. Todos los comerciantes se dicen honrados; y sin embargo, se
quejan
unos y otros. Por todas partes no se ven más que fraudes,
injusticias,
engaños.
¡Cuántos hombres honrados para el mundo (que no juzga sino de lo
exterior) son grandes criminales a los ojos de Dios, que penetra los
pensamientos más íntimos del alma! No se es honrado cuando no se
practica la
religión. La honradez es ante todo, la justicia, que consiste en dar
a cada
uno lo suyo. Ahora bien, la religión no es otra cosa que la justicia
para
con Dios. Luego, aquel que no practica la religión no es honrado,
porque no
es justo para con Dios.
Los ladrones, los asesinos son menos culpables que los impíos, o que
los
hombres que viven sin religión, porque nuestras obligaciones para
con Dios
son mil veces más importantes que nuestras obligaciones para con el
prójimo.
No hay que olvidar que Dios nos ha creado y colocado en este -mundo
para
conocerle, amarle y servirle. El hombre que no sirve a Dios es como
el sol
que no alumbra ni calienta.
Religiones buenas
o verdaderas
Los que dicen que todas las religiones son buenas, no ven en la
religión
más que un homenaje tributado a Dios, y piensan erróneamente que
cualquier
homenaje le es grato. Olvidan que la religión encierra verdades que
creer,
deberes que cumplir y un culto que tributar. Y es claro que no
pueden
existir varias religiones de creencias contradictorias y de
prácticas
opuestas, porque la verdad es una sola, y Dios no puede aprobar el
error.
Si todas las religiones son buenas, se puede ser católico en Roma,
anglicano en Londres, protestante en Ginebra, musulmán en
Constantinopla,
idólatra en Pekín y budista en la India. ¿No es esto ridículo? ¿No
es
afirmar que el sí y el no son igualmente ciertos? -
Es cierto que en las diferentes religiones hay algunas verdades
admitidas
por todos, como la existencia de Dios, la espiritualidad del alma,
la vida
futura con sus recompensas y castigos eternos. Mas ellas se
contradicen en
otros puntos fundamentales.
Si la Iglesia ha recibido de Jesucristo la misión de explicarnos la
Biblia, no queda a la voluntad de cada cristiano el interpretarla a
su
manera. Es absurdo decir que el sí y el no pueden ser igualmente
ciertos
sobre el mismo punto. No hay más que una sola religión buena. No
puede haber
sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo
Dios, no
hay más que una sola verdadera manera de honrarle.
Una religión, para ser buena, debe agradar a Dios. Pero como Dios es
la
verdad, y una religión falsa no podría agradarle, no puede aprobar
una
religión fundada sobre la mentira y el error.
No puede existir más que una sola religión verdadera, pues la
religión es
el conjunto de nuestros deberes para con Dios, y estos deberes son
los
mismos para todos los hombres. Y, a la verdad, estos deberes nacen
de las
relaciones existentes entre la naturaleza de Dios y la naturaleza
del
hombre. Pero como la naturaleza de Dios es una, y la naturaleza
humana es la
misma en todos los hombres, es evidente que los deberes tienen que
ser los
mismos para todos. Por consiguiente, la verdadera religión es una y
no puede
ser múltiple. Las formas sensibles del culto pueden variar; la
esencia del
culto, no. -
Toda religión comprende tres cosas: dogmas que creer, una moral que
practicar y un culto que rendir a Dios. Si dos religiones son
igualmente
verdaderas, tienen el mismo dogma, la misma moral, el mismo culto; y
entonces ya no son distintas.
Si son distintas, no pueden serlo sino por enseñar doctrinas
diferentes
acerca de una de estas materias y, en este caso, ya no son
igualmente
verdaderas.
Razón y revelación
El buen sentido enseña que, cuando están en juego graves intereses,
hay
que informarse acerca de los medios de asegurarlos. ¿Y qué interés
más grave
que los del alma y de su eterno destino? Yo no puedo arrostrar a
sangre fría
esta terrible alternativa ante la cual me he de hallar al otro lado
de la
tumba: una eternidad de tormentos, o una eternidad de dicha. Debo
saber por
qué medios y en qué religión puedo salvar mi alma. Si permanezco
indiferente, mi conducta será la de un insensato.
Puede decirse de la religión lo que Pascal decía de Dios: "No hay
más que
dos clases de hombres razonables: los que aman a Dios con -todo su
corazón
porque le conocen; y los que le buscan de todo corazón, porque no le
conocen".
Dios nos enseña de dos maneras: por la razón y por la revelación.
El hombre, por medio de la inteligencia que ha recibido, llega a
convencerse con certeza de que Dios es su Creador, su Bienhechor y
su Señor.
De este conocimiento, que se hace patente a la razón del hombre,
resulta
para él el deber de practicar una religión.
La religión así establecida por el hecho de la creación del hombre
se
llama religión natural porque resulta de las relaciones necesarias
del
hombre con Dios. Puede decirse que Dios es el Autor de esta
religión, porque
Él es el autor de la razón y de la voluntad, en que tienen su fuente
los
principios y sentimientos religiosos. Así, la religión existe por
derecho
natural y, como hemos probado, la falta de religión es, a la vez, un
crimen
contra la naturaleza y una rebelión contra Dios.
El padre de familia no desampara a sus hijos sin darles una
educación e
instrucción convenientes. ¿Quién podrá decir que Dios, después de
haber
creado a los primeros hombres, los dejó entregados a las solas luces
de su
razón, sin enseñarles las verdades y los mandatos de la religión? Es
evidente que Dios puede enseñarnos las verdades y los preceptos de
la
religión natural. Pero, ¿no podrá Dios revelarnos verdades nuevas,
verdades
que la creación no manifiesta, e imponernos nuevos deberes? Nadie
puede
razonablemente dudarlo. La religión revelada es la que encierra las
verdades
y los preceptos que Dios nos hace conocer de una manera
sobrenatural,
exterior, expresa y positiva.
En la próxima edición: La Revelación cristiana.
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