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Testimonio
 El precio del silencio
Por Juan José Hoyos

Reflexión sobre qué sería de la vida de los hombres si el televisor se apagara por un instante y dejara de tener el control sobre nuestras vidas.  

Había tenido una semana dura. Era viernes y estaba muy fatigado. Estaba
harto del ruido de mi ciudad, de la velocidad de la vida, del calor, de
tantos carros y tanta gente. Esa tarde, tuve que ir a un consultorio médico.
Cuando entré y me senté en la sala de espera, había tres televisores
encendidos. Los médicos tenían que salir a los pasillos y gritar el nombre
de los pacientes para que la gente los pudiera escuchar. Le pedí a la
secretaria que me cambiara la cita.
Salí apabullado. Caminé un rato por las calles buscando la sombra de los
árboles y el silencio. Cuando cayó la tarde, entré a un bar y pedí una
cerveza. El ruido de los motores de la calle no dejaba escuchar la música
ambiental. De pronto encendieron un televisor. Me sentí tan aturdido que
pagué la cuenta y me fui para mi casa.
Apenas abrí la puerta, oí que los perros ladraban. En la sala no había
nadie, pero la voz agitada de un locutor leía los titulares de la emisión de
la noche en un noticiero de televisión. Como las luces estaban apagadas, me
demoré un rato para encontrar el control. Sólo tuve un poco de alivio cuando
logré hundir el botón que buscaba, desesperado: ¡OFF!

Miedo del silencio
Fui a la biblioteca y cerré la puerta. Me quité los zapatos y me senté a
descansar en medio del silencio. Sentí sobre mis hombros el peso del ruido
que había tenido que oír por obligación durante toda la semana. Y pensé:
¿por qué los hombres de hoy tenemos tanto miedo al silencio? ¿Será por la
falsa compañía del mar de ruidos en que vivimos sumergidos y que comienza
con el sonido del despertador, en las madrugadas, y acaban en las noches con
el llanto de los actores de las telenovelas?
No sabemos ya convivir con el silencio. El silencio ya no es el sonido
más dulce y más sencillo de la naturaleza. Porque el silencio nos obliga a
convivir con nosotros mismos, a escuchar nuestros miedos. El silencio,
además, invita a la lectura, al pensamiento, a la reflexión, y éstas son ya,
casi todas, cosas en desuso.
A cambio del silencio, hoy tenemos la televisión en casi todos los
lugares adonde vamos. Ya no son sólo las pantallas de los grandes almacenes,
donde se multiplican por cientos. Los hay en las salas de espera de los
aeropuertos, de los consultorios médicos, en los bares, en las oficinas
públicas, y hasta en las clínicas.
Estaba en estas y otras reflexiones cuando en el primer piso alguien
volvió a encender el televisor. Entonces recordé la noticia. Sabía que el
aparato ya lo habían inventado y no sabía su nombre. La había leído hacía
unos meses en el periódico El País, de España.

Audiencia involuntaria
Busqué la noticia en Internet. Cuando la encontré, me puse feliz: el
aparato ¡sólo valía 15 dólares! Pensé: ¿de modo que ese es precio del
silencio?
El periódico decía que Mitch Altman, un ingeniero de San Francisco, había
inventado un nuevo aparato que permite apagar los televisores desde casi
cualquier lugar. Su compañía, Cornfield Electronics, Inc., comercializa el
aparato llamado TV-B-Gone. Cabe en un llavero y viene en dos modelos: uno
diseñado para apagar los televisores americanos y asiáticas y otro para los
europeos. Según Altman, los usuarios pueden apuntar el dispositivo a la t.v.
y presionar el botón hasta que ella se apague.
Con TV-B-Gone, según la compañía el 90 por ciento de las marcas de
televisores generalmente se apagan en 17 segundos. En octubre del 2004, en
sólo dos días, fueron vendidos todos los controles disponibles. Para
diciembre, la compañía tenía 20,000 controles adicionales que también se
esfumaron de sus bodegas.
Cuando algunos abogados se quejaron ante los tribunales de que Altman
estaba violando un derecho de las empresas de Televisión, él alegó que había
inventado el dispositivo para que los ciudadanos no fueran convertidos en
audiencia contra su voluntad y pudieran hacer respetar su derecho a no ver
televisión y a su tranquilidad en los sitios públicos.

No corras
No sé si Altman alguna vez leyó a Mahatma Gandhi, quien dice: "No corras.
Ve despacio. Adonde tienes que ir es a ti mismo". Tampoco sé si leyó al
poeta Thomas Merton, quien asegura que aquellos que aman su ruido son
impacientes de todo. Constantemente mancillan el silencio de los bosques, de
las montañas y del mar. Taladran la naturaleza silenciosa en todas las
direcciones con sus máquinas, de miedo de que el mundo tranquilo les acuse
de que están vacíos.
Ese fin de semana fui a un centro comercial tratando de encontrar un
sitio donde se pudiera almorzar con tranquilidad. Me gustaba ese lugar. No
era una caja de vidrio y concreto donde uno se siente como en una prisión.
Era abierto, tranquilo, se veía el cielo, y estaba lleno de luz. Tenía
techos altos y la brisa soplaba por los pasillos.
En uno de sus costados había un jardín con palmeras. El único sonido que
se oía era el de una fuente de agua. Se podía comer un plato ligero o tomar
una cerveza en paz. Se podía conversar. Pero ahora, cuando me senté,
descubrí con tristeza que sobre las columnas de concreto que separan el
restaurante del jardín habían puesto tres televisores. Nadie los miraba. La
gente comía en silencio, acobardada por el ruido.
Las noticias, sin pedir permiso, salpicaban los platos: miles de muertos
en desastres causados por huracanes, accidentes aéreos, atentados,
explosiones, incendios. Para hablar, había que gritar.
Mientras almorzaba a marchas forzadas en medio del bullicio, pensé en el
manual de instrucciones del interruptor TV-B-Gone de Mitch que dice: "Este
aparato tiene la única función importante de un control remoto y la más
benéfica: poner su televisor en OFF.
La vida es irónica: ¡para poner fin a ese suplicio sólo me faltaban 15
dólares!.
Creo que el interruptor de Mitch Altamn es uno de los más grandes
inventos del siglo XXI.
Su difusión puede tener consecuencias insospechadas: si de pronto todas
las pantallas dejan de funcionar muchos papás tendrán que empezar a educar a
sus hijos y hablar con ellos. Si el televisor que se apaga es el de la
alcoba, puede suceder algo peor: las parejas tendrán que enfrentar un
silencio que puede resultar embarazoso. Tendrán que mirarse a los ojos, de
vez en cuando, y hasta hablar. Todo un peligro, al alcance de muchos
bolsillos, por tan sólo 15 dólares.  

 

 

 

Páginas
El vandalismo
Por Gilbert Keith Chesterton

Hay dos clases de simple destrucción; ninguna en el nivel más noble de la cultura humana, pero tampoco en el más innoble.  

"Hay dos clases de vandalismo: el negativo y el positivo; el de los vándalos
del mundo antiguo, que destruyeron edificios, y el de los vándalos del mundo
moderno, que los erigen. Una larga sucesión de estos pensadores típicamente
modernos, que están demasiado cansados para pensar, ya han dejado detrás de
sí una cola o tradición de idioma; por esto se sugiere, vagamente, que lo
que es constructivo es bueno y sólo lo que es destructivo no lo es.
Cualquiera que desee perderse en laberintos de tal lógica -o mejor, falta
de lógica-, puede someter a su consideración alguna proposición en
particular; como que es bueno construir una pira, con haces de leña, para
quemar vivo a un hombre y sin embargo es malo destruir una plantación en
pleno crecimiento o talar árboles, única manera de hacer lo primero. Pero,
en el caso particular del vandalismo, se hace necesario de manera especial
recordar que el verdadero argumento es precisamente del otro modo.

Vandalismo destrutivo
De dos cosas malas, es mejor ser el bárbaro que destruye algo que por
algún motivo no le gusta o no comprende, y a quien sin embargo puede gustar
sinceramente otras cosas que comprende, antes que ser un hombre rico en
ideas vulgares que erige una imagen colosal de la pequeñez de su alma.
El vandalismo destructivo, aunque en la actualidad es un gran mal y lo ha
sido en toda la historia, no ha sido en toda la historia tan malo como lo es
ahora; y realmente no tan malo como muchas otras cosas más destructivas que
existen en la actualidad.
Es importante recordar que hay dos clases de simple destrucción; ninguna
en el nivel más noble de la cultura humana, pero tampoco en el más innoble.
Naturalmente, el vándalo debe ser, primero, iconoclasta. Puede destruir
ciertas cosas porque, realmente, se oponen a sus convicciones morales. Así,
un puritano fanático de América puede creer que el Señor le ordena dinamitar
la Abadía de Westminster porque está llena de ídolos; vale decir, de
imágenes con un carácter religioso. Lo que resulta curioso es que sólo
tendría razón a medias. Está llena de ídolos; pero éstos no son imágenes de
carácter religioso. Cualquiera puede ver de una ojeada que las figuras
medievales de los santos y de los ángeles no son adoradas, por la sencilla
razón de que ellos mismos están representados en el acto de la adoración.
Pero las estatuas de hombres de Estado y generales del siglo XVIII están, en
verdad, vistas como ídolos. Evidentemente, se han erigido, no para la gloria
de Dios, sino para la de los hombres que representan; deben ser adoradas
directamente por su propio bien, como los paganos adoraban semidio-ses y
héroes. Lord Polkerton y el almirante Bangs no están representados en el
acto de adoración, sino en la actitud de ser adorados. Pues el siglo XVIII,
que ha dado en llamarse la Edad de la Razón, fue en ver-dad la Edad de la
Idolatría.
Esto, sin embargo, es un paréntesis. El asunto es que el fanático
americano sería un individuo mucho mejor que el hombre de la cadena de
tiendas americanas, que encuentra a la mitad de Londres en las cadenas de
sus tiendas baratas y chatas. Si la dinamita del iconoclasta hundiera todo
el frente de la Abadía de Westminster, me sentiría mucho menos horrorizado
de lo que lo estoy actualmente ante el proyecto de un tendero yanqui de
construir una torre con campanas, más alta que la Catedral de Westminster.
Es curioso reflexionar en los pocos descaros aislados de la crítica y la
sensibilidad que aún subsisten. Imagino que, si un americano erigiese
justamente frente al Castillo de Windsor, del otro lado del río, otro
castillo exactamente igual a aquél, sólo que un poco más grande (construido
con materiales baratos y menoscabados), y luego enarbolara la bandera de su
propia antigua familia en directo desafío a la bandera personal del Rey, en
la sociedad habría mucha gente que diría que el americano, por rico que
fuese, estaría yendo un poco lejos. Lo que demuestra cuánto más seguro es
insultar a la religión que a la realeza.
Inocencia
y destrucción

En segundo lugar, en la gran filosofía moral de ser justo con los
vándalos, debemos recordar que en la vida existe cierto elemento que tiene
hasta cierto derecho a su lugar en la vida, aunque ese lugar no siempre
puede ser descubierto con facilidad, sin desplazar cosas mejores. Hablamos
de positivo y negativo, de creación y destrucción; pero de alguna manera la
asociación es incorrecta.
La destrucción no es nega-ción; por lo menos, no siempre. Hay un placer
positivo en la destrucción que puede ser inocuo y es verdaderamente real. Es
inocente, pues los chiquillos lo sienten con fuerza cuando por primera vez
rompen un papel o una vara. Pero confío en que pocos de nosotros hemos
perdido completamente la inocencia, como para poder beber la más profun-da
alegría por destruir un hogar feliz.
¿Acaso existe alguien cuyo espíritu esté tan muerto que jamás lo hayan
asaltado, mientras está en un lugar respetable, unas ganas locas de tomar
una maceta con su planta y arrojarla al jardín del frente o a la calle para
que se haga añicos? No deben reprimirse totalmente esas cosas, que también
son de Dios.
Está todo explicado en una balada que mis amigos y yo compusimos hace
años, después que destrocé contra el suelo un gran vaso de cris-tal. El
estribillo decía: "Me gusta el ruido del vidrio que se rompe". Y aunque no
me gustaría que se rompiera el cristal de la Catedral de Chartres sólo para
satisfacer este gusto, puedo imaginar dos tipos de seres humanos que podrían
hacerlo y seguir siendo humanos. Un loco podría hacerlo, porque piensa que
no es cristiano hacer cuadros con la vida de Cristo; y un niño podría
hacerlo porque le gusta el ruido del vi-drio al romperse. Esto, en lo
relativo a la defensa del vándalo más de-coroso, el destructor.

El vándalo moderno
Pero el nuevo tipo de vándalo es mucho más indefinible. El burdo vándalo
creador es mucho más pestilente y peligroso. Mucho más hay para decir del
conquistador, que crea una soledad y la llama paz, que del otro que crea un
pandemonio y lo llama progreso. Pues marca a fuego en la memoria el cuadro
vívido y positivo de su propia mezquin-dad y estupidez. Los bárbaros que
asolaron el mundo pueden preponderar en tanto algunas cosas buenas fueron
olvidadas, pero no insistieron en que se debían recordar sus propias cosas
bajas y bárbaras. Mas eso es, exactamente, lo que hace el "constructivo"
hombre rico de ideas vulgares. Eso es, exactamente, lo que hace el vándalo
moderno.
Produce un placer melancólico pensar que, si una civilización disolvente
introduce fuerzas más parecidas a las de los antiguos vándalos, si tribus
nómadas de Asia o de Europa oriental penetran con el afán destructor, viejo
como el mundo, animal, casi automático de los hunos o de los Bashi-Bazouks,
por lo menos hundirían y arruinarían toda la nueva civilización sin la menor
pretensión de reconstruirla; y esos descollantes departamentos
deslumbradores, o las largas sucesiones de vitrinas de vidrio de las tiendas
que relampaguean, yacerán en el polvo, en grandes montones, a los pies de
cosas mejores. 

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