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El maestro anónimo de San Gervasio
Por José María Pemán

El trabajo humilde y silencioso del fraile lego perduraría por sobre el de los sabios.  

La abadía de San Gervasio era uno de los más preclaros e ilustres
monasterios de monjes benedictinos. Colgada, como un nido de aguiluchos, en
lo alto de una peña, entre un bos-quecillo de castaños, parecía que se había
encaramado allí para hablar, sin testigos, con el Señor y preguntarle los
secretos de todas las cosas humanas y divinas.
Efectivamente, la sapientísima curiosidad de aquellos san-tos monjes todo
lo hurgaba y revolvía. A todas horas, en la enorme biblioteca, ancha y
silenciosa, se oía, como un zumbido de insectos, el rasguear de las plumas
de ave sobre los folios de papel. Fray Prudencio escribía un grueso "Tratado
sobre la esfera armilar" y unas "Tablas del saber de la As-tronomía"; fray
Clemente redactaba en alejandrinos un poe-ma sobre la rendición de Troya;
fray Mauro glosaba los aforismos de Hipócrates; fray Bernabé, finalmente,
pintaba cartas cosmográficas, donde el mundo que él conocía, que era, a su
juicio, todo lo existente, era como una isla llena de arbo-litos, ríos y
montañas.
En el límite donde sus conocimientos terminaban, fray Bernabé pintaba un
mar encrespado, lleno de dragones y vestiglos, y escribía, como pequeño
desahogo de su impotente ignorancia, tremebundos letreros: "Mare tenebrosus"
"Finis terrae..."

Súplica a la Virgen

Y fray Simplicio, el hermanito lego, cuando pasaba, en sus idas y
venidas, por la puerta de la biblioteca, lanzaba hacia ella tristes miradas
envidiosas...
Él, que de simple pastor de cabras había pasado a hermano lego, admiraba
con arrobo a aquellos graves superiores que conocían, a su juicio, todos los
secretos del mundo. Su admiración por aquellos gruesos infolios de pergamino
que se alinea-ban en la alta estantería era plena, absoluta, sin
distingos... Nadie admira tanto los libros como el que no sabe leer.
Algunas veces, durante las horas de rezo, hacía una escapada para
revolver, a escondidas, los papeles que había sobre las mesas de la
biblioteca. Y al ver él, que no conocía más mundo que la huerta y el bosque
de castaños, los mapas de fray Bernabé, los ojos se le llenaban de lágrimas
de envidia, porque el pobre no comprendía que todo era cuestión de poner el
Finis terraes un poco más acá o un poco más allá.
Y ocurrió que, como fray Simplicio pedía diariamente a la Virgen Nuestra
Señora, de quien era devotísimo, que le concediese una partecita siquiera de
sus dones inefables, la Vir-gen le oyó y, de la noche a la mañana, los
monjes descubrieron en el hermano lego una rara habilidad para el arte de la
miniatura.
No se sabe cómo fue descubierto; pero ello es que fray Simplicio, con
gran regocijo de su alma, fue admitido en la biblioteca, donde se ocupó
desde entonces en miniar y poner orlas a los tratados que los monjes
componían. Su arte era primitivo, pero admirable. Como era sencillo, amaba a
la Naturaleza, que era su único modelo, y sus orlas solían consistir en
animalitos, flores y frutas, pintados con tal candidez y mi-nuciosidad, que
parecían concebidos por un niño y ejecutados por una mujer.

Lágrimas y tinta

Sin embargo, fray Simplicio siempre estaba descontento de sus pinturas,
que no alcanzaban nunca los vagos ideales que su alma encerraba. Cuando
alguna vez se aventuraba a pin-tar en sus orlas el rostro de la Virgen
Nuestra Señora, fray Simplicio se arrobaba hasta el punto de no oír la
campana que tocaba a colación; sus pinceladas entonces parecían caricias, y
el rostro de la Virgen, ovalado y pequeño como un piñón, surgía entre un
halo de oro, suave y luminoso, en el cual la pintura estaba mezclada con las
lágrimas de fray Simplicio.
Los sabios monjes no daban, sin embargo, mucha impor-tancia al arte
primitivo del lego; y al entregarle sus infolios para que los miniase, lo
único que solían encargarle era que no manchase el texto con sus pinturas.
De este modo fray Simplicio, humilde y obediente, iba encerrando la
apelmazada prosa latina de los sabios monjes entre guirnaldas de flores y de
frutas, donde revoloteaban pájaros de colores y ángeles que tocaban
guitarras de oro...
Al fin, los siglos pasaron, y una pátina gris y monótona, cayó por igual
sobre los tratados de los viejos monjes y las miniaturas de fray Simplicio.
Y llegó, con los siglos, un día en que, en nombre de la civilización,
fueron expulsados del viejo monasterio los frailes benedictinos. Esto fue
por aquellos tiempos en que, cuando se reunían los hombres revolucionarios y
progresivos, acordaban siempre expulsar a los frailes. Ahora, cuando se
reúnen, siempre acuerdan apedrear a los tranvías. El porqué de esta
sustitución no ha logrado saberse.

Admirable arte primitivo

Convertido, pues, en edificio público el viejo monasterio; la biblioteca
fue invadida por una legión de bibliotecarios con gafas y títulos
académicos.
Enseguida catalogaron todo, y los venerables códices de los viejos
sabios, después de recibir en sus lomos, como una lápida funeraria, una
etiqueta numerada, empezaron a dor-mir el sueño de la muerte en los nichos
de la biblioteca.
Sin embargo, algunos se salvaron de aquel sueño fatal... ¿Sabéis cuáles?
Precisamente los que había miniado el hu-milde fray Simplicio.
Los bibliotecarios declararon solemnemente que el arte primitivo de
aquellas miniaturas era admirable, y los libros, abiertos, fueron colocados
triunfalmente en una vitrina, en el centro de la biblioteca.
Era como una reivindicación anónima y tardía del buen lego. Nadie entraba
ya en la biblioteca a consultar los tratados astronómicos de fray Prudencio,
porque la Astronomía había progresado mucho, o sea que había ensanchado cada
día más sus incógnitas. El poema de fray Clemente no había tiempo ya para
leerlo.
Los aforismos médicos de fray Mauro habían sido sustituidos por fórmulas
nuevas, y la gente prefería ahora morirse ajustándose a éstas y no a
aquéllas. En cuanto a los mapas de fray Bernabé, eran ya un mero recuerdo.
Sus mares incógnitos habían sido sustituidos por continentes, y sus dragones
y vestiglos, por hombres. Todo había pasado: lo único que aún quedaba, igual
y eterno, eran los pájaros y las flores que fray Simplicio había pintado en
los márgenes.

La técnica incógnita

Aumentaron la fama del viejo artista los ensayos inútiles que hicieron
mil sabios bibliófilos por imitar o descubrir la receta de aquel oro líquido
y esfumado que nimbaba las frentes de sus vírgenes. Fue un problema que
preocupó mucho a todos los técnicos: Se escribieron tesis; se habló del modo
de mojar los panes de oro; se discutió la manera de preparar la goma
arábiga; pero todos los ensayos fracasaron, porque la goma y el oro no
fueron mezclados en ninguno de ellos con lágrimas, como antaño los mezcló
fray Simplicio.
Se hizo también mucho por averiguar el nombre del incóg-nito autor de
aquellas joyas; pero las crónicas de la Orden, que hablaban de los trabajos
de fray Prudencio, fray Clemente, fray Bernabé y fray Mauro, nada decían del
hermanito lego. Entonces, como suele hacerse en estos casos, se le dio un
nombre genérico, y fue conocido entre los inteligentes en el arte por "el
maestro anónimo de San Gervasio". Así se le llamó con letras de oro en una
lápida que se colocó en me-moria suya sobre la puerta de la biblioteca. De
este modo la gloria de fray Simplicio fue anónima y humilde, como lo había
sido su vida.
Sin embargo, aquella lápida será siempre un aliento para los oscuros y
una lección para los infatuados de la sabiduría. Ella nos dice cómo pereció
todo lo que supieron los frailes sabios y cómo vivió únicamente lo que soñó
el lego ignorante y sencillo.
Ella enseña, sobre todo, a los que se creen dioses porque le arrancan a
la Verdad y a la Vida sus secretos, a menudo inútiles y muchas veces
crueles, que la Vida y la Verdad tienen también sus márgenes..., ¡y que es
menester que haya algunos fray Simplicios que llenen esas márgenes de
pájaros y flores!


Pemán, José María: Obras completas. Novelas y cuentos. Tomo II. Ed.
Escelicer, S. L., Madrid, España, 1948 

 

 

 

Religión
La risa

Por Gilbert Keith Chesterton

La mente se divierte con lo incoherente, cuando no hay idea, ni directa ni indirecta, de incomodidad. El por qué es, en realidad, una pregunta muy profunda.  

"Si de alguna manera proponemos la risa como tema de discusión, normalmente
notaremos que nuestros prójimos lo reciben de una de estas dos maneras. Se
ríen, tal vez lo mejor que pueden hacer ante una proposición de analizar la
risa, dado que la práctica es mejor que el precepto, y cualquiera que, como
yo, se siente a escribir todo un artículo sobre el tema es un sujeto muy
digno de la burla de la humanidad. Pero si tienen bastante sentido común
para reír, probablemente también lo tengan para irse; la conversación
quedará interrumpida y exhibirá solamente la clase de ingenio que se
identifica con la brevedad.
Si, por otra parte, mencionamos la risa y no se ríen, lo que desean es
esto: torcer sus tontos rostros en expresiones de feroz gravedad y
meditación, y comenzar a hablar de psicología primitiva y de los reflejos
automáticos del pitecantropo; y al cabo de uno o dos meses de esta alegre
conversación, prácticamente siempre logran el mismo resultado (que es signo
y síntoma inconfundible de sus mentes moribundas), y dirán que "la risa,
después de todo, está basada en alguna forma del instinto de crueldad". Y
todo eso no es más que una exposición limpia y pulida del gran hábito
moderno de ser lo menos científico posible en el uso de términos
científicos.

Instintos

Aún no se ha probado que exista un instinto de crueldad, así como no
existe un instinto de masticar vidrio. Algunos locos lo hacen; hasta algunos
hombres eminentes lo han hecho; creo que el famoso sir Richard Grenville
tenía ese hábito. Algunos hombres tienen una perversión llamada crueldad;
pero si los hombres primitivos desarrollaron un talento para el buen humor a
través de la perversión de la crueldad, es tan difícil explicar cómo
desarrollaron esa perversión como explicar de qué manera desarrollaron el
talento.
De la misma manera, podríamos explicar los comienzos de la poesía
diciendo que el pitecantropo era adicto a la cocaína. Todo esto no es más
que una de esas descaradas insinuaciones de la ciencia popular, que no
cuentan, en absoluto, con el apoyo de la ciencia seria pero que tienen, por
el contrario, un fuerte motivo moral o antimoral: sugerir por medio de
innumerables insinuaciones que los seres humanos lo deben todo a seres
semihumanos llamados hombres primitivos, y que éstos eran criaturas
horriblemente degradadas que vivían en la oscuridad del odio y del miedo.
Ante esto, esa teoría de la risa es risible. Cualquiera puede hacer reír
a un niño por cualquier inversión sencilla o incongruencia, tal como ponerle
gafas al oso de peluche. ¿Nos piden que creamos que un oscuro troglodita se
revuelve en la cueva del cráneo de una criatura y se complace en torturar al
oso de peluche con condiciones ópticas que no le son familiares, o que se
regocija como un demonio frente a la agonía de un tío viejo cuando se ve
privado temporariamente de sus lentes?
Los niños ríen verdaderamente cuando la pieza literaria les habla de la
clase más sencilla de tontería, tal como que "la vaca saltó sobre la Luna".
¿Debemos suponer que los niños permanecen despiertos y ríen al pensar en el
viaje largo y fresco del cuadrúpedo perdido, en las frías alturas
completamente inadecuadas a los mamíferos de sangre caliente?

Paciencia y respeto

Es evidente que la mente se divierte con lo incoherente, cuando no hay
idea, ni directa ni indirecta, de incomodidad. Por qué se divierte con lo
incoherente es, en realidad, una pregunta muy profunda, y no iremos más allá
con tales preguntas hasta que adoptemos una actitud completamente distinta
respecto de toda la historia del hombre; hasta que tengamos la paciencia de
respetar un gran número de misterios, como misterios, y aguardemos una
explicación que realmente explique, en lugar de saltar a cualquier
explicación que lo único que hace es salir del paso.
Pero sospecho que se la encontrará en conexión con la idea de la dignidad
humana y no de la indignidad; relacionada con la extraña condición del
hombre en este extraño mundo, y no con las meras brutalidades obtusas que lo
relacionan con el lodo obtuso.
No debe sorprender que una época que exhibe este monstruoso espectáculo
de los hombres sombríos y pesimistas, al referirse al origen de la risa,
exhiba también cierta carencia de la clase más sencilla de risa en su
literatura y en su arte. E imagino que aun aquellos que podrían aclarar que
producimos más humor admitirán que producimos menos risa.
Pero el veneno de la herejía antihumana que he mencionado se vuelve, de
manera curiosa, contra la práctica de quienes han oído la teoría; y las
ideas de causa y efecto ejercen su acción una sobre la otra. Puede ser que
solamente en una edad amarga los pedantes consigan remontar a la malignidad
el origen de toda alegría; puede ser que la sugestión atmosférica de ese
origen haya hecho menos alegre a la alegría y, por el contrario, más amarga,
si no más maligna. Pero en verdad, en su mejor aspecto, la tendencia de la
cultura actual ha sido tolerar la sonrisa, mas desalentar la carcajada.
Aquí se hallan comprometidas tres diferencias. Primero, que la sonrisa
puede convertirse oportuna mente en escarnio; segundo, que la sonrisa es
siempre individual y hasta secreta (especialmente si es un poco alocada),
mientras que la carcajada puede ser social y gregaria, y quizás es la única
forma genuina que sobrevive de la Voluntad General; y tercero, que la risa
se abre a la crítica, es inocente e indefensa, posee la clase de humanidad
que siempre tiene algo de humildad.

Risas y sonrisas

La etapa actual de la cultura y la crítica puede resumirse muy bien en
los hombres que sonríen criticando a los hombres que ríen. En cualquier
novela de actualidad, podemos leer: "Grisby se acarició la barbilla y sonrió
con cierta superioridad². Muy pocas veces leemos, aun en las novelas:
"Grisby echó la cabeza hacia atrás y lanzó al techo una carcajada con cierto
tono de superioridad." En el momento en que Grisby se abandona hasta el
punto de reír, ha perdido algo de la perfecta superioridad de los Grisbys,
por la cual son famosos en los círculos elegantes, y por la cual tantos de
sus semejantes deseaban patearlo como el viejo Weller pateó a Mr. Stiggins.
Pues es un error total suponer que hay menos crueldad desde que
abandonamos la buena costumbre de patear a Mr. Stiggins. La única diferencia
es que al señor Grisby se le permite ser cruel, porque los hombres más
sencillos y más humildes han perdido la facultad de disfrutar del inocente
goce de patearlos.
En la mente del señor Grisby, en ese momento exquisito en que sonríe, hay
infinitamente más crueldad, en el sentido de simple malicia, que la que hubo
en la mente de Weller cuando aplicó la bota, o en la de Dickens cuando
escribió el libro.

Grosería y ridiculez

La característica principal del cambio más moderno en el mundo es que los
modales sociales más suaves no condicen con los sentimientos sociales más
cálidos. El hecho principal que debemos enfrentar hoy es la ausencia hasta
de aquella camaradería democrática que estaba implicada en la risa grosera o
en el ridículo puramente convencional. A los hombres de la antigua amistad
puede haberles disgustado injustamente una víctima propiciatoria o un
extraño, pero se querían unos a otros más que una gran cantidad de hombres
de letras, en nuestros días.
Es evidente, de mil maneras distintas, que había más sentimiento público,
o si prefieren, sentimentalismo, en los campos donde los rufianes de Bret
Harte blandían navajas y revólveres, o en el sótano de la taberna donde
dejaron sin sentido a Mr. Bardell de un golpe en la cabeza con un jarro de
cerveza, que en muchos círculos intelectuales en los cuales el alma está por
fin totalmente aislada, como las cabezas que en el Infierno están separadas
en sus círculos de hielo.
Por lo tanto, en este conflicto moderno entre la sonrisa y la risa, yo
estoy a favor de la risa. La risa tiene algo en común con los antiguos
vientos de la fe y de la inspiración; deshiela el orgullo y desenmaraña el
secreto; hace que los hombres se olviden de sí mismos en presencia de algo
más grande que ellos; algo (como dice la frase común en chiste) que ellos no
pueden resistir.
Santo es aquel que disfruta de las cosas buenas y las rechaza; mojigato,
aquel que desprecia las cosas buenas disfrutando de ellas. Pero cuando éste
realmente oye algo bueno, algo de lo que verdaderamente disfruta, entonces
ya no puede despreciarlo. En esa horrible y apocalíptica oportunidad, no
sonríe; lanza una carcajada.

Chesterton, Gilbert Keith: El hombre común. Ediciones Lohlé-Lumen, Buenos
Aires, 1996.

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