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Sí, soy sobreviviente del "Titanic". Fue ese un acontecimiento
que marcó mi
vida; me ha convertido, en muchas ocasiones, en objeto de
curioso interés.
Sí, realmente, tuve suerte al poder salvarme. Mis pérdidas
fueron sólo
materiales, mientras que hubo muchos que perdieron a las
personas amadas.
En el medio siglo transcurrido desde el accidente del "Titanic",
han
sucedido muchos acontecimientos de mayor importancia para el
mundo, entre
ellos dos guerras mundiales; y durante muchos años mis recuerdo
del desastre
han estado más o menos dormidos.
Antes de seguir adelante con mi historia, creo que debo
mencionar primero
a un compañero de bote salvavidas, sin cuya compañía no estaría
hoy aquí
contándoles todo esto a ustedes. Aún no tenía nombre. En
realidad, era solo
un cerdito de juguete que mi madre me había regalado un año
antes. Porque el
"Titanic" no fue mi primer accidente serio. Mi madre, que había
oído decir
que el cerdo se consideraba en Francia como un símbolo de buena
suerte, y
sintiendo que buena suerte era precisamente lo que yo
necesitaba, me regaló
ese cerdo de juguete, del tamaño de un pequeño gatito, cubierto
de piel
blanca con manchas negras. Yo lo quería mucho, y más porque era
realmente
una caja de música y si se tiraba de su cola emitía música.
Prometí a mi
madre que conservaría junto a mí esta mascota en todo tiempo, y
así este
cerdito me salvó más tarde la vida.
Oportunidad fascinante
En realidad no era mi intención viajar en el "Titanic", pero la
oportunidad de hacer la travesía en aquel palacio flotante, del
que se había
hecho tanta publicidad, sobre todo por su "insumergibilidad", me
encantaba.
Abandoné Francia el miércoles 10 de abril. Yo era escritora de
modas,
compradora y figurinista. Este viaje era uno de los primeros de
mi carrera,
porque hacía poco que había entrado en los negocios, y llevaba
conmigo no
sólo mi propio guardarropa, sino también muchos encargos hechos
por firmas
comerciales y clientes privados. No estaban asegurados, porque
cuando pedí
el seguro para aquellas mercancías me dijeron que era ridículo
gastar dinero
en seguros, viajando en un barco insumergible.
Pero al llegar a Cherburgo sentí la desagradabilísima
premonición de
hallarme frente a un peligro. De hecho, este sentimiento fue tan
fuerte que
telegrafié a mi secretario de París, expresándole mis temores.
Luego tomé el ascensor para la "Cubierta A", donde se encontraba
mi
habitación. Me habían destinado un camarote muy espacioso con
baño y amplia
ventana que daba sobre la cubierta, con un camarote del mismo
tipo para mi
equipaje, inmediatamente enfrente, casi en el extremo delantero,
al final de
un pequeño corredor. Estaba prácticamente separada del resto del
barco.
Levamos el ancla a eso de las 8:30 de la noche. El barco era un
lujo
desmedido para aquella época. Los primeros días de la travesía
transcurrieron sin incidentes. Solamente cuando contemplábamos
el mar nos
dábamos cuenta de que estábamos en el océano.
El sábado 14 de abril a las cuatro de la tarde salí a cubierta.
Había
mucha gente que comentaba el intenso frío, y la mayoría de los
hombres
dijeron que habían oído informes por radio de que nos
encontrábamos en zona
de icebergs. Sin embargo eso no parecía tener mayor importancia.
Íbamos
adelante a toda velocidad y llegaríamos con toda seguridad a
Nueva York el
martes siguiente, porque se daba por descontado que el barco
realizaría un
viaje record. Y con aquel mar sereno y con un tiempo perfecto no
había
razones para que no lo hiciéramos así.
Noche de gala
El domingo por la noche me puse un vestido de "soirée" de satén
blanco,
porque había cena de gala. Todo el mundo estaba sereno y se
comportaba
educadamente. Recuerdo el espectáculo que presentaba el
vestíbulo, con los
grupos en traje de noche, y la orquesta tocando.
Cerca de las 9.30, como tenía algunas cartas que escribir, me
dirigí al
salón de estar. Hacía un rato que estaba escribiendo cuando pasó
el camarero
de la biblioteca: "Apaguen las luces, por favor, son las 11.30".
Fui a mi habitación y sentí una vibración muy leve, luego una
segunda,
algo más fuerte, y una tercera, acompañada de un fuerte golpe,
suficientemente fuerte para lanzarme contra el barrote de la
cama. El barco
parecía que se hubiera parado en seco; pero cuando saqué la
cabeza fuera de
la ventana de mi camarote, percibí una enorme masa blanca, como
una montaña,
pasando lentamente a la deriva. Me puse mi abrigo de pieles y
corrí al
camarote de un amigo y le dije: "Venga, salga y mire lo que ha
ocurrido".
Pronto se nos reunió más gente con toda clase de ropas. Todos
contemplábamos aquella masa blanca, y alguien dijo: "Es un
iceberg". Todos
tomamos a broma el haber dado contra un iceberg, y corrimos
hacia la parte
delantera del barco recogiendo trozos de hielo y de nieve que
yacían
esparcidos por la cubierta. Alguien propuso una batalla de bolas
de nieve, y
pronto estábamos arrojándonos nieve unos a otros.
Nadie sentía miedo ni pensaba en el peligro. El mar tranquilo y
brillante, el cielo estrellado nos tranquilizaba por completo.
El único
hecho desagradable era el intenso frío, suficiente para aterirle
a uno el
rostro y las manos.
Estuvimos paseando por cubierta y yo hablé con varios oficiales
y les
pregunté de qué se trataba. Ellos dijeron: "Hemos chocado con un
iceberg. No
hay que inquietarse por eso. Lo mejor que puede hacer es
volverse a la
cama". Volví a mi habitación; estaba ya preparada para meterme
en la cama
cuando se acercó a la puerta de mi habitación un joven diciendo:
"Se ha dado
orden de que nos pongamos los salvavidas".
Me deslicé rápidamente un vestido. Llevaba puestas aún las
zapatillas de
terciopelo con hebillas de diamantes y medias de seda de las más
finas, y no
llevaba ropa interior. Me puse un abrigo de pieles largo, un
gorro de lana
tejido y un chal de piel, y salí apresuradamente hacia el
vestíbulo. Pero
antes de hacerlo, hice lo que más tarde pareció la cosa más
inaudita: tomé
todos mis vestidos que se hallaban en el camarote, me dirigí al
camarote de
enfrente, donde estaban mis baúles, eché los vestidos dentro,
cerré las
maletas, les puse llave, cerré las ventanas del camarote y me
llevé las
llaves de los baúles.
Orden de evacuación
Fui hacia el vestíbulo de la "cubierta A", donde vi al camarero
de mi
habitación, Wareham. Iba completamente vestido, con un abrigo
negro y gorra.
"Wareham, en cuanto a mis vestidos y otras cosas... ¿cree usted
que
trasladarán el equipaje?", le pregunté.
A lo que contestó: "Si yo fuera usted, creo que volvería a mi
habitación
y les daría un beso de despedida".
"Wareham, me parece que sería conveniente que tuviera conmigo mi
mascota.
La dejé en el tocador. ¿Podría usted ir hasta el camarote y
traérmelo?".
Y cuando lo miré alejarse por el corredor en su busca, me di
cuenta de
que había una inclinación del salón de estar hacia el pasillo.
Había sido
debajo de mi camarote donde el iceberg había abierto el costado
del barco,
debajo de la piscina. Wareham me trajo de vuelta mi cerdito de
juguete, y la
gente que estaba a mi alrededor sonrió. Me sentí algo más
tranquila.
En aquel momento un oficial de cubierta gritó una orden desde la
puerta
del vestíbulo: "Las mujeres y los niños por aquí, por favor".
Pensé que
aquello era sólo un simulacro, así que desobedecí las
instrucciones, volví
al vestíbulo, encontré una hermosa y confortable butaca y me
senté allí,
donde se estaba bien y caliente. Había unos cuatro o cinco
pasajeros
masculinos sentados en el vestíbulo, y uno de ellos dijo que
había oído que
habían botado al agua cinco salvavidas.
En aquel momento un oficial dijo que el barco estaba averiado y
no podría
continuar hasta Nueva York. Habría de ser remolcado hasta el
puerto más
próximo. "Esperamos el paso del Olympic dentro de dos o tres
horas. Se
llevará a los pasajeros. Sin embargo, no hay peligro inmediato,
señora;
puede usted hacer uso de propio juicio en este asunto", agregó.
Al mismo tiempo ofrecían devolver los valores que los pasajeros
habían
depositado en la caja de seguridad al principio del viaje, lo
que me pareció
ridículo, y preferí dejar mis propias joyas resguardadas en la
caja fuerte
del barco. Allí están todavía hoy.
Luego salí a la cubierta de botes y me encontré junto al señor
Bruce
Ismay, director general de la White Star Line. Estaba
impartiendo órdenes.
Al divisarme, gritó: "¿Qué está usted haciendo a bordo? ¡Pensaba
que todas
las mujeres y los niños habían abandonado el barco!". Me empujó
prácticamente hacia una estrecha escalera de hierro que iba a la
cubierta
inferior. Realmente él salvó mi vida. Dos corpulentos marineros
me agarraron
e intentaron arrojarme al bote salvavidas que colgaba junto al
barco. Pero
cuando me di cuenta de lo lejos de la barandilla que estaba el
bote, quedé
aterrada...; tanto que mis piernas y mis pies se pusieron
rígidos y las
zapatillas se me cayeron. Chillé a los dos hombres: "¡No me
empujen!". Uno
replicó: "Si no quiere ir, quédese".
Volví a mirar la barandilla y el bote que se balanceaba tan
peligrosamente a gran altura. Estaba muy lleno y levemente
inclinado sobre
un lado. El pensamiento de subirme sobre la barandilla y saltar
me
horrorizaba. Me quedé mirando fijamente ante mí con el cerdito
bajo el
brazo. Uno de los marineros exclamó: "Si usted no quiere ir, por
lo menos
salvaremos a su bebé", y me arrancó el cerdito, que quizá en su
excitación
confundió con un bebé, y lo arrojó al bote. Me quedé mirando el
bote y
pensando: "Allí está mi mascota. Prometí a mi madre que la
llevaría siempre
conmigo".
Estábamos descendiendo hacia el agua muy despacio, bastante
inclinados, y
alguien del bote cortó las cuerdas de descenso antes de que
tocáramos de
veras el agua.
El Titanic se hunde
Mirando desde el bote, el "Titanic" parecía la cosa más grande
del mundo.
Mientras nos alejábamos, todo estaba tranquilo y quieto, con el
reflejo de
las luces sobre el agua, los pasajeros inclinados sobre las
barandillas, los
acordes de la música en el aire... nada que predijera el horror
de los
próximos minutos.
Llevábamos un piloto y tres camareros, varias pasajeras de
primera clase,
siete niños que habían sido separados de sus padres, la camarera
de los
baños turcos, la camarera de mi camarote, y seis pasajeros de
primera clase.
Recuerdo que algunos de ellos se marearon más tarde, y que los
niños
estuvieron llorando y chillando continuamente. Tuvimos suerte al
contar en
nuestro bote con algunos hombres, porque en varios botes sólo
había mujeres,
que remaron durante toda la noche.
Algunos de los primeros botes salvavidas habían sido botados con
pocos
pasajeros, tan mal dispuestos estaban éstos a abandonar el
barco; pero el
nuestro estaba decididamente sobrecargado con sus 68 pasajeros.
La búsqueda de una linterna prosiguió durante largo rato, pero
no pudimos
encontrar ninguna; ni pudimos encontrar una brújula o comida o
agua para
beber. Pues esas cosas debían haber parecido poco importantes
para un bote
salvavidas transportado en un barco insumergible.
Luego contemplé la luz de estribor del "Titanic", que despedía
un brillo
verde y parecía acercarse al agua. Habíamos abandonado el
transatlántico
hacia la 1.45 de la madrugada. A las dos miré mi reloj. Uno de
los camareros
hizo una observación: "No va a seguir flotando mucho tiempo
más".
No me di cuenta todavía de lo que aquello significaba, pero le
oí decir
al otro camarero: "Apartémonos o nos va a arrastrar hacia el
fondo".
A las dos, dispararon desde la cubierta superior del "Titanic"
varios
cohetes verdes: la última llamada de socorro. A las 2.30 vi
desaparecer en
el agua la luz de estribor. La popa del barco completamente
iluminada, se
levantó hacia el cielo, recordando uno de nuestros rascacielos
por la noche,
tan alto y vertical se elevó en el aire. Luego pareció salir
disparado hacia
el agua, hubo una fuerte explosión, luego una segunda y una
tercera que nos
empujaron hacia delante.
Momentos antes de que el barco se hundiera, salió de él un
horrible
grito, como emitido de una garganta. Ninguno de nosotros éramos
todavía del
todo capaces de darnos cuenta de la extensión de la tragedia de
la que
éramos actores.
Durante todo el tiempo que estuvimos en el bote observamos una
luz lejana
que parecía venir de otro barco. Más tarde me enteré de que era
el
"California" que, si hubiese venido a nuestro rescate,
posiblemente nos
habría podido salvar a todos. Pero su telegrafista no había
recibido nuestra
señal. Más tarde se añadió también que el "California" había
intentado
comunicarse con el "Titanic" por medio de luces, para ver si
estábamos en
apuros; pero al no recibir respuesta de nuestro agobiado barco
presumió que
estábamos todos bien.
Llega el Carpathia
Finalmente el intenso frío que precede al amanecer cayó sobre
las aguas.
Sólo aquellos que han permanecido toda una noche de vigilia por
cualquier
causa pueden hacerse una idea de la peculiar frialdad penetrante
de esa
media hora que separa la noche de la mañana. Buscando alguna
prenda de
abrigo extra para uno de los camareros, de pronto descubrimos a
un pasajero
que no habíamos visto hasta entonces, en el fondo del bote,
aunque
prácticamente había estado echado a mis pies. Estaba muerto.
Supongo que
habría saltado de cabeza al bote, quedando inconsciente del
golpe y muriendo
helado antes de volver en sí.
En aquel momento vi otra luz en el horizonte y hablé de ella al
muchacho
que estaba a mi lado remando. Estaba demasiado deprimido para
creerme.
"Señora, no se haga ilusiones. No hay ninguna luz y no habrá
ninguna. No
conviene esperar la buena suerte cuando nada bueno ocurre". Otro
marinero se
hizo eco de su pesimismo: "Este es mi tercer naufragio" dijo.
"Si salgo de
ésta, me vuelvo a casa y me hago lechero".
Pero poco después todos veíamos la luz blanca y luego la roja
debajo de
ella, que significaba la llegada del "Carpathia". En el
amanecer, hermoso y
claro, remábamos con todas nuestras fuerzas hacia el barco
salvador.
Brillantemente iluminado, parecía tan grande que pensamos que
debía ser el
"Olympic", el barco gemelo del "Titanic".
Cuando llegamos junto al barco salvador, nos dimos cuenta que
había otros
botes salvavidas acercándose también a él. La primera persona en
abandonar
nuestro bote fue un niño pequeño, que fue izado en un saco de
lona, y los
demás niños fueron también izados a bordo del mismo modo. Un
chiquilín luchó
furiosamente y no quería abandonar el bote de modo alguno.
Fuimos izados a toda velocidad a la parte abierta del "Carpathia".
Manos
afectuosas se inclinaban hacia nosotros para recibirnos.
A bordo del "Carpathia", los supervivientes esperaban la
aparición de
otros botes salvavidas. A las nueve de la mañana, habían sido
recogidos los
contingentes de dieciséis botes, y el capitán, convencido de que
no había ya
más, dio órdenes de seguir viaje. La agonía sufrida por aquellos
supervivientes a la espera de la posible llegada de los seres
queridos, era
indescriptible. Ahora estaba en la escena el "California" y se
iba a quedar
allí para el caso de que hubiera que recoger a otros
supervivientes. Todos
teníamos la impresión de que el "California" llevaba a bordo a
la mayoría de
nuestros compañeros de travesía, y pocos de nosotros
anticipábamos toda la
extensión de la tragedia.
Sucedidos
No había nada en la superficie del agua que indicara el horror
de la
noche pasada, excepto un ligero tinte pardusco y algunos trozos
de paja y
madera flotando por allí. Después de haber marchado durante
cerca de tres
cuarto de hora, el barco aminoró la marcha y recibieron
sepultura en el mar
los cuerpos de seis marineros que habían sido izados a bordo
pero que
murieron a causa de las contingencias.
Hacia las 11 de la noche del lunes, nuestra primera noche a
bordo del
"Carpathia", tuvimos enceguecedores relámpagos y truenos de tan
ensordecedora intensidad que gran número de los del "Titanic"
salimos
corriendo a cubierta. Estábamos aún muy nerviosos y supongo que
pensábamos
que quizás habíamos escapado de un desastre sólo para caer en
otro mayor. En
lugar de eso, el "Carpathia" siguió navegando entre una densa
niebla, y el
monótono gemido de las sirenas reglamentarias no cesó desde
entonces hasta
que estuvimos en el muelle de Nueva York, el martes por la
noche.
No es exagerado decir que con 711 de nosotros añadidos a su
propia
capacidad de carga y pasajeros, aquel barco iba completamente
repleto. Con
gran altruismo, los pasajeros del "Carpathia" cedieron sus
propios camarotes
para los casos más graves entre los supervivientes.
Los sobrevivientes contaron muchas anécdotas. Un tal señor
Seddon, cuando
el "Titanic" abandonaba Southampton, había realizado una
inspección personal
de los recursos de salvamento a bordo, y había observado que
había
únicamente 16 botes salvavidas, suficientes sólo para el tercio
de la
capacidad de cargamento total del barco. Dijo a su familia: "Si
algo anda
mal, mantengámonos los cinco juntos". Lo hicieron, y se salvaron
juntos. Un
tal señor Reims, junto con muchos otros, había procurado trepar
a bordo de
un bote volcado que estaba en peligro de hundirse. Allí se
mantuvieron en
precario equilibrio toda la noche, semisumergidos en el agua.
Entre ellos
había estado una mujer joven que había cedido su lugar en el
bote salvavidas
a una madre con su hijo. Se mantuvo de pie, tal como era
preciso, todo el
tiempo que pudo, pero luego se desvaneció y resbaló al agua.
Ellos no
pudieron hacer nada para rescatarla por no volcar todo el bote.
Cuando el
señor Reims fue traído a bordo del "Carpathia" no hacía más que
pensar en
aquella valiente y desgraciada joven, a pesar de que su propio
sufrimiento
había sido considerable y que sus piernas estaban heladas.
Después de todos estos años, el recuerdo del dolor de tanta
gente todavía
hace acudir lágrimas a mis ojos. Las anécdotas que se contaron
en el
"Carpathia" nos demostraron qué poca idea teníamos del peligro
corrido.
El hijo del senador Clark se encontraba de viaje de bodas con su
mujer.
La señora Clark le pidió que volviera al camarote a buscar el
collar de
perlas, que le había dado como regalo de bodas. Nunca más volvió
a ver a su
marido.
La mayoría de los pasajeros parece ser que habían creído que la
orden de
que las mujeres y los niños abandonaran el barco era meramente
cuestión de
ordenanzas y reglamentos, y que luego nos traerían de nuevo a
bordo.
Sencillamente era inconcebible que a aquel soberbio barco
pudiese ocurrirle
un desastre. Igualmente, las primeras noticias de los periódicos
de Nueva
York decían: "El "Titanic" remolcado a Halifax".
La rapidez y lo inesperado del final de "Titanic" pueden ser
causa de la
ausencia de pánico. Además, el barco era tan largo, que no se
veía, desde la
parte en que fuimos cargados en los botes, que la proa estaba
tan hundida en
el agua. Siempre me ha parecido que la razón del desastre no
estuvo tanto en
descuidos de navegación como en la excesiva confianza en la
imposibilidad de
hundimiento del barco: aún no se había indicado a cada pasajero
la estación
de botes que le correspondía y no se habían realizado
ejercicios.
Gritos y sollozos
Durante el resto del viaje en el "Carpathia" la falta de
comodidades por
el exceso de pasaje estuvieron más que compensadas con la
maravillosa
amabilidad de todos los de a bordo. De cualquier modo, pasó
pronto, y el
martes, mientras nos acercábamos lentamente al puerto de Nueva
York, entre
la espesa niebla, el "Carpathia" fue rodeado de repente por gran
número de
botes ocupados por periodistas y fotógrafos. Nos hablaban a
gritos desde sus
botes, a través de megáfonos, ofreciendo pagar altos precios a
los
sobrevivientes que pudieran escribir relatos o proporcionar
fotografías del
desastre, urgiéndonos a que se los lanzáramos por la borda
dentro de
botellas.
Mientras el "Carpathia" estaba aún aguas afuera del puerto de
Nueva York,
algunos periódicos vespertinos fueron llevados a bordo de un
remolcador.
Recibí un gran susto al leer mi nombre entre los desaparecidos,
temiendo la
impresión que aquello haría a mis padres.
Creo que fue el lento tañir de las campanas cuando nos íbamos
aproximando
a tierra, lo que nos confirmó que el hundimiento del "Titanic"
había sido de
veras un terrible desastre. Hasta entonces, no habíamos perdido
la esperanza
de que el "California" o algún otro barco hubiese podido recoger
a muchos de
los que habían quedado a bordo del barco hundido.
Nunca olvidaré aquel muelle: había allí miles de personas, pero
ni un
solo ruido, un intenso silencio, un silencio de muerte. No había
nadie
esperándome. Corrí hacia la pasarela. ¡Allí encontré a mi
familia!
La quietud de la escena fue rota por los gritos y sollozos. Es
difícil
describir la cruel intensidad de aquel espectáculo; el enorme,
pero
silencioso muelle, el llanto y los sollozos de los que habían
ido a esperar
a los suyos, sostenidos por la esperanza que iba a confirmarse o
a romperse.
Las campanas estuvieron sonando todo el tiempo, y afuera caía
una fría
llovizna.
Yo no tenía equipaje, sólo mi pequeña mascota, que llevaba
fuertemente
asida bajo mi brazo mientras andaba por la calle con mi familia.
La tragedia
del "Titanic" sigue dentro de mí, como seguirá hasta mi última
hora.
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