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Personaje
C. S. Lewis

La conversión de un filósofo

Por José Ramón Ayllón

"Como todo hombre santo, hay aspectos de su vida que permanecieron escondidos. Uno de ellos fue la entrega total al prójimo triste y doliente. A pesar de la escasez de tiempo, siempre había un sí para todos".

("In memorian del padre Marcos Pizzariello", Gladius, abril de 1997). 

Uno de los grandes filósofos del siglo XX y su derrotero desde el ateísmo hasta la conversión al catolicismo.
Clive Staples Lewis nació en Belfast, Irlanda el 29 de noviembre de 1898 y murió en Oxford el 22 de noviembre de 1963 . Fue un hombre lleno de amigos, libros y alumnos. En 1925 ya enseñaba filosofía y literatura en Oxford. Hasta su muerte en 1963, fue un profesor eminente, autor de célebres ensayos, cuentos y libros de texto. Su vida está marcada por su conversión
al cristianismo, a la misma edad que san Agustín. Ese giro radical lo explica y justifica en un puñado de libros escritos con un estilo vivo y una lógica apabullante. Lewis domina el arte de argumentar. Su dialéctica apura la ironía y la sutileza, tal y como confiesa haber aprendido de uno de sus profesores:
"Si alguna vez ha existido un hombre que fuera casi un ente puramente lógico, ese hombre fue Kirk (...). Le asombraba que hubiera quien no deseara que le aclarasen algo o le corrigiesen (...). Al final, a menos que me sobreestime, me convertí en un "sparring" nada despreciable. Fue un gran día aquél en que el hombre que durante tanto tiempo había peleado para demostrar mi imprecisión, me acabó advirtiendo de los peligros de tener una sutileza excesiva".

Ateo pero razonable

Lewis era ateo porque, desde la temprana muerte de su madre, sentía el universo como un espacio terriblemente frío y vacío, donde la historia humana era en gran parte una secuencia de crímenes, guerras, enfermedades y dolor.
"Si me piden que crea que todo esto es obra de un espíritu omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los testimonios apuntan en dirección contraria". Pero esta argumentación no era, ni mucho menos, definitiva:
"La solidez y facilidad de mis argumentos planteaban un problema: ¿Cómo es posible que un universo tan malo haya sido atribuido constantemente por los seres humanos a la actividad de un sabio y poderoso creador? Tal vez los
hombres sean necios, pero es difícil que su estupidez llegue hasta el extremo de inferir directamente lo blanco de lo negro".

La auténtica verdad de su ateísmo

En cualquier caso, Lewis se sentía más cómodo en su ateísmo: "Para un cobarde como yo, el universo del materialista tenía el enorme atractivo de que te ofrecía una responsabilidad limitada. Ningún desastre estrictamente infinito podía atraparte, pues la muerte terminaba con todo (...). El horror del universo cristiano era que no tenía una puerta con el cartel de "Salidaí".
En 1917 se incorpora al frente francés de la primera guerra mundial. Un año más tarde cae enfermo y es enviado al hospital de Le Tréport, donde permanecerá tres semanas.
"Fue allí donde leí por primera vez un ensayo de Chesterton. Nunca había oído hablar de él ni sabía qué pretendía. Tampoco puedo entender demasiado bien por qué me conquistó tan inmediatamente. Se podría esperar que mi pesimismo, mi ateísmo y mi horror hacia el sentimentalismo hubieran hecho que fuera el autor con el que menos congeniase (...). Al leer a Chesterton, como al leer a MacDonald, no sabía dónde me estaba metiendo".

Conexiones intelectuales

Al acabar la guerra estudia en Oxford filosofía y literatura inglesa. Son años de intensa formación intelectual y de innumerables lecturas. Pero sus libros y autores preferidos no compartían su visión de la vida:
"Todos los libros empezaban a volverse en mi contra (...). George MacDonald había hecho por mí más que ningún escritor, pero era una pena que estuviese tan obsesionado por el cristianismo. Era bueno a pesar de eso.
Chesterton tenía más sentido común que todos los escritores modernos juntos..., prescindiendo, por supuesto, de su cristianismo. Johnson era uno de los pocos autores en los que me daba la impresión de que se podía confiar totalmente, pero curiosamente tenía la misma chifladura. Por alguna extraña coincidencia a Spencer y Milton les pasaba lo mismo.
Incluso entre los autores antiguos iba a encontrar la misma paradoja. Los más religiosos (Platón, Esquilo, Virgilio) eran claramente aquellos de los que podía alimentarme de verdad. Por otro lado, con los escritores que no tenían la enfermedad de la religión y con los que, teóricamente, mi afinidad tenía que haber sido total (Shaw, Wells, Mill, Gibbon, Voltaire), esta
afinidad me parecía un poco pequeña. No era que no me gustaran. Todos ellos eran entretenidos, pero nada más. Parecían poco profundos, demasiado simples. El dramatismo y la densidad de la vida no aparecían en sus obras".

Profesor con prejuicios

Terminó sus estudios con las máximas calificaciones y pasó a formar parte del claustro de profesores del Magdalen College. Allí, nuevos amigos provocarán "la caída de los viejos prejuicios":
"Al entrar por primera vez en el mundo me había advertido (implícitamente) que no confiase nunca en un papista, y al entrar por primera vez en la Facultad (explícitamente), que no confiara nunca en un filólogo. Tolkien era ambas cosas".
En el Magdalen enseña filosofía, pero su aguado hegelianismo no le resulta muy útil a la hora de enfrentarse a una tutoría: "Un tutor debe aclarar las cosas, y yo no podía explicar el Absoluto de Hegel. ¿Te refieres a nadie-sabe-qué, o te refieres a una mente sobrehumana y por tanto (también podemos admitirlo) a una persona?".

Cada vez más cerca

Cuando vuelve a leer a Chesterton, el ateísmo de Lewis tiene los días contados. "Después leí el Everlasting Man de Chesterton, y por primera vez vi toda la concepción cristiana de la historia expuesta de una forma que parecía tener sentido (...). No hacía mucho que había terminado el Everlasting Man cuando me ocurrió algo mucho peor. A principios de 1926, el
más convencido de todos los ateos que conocía se sentó en mi habitación al otro lado de la chimenea y comentó que las pruebas de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente buenas. "Es extraño -continuó-, esas majaderías de Frazer sobre el Dios que muere. Extraño. Casi parece como si realmente hubiera sucedido alguna vezí. Para comprender el fuerte impacto que me supuso tendrías que conocer a aquel hombre (que nunca ha demostrado ningún interés por el cristianismo). Si él, el cínico de los cínicos, el más duro de los duros, no estaba a salvo, ¿a dónde podría volverme yo? ¿Es que no había escapatoria?"

Conversión al cristianismo

Lewis se siente acorralado y nos describe su situación con una imagen muy británica: "La zorra había sido expulsada del bosque hegeliano y corría por campo abierto "con todo el dolor del mundo", sucia y cansada, con los sabuesos pisándole los talones. Y casi todo el mundo pertenecía a la jauría: Platón, Dante, MacDonald, Herbert, Barfield, Tolkien, Dyson, la Alegría.
Todo el mundo y todas las cosas se habían unido en mi contra".
Siente entonces que su Dios filosófico empieza a agitarse y a levantarse, se quita el sudario, se pone en pie y se convierte en una presencia viva. La filosofía deja de ser un juego lógico desde que ese Dios renuncia a la discusión y se limita a decir: "Yo soy el Señor".
"Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, noche tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba del trabajo, el acercamiento continuo, inexorable, de Aquél con quien, tan encarecidamente, no deseaba encontrarme. Al final, Aquél a quien temía profundamente cayó sobre mí. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé. Quizá fuera aquella noche el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra".
"Hasta entonces yo había supuesto que el centro de la realidad sería algo así como un lugar. En vez de eso, me encontré con que era una Persona".
Y el día que identifica a Jesucristo con esa Persona sabrá que ha dado su último paso, y lo recordará siempre:
"Me llevaban a Whipsnade una mañana soleada. Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios, y cuando llegamos al zoológico, sí. Pero no me había pasado todo el trayecto sumido en mis pensamientos, ni en una gran inquietud (...). Mi estado se parecía más al de un hombre que, después de dormir mucho, se queda en la cama inmóvil, dándose cuenta de que ya está despierto".

Parece necesario

El ateísmo de Lewis había sido fruto de su pesimismo sobre el mundo: "Algunos años antes de leer a Lucrecio ya sentía la fuerza de su argumento, que seguramente es el más fuerte de todos en favor del ateísmo: Si Dios hubiera creado el mundo, no sería un mundo tan débil e imperfecto como el que vemos"
Años después de su conversión, en 1940, Lewis escribe por encargo The problem of pain (El problema del dolor). Si Dios fuera bueno y todopoderoso,
¿no podría impedir el mal y hacer triunfar el bien y la felicidad entre los hombres? En esas páginas que se han hecho famosas, Lewis reconoce que "es muy difícil imaginar un mundo en el que Dios corrigiera los continuos abusos cometidos por el libre albedrío de sus criaturas. Un mundo donde el bate de béisbol se convirtiera en papel al emplearlo como arma, o donde el aire se negara a obedecer cuando intentáramos emitir ondas sonoras portadoras de mentiras e insultos".
"En un mundo así, sería imposible cometer malas acciones, pero eso supondría anular la libertad humana. Más aún, si lleváramos el principio hasta sus últimas consecuencias, resultarían imposibles los malos pensamientos, pues la masa cerebral utilizada para pensar se negaría a cumplir su función cuando intentáramos concebirlos. Y así, la materia
cercana a un hombre malvado estaría expuesta a sufrir alteraciones imprevisibles. Por eso, si tratáramos de excluir del mundo el sufrimiento que acarrea el orden natural y la existencia de voluntades libres, descubriríamos que para lograrlo sería preciso suprimir la vida misma".

Un "megáfono" de Dios

Lewis explica que "un hombre injusto al que la vida sonríe no siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien".
"El dolor como megáfono de Dios es, sin la menor duda, un instrumento terrible. Puede conducir a una definitiva y contumaz rebelión. Pero también puede ser la única oportunidad del malvado para corregirse. El dolor quita el velo de la apariencia e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde".
Lewis no dice que el dolor no sea doloroso. "Si conociera algún modo de escapar de él, me arrastraría por las cloacas para encontrarlo". Su propósito es poner de manifiesto lo razonable y verosímil de la vieja doctrina cristiana sobre la posibilidad de perfeccionarse por las tribulaciones. Las leyes de la naturaleza son posteriores

¿Dios o las leyes de la naturaleza?

A Lewis le cuenta un amigo el caso de una pobre mujer que cree que su hijo sobrevivió a la batalla de Arnhem porque ella rezó por él. Sería cruel explicarle que, en realidad, sobrevivió porque se hallaba un poco a la izquierda o un poco a la derecha de las balas, que seguían una trayectoria prescrita por las leyes de la naturaleza.
Lewis responde que íla bala, el gatillo, el campo de batalla y los soldados no son leyes de la naturaleza, sino cosas que obedecen a las leyes. Y lo ilustra con este ejemplo: podemos añadir cinco dólares a otros cinco, y tendremos diez dólares, pero la aritmética por sí misma no pondrá un solo dólar en nuestros bolsillos. Eso significa que las leyes explican todas las
cosas excepto el mismo origen de las cosas, y esa es una inmensa excepción. Lewis concluye su argumentación con una deslumbrante comparación literaria:
"En Hamlet se rompe una rama y Ofelia cae al río y se ahoga. ¿Ocurre el suceso porque se rompe la rama o porque Shakespeare quiere que Ofelia muera en esa escena? Puedes elegir la respuesta que más te guste, pero la alternativa no es real desde el momento en que Shakespeare es el autor de la obra entera".
 

 

Magisterio
Atención Pastoral de las Personas Homosexuales
Carta a los obispos de la Iglesia católica

El problema de la homosexualidad y del juicio ético sobre los actos
homosexuales se ha convertido cada vez más en objeto de debate público,
incluso en ambientes católicos. En esta discusión frecuentemente se proponen
argumentaciones y se expresan posiciones no conformes con la enseñanza de la
Iglesia católica Por ello hemos considerado oportuno publicar la presente
Carta que la Congregación para la Doctrina de la Fe emitiera el 1º de
octubre de 1986, dirigida a todos los obispos de la Iglesia Católica. 

El problema de la homosexualidad y del juicio ético sobre los actos
homosexuales se ha convertido cada vez más en objeto de debate público,
incluso en ambientes católicos. En esta discusión frecuentemente se proponen
argumentaciones y se expresan posiciones no conformes con la enseñanza de la
Iglesia católica Por ello hemos considerado oportuno publicar la presente
Carta que la Congregación para la Doctrina de la Fe emitiera el 1º de
octubre de 1986, dirigida a todos los obispos de la Iglesia Católica.

"La particular inclinación de la persona homosexual, aunque en si no sea
pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un
comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este
motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente
desordenada".

1. El problema de la homosexualidad y del juicio ético sobre los actos
homosexuales se ha convertido cada vez más en objeto de debate público,
incluso en ambientes católicos. En esta discusión frecuentemente se proponen
argumentaciones y se expresan posiciones no conformes con la enseñanza de la
Iglesia católica, que suscitan una justa preocupación en todos aquellos que
están comprometidos en el ministerio pastoral. Por consiguiente, esta
Congregación ha considerado el problema tan grave y difundido, que justifica
la presente carta, dirigida a todos los obispos de la Iglesia católica,
sobre la atención pastoral a las personas homosexuales.

2.En esta sede, naturalmente, no se puede afrontar un desarrollo exhaustivo
de tan complejo problema; la atención se concentrará más bien en el contexto
específico de la perspectiva moral católica. Esta encuentra apoyo también en
resultados seguros de las ciencias humanas, las cuales, a su vez, tienen un
objeto y un método propio, que gozan de legítima autonomía.
La posición de la moral católica está fundada sobre la razón humana
iluminada por la fe y guiada conscientemente por el intento de hacer la
voluntad de Dios, nuestro Padre. De este modo, la Iglesia está en condición
no solo de poder aprender de los descubrimientos científicos, sino también
de transcender su horizonte; ella está segura de que en su visión más
completa respeta la compleja realidad de la persona humana que, en sus
dimensiones espiritual y corpórea, ha sido creada por Dios y, por su gracia,
llamada a ser heredera de la vida eterna.
Sólo dentro de este contexto, por consiguiente, se puede comprender con
claridad en qué sentido el fenómeno de la homosexualidad, con sus múltiples
dimensiones y con sus efectos sobre la sociedad y sobre la vida eclesial, es
un problema que concierne propiamente a la preocupación pastoral de la
Iglesia. Por lo tanto se requiere de sus ministros un estudio atento, un
compromiso concreto y una reflexión honesta, teológicamente equilibrada.

3. En la "Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual", del 29 de
diciembre de 1975, la Congregación para la Doctrina de la Fe ya había
tratado explícitamente este problema. En aquella Declaración se subrayaba el
deber de tratar de comprender la condición homosexual y se observaba cómo la
culpabilidad de los actos homosexuales debía ser juzgada con prudencia. Al
mismo tiempo la Congregación tenía en cuenta la distinción comúnmente hecha
entre condición o tendencia homosexual y actos homosexuales. Estos últimos
eran descritos como actos que están privados de su finalidad esencial e
indispensable, como "intrínsecamente desordenados" y que en ningún caso
pueden recibir aprobación (cf. n. 8, par. 4) Sin embargo, en la discusión
que siguió a la publicación de la Declaración, se propusieron unas
interpretaciones excesivamente benévolas de la condición homosexual misma,
hasta el punto que alguno se atrevió incluso a definirla indiferente o, sin
más, buena. Es necesario precisar, por el contrario, que la particular
inclinación de la persona homosexual, aunque en si no sea pecado, constituye
sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento
intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la
inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada.
Quienes se encuentran en esta condición deben, por tanto, ser objeto de una
particular solicitud pastoral, para que no lleguen a creer que la
realización concreta de tal tendencia en las relaciones homosexuales es una
opción moralmente aceptable.

4. Una de las dimensiones esenciales de una auténtica atención pastoral es
la identificación de las causas que han creado confusión en la relación con
la enseñanza de la Iglesia. Entre ellas se señala una nueva exégesis de la
Sagrada Escritura, según la cual la Biblia, o no tendría nada que decir
sobre el problema de la homosexualidad, o incluso le daría en algún modo una
una tácita aprobación, o en fin, ofrecería unas prescripciones morales tan
condicionadas cultural e históricamente que ya no podrían ser aplicadas a la
vida contemporánea. Tales opiniones, gravemente erróneas y desorientadas,
requieren por consiguiente una especial vigilancia.

5. Es cierto que la literatura bíblica debe a las varias épocas en las que
fue escrita gran parte de sus modelos de pensamiento y de expresión (cf. Dei
Verbum, n. 12). En verdad, la Iglesia de hoy proclama el Evangelio a un
mundo que es muy diferente al antiguo. Por otra parte el mundo en el que fue
escrito el Nuevo Testamento estaba ya notablemente cambiado, por ejemplo,
respecto a la situación en la que se escribieron o se redactaron las
Sagradas Escrituras del pueblo hebreo.
"...la doctrina de la Iglesia sobre este punto no se basa solamente en
frases aisladas, de las que se puedan sacar discutibles argumentaciones
teológicas, sino más bien en el sólido fundamento de un constante testimonio
bíblico."
Sin embargo, se debe destacar que, aun en el contexto de esa notable
diversidad, existe una evidente coherencia dentro de las Escrituras mismas
sobre el comportamiento homosexual. Por consiguiente la doctrina de la
Iglesia sobre este punto no se basa solamente en frases aisladas, de las que
se puedan sacar discutibles argumentaciones teológicas, sino más bien en el
sólido fundamento de un constante testimonio bíblico. La actual comunidad de
fe, en ininterrumpida continuidad con las comunidades judías y cristianas
dentro de las cuales fueron redactadas las antiguas Escrituras, sigue siendo
alimentada por esas mismas Escrituras y por el Espíritu de verdad del cual
ellas son Palabra. Asimismo es esencial reconocer que los textos sagrados no
son comprendidos realmente cuando se interpretan de un modo que contradice
la Tradición viva de la Iglesia. La interpretación de la Escritura, para ser
correcta, debe estar en efectivo acuerdo con esta Tradición.
El Concilio Vaticano II se expresa al respecto de la siguiente manera: "Es
evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el
Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están
entrelazados y unidos de tal forma que no tienen consistencia el uno sin los
otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo,
contribuyen eficazmente a la salvación de las almas" (Dei Verbum, no. 10). A
la luz de estas afirmaciones se traza ahora brevemente la enseñanza bíblica
al respecto.
6. La teología de la creación, presente en el libro del Génesis, suministra
el punto de vista fundamental para la comprensión adecuada de los problemas
puestos por la homosexualidad. Dios, en su infinita sabiduría y en su amor
omnipotente, llama a la existencia a toda la creación como reflejo de su
bondad. Crea al hombre a su imagen y semejanza como varón y hembra. Los
seres humanos, por consiguiente, son creaturas de Dios, llamadas a reflejar,
en la complementariedad de los sexos, la unidad interna del Creador. Ellos
realizan esta tarea de manera singular, cuando cooperan con El en la
transmisión de la vida, mediante la recíproca donación esponsal.
El capítulo tercero del Génesis muestra cómo esta verdad sobre la persona
humana, en cuanto imagen de Dios, se oscureció por el pecado original. De
allí se sigue inevitablemente una pérdida de la conciencia del carácter de
alianza que tenía la unión de las personas humanas con Dios y entre sí.
Aunque el cuerpo humano conserve aún su "significado nupcial" éste ahora se
encuentra oscurecido "Así, el deterioro debido al pecado continúa
desarrollándose en la historia de los hombres de Sodoma (cf. Génesis 19,
1-11). No puede haber duda acerca del juicio moral expresado allí contra las
relaciones homosexuales. En el Levítico 18, 22 y 20, 13, cuando se indican
las condiciones necesarias para pertenecer al pueblo elegido, el autor
excluye del Pueblo de Dios a quienes tienen un comportamiento homosexual".

por el pecado. Así el deterioro debido al pecado continúa desarrollándose en
la historia de los hombres de Sodoma (cf. Génesis 19, 1-11). No puede haber
duda acerca del juicio moral expresado allí contra las relaciones
homosexuales. En el Levítico 18, 22 y 20, 13, cuando se indican las
condiciones necesarias para pertenecer al pueblo elegido, el autor excluye
del Pueblo de Dios a quienes tienen un comportamiento homosexual.
Teniendo como telón de fondo esta legislación teocrática, San Pablo
desarrolla una perspectiva escatológica, dentro de la cual propone de nuevo
la misma doctrina, catalogando también a quien obra como homosexual entre
aquellos que no entrarán en el reino de Dios (cf. 1 Cor 6, 9). En otro
pasaje de su epistolario, fundándose en las tradiciones morales de sus
antepasados, pero colocándose en el nuevo contexto de la confrontación entre
el cristianismo y la sociedad pagana de su tiempo, presenta el
comportamiento homosexual como un ejemplo de la ceguera en la que ha caído
la humanidad. Suplantando la armonía originaria entre el Creador y las
creaturas, la grave desviación de la idolatría ha conducido a toda suerte de
excesos en el campo moral. San Pablo encuentra el ejemplo más claro de esta
desavenencia precisamente en las relaciones homosexuales (cf. Rom 1, 18-32).
En fin, en continuidad perfecta con la enseñanza bíblica, en el catálogo de
aquellos que obran en forma contraria a la sana doctrina, se mencionan
explícitamente como pecadores los que efectúan actos homosexuales (cf. 1 Tim
1, 10).

7. La Iglesia, obediente al Señor que la ha fundado y la ha enriquecido con
el don de la vida sacramental, celebra en el sacramento del matrimonio el
designio divino de la unión del hombre y de la mujer, unión de amor y capaz
de dar vida. Sólo en la relación conyugal puede ser moralmente recto el uno
de la facultad sexual. Por consiguiente, una persona que se comporta de
manera homosexual obra inmoralmente.
Optar por una actividad sexual con una persona del mismo sexo equivale a
anular el rico simbolismo y el significado, para no hablar de los fines, del
designio del Creador en relación con la realidad sexual. La actividad
homosexual no expresa una unión complementaria, capaz de transmitir la vida,
y por lo tanto contradice la vocación a una existencia vivida en esa forma
de auto-donación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida
cristiana. Esto no significa que las personas homosexuales no sean a menudo
generosas y no se donen a sí mismas, pero cuando se empeñan en una actividad
homosexual refuerzan dentro de ellas una inclinación sexual desordenada, en
sí misma, caracterizada por la auto-complacencia.
Como sucede en cualquier otro desorden moral, la actividad homosexual impide
la propia realización y felicidad porque es contraria a la sabiduría
creadora de Dios. La Iglesia, cuando rechaza las doctrinas erróneas en
relación con la homosexualidad, no limita sino que más bien defiende la
libertad y la dignidad de la persona, entendidas de modo realístico y
auténtico.

8. La enseñanza de la Iglesia de hoy se encuentra, pues, en continuidad
orgánica con la visión de la Sagrada Escritura y con la constante tradición.
Aunque el mundo de hoy desde muchos puntos de vista verdaderamente ha
cambiado, la comunidad cristiana es consciente del lazo profundo y duradero
que la une a las generaciones que la han precedido "en el signo de la fe".
Sin embargo, en la actualidad un número cada vez mayor de personas, aun
dentro de la Iglesia, ejercen una fortísima presión para llevarla a aceptar
la condición homosexual, como si no fuera desordenada, y a legitimar los
actos homosexuales. Quienes dentro de la comunidad de fe incitan en esta
dirección tienen a menudo estrechos vínculos con los que obran fuera de
ella. Ahora bien, estos grupos externos se mueven por una visión opuesta a
la verdad sobre la persona humana, que nos ha sido plenamente revelada en el
misterio de Cristo. Aunque no en un modo plenamente consciente, manifiestan
una ideología materialista que niega la naturaleza trascendente de la
persona humana, como también la vocación sobrenatural de todo individuo.
Los ministros de la Iglesia deben procurar que las personas homosexuales
confiadas a su cuidado no se desvíen por estas opiniones, tan profundamente
opuestas a la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo el riesgo es grande y hay
muchos que tratan de crear confusión en relación con la posición de la
Iglesia y de aprovechar esta confusión para sus propios fines.

9. Dentro de la Iglesia se ha formado también una tendencia, constituida por
los grupos de presión con diversos nombres y diversa amplitud, que intenta
acreditarse como representante de todas las personas homosexuales que son
católicas. Pero el hecho es que sus seguidores, generalmente, son personas
que, o ignoran la enseñanza de la Iglesia, o buscan subvertirla de alguna
manera. Se trata de mantener bajo el amparo del catolicismo a personas
homosexuales que no tienen intención alguna de abandonar su comportamiento
homosexual. Una de las tácticas utilizadas es la de afirmar, en tono de
protesta, que cualquier crítica o reserva en relación con las personas
homosexuales, con su actividad y con su estilo de vida, constituye
simplemente una forma de injusta discriminación.
En algunas naciones se realiza, por consiguiente, un verdadero y propio
tentativo de manipular a la Iglesia conquistando el apoyo de sus Pastores,
frecuentemente de buena fe, en el esfuerzo de cambiar las normas de la
legislación civil. El fin de tal acción consiste en conformar esta
legislación con la concepción propia de estos grupos de presión, para
quienes la homosexualidad es, si no totalmente buena, al menos una realidad
perfectamente inocua. Aunque la práctica de la homosexualidad amenace
seriamente la vida y el bienestar de un gran número de personas, los
partidarios de esta tendencia no desisten de sus acciones y se niegan a
tomar en consideración las proporciones del riesgo allí implicado.
La Iglesia no puede dejar de preocuparse de todo esto y por consiguiente
mantiene firme su clara posición al respecto, que no puede ser modificada
por la presión de la legislación civil o de la moda del momento. Ella se
preocupa sinceramente también de muchísimas personas que no se sienten
representadas por los movimientos pro-homosexuales y de aquellos que podrían
estar tentados a creer en su engañosa propaganda. La Iglesia es consciente
de que la opinión, según la cual la actividad homosexual sería equivalente,
o por lo menos igualmente aceptable, a la expresión sexual del amor
conyugal, tiene una incidencia directa sobre la concepción que la sociedad
acerca de la naturaleza y de los derechos de la familia, poniéndolos
seriamente en peligro.

10. Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y
sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales
comportamientos merecen la condena de los Pastores de la Iglesia,
dondequiera que se verifiquen. Revelan una falta de respeto por los demás,
que lesiona unos principios elementales sobre los que se basa una sana
convivencia civil. La dignidad propia de toda persona siempre debe ser
respetada en las palabras, en las acciones y en las legislaciones.
Sin embargo, la justa reacción a las injusticias cometidas contra las
personas homosexuales de ningún modo puede llevar a la afirmación de que la
condición homosexual no sea desordenada. Cuando tal afirmación se acoge y,
por consiguiente, la actividad homosexual se acepta como buena, o también
cuando se introduce una legislación civil para proteger un comportamiento al
cual nadie puede reivindicar derecho alguno, ni la Iglesia, ni la sociedad
en su conjunto debería luego sorprenderse de que también ganen terreno otras
opiniones y prácticas desviadas y aumenten los comportamientos irracionales
y violentos.

11. Algunos sostienen que la tendencia homosexual, en ciertos casos, no es
el resultado de una elección deliberada y que la persona homosexual no tiene
alternativa, sino que está forzada a comportarse de una manera homosexual.
Como consecuencia se afirma que ella, no siendo verdaderamente libre,
obraría sin culpa en estos casos.
Al respecto es necesario volver a referirse a la sabia tradición moral de la
Iglesia, la cual pone en guardia contra generalizaciones en el juicio de los
casos particulares. De hecho en un caso determinado pueden haber existido en
el pasado o pueden todavía subsistir circunstancias tales que reducen y
hasta quitan la culpabilidad del individuo; otras circunstancias, por el
contrario, pueden aumentarla. De todos modos se debe evitar la presunción
infundada y humillante de que el comportamiento homosexual de las personas
homosexuales esté siempre y totalmente sujeto a coacción, y. por
consiguiente, sin culpa. En realidad también en las personas con tendencia
homosexual se debe reconocer aquella libertad fundamental que caracteriza a
la persona humana y le confiere su particular dignidad. Como en toda
conversión del mal, gracias a esta libertad, el esfuerzo humano, iluminado y
sostenido por la gracia de Dios, podrá permitirles evitar la actividad
homosexual.
12. ¿Qué debe hacer entonces una persona homosexual que busca seguir al
Señor? Sustancialmente, estas personas están llamadas a realizar la voluntad
de Dios en su vida, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor todo
sufrimiento y dificultad que puedan experimentar a causa de su condición.
Para el creyente la cruz es un sacrificio fructuoso, puesto que de esa
muerte provienen la vida y la redención. Aun si toda invitación a llevar la
cruz o a entender de este modo el sufrimiento del cristiano será
presumiblemente objeto de mofa por parte de algunos, se deberá recordar que
ésta es la vía de la salvación para todos aquellos que son seguidores de
Cristo.
Esto no es otra cosa, en realidad, que la enseñanza del apóstol Pablo a los
Gálatas, cuando dice que el Espíritu produce en la vida del creyente: "amor,
gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio
de sí", y aún más: "No podéis pertenecer a Cristo sin crucificar la carne
con sus pasiones y sus deseos" (Gál 5, 22, 24).
Esta invitación, sin embargo, se interpreta mal cuando se la considera
solamente como un inútil esfuerzo de auto-renuncia. La cruz constituye
ciertamente una renuncia de sí, pero en el abandono a la voluntad de aquel
Dios que de la muerte hace brotar la vida y capacita a aquellos que ponen su
confianza en El para que puedan practicar la virtud en cambio del vicio.
El Misterio Pascual se celebra verdaderamente sólo si se deja que empape el
tejido de la vida cotidiana. Rechazar el sacrificio de la propia voluntad en
la obediencia a la voluntad del Señor constituye de hecho poner un obstáculo
a la salvación. Así como la Cruz es el centro de la manifestación del amor
redentor de Dios por nosotros en Jesús, así la conformidad de la
auto-renuncia de los hombres y de las mujeres homosexuales con el sacrificio
del Señor constituirá para ellos una fuente de auto-donación que los salvará
de una forma de vida que amenaza continuamente con destruirlos.
Las personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamadas a vivir
la castidad. Si se dedican con asiduidad a comprender la naturaleza de la
llamada personal de Dios respecto a ellas, estarán en condición de celebrar
más fielmente el sacramento de la Penitencia y de recibir la gracia del
Señor, que se ofrece generosamente en este sacramento para poderse convertir
más plenamente caminando en el seguimiento de Cristo.

13. Es evidente, además, que una clara y eficaz transmisión de la doctrina
de la Iglesia a todos los fieles y a la sociedad en su conjunto depende en
gran parte de la correcta enseñanza y de la fidelidad de quien ejercita el
ministerio pastoral. Los obispos tienen la responsabilidad particularmente
grave de preocuparse de que sus colaboradores en el ministerio, y sobre todo
los sacerdotes, estén rectamente informados y personalmente bien dispuestos
para comunicar a todos la doctrina de la Iglesia en su integridad.
Es admirable la particular solicitud y la buena voluntad que demuestran
muchos sacerdotes y religiosos en la atención pastoral a las personas
homosexuales, y esta Congregación espera que no disminuirá. Estos celosos
ministros deben tener la certeza de que están cumpliendo fielmente la
voluntad del Señor cuando estimulan a la persona homosexual a conducir una
vida casta y le recuerdan la dignidad incomparable que Dios le ha dado
también a ella.

14. Al hacer las anteriores consideraciones, esta Congregación quiere pedir
a los obispos que estén particularmente vigilantes en relación con aquellos
programas que de hecho intentan ejercer una presión sobre la Iglesia para
que cambie su doctrina, aunque a veces se niegue de palabra que sea así. Un
estudio atento de las declaraciones públicas y de las actividades que
promueven esos programas revela una calculada ambigüedad, a través de la
cual buscan confundir a los Pastores y a los fieles. Presentan a veces, por
ejemplo, la enseñanza del magisterio, pero sólo como una fuente facultativa
en orden a la formación de la conciencia, sin reconocer su peculiar
autoridad. Algunos grupos suelen incluso calificar como "católicas" a sus
organizaciones o a las personas a quienes intentan dirigirse, pero en
realidad no defienden ni promueven la enseñanza del magisterio, por el
contrario, a veces lo atacan abiertamente. Aunque sus miembros reivindiquen
que quieren conformar su vida con la enseñanza de Jesús, de hecho abandonan
la enseñanza de su Iglesia. Este comportamiento contradictorio de ninguna
manera puede tener el apoyo de los obispos.

15. Esta Congregación, por consiguiente, anima a los obispos para que
promuevan en sus diócesis una pastora que, en relación con las personas
homosexuales, esté plenamente de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia.
Ningún programa pastoral auténtico podrá incluir organizaciones en las que
se asocien entre sí personas homosexuales, sin que se establezca claramente
que la actividad homosexual es inmoral. Una actitud verdaderamente pastoral
comprenderá la necesidad de evitar las ocasiones próximas de pecado a las
personas homosexuales.
Deben ser estimulados aquellos programas en los que se eviten estos
peligros. Pero se debe dejar bien claro que todo alejamiento de la enseñanza
de la Iglesia, o el silencio acerca de ella, so pretexto de ofrecer un
cuidado pastoral, no constituye una forma de auténtica atención ni de
pastoral válida. Sólo lo que es verdadero puede finalmente ser también
pastoral. Cuando no se tiene presente la posición de la Iglesia se impide
que los hombres y las mujeres homosexuales reciban aquella atención que
necesitan y a la que tienen derecho.
Un auténtico programa pastoral ayudará a las personas homosexuales en todos
los niveles de su vida espiritual, mediante los sacramentos y en particular
a través de la frecuente y sincera confesión sacramental, mediante la
oración, el testimonio, el consejo y la atención individual. De este modo la
entera comunidad cristiana puede llegar a reconocer su vocación a asistir a
estos hermanos y hermanas, evitándoles ya sea la desilusión, ya sea el
aislamiento.

16. De esta aproximación diversificada se pueden derivar muchas ventajas,
entre las cuales es ciertamente importante la constatación de que una
persona homosexual, como por lo demás todo ser humano, tiene una profunda
exigencia de ser ayudada contemporáneamente a distintos niveles.
La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser
definida de manera adecuada con una referencia reducida sólo a su
orientación sexual. Cualquier persona que viva sobre la faz de la tierra
tiene problemas y dificultades personales, pero también tiene oportunidades
de crecimiento, recursos, talentos y dones propios. La Iglesia ofrece para
la atención a la persona humana ese contexto del que hoy se siente una
extrema exigencia, precisamente cuando rechaza el que se considere la
persona simplemente como un "heterosexual" o un "homosexual" y cuando
subraya que todos tienen la misma identidad fundamental: el ser creatura y,
por gracia, hijo de Dios, heredero de la vida eterna.

17. Ofreciendo estas clarificaciones y orientaciones pastorales a la
atención de los obispos, esta Congregación desea contribuir a sus esfuerzos
en relación a asegurar que la enseñanza del Señor y de su Iglesia sobre este
importante tema sea transmitida de manera íntegra a todos los fieles.
A la luz de cuanto se ha expuesto ahora, se invita a los ordinarios del
lugar a valorar en el ámbito de su competencia, la necesidad de particulares
intervenciones. Además, si se retiene útil, se podrá recurrir a una ulterior
acción coordinada a nivel de las Conferencias Episcopales nacionales.
En particular, los obispos deben procurar sostener con los meDios a su
disposición el desarrollo de formas especializadas de atención pastoral para
las personas homosexuales. Esto podría incluir la colaboración de las
ciencias sicológicas y médicas, manteniéndose siempre en plena fidelidad con
la doctrina de la Iglesia.
Los obispos, sobre todo, no dejarán de solicitar la colaboración de todos
los teólogos católicos para que éstos, enseñando lo que la Iglesia enseña y
profundizando con sus reflexiones el significado auténtico de la sexualidad
humana y del matrimonio cristiano en el plan divino, como también de las
virtudes que éste comporta, puedan ofrecer una válida ayuda en este campo
específico de la actividad pastoral.
Particular atención deberán tener, pues, los obispos en la selección de los
ministros encargados de esta delicada tarea, de tal modo que éstos, por su
fidelidad al magisterio y por su elevado grado de madurez espiritual y
sicológica, puedan prestar una ayuda efectiva a las personas homosexuales en
la consecución de su bien integral. Estos ministros deberán rechazar las
opiniones teológicas que son contrarias a la enseñanza de la Iglesia y que,
por lo tanto, no pueden servir de normas en el campo pastoral.
Será conveniente además promover programas apropiados de catequesis,
fundados sobre la verdad concerniente a la sexualidad humana, en su relación
con la vida de la familia, tal como es enseñada por la Iglesia. Tales
programas, en efecto, suministran un óptimo contexto, dentro del cual se
puede tratar también la cuestión de la homosexualidad.
Esta catequesis podrá ayudar asimismo a las familias, en las que se
encuentran personas homosexuales, a afrontar un problema que les toca tan
profundamente.
Se deberá retirar todo apoyo a cualquier organización que busque subvertir
la enseñanza de la Iglesia, que sea ambigua respecto a ella o que la
descuide completamente. Un apoyo en este sentido, o aun su apariencia, puede
dar origen a graves malentendidos. Una especial atención se deberá tener en
la práctica de la programación de celebraciones religiosas o en el uso de
edificios pertenecientes a la Iglesia por parte de estos grupos, incluida la
posibilidad de disponer de las escuelas y de los institutos católicos de
estudios superiores. El permiso para hacer uso de una propiedad de la
Iglesia les puede parecer a algunos solamente un gesto de justicia y
caridad, pero en realidad constituye una contradicción con las finalidades
mismas para las cuales estas instituciones fueron fundadas y, puede ser
fuente de malentendidos y de escándalo.
Al evaluar eventuales proyectos legislativos, se deberá poner en primer
plano el empeño de defender y promover la vida de la familia.

18. El Señor Jesús ha dicho: "Vosotros conoceréis la verdad y la verdad os
hará libres" (Jn 8, 32). La Escritura nos manda realizar la verdad en la
caridad (cf. Ef 4, 15). Dios que es a la vez Verdad y Amor llama a la
Iglesia a ponerse al servicio de todo hombre, mujer y niño con la solicitud
pastoral del Señor misericordioso. Con este espíritu la Congregación para la
Doctrina de la Fe, 1 de Octubre de 1986.
Cardenal Joseph RATZINGER, Prefecto Alberto BOVONE, arzobispo titular de Cesaria di Numidia, Secretario.

 

 

 

 

 

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