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Testigo
Corazón franciscano
Por
Fray Contardo Miglioranza
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La abnegación y el tesón de la Madre Mercedes Guerra dejaron una
herencia de fundaciones y ejemplo de compromiso cristiano. |
Sor Mercedes del Niño Jesús Guerra nació en Salavina, Santiago
del Estero, en septiembre de 1817, hija de Antonio Guerra,
español, y de Inés Contreras, santiagueña.
Salavina fue puerta de entrada y camino de salida en el trayecto
entre Córdoba y Santiago del Estero; era también tierra de trigo
y de miel, tierra de postas, por las cuales transitó también el
general Manuel Belgrano. En esa época, lamentablemente uno
llegaba al poder de gobernar a través de las balas, y los
caciques adversarios debían emigrar para salvar la vida. Así le
sucedió también a la familia de Antonio Guerra.
Siendo muy niña perdió a su madre, y su padre la condujo a
Córdoba, donde procuró darle la educación que convenía a su
situación social y a su familia. Todo el ambiente familiar era
muy acogedor y caritativo, como nos lo relata el testimonio del
padre Lagos: "Mercedes, afortunada heredera de sentimientos
cristianos, desde la infancia supo dirigir sus pasos por el
mismo derrotero de humildad y mansedumbre que le trazó la
linajuda familia de la que descendía. Por sus bondades, fue
ángel de amor en las intimidades de su hogar y, por su gran
dedicación al prójimo y su desprendimiento a favor de los que
sufren penurias, la pequeña Guerra atraía la atención de los
necesitados".
Despertar de
la vocación
Como todas las demás jóvenes, aprendió rápido los trabajos de la
casa, las labores femeninas y las artes de la costura. En
particular, los testimonios hablan que Mercedes, junto con su
hermana mayor, Juana María, cosía y bordaba ropa para el
Ejército de la Patria, a instancias de su cuñado Rafael Risco,
antiguo amigo del general Manuel Belgrano.
Allí pasó los años de la adolescencia y de la juventud, en la
cual despuntó desde temprano un fervoroso anhelo de ser
religiosa franciscana.
Se hizo portavoz de la joven ante la abadesa de las Hermanas
Capuchinas el mismo padre guardián del convento franciscano de
Buenos Aires, Nicolás Aldazor. Pero su clara vocación fue
rigurosamente probada. He aquí cómo Aldazor manifiesta la
indiferencia de la superiora: "Sólo una vez pude hablar con la
abadesa exigiéndole su contestación. Ésta me mostró
indiferencia. Yo no omitiré ocasión oportuna de tocarle con el
mayor interés sobre el mismo asunto, a pesar del poco caso que
hará de mi intercesión".
Sólo después de mucho tiempo pudo concretarla, al ser admitida,
el 3 de marzo de 1858, en el convento de Monjas Capuchinas de
Buenos Aires. Tenía entonces cuarenta y un años. ¡Ya habían
pasado diez años de solicitudes y de esperanzas! No faltan
opiniones que achacan que esa larga dilación se debía a
cuestiones políticas, dado que Mercedes pertenecía a una familia
reconocidamente unitaria.
Salud
quebrantada
Muy pronto tuvo que abandonar el convento, con íntimo dolor en
su alma, ya que su salud débil y quebradiza no se avenía con las
austeridades de la Regla. Para empeorar las cosas, le salió un
carbunclo en la frente "y entonces las monjas le dijeron que no
podía continuar en el convento".
Ese carbunclo era un tumor virulento, gangrenoso, de olor
negruzco, poco doloroso, pero que producía picazón intensa.
Tenemos un testimonio de esos momentos tan tristes: "La novicia,
cuando supo que tenía que salir, lloró amargamente y la
comunidad lo sintió mucho, porque era muy buena".
Con la salida del claustro, ¿terminó su gran aspiración a la
vida religiosa, o quedó sólo desplazada para otro momento más
importante para ella y para la misma Iglesia? Lo que le tocó a
Mercedes les había sucedido a otras mujeres que deseaban hacerse
religiosas capuchinas, pero después de denodados esfuerzos para
poder entrar en el monasterio, las enfermedades las devolvieron
a la calle, porque bien otros eran los designios de Dios, que
las quería fundadoras de nuevos institutos. Entre ellas,
destacamos a la beata María del Tránsito Cabanillas, Camila
Rolón, Antonia Cerini y otras.
Al salir, Mercedes se encontró sola, desconocida y sin recursos,
pero tenía a algunas amigas que la acogieron, mientras ella
buscaba una vivienda en alquiler.
Terciaria
Pese al alejamiento del monasterio, Mercedes no abandonó la
espiritualidad franciscana, sino que sacó provecho de su
desamparo y humildad para adherir mucho más. Se acercó al
convento de San Francisco y pidió a la Ministra de la Tercera
Orden el ingreso. Desde ese día, la iglesia de San Francisco fue
su casa de oración y de meditación; y los Hermanos Franciscanos
fueron sus confesores y directores espirituales.
Dice la crónica: "Al salir del monasterio alquiló una casa en la
calle Chile, casi esquina Defensa. Allí recibía pensionistas, se
ocupaba de cuidar enfermos y fue maestra a domicilio de alumnos
incorregibles".
Como se puede apreciar, cada una de estas actividades era muy
importante socialmente hablando y, a la vez, era un medio para
procurarse el pan con el sudor de la frente y compartirlo con
los más necesitados.
Dispuesta a ser franciscana no sólo en el corazón sino también
en las obras, se dedicó al cuidado de los enfermos con profunda
abnegación. Hacía largos años que la benemérita dama estaba
consagrada a los que sufren, cuando se declaró en Buenos Aires
la epidemia de la fiebre amarilla, que tantas vidas costó.
Amplio campo de acción se le ofreció entonces a Mercedes. "En
aquel tiempo, no había en esta capital comunidades religiosas
dedicadas al cuidado de los enfermos, ni siquiera enfermeras
laicas a quienes se pudiera recurrir en caso de necesidad".
Olvidándose de sí misma, del peligro de contagio que corría, de
su propia debilidad física, multiplicó sus esfuerzos para
asistir material y espiritualmente a los apestados con tanta
generosidad, que después mereció el aplauso de la sociedad
porteña y un premio que le otorgaron la Municipalidad y la
Sociedad de Beneficencia de Buenos aires: "Durante la epidemia
se presentaba como ángel de la caridad en las casas en que sabía
que tenían enfermos y no los abandonaba ni de día ni de noche,
muchas veces, hasta que entregaban sus restos a la tierra,
después de haberlos preparado para una muerte cristiana, si su
abnegación no conseguía conservarles con vida".
Ceguera total
Mientras nuestra solícita enfermera atendía a un enfermo, le
sucedió algo tremendo. De improviso el sol se apagó, todo se
volvió oscuridad, y un fuerte dolor se manifestó en sus ojos.
Así lo cuenta la crónica: "La misión de Mercedes de cuidar
enfermos se ejercitaba principalmente entre el extenso círculo
de sus amistades; y no podía ser de otro modo, dadas su calidad
y su delicadeza de condición. Un día en que se encontraba en
casa de la familia de Ambrosio Lezica, sintió repentinamente
agudos dolores en los ojos, quedando inmediatamente ciega. A
pesar de la prontitud con que se la atendió, el mal continuó sin
que la ciencia pudiera hacer nada a su favor".
Fue llamado el doctor Cleto Aguirre, especialista que había
realizado sus estudios en París; la examinó y aconsejó como
único remedio una operación, con el sólo objeto de aliviar los
agudos dolores; pero aseguró que la vista no la recuperaría
jamás.
Inicialmente la enferma se resistió, porque "entregada como
estaba en las manos del Señor, quería sufrir". Pero prevaleció
la insistencia de los médicos. Mercedes se sometió a la
operación que consistía en seccionar el nervio óptico para
apaciguar la intensidad de los dolores, o bien inyectar alcohol
detrás del globo ocular, cosa que equivalía a la sección
quirúrgica.
En ambos casos, no había ninguna esperanza de recuperación
visual.
¿Qué era esa extraña dolencia? Se llamaba "glaucoma", para la
cual en esa época no se conocía ningún tratamiento curativo.
¿Cómo reaccionó la pobre Mercedes? Se resignó con su situación,
pero "pidió a Dios que, al menos, le concediera la gracia de no
ser gravosa a nadie y poder hacer siquiera lo preciso para su
persona", y lo consiguió ayudándole, no poco, la energía de su
carácter.
Dieciocho meses permaneció en este estado, sobrellevando con
paciencia y resignación ejemplares, la oscuridad y el silencio
que la rodeaban, y fomentando en profundidad su vida interior de
fe y de amor al Señor. Para sus pocas necesidades, le bastaba el
tato, que fue su brújula y su radar.
El milagro de
la luz
Un hijo de Ambrosio Lezica, de nombre Domingo Eduardo, había ido
a Francia para completar sus estudios. Antes de regresar fue a
Lourdes y, como recuerdo de su peregrinación, se trajo un frasco
de agua de la Gruta. Al llegar a Buenos Aires visitó a Mercedes
llevándole en obsequio el frasco de agua, hablándole de las
maravillosas curaciones que proporcionaba y aconsejándole que la
usase con fe. Estas palabras encendieron aún más la devoción de
Mercedes, la cual principió enseguida una novena, prometiendo a
la Virgen que, si recuperaba la vista, se dedicaría por completo
al cuidado de los enfermos, y que trataría de formar una
sociedad con este fin.
Acota Fray Chapó: "Después de unas cuantas curaciones con el
agua de Lourdes, empezó a ver un poquito y se lo comunicó al
doctor Aguirre en el Hospital de Clínicas; pero éste no le
creyó. Días después, volvió al Hospital y le dijo al doctor:
ŒAhora lo veo mejor¹Š Volvió a ir al Hospital de Clínicas y el
doctor Aguirre anunció en clase: ŒUstedes saben que hicimos la
operación a esta señora para evitarle dolores atroces, no para
darle la vista. Pero ahora ella ve. Yo no me explico el hecho.
La ciencia hizo lo que pudo para evitarle el dolor. Ahora ella
ve y ve muy bien. Ha recobrado la vista¹. Se despidió del doctor
Aguirre y le agradeció la operación. Y él le
contestó: ŒUsted ve sin ver. Ahora ha de decir que es un
milagro, yo no s鹊".
La fundadora
A partir de ese momento, todos los pensamientos y todas las
actividades de Mercedes se encaminaron a cumplir su promesa:
fundar una congregación que se dedicara especialmente al cuidado
de los enfermos a domicilio, sin distinción de credos ni de
clases sociales.
Para toda fundación se requieren las siguientes condiciones: la
inspiración de lo alto; un grupo de socias para formar una
pequeña comunidad; la pobreza o sea la confianza en la Divina
Providencia para obtener los medios necesarios para vivir-; una
casa donde alojarse; un reglamento que nos señale los fines, el
horario, las actividadesŠ; y la autorización del obispo
diocesano.
Después de haber hablado con sus amigas, Mercedes las halló muy
dispuestas a compartir sus ideales de consagración a Dios y de
servicio a los enfermos; pero no tenían los recursos para
procurarse una vivienda y sustentarse. Afortunadamente la
casualidad -¿o el dedo de Dios?- les dio una mano.
Un día Mercedes regresaba e la misa y en la vereda encontró un
quinto de un billete de lotería; lo recogió e hizo averiguar su
suerte. Se halló con un premio de cinco mil pesos. Sintiendo
aletear la esperanza en su alma, se hizo comprar un billete
entero, cuyo número resultó premiado con diez mil pesos, ¡casi
una fortuna!
Para avanzar por el buen sendero, comunicó sus proyectos al
padre Abraham Argañarás, que era su director espiritual y a la
vez director de la Tercera Orden Secular de San Francisco, quien
les sugirió el nombre de la Fundación:
Conservatorio Caridad de San Francisco.
Faltaban todavía la autorización y la bendición del arzobispo,
Federico Aneiros, el cual se mostró bastante duro con Mercedes,
por ser anciana, y con la joven asociada Paula Tello, por ser
demasiado joven y por su
delgadez: "Usted, señora, es una persona sin atractivos de
ninguna clase:
pobre, vieja y enferma, más necesitada que la cuiden que para
cuidar enfermos. Y esta niña tisiquita está perdiendo su tiempo
en vez de irse a las dominicas, en las que ya está recibida. Así
que pueden retirarse nomás, sin esperanza de que se les pueda
conceder ningún permiso, porque no hallo un personal que me
satisfaga". Les ordenó que no volvieran más a molestarlo.
Ambas pidieron la bendición y salieron llorando amargamente,
mientras Mercedes le decía a Paulita que no se desanimara.
Insistencia
A los quince días volvieron al arzobispado y fueron rechazadas.
Comenzaron una novena al padre san Francisco y rogaron al padre
Argañarás que intercediera delante del arzobispo; pero también
éste salió desconsolado.
Una y otra vez las fundadoras se presentaron al arzobispo y se
encontraron con las hermanas del arzobispo, quienes las
introdujeron; pero el arzobispo se mantuvo en la negativa. Para
mostrar que no les faltaría el apoyo popular, las dos se
pusieron a juntar firmas de amigos que las apoyarían. Para ver
si eran auténticas las firmas y sinceros los compromisos de las
personas, el arzobispo las convocó al palacio.
Finalmente, después de tantas negativas y de tantas peticiones
de las interesadas y de sus amigos, el corazón del prelado no
pudo más (y, como confesó más tarde, quería probarlas para ver
hasta dónde llegaban su constancia y su virtud), las convocó,
las recibió con la mayor dulzura y les dio su autorización y
bendición. El 13 de abril de 1880, el mismo arzobispo y las
autoridades de la Orden presidieron la fundación del nuevo
instituto, en que vistieron el hábito ocho señoritas, deseosas
de consagrarse al servicio del Señor y de los hermanos.
Bautismo de
fuego
Algún tiempo después se llamó Instituto de las Hermanas
Terciarias de la Caridad, fruto del más acendrado amor a Dios y
al prójimo.
Muy pronto el nuevo plantel tuvo oportunidad de demostrar su
celo. A fines de ese mismo año estalló en la ciudad una
revolución política y las nuevas religiosas fueron llamadas a
prestar sus servicios en hospitales de sangre, establecidos para
la atención de heridos. También se desataron pocos años después,
cuando una nueva epidemia de cólera diezmó la población.
En 1884, al recrudecer nuevamente esta peste, se fundaron
lazaretos en Lobos y en Chascomús (Buenos Aires). La
Municipalidad de esta localidad pidió hermanas para asistir a
los enfermos del lazareto y monseñor Aneiros lo autorizó.
En 1888, sintiéndose enferma, renunció a su cargo de superiora y
solicitó trasladarse a Chascomús, al solar donado por la señora
Elortondo junto a las márgenes de la laguna.
Reparadas en parte sus fuerzas, se dedicó con la ayuda de ese
pueblo a la fundación del asilo San José, destinado a niñas
huérfanas y pobres.
En el año 1900, cuando el papa León XIII celebró el
acontecimiento del nuevo siglo invitando a la cristiandad al
gran jubileo ella, llena de alegría, participó de la
peregrinación argentina. Tenía entonces 83 años. Al verla a sus
pies, el Papa, con los ojos de águila e intuición divina,
exclamo: "¡He aquí el tipo de mujer fuerte!", y le obsequió una
hermosa medalla. Ganó el jubileo y recibió la bendición
apostólica.
Extenuadas ya sus fuerzas, murió en Buenos Aires el 31 de julio
de 1901, dejando a sus hijas y al pueblo argentino la antorcha
perenne de sus virtudes de abnegación y sublime caridad.
--El presente artículo del Padre Miglioranza fue publicado en el
libro "Santos Argentinos", de Editorial San Pablo. |

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Talla del artista Leo Moroder,
representando la madre Mercedes Guerra. |
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Al centro, la
madre Mercedes guerra junto a los húerfanos del asilo San
José, de Chascomús, hacia 1898. |
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Entrevista
El legado filosófico de Karol Wojtyla
y Juan Pablo II
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Dos entrevistas difundidas por la agencia católica de noticias Zenit
reflejan el pensamiento filosófico de Karol Wojtyla. |
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El filósofo mexicano
Rodrigo Guerra López es considerado como uno de los mayores expertos
en el pensamiento de Karol Wojtyla. Doctor en Filosofía en el
Principado de Liechtenstein, coordinador de Bioética de la
Universidad Panamericana de México y director del Observatorio
Social del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), es autor de
los trabajos sobre la filosofía de Juan Pablo II: "Volver a la
persona" (Madrid, 2002) y "Afirmar a la persona por sí misma"
(México, 2003).
En esta entrevista concedida a Zenit-El Observador, Guerra López
recoge el legado intelectual wojtyliano
- ¿Existe continuidad o discontinuidad entre la filosofía de
Karol Wojtyla y el Magisterio de Juan Pablo II?
-Karol Wojtyla, antes de ser elegido pontífice de la Iglesia, era
arzobispo de Cracovia y al mismo tiempo catedrático de Filosofía en
la Universidad Católica de Lublín. Este doble papel para él
resultaba ser en realidad uno sólo. Un mismo amor a la Verdad lo
condujo a vivir con fidelidad su ministerio sacerdotal y episcopal y
también lo llevó a desarrollar con máximo rigor especulativo una
filosofía original que en cuanto al método puede ser calificada de
"fenomenología realista" y en cuanto a la propuesta final es una
modalidad de "personalismo".
Su peculiar pensamiento no tendrá una continuación unívoca y directa
en el Magisterio Pontificio. La enseñanza oficial del Papa no es una
filosofía o una teología más, sino un servicio de custodia y
profundización del Depósito de la Fe. Sin embargo, no podemos negar
que la formación providencial que él tuvo en el terreno del
pensamiento sirvió para que el propio Magisterio incorporara algunas
de sus intuiciones personalistas más queridas. Así como en las obras
teológicas de Tomás de Aquino existe una filosofía implícita, me
parece entonces que en el Magisterio de Juan Pablo II también
existen intuiciones filosóficas importantes imposibles de ocultar.
-¿Qué intuiciones originales de la filosofía de Karol Wojtyla
han quedado recogidas en su Magisterio como Papa?
-Uno de los aportes más originales de Karol Wojtyla en el terreno de
la moral consiste en la relectura que realiza de la ética kantiana
en diversos artículos y en el libro "Amor y Responsabilidad". En
estos textos podemos apreciar cómo Wojtyla sostiene que existe un
imperativo categórico concreto y primario para la conciencia de todo
ser humano: ¡Hay que afirmar a la persona por sí misma! ¡Nunca hay
que tratarla como mero medio! Esta idea ha quedado explícitamente
plasmada en la Encíclica "Veritatis Splendor".
Otro aporte filosófico es el modo cómo Wojtyla expresa que la acción
brinda un momento especial de conocimiento de la verdad en su libro
intitulado "Persona y Acto". Esta idea, que en parte recoge una
inquietud muy típica del pensamiento marxista, le permite al Papa en
la Encíclica "Laborem excercens" valorar toda acción humana y en
especial todo trabajo humano como un momento de revelación de la
persona como persona.
El trabajo humano, de esta manera, es el modo natural a través del
cual la persona está llamada a construirse a sí misma y a construir
el mundo a la altura de su dignidad. Así mismo, él desde muy joven
concibe a la persona como sujeto comunional lo que ha impactado en
el modo cómo en el Magisterio se explica la "unidualidad relacional"
entre varón y mujer, fundamento de la imagen y semejanza que el
hombre guarda con Dios, etcétera.
-Juan Pablo II ha dejado una inmensa cantidad de enseñanzas en
el terreno social y bioético. Sin embargo, estas enseñanzas, ¿son
sólo teoría?
Pareciera que el Papa es poco escuchado en estos temas...
-Juan Pablo II construyó una nueva síntesis de la Doctrina social de
la Iglesia (DSI) en la que se profundiza su fundamento en el
acontecimiento cristiano y las vías concretas para su realización
efectiva.
Metodológicamente la DSI no nace en los despachos del Vaticano sino
en la acción concreta de los cristianos en movimiento que
gradualmente conforman a través de sus experiencias una sabiduría
práctica que luego es formalmente discernida y reconocida por los
obispos y eventualmente por el Papa. Por ello, la enseñanza de la
Iglesia en materia social y hasta bioética nunca es sólo teoría.
Mi querido maestro Rocco Buttiglione solía decir que la DSI es la
"conciencia teórica de un movimiento práctico". Si en algunos
momentos el pensamiento del Papa no se verifica en la práctica, se
debe a un fenómeno complejo pero importante: los fieles laicos
necesitamos reaprender a vivir de acuerdo a nuestra secularidad
constitutiva nuestros compromisos públicos, para así poder ofrecer
una nueva expresividad histórica al cristianismo en el contexto de
la sociedad actual.
Dos filósofos, un
pensamiento
En la madrugada del pasado 22 de marzo fallecía en Madrid a
la edad de
84 años, Antonio Millán-Puelles, uno de los mejores filó sofos
españoles del siglo XX.
Pocos días después, el 2 de abril, Karol Wojtyla, a la misma edad,
moría en Roma. Zenit ha entrevistado al filósofo Jesús Villagrasa,
profesor de Metafísica en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de
Roma, autor de "La fundación metafísica de una ética realista",
donde presenta el pensamiento de Karol Wojtyla y de Antonio
Millán-Puelles sobre ese argumento.
-¿Hay algo en común entre estos dos filósofos?
-En apariencia, poco. La historia de K. Wojtyla es conocida: polaco,
seminarista clandestino, sacerdote, profesor universitario, obispo,
Papa.
Millán-Puelles era español, padre de una familia numerosa, filósofo
de profesión, catedrático de universidad por oposición con sólo
treinta años, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y
Políticas a la edad de cuarentaŠ
En realidad hay muchas semejanzas. Los dos han sido grandes
filósofos, que han recogido la tradición aristotélico-tomista y
fenomenológica y la han renovado en diálogo con la modernidad. Se
conocieron en vida durante un simposio celebrado en Roma; en esa
ocasión, mientras intercambiaban unas palabras, el entonces
arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, sacó de su maletín la
traducción italiana del libro "La estructura de la subjetividad" de
Millán-Puelles, publicada por Marietti, y manifestó al filósofo
español que ambos habían seguido caminos filosóficos muy similares.
-¿Dónde encuadraría la filosofía de Antonio Millán-Puelles?
-Es un metafísico, no sólo por haber sido catedrático de esta
materia sino porque concibe la filosofía como metafísica. Ha
incursionado en todos los sectores de la filosofía pero siempre como
metafísico. Los títulos de sus publicaciones manifiestan una gran
variedad temática, cosa sorprendente en este tiempo de
especialización. La inteligencia de Millán-Puelles, de gran finura
analítica, al estar abierta a un amplio espectro de intereses, se ha
librado de la excesiva fragmentación del saber filosófico y de
imponer puntos de vista pasajeros o unilaterales. Esta apertura
temática no era en él una opción arbitraria, sino el estilo mismo de
la auténtica filosofía.
-¿Y dónde encuadraría la filosofía de Karol Wojtyla?
-Fue profesor de ética filosófica. Pero también es, sin duda, un
metafísico. Su primer encuentro con la metafísica fue duro. En un
encuentro con estudiantes romanos que abarrotaban el aula Pablo VI,
en el mes de marzo de 2003, hablando sin papeles, les dijo que
mientras trabajaba como obrero había estudiado la metafísica, por su
cuenta, sin profesores, y que trataba de entender esas categorías, y
que al final, logró entenderlas. Y concluyó:
"he constatado que esta metafísica, esta filosofía cristiana me da
una nueva visión del mundo, una más profunda penetración de la
realidad. Antes tenía estudios más bien humanistas, ligados a la
literatura y a la lengua y aquí, con esta metafísica y con la
filosofía en general, he encontrado la clave para una comprensión y
penetración intelectual del mundo más profunda y, diría, última".
-¿En qué corriente o escuela filosófica incluiría a estos filósofos?
-Con reservas en los dos casos, diría que son aristotélico-tomistas
y fenomenólogos, abiertos a las aportaciones válidas de la filosofía
moderna y contemporánea. Los principios de la metafísica
aristotélica, "repensados", estructuran por obras. Millán-Puelles se
interesó de la fenomenología de Husserl desde su tesis doctoral
titulada "El problema del ente ideal. Un examen a través de E.
Husserl y N. Hartmann". En sus investigaciones posteriores no
abandonó el método fenomenológico. Lo han considerado un pionero de
la fenomenología en el mundo de habla hispana. La tesis en filosofía
de K. Wojtyla es sobre un fenomenólogo y se titula "Valoración de la
posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema
ético de Max Scheler". El fenomenólogo realista con quien más
sintoniza K. Wojtyla es el polaco Roman Ingarden. Un buen
conocimiento de la historia de la filosofía y un talante
especulativo libran a Wojtyla y a Millán-Puelles de las estrecheces
de escuela.
-¿Podría señalarse algún tema principal en estos autores?
-A. Millán-Puelles y K. Wojtyla son filósofos realistas. La conexión
entre realismo y ética, presente en ambos, está expresada en el
título de una de las obras más representativas de Millán-Puelles "La
libre afirmación de nuestro ser. Fundación de una ética realista"
(1994).
-¿Cuál es la herencia que dejan estos filósofos?
-El contenido de sus obras y un ejemplar modo de hacer filosofía.
Espero que los filósofos sepan apreciar, acoger, divulgar y hacer
fructificar este legado.
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