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Testigo
Corazón franciscano
Por Fray Contardo Miglioranza

La abnegación y el tesón de la Madre Mercedes Guerra dejaron una herencia de fundaciones y ejemplo de compromiso cristiano. 

Sor Mercedes del Niño Jesús Guerra nació en Salavina, Santiago del Estero, en septiembre de 1817, hija de Antonio Guerra, español, y de Inés Contreras, santiagueña.
Salavina fue puerta de entrada y camino de salida en el trayecto entre Córdoba y Santiago del Estero; era también tierra de trigo y de miel, tierra de postas, por las cuales transitó también el general Manuel Belgrano. En esa época, lamentablemente uno llegaba al poder de gobernar a través de las balas, y los caciques adversarios debían emigrar para salvar la vida. Así le sucedió también a la familia de Antonio Guerra.
Siendo muy niña perdió a su madre, y su padre la condujo a Córdoba, donde procuró darle la educación que convenía a su situación social y a su familia. Todo el ambiente familiar era muy acogedor y caritativo, como nos lo relata el testimonio del padre Lagos: "Mercedes, afortunada heredera de sentimientos cristianos, desde la infancia supo dirigir sus pasos por el mismo derrotero de humildad y mansedumbre que le trazó la linajuda familia de la que descendía. Por sus bondades, fue ángel de amor en las intimidades de su hogar y, por su gran dedicación al prójimo y su desprendimiento a favor de los que sufren penurias, la pequeña Guerra atraía la atención de los necesitados".


Despertar de la vocación

Como todas las demás jóvenes, aprendió rápido los trabajos de la casa, las labores femeninas y las artes de la costura. En particular, los testimonios hablan que Mercedes, junto con su hermana mayor, Juana María, cosía y bordaba ropa para el Ejército de la Patria, a instancias de su cuñado Rafael Risco, antiguo amigo del general Manuel Belgrano.
Allí pasó los años de la adolescencia y de la juventud, en la cual despuntó desde temprano un fervoroso anhelo de ser religiosa franciscana.
Se hizo portavoz de la joven ante la abadesa de las Hermanas Capuchinas el mismo padre guardián del convento franciscano de Buenos Aires, Nicolás Aldazor. Pero su clara vocación fue rigurosamente probada. He aquí cómo Aldazor manifiesta la indiferencia de la superiora: "Sólo una vez pude hablar con la abadesa exigiéndole su contestación. Ésta me mostró indiferencia. Yo no omitiré ocasión oportuna de tocarle con el mayor interés sobre el mismo asunto, a pesar del poco caso que hará de mi intercesión".
Sólo después de mucho tiempo pudo concretarla, al ser admitida, el 3 de marzo de 1858, en el convento de Monjas Capuchinas de Buenos Aires. Tenía entonces cuarenta y un años. ¡Ya habían pasado diez años de solicitudes y de esperanzas! No faltan opiniones que achacan que esa larga dilación se debía a cuestiones políticas, dado que Mercedes pertenecía a una familia reconocidamente unitaria.

Salud quebrantada

Muy pronto tuvo que abandonar el convento, con íntimo dolor en su alma, ya que su salud débil y quebradiza no se avenía con las austeridades de la Regla. Para empeorar las cosas, le salió un carbunclo en la frente "y entonces las monjas le dijeron que no podía continuar en el convento".
Ese carbunclo era un tumor virulento, gangrenoso, de olor negruzco, poco doloroso, pero que producía picazón intensa.
Tenemos un testimonio de esos momentos tan tristes: "La novicia, cuando supo que tenía que salir, lloró amargamente y la comunidad lo sintió mucho, porque era muy buena".
Con la salida del claustro, ¿terminó su gran aspiración a la vida religiosa, o quedó sólo desplazada para otro momento más importante para ella y para la misma Iglesia? Lo que le tocó a Mercedes les había sucedido a otras mujeres que deseaban hacerse religiosas capuchinas, pero después de denodados esfuerzos para poder entrar en el monasterio, las enfermedades las devolvieron a la calle, porque bien otros eran los designios de Dios, que las quería fundadoras de nuevos institutos. Entre ellas, destacamos a la beata María del Tránsito Cabanillas, Camila Rolón, Antonia Cerini y otras.
Al salir, Mercedes se encontró sola, desconocida y sin recursos, pero tenía a algunas amigas que la acogieron, mientras ella buscaba una vivienda en alquiler.

Terciaria

Pese al alejamiento del monasterio, Mercedes no abandonó la espiritualidad franciscana, sino que sacó provecho de su desamparo y humildad para adherir mucho más. Se acercó al convento de San Francisco y pidió a la Ministra de la Tercera Orden el ingreso. Desde ese día, la iglesia de San Francisco fue su casa de oración y de meditación; y los Hermanos Franciscanos fueron sus confesores y directores espirituales.
Dice la crónica: "Al salir del monasterio alquiló una casa en la calle Chile, casi esquina Defensa. Allí recibía pensionistas, se ocupaba de cuidar enfermos y fue maestra a domicilio de alumnos incorregibles".
Como se puede apreciar, cada una de estas actividades era muy importante socialmente hablando y, a la vez, era un medio para procurarse el pan con el sudor de la frente y compartirlo con los más necesitados.
Dispuesta a ser franciscana no sólo en el corazón sino también en las obras, se dedicó al cuidado de los enfermos con profunda abnegación. Hacía largos años que la benemérita dama estaba consagrada a los que sufren, cuando se declaró en Buenos Aires la epidemia de la fiebre amarilla, que tantas vidas costó. Amplio campo de acción se le ofreció entonces a Mercedes. "En aquel tiempo, no había en esta capital comunidades religiosas dedicadas al cuidado de los enfermos, ni siquiera enfermeras laicas a quienes se pudiera recurrir en caso de necesidad".
Olvidándose de sí misma, del peligro de contagio que corría, de su propia debilidad física, multiplicó sus esfuerzos para asistir material y espiritualmente a los apestados con tanta generosidad, que después mereció el aplauso de la sociedad porteña y un premio que le otorgaron la Municipalidad y la Sociedad de Beneficencia de Buenos aires: "Durante la epidemia se presentaba como ángel de la caridad en las casas en que sabía que tenían enfermos y no los abandonaba ni de día ni de noche, muchas veces, hasta que entregaban sus restos a la tierra, después de haberlos preparado para una muerte cristiana, si su abnegación no conseguía conservarles con vida".

Ceguera total

Mientras nuestra solícita enfermera atendía a un enfermo, le sucedió algo tremendo. De improviso el sol se apagó, todo se volvió oscuridad, y un fuerte dolor se manifestó en sus ojos. Así lo cuenta la crónica: "La misión de Mercedes de cuidar enfermos se ejercitaba principalmente entre el extenso círculo de sus amistades; y no podía ser de otro modo, dadas su calidad y su delicadeza de condición. Un día en que se encontraba en casa de la familia de Ambrosio Lezica, sintió repentinamente agudos dolores en los ojos, quedando inmediatamente ciega. A pesar de la prontitud con que se la atendió, el mal continuó sin que la ciencia pudiera hacer nada a su favor".
Fue llamado el doctor Cleto Aguirre, especialista que había realizado sus estudios en París; la examinó y aconsejó como único remedio una operación, con el sólo objeto de aliviar los agudos dolores; pero aseguró que la vista no la recuperaría jamás.
Inicialmente la enferma se resistió, porque "entregada como estaba en las manos del Señor, quería sufrir". Pero prevaleció la insistencia de los médicos. Mercedes se sometió a la operación que consistía en seccionar el nervio óptico para apaciguar la intensidad de los dolores, o bien inyectar alcohol detrás del globo ocular, cosa que equivalía a la sección quirúrgica.
En ambos casos, no había ninguna esperanza de recuperación visual.
¿Qué era esa extraña dolencia? Se llamaba "glaucoma", para la cual en esa época no se conocía ningún tratamiento curativo.
¿Cómo reaccionó la pobre Mercedes? Se resignó con su situación, pero "pidió a Dios que, al menos, le concediera la gracia de no ser gravosa a nadie y poder hacer siquiera lo preciso para su persona", y lo consiguió ayudándole, no poco, la energía de su carácter.
Dieciocho meses permaneció en este estado, sobrellevando con paciencia y resignación ejemplares, la oscuridad y el silencio que la rodeaban, y fomentando en profundidad su vida interior de fe y de amor al Señor. Para sus pocas necesidades, le bastaba el tato, que fue su brújula y su radar.

El milagro de la luz

Un hijo de Ambrosio Lezica, de nombre Domingo Eduardo, había ido a Francia para completar sus estudios. Antes de regresar fue a Lourdes y, como recuerdo de su peregrinación, se trajo un frasco de agua de la Gruta. Al llegar a Buenos Aires visitó a Mercedes llevándole en obsequio el frasco de agua, hablándole de las maravillosas curaciones que proporcionaba y aconsejándole que la usase con fe. Estas palabras encendieron aún más la devoción de Mercedes, la cual principió enseguida una novena, prometiendo a la Virgen que, si recuperaba la vista, se dedicaría por completo al cuidado de los enfermos, y que trataría de formar una sociedad con este fin.
Acota Fray Chapó: "Después de unas cuantas curaciones con el agua de Lourdes, empezó a ver un poquito y se lo comunicó al doctor Aguirre en el Hospital de Clínicas; pero éste no le creyó. Días después, volvió al Hospital y le dijo al doctor: ŒAhora lo veo mejor¹Š Volvió a ir al Hospital de Clínicas y el doctor Aguirre anunció en clase: ŒUstedes saben que hicimos la operación a esta señora para evitarle dolores atroces, no para darle la vista. Pero ahora ella ve. Yo no me explico el hecho. La ciencia hizo lo que pudo para evitarle el dolor. Ahora ella ve y ve muy bien. Ha recobrado la vista¹. Se despidió del doctor Aguirre y le agradeció la operación. Y él le
contestó: ŒUsted ve sin ver. Ahora ha de decir que es un milagro, yo no s鹊".

La fundadora

A partir de ese momento, todos los pensamientos y todas las actividades de Mercedes se encaminaron a cumplir su promesa: fundar una congregación que se dedicara especialmente al cuidado de los enfermos a domicilio, sin distinción de credos ni de clases sociales.
Para toda fundación se requieren las siguientes condiciones: la inspiración de lo alto; un grupo de socias para formar una pequeña comunidad; la pobreza ­o sea la confianza en la Divina Providencia para obtener los medios necesarios para vivir-; una casa donde alojarse; un reglamento que nos señale los fines, el horario, las actividadesŠ; y la autorización del obispo diocesano.
Después de haber hablado con sus amigas, Mercedes las halló muy dispuestas a compartir sus ideales de consagración a Dios y de servicio a los enfermos; pero no tenían los recursos para procurarse una vivienda y sustentarse. Afortunadamente la casualidad -¿o el dedo de Dios?- les dio una mano.
Un día Mercedes regresaba e la misa y en la vereda encontró un quinto de un billete de lotería; lo recogió e hizo averiguar su suerte. Se halló con un premio de cinco mil pesos. Sintiendo aletear la esperanza en su alma, se hizo comprar un billete entero, cuyo número resultó premiado con diez mil pesos, ¡casi una fortuna!
Para avanzar por el buen sendero, comunicó sus proyectos al padre Abraham Argañarás, que era su director espiritual y a la vez director de la Tercera Orden Secular de San Francisco, quien les sugirió el nombre de la Fundación:
Conservatorio Caridad de San Francisco.
Faltaban todavía la autorización y la bendición del arzobispo, Federico Aneiros, el cual se mostró bastante duro con Mercedes, por ser anciana, y con la joven asociada Paula Tello, por ser demasiado joven y por su
delgadez: "Usted, señora, es una persona sin atractivos de ninguna clase:
pobre, vieja y enferma, más necesitada que la cuiden que para cuidar enfermos. Y esta niña tisiquita está perdiendo su tiempo en vez de irse a las dominicas, en las que ya está recibida. Así que pueden retirarse nomás, sin esperanza de que se les pueda conceder ningún permiso, porque no hallo un personal que me satisfaga". Les ordenó que no volvieran más a molestarlo.
Ambas pidieron la bendición y salieron llorando amargamente, mientras Mercedes le decía a Paulita que no se desanimara.

Insistencia

A los quince días volvieron al arzobispado y fueron rechazadas.
Comenzaron una novena al padre san Francisco y rogaron al padre Argañarás que intercediera delante del arzobispo; pero también éste salió desconsolado.
Una y otra vez las fundadoras se presentaron al arzobispo y se encontraron con las hermanas del arzobispo, quienes las introdujeron; pero el arzobispo se mantuvo en la negativa. Para mostrar que no les faltaría el apoyo popular, las dos se pusieron a juntar firmas de amigos que las apoyarían. Para ver si eran auténticas las firmas y sinceros los compromisos de las personas, el arzobispo las convocó al palacio.
Finalmente, después de tantas negativas y de tantas peticiones de las interesadas y de sus amigos, el corazón del prelado no pudo más (y, como confesó más tarde, quería probarlas para ver hasta dónde llegaban su constancia y su virtud), las convocó, las recibió con la mayor dulzura y les dio su autorización y bendición. El 13 de abril de 1880, el mismo arzobispo y las autoridades de la Orden presidieron la fundación del nuevo instituto, en que vistieron el hábito ocho señoritas, deseosas de consagrarse al servicio del Señor y de los hermanos.

Bautismo de fuego

Algún tiempo después se llamó Instituto de las Hermanas Terciarias de la Caridad, fruto del más acendrado amor a Dios y al prójimo.
Muy pronto el nuevo plantel tuvo oportunidad de demostrar su celo. A fines de ese mismo año estalló en la ciudad una revolución política y las nuevas religiosas fueron llamadas a prestar sus servicios en hospitales de sangre, establecidos para la atención de heridos. También se desataron pocos años después, cuando una nueva epidemia de cólera diezmó la población.
En 1884, al recrudecer nuevamente esta peste, se fundaron lazaretos en Lobos y en Chascomús (Buenos Aires). La Municipalidad de esta localidad pidió hermanas para asistir a los enfermos del lazareto y monseñor Aneiros lo autorizó.
En 1888, sintiéndose enferma, renunció a su cargo de superiora y solicitó trasladarse a Chascomús, al solar donado por la señora Elortondo junto a las márgenes de la laguna.
Reparadas en parte sus fuerzas, se dedicó con la ayuda de ese pueblo a la fundación del asilo San José, destinado a niñas huérfanas y pobres.
En el año 1900, cuando el papa León XIII celebró el acontecimiento del nuevo siglo invitando a la cristiandad al gran jubileo ella, llena de alegría, participó de la peregrinación argentina. Tenía entonces 83 años. Al verla a sus pies, el Papa, con los ojos de águila e intuición divina,
exclamo: "¡He aquí el tipo de mujer fuerte!", y le obsequió una hermosa medalla. Ganó el jubileo y recibió la bendición apostólica.
Extenuadas ya sus fuerzas, murió en Buenos Aires el 31 de julio de 1901, dejando a sus hijas y al pueblo argentino la antorcha perenne de sus virtudes de abnegación y sublime caridad.

--El presente artículo del Padre Miglioranza fue publicado en el libro "Santos Argentinos", de Editorial San Pablo.


Talla del artista Leo Moroder, representando  la madre Mercedes Guerra.

Al centro, la madre Mercedes guerra junto a los húerfanos del asilo San José, de Chascomús, hacia 1898.
 

Entrevista
El legado filosófico de Karol Wojtyla y Juan Pablo II

Dos entrevistas difundidas por la agencia católica de noticias Zenit reflejan el pensamiento filosófico de Karol Wojtyla. 

El filósofo mexicano Rodrigo Guerra López es considerado como uno de los mayores expertos en el pensamiento de Karol Wojtyla. Doctor en Filosofía en el Principado de Liechtenstein, coordinador de Bioética de la Universidad Panamericana de México y director del Observatorio Social del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), es autor de los trabajos sobre la filosofía de Juan Pablo II: "Volver a la persona" (Madrid, 2002) y "Afirmar a la persona por sí misma" (México, 2003).
En esta entrevista concedida a Zenit-El Observador, Guerra López recoge el legado intelectual wojtyliano

- ¿Existe continuidad o discontinuidad entre la filosofía de Karol Wojtyla y el Magisterio de Juan Pablo II?
-Karol Wojtyla, antes de ser elegido pontífice de la Iglesia, era arzobispo de Cracovia y al mismo tiempo catedrático de Filosofía en la Universidad Católica de Lublín. Este doble papel para él resultaba ser en realidad uno sólo. Un mismo amor a la Verdad lo condujo a vivir con fidelidad su ministerio sacerdotal y episcopal y también lo llevó a desarrollar con máximo rigor especulativo una filosofía original que en cuanto al método puede ser calificada de "fenomenología realista" y en cuanto a la propuesta final es una modalidad de "personalismo".

Su peculiar pensamiento no tendrá una continuación unívoca y directa en el Magisterio Pontificio. La enseñanza oficial del Papa no es una filosofía o una teología más, sino un servicio de custodia y profundización del Depósito de la Fe. Sin embargo, no podemos negar que la formación providencial que él tuvo en el terreno del pensamiento sirvió para que el propio Magisterio incorporara algunas de sus intuiciones personalistas más queridas. Así como en las obras teológicas de Tomás de Aquino existe una filosofía implícita, me parece entonces que en el Magisterio de Juan Pablo II también existen intuiciones filosóficas importantes imposibles de ocultar.

-¿Qué intuiciones originales de la filosofía de Karol Wojtyla han quedado recogidas en su Magisterio como Papa?
-Uno de los aportes más originales de Karol Wojtyla en el terreno de la moral consiste en la relectura que realiza de la ética kantiana en diversos artículos y en el libro "Amor y Responsabilidad". En estos textos podemos apreciar cómo Wojtyla sostiene que existe un imperativo categórico concreto y primario para la conciencia de todo ser humano: ¡Hay que afirmar a la persona por sí misma! ¡Nunca hay que tratarla como mero medio! Esta idea ha quedado explícitamente plasmada en la Encíclica "Veritatis Splendor".

Otro aporte filosófico es el modo cómo Wojtyla expresa que la acción brinda un momento especial de conocimiento de la verdad en su libro intitulado "Persona y Acto". Esta idea, que en parte recoge una inquietud muy típica del pensamiento marxista, le permite al Papa en la Encíclica "Laborem excercens" valorar toda acción humana y en especial todo trabajo humano como un momento de revelación de la persona como persona.

El trabajo humano, de esta manera, es el modo natural a través del cual la persona está llamada a construirse a sí misma y a construir el mundo a la altura de su dignidad. Así mismo, él desde muy joven concibe a la persona como sujeto comunional lo que ha impactado en el modo cómo en el Magisterio se explica la "unidualidad relacional" entre varón y mujer, fundamento de la imagen y semejanza que el hombre guarda con Dios, etcétera.

-Juan Pablo II ha dejado una inmensa cantidad de enseñanzas en el terreno social y bioético. Sin embargo, estas enseñanzas, ¿son sólo teoría?
Pareciera que el Papa es poco escuchado en estos temas...


-Juan Pablo II construyó una nueva síntesis de la Doctrina social de la Iglesia (DSI) en la que se profundiza su fundamento en el acontecimiento cristiano y las vías concretas para su realización efectiva.
Metodológicamente la DSI no nace en los despachos del Vaticano sino en la acción concreta de los cristianos en movimiento que gradualmente conforman a través de sus experiencias una sabiduría práctica que luego es formalmente discernida y reconocida por los obispos y eventualmente por el Papa. Por ello, la enseñanza de la Iglesia en materia social y hasta bioética nunca es sólo teoría.

Mi querido maestro Rocco Buttiglione solía decir que la DSI es la "conciencia teórica de un movimiento práctico". Si en algunos momentos el pensamiento del Papa no se verifica en la práctica, se debe a un fenómeno complejo pero importante: los fieles laicos necesitamos reaprender a vivir de acuerdo a nuestra secularidad constitutiva nuestros compromisos públicos, para así poder ofrecer una nueva expresividad histórica al cristianismo en el contexto de la sociedad actual.


Dos filósofos, un pensamiento

En la madrugada del pasado 22 de marzo fallecía en Madrid a la edad de
84 años, Antonio Millán-Puelles, uno de los mejores filó sofos españoles del siglo XX.
Pocos días después, el 2 de abril, Karol Wojtyla, a la misma edad, moría en Roma. Zenit ha entrevistado al filósofo Jesús Villagrasa, profesor de Metafísica en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, autor de "La fundación metafísica de una ética realista", donde presenta el pensamiento de Karol Wojtyla y de Antonio Millán-Puelles sobre ese argumento.


-¿Hay algo en común entre estos dos filósofos?

-En apariencia, poco. La historia de K. Wojtyla es conocida: polaco, seminarista clandestino, sacerdote, profesor universitario, obispo, Papa.
Millán-Puelles era español, padre de una familia numerosa, filósofo de profesión, catedrático de universidad por oposición con sólo treinta años, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas a la edad de cuarentaŠ

En realidad hay muchas semejanzas. Los dos han sido grandes filósofos, que han recogido la tradición aristotélico-tomista y fenomenológica y la han renovado en diálogo con la modernidad. Se conocieron en vida durante un simposio celebrado en Roma; en esa ocasión, mientras intercambiaban unas palabras, el entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, sacó de su maletín la traducción italiana del libro "La estructura de la subjetividad" de Millán-Puelles, publicada por Marietti, y manifestó al filósofo español que ambos habían seguido caminos filosóficos muy similares.

-¿Dónde encuadraría la filosofía de Antonio Millán-Puelles?

-Es un metafísico, no sólo por haber sido catedrático de esta materia sino porque concibe la filosofía como metafísica. Ha incursionado en todos los sectores de la filosofía pero siempre como metafísico. Los títulos de sus publicaciones manifiestan una gran variedad temática, cosa sorprendente en este tiempo de especialización. La inteligencia de Millán-Puelles, de gran finura analítica, al estar abierta a un amplio espectro de intereses, se ha librado de la excesiva fragmentación del saber filosófico y de imponer puntos de vista pasajeros o unilaterales. Esta apertura temática no era en él una opción arbitraria, sino el estilo mismo de la auténtica filosofía.

-¿Y dónde encuadraría la filosofía de Karol Wojtyla?

-Fue profesor de ética filosófica. Pero también es, sin duda, un metafísico. Su primer encuentro con la metafísica fue duro. En un encuentro con estudiantes romanos que abarrotaban el aula Pablo VI, en el mes de marzo de 2003, hablando sin papeles, les dijo que mientras trabajaba como obrero había estudiado la metafísica, por su cuenta, sin profesores, y que trataba de entender esas categorías, y que al final, logró entenderlas. Y concluyó:
"he constatado que esta metafísica, esta filosofía cristiana me da una nueva visión del mundo, una más profunda penetración de la realidad. Antes tenía estudios más bien humanistas, ligados a la literatura y a la lengua y aquí, con esta metafísica y con la filosofía en general, he encontrado la clave para una comprensión y penetración intelectual del mundo más profunda y, diría, última".

-¿En qué corriente o escuela filosófica incluiría a estos filósofos?

-Con reservas en los dos casos, diría que son aristotélico-tomistas y fenomenólogos, abiertos a las aportaciones válidas de la filosofía moderna y contemporánea. Los principios de la metafísica aristotélica, "repensados", estructuran por obras. Millán-Puelles se interesó de la fenomenología de Husserl desde su tesis doctoral titulada "El problema del ente ideal. Un examen a través de E. Husserl y N. Hartmann". En sus investigaciones posteriores no abandonó el método fenomenológico. Lo han considerado un pionero de la fenomenología en el mundo de habla hispana. La tesis en filosofía de K. Wojtyla es sobre un fenomenólogo y se titula "Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler". El fenomenólogo realista con quien más sintoniza K. Wojtyla es el polaco Roman Ingarden. Un buen conocimiento de la historia de la filosofía y un talante especulativo libran a Wojtyla y a Millán-Puelles de las estrecheces de escuela.
-¿Podría señalarse algún tema principal en estos autores?

-A. Millán-Puelles y K. Wojtyla son filósofos realistas. La conexión entre realismo y ética, presente en ambos, está expresada en el título de una de las obras más representativas de Millán-Puelles "La libre afirmación de nuestro ser. Fundación de una ética realista" (1994).

-¿Cuál es la herencia que dejan estos filósofos?

-El contenido de sus obras y un ejemplar modo de hacer filosofía. Espero que los filósofos sepan apreciar, acoger, divulgar y hacer fructificar este legado. 

 

 

 

 

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