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Religión
El paso del Señor

"Pascua" significa "Paso del Señor".
Con motivo de la gran conmemoración cristiana, ofrecemos el relato de la pasión, muerte
y resurrección de Jesús, para meditar en estos días.

Cena y lavatorio
Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: "Vayan a preparar lo necesario para que celebremos la Cena de Pascua ". Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con sus apóstoles. Les dijo: "En verdad, he deseado muchísimo comer esta Pascua con ustedes antes de padecer; porque, les aseguro, ya no la volveré a celebrar hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios"
Se levantó mientras cenaba, se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente. Luego se puso a lavarles los pies a sus discípulos y se los secaba con la toalla.
Cuando le llegó el turno a Simón Pedro, éste le dijo: "Tú, Señor, ¿me vas a lavar los pies a mí?". Jesús le contestó: "Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás después".
Pedro le dijo: "A mí nunca me lavarás los pies". Jesús respondió: "Si no te lavo, no podrás compartir conmigo". Entonces, Pedro le dijo: "Señor, si es así, lávame no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza".
Jesús le contestó: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies; pues está del todo limpio. Ustedes están limpios. Aunque no todos". Sabía que Judas lo iba a entregar. Por eso dijo : "No todos están limpios".

Institución de la Eucaristía
Después, Jesús tomó el pan y lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Luego, tomando una copa de vino y dando gracias, se la dio diciendo: "Tomen y beban todos de él, porque este es el Cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Hagan esto en memoria mía².
Después, Jesús se conmovió y dijo con toda claridad: "En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar². Los discípulos se miraron unos a otros. Se preguntaban quién sería. Uno de ellos, el discípulo a quien más amaba, se inclinó sobre el pecho de Jesús y le preguntó: "Señor, ¿quién es?". Jesús le contestó: "Voy a remojar un poco de pan. Al que se lo dé, ése es". Mojó un poco de pan en la salsa y se lo pasó a Judas, el Iscariote. Cuando Judas tomó el pan, Jesús le dijo: "Lo que vas a hacer, hazlo pronto".
Ninguno de los que estaban en la mesa comprendió por qué Jesús le decía eso. Judas se comió el pedazo de pan y salió inmediatamente.
Cuando Judas salió, Jesús dijo: "Estaré con ustedes por muy poco tiempo. Les doy este mandamiento nuevo: que se amen unos a otros. Ustedes se amarán unos a otros como yo los he amado. Así reconocerán todos que son mis discípulos: si se aman unos a otros².
Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿a dónde vas?". Jesús le respondió: "Donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora; pero me seguirás después". Pedro le dijo: "Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti". Jesús respondió: "Te aseguro que antes que cante el gallo me habrás negado tres veces".

Agonía en el huerto
Jesús salió del cenáculo y se dirigió con sus apóstoles al Monte de los Olivos. Jesús había ido allí muchas veces con sus discípulos.
Dijo a sus apóstoles: "Siéntense aquí mientras voy a orar". Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y comenzó a sentir temor y angustia. Entonces les dijo: "Siento en mi alma una tristeza mortal. Quédense aquí y permanezcan despiertos".
Doblando las rodillas, oraba diciendo: "Padre, si quieres, aparta de mí esta prueba. Sin embargo, que no se haga mi voluntad, sino la tuya". Volvió donde sus discípulos y los halló dormidos, y dijo a Pedro: "¿De modo que no han tenido valor de acompañarme ni una hora? Estén despiertos y orando para que no caigan en tentación: el espíritu es animoso, pero la carne es débil". De nuevo se apartó por segunda vez a orar. Volvió donde sus discípulos y, nuevamente, los halló dormidos, porque se les cerraban los ojos de sueño.
Los dejó y fue de nuevo a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Jesús sintió una angustia de muerte y oraba cada vez con más insistencia y su sudor se convirtió en gotas de sangre.

Apresan a Jesús
Llegó Judas, y con él mucha gente armada de espadas y palos, enviados por los jefes de los sacerdotes y por las autoridades judías. Judas se acercó a Jesús para darle un beso y Jesús le dijo: "Judas, con un beso traicionas al Hijo del Hombre". Después se dirigió a los soldados y les preguntó: "¿A quién buscan?". Contestaron: "A Jesús de Nazaret". Jesús dijo: "Yo soy". Ante estas palabras, los que lo buscaban retrocedieron y cayeron al suelo. Les preguntó de nuevo: "¿A quién buscan?". Ellos respondieron: "A Jesús de Nazaret". Entonces, se acercaron, detuvieron a Jesús y se lo llevaron.
Al ver que tomaban preso a Jesús, Pedro tomó la espada e hirió al sirviente del jefe de los sacerdotes, cortándole una oreja. Entonces Jesús le dijo: "Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada, perecerá también por la espada².

Jesús ante el Consejo Supremo
Llevaron a Jesús ante el jefe de los sacerdotes, y se reunieron allí todos: jefes de los sacerdotes, autoridades judías y maestros de la Ley.
El jefe de los sacerdotes preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús contestó: "Yo he hablado abiertamente al mundo. He enseñado en el Templo y en los lugares donde se reúnen todos los judíos. No he hablado nada en secreto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a los que me han escuchado: ellos saben lo que yo he enseñado".
Al oír esto, uno de los guardias que estaba allí dio una bofetada a Jesús en la cara, diciendo: "¿Es ésa la manera de contestar al jefe de los sacerdotes?". Jesús contestó: "Si he hablado mal, muéstrame en qué, pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?".
Anás envió a Jesús donde Caifás, en cuya casa estaban reunidos los escribas y ancianos. El sumo sacerdote preguntó a Jesús. "¿Eres tú el Cristo, Hijo de Dios Bendito?". Jesús respondió: "Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo".
El sumo sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: "¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes mismos han oído esta declaración que ofende a Dios".

Triple negación
Cuando arrestaron a Jesús y lo llevaron a la casa del jefe de los sacerdotes, Pedro lo siguió de lejos hasta el interior del palacio, y allí se sentó con los servidores a pasar el frío cerca del fuego. Una sirvienta lo miró fijamente y le dijo: "Tú también andabas con Jesús de Nazaret". El lo negó, diciendo: "No lo conozco ni sé de qué hablas". Y salió afuera, a la puerta. Pero lo vio la sirvienta y otra vez dijo a los que estaban allí: "Este es uno de ellos". Pedro volvió a negarlo.
Más tarde se le acercaron los que estaban ahí y le dijeron: "Tú también eres de esos que andaban con Jesús". Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. Y al momento cantó el gallo. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: "Antes del canto del gallo, me negarás tres veces". Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Acusado ante Pilato
Al amanecer lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Jesús le contestó: "Así es, como tú dices. Pero mi Reino no es de este mundo ". Pilato replicó: "Entonces, ¿tú eres rey?". Y Jesús le contestó: "Así es. Yo soy Rey. Todo hombre que está de parte de la verdad, escucha mi voz".
Pilato dijo a los jefes de los sacerdotes y a la multitud: "Yo no veo delito alguno en este hombre". Cuando supo que Jesús era de la provincia encargada al rey Herodes, se lo mandó, ya que Herodes se encontraba también en Jerusalén en aquellos días.
Herodes lo trató con desprecio. Por burla, le puso un manto blanco y lo envió de vuelta a Pilato.

Jesús o Barrabás
Pilato reunió a los jefes de los sacerdotes, a los jefes de los judíos y al pueblo, y les dijo: "Ustedes me presentaron a este hombre acusándolo de agitador. Lo interrogué personalmente delante de ustedes, pero no lo hallé culpable de ninguno de los delitos de que lo acusan. Ahora tampoco Herodes lo juzgó culpable, puesto que me lo mandó de vuelta. Como ustedes ven, en todo lo que hizo no hay ningún crimen que merezca la muerte. Así es que, después de azotarlo, lo dejaré libre".
Con ocasión de la Pascua, el gobernador tenía la costumbre de dejar en libertad a un condenado, a elección de la gente. Había, entonces, un prisionero famoso llamado Barrabás. Pilato dijo a los que se hallaban reunidos: "¿A quién quieren que deje libre, a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?", Él sabía que a Jesús se lo habían entregado por envidia.
Mientras Pilato estaba en el tribunal, su mujer le mandó a decir: "No te metas con ese hombre, porque es un santo, y anoche tuve un sueño horrible por causa de él".
Mientras tanto, los sacerdotes y los jefes de los judíos convencieron a la gente de que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Cuando el gobernador volvió a preguntarles: "¿A cuál de los dos quieren que les deje libre?", ellos contestaron: "A Barrabás". Pilato les dijo: "¿Y qué hago con Jesús, llamado el Cristo?" Todos contestaron: "¡Que sea crucificado!". Pilato insistió: "¿Qué maldad ha hecho?". Pero los gritos del pueblo fueron cada vez más fuertes: " Que sea crucificado!"

Jesús es condenado a muerte
Entonces Pilato ordenó que tomaran a Jesús y lo azotaran. Después, los soldados tejieron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le colgaron en los hombros una capa de color rojo como usan los reyes. Le pusieron una caña en la mano derecha y se burlaban de él, y doblando la rodilla, lo saludaban diciendo: "Viva el rey de los judíos". Y le daban bofetadas.
Pilato volvió a salir, y le dijo a la multitud: "Miren, lo voy a traer de nuevo para que sepan que no encuentro ninguna causa para condenarlo". Entonces salió Jesús afuera llevando la corona de espinas y el manto rojo. "Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro motivo para condenarlo".
Pilato hizo comparecer a Jesús ante el pueblo y se sentó en el tribunal, en el patio llamado del Empedrado, y dijo a los judíos: "Ahí tienen a su rey". Ellos gritaron: "¡Fuera!, ¡fuera!, ¡crucifícalo!² . Pilato les respondió: "¿Quieren que crucifique a su rey?". Los jefes de los sacerdotes contestaron: "No tenemos más rey que el César".
Entonces, Pilato pidió agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo : "Yo no me hago responsable de la sangre que se va a derramar. Es cosa de ustedes".

La crucifixión
Los soldados se llevaron a Jesús. Le quitaron el manto rojo y le pusieron sus propias ropas. Después lo condujeron fuera de la ciudad, a un lugar llamado la Calavera o Monte Calvario, donde debía ser crucificado.
Jesús llevaba su cruz a cuestas y, ya extenuado y sin fuerzas, abrumado de cansancio y de dolor, cayó varias veces por tierra, bajo el peso de la cruz. Los judíos, al ver a un hombre de Cirene, llamado Simón, que volvía de su trabajo, lo obligaron a ayudar a Jesús a cargar la cruz.
Una gran multitud iba acompañando a Jesús. Algunas mujeres piadosas se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: ³Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos. ".
Cuando Jesús llegó a lo alto del Calvario, los soldados le dieron a beber vino mezclado con mirra, pero él no lo bebió. Luego lo clavaron al madero, de pies y manos con grandes clavos. Levantaron la cruz y Jesús quedó suspendido entre el cielo y la tierra. Al mismo tiempo crucificaron a dos malhechores, uno a su izquierda y otro a su derecha. Mientras tanto, Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo sobre la cruz. Tenía escrito: "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos".
Uno de los malhechores crucificados con Jesús, insultándolo, le dijo: "¿Así es que tú eres el Cristo? Entonces sálvate tú y sálvanos también a nosotros".
Pero el otro lo reprendió, diciéndole: "¿No temes a Dios, tú que estás en el mismo suplicio? Nosotros Io tenemos merecido, por eso pagamos nuestros crímenes. Pero él no ha hecho nada malo". Y añadió: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino". Jesús respondió: "En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso".

Muerte de Jesús
Junto a la cruz de Jesús estaba su madre y la hermana de su madre, y también María, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a su Madre y junto a ella a su discípulo más querido, dijo a la Madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Después dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre".
Después de eso, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: "Tengo sed". Había allí un jarro lleno de vino agridulce. Pusieron en una caña una esponja llena de esta bebida y la acercaron a sus labios. Cuando hubo probado el vino, Jesús dijo: "Todo está cumplido". Y, levantando la voz, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Inclinó la cabeza y expiró.
Era el mediodía. Se oscureció el sol y las tinieblas cubrieron la faz de la tierra hasta las tres de la tarde. La cortina del Templo se rasgó por la mitad.
Era el día de la preparación a la Pascua. Los judíos no querían que los cuerpos quedaran en la cruz durante el día siguiente, pues este sábado era un día muy solemne. Por eso, pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas a los que estaban crucificados para después retirarlos.
Vinieron entonces los soldados y les quebraron las piernas al primero y al otro de los que habían sido crucificados con Jesús. Al llegar a Jesús, vieron que ya estaba muerto. Así es que no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado de una lanzada y al instante salió sangre y agua.
Siendo ya tarde, vino un hombre rico, de Arimatea, que se llamaba José, y que también se había hecho discípulo de Jesús. Fue donde Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús, y el gobernador ordenó que se lo entregaran. Y tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia y lo colocó en un sepulcro nuevo, cavado en la roca, que se había hecho para sí mismo.

La Resurrección
Desde el día Viernes en la tarde hasta la madrugada del Domingo, el cuerpo de Jesús permaneció en el sepulcro. Al amanecer del tercer día, o sea, el Domingo, Jesús salió glorioso del sepulcro. En el mismo instante, se sintió un violento temblor de tierra y un ángel bajó del cielo, movió la piedra que cerraba el sepulcro y se sentó sobre ella. Tenía el rostro deslumbrante como el sol y las vestiduras blancas como la nieve. Los guardias, espantados, cayeron al suelo y después huyeron.
Al amanecer del Domingo, muy temprano, María de Magdala; María, madre de Santiago, y María Salomé fueron al sepulcro con los perfumes que habían comprado para embalsamar el cuerpo de Jesús.
Al llegar vieron que la piedra que servía de puerta al sepulcro había sido quitada. Entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús, de tal manera que no sabían qué pensar.
Pero, en ese momento, vieron a su lado a dos hombres con ropas brillantes. Se asustaron mucho y no se atrevían a levantar los ojos del suelo. Ellos les dijeron: "¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Resucitó. Acuérdense de lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea: El Hijo del Hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado y resucitado al tercer día".
Ellas, entonces, recordaron las palabras de Jesús. A la vuelta del sepulcro, les contaron a los Once y a todos los demás lo que les había pasado.

 

Arte
Qué son los íconos

Los íconos son la representación de la Virgen, Jesucristo y los santos que veneran y reverencian en distintos países del mundo.

Los íconos se hallan asociados indisolublemente a la oración y la liturgia de la religión de los países de Europa del Este (Principalmente Grecia y Rusia), pero a causa de los incesantes cambios en los usos y costumbres, así como en las formas de adoración, durante el recorrer de los tiempos se ha producido gran número de íconos de muy distintos géneros. Son, en realidad, meras alegorías, dueñas de un lenguaje especial, como lengua de la imagen y en agua del símbolo.
Los íconos datan de los mismos orígenes del cristianismo. Sus inicios se remontan a las imágenes conmemorativas del final de la antigüedad, o sea del siglo I al IV después de Cristo. Los íconos más antiguos que se conservan, son de los siglos VI y VII, y casi todos ellos se guardan en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí.

Un poco de historia sobre los íconos

Desde los primeros siglos del cristianismo, es factible encontrar un cambio fundamental en el modo de hablar de la imagen y de representarla en el Antiguo Testamento: había una prohibición de pintar imágenes de Dios para no incurrir en una deformación de la imagen inmaterial y espiritual del dios único y verdadero.

a) Una primera evolución se registra en algunas formas del arte primitivo judío-cristiano, tanto en las antiguas iglesias-sinagogas de Oriente medio como, definitivamente, en las imágenes de las catacumbas y más tarde en los mosaicos de las iglesias. Hay incluso una serie de datos que quieren justificar el culto a las imágenes en el ambiente cristiano, como la leyenda del Mandylon del Rey Abgar de Edessa o la de la Verónica. También podemos añadir la leyenda de san Lucas, el evangelista, a quien se le atribuyen muchos cuadros o imágenes de la Virgen tanto en Oriente como en Occidente.
Acerca de las imágenes de Cristo, especialmente de su rostro, hay en la antigüedad cristiana una cierta uniformidad en sus rasgos y un gran parecido con los rasgos del rostro de Cristo tal como aparece en la Sábana Santa de Turín. Durante el tiempo del iconoclasmo se perdieron muchas pinturas antiguas que querían remontarse al retrato original de Cristo. Quizá una de las más antiguas y bellas es un ícono de Cristo que se conserva en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí y se remonta al siglo VI.

b) Las primeras manifestaciones iconográficas en el arte de Occidente las tenemos en las catacumbas, con una cierta imitación de algunas formas paganas. Orfeo se convierte en el Buen Pastor, hay escenas del Antiguo Testamento, se pintan escenas evangélicas e imágenes simbólicas como el pez, el áncora, la cruz, la paloma, el pavo real, signo de la inmortalidad. Hay rostros de Cristo, de la virgen y de algunos santos, imágenes de orantes y de la cena eucarística.
De las paredes de las catacumbas se pasa a los bajorrelieves y sarcófagos, donde van apareciendo las principales escenas evangélicas tradicionales: adoración de los magos, resurrección de Lázaro, la ascensión, etc. Todas estas imágenes están representadas con bastante perfección en el siglo VI.
Por la constancia en los detalles de ciertas representaciones se ve cómo se va fijando una escena, a modo de canon o forma tradicional de representar los misterios con una cierta uniformidad que ha permanecido en Oriente y en parte en los lugares de Occidente que han recogido esta tradición: San Marcos de Venecia, Monreal en Sicilia, la capilla Palatina de Palermo, etc.

c) A partir del siglo VI la iconografía conoce en Oriente y en Occidente una gran época de esplendor que se manifiesta en la integración del arte con la liturgia, en la construcción y adorno de las basílicas. Entre ellas, la más hermosa fue la de Santa Sofía en Constantinopla.

d) Una lucha encarnizada contra las imágenes que dura casi 120 años turba en oriente la paz eclesial. En el año 725 el emperador León III condena el uso de las imágenes en la Iglesia con el pretexto de que se puede caer en el error de la idolatría. En el año 729 se desencadena la lucha popular, capitaneada por los mojes, partidarios de la veneración de imágenes y de la tradición.
El concilio de Nicea del año 787, clarifica la doctrina y justifica la iconografía y la veneración de las imágenes apelándose al hecho de la Encarnación, al servicio religioso de los fieles que necesitan contemplar los misterios, al sentido de la veneración de las imágenes con una referencia directa a las personas que representan tales imágenes, de tal manera que su contemplación lleve a la imitación de los modelos. La lucha solo se calmó en el año 843, con un edicto de la emperatriz Teodora, que sanciona el triunfo de la doctrina conciliar.

e) El triunfo de la Ortodoxia renueva el fervor por las imágenes en oriente. Todo el medio oriente ortodoxo deja, a través de los siglos, ejemplares estupendos de su arte en las iglesias-grutas de Capadocia, en los templos adornados con bellos y esplendorosos mosaicos, en las paredes de los monasterios, en los íconostasios de las iglesias. Con la extensión del cristianismo oriental por toda la parte de los Balcanes y en Rusia, a partir del siglo IX, tendremos de nuevo una posibilidad de ramificación de este arte con la creación de varios tipos y escuelas de iconografía oriental.
A partir del siglo XVII la iconografía en el oriente Medio y en Rusia conoce la decadencia de la imitación de las formas occidentales, casi con un cierto complejo de inferioridad del arte clásico bizantino y ruso.
En occidente tenemos una continuidad tradicional con la iconografía oriental en los primitivos pintores italianos, en el románico catalán, etc. pero poco a poco se va desintegrando este arte hasta llegar al renacimiento que se aparta de la imagen teológica de oriente en aras de una imitación naturalista de los episodios.
Hay en esto algunos valores, pero también algunos defectos fundamentales, el Arte sagrado se desgaja de la tradición y de la teología, con perjuicio del arte y de su reflejo en la profesión de la fe de los cristianos.

Los íconos rusos

Durante largo tiempo, los historiadores y los expertos en religión ignoraron los íconos de la escuela de Moscú, seguramente porque cuando se inició el estudio de tales íconos y de este arte ortodoxo, solamente algunos habían sido autentificados.
Para comprender esto, es preciso saber que en 1204 Constantinopla fue conquistada por los ejércitos de la IV Cruzada, que la convirtieron en capital del Imperio Latino, y los pintores de íconos apenas consiguieron seguir con su auge, por cuya razón se ve en esa fecha de 1204 el final de la época bizantina media.
En 1453, los turcos adeptos al Islam invadieron el Reino bizantino y la caída de ese Imperio, antaño tan potente, así como la de todas las obras maestras que en él vieron la luz, estaba ya sellada.
Sin embargo, la pintura de los íconos sobrevivió a este suceso trascendental, puesto que Bizancio había propagado su influencia a grandes regiones de Oriente.
Por consiguiente, el hijo más importante del arte bizantino era Rusia, pero en ese país, lentamente, los artistas fueron hallando su camino propio. Especialmente respecto al colorido y a la manera de dibujar, aunque variando poco en cuanto a los temas, los tipos de personajes, composiciones y demás.
Por su parte, fue Novgord el centro más importante de la iconografía rusa, ya desde el siglo XII, con rasgos artísticos propios, caracterizándose en efecto más que nada por el colorido claro, casi radiante.
En realidad, el auge iconográfico se logró en Rusia con la llegada de Andrei Rublev y Teófanes el Griego.
La pintura de íconos rusos obtuvo un nuevo impulso durante los siglos XVII y XVIII gracias a las composiciones de la Escuela Stroganov. Son íconos en cuyo dorso se indica que fueron pintados por los miembros de la famosa familia de comerciantes Stroganov, más adelante cercanos al trono ruso.
Hasta el siglo XVII, la pintura de íconos en Rusia rechazó tercamente toda influencia de Occidente. Pero esta actitud negativa cambió gracias a los esfuerzos renovados de un gran maestro llamado Simón Uchakov (1626-1686). Éste trabajó primero en un taller de orfebrería, de lo que en aquella época se llamaba ''taller de culatas y cámaras de armas de fuego'', por estar situados dentro del arsenal militar.
La Revolución de 1917 arrinconó en Rusia el arte de los íconos. Esto fue así porque la fe y los credos ortodoxos no se armonizaban con la ideología comunista, para la que la religión era tan sólo, en palabras de Lenin, el ''opio del pueblo'', y el arte decorativo sustituyó al de los íconos.

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