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Testigo
Mártir
anhelante

Teófanes Vénard fue un joven sacerdote mártir de la persecución cristiana en China. Desde su niñez supo que su vida no tenía otra dirección que la de ofrecer su vida por la causa de Cristo en aquel país.

Teófanes Vénard nació el 21 de noviembre de 1829, festividad de la Presentación de la Virgen, en Saint-Loup-sur-Thouet (diócesis de Poitiers).
Fue bautizado el mismo día, con los nombres de Juan Teófanes, pero conservó solamente el de Teófanes, que significa "manifestación de Dios". Sus padres eran católicos fervientes y, dos años antes que Teófanes, la pequeña Melania había traído alegría al hogar. Completarán la familia otros dos chicos:
Enrique y Eusebio.

¡Sígueme!

Con motivo de sus tareas de monaguillo, Teófanes observa con secreta envidia al sacerdote que lo había bautizado, mientras éste oficia ante el altar; su madre le ha explicado lo que significa la Misa y el sacerdocio.
Sin embargo, la llamada de Jesucristo "¡Sígueme!" resonará con más fuerza a la edad de 9 años, en medio de la soledad de la ladera de Bel-Air, donde lleva a pastar la cabra de su padre, mientras lee los ³Anales de la propagación de la fe², revista que relata los hechos de los misioneros. Un día, al terminar de leer la vida del padre Cornay, decapitado en defensa de la fe en Tonkín (actual Vietnam), Teófanes exclama: ³¡Yo también quiero ir a Tonkín! ¡Yo también quiero morir mártir!².
Teófanes se guarda para sí el secreto y pide a su padre cursar estudios secundarios. En 1841, ingresa en el colegio de Doué, a 50 kilómetros de Saint-Loup. Separarse de su familia, a la que tanto ama, supone para él una aflicción, pero enseguida llega a ser de los primeros de la clase. Con sus compañeros es a veces burlón, irascible y brusco, enfadándose ante la mínima contrariedad. Como cualquier muchacho de su edad, Teófanes conoce altibajos, pero en esa época las reprobaciones son más frecuentes que los elogios.
Iluminado por la gracia de Dios, se da cuenta de que para conseguir algo es necesario el sacrificio, y también la oración. Por eso escribe lo siguiente a su hermana Melania: ³Te voy a contar la resolución que he tomado: rezar el rosario todas las semanas². Poco a poco, gracias a la ayuda de esa oración mariana, a la que todos tienen acceso, consigue corregirse.
Toma la primera comunión el 28 de abril de 1842, día celestial para él.
Las verdades de la fe fortifican su alma y le ayudan a soportar sin desfallecer una terrible prueba: la muerte de su madre el 11 de enero de 1849. El único consuelo para ese dolor es arrojarse en los brazos de la Virgen.

"¡Que nada te retenga!"

A principios de agosto de 1847, Teófanes deja Doué para ingresar en el Seminario Menor de Montmorillon. Después de sus estudios de filosofía, pasa al Seminario Mayor de Poitiers, desde donde escribe lo siguiente a su
hermana: "Te alegrará saber que uno de nuestros hermanos, que ya es diácono, parte el jueves para el Seminario de las Misiones Extranjeras de París. Que Dios tenga a bien guiar sus pasos, y que el venerable Cornay cuide de él".
Teófanes aprovecha la ocasión para preparar a los suyos sobre su propio proyecto de irse a las misiones. Lo hace sin prisas, con gran habilidad y tacto. Melania es la primera en comprenderlo. Para el padre resulta un sacrificio mucho más difícil, pero finalmente, en un hermoso arrebato de fe, da su consentimiento pleno: ³Si sientes la llamada de Dios, cosa que no dudo, obedece sin vacilar. ¡Que nada te retenga, ni siquiera la idea de dejar a un padre afligido!². La salida queda fijada para el 27 de febrero de 1851, a las nueve de la noche. Después de la última comida en familia y del rezo del rosario, Teófanes lee algunos pasajes de la Imitación de Cristo relacionados con las circunstancias, rezando a continuación las oraciones de la noche, entrecortadas por los llantos de la familia; por último, pide la bendición de su padre, quien, con un ligero temblor, pronuncia palabra tras palabra estas frases: "Hijo mío, recibe la bendición de tu padre, que te sacrifica al Señor; recibe por siempre la bendición en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén". Llegado el momento de partir, sabedor de que no volverá a ver nunca a su familia, el futuro misionero abraza a los suyos por última vez, sale de la casa y sube a un coche.

Misionero

Así pues, en marzo de 1851, Teófanes llega al Seminario de las Misiones Extranjeras de París. El 26 de abril de 1852, una corta misiva llega a manos de su familia: ³Tengo una noticia que debo comunicaros sin dilación: seré sacerdote por la Trinidad². Pero pronto enferma de una infección paratifoidea, aunque, tras una novena a la Santísima Virgen, el peligro se aleja rápidamente. Sin embargo, toda su vida se verá afectada por problemas de salud.
El 5 de junio de 1851, a la edad de 22 años, es ordenado sacerdote; celebra su primera Misa en la iglesia de Notre-Dame des Victoires, pero no acude nadie de Saint-Loup: el sacrifico se ha consumado una vez y para siempre. A partir de ese momento, sus más ardientes deseos tienen a Tonkín como destino: "La misión de Tonkín es la misión deseada, ya que es el camino más corto para ir al cielo... ¡Oh, si algún día pudiera ser llamado yo también para dar mi sangre como testimonio de la fe!". En septiembre de 1852, Teófanes celebra su última Misa en Francia y sale de misión para la China, según habían dispuesto sus superiores.
Después de un viaje de varios meses, aparece por fin en el horizonte la costa china y, el 19 de marzo de 1853, los misioneros desembarcan en la isla de Hong Kong. Teófanes no sabe todavía cuál será su último destino, pero, ya que le han enviado a China, empieza a aprender el chino; ese penoso trabajo, además del clima y del calor, debilitan enormemente su salud y necesita descansar. El "padrecito Vénard", como se le conoce, siempre está alegre.
Todos le quieren en esa residencia, donde se vive en gran armonía; pero la evangelización sigue siendo la gran preocupación de esos apóstoles de Cristo. China se encuentra justo en frente, y las almas están esperando la luz de la Fe católica.
Teófanes expresa esa gran preocupación a su amigo, el padre Dallet:
"Habrá que conseguir que la madre China, así como sus hijas de Corea, de Japón y de la Cochinchina doblen sus rodillas ante Cristo". Sin embargo, él no se hace ilusiones: "La carga de las misiones me parece pesada, ahora que la veo más cerca... Espero que, en el momento de partir, la fuerza de Dios supla mi debilidad y la luz de su gracia mi inexperiencia".

Finalmente, Tonkín

Mientras se prepara para partir hacia China, le llega una carta de París
anunciándole: "Se le asigna Tonkín". Para él supone una alegría
indescriptible: "Acabo de recibir mi hoja de ruta para Tonkín... Voy a un sitio llamado Tonkín occidental. Es el mismo lugar donde fue martirizado el venerable Carlos Cornay... Es en el país annamita, donde está más activa la persecución y donde se pone precio a la cabeza de los misioneros; cuando consiguen capturar a uno lo decapitan sin contemplaciones".
El 26 de mayo de 1854, Teófanes abandona Hong Kong, llegando el 13 de julio a Vinh-Tri, centro de la vicaría de Tonkín occidental. Vinh-Tri es una población totalmente cristiana desde hace un siglo, y donde los misioneros son recibidos abiertamente, gracias a la benevolencia del virrey Hung, curado de una enfermedad de los ojos por un seminarista tonkinés, de ahí que proteja a los cristianos en su provincia, donde funcionan y se desarrollan sin problemas un seminario y diversas instituciones.

"¡Que viva la alegría!"

Monseñor Retord, por sus grandes cualidades y virtud, se ha ganado el respeto de varios mandarines subalternos. Había llegado a Tonkín en una época de violenta persecución, viviendo durante meses en escondrijos, pero sin perder nunca su proverbial buen humor. Consagrado ya como obispo, ha sabido transmitir su celo apostólico a toda la diócesis. Su lema episcopal oficial, "Embriagadme con la Cruz", es equilibrada mediante otro lema familiar que utiliza para remontar el ánimo de sus misioneros en los momentos de dificultad: ³¡Que viva la alegría!². Ha visto morir de miseria o torturados a un gran número de sus sacerdotes, pero él no ha sido nunca capturado, por lo cual escribe: "Me entristece no formar parte del grupo".
El obispo aprecia inmediatamente el valor del ³padrecito Vénard². La vivacidad del recién llegado, que ríe y canta continuamente, casa a la perfección con su propia mentalidad. Teófanes, que debe aprender la lengua del país, trabaja con tanto tesón que en muy poco tiempo consigue predicar en vietnamita. De Tonkín todo le gusta, lo que facilita su adaptación, aunque los alimentos no son buenos para su estómago, lo que le causa muchos sufrimientos. ¡Da lo mismo! Él es el primero en reírse de ello. Sin embargo, su salud le vuelve a inquietar. A pesar de los cuidados que le prodigan, se debilita, y enseguida le administran la Extremaunción; se organiza una novena para obtener su curación y, desde las primeras invocaciones, el enfermo se muestra restablecido. Y enseguida se pone manos a la obra:
bautizos, sermones, confesiones...

Perfume a martirio

La relativa tranquilidad de la misión de Tonkín no dura demasiado. El poder central insta a los mandarines (funcionarios locales) a que persigan a los sacerdotes. Los padres Castex y Vénard se esconden en la localidad de But-Dong, donde son recibidos por una pequeña comunidad de religiosas vietnamitas, las Amantes de la Cruz, que nunca habían sido molestadas hasta entonces; por lo menos allí puede celebrar la Misa y continuar su acción misionera mediante la oración. Teófanes ofrece por la salvación de las almas su sufrimiento y su aparente inacción, puesto que tal es la voluntad de Dios.
Con los meses de invierno, las fuerzas se recuperan lo suficiente para que Mons. Retord decida que Teófanes le acompañe en su visita pastoral, parroquia tras parroquia. Los misioneros predican, confiesan, administran los sacramentos, reconcilian con Dios a quienes han caído en el pecado y animan a todos los fieles a que perseveren. Durante el proceso de beatificación, el padre Thinh dará testimonio de lo siguiente: "Su fervor y elocuencia llegaban al máximo cuando hablaba de la bienaventurada Virgen María, a quien amaba, de forma visible, con gran amor filial".
Sin embargo, la estación de las lluvias de 1856 es causa de una nueva
enfermedad: esta vez es la tisis (tuberculosis) la que le hace temer una muerte próxima. El obispo, afligido y sin saber qué hacer, permite que Teófanes se someta a una operación muy dolorosa de medicina china, que consiste en quemar, sobre diversas partes del cuerpo, unas bolitas de cierta hierba medicinal. Durante esa dolorosa operación, Teófanes sostiene el crucifijo con ambas manos y no deja escapar ningún lamento. El mal remite en poco tiempo, y su constante plegaria ³Tener fuerza suficiente para anunciar el Evangelio² recibe satisfacción; podrá retomar su vida de misionero en activo, que seguirá durante casi tres años, hasta el momento de su detención. Su obispo da testimonio de ello: "He dicho que su celo era inmenso. A pesar de ser el más débil de salud de todos los misioneros de la vicaría, trabajaba igual que los demás, pasando la mitad de las noches en el confesionario, incluso algunas veces noches enteras. Su confianza en Dios no tenía límites y le llenaba de valor en sus empresas".

Un año de gracias

Después de una relativa calma, la persecución se pone nuevamente en marcha con vigor, en 1859, por parte del emperador Tu-Duc, totalmente decidido a aniquilar "la religión de Jesús". El nuevo edicto que acaba de publicarse confirma la pena de muerte para los sacerdotes, garantiza una recompensa a quienes los denuncian y prevé sanciones para los mandarines benévolos con los cristianos. Teófanes tiene la total convicción de que el año 1860 que acaba de empezar será el de su detención, y de que Dios le otorgará la gracia del martirio. Su obispo le concede permiso para ofrecerse a Dios como víctima por la Iglesia de Tonkín. Por amor filial hacia la Virgen, se consagra a ella según la fórmula de san Luis María Grignion de Montfort, dejándolo todo en sus manos.
Apresado el 30 de noviembre de 1860, es despojado de sus vestidos y llevado atado, mientras él sigue rezando y preparándose para el martirio. Es encerrado en una angosta jaula de bambú y trasladado a la ciudadela de Hanoi, donde el virrey en persona acude a interrogarle; después, sus órdenes son terminantes: construir una jaula de bambú más espaciosa, envolverla con una mosquitera, colocar una estera en el suelo, forjar para el sacerdote una cadena tan ligera como resulte posible y velar para que el prisionero sea alimentado convenientemente. En el transcurso del interrogatorio, el padre Teófanes había producido muy buena impresión, y por ese motivo se le concede ese tratamiento.
El catequista Khang, capturado junto al padre Vénard, no se separa de su maestro y, gracias a la complicidad de un soldado, consigue papel, tinta y un pincel. Teófanes escribe a sus compañeros y a su familia: "Si obtengo la gracia del martirio, en esos momentos me acordaré sobre todo de vosotros.
¡Tenemos una cita en el cielo! ¡Nos veremos allí arriba!". Ignora que su padre ha fallecido hace quince meses.

Besando la cruz

Su juicio definitivo tiene lugar en Hanoi. Es introducido en la sala del pretorio y se le concede el honor de no ser flagelado. En sus interrogatorios, los diferentes jueces, mezclando lo religioso y lo político, le ponen un crucifijo entre las manos y el virrey le dice:
³¡Pisotea esta Cruz y no serás ajusticiado!².
Pero el misionero levanta con respeto el crucifijo, deposita largo tiempo sus labios en él y exclama con potente voz: "¿Cómo? He predicado hasta hoy la religión de la Cruz ¿y pretendéis ahora que abjure de ella? ¡Mi aprecio por la vida de este mundo no llega a querer conservarla al precio de una apostasía!". El virrey pronuncia entonces la siguiente sentencia: "El sacerdote europeo Vin, cuyo nombre verdadero es ³Vena², es condenado, a causa de la ceguera de su corazón y de la obstinación de su mente, y descartados otros motivos, a que le sea cortada la cabeza, que será expuesta durante tres días y finalmente arrojada al río".
La ejecución del veredicto requiere la firma de Tu-Duc; el lunes 17 de diciembre de 1860, un correo emprende la ruta de Hué para llevar el duplicado de la sentencia. Sin embargo, el condenado no tiene conocimiento oficial de su destino hasta unas pocas horas antes de la ejecución de la sentencia, el 2 de febrero. La nueva jaula de Teófanes, de dos metros de largo por un metro veinte de ancho, está hermosa y adornada, pero resulta un suplicio permanecer en ese espacio tan angosto. Los mismos guardias, cautivados por la afabilidad del prisionero, le dejan salir de vez en cuando. Tampoco le faltan otras muestras de simpatía, como la de Pablo Muin, un cristiano de intrépido coraje que ha conseguido deslizarse entre la policía y visitar al padre Teófanes cuatro o cinco veces al día.

Un lago tranquilo

"Si bien la mayoría de personas me dan muestras de simpatía ‹escribe el padre Teófanes en una carta a su familia el 2 de enero de 1861‹, hay gentes que me insultan y que se burlan de mí". Por suerte, los visitantes son cada vez menos y puede escribir a su obispo: "Mi corazón es como un lago tranquilo". Reza hasta el final el breviario, el único libro de que dispone.
Teófanes expresa su felicidad cantando su deseo por el cielo, y espera recibir la Eucaristía. El diácono Men consigue hacerle llegar la Sagrada Comunión, a través de piadosas cristianas que pasan desapercibidas. El sacerdote Thinh, enviado por el obispo, consigue oír en confesión al padre Teófanes.
La mañana del 2 de febrero, el padre Teófanes es informado de que va a ser ejecutado ese mismo día. Da gracias a Dios, pide a la Virgen que le ayude hasta el final y, después, vestido con hábito de fiesta, camina con gozo hacia el suplicio cantando el Magníficat. El verdugo, que ha bebido para darse valor, debe repetir hasta cinco veces los golpes de sable para conseguir separar la cabeza del mártir. Parece que, ya al tercer golpe, Teófanes está en el cielo, en medio de un gozo sin fin... Ése era el deseo de su corazón y ha sido colmado en extremo.
Juan Pablo II lo canonizó el 19 de junio de 1988.



 

Espiritualidad
El crucifijo de San Damián

Un artista desconocido de Umbría pintó el ícono de un Crucifijo en el siglo XII. Una experiencia que marcó a san Francisco de Asís para toda su vida.

Un día de otoño de 1205, mientras oraba, el Señor le prometió a san Francisco que pronto daría respuesta a sus preguntas. A los pocos días, paseando por los alrededores de Asís, el joven pasó junto a la antigua iglesia de San Damián y, conmovido por su estado de inminente ruina, entró a rezar, arrodillándose con reverencia y respeto ante la imagen de Cristo crucificado que presidía el altar.
Y, estando allí, le invadió, más que otras veces, un gran consuelo espiritual. Con los ojos arrasados en lágrimas, pudo ver como el Señor le hablaba desde la cruz y le decía: "Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala". Tembloroso y sorprendido, él contestó:
"De muy buena gana lo haré, Señor". Luego se ensimismó y quedó como arrebatado, en medio de la iglesia vacía. Fue tal el gozo y tanta la claridad que recibió con aquellas palabras, que le pareció que era el mismo Cristo crucificado quien le había hablado.

¿Éxtasis o visión?

Todos los biógrafos coinciden en calificar de éxtasis o visión la experiencia en San Damián. Santa Clara escribe que fue una "visita del Señor", que lo llenó de consuelo y le dio el impulso decisivo para abandonar definitivamente el mundo.
A esta visión parece referirse san Buenaventura cuando refiere que el santo, tras el encuentro con el leproso, estando en oración en un lugar solitario, tras muchos gemidos e insistentes e inefables súplicas, mereció ser escuchado y se le manifestó el Señor en la cruz. Y se conmovió tanto al verlo, y de tal modo le quedó grabada en el corazón la pasión de Cristo que, desde entonces, a duras penas podía contener las lágrimas y los gemidos al recordarla, según confió él mismo, antes de morir.
Y entendió que eran para él aquellas palabras del Evangelio: "Si quieres venir en pos de mí, niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme" (Mt 16, 24).
Tomás de Celano y los Tres Compañeros sitúan esta experiencia en San Damián. Según ellos, cuando el Señor le habló desde el crucifijo, Francisco experimentó un cambio interior que ni él mismo acertaba a describir. El corazón se le quedó tan llagado y derretido de amor por el recuerdo de la pasión, que desde entonces llevó grabadas en su interior las llagas de Cristo, mucho antes de que se le manifestaran en la carne. Por eso, añade San Buenaventura, "ponía sumo cuidado en mortificar la carne, para que la cruz de Cristo que llevaba impresa dentro de su corazón rodease también su cuerpo por fuera.
Todo eso lo practicaba ya cuando aún no se había apartado del mundo, ni en el vestir ni en la manera de vivir". Se refiere a un cilicio, a un tejido muy basto, hecho de gruesos nudos, que empezó a llevar ceñido a la cintura, debajo de la ropa. Desde entonces será tal su austeridad, y tantas las mortificaciones a lo largo de su vida, que, sano o enfermo, apenas condescendió en darse gusto, hasta el extremo de reconocer, poco antes de morir, que había tratado con poco miramiento al "hermano cuerpo".

Descripción del crucifijo de San Damián

El crucifijo que habló a Francisco es hoy uno de los más conocidos y reproducidos del mundo. Se trata de un icono románico-bizantino del siglo XII, de autor desconocido ­aunque sería originario de Umbría, región del centro de Italia- y clara influencia sirio-oriental. Es de madera de nogal recubierta en tela, sobre la que pintaron con colores vivos las figuras de Cristo y otros personajes de la Pasión. Sin el pedestal, mide 2,10 metros de alto por 1,30 de ancho. El groso el madero es de 12 centímetros.
Para los cristianos del este, el icono es una representación del Dios vivo, y ponerse en su presencia se convierte en un encuentro personal con la gracia del Espíritu Santo. El ícono de San Damián es por lo tanto un encuentro personal con el Cristo transfigurado, el hombre hecho Dios.
El Crucifijo contiene la historia de la muerte, de la resurrección y de la ascensión en gloria; nos invita a todos a participar en él con una fe viva y vivida, como lo hizo san Francisco.
La muerte de Cristo se muestra en Evangelio de Juan en su majestad serena, y este Crucifijo retrata esto en forma del cuadro.
En 1257, cuando las clarisas abandonaron San Damián, se lo llevaron consigo al nuevo monasterio de Santa Clara construido para ellas en Asís, donde lo conservaron durante siglos en la sacristía. En 1958, veinte años después de ser restaurado por Rosario Aliano, fue expuesto al público en la capilla de San Jorge.
Después del terremoto de septiembre de 1997 el icono ha sido sometido a una nueva restauración, y allí sigue expuesto a la devoción de todos, libre ya del vidrio y del marco que antes lo contenía.

Claves para su comprensión

El Cristo de San Damián está vivo y sin corona de espinas, pues es el Cristo resucitado y glorioso que ha vencido a la muerte. El paño de lino orlado de oro recuerda las vestiduras de los sacerdotes del Antiguo Testamento (Ex 28, 42). Su postura expresa un gesto de acogida y parece abrazar a todo el universo.
Sus ojos no miran al espectador, sino que se dirigen al Padre, invitándonos también a nosotros a hacer lo mismo mediante la conversión.
Alrededor de la cruz varios símbolos representan la vid mística: "Yo soy la vid, vosotros sois las ramas"... (Juan 15), y también contienen las palabras "no existe el amor más grande que éste, dar la propia por los propios amigos". En la base de la cruz hay una roca, símbolo de Pedro, primera jefe de la iglesia. Las caracolas son símbolos de la eternidad.
Los 33 personajes que lo rodean representan la comunión de los santos de todos los tiempos. Jesús, con los pies sobre fondo negro, parece que asciende del abismo.
La sangre de Cristo chorrea sobre los personajes que lo rodean, para indicar que han sido lavados y salvados por su Pasión. La sangre de los pies cae sobre seis personajes apenas reconocibles, que podrían ser san Juan Bautista, san Miguel, san Pablo y san Pedro, san Damián y san Rufino, patrono de Asís.
En cada extremo de los brazos transversales de la cruz hay tres ángeles que muestran a Cristo: son los mensajeros de la Buena Noticia.
Los personajes bajo los brazos de Jesús están todos en la luz, son hijos de la luz.
Tienen todos la misma estatura, pues son "hombres perfectos", que han alcanzado "plenamente la talla de Cristo" (Ef 4, 13). Si se mira bien, sus rostros son como el de Cristo, pues en ellos ha sido restaurada la "imagen y semejanza de Dios" original.
Juan y María están en el puesto de honor, a la derecha de Cristo. El discípulo muestra y recoge la sangre del costado de Cristo. María manifiesta dolor, pero también serenidad y admiración por la resurrección y por el nuevo hijo que su Hijo le acaba de encomendar.
El manto blanco de la Virgen simboliza pureza, y las piedras preciosas que lo adornan son los dones del Espíritu Santo. El vestido rojo oscuro representa el amor. La túnica morada bajo el vestido recuerda que María es la nueva Arca de la Alianza (la del Antiguo Testamento estaba cubierta con un paño de ese color).
A la izquierda de Jesús están Maria Magdalena y María de Santiago, que parecen preguntarse: ¿Quién nos abrirá el sepulcro?. Junto a ellas, el Centurión confiesa la humanidad y divinidad de Cristo: "Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios".
Detrás del Centurión asoma el rostro de quien encargó el crucifijo y otras tres personas que evocan al Pueblo de Dios. Bajo los personajes mayores, hay dos pequeños, uno a cada lado, que representan a los romanos y judíos que crucificaron a Jesús: el romano es un soldado con la lanza y la esponja.
A la izquierda de las piernas de Cristo se ve el gallo de Pedro, que recuerda nuestra debilidad e invita a la vigilancia. Pero también simboliza al sol naciente, Cristo, cuya luz se difunde por toda la tierra. Sobre la tablilla con la inscripción "Rex iudeorum", en un círculo rojo, vemos a Cristo que sube al cielo, vestido de blanco, con estola dorada y una cruz luminosa en la mano, señal de victoria. El círculo expresa perfección y representa la plenitud de la gloria, donde lo reciben diez ángeles festivos.
La mano del Padre, en lo más alto del crucifijo, se encuentra en un semicírculo. La otra mitad no se puede ver, pues Dios Padre no tiene rostro, es un misterio.

Oración de San Francisco
ante el crucifijo de San Damián


La tradición ha recogido la plegaria que el santo de Asís rezó ante el ícono del Cristo de San Damián. Una de las versiones conocidas de la que habría sido aquella prodigiosa oración es la siguiente:

Alto y glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta y
caridad perfecta, sensatez
y conocimiento, Señor,
para hacer tu santo y
veraz mandamiento.

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