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Testigo
Mártir
anhelante
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Teófanes
Vénard fue un joven sacerdote mártir de la persecución
cristiana en China. Desde su niñez supo que su vida no tenía
otra dirección que la de ofrecer su vida por la causa de Cristo
en aquel país. |
Teófanes
Vénard nació el 21 de noviembre de 1829, festividad de la
Presentación de la Virgen, en Saint-Loup-sur-Thouet (diócesis
de Poitiers).
Fue bautizado el mismo día, con los nombres de Juan Teófanes,
pero conservó solamente el de Teófanes, que significa "manifestación
de Dios". Sus padres eran católicos fervientes y, dos años
antes que Teófanes, la pequeña Melania había traído alegría
al hogar. Completarán la familia otros dos chicos:
Enrique y Eusebio.
¡Sígueme!
Con motivo de sus tareas de monaguillo, Teófanes observa con
secreta envidia al sacerdote que lo había bautizado, mientras
éste oficia ante el altar; su madre le ha explicado lo que
significa la Misa y el sacerdocio.
Sin embargo, la llamada de Jesucristo "¡Sígueme!"
resonará con más fuerza a la edad de 9 años, en medio de la
soledad de la ladera de Bel-Air, donde lleva a pastar la cabra
de su padre, mientras lee los ³Anales de la propagación de
la fe², revista que relata los hechos de los misioneros. Un día,
al terminar de leer la vida del padre Cornay, decapitado en
defensa de la fe en Tonkín (actual Vietnam), Teófanes
exclama: ³¡Yo también quiero ir a Tonkín! ¡Yo también
quiero morir mártir!².
Teófanes se guarda para sí el secreto y pide a su padre
cursar estudios secundarios. En 1841, ingresa en el colegio de
Doué, a 50 kilómetros de Saint-Loup. Separarse de su
familia, a la que tanto ama, supone para él una aflicción,
pero enseguida llega a ser de los primeros de la clase. Con
sus compañeros es a veces burlón, irascible y brusco, enfadándose
ante la mínima contrariedad. Como cualquier muchacho de su
edad, Teófanes conoce altibajos, pero en esa época las
reprobaciones son más frecuentes que los elogios.
Iluminado por la gracia de Dios, se da cuenta de que para
conseguir algo es necesario el sacrificio, y también la oración.
Por eso escribe lo siguiente a su hermana Melania: ³Te voy a
contar la resolución que he tomado: rezar el rosario todas
las semanas². Poco a poco, gracias a la ayuda de esa oración
mariana, a la que todos tienen acceso, consigue corregirse.
Toma la primera comunión el 28 de abril de 1842, día
celestial para él.
Las verdades de la fe fortifican su alma y le ayudan a
soportar sin desfallecer una terrible prueba: la muerte de su
madre el 11 de enero de 1849. El único consuelo para ese
dolor es arrojarse en los brazos de la Virgen.
"¡Que nada te retenga!"
A principios de agosto de 1847, Teófanes deja Doué para
ingresar en el Seminario Menor de Montmorillon. Después de
sus estudios de filosofía, pasa al Seminario Mayor de
Poitiers, desde donde escribe lo siguiente a su
hermana: "Te alegrará saber que uno de nuestros
hermanos, que ya es diácono, parte el jueves para el
Seminario de las Misiones Extranjeras de París. Que Dios
tenga a bien guiar sus pasos, y que el venerable Cornay cuide
de él".
Teófanes aprovecha la ocasión para preparar a los suyos
sobre su propio proyecto de irse a las misiones. Lo hace sin
prisas, con gran habilidad y tacto. Melania es la primera en
comprenderlo. Para el padre resulta un sacrificio mucho más
difícil, pero finalmente, en un hermoso arrebato de fe, da su
consentimiento pleno: ³Si sientes la llamada de Dios, cosa
que no dudo, obedece sin vacilar. ¡Que nada te retenga, ni
siquiera la idea de dejar a un padre afligido!². La salida
queda fijada para el 27 de febrero de 1851, a las nueve de la
noche. Después de la última comida en familia y del rezo del
rosario, Teófanes lee algunos pasajes de la Imitación de
Cristo relacionados con las circunstancias, rezando a
continuación las oraciones de la noche, entrecortadas por los
llantos de la familia; por último, pide la bendición de su
padre, quien, con un ligero temblor, pronuncia palabra tras
palabra estas frases: "Hijo mío, recibe la bendición de
tu padre, que te sacrifica al Señor; recibe por siempre la
bendición en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo. Amén". Llegado el momento de partir, sabedor de
que no volverá a ver nunca a su familia, el futuro misionero
abraza a los suyos por última vez, sale de la casa y sube a
un coche.
Misionero
Así pues, en marzo de 1851, Teófanes llega al Seminario de
las Misiones Extranjeras de París. El 26 de abril de 1852,
una corta misiva llega a manos de su familia: ³Tengo una
noticia que debo comunicaros sin dilación: seré sacerdote
por la Trinidad². Pero pronto enferma de una infección
paratifoidea, aunque, tras una novena a la Santísima Virgen,
el peligro se aleja rápidamente. Sin embargo, toda su vida se
verá afectada por problemas de salud.
El 5 de junio de 1851, a la edad de 22 años, es ordenado
sacerdote; celebra su primera Misa en la iglesia de Notre-Dame
des Victoires, pero no acude nadie de Saint-Loup: el sacrifico
se ha consumado una vez y para siempre. A partir de ese
momento, sus más ardientes deseos tienen a Tonkín como
destino: "La misión de Tonkín es la misión deseada, ya
que es el camino más corto para ir al cielo... ¡Oh, si algún
día pudiera ser llamado yo también para dar mi sangre como
testimonio de la fe!". En septiembre de 1852, Teófanes
celebra su última Misa en Francia y sale de misión para la
China, según habían dispuesto sus superiores.
Después de un viaje de varios meses, aparece por fin en el
horizonte la costa china y, el 19 de marzo de 1853, los
misioneros desembarcan en la isla de Hong Kong. Teófanes no
sabe todavía cuál será su último destino, pero, ya que le
han enviado a China, empieza a aprender el chino; ese penoso
trabajo, además del clima y del calor, debilitan enormemente
su salud y necesita descansar. El "padrecito Vénard",
como se le conoce, siempre está alegre.
Todos le quieren en esa residencia, donde se vive en gran
armonía; pero la evangelización sigue siendo la gran
preocupación de esos apóstoles de Cristo. China se encuentra
justo en frente, y las almas están esperando la luz de la Fe
católica.
Teófanes expresa esa gran preocupación a su amigo, el padre
Dallet:
"Habrá que conseguir que la madre China, así como sus
hijas de Corea, de Japón y de la Cochinchina doblen sus
rodillas ante Cristo". Sin embargo, él no se hace
ilusiones: "La carga de las misiones me parece pesada,
ahora que la veo más cerca... Espero que, en el momento de
partir, la fuerza de Dios supla mi debilidad y la luz de su
gracia mi inexperiencia".
Finalmente, Tonkín
Mientras se prepara para partir hacia China, le llega una
carta de París
anunciándole: "Se le asigna Tonkín". Para él
supone una alegría
indescriptible: "Acabo de recibir mi hoja de ruta para
Tonkín... Voy a un sitio llamado Tonkín occidental. Es el
mismo lugar donde fue martirizado el venerable Carlos
Cornay... Es en el país annamita, donde está más activa la
persecución y donde se pone precio a la cabeza de los
misioneros; cuando consiguen capturar a uno lo decapitan sin
contemplaciones".
El 26 de mayo de 1854, Teófanes abandona Hong Kong, llegando
el 13 de julio a Vinh-Tri, centro de la vicaría de Tonkín
occidental. Vinh-Tri es una población totalmente cristiana
desde hace un siglo, y donde los misioneros son recibidos
abiertamente, gracias a la benevolencia del virrey Hung,
curado de una enfermedad de los ojos por un seminarista tonkinés,
de ahí que proteja a los cristianos en su provincia, donde
funcionan y se desarrollan sin problemas un seminario y
diversas instituciones.
"¡Que viva la alegría!"
Monseñor Retord, por sus grandes cualidades y virtud, se ha
ganado el respeto de varios mandarines subalternos. Había
llegado a Tonkín en una época de violenta persecución,
viviendo durante meses en escondrijos, pero sin perder nunca
su proverbial buen humor. Consagrado ya como obispo, ha sabido
transmitir su celo apostólico a toda la diócesis. Su lema
episcopal oficial, "Embriagadme con la Cruz", es
equilibrada mediante otro lema familiar que utiliza para
remontar el ánimo de sus misioneros en los momentos de
dificultad: ³¡Que viva la alegría!². Ha visto morir de
miseria o torturados a un gran número de sus sacerdotes, pero
él no ha sido nunca capturado, por lo cual escribe: "Me
entristece no formar parte del grupo".
El obispo aprecia inmediatamente el valor del ³padrecito Vénard².
La vivacidad del recién llegado, que ríe y canta
continuamente, casa a la perfección con su propia mentalidad.
Teófanes, que debe aprender la lengua del país, trabaja con
tanto tesón que en muy poco tiempo consigue predicar en
vietnamita. De Tonkín todo le gusta, lo que facilita su
adaptación, aunque los alimentos no son buenos para su estómago,
lo que le causa muchos sufrimientos. ¡Da lo mismo! Él es el
primero en reírse de ello. Sin embargo, su salud le vuelve a
inquietar. A pesar de los cuidados que le prodigan, se
debilita, y enseguida le administran la Extremaunción; se
organiza una novena para obtener su curación y, desde las
primeras invocaciones, el enfermo se muestra restablecido. Y
enseguida se pone manos a la obra:
bautizos, sermones, confesiones...
Perfume a martirio
La relativa tranquilidad de la misión de Tonkín no dura
demasiado. El poder central insta a los mandarines
(funcionarios locales) a que persigan a los sacerdotes. Los
padres Castex y Vénard se esconden en la localidad de
But-Dong, donde son recibidos por una pequeña comunidad de
religiosas vietnamitas, las Amantes de la Cruz, que nunca habían
sido molestadas hasta entonces; por lo menos allí puede
celebrar la Misa y continuar su acción misionera mediante la
oración. Teófanes ofrece por la salvación de las almas su
sufrimiento y su aparente inacción, puesto que tal es la
voluntad de Dios.
Con los meses de invierno, las fuerzas se recuperan lo
suficiente para que Mons. Retord decida que Teófanes le
acompañe en su visita pastoral, parroquia tras parroquia. Los
misioneros predican, confiesan, administran los sacramentos,
reconcilian con Dios a quienes han caído en el pecado y
animan a todos los fieles a que perseveren. Durante el proceso
de beatificación, el padre Thinh dará testimonio de lo
siguiente: "Su fervor y elocuencia llegaban al máximo
cuando hablaba de la bienaventurada Virgen María, a quien
amaba, de forma visible, con gran amor filial".
Sin embargo, la estación de las lluvias de 1856 es causa de
una nueva
enfermedad: esta vez es la tisis (tuberculosis) la que le hace
temer una muerte próxima. El obispo, afligido y sin saber qué
hacer, permite que Teófanes se someta a una operación muy
dolorosa de medicina china, que consiste en quemar, sobre
diversas partes del cuerpo, unas bolitas de cierta hierba
medicinal. Durante esa dolorosa operación, Teófanes sostiene
el crucifijo con ambas manos y no deja escapar ningún
lamento. El mal remite en poco tiempo, y su constante plegaria
³Tener fuerza suficiente para anunciar el Evangelio² recibe
satisfacción; podrá retomar su vida de misionero en activo,
que seguirá durante casi tres años, hasta el momento de su
detención. Su obispo da testimonio de ello: "He dicho
que su celo era inmenso. A pesar de ser el más débil de
salud de todos los misioneros de la vicaría, trabajaba igual
que los demás, pasando la mitad de las noches en el
confesionario, incluso algunas veces noches enteras. Su
confianza en Dios no tenía límites y le llenaba de valor en
sus empresas".
Un año de gracias
Después de una relativa calma, la persecución se pone
nuevamente en marcha con vigor, en 1859, por parte del
emperador Tu-Duc, totalmente decidido a aniquilar "la
religión de Jesús". El nuevo edicto que acaba de
publicarse confirma la pena de muerte para los sacerdotes,
garantiza una recompensa a quienes los denuncian y prevé
sanciones para los mandarines benévolos con los cristianos.
Teófanes tiene la total convicción de que el año 1860 que
acaba de empezar será el de su detención, y de que Dios le
otorgará la gracia del martirio. Su obispo le concede permiso
para ofrecerse a Dios como víctima por la Iglesia de Tonkín.
Por amor filial hacia la Virgen, se consagra a ella según la
fórmula de san Luis María Grignion de Montfort, dejándolo
todo en sus manos.
Apresado el 30 de noviembre de 1860, es despojado de sus
vestidos y llevado atado, mientras él sigue rezando y preparándose
para el martirio. Es encerrado en una angosta jaula de bambú
y trasladado a la ciudadela de Hanoi, donde el virrey en
persona acude a interrogarle; después, sus órdenes son
terminantes: construir una jaula de bambú más espaciosa,
envolverla con una mosquitera, colocar una estera en el suelo,
forjar para el sacerdote una cadena tan ligera como resulte
posible y velar para que el prisionero sea alimentado
convenientemente. En el transcurso del interrogatorio, el
padre Teófanes había producido muy buena impresión, y por
ese motivo se le concede ese tratamiento.
El catequista Khang, capturado junto al padre Vénard, no se
separa de su maestro y, gracias a la complicidad de un
soldado, consigue papel, tinta y un pincel. Teófanes escribe
a sus compañeros y a su familia: "Si obtengo la gracia
del martirio, en esos momentos me acordaré sobre todo de
vosotros.
¡Tenemos una cita en el cielo! ¡Nos veremos allí arriba!".
Ignora que su padre ha fallecido hace quince meses.
Besando la cruz
Su juicio definitivo tiene lugar en Hanoi. Es introducido en
la sala del pretorio y se le concede el honor de no ser
flagelado. En sus interrogatorios, los diferentes jueces,
mezclando lo religioso y lo político, le ponen un crucifijo
entre las manos y el virrey le dice:
³¡Pisotea esta Cruz y no serás ajusticiado!².
Pero el misionero levanta con respeto el crucifijo, deposita
largo tiempo sus labios en él y exclama con potente voz:
"¿Cómo? He predicado hasta hoy la religión de la Cruz
¿y pretendéis ahora que abjure de ella? ¡Mi aprecio por la
vida de este mundo no llega a querer conservarla al precio de
una apostasía!". El virrey pronuncia entonces la
siguiente sentencia: "El sacerdote europeo Vin, cuyo
nombre verdadero es ³Vena², es condenado, a causa de la
ceguera de su corazón y de la obstinación de su mente, y
descartados otros motivos, a que le sea cortada la cabeza, que
será expuesta durante tres días y finalmente arrojada al río".
La ejecución del veredicto requiere la firma de Tu-Duc; el
lunes 17 de diciembre de 1860, un correo emprende la ruta de
Hué para llevar el duplicado de la sentencia. Sin embargo, el
condenado no tiene conocimiento oficial de su destino hasta
unas pocas horas antes de la ejecución de la sentencia, el 2
de febrero. La nueva jaula de Teófanes, de dos metros de
largo por un metro veinte de ancho, está hermosa y adornada,
pero resulta un suplicio permanecer en ese espacio tan
angosto. Los mismos guardias, cautivados por la afabilidad del
prisionero, le dejan salir de vez en cuando. Tampoco le faltan
otras muestras de simpatía, como la de Pablo Muin, un
cristiano de intrépido coraje que ha conseguido deslizarse
entre la policía y visitar al padre Teófanes cuatro o cinco
veces al día.
Un lago tranquilo
"Si bien la mayoría de personas me dan muestras de
simpatía ‹escribe el padre Teófanes en una carta a su
familia el 2 de enero de 1861‹, hay gentes que me insultan y
que se burlan de mí". Por suerte, los visitantes son
cada vez menos y puede escribir a su obispo: "Mi corazón
es como un lago tranquilo". Reza hasta el final el
breviario, el único libro de que dispone.
Teófanes expresa su felicidad cantando su deseo por el cielo,
y espera recibir la Eucaristía. El diácono Men consigue
hacerle llegar la Sagrada Comunión, a través de piadosas
cristianas que pasan desapercibidas. El sacerdote Thinh,
enviado por el obispo, consigue oír en confesión al padre Teófanes.
La mañana del 2 de febrero, el padre Teófanes es informado
de que va a ser ejecutado ese mismo día. Da gracias a Dios,
pide a la Virgen que le ayude hasta el final y, después,
vestido con hábito de fiesta, camina con gozo hacia el
suplicio cantando el Magníficat. El verdugo, que ha bebido
para darse valor, debe repetir hasta cinco veces los golpes de
sable para conseguir separar la cabeza del mártir. Parece
que, ya al tercer golpe, Teófanes está en el cielo, en medio
de un gozo sin fin... Ése era el deseo de su corazón y ha
sido colmado en extremo.
Juan Pablo II lo canonizó el 19 de junio de 1988. |

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Espiritualidad
El
crucifijo de San Damián
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Un
artista desconocido de Umbría pintó el ícono de un Crucifijo en
el siglo XII. Una experiencia que marcó a san Francisco de Asís
para toda su vida. |
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Un día de otoño de
1205, mientras oraba, el Señor le prometió a san Francisco que
pronto daría respuesta a sus preguntas. A los pocos días, paseando
por los alrededores de Asís, el joven pasó junto a la antigua
iglesia de San Damián y, conmovido por su estado de inminente
ruina, entró a rezar, arrodillándose con reverencia y respeto ante
la imagen de Cristo crucificado que presidía el altar.
Y, estando allí, le invadió, más que otras veces, un gran
consuelo espiritual. Con los ojos arrasados en lágrimas, pudo ver
como el Señor le hablaba desde la cruz y le decía:
"Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala".
Tembloroso y sorprendido, él contestó:
"De muy buena gana lo haré, Señor". Luego se ensimismó
y quedó como arrebatado, en medio de la iglesia vacía. Fue tal el
gozo y tanta la claridad que recibió con aquellas palabras, que le
pareció que era el mismo Cristo crucificado quien le había
hablado.
¿Éxtasis o visión?
Todos los biógrafos coinciden en calificar de éxtasis o visión la
experiencia en San Damián. Santa Clara escribe que fue una
"visita del Señor", que lo llenó de consuelo y le dio el
impulso decisivo para abandonar definitivamente el mundo.
A esta visión parece referirse san Buenaventura cuando refiere que
el santo, tras el encuentro con el leproso, estando en oración en
un lugar solitario, tras muchos gemidos e insistentes e inefables súplicas,
mereció ser escuchado y se le manifestó el Señor en la cruz. Y se
conmovió tanto al verlo, y de tal modo le quedó grabada en el
corazón la pasión de Cristo que, desde entonces, a duras penas podía
contener las lágrimas y los gemidos al recordarla, según confió
él mismo, antes de morir.
Y entendió que eran para él aquellas palabras del Evangelio:
"Si quieres venir en pos de mí, niégate a ti mismo, toma tu
cruz y sígueme" (Mt 16, 24).
Tomás de Celano y los Tres Compañeros sitúan esta experiencia en
San Damián. Según ellos, cuando el Señor le habló desde el
crucifijo, Francisco experimentó un cambio interior que ni él
mismo acertaba a describir. El corazón se le quedó tan llagado y
derretido de amor por el recuerdo de la pasión, que desde entonces
llevó grabadas en su interior las llagas de Cristo, mucho antes de
que se le manifestaran en la carne. Por eso, añade San
Buenaventura, "ponía sumo cuidado en mortificar la carne, para
que la cruz de Cristo que llevaba impresa dentro de su corazón
rodease también su cuerpo por fuera.
Todo eso lo practicaba ya cuando aún no se había apartado del
mundo, ni en el vestir ni en la manera de vivir". Se refiere a
un cilicio, a un tejido muy basto, hecho de gruesos nudos, que empezó
a llevar ceñido a la cintura, debajo de la ropa. Desde entonces será
tal su austeridad, y tantas las mortificaciones a lo largo de su
vida, que, sano o enfermo, apenas condescendió en darse gusto,
hasta el extremo de reconocer, poco antes de morir, que había
tratado con poco miramiento al "hermano cuerpo".
Descripción del crucifijo de San Damián
El crucifijo que habló a Francisco es hoy uno de los más conocidos
y reproducidos del mundo. Se trata de un icono románico-bizantino
del siglo XII, de autor desconocido aunque sería originario de
Umbría, región del centro de Italia- y clara influencia
sirio-oriental. Es de madera de nogal recubierta en tela, sobre la
que pintaron con colores vivos las figuras de Cristo y otros
personajes de la Pasión. Sin el pedestal, mide 2,10 metros de alto
por 1,30 de ancho. El groso el madero es de 12 centímetros.
Para los cristianos del este, el icono es una representación del
Dios vivo, y ponerse en su presencia se convierte en un encuentro
personal con la gracia del Espíritu Santo. El ícono de San Damián
es por lo tanto un encuentro personal con el Cristo transfigurado,
el hombre hecho Dios.
El Crucifijo contiene la historia de la muerte, de la resurrección
y de la ascensión en gloria; nos invita a todos a participar en él
con una fe viva y vivida, como lo hizo san Francisco.
La muerte de Cristo se muestra en Evangelio de Juan en su majestad
serena, y este Crucifijo retrata esto en forma del cuadro.
En 1257, cuando las clarisas abandonaron San Damián, se lo llevaron
consigo al nuevo monasterio de Santa Clara construido para ellas en
Asís, donde lo conservaron durante siglos en la sacristía. En
1958, veinte años después de ser restaurado por Rosario Aliano,
fue expuesto al público en la capilla de San Jorge.
Después del terremoto de septiembre de 1997 el icono ha sido
sometido a una nueva restauración, y allí sigue expuesto a la
devoción de todos, libre ya del vidrio y del marco que antes lo
contenía.
Claves para su comprensión
El Cristo de San Damián está vivo y sin corona de espinas, pues es
el Cristo resucitado y glorioso que ha vencido a la muerte. El paño
de lino orlado de oro recuerda las vestiduras de los sacerdotes del
Antiguo Testamento (Ex 28, 42). Su postura expresa un gesto de
acogida y parece abrazar a todo el universo.
Sus ojos no miran al espectador, sino que se dirigen al Padre, invitándonos
también a nosotros a hacer lo mismo mediante la conversión.
Alrededor de la cruz varios símbolos representan la vid mística:
"Yo soy la vid, vosotros sois las ramas"... (Juan 15), y
también contienen las palabras "no existe el amor más grande
que éste, dar la propia por los propios amigos". En la base de
la cruz hay una roca, símbolo de Pedro, primera jefe de la iglesia.
Las caracolas son símbolos de la eternidad.
Los 33 personajes que lo rodean representan la comunión de los
santos de todos los tiempos. Jesús, con los pies sobre fondo negro,
parece que asciende del abismo.
La sangre de Cristo chorrea sobre los personajes que lo rodean, para
indicar que han sido lavados y salvados por su Pasión. La sangre de
los pies cae sobre seis personajes apenas reconocibles, que podrían
ser san Juan Bautista, san Miguel, san Pablo y san Pedro, san Damián
y san Rufino, patrono de Asís.
En cada extremo de los brazos transversales de la cruz hay tres ángeles
que muestran a Cristo: son los mensajeros de la Buena Noticia.
Los personajes bajo los brazos de Jesús están todos en la luz, son
hijos de la luz.
Tienen todos la misma estatura, pues son "hombres
perfectos", que han alcanzado "plenamente la talla de
Cristo" (Ef 4, 13). Si se mira bien, sus rostros son como el de
Cristo, pues en ellos ha sido restaurada la "imagen y semejanza
de Dios" original.
Juan y María están en el puesto de honor, a la derecha de Cristo.
El discípulo muestra y recoge la sangre del costado de Cristo. María
manifiesta dolor, pero también serenidad y admiración por la
resurrección y por el nuevo hijo que su Hijo le acaba de
encomendar.
El manto blanco de la Virgen simboliza pureza, y las piedras
preciosas que lo adornan son los dones del Espíritu Santo. El
vestido rojo oscuro representa el amor. La túnica morada bajo el
vestido recuerda que María es la nueva Arca de la Alianza (la del
Antiguo Testamento estaba cubierta con un paño de ese color).
A la izquierda de Jesús están Maria Magdalena y María de
Santiago, que parecen preguntarse: ¿Quién nos abrirá el
sepulcro?. Junto a ellas, el Centurión confiesa la humanidad y
divinidad de Cristo: "Verdaderamente, este hombre era el Hijo
de Dios".
Detrás del Centurión asoma el rostro de quien encargó el
crucifijo y otras tres personas que evocan al Pueblo de Dios. Bajo
los personajes mayores, hay dos pequeños, uno a cada lado, que
representan a los romanos y judíos que crucificaron a Jesús: el
romano es un soldado con la lanza y la esponja.
A la izquierda de las piernas de Cristo se ve el gallo de Pedro, que
recuerda nuestra debilidad e invita a la vigilancia. Pero también
simboliza al sol naciente, Cristo, cuya luz se difunde por toda la
tierra. Sobre la tablilla con la inscripción "Rex
iudeorum", en un círculo rojo, vemos a Cristo que sube al
cielo, vestido de blanco, con estola dorada y una cruz luminosa en
la mano, señal de victoria. El círculo expresa perfección y
representa la plenitud de la gloria, donde lo reciben diez ángeles
festivos.
La mano del Padre, en lo más alto del crucifijo, se encuentra en un
semicírculo. La otra mitad no se puede ver, pues Dios Padre no
tiene rostro, es un misterio. |

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Oración
de San Francisco
ante el crucifijo de San Damián
La tradición ha recogido la
plegaria que el santo de Asís rezó ante el ícono del Cristo de
San Damián. Una de las versiones conocidas de la que habría sido
aquella prodigiosa oración es la siguiente:
Alto y glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta y
caridad perfecta, sensatez
y conocimiento, Señor,
para hacer tu santo y
veraz mandamiento.
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