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Conocer a nuestros héroes,
a nuestros apóstoles y a nuestros mártires es un
deber, un honor y un desafío. Es un deber, porque con su labor
emprendedora
y su heroico sacrificio nos han regalado las riquezas de su mente y
de su
corazón y nos han transmitido los sólidos principios de la vida
espiritual,
social y cultural; y por ello, les debemos eterna gratitud. Es un
honor,
porque podemos acercarnos a espíritus superiores, altruistas,
desinteresados
y abnegados hasta el martirio; y así podemos compartir con ellos
los
momentos más felices de la fraternidad y de la solidaridad.
Y es un desafío, porque, al ponderar sus gestas, nace en nosotros
una
santa admiración, y, a la vez, brotan en nosotros el deseo de soñar
cosas
grandes y la aspiración de ser dignos de ellos en nuestra conducta
y en
nuestra entrega al servicio del apostolado.
Los tres trabajaron como misioneros y civilizadores en la comarca
que es
hoy la Diócesis de Orán (Salta) y allí los tres murieron mártires.
Sin
embargo, en esta breve semblanza, sólo nos ceñimos a don Pedro
Ortiz de
Zárate, en razón de sus elevadas actuaciones civiles, feudales,
eclesiásticas, pastorales, sociales...
Oscuros nubarrones
Pedro Ortiz de Zárate nació en la ciudad de San Salvador de Jujuy,
en
1622, como año más probable. Sus padres fueron don Juan Ochoa de Zárate
y su
madre, doña Bartolina de Garnica. Entre los tíos de Pedro, se
distinguía don
Juan Ortiz de Zárate, el famoso adelantado del Río de La Plata.
Gracias a sus servicios al rey, sobre todo durante las guerras
calchaquíes y del Chaco, los Zárate recibieron mercedes en tierras
y en
encomiendas que se extendían por leguas y leguas.
La época en que vivió don Pedro se caracterizó por su dureza, por
las
muchas zozobras y por las grandes dificultades que a diario surgían.
Hartos
de luchar contra los indios, los españoles que se avecindaban en la
ciudad,
emigraban a otras regiones.
Las guerras calchaquíes obligaban a los hombres más capaces a
enrolarse
con contingentes de indios y a cargar con las costas de las armas y
de las
provisiones. Las tierras quedaban sin brazos que la trabajaran, y
comenzaba
a asomarse el rostro huesudo del hambre.
Desde el Chaco, eran frecuentes las incursiones de los indios que
tenían
en vilo a las poblaciones de las chacras y de la misma ciudad, las
que, de
un momento a otro, podían verse saqueadas, muertas o llevadas al
cautiverio.
Para prevenir los ataques de los indios, pusieron en las cumbres del
monte
Zapla a un atalaya que podía ver las lejanas columnas de humo de
los
campamentos indígenas y dar la alarma.
Como hidalgo, don Pedro estaba destinado a ocupar cargos directivos
en el
gobierno municipal y, como único hijo varón, todos depositaban en
él las más
halagüeñas esperanzas de que tendría bien en alto el honor y el
prestigio de
la familia. Como heredero de estancias y encomiendas, que eran su
feudo,
debía prepararse para asumir poderes, privilegios, derechos,
obligaciones y
conveniencias sociales. Como hidalgo y dadas las frecuentes
refriegas y
escaramuzas con los indios, debió aprender el arte de la equitación,
disponer de una caballeriza con caballos de paseo y de carga, y
adiestrarse
en el ejercicio de las armas.
Dadas sus fluidas relaciones con los franciscanos, sin duda tomó
parte en
algún cursillo religioso o de cultura general. Los jesuitas eran
los
representantes de la ciencia y de la cultura de la época. De ellos,
Pedro
aprendió el manejo de la agricultura y ganadería y los primeros
ensayos
industriales, como molinos harineros y azucareros.
Tertulias casamenteras
En la pequeña ciudad de Jujuy, las dos principales familias eran
los
Zárate y los Argañarás. Entre ellos, habían surgido discordias y
peleas por
ambiciones desmedidas. El año 1644 fue un año venturoso para don
Pedro:
inició su carrera política como alcalde y llevó a cabo su
casamiento.
Cerca de la casa de don Pedro, vivía Petronila de Ibarra y Argañarás,
quien muy pronto conquistó las simpatías del joven; y ambos
pasaron de una
amistad recatada a un noviazgo formal, que fue acogido con suma
complacencia
por la población. Los dos novios eran herederos de las dos familias
contrincantes. Así, se sellaría el olvido definitivo de los
pleitos, y se
inauguraría el comienzo de una plena y armoniosa convivencia.
Según todos los autores, fue un casamiento de campanillas, con
fiestas y
regalos dignos de los relatos de Las Mil y Una Noches. Del
matrimonio
nacieron dos hijos: Juan y Diego.
El cacique de Humahuaca
El casamiento de Pedro y Petronila no sólo enlazaba a dos personas
y a
dos familias, sino también a dos auténticas fortunas. Ambos tenían
encomiendas en Palpalá y por la famosa quebrada de Humahuaca. Podríamos
afirmar que buena parte de la provincia de Jujuy estaba en poder del
flamante matrimonio. Gracias a los cargos políticos del marido y a
las
propiedades de ambos, bien podemos conjeturar que doña Petronila
llegó a ser
la primera dama en la vida social de San Salvador.
Y él, tanto por su formación ética como por su hondo sentido de
responsabilidades, fue un administrador excelente y un encomendero
querido y
respetado. Debía cuidar los bienes no sólo para su usufructo
personal y para
beneficio de tantas obras culturales, sociales y religiosas que
dependían de
él, sino también, en lo posible, debía acrecentarlos para
transmitírselos a
los hijos.
Don Pedro, cura párroco
Don Pedro iba y venía por sus chacras y latifundios. Todo en la
vida le
sonreía: una bella esposa, dos hijos, los cargos públicos de
alcalde y
alférez, la estima de los vecinos, la copiosa fortuna... Pero de un
momento
a otro, sus ensueños y sus disfrutes fueron tronchados por la
adversidad.
Esto es lo que cuenta la historia: "Mientras la fortuna más le
reía a don
Pedro, una desgracia llenó de lágrimas a toda la familia. Estando
cierto día
doña Petronila en su casa de campo a una legua de San Salvador, se
desplomó
la viga que sostenía el techo y, cayendo todo el peso sobre ella,
la dejó no
sólo sin vida, sino también sepultada ente los escombros".
Pedro tenía 32 años. Estaba, pues, todavía en plena madurez.
Después de
unos meses de luto y de lágrimas, comenzó a pensar en su futuro y
a hacer un
replanteo a fondo de su vida y de su situación. No le faltaban
preocupaciones familiares y económicas, pero la primera y principal
eran los
hijos.
Por esto, los amigos le aconsejaban que se volviera a casar, para
que los
niños, aún en su tierna edad, tuvieran una madre sustituta. Pero
cerca de su
casa vivía la suegra y la abuela de los niños, doña María de
Argañarás, la
que aceptó criar a sus nietos y volcar sobre ellos el caudal de
cariño que
antes brindaba a la hija.
Poco a poco la antigua aspiración al sacerdocio volvió a flotar en
la
mente y en el corazón del viudo. Cada día que pasaba, la idea le
parecía más
luminosa y atrayente. Y si todavía le quedaba alguna duda, la voz
autorizada
del Obispo lo afirmó en su decisión. Los jesuitas le abrieron las
puertas
del seminario de Córdoba, donde hizo todos los estudios para llegar
a la
ordenación sacerdotal.
Después de la ordenación, regresó a San Salvador de Jujuy. Hallándose
vacante la sede parroquial, don Pedro, casi a furor de pueblo, fue
designado
para el cargo.
La primera tarea que el Obispo le confió, fue la de ser mensajero
de paz
en un momento en que la comarca ardía en llamas bajo las banderas
del truhán
Bohórquez. Logró algún éxito, pero parcial. Más que paz, fue
una tregua.
Como cura, dicen que fue muy piadoso, caritativo y "buen
cristiano". El
Obispo de la época, fray Melchor Maldonado, a menudo comentaba que
don Pedro
era "de los más ejemplares sacerdotes del obispado y de una
gran capacidad y
que se valía de su persona y de su consejo en los negocios".
Los jesuitas así lo ponderaban: "Don Pedro en todos los cargos
se portó
siempre con admirable ejemplo de virtudes, que pueden acreditar de
santo a
un eclesiástico". Sobre todo, los jesuitas destacaban el
primado que
otorgaba al culto público, que celebraba con gran reverencia y
solemnidad.
Fomentaba la construcción de iglesias y capillas con aportes
populares o
utilizando los recursos de su bolsillo.
Como el buen pastor del evangelio, "don Pedro recorría todo el
territorio
de su vicariato, extendido en más de cien leguas, para hacer
misiones en las
que reformaba a todos los demás".
Su benéfica influencia y su magisterio espiritual fueron tan
admira-bles,
profundos y luminosos que la gente solía Ilamarlo Maestro Ávila
(San Juan de
Ávila fue un famoso predicador, Ilamado El Apóstol de An-dalucía).
Relatos escalofriantes
En las relaciones entre los colonos españoles y los indios, ese
siglo fue
muy turbulento y convulsionado. Es sabido que muchos españoles venían
para
reunir un buen capital y luego regresar a la Madre Patria. Para
lograrlo,
utilizaban a los indios no como vasallos del Rey, según estaba
prescrito en
la Legislación de Indias, sino como esclavos y oprimidos por las
cargas que
se les imponían.
Naturalmente los indios, que antes eran libres como pájaros en
medio del
monte, se rebelaban y organizaban incursiones devastadoras. He aquí
algunos
gravísimos episodios según los informes de los cabildantes de
Jujuy al Rey:
"De varios años a esta parte, los indios infieles del Chaco
han hecho muchos
daños y hostilidades a las poblaciones de los indios domésticos y
a las
chacras y estancias de los españoles ".
Y el Informe al Rey sigue relatando una sucesión de tan tristes
actos,
que provocaban sucesivas represalias. Pero, al mismo tiempo, los
cabildantes
ofrecían a su Majestad algunas posibles respuestas: respuestas
defensivas,
fortaleciendo los puntos clave; respuestas ofensivas y bélicas, con
la
invasión de las tierras de los indios y para darles algún
escarmiento.
No faltaba una respuesta evangélica en expediciones pacíficas de
misioneros para predicar el evangelio, la convivencia, la colaboración,
la
promoción. Se diría una fraternización de los pueblos. Esa
respuesta ya
había sido avanzada por los franciscanos y por los jesuitas con
ejemplos
concretos de evangelización y civilización.
No obstante, hubo sublimes ejemplos de conquistadores pacíficos con
logros positivos. Recordemos, ante todo, a san Francisco Solano,
quien hizo
vibrar su palabra de fuego, hizo admirar la fuerza de sus milagros e
hizo
resonar los rasgueos de su violín en Esteco (ahora, El Galpón), en
Santiago
del Estero y en La Rioja.
Importantísima fue la labor social y religiosa de los dos amigos
misioneros y contemporáneos: Fray Luis Bolaños, franciscano, y san
Roque
González de Santa Cruz, en las regiones sudeste del Paraguay.
Don Pedro abrazó esta respuesta y levantó el banderín de la
pacificación
entre los españoles y los indios a través de una nueva expedición
pacífica y
misionera, aunque costare el martirio, como sucedió en otras
expediciones
semejantes. Había, pues, que intentarlo otra vez; y Pedro se preparó.
Amador y favorecedor de los indios
La cruzada que pensaba organizar don Pedro no era personal sino
social,
representada por sus autoridades civiles y religiosas. Por eso, se
preparó
pidiendo a unas y a otras los debidos permisos y la más amplia
colaboración.
Comprendía muy bien las causas del conflicto: "Los indios
chaqueños han
salido con cuanto han querido hacer y han cobrado gran insolencia,
porque lo
permitió así nuestro Señor y porque se les ha quebrantado la
palabra real
que se les dio. Se les ofrecía educación y su promoción a nuestra
santa fe
católica y que se les mantendría en paz y policía cristiana, con
lo cual se
dieron de paz. Lamentablemente, se vio a dos mil almas de ese gentío
que
fueron desnaturalizadas (desarraigadas de su territorio) y
repartidas por
todas las ciudades y vendidas como esclavos" (...).
Después de intensos preparativos, en los que autoridades y pueblos
fueron
involucrados, hacia fines de abril de 1683, la cruzada, encabezada
por don
Pedro y por los misioneros jesuitas Antonio Solinas y Diego Ruiz, y
acompañada por un nutrido grupo de ayudantes y criados, se puso en
marcha.
Era un imponente desfile de hombres, de jinetes, de animales de
carga... La
meta era la actual comarca de la diócesis de Orán (Salta), donde
fijaron sus
tiendas.
La acogida de los indios fue muy buena; los misioneros enseguida
tomaron
los primeros contactos: visitas, invitaciones, exhortaciones,
regalos,
cantos, catequización, construcción de capillas como centros
misioneros,
dificultades y accidentes, peligros de alimañas, insectos y
mosquitos, giras
de proselitismo, agasajo de bienvenida...
A los pocos meses, los misioneros pudieron formar un pueblito o
reducción, de unas dos mil almas. Así, se vieron rodeados por
enjambres de
niños, jóvenes, mujeres, y gozaban de su algazara y parloteo. Como
en muchos
otros casos de persecución y martirio, había peleas entre las
distintas
tribus, porque las unas adherían a los Padres y, en cambio, otras
se les
oponían. Los enemigos más recalcitrantes eran los hechiceros de
cada clan.
Primeras horas de la tarde del 27 de octubre de 1683. "Mientras
los
misioneros se hallaban indefensos entre indios amigos, los
hechiceros y sus
ayudantes los acometieron con suma gritería y les quitaron las
vidas con
dardos y macanas (...). Después, mataron a otras dieciocho personas
que se
hallaban en aquel puesto de Santa María: dos españoles, un negro,
un mulato,
dos niñas, una india y once indios (...). Los desnudaron a todos y
con gran
presteza les cortaron las cabezas y en cada cuerpo dejaron clavados
un dardo
(...). Fueron a celebrar el triunfo con las cabezas y brindaron con
el
cráneo hasta caer en la embriaguez" (...).
De esa manera, una iniciativa tan estupenda, que tenía todos los
motivos
para tener éxito divino y humano, terminó en tragedia, en un
desastre total,
semejante al de la cruz.
Pero, después del Viernes Santo, llegó el Domingo de Pascua de la
Resurrección. Las llagas de Jesús se volvieron rubíes y flores.
Así lo fue y
lo será para nuestros mártires, porque "la sangre de los mártires
es semilla
de cristianos ". |

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