logonlnew.JPG (11068 bytes)

Sucesos
La Cruz del Taragüí
Notas y fotos: "Pancho" Roberto Groves

La historia de la prodigiosa fundación de Corrientes y su venerada Cruz de los Milagros.

El 3 de abril de 1588 el licenciado español Juan Torres de Vera y Aragón, fundó la ciudad de Corrientes. La expedición partió desde Asunción del Paraguay en dos contingentes: haciéndolo por tierra Hernando Arias de Saavedra con el general Alonso de Vera y Aragón (el Tupí); y por vía fluvial, el adelantado Juan Torres de Vera y Aragón con experimentados jefes que guiaban a sus soldados compuestos por los Mancebos de la Tierra (los criollos) para la travesía emprendida.

Acto fundacional
Desembarcados en el paraje denominado "Arazaty", tomó posesión del lugar con el acto de rigor, plantando el rollo fundacional en el centro de la plaza y expresaba: "En nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero; y de la santísima Virgen ­su Madre­ y del rey don Felipe nuestro señor (Š) fundo la ciudad de Vera en el sitio de las Siete Corrientes, yo el licenciado Juan Torres de Vera y Aragón, adelantado, capitán general, justicia mayor y alguacil de todas las provincias del Río de la Plata" y da fe de ello el escribano público y del Cabildo, don Nicolás de Villanueva.

Una protección especial
Para protección del destacamento poblacional, se construyó un fuerte con "palos a pique", que sirvieron de empalizada para su defensa y a pocos metros de la puerta de acceso colocaron una cruz de madera de Urunday que cortaron del bosque circundante.
Los ataques de los nativos comenzaron una vez pasado el estupor que les causó ver al hombre blanco conquistador de sus tierras y al que consideraban intruso, por lo cual arreciaron los malones que sitiaron al invasor causándole problemas de hambre y sed hasta el día viernes de Nuestra Señora de Dolores en que intentaban los infieles destruir la Cruz, por entender que prodigaba algún misterioso poder y protección a su enemigo: el hombre blanco.
Por lo tanto encendieron fuego a la cruz, amontonando leña en su alrededor, que se consumió por completo, pero no logran quemar el madero de la cruz... Continuaron atizando la hoguera, cuando un rayo en plena calma y bonanza de la naturaleza dejó sin vida a uno de ellos, creando el pánico, espanto y retirada de los nativos, posibilitando la salvación de todos los hombres sitiados.

La cruz ampara corrientes
El episodio de esta cruenta guerra ya reseñada, muestra el origen de la actual ciudad de Corrientes, el que surge con fuerza espiritual en su proyección de grandezas y figuras del Urunday, en el sublime amor por la libertad que hace crecer a los correntinos al amparo de la Cruz de los Milagros, en este magnífico suelo del taraguy.
El sagrado leño se conserva hasta nuestros días, en el solar histórico en el que los españoles primero construyeron una humilde ermita, la que en 1730 fue trasladada a otra capilla, situada en el solar que hoy ocupa exactamente la iglesia de la Cruz de los Milagros.
En 1808 fue reedificada y en 1840 el general Madariaga hace levantar una torre en acción de gracias por la victoria en Laguna Brava, la que finalmente es reemplazada por el edificio que actualmente presenta el templo.

Reliquias en la parroquia.
En el retablo mayor ­imponente­, se yergue la auténtica Cruz de los Milagros de Corrientes, aún tiznada por el fuego y el humo del día del milagro. La fiesta con que se la conmemora desde 1805 es el 3 de mayo, en forma coincidente con la celebración de la Santa Cruz de Jerusalén, renovando esos días el pueblo de Corrientes su fe cristiana.
Entrando por su nave central, casi llegando al presbiterio se yerguen dos retablos íntegramente construidos en madera tallada y policromada, donde la habitan varios santos del martirologio junto a dos retablos menores que miran hacia la puerta de salida. En un costado, a la derecha en el presbiterio, hay un gran relicario que contiene una Cruz que en cada punta conserva en pequeños estuches, cada uno: una piedra del lugar de la Flagelación de Cristo; una piedra del tribunal romano de Poncio Pilatos; una piedrita del Huerto de Getsemaní todo montado sobre la base de piedras del mismísimo Gólgota.
Más a su derecha, en ángulo con los dos nombrados retablos de madera, bajo el presbiterio, se encuentra la urna que contiene los restos del ex-presidente de la Confederación Argentina durante 1860 don Santiago Derqui, quien renunciara en 1862 y falleciera en 1867.

Un templo histórico
La iglesia de la Cruz del Milagro de Corrientes constituye un objeto de valor patrimonial, tanto desde el punto de vista tangible como intangible.
Desde el primero, podemos hablar del valor de su arquitectura y de su implantación, para el estudio de la historia arquitectónica y urbana de la pujante ciudad de Corrientes y para la construcción del imaginario urbano.
Y desde el punto de vista intangible, es un referente de la historia de la cultura correntina, profundamente católica, ya que guarda los testimonios de sucesos que tienen que ver con su fundación; con las guerras para la construcción nacional; con los protagonistas de la historia y con el cordial pueblo correntino que se hace masivamente presente en cada calebración de la Fiesta de la Cruz.
Ejemplo de arquitectura decimonónica, la iglesia está localizada en un área urbana céntrica de la ciudad, dando nombre al barrio en el cual se encuentra; y en el momento de erigirse, todavía se encontraba en un sector considerado como ³los arrabales² de la ciudad, separados por el arroyo Salamanca.
En el actual templo (y desde 1720), se han desarrollado diversas funciones ­predominando las religiosas­, principalmente la de venerar y resguardar el antiguo madero, pero también ha sido cementerio.
La iglesia fue proyectada por el ingeniero Juan Col en 1887 y se colocó la piedra fundamental en 1888 con la conmemoración del tercer centenario de la fundación de Corrientes.
Cuando estaba casi concluida, en 1892, se derrumbó la cúpula. La obra del templo finalizó en 1896 y posteriormente fueron demolidas las torres y resto de la cúpula, para evitar peligrosas caídas.    El 16 de julio de 1900 la iglesia de la Santa Cruz de los Milagros de Corrientes albergó a la multitud que participara de la ceremonia de Coronación Pontificia de la imagen de la Pura y Limpia Concepción del Itatí, por parte de del entonces obispo de Paraná monseñor Rosendo de la Lastra y Gordillo.    En la declaratoria de monumento histórico provincial, se podría decir que se considera al templo más por su valor intangible, ya que se hace mención al proyecto ­no concretado finalmente­ de disponer de las instalaciones como iglesia catedral, según oportuna Bula Papal, lo cual nos habla de la trascendencia simbólica del edificio, en relación a un objeto tal como la Cruz de los Milagros de Corrientes, el que contribuyó a la pacificación e integración en la colonización hispánica y también en cuanto a ella como eje de veneración y celebración cívico-religiosa.








Oración al Señor de la Cruz de los Milagros

416 años hace que extiendes tus brazos protectores para bendecir a los hijos de Corrientes. Nacidos a tu sombra y fortalecidos con tus milagros, siguen llevándote orgullosos en su escudo y en su corazón. Su vida toda, forjada en la lucha y el martirio, está sembrada con los favores que dispensas y con la gratitud de los hijos que te aclaman.
Señor de la Cruz: sigue velando por tu pueblo; sigue dando fortaleza a sus hijos todos; a los niños que asoman a una nueva vida, para que sean totalmente tuyos; a las mujeres, para que hagan revivir los hogares que fueron orgullo de la Patria; a los hombres, para que fuertes y vigorosos, constituyan pilares sobre los que se alce la argentinidad; varones de verdad, fuertes en la fe y eficaces en las obras. Señor de la Cruz de los Milagros: como los has protegido siempre, protege en este momento difícil a tu pueblo; que nunca se avergüence de Ti o de tu Cruz. Y a nosotros, tus hijos, bendícenos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. + Francisco Vicentín Ex-obispo de Corrientes V: Por tu Santa Cruz SeñorŠ R: Líbranos de todo mal. (Indulgencia parcial para todos los lectores).


Testigo
Pedro Ortiz de Zárate

Deber, honor y desafío
Por fray Contardo Miglioranza

La historia del patricio caballero de la sociedad jujeña que acabó mártir de los indios calchaquíes  en la selva salteña.

Conocer a nuestros héroes, a nuestros apóstoles y a nuestros mártires es un
deber, un honor y un desafío. Es un deber, porque con su labor emprendedora
y su heroico sacrificio nos han regalado las riquezas de su mente y de su
corazón y nos han transmitido los sólidos principios de la vida espiritual,
social y cultural; y por ello, les debemos eterna gratitud. Es un honor,
porque podemos acercarnos a espíritus superiores, altruistas, desinteresados
y abnegados hasta el martirio; y así podemos compartir con ellos los
momentos más felices de la fraternidad y de la solidaridad.
Y es un desafío, porque, al ponderar sus gestas, nace en nosotros una
santa admiración, y, a la vez, brotan en nosotros el deseo de soñar cosas
grandes y la aspiración de ser dignos de ellos en nuestra conducta y en
nuestra entrega al servicio del apostolado.
Los tres trabajaron como misioneros y civilizadores en la comarca que es
hoy la Diócesis de Orán (Salta) y allí los tres murieron mártires. Sin
embargo, en esta breve semblanza, sólo nos ceñimos a don Pedro Ortiz de
Zárate, en razón de sus elevadas actuaciones civiles, feudales,
eclesiásticas, pastorales, sociales...

Oscuros  nubarrones

Pedro Ortiz de Zárate nació en la ciudad de San Salvador de Jujuy, en
1622, como año más probable. Sus padres fueron don Juan Ochoa de Zárate y su
madre, doña Bartolina de Garnica. Entre los tíos de Pedro, se distinguía don
Juan Ortiz de Zárate, el famoso adelantado del Río de La Plata.
Gracias a sus servicios al rey, sobre todo durante las guerras
calchaquíes y del Chaco, los Zárate recibieron mercedes en tierras y en
encomiendas que se extendían por leguas y leguas.
La época en que vivió don Pedro se caracterizó por su dureza, por las
muchas zozobras y por las grandes dificultades que a diario surgían. Hartos
de luchar contra los indios, los españoles que se avecindaban en la ciudad,
emigraban a otras regiones.
Las guerras calchaquíes obligaban a los hombres más capaces a enrolarse
con contingentes de indios y a cargar con las costas de las armas y de las
provisiones. Las tierras quedaban sin brazos que la trabajaran, y comenzaba
a asomarse el rostro huesudo del hambre.
Desde el Chaco, eran frecuentes las incursiones de los indios que tenían
en vilo a las poblaciones de las chacras y de la misma ciudad, las que, de
un momento a otro, podían verse saqueadas, muertas o llevadas al cautiverio.
Para prevenir los ataques de los indios, pusieron en las cumbres del monte
Zapla a un atalaya que podía ver las lejanas columnas de humo de los
campamentos indígenas y dar la alarma.
Como hidalgo, don Pedro estaba destinado a ocupar cargos directivos en el
gobierno municipal y, como único hijo varón, todos depositaban en él las más
halagüeñas esperanzas de que tendría bien en alto el honor y el prestigio de
la familia. Como heredero de estancias y encomiendas, que eran su feudo,
debía prepararse para asumir poderes, privilegios, derechos, obligaciones y
conveniencias sociales. Como hidalgo y dadas las frecuentes refriegas y
escaramuzas con los indios, debió aprender el arte de la equitación,
disponer de una caballeriza con caballos de paseo y de carga, y adiestrarse
en el ejercicio de las armas.
Dadas sus fluidas relaciones con los franciscanos, sin duda tomó parte en
algún cursillo religioso o de cultura general. Los jesuitas eran los
representantes de la ciencia y de la cultura de la época. De ellos, Pedro
aprendió el manejo de la agricultura y ganadería y los primeros ensayos
industriales, como molinos harineros y azucareros.

Tertulias casamenteras

En la pequeña ciudad de Jujuy, las dos principales familias eran los
Zárate y los Argañarás. Entre ellos, habían surgido discordias y peleas por
ambiciones desmedidas. El año 1644 fue un año venturoso para don Pedro:
inició su carrera política como alcalde y llevó a cabo su casamiento.
Cerca de la casa de don Pedro, vivía Petronila de Ibarra y Argañarás,
quien muy pronto conquistó las simpatías del joven; y ambos pasaron de una
amistad recatada a un noviazgo formal, que fue acogido con suma complacencia
por la población. Los dos novios eran herederos de las dos familias
contrincantes. Así, se sellaría el olvido definitivo de los pleitos, y se
inauguraría el comienzo de una plena y armoniosa convivencia.
Según todos los autores, fue un casamiento de campanillas, con fiestas y
regalos dignos de los relatos de Las Mil y Una Noches. Del matrimonio
nacieron dos hijos: Juan y Diego.

El cacique de Humahuaca

El casamiento de Pedro y Petronila no sólo enlazaba a dos personas y a
dos familias, sino también a dos auténticas fortunas. Ambos tenían
encomiendas en Palpalá y por la famosa quebrada de Humahuaca. Podríamos
afirmar que buena parte de la provincia de Jujuy estaba en poder del
flamante matrimonio. Gracias a los cargos políticos del marido y a las
propiedades de ambos, bien podemos conjeturar que doña Petronila llegó a ser
la primera dama en la vida social de San Salvador.
Y él, tanto por su formación ética como por su hondo sentido de
responsabilidades, fue un administrador excelente y un encomendero querido y
respetado. Debía cuidar los bienes no sólo para su usufructo personal y para
beneficio de tantas obras culturales, sociales y religiosas que dependían de
él, sino también, en lo posible, debía acrecentarlos para transmitírselos a
los hijos.

Don Pedro, cura párroco

Don Pedro iba y venía por sus chacras y latifundios. Todo en la vida le
sonreía: una bella esposa, dos hijos, los cargos públicos de alcalde y
alférez, la estima de los vecinos, la copiosa fortuna... Pero de un momento
a otro, sus ensueños y sus disfrutes fueron tronchados por la adversidad.
Esto es lo que cuenta la historia: "Mientras la fortuna más le reía a don
Pedro, una desgracia llenó de lágrimas a toda la familia. Estando cierto día
doña Petronila en su casa de campo a una legua de San Salvador, se desplomó
la viga que sostenía el techo y, cayendo todo el peso sobre ella, la dejó no
sólo sin vida, sino también sepultada ente los escombros".
Pedro tenía 32 años. Estaba, pues, todavía en plena madurez. Después de
unos meses de luto y de lágrimas, comenzó a pensar en su futuro y a hacer un
replanteo a fondo de su vida y de su situación. No le faltaban
preocupaciones familiares y económicas, pero la primera y principal eran los
hijos.
Por esto, los amigos le aconsejaban que se volviera a casar, para que los
niños, aún en su tierna edad, tuvieran una madre sustituta. Pero cerca de su
casa vivía la suegra y la abuela de los niños, doña María de Argañarás, la
que aceptó criar a sus nietos y volcar sobre ellos el caudal de cariño que
antes brindaba a la hija.
Poco a poco la antigua aspiración al sacerdocio volvió a flotar en la
mente y en el corazón del viudo. Cada día que pasaba, la idea le parecía más
luminosa y atrayente. Y si todavía le quedaba alguna duda, la voz autorizada
del Obispo lo afirmó en su decisión. Los jesuitas le abrieron las puertas
del seminario de Córdoba, donde hizo todos los estudios para llegar a la
ordenación sacerdotal.
Después de la ordenación, regresó a San Salvador de Jujuy. Hallándose
vacante la sede parroquial, don Pedro, casi a furor de pueblo, fue designado
para el cargo.
La primera tarea que el Obispo le confió, fue la de ser mensajero de paz
en un momento en que la comarca ardía en llamas bajo las banderas del truhán
Bohórquez. Logró algún éxito, pero parcial. Más que paz, fue una tregua.
Como cura, dicen que fue muy piadoso, caritativo y "buen cristiano". El
Obispo de la época, fray Melchor Maldonado, a menudo comentaba que don Pedro
era "de los más ejemplares sacerdotes del obispado y de una gran capacidad y
que se valía de su persona y de su consejo en los negocios".
Los jesuitas así lo ponderaban: "Don Pedro en todos los cargos se portó
siempre con admirable ejemplo de virtudes, que pueden acreditar de santo a
un eclesiástico". Sobre todo, los jesuitas destacaban el primado que
otorgaba al culto público, que celebraba con gran reverencia y solemnidad.
Fomentaba la construcción de iglesias y capillas con aportes populares o
utilizando los recursos de su bolsillo.
Como el buen pastor del evangelio, "don Pedro recorría todo el territorio
de su vicariato, extendido en más de cien leguas, para hacer misiones en las
que reformaba a todos los demás".
Su benéfica influencia y su magisterio espiritual fueron tan admira-bles,
profundos y luminosos que la gente solía Ilamarlo Maestro Ávila (San Juan de
Ávila fue un famoso predicador, Ilamado El Apóstol de An-dalucía).

Relatos escalofriantes

En las relaciones entre los colonos españoles y los indios, ese siglo fue
muy turbulento y convulsionado. Es sabido que muchos españoles venían para
reunir un buen capital y luego regresar a la Madre Patria. Para lograrlo,
utilizaban a los indios no como vasallos del Rey, según estaba prescrito en
la Legislación de Indias, sino como esclavos y oprimidos por las cargas que
se les imponían.
Naturalmente los indios, que antes eran libres como pájaros en medio del
monte, se rebelaban y organizaban incursiones devastadoras. He aquí algunos
gravísimos episodios según los informes de los cabildantes de Jujuy al Rey:
"De varios años a esta parte, los indios infieles del Chaco han hecho muchos
daños y hostilidades a las poblaciones de los indios domésticos y a las
chacras y estancias de los españoles ".
Y el Informe al Rey sigue relatando una sucesión de tan tristes actos,
que provocaban sucesivas represalias. Pero, al mismo tiempo, los cabildantes
ofrecían a su Majestad algunas posibles respuestas: respuestas defensivas,
fortaleciendo los puntos clave; respuestas ofensivas y bélicas, con la
invasión de las tierras de los indios y para darles algún escarmiento.
No faltaba una respuesta evangélica en expediciones pacíficas de
misioneros para predicar el evangelio, la convivencia, la colaboración, la
promoción. Se diría una fraternización de los pueblos. Esa respuesta ya
había sido avanzada por los franciscanos y por los jesuitas con ejemplos
concretos de evangelización y civilización.
No obstante, hubo sublimes ejemplos de conquistadores pacíficos con
logros positivos. Recordemos, ante todo, a san Francisco Solano, quien hizo
vibrar su palabra de fuego, hizo admirar la fuerza de sus milagros e hizo
resonar los rasgueos de su violín en Esteco (ahora, El Galpón), en Santiago
del Estero y en La Rioja.
Importantísima fue la labor social y religiosa de los dos amigos
misioneros y contemporáneos: Fray Luis Bolaños, franciscano, y san Roque
González de Santa Cruz, en las regiones sudeste del Paraguay.
Don Pedro abrazó esta respuesta y levantó el banderín de la pacificación
entre los españoles y los indios a través de una nueva expedición pacífica y
misionera, aunque costare el martirio, como sucedió en otras expediciones
semejantes. Había, pues, que intentarlo otra vez; y Pedro se preparó.

Amador y favorecedor de los indios

La cruzada que pensaba organizar don Pedro no era personal sino social,
representada por sus autoridades civiles y religiosas. Por eso, se preparó
pidiendo a unas y a otras los debidos permisos y la más amplia colaboración.
Comprendía muy bien las causas del conflicto: "Los indios chaqueños han
salido con cuanto han querido hacer y han cobrado gran insolencia, porque lo
permitió así nuestro Señor y porque se les ha quebrantado la palabra real
que se les dio. Se les ofrecía educación y su promoción a nuestra santa fe
católica y que se les mantendría en paz y policía cristiana, con lo cual se
dieron de paz. Lamentablemente, se vio a dos mil almas de ese gentío que
fueron desnaturalizadas (desarraigadas de su territorio) y repartidas por
todas las ciudades y vendidas como esclavos" (...).
Después de intensos preparativos, en los que autoridades y pueblos fueron
involucrados, hacia fines de abril de 1683, la cruzada, encabezada por don
Pedro y por los misioneros jesuitas Antonio Solinas y Diego Ruiz, y
acompañada por un nutrido grupo de ayudantes y criados, se puso en marcha.
Era un imponente desfile de hombres, de jinetes, de animales de carga... La
meta era la actual comarca de la diócesis de Orán (Salta), donde fijaron sus
tiendas.
La acogida de los indios fue muy buena; los misioneros enseguida tomaron
los primeros contactos: visitas, invitaciones, exhortaciones, regalos,
cantos, catequización, construcción de capillas como centros misioneros,
dificultades y accidentes, peligros de alimañas, insectos y mosquitos, giras
de proselitismo, agasajo de bienvenida...
A los pocos meses, los misioneros pudieron formar un pueblito o
reducción, de unas dos mil almas. Así, se vieron rodeados por enjambres de
niños, jóvenes, mujeres, y gozaban de su algazara y parloteo. Como en muchos
otros casos de persecución y martirio, había peleas entre las distintas
tribus, porque las unas adherían a los Padres y, en cambio, otras se les
oponían. Los enemigos más recalcitrantes eran los hechiceros de cada clan.
Primeras horas de la tarde del 27 de octubre de 1683. "Mientras los
misioneros se hallaban indefensos entre indios amigos, los hechiceros y sus
ayudantes los acometieron con suma gritería y les quitaron las vidas con
dardos y macanas (...). Después, mataron a otras dieciocho personas que se
hallaban en aquel puesto de Santa María: dos españoles, un negro, un mulato,
dos niñas, una india y once indios (...). Los desnudaron a todos y con gran
presteza les cortaron las cabezas y en cada cuerpo dejaron clavados un dardo
(...). Fueron a celebrar el triunfo con las cabezas y brindaron con el
cráneo hasta caer en la embriaguez" (...).
De esa manera, una iniciativa tan estupenda, que tenía todos los motivos
para tener éxito divino y humano, terminó en tragedia, en un desastre total,
semejante al de la cruz.
Pero, después del Viernes Santo, llegó el Domingo de Pascua de la
Resurrección. Las llagas de Jesús se volvieron rubíes y flores. Así lo fue y
lo será para nuestros mártires, porque "la sangre de los mártires es semilla
de cristianos ".





 

 

 

Centro de Difusión de la Buena Prensa Todo María Los Santos 2000 Ediciones Anteriores