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Iglesia
Los eremitas de hoy viven en la ciudad
Por Vittorio Messori
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Los eremitas han regresado. Su número crece cada año aunque pocos lo saben, dado su empeño en pasar desapercibidos. |
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Su número crece cada día. Pasan su vida en oración, no temen la pobreza y rechazan cualquier jerarquía. Su fuerza está en contradecir el espíritu del tiempo. La Iglesia ha decidido reintegrarles en el Derecho Canónico. Lo que no quieren es, justamente, ser noticia. Buscan el silencio y la discreción.
Su puerta permanecerá cerrada para quien se acerque como periodista, o simplemente como curioso.
Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, pero no tendría acceso alguno a sus escondrijos si violase la promesa de no dar nombres ni direcciones. De todos modos, si alguien quiere buscar su rastro, que no los busque en lugares inhóspitos: es mucho más probable que los encuentre en las buhardillas de los centros metropolitanos.
En el Derecho Canónico
Me refiero a los eremitas. Han regresado por la puerta grande, su número crece cada año aunque pocos lo saben, como es obvio, dado su empeño en pasar desapercibidos. La Iglesia, en cambio, sí sabe de ellos, y ha decidido volverles a dar un sitio dentro de su estructura, pues el Código de Derecho Canónico de 1917 los había ignorado. No por hostilidad, sino porque parecía que formaban parte de una página cristiana, larga y gloriosa, pero definitivamente cerrada.
Oriente y Occidente
Una página que se inició cuando en Oriente miles de creyentes huyeron al desierto o a las montañas: grutas y chozas se llenaron de solitarios que luchaban tanto contra leones y serpientes como contra diablos tentadores. La fama de sus ayunos, de las penitencias, del silencio ininterrumpido provocaba la afluencia de discípulos, y con frecuencia el solitario se veía obligado a acogerlos, creando -a veces contra su voluntad- una comunidad a la que dar una regla.
También fue éste el destino de quien en Occidente iba a ser el origen de la forma de monacato que marcaría los siglos siguientes beneficiosamente.
Benito de Nursia empezó como eremita pero su misma fama de santidad le sacó de la cueva y le forzó a transformarse en maestro y legislador de cenobios.
La Edad Media se llenó de eremitas, muchos de los cuales encontraban su sustento guardando cementerios, puentes o santuarios. El declive comenzó con el Concilio de Trento, que desconfió de los anacoretas porque eran incontrolables, y concluyó en el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa que persiguió a estos «parásitos asociales» a los que también consideraba «fanáticos oscurantistas».
En el siglo XIX el eremita quedará relegado a ser casi un personaje de novela romántica, al estilo Conde de Montecristo. Dentro de la Iglesia, la vocación a la soledad había quedado canalizada desde hacía tiempo a través de órdenes religiosas como las de los cartujos o los camaldulenses, en las que el aislamiento va unido con la comunión con los hermanos en la oración y en la conversación.
Se decía que el silencio del Código eclesiástico de 1917 era
significativo: ya no quedan anacoretas, fuera su regulación. Y en cambio, esta vocación -rara, pero insuprimible- desde luego no había desaparecido, sino que se incubaba bajo las cenizas, de modo que el nuevo Código publicado en 1983 ha tenido que levantar acta.
Pobreza, castidad, obediencia
En el segundo inciso del canon 603, la Iglesia reconoce oficialmente a los ermitaños como «consagrados» si «mediante voto u otro vínculo sagrado, profesan públicamente los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad,
obediencia) en manos del Obispo diocesano», y si el mismo Ordinario del lugar les aprueba una regla que ellos mismos hayan redactado.
Una legislación light, con requisitos mínimos, pero tal y como es obligado para una elección de vida inspirada por la obediencia a la Iglesia y a la lectura más rigurosa del Evangelio a la vez que por la libertad y la autonomía de los hijos de Dios que siguen una vocación particular y del todo personal.
Las estadísticas son difíciles, por no decir imposibles: aunque se les conoce, muy raramente los ermitaños responden a los cuestionarios. Ahora ha aparecido la investigación de los jesuitas americanos en las páginas de su revista cuatrimestral para consagrados Review for Religious.
Hay que reconocer que esos religiosos americanos han tenido cierto éxito, pues de una muestra de 600 eremitas en todo el mundo han conseguido 140 respuestas. Una miseria para cualquier otra categoría social, pero todo un éxito dentro de la anómala categoría de los ermitaños, que si nos atenemos a las valoraciones fiables, contaría en todo el mundo con veinte mil personas.
En Italia de mil a mil doscientos, divididos casi igual entre hombres y mujeres. La inmensa mayoría es católica, aunque no faltan otras confesiones cristianas y otras confesiones.
El más ecuménico
Como alguien ha señalado, el anacoreta es el más ecuménico entre los creyentes porque recupera -viviéndolos todos los días- los valores que unen todas las confesiones: oración, penitencia, sacrificio, ayuno, alejamiento, contemplación
Parece que entre los nuevos ermitaños italianos también se cumple lo que revela la investigación americana, según la cual solamente un dos por ciento ha elegido vivir en cuevas o sitios por el estilo, como galerías subterráneas. Ni la mayoría se encuentra en el campo o en las montañas. En realidad, el mayor número de los ermitaños actuales es «metropolitano». La gran ciudad es el verdadero sitio de la soledad, del anonimato, del combate silencioso contra los nuevos demonios.
Llamado para pocos
La mayoría tiene entre cincuenta y sesenta años, y son rarísimos los que están por debajo de los treinta. No hay más que recordar el viejo proverbio:
«A joven ermitaño, viejo diablo». Todos los maestros de la vida espiritual han enseñado siempre que una vocación así distingue a una élite de hombres y de mujeres particularmente experimentados. De hecho, en el eremitorio no se tiene el apoyo de una comunidad fraterna; la soledad y el silencio constantes son un gozo sólo para quien realmente ha sido llamado; ni siquiera se cuenta con un hábito o un distintivo.
No sólo: la obligada pobreza se convierte muchas veces en miseria, sobre todo para quienes han encontrado en la ciudad su ³desierto², dado que el anacoreta buscará huir de toda ³dispersión², y por tanto, de los trabajos en fábricas u oficinas, con lo que vivirá de las pequeñas cosas que pueda hacer dentro de sus modestísimas cuatro paredes. Esto casi nunca asegura unos ingresos suficientes para que una vida no se deslice desde la pobreza hasta la indigencia. Ésta es una de las razones por la que muchos esperan a tener una edad suficiente para una pequeña pensión, aunque sea mínima, que les permita cultivar en paz su propia vocación.
Una vocación, una llamada
En general tienen más suerte para el sustento diario aquéllos que tienen su cabaña en el campo. Todas las experiencias dan fe de que los inicios son difíciles por la desconfianza de los paisanos que se preguntan quién será ese ³forastero² extraño que, por lo general, tiene un aire distinto (la mayoría tiene título universitario), que no recibe visitas, que no tiene ni teléfono ni televisor, que se va a la cama con las gallinas y se levanta con el alba y que sólo cruza con los demás -párroco incluido- las mínimas palabras indispensables.
De modo que la primera visita, por lo general, es la del policía local, alertado por las observaciones de los vecinos. Después, poco a poco, se acepta al «forastero» como un miembro de la comunidad, algo extraño. Aunque la mayoría son laicos, también son numerosos aquellos sacerdotes, frailes o monjas que llegan a la vida eremita tras muchos años en comunidades tradicionales.
Son los más afortunados, pues una vez que se les concede el permiso para dar el paso a esta nueva forma de vida, suelen tener la ayuda de la familia religiosa de la que provienen.
Pero, ¿por qué una elección así? Lo primero que hay que decir es que se trata de una vocación, una llamada, que ha florecido de nuevo por reacción a la borrachera «comunitaria», «social» que ha arruinado muchos ambientes religiosos. El exceso de insistencia en el compromiso con el mundo y el desbordamiento de las palabras, habladas y escritas, han llevado a muchos, por contraste, a redescubrir la fuerza de la oración y el gozo del silencio.
El ermitaño da su vida por cosas «inútiles» según el mundo y, desgraciadamente, también según cierto eficientismo cristiano actual. La sencilla regla que él mismo se escribe, y que si quiere somete a la aprobación del obispo, prevé, sobre todo, horas de oración, de lectura espiritual, de meditación. Prevé vigilias, ayunas, penitencias, renuncias.
En el ermitaño hay un rechazo radical de la lógica mundana, para la cual sólo la acción, la política, el compromiso social, las inversiones económicas pueden cambiar el mundo para mejor.
Él, por su parte, ha respondido a una llamada que le ha hecho comprender hasta el final que sólo quien entrega su vida la salva, y que el modo más eficaz de amar y de ayudar es el de sepultarse bajo el anonimato, el silencio, la impotencia, creyendo hasta el fondo en los misterios vínculos de la «comunión de los santos».
Creo que esto es lo que quería decir la inscripción que vi en la pared de la habitación de un anacoreta en una casa deteriorada del corazón de Turín:
«El que va al desierto, no es un desertor». Nada de un desertor, sino más bien un creyente que, en vez del activismo constructivo sólo en apariencia, ha decidido practicar la forma más alta de caridad en la perspectiva
evangélica: la oración ininterrumpida por todos, en la soledad y en el silencio más radicales. |
Buenas Acciones
Manos solidarias para techos solidarios
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La Fundación Sagrada Familia de San Isidro, provincia de Buenos Aires, trabaja en la construcción solidaria de viviendas en pos del desarrollo y la promoción social de los más necesitados. |
Los tiempos de crisis son, paradójicamente, tiempos de grandes bendiciones.
Es ante la necesidad cuando los corazones buenos se aúnan y anudan las manos con las del prójimo para trabajar en solidaridad y sobreponerse juntos de la adversidad.
En el partido bonaerense de San Isidro, la Fundación Sagrada Familia es una institución sin fines de lucro que busca contribuir a la promoción de las personas y a la consolidación de las familias, utilizando como medio acciones para facilitar el acceso a la vivienda digna.
Lo hace a través de programas orientados a familias de escasos recursos económicos, basados en el protagonismo de los interesados, el esfuerzo propio y la ayuda mutua.
Mirando al progreso
Las modalidades de trabajo aplicadas conforman un abanico de programas integrados por la
"Autoconstrucción de viviendas, basada en el esfuerzo propio y la ayuda mutua",
"Lotes con servicios", "Créditos solidarios para el mejoramiento de viviendas" y
"Acceso a materiales a bajo costo", con la participación de un fuerte voluntariado comprometido con la misión.
Los valores hacia los que apunta Sagrada Familia son la libertad, la responsabilidad, la solidaridad, el desarrollo de capacidades de liderazgo, confianza mutua, organización, creatividad y la decisión de seguir progresando.
En sus más de veinte años de vida, los miembros de la Fundación han comprobado que el proceso de construcción de viviendas permite a los involucrados aprender nuevas formas de proyectarse humanamente y descubrir capacidades individuales y colectivas que estaban ocultas o desdibujadas en su realidad cotidiana.
Y esto vale tanto para las familias de escasos recursos que participan de los proyectos de la Fundación como para los colaboradores de la misma. La puesta en común de bienes, tanto de dinero como de tiempo, ayuda a ambos a crecer juntos.
Hasta el momento, la Fundación ha tenido incidencia en la promoción de una vivienda digna para más de 1400 familias de su zona de influencia.
En todo ese tiempo, la Fundación ha trabajado en diversos planes de promoción y desarrollo social.
El plan PENCA (Podemos Edificar Nuestra Casa Ayudándonos) tuvo por objetivo construir 24 viviendas en la localidad de Boulogne, sobre terrenos donados por el Municipio de San Isidro en el bajo Boulogne. Comprendió dos etapas de 12 viviendas cada una.
JuPo (Juntos Podemos), fue la consigna para la edificación de 60 viviendas en la localidad de Benavídez, sobre un terreno donado por la Municipalidad de Tigre. En dos etapas, se construyeron respetivamente 40 y 20 viviendas.
A través del Proyecto Arroyo Claro, la Fundación Sagrada Familia beneficiará a 34 familias en lotes aledaños a JuPo, también donados por el Municipio de Tigre. Este proyecto posibilitará a las familias el acceso a un lote con servicios y platea de hormigón.
El ProMeVi (Programa de Mejoramiento de Vivienda) otorga créditos solidarios y asesoramiento técnico y social para la construcción o mejoramiento gradual de la vivienda familiar. Se conforman grupos de tres o más familias que obtienen créditos para dichos fines. Todo el grupo es solidariamente responsable del pago de los mismos.
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El centro operativo de la Fundación
Sagrada Familia
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Manos
a la obra
Según datos del INDEC de los últimos diez años hay tres millones de viviendas precarias que podrían ser recuperables con pequeñas obras, posibles de realizar por sus habitantes si tuvieran acceso al crédito.
Mediante préstamos a grupos solidarios de 4 o 5 familias, asistidas por un grupo de arquitectos que asesoran y siguen la construcción, se han otorgado 1.500 préstamos para que esas casas precarias sean viviendas dignas.
Así, Manos a la Obra consiste en la formación de cuadrillas de construcción con beneficiarios del Plan Jefes de Hogar Desocupados para que desarrollen tareas en centros comunitarios o viviendas de familias del barrio, siendo capacitados y dirigidos por arquitectos y técnicos voluntarios de la Fundación.
El objetivo es facilitar la promoción de los Jefes de Hogar a través de una contraprestación en trabajo comunitario y posibilitar que familias necesitadas del barrio mejoren sus viviendas mediante el aporte de mano de obra gratuita. Se incorporan sólo familias o centros comunitarios que pueden acceder a la compra de materiales y no puedan afrontar el pago de la mano de obra que con este plan se les facilita.
Sume Materiales
El último emprendimiento de Sagrada Familia es el proyecto Sume Materiales, cuyo objetivo es facilitar a las personas más necesitadas el acceso a los materiales para la construcción de un hogar digno.
Esta iniciativa consiste en la recolección de materiales para la construcción -sobrantes de obra, elementos de demolición o artículos de segunda mano- provenientes de particulares o empresas de la construcción.
Puertas, ventanas, madera, ladrillos, arena, artefactos para baño son depositados, clasificados y reacondicionados en un galpón cedido por la Municipalidad de San Isidro, para luego ser redistribuidos, a muy bajo costo.
Para ello se realiza un inventario que da cuenta de todas las donaciones y se identifica cada pieza con un código de barras. De esta manera, el donante podrá saber el destino de su donación. La administración de Sume Materiales cuenta con instalaciones donadas por Repsol YPF, principal colaborador. Hasta el momento se recibieron 200 piezas, muchas de las cuales ya fueron adquiridas.
Colaboraciones
Sagrada familia no actúa sola. Además del invalorable esfuerzo de los autoconstructores para levantar sus viviendas, hay instituciones, empresas y organismos que apoyan la gestión, entre los que se cuentan la Fundación Bank Boston, Repsol YPF, Zurich Seguros, Municipalidad de Tigre, Municipalidad de San Isidro, Secretaría de Vivienda de la Nación, Providencia A.C., Asociación Civil San Jorge, Asoc. Civil Villa Astolfi, Cáritas Santa Rita, Obispado de San Isidro.
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Oficinas de la Fundación.
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Testimonios
Nélida y Rubén Gromaz fueron parte del programa JuPo I que se realizó hace quince años. Desde entonces cuentan con su casa y cada mes renuevan su compromiso pagando la cuota.
"Apenas cobramos la jubilación vamos a pagar, así nos quedamos tranquilos", dicen
"La Sagrada Familia cumplió con lo que decía. Ellos nos daban las herramientas y nosotros teníamos que pagarlas, y fue así. Gracias a la Sagrada Familia hoy tenemos lo que tenemos. Ellos nos daban los materiales y los domingos nos juntábamos a trabajar. Algunos hacían el revoque, otros los pisos, ampliábamos la planta... todo entre mi marido y yo-dice Nélida-. Se hacían cuatro casas entre todos y le poníamos esfuerzo porque sabíamos que una de esas casas era para nosotros. Además, aprendimos a convivir, teníamos reuniones... salíamos a comer juntos.
La Sagrada Familia nos dio la oportunidad de tener acceso a la casa, pero siempre trabajando a full los dos. Sin sacrificio no hay nada, y hoy disfrutamos de nuestra casa².
Algo de gran provecho
Raúl y Betina Castromán integraron el plan JuPo III, que entre 1994 y 2000 edificó 32 viviendas en la localidad de Benavídez sobre un terreno donado por la municipalidad de Tigre. Y cuentan que entraron
"al programa por un vecino, en al año 97. La Fundación Sagrada Familia nos indicó los pasos a seguir para la entrega del terreno. Fue algo de gran provecho, porque lo estábamos necesitando. Además, nos propusieron una buena financiación, acorde a nuestro bolsillo. La gente fue espectacular, el trato muy bueno. Especialmente la asistente social, era muy cordial, ella nos orientaba y así conseguimos tener nuestro terreno."
Reconocimientos
La Fundación Sagrada familia, a lo largo de su fecundo accionar, ha recibido no pocas distinciones, entre la cuales se cuenta:
Premio Ashoka. II Concurso Nacional de Ideas Innovadoras para la Movilización de Recursos para el Proyecto Sume Materiales. 2002.
Premio REPSOL YPF para el Proyecto Sume Materiales. 2003.
Premio del Foro Ecuménico Social al Emprendedor Solidario para el Proyecto Manos a la Obra. 2003.
Premio de Deutche Bank-Americas Foundation para el Proyecto Sume Materiales. 2003.
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