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TESTIMONIO
Conversión en el hospital
Por el padre José Pantano, IVE.

El autor, sacerdote argentino misionero en Italia, revela un testimonio de conversión de un enfermo, de espíritu colérico y sin fe.

Ravenna es una de las ciudades más difíciles de Italia, (como lo califica el vicario de la diócesis) aunque dicen que ya no quedan "bruciapreti"
(quemacuras). Mi apostolado, a grandes rasgos, consiste en visitar los enfermos en el hospital, acercarlos a los sacramentos de los cuales se han alejado hace muchos años o nunca los recibieron, acompañar principalmente a los enfermos terminales a aceptar la voluntad de Dios.
Ellos, una vez convertidos, evangelizan a su familia. También, dentro de lo posible, trato de asistir espiritualmente a las familias en esta difícil situación. 

La pierna amputada 

Hace pocos días me encontré con un hombre colérico y sin fe, del todo anticlerical. En este primer encuentro me dijo: "Yo voy a creer en Dios, si me hace crecer la pierna que me amputaron"; después fue creciendo en sus apelativos. 
Todos los días iba sólo a escuchar alguna palabra ofensiva y/o blasfemia.
Lo habitual era decir con odio "si Dios existe ¿qué le he hecho yo a 'ese'
que está colgado allí para que me haga esto?", refiriéndose al crucifijo; o "ustedes los curas...", entonces lo dejaba hablando solo; en una oportunidad me dijo: "de ese que tanto hablan, el famoso Padre Pío, no es más que un charlatán y mentiroso. Hacía ir la gente para que los curas le saquen la plata" y todos son lo mismo, etc.
Cerca del mes de estar postrado, me dijo: "Yo he dado clases en una escuela y a mi no me van a engañar ustedes". Entonces aproveché para decirle que se puede llegar a la existencia de Dios con nuestra inteligencia y que yo también había dado clases de Física y Química; a grandes rasgos le expuse la teoría del "Big Bang" (de acuerdo a esta teoría todo nace de un minúsculo punto, o sea de la nada, pero los científicos no quieren hablar de
"creación") y me fui.
Al otro día volví a visitarlo y le hablé del orden para que haya vida en la tierra, con su inclinación del eje terrestre de 23º y la distancia del sol, de la luna, del giro, de la traslación, etcétera, lo que indica un orden establecido por una mente perfecta. Y como siempre, se la dejé picando. 
Después regresé a verlo y empezó con lo mismo de siempre, entonces le dije "ciao". Cuando ya estaba cerca de la puerta escuché: "Venga, no se vaya que necesito su ayuda’". Yo le respondí: "Usted no quiere ayuda, porque cuando se la pide, se lo hace con humildad y lo que usted hace es decirme palabras ofensivas. Así que ciao". Al día siguiente me acerqué y pudimos tener "casi un diálogo", ya que siempre lo dejaba hablando solo o mejor dicho gritando solo.
Al otro día cuando fui a visitarlo encontré la cama vacía. Entonces le pregunté a la enfermera, que también había podido experimentar en carne propia su carácter, dónde estaba y me respondió que lo habían trasladado.
Le pregunté a dónde, para visitarlo, y me dijo "no creo que tenga ganas de verlo porque es un 'mangiapreti' (comecuras)". Le conté que finalmente habíamos tenido un diálogo, así logré conseguir que me dijera que lo habían llevado a cirugía. 

La conversión 

Mención aparte merece este encuentro, antes de entrar en la sala operatoria para que le amputen la otra pierna. No podía creer que yo, a quien él había ofendido, haya ido a buscarlo a otra sección que no es la mía, y en un momento dado el milagro se produjo más allá de todas las palabras y razones que le pude haber dado, y me dijo con lágrimas en los
ojos: "Entonces... ¡Dios existe!", pero faltaba una última barrera por
derribar: el dolor. ¿Por qué, para qué sufrir? Le dije: "Si usted no tuviera este dolor ahora, este diálogo habría sido imposible diez años atrás o diez días atrás". Entonces bajó la vista y me dijo "¿Qué debo hacer, Reverendo?
¿Me debo confesar? ... ¿Me perdonará Dios?...".
Recibió la Unción, la comunión y le regalé una medallita. Volví después de la operación con mucha cautela, como no creyendo todavía en la conversión. Le pregunté si quería aceptar una estampita que le llevaba, a lo que me respondió afirmativamente. Cuando alcanzó a ver que era del santo Padre Pío, con los ojos llenos de felicidad y con el rostro radiante comenzó a besarlo repetidas veces y agradecer en medio de dolores indecibles, y con las manos entrelazadas se lo colocó en el pecho para seguir gozando de ese momento. Lo seguí visitando, rezábamos, le daba la bendición y su hermana me dijo que era el único momento en que sonreía. Sus manos ya eran una masa informe ennegrecidas. Llegado el momento le hablé de abandonarse en los brazos del Señor, de su infinita misericordia, pero me daba la impresión de que lo que escuchaba ya lo sabía por cómo lo asimilaba y asentía. Aprendió el sentido del dolor de la cruz y a ofrecerlo al Señor por su familia.
Le pidió a Dios la pierna que le faltaba, Dios no sólo no escuchó este pedido sino que perdió la otra también. Pero hizo algo mejor: le dio la fe para poder entrar en el paraíso.
Dios escuchó la oración de su mujer y de tantas otras personas que no conocemos, como sé que también Dios Padre escuchará la oración de este padre pidiendo por su hijo que no quiso venir a verlo.


MÚSICA
Danubio eterno y azul

La majestuosa composición de Johann Strauss ³Danubio azul² cumple 137 años de plena vigencia. La mágica vigencia del músico y de sus magistrales valses.

Hay un vals que cumplió 137 años de vida. Claro que se trata de un vals vienés, un vals de... Johann Strauss, el "rey de los valses" (¿quién, si no?). La fecha -fue compuesto el 15 de febrero de 1867- pasaría inadvertida tratándose de un vals cualquiera, pero se trata de un favorito del mundo entero, de un conquistador del universo, llevado por las melodías aladas y cadenciosas al compás de tres cuartos: el vals magistral de Strauss:
"Danubio azul". 
En todo tiempo al arte -especialmente a la música- le tocó una misión digna y sublime: construir un puente de paz por encima de las fronteras de las naciones. Lo que no consiguieron las deliberaciones diplomáticas en muchas ocasiones, lo ha conseguido la música de este anciano juvenil.

Vienés de "pura cepa" 

"Basta que suene en cualquier parte del mundo entero el motivo principal, elevándose de las tres voces del acorde en re mayor, y todos empiezan a cantar y aplaudir"... Estas son palabras del crítico más temido en los últimos decenios del siglo XIX, Eduard Hanslick. Tenía razón. Escuchando el ³Donau so blau² (³Danubio tan azul²) los ánimos destemplados se tranquilizan, las caras sombrías se iluminan, los corazones se unen...
El vals es hijo de la capital danubiana, de Viena; como lo era también su creador. Strauss se sintió vienés de "pura cepa": sin embargo; en sus venas corría también sangre eslava y -lo que es poco sabido- también latina. Su abuela materna, nacida en Madrid, era hija de un grande de España. Parece que semejante mezcla, sangre germana, eslava y latina, resultaba muy feliz con respecto a la musicalidad. En aquellos tiempos; más felices que los actuales, aun no se conocía la teoría, de las razas. El maestro escribió el vals en cuestión a la edad de 42 años, en una casa modesta de la capital que ostentará ahora una placa conmemorativa.

Melodías en el aire 

La atmósfera de Viena era el programa de Strauss, era su elixir, era la divisa invisible y, sin embargo, tan perceptible todavía en todas sus obras, pero, más que en las otras, en el ³Danubio azul². El mismo Strauss, el día en que cumplió setenta años, habló del secreto que proporcionó tanta popularidad a sus composiciones: "Debo la formación de mi talento a mi querida Viena; en su suelo arraiga mi fuerza, en su aire viven las melodías, juntadas por mi oído, acogidas por mi corazón, anotadas por mi mano. ¡Viena mía, la ciudad de las canciones alegres y de las almas sentimentales; ciudad de las mujeres hermosas, que entusiasman y encantan al artista; Viena, corazón de la bendecida Austria!".
Cuán ferviente debe de haber sido su amor hacia la ciudad natal y su patria, amor que se siente al escuchar y bailar este vals después de setenta años de su existencia. En él se siente el alma vienesa, sus sonidos dan una visión del gran río Danubio, con sus olas azules; de las riberas, con sus bosques, castillos antiguos y conventos e iglesias; de sus moradores, con sus trajes típicos y sus costumbres tradicionales.
Eran tiempos sombríos cuando por primera vez sonaron las notas del Danubio azul. Entonces había olvidado Viena sus risas cariñosas; estaba bajo la influencia del efecto ulterior de los acontecimientos bélicos del año 1866. 
Austria llevaba una guerra de dos frentes, a la vez contra Prusia y contra Italia. Había desaparecido el buen humor característico de los ciudadanos de aquella capital, siempre alegre y un poco frívola. Triste transcurrió el Carnaval de 1867. Hasta el Wiener Männergesangs-Verein (Asociación Víenesa de Cantores) había suspendido su tradicional "noche de locos" y había resuelto contentarse con una simple representación coral. La serie de los coros solamente debía ser interrumpida por el estreno del vals ³An der schönen, blauen Donau², compuesto por Strauss expresamente para tal ocasión. .

Noche feliz 

Era el 15 de febrero de 1867, en una sala desaparecida hace mucho. Esa noche Strauss devolvía a los vieneses el buen humor y el espíritu vital.
Pronto avanzó este vals a la categoría de un segundo himno nacional, junto al oficial del maestro Haydn. Hasta Gustav Mahler, el gran compositor y severo director de la Opera de Viena, abrió al famoso vals las puertas de ese instituto de grandes tradiciones, propiedad particular del emperador Francisco José; en el mismo lugar donde noche a noche la música sería de los clásicos de la ópera fue escuchada por un auditorio selecto, de vez en cuando se representó una opereta de Strauss, cantada por los artistas célebres de la Opera y tocada por la famosa orquesta Filarmónica.
Cuando murió Strauss, en el mes de junio del año 1899, Mahler organizó, en lugar de un réquiem en honor del querido muerto, una representación de su opereta El murciélago; y en el entreacto fue tocado ³Danubio azul². Un homenaje que correspondía a la naturaleza alegre y amable de Strauss, a su modo de pensar y de vivir.
Brahms, el hombre frío del Norte, que había encontrado en Viena su segunda patria era un adorador de las melodías del "rey de los valses". Él y Ricardo Wagner, Liszt y Bruckner vieron en este vals una de las emanaciones más deliciosas del alma austríaca.
La hijastra de Strauss, Alice von Mayszner-Strauss, pidió en cierta ocasión a Brahms que pusiera su firma en un abanico cubierto de autógrafos de personalidades célebres, entre ellos del pintor alemán Menzl, del gran cómico vienés Girardi, de los compositores Goldmarck y Leoncavallo, del humorista norteamericano Mark Twain y otros más. Brahms esbozaba los primeros compases del famoso vals siguiendo con las palabras:
"...desgraciadamente, no de Johannes Brahms". En otra ocasión, al dedicar un retrato suyo a la esposa de Strauss, Adele, anotó en el dorso de la fotografía el comienzo de su propia sinfonía número 4, uniéndola con el comienzo de "Danubio azul" como contrapunto.
El vals, cuya partitura original se encuentra en el archivo del arriba mencionado Wiener Männergesangs-Verein como tesoro valioso, fue acogido calurosamente por los que presenciaron su estreno, y tuvo que ser repetido varias veces. 

En la Exposición de París 

El rumor de que los vieneses lo habían recibido con indiferencia y que sólo su triunfo en París les abrió los ojos, es falso. Lo cierto es que este vals empezó su marcha triunfal por el mundo desde París y después consiguió su popularidad universal. Esto se debe, ante todo, a la esposa del embajador de Austria ante la corte de Napoleón III, la princesa Paulina de Metternich.
Gracias a su iniciativa, ³Danubio azul² resonó por primera vez ante un auditorio internacional.
En el tiempo de la Exposición Mundial de París dio ella una de sus notables fiestas, en cuyo centro debía figurar Johann Strauss. Todos los dignatarios del país, como los del exterior residentes en la capital francesa, acudieron a la embajada austríaca; acudió también a la fiesta el emperador Napoleón III, así como su esposa, Eugenia.
Primeramente los galantes franceses hicieron centro de sus reverencias a la princesa Metternich, muy estimada en los círculos aristocráticos. Pero pronto el mago musical vienés conquistó la atención y los corazones de la selecta reunión cuando empezó a dirigir el "celevre vals-le beau Danube bleu". 
El mismo emperador fue el primero en aplaudir y felicitar al maestro.
Desde aquella noche, ante el pabellón de la Exposición Mundial donde se presentó Strauss con su orquesta, el público se aglomeró. Los parisinos le tributaron ovaciones calurosas y sus composiciones pronto alcanzaron en París la misma popularidad que en Viena. El triunfo de París se volvió mundial. 

Una marca registrada 

El aniversario de "Danubio azul" en Viena fue festejado en forma solemne.
Fuera de la colocación de la placa conmemorativa en su casa natal, un gran festival artístico reunió a la Viena oficial y no oficial. Desde el presidente de la República hasta la modesta obrerita, todas las capas sociales se adhirieron al homenaje y escucharon durante más de dos horas los trozos más selectos de las composiciones de Strauss: esas melodías inmortales de las famosas operetas "El murciélago", "El barón gitano", "Carnaval de Venecia","Sangre vienesa" y muchas otras.
Pero no solamente la sala repleta del Konzerthaus de Viena escuchó:
también otros miles, tal vez millones de hombres más, se deleitaron con la música ejecutada por la orquesta de la Filarmónica y las canciones ofrecidas por artistas eminentes, pues casi doscientas cincuenta radios transmitieron a sus oyentes el homenaje musical, difundiéndolo de esta manera por el mundo entero. Todavía hoy "un vals de Strauss" sigue siendo una marca predilecta tanto para los hombres musicales como para los que no entienden nada de música. Ahora cabe esta pregunta: ¿qué es lo que tanto entusiasma de él a los diversos pueblos y razas? En el fondo, no se sabe con exactitud, no se puede definir bien. Es -como se suele decir- el fluido del compás de tres cuartos, que ejerce su efecto misterioso en todos los que escuchan a este eterno joven de más de setenta años.

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