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TESTIGOS
La Plata, ciudad de los milagros
Por Marta Noce

Cuatro de los diez milagros reconocidos por la Iglesia que se registraron en
nuestro país, tuvieron lugar en la ciudad de La Plata. Los padres bayoneses
y las hermanas de la Misericordia en una increíble conjunción de fe.


San Miguel de Garicoits

La capital de la provincia más importante del país, llamada simpáticamente
"de las diagonales", tiene, entre muchos atractivos, otro interés único. De
los diez milagros que registramos producidos en el país, oficialmente
reconocidos por la Iglesia Católica, nada menos que cuatro de ellos tuvieron
lugar en esta  ciudad fundada por Dardo Rocha. Y resulta curioso, además,
encontrar entre ellos algunos puntos en común.
Tres de esos signos prodigiosos de Dios se deben a la intercesión de dos
santos y fundadores, la madre Josefa Rosello y el padre Miguel de Garicoits,
quienes nunca estuvieron en la Argentina pero que mandaron al país los
primeros religiosos de sus comunidades en la segunda mitad del siglo XIX. Y
el cuarto, el último, reconocido por el Santo Padre a fines de diciembre
pasado, se debe a la intercesión de la madre Maria Ludovica, (italiana, de
la misma congregación que la fundadora madre Rosello), quien entregó su
vida, su consagración sin límites, a la atención de los enfermos y los
pobres -siguiendo el carisma de las Hermanas de la Misericordia de Savona-,
en el Hospital de Niños platense que hoy lleva su nombre. Más: sor María
Ludovica, quien será elevada a beata en fecha que depende de la agenda y la
salud del Papa, asistió en 1949, a la beatificación de la madre Josefa en
Roma y visitó, con la delegación de religiosas que participó del
acontecimiento, al entonces pontífice Pío XII.

ELos otros seis milagros se dieron tres en la Capital Federal, otro en la
zona de San Miguel (provincia de Buenos Aires), uno en Entre Ríos, y otro en
Salta. Quizás nos preguntemos ¿por qué más en La Plata?. La respuesta no la
sabemos. Sólo nos atrevemos a consignar que el surgimiento de la capital
provincial coincidió con la llegada de numerosas congregaciones religiosas
que se instalaron primero en Buenos Aires y años después en la nueva ciudad,
con casas, parroquias, colegios u hospitales, realizando una tarea fecunda
que ha quedado grabada en el corazón de los fieles, en la memoria de todos.
Cuatro de esos milagros se registraron en el siglo XX y el último, en el que
vivimos. Y sólo Dios sabe por qué se dieron en La Plata, una predilección
que podemos atribuir a su Misericordia.

Los bayoneses

   San Miguel de Garicoits fue canonizado dos años antes que la madre
Rosello, en 1947. Este sacerdote vasco, famoso por su expresión de
disponibilidad total "heme aquí", fundó la congregación de los sacerdotes
del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram, una familia de misioneros
conocidos popularmente como bayoneses (por Bayona, su diócesis de origen)
que tuvo grandes educadores. Fueron los primeros en arribar a la Argentina
luego del gobierno de Juan Manuel de Rosas. Desde Buenos Aires, durante el
obispado de monseñor Mariano José de Escalada (el decimosexto obispo de
Buenos Aires, quien pasó a ser el primer arzobispo en 1865), le había
llegado al santo el pedido de sacerdotes para atender a numerosos vascos (se
contaron nueve mil) y franceses inmigrantes, instalados en el joven
continente. Garicoits aceptó de inmediato el proyecto con fecha del 10 de
octubre de 1854 y estuvo por embarcarse él mismo, pero no lo dejó el obispo
de Bayona. La misión llegó a Buenos Aires el 4 de noviembre de 1856. Dos
años después ya habían levantado el colegio San José junto a la parroquia de
Balvanera, en la Capital, y en 1903 el establecimiento del mismo nombre en
La Plata.
   El P. Garicoits, quien vivió y murió con fama de santo (1863), siguió muy
atentamente la tarea de los misioneros en la Argentina, a quienes felicitaba
por sus esfuerzos y solía escribir cartas a los alumnos del colegio,
estimulándolos con su entusiasmo. Tal era su vinculación con esta tierra.
   Por entonces se exigían dos milagros para ser beato, y se sumaban otros
dos para la canonización (el proceso lo simplificó Juan Pablo II en 1983).
Los dos primeros se produjeron cerca de Betharram, (un antiguo santuario
mariano, ubicado en un rincón de las montañas pirenaicas, cuna de la nueva
congregación) pero los siguientes, por los que es elevado a santo, tuvieron
lugar en La Plata. ¡Son argentinos y platenses!

El tifus incurable

   El 27 de abril de 1935, Blanca Simioni, de 12 años, regresó enferma del
colegio. Y el médico Edmundo Vampa diagnosticó tifus, que asolaba el barrio
y que, por entonces, era prácticamente una enfermedad mortal. La niña se
agravó, el desenlace parecía cercano y la madre se mostró desesperada. El
médico, que recibió los reproches comprensibles de la madre, acudió
impotente al director del colegio San José, a cargo de los bayoneses, quien
le entregó una reliquia del aún beato Miguel de Garicoits. Los progenitores
y allegados a la pequeña accedieron a rezar la novena delante de la estampa
del santo y una vela encendida. Blanquita también, con gran confianza,
rezaba al beato y besaba la reliquia.
   El hecho ocurrió el 17 de mayo cuando tras un vómito de sangre, la muerte
parecía inminente. Pero, sorprendentemente, la niña se sentó en la cama y
recobrando sus colores, pidió comida sólida que ingirió con apetito. Y ante
el asombro de todos agradeció al beato Miguel su curación instantánea y
completa.

"Ya estás sana"

   El otro caso fue al año siguiente: el de la hermana Ángela Zanini,
religiosa de la Sociedad de María, quien padecía desde hacía años un
fibroma, con dolores viscerales, que la tenían postrada. Sus hermanas de
comunidad y las niñas de la Casa (dedicada a la atención de sordomudas)
imploraban el auxilio del beato Garicoits con insistentes novenas, en cuyo
rezo también participaba la hermana Ángela. En la noche del 9 al 10 de julio
de 1936, imploró al beato con intensidad: Éste se le apareció en medio de
una suave luz, preguntando: ³Hace tanto tiempo que me suplicas, ¿qué deseas
de mí?." "Oh, Padre -respondió la Hermana- la salud... si ha de ser para
mayor gloria de Dios!". "Pues bien, ya estás sana². El emotivo relato de
este diálogo excepcional se completa con la sonrisa del beato, cuya imagen
desapareció ante los ojos de Ángela, luego de haberla bendecido. Ella,
completamente curada, reanudó sus actividades al día siguiente.
   El mismo médico, ya fallecido, atestiguó ambos hechos, aprobados en Roma
el 27 de febrero de 1944.

Las Hermanas de la Misericordia

   En el vapor Savoie, un trasatlántico de la Compañía de Transportes
Marítimos de Marsella con capacidad para 700 pasajeros, el 14 de diciembre
de 1875 llegaron a Argentina las primeras Hermanas de la Misericordia de
Savona, fundada por la madre Josefa Rosello, quien las había abrazado
fuertemente antes de la partida. Había recibido de parte de monseñor
Escalada, un pedido similar al remitido a Garicoits de religiosas para la
atención de enfermos y jóvenes en 1868. Pero la muerte del pastor (en 1870,
en Roma, a la que había acudido para asistir al Concilio Vaticano I) demoró
el envío. Finalmente viajaron quince jóvenes italianas, las primeras de la
nueva congregación, que tuvieron en el viaje una compañía muy especial: los
primeros salesianos en arribar al país, encabezados nada menos que por
monseñor Juan Cagliero, secundado por el padre José Fagnano. A ellos también
los había despedido con gran afecto su santo fundador, Juan Bosco, quien los
bendijo junto a las hermanitas, de acuerdo al relato del mismo Cagliero y
otras fuentes, tal como lo consignó el padre Raúl Entraigas en ³Los
salesianos en la Argentina².
   Una treintena de años después, el 4 de diciembre de 1907, cinco hermanas
de la Misericordia, llegaron a nuestra tierra en el vapor "Lombardía". La
congregación ya tenía funcionando entre nosotros importantes obras
asistenciales como hospitales, escuelas y hogares. Pero nos referimos a este
grupo, contingente número 23, porque entre ellas estaba nuestra
protagonista, la hermana María Ludovica, quien a principios de 1908 ya se
había instalado en el Hospital de Niños de La Plata. En esta ciudad las
hermanas de su congregación se encontraban desde 1887, dirigiendo los
hospitales San Juan de Dios y General San Martín. Al año siguiente asumieron
el Colegio de la Misericordia y, en 1889, el mencionado Hospital de Niños.

A sor María Ludovica

S u obra fue fecunda y ardiente su caridad.

O bró maravillas, inspirada en un profundo amor cristiano.
R eligiosa ejemplar, de profunda vida interior.

M adre espiritual benefactora, consejera, guía. A ngel de caridad. R ecogida y silenciosa.

1  ncalculable el valor de su entrega generosa a los necesitados.
A livia a los enfermitos a costa de heroicos sacrificios.

L leñó de amor nuestra experiencia.

U na mujer toda de Dios.

D on del Consejo hecho mujer.

0  ido atento para escuchar y aliviar angustias y dolores del prójimo.
V elaba como madre por todos los enfermitos.

I ntuición fina, de gran sensibilidad.

C olmo al Hospital de un espíritu de unión fraternal.

A mor ardiente a la Eucaristía, al Sagrado Corazón de Jesús,

a la Santísima Virgen de la Misericordia, a san José,

a la madre Rosello, su fundadora.

Este acróstico fue armado por la Hna. Emilia con ¡as expresiones y frases que dejaron los devotos delante de su estatua, en el Hospital que lleva el nombre de Ludovica.


Una reliquia de la fundadora

   Pocos años después, en 1911, se produjo en el seno de esta congregación
el primer milagro registrado como tal en la Argentina. El hecho lo vivió la
hermana Espíritu Santo Elizondo, religiosa joven (tenía dificultades renales
desde chica, que se complicaron a partir de 1907) desahuciada por los
médicos, afectada de tuberculosis renal, y con los "intestinos completamente
inactivos y destruidos". Pero del 30 de junio al 1º de julio recobró su
salud en forma total, repentina e inmediata, tras la intensa y constante
oración de intercesión a la entonces venerable madre Rosello, de quien esa
noche le pusieron una reliquia en la cintura.
   Habían concluido el rezo de la tercera novena a la fundadora. Ya había
recibido la unción de los enfermos de manos de monseñor Francisco Alberti,
años después convertido en el tercer e infatigable pastor platense, y estaba
preparada para morir porque se consideraba que no había alternativa alguna
para su estado, a pesar de los estudios, análisis y visitas de expertos que
debió asumir en los meses previos a este prodigio que sacudió a su comunidad
y a la Iglesia en general. Pero todo cambió aquella noche para la hermana
Elizondo, quien vivió hasta los ochenta años y disfrutó la gracia de
asistir, en 1957, a la inauguración del camarín -antes su habitación
enfermería-, transformado en lugar de oración y peregrinación a partir de la
comprobación del milagro, según el veredicto definitivo llegado desde el
Vaticano.

¿Quién la curó?

   Hay dos hechos curiosos, por el entrelazamiento de los personajes que
estamos presentando, producidos en el largo año de penurias, de idas y
vueltas de la enferma a Buenos Aires, a la casa de las Hermanas en el barrio
de Belgrano, por si algún experto de la Capital pudiera dar en la tecla del
problema de salud, por cierto desconcertante y complejo. Los datos surgen
del largo relato que la hermana Espíritu Santo realizó, luego de su
curación, a la Superiora General de la Congregación, sor María Amable, en
carta fechada en La Plata, el 5 de septiembre de 1911. Cuando estaba muy
grave, también la hermana pasó unos días, en mayo de 1911, en el Hospital de
Niños, en cuya comunidad ya se encontraba la hermana Ludovica. Ambas, sin
duda, compartieron el gozo de ese signo del Señor, el milagro, a tal punto
que, como dijimos, consta que la hermana Ludovica, siendo superiora de la
comunidad y administradora del Hospital, asistió a la canonización de Josefa
Rosello.
   Este es el otro episodio sugestivo: el capellán de la comunidad era un
religioso bayonense, quien durante el rezo de la segunda novena, les trajo
una reliquia de su fundador, el entonces venerable Miguel de Garicoits, y
les dijo que era muy milagroso.
   ³Se empezó también a él una novena, pero nada se obtuvo y además las
hermanas decían que si la gracia se concedía, ¿a quién se atribuiría de los
dos? Y comenzaron la tercera a la madre Fundadora solamente², escribió en la
carta antedicha, la hermana Espíritu Santo.
   Notable resulta la vinculación de los protagonistas apreciándose, además,
como una intuición que el milagro se produciría, pues hacían hincapié en la
autoría del intercesor. No obstante esa aparente o probable percepción, el
hecho extraordinario, ya consumado, las llenó de perplejidad, gozo y
alegría. ¡El milagro tan pedido se había producido, tras una penosa y larga
enfermedad!

El milagro más reciente

   Esta es una historia de nuestros días, el último milagro en Argentina
reconocido por la Congregación para la Causa de los Santos, y firmado por
Juan Pablo II el 20 de diciembre de 2003, merced a la intercesión de la
venerable madre María Ludovica de Angelis, de cuya acción tesonera se ocupó
Nueva Lectura en su edición en septiembre de 2002. El signo sobrenatural
ocurrió en octubre de 1992, cuando una niña ahora adolescente, cuyo nombre
no se dio a conocer, vivió en el Hospital de Niños un hecho prodigioso por
el que sus familiares tanto habían orado, implorando la intervención de la
madre Ludovica, conocida por la abuela de la pequeña, y de notable fama de
santidad en la ciudad.
   La niña había nacido en 1988 con una patología congénita, espina bífida
con las vías urinarias muy deterioradas y parálisis en los miembros
inferiores. A los dos meses le habían colocado una cánula para que las vías
urinarias pudieran funcionar, aunque parcialmente. Ya a los nueve meses, su
tío, médico-pediatra, junto a su hermana, la madre, y la hijita, habían
recurrido a las religiosas, para que rezaran por la niña. Y la hermana
Emilia Paternosto les dio la llave de la bóveda en donde descansan los
restos de la Venerable.

Inexplicable

   Ante su féretro la pequeña, que no movía sus piernas, se paró y se
mantuvo de pie. A los veinte meses caminaba. Pero el hecho extraordinario,
por el que se habla de milagro, acaeció cuando a los 4 años, los padres la
llevaron al Hospital de Niños para que le extirparan el riñón que no
funcionaba y tratar de reconstruir la vejiga con una parte del intestino
delgado. Cuando iniciaron la intervención (tras una postergación de tres
meses debida a una inflamación), los médicos encontraron la vejiga en
funcionamiento, ampliada al igual que el riñón. Sólo fue necesario
reimplantarles los uréteres. El veredicto de los científicos italianos,
convocados por la Congregación citada, fue terminante: curación
científicamente inexplicable.
   Estos fueron los cuatros prodigios y sus respectivos protagonistas que
hacen de La Plata, ¡la ciudad de los milagros en la Argentina! Una historia
incomparable en el peregrinaje del Pueblo de Dios.

A sor María Ludovica

S u obra fue fecunda y ardiente su caridad.
O bró maravillas, inspirada en un profundo amor cristiano.
R eligiosa ejemplar, de profunda vida interior.

M adre espiritual benefactora, consejera, guía.
A ngel de caridad.
R ecogida y silenciosa.
I ncalculable el valor de su entrega generosa a los necesitados.
A livia a los enfermitos a costa de heroicos sacrificios.

L lenó de amor nuestra experiencia.
U na mujer toda de Dios.
D on del Consejo hecho mujer.
O ído atento para escuchar y aliviar angustias y dolores del prójimo.
V elaba como madre por todos los enfermitos.
I ntuición fina, de gran sensibilidad.
C olmó al Hospital de un espíritu de unión fraternal.
A mor ardiente a la Eucaristía, al Sagrado Corazón de Jesús,
  a la Santísima Virgen de la Misericordia, a san José,
  a la madre Rosello, su fundadora.

Este acróstico fue armado por la Hna. Emilia con las expresiones y frases
que dejaron los devotos delante de su estatua, en el Hospital que lleva el
nombre de Ludovica..






 

 

 





Santa María Josefa Rosello, fundadora de las Hermanas de la Misericordia.

 

 

 

 

 



Sor María Ludovica .

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Familia
Las raíces son más profundas
Por Nieves García

EEl árbol de la sociedad occidental sufre en sus raícesn el daño de tres depredadores mortales, que dañan al ser humano en lo más hondo y afectan a la armonía familiar y social. Tenemos que sanar al árbol por la raíz.

El 17 de diciembre de 1999, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU)
declaró el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la
Violencia contra la Mujer, e invitó a los gobiernos, las organizaciones
internacionales y las organizaciones no gubernamentales a que organicen en
ese día actividades dirigidas a sensibilizar a la opinión pública respecto
del problema de la violencia contra la mujer.

Real y escalofriante

   Los datos están ahí, son reales, y... escalofriantes. El informe de la
Organización Mundial de la Salud (OMS) del tres de octubre de 2003 indicaba
que anualmente 1,6 millones de seres humanos pierden la vida violentamente.
Señala que las mujeres son las que corren más riesgos en entornos domésticos
o familiares. Casi la mitad de las mujeres que mueren por homicidio, son
asesinadas por sus maridos o parejas actuales o anteriores, un porcentaje
que se eleva al 70% en algunos países. En algunos países, hasta una tercera
parte de las niñas señalan haber sufrido una iniciación sexual forzada.
   A lo largo del año son constantes las noticias que anuncian los casos de
la mal llamada violencia doméstica, donde el hombre aparece casi siempre
como el agresor cruel y la mujer como la víctima del conflicto. Sin restar
responsabilidad ninguna al varón, que aprovecha su constitución física que
le otorga una superioridad notoria (y después dicen que no hay diferencias)
ambos, hombre y mujer, son víctimas de una tragedia más profunda: la
deshumanización del hombre, que es el gran mal de nuestro mundo.
   Son loables los esfuerzos de algunos gobiernos por erradicar este
fenómeno. Por ejemplo, en España se promulgó el pasado 31 de julio la ley
reguladora de protección a las víctimas de la violencia doméstica. Pero las
medidas que ofrecen tienen el mismo efecto que se produce al fumigar las
ramas de un árbol, cuando el problema que lo carcome está en las raíces.

Depredadores mortales

   El árbol de la sociedad occidental sufre en sus raíces el daño de tres
depredadores mortales que dañan al ser humano en lo más hondo y afectan a la
armonía familiar y social. Carcomas que se gestaron en los famosos años O60
y que han sido absorbidas por la cultura actual de forma que han perdido su
imagen de agresividad, pero son los causantes reales de gran parte de la
violencia actual.
   La primera nació con la revolución sexual, que en aras de una falsa
libertad, nos hizo creer que el amor y la sexualidad eran dos realidades
separables. La erotización de la sociedad a través de los medios fue la
estrategia práctica que derivó de esta novedad. La pornografía saltó a las
calles y el sexo se exaltó y comercializó hasta llegar a su total
trivialización. Conocida es la cercana relación que hay entre la vivencia de
una sexualidad utilitarista y la desinhibición de toda forma de control y
dominio personal. De ahí a la violencia, sólo hay un paso, que por desgracia
muchos dan. La excitación sexual conduce en muchos casos a la violencia
física contra la mujer.
   Esta situación habitual provoca en el hombre tres sensaciones que, a su
vez, inducen a comportamientos agresivos: el desencanto que acaba en
frustración, la pérdida del respeto por la mujer, como ser humano, ya que se
convierte en objeto de consumo, y una hipertrofia de la afectividad, una
especie de inmadurez afectiva e hipersentimentalismo que provoca un
desequilibrio anímico. En resumen, la revolución sexual ha dado a luz un
hombre más violento y más egoísta. Y los causantes de este mal no son sólo
los hombres. La mujer que lo consiente y lo acepta se convierte en aliada de
su propia denigración.

Violencia y permisividad

   Una segunda carcoma es una libertad de expresión mal entendida, que se ha
convertido en el escudo de los medios, donde las escenas de violencia y de
sexo llegan a cuotas disparatadas. En España, el 60% de los niños en edad
escolar y preescolar permanece tres horas al día frente a la pequeña
pantalla. Según datos fiables, estos niños ven unos diez casos de violencia
física, tres de ellos con resultado de muerte; una serie notable de
efusiones sentimentales y eróticas fuera de matrimonio; y uniones carnales
descritas con bastante minuciosidad. Algo parecido ocurre con la industria
cinematográfica que difunde unos mensajes opuestos a valores que el público
medio aprecia: fidelidad, lealtad, respeto. El niño normal que visualiza
estas cantidades ingentes de violencia queda afectado. Sería interesante
conocer la cantidad de escenas violentas que cada agresor ha consumido a lo
largo de su vida.
   La tercera carcoma que mata el árbol familiar y siembra semillas de
posible violencia, es la educación que reciben los niños, en la que por
temor a ³crear traumas infantiles², se tiende a la permisividad. Hay padres
que parecen tener miedo a sus hijos; temen negarles un permiso o enseñarles
el valor del respeto a los demás y a sí mismos. Pocos son los que educan en
la generosidad real y en el servicio al otro. La palabra sacrificio carece
de contenido, pero no se puede educar en el amor sin enseñar a sacrificarse
por el otro.
   Esta generación de padres enseña a sus hijos que vales tanto según tienes
y puedes, no según eres. Es normal que varones con esta educación o
des-educación se conviertan, en una sociedad competitiva, en personas
inseguras. No han aprendido a amar y no son capaces de valorarse por lo que
son. El fracaso o la decepción en cualquier área les produce inseguridad. La
violencia en cualquiera de sus formas, pero mucho más la física, es
manifestación clara de miedo y de inseguridad personal.

Tres propuestas

   Las salidas a un problema tan profundo no pueden ser proponer nuevas
medidas cautelares, ni crear un cuerpo especializado de policías para la
defensa de la mujer agredida. Estos remedios vienen a ser parches pero la
herida sigue abierta y sangrando.
   Las soluciones son más profundas, más serias, más radicales. Sin querer
abarcar todas, se pueden mencionar:
1. Ayudar a la sociedad actual a recuperar culturalmente el valor real del
amor, que enmarca el ejercicio de la sexualidad, dentro de un clima de
donación total al otro y de respeto a su persona. Para ello dejar de
comercializar con algo sagrado, como es la sexualidad y el cuerpo femenino
aunque suponga la quiebra de muchas empresas de mercadotecnia.
2. Prohibir -sí, prohibir (aunque no esté de moda)- las manifestaciones
exageradas y explícitas de violencia constante, en televisión y cine, y más
a ciertas horas. Y aprovechar medios tan eficaces para promover de forma
convincente, valores humanos que construyen al hombre y recrean a la
familia.
3. Ayudar al matrimonio y a la familia a crear relaciones interpersonales
sanas, a superar los conflictos y las crisis, a ser el ámbito primario de
seguridad y acogida del ser humano. La familia no necesita el bombardeo
diario que hacen los medios de tragedias, muertes, masacres, egoísmos,
divorcios, infidelidades y mentiras. Necesita ayuda para edificarse en los
valores sólidos: respeto, apertura al otro, solidaridad y amor.
   Tenemos que sanar al árbol por la raíz. Porque el amor humano existe y
aunque esta afirmación vende poco, es la realidad que sostiene el mundo. Es
la solución última.

Tomado de Mujer Nueva.

Centro de Difusión de la Buena Prensa Todo María Los Santos 2000 Ediciones Anteriores