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Arte
Pietro Mascagni
Caballero de la música

JEl autor de la popular "Caballería Rusticana" supo de éxitos y sinsabores en su fértil carrera artística.


Durante casi cuarenta años el npmbre de Pietro Macagni conoció en el mundo entero una celebridadsin igual.

Pietro Mascagni, hijo de un humilde panadero llamado Domingo Mascagni, nació
en un populoso barrio de Liorna el 7 de diciembre de 1863. Evidenció desde
su infancia un carácter vivo e impulsivo, por lo que su padre decidió hacer
de él algo más que un panadero y lo inscribió en el curso medio de los
Padres Barnabitas. Allí rápidamente Pietro demostró una marcada inclinación
por el arte.
   Pero su padre esperaba un destino de jurista para su hijo; no obstante
consintió en que, como distracción, siguiera cursos de armonía y contrapunto
y le regaló un piano. El joven, que no consideraba la música como simple
pasatiempo, se consagró a ella con gran entusiasmo. A los 18 años había
compuesto ya una pieza sinfónica y coros que fueron ejecutados en la capilla
de San Benito.

Mi hijo el maestro

   En 1881 se representaba el poema En la hilandería, cantata que prueba, a
pesar de la falta de experiencia del joven autor, un amor real por la música
popular, inclinación que inspirará todas las obras de Mascagni. A partir de
entonces el novel compositor siente que ha encontrado su camino y será en
vano que se intente hacerlo renunciar a la música.
   Pero su padre no cede y continúa prefiriendo para su hijo la
magistratura, actividad que le parece más segura y con mayores perspectivas
económicas que la de músico. Pietro encuentra entonces un aliado en su tío
Esteban, quien consigue vencer la oposición paterna y lo hace inscribir en
el Conservatorio de Milán, tomando a su cargo todos los gastos.
   En una carta enviada a su hermano leemos: ³Si papá me perdonara el haber
preferido la música a los tribunales, me sentiría plenamente feliz". Sin
embargo, su existencia en Milán no era nada fácil y conoció allí momentos de
verdadera desesperación. Tuvo por camarada de curso a Giácomo Puccini, de
quien fue gran amigo: los dos iban jun tos a una fonda pobre, donde con poco
gasto lograban saciar el hambre.
   Dos años más tarde abandonó Milán, impulsado por su espíritu rebelde y su
deseo de llevar una vida menos monótona. El teatro lo atraía fuertemente;
dejó su maleta en prenda a su locador, a quien debía dinero, y partió en
gira con una compañía de operetas, como director suplente de orquesta.
Después, como director titular a la compañía de operetas de Maresca,
continuó los viajes por Italia.
   Poco tiempo después, contrajo matrimonio y se estableció con su esposa en
Ceriñola, un pueblito de los alrededores de Foggia donde algunos amigos le
habían procurado un puesto de profesor en la escuela comunal de música,
pobremente remunerado, por lo que  daba lecciones particulares de piano. En
esos años nacieron dos hijos y continuó trabajando en su drama Ratcliff.

Caballería rusticana

   En 1889 la casa editora de música Sonzogno había abierto un concurso para
un melodrama en un acto. Decidió tomar parte y su amigo Targioni-Tozzetti
escribió el diálogo, en el cual colaboró después Menasci. El argumento había
sido extraído de una exitosa novela de Verga: Caballería rusticana.
   Mascagni ponía música a los versos de Targioni-Tozzetti a medida que
éstos le iban llegando en tarjetas postales. Terminada la obra, el músico
-dudando del éxito de la misma- no se atrevía a enviar la partitura. Fue su
mujer quien expidió el manuscrito, y el melodrama Caballería rusticana
obtuvo el primer premio, aclamado triunfalmente.
   El público, delirante, prodiga sus aplausos al joven músico; desde su
paleo, también la reina de Italia manifiesta su admiración. El alcalde de
Ceriñola es posiblemente el único que no está sorprendido por este triunfo,
pues siempre confió en el talento del director de armonía de su pueblito.
   Las noches siguientes confirman el éxito inicial. A la tercera
representación, Mascagni es nombrado Caballero de la Orden de la Corona de
Italia, el poeta Guido Mazzoni escribe una oda en su honor y el editor
Sonzogno le solicita una segunda ópera. En seis meses su drama lírico es
representado en los principales teatros de las grandes capitales de Europa.
Mascagni no tiene más que 27 años y su popularidad es inmensa; su carrera de
músico ha sido meteórica.

Revelación histórica

   Caballería rusticana ha sido definida como ³una revelación de importancia
histórica y de espontaneidad genial". Si bien la ópera no está exenta de
defectos, esa apreciación es bastante justa. El argumento es simple: una
historia de celos entre campesinos sicilianos. Los personajes son gentes
modestas, del pueblo, muy diferentes de las que hasta entonces habían
inspirado los melodramas. Sus pasiones y sus sentimientos revelan una dulce
ingenuidad, y la música que los acompaña es cálida, espontánea, rica en
inspiración melódica. Desde el punto de vista histórico, es oportuno
recordar que Caballería está entre las primeras obras teatrales de lo que se
llama ³la joven escuela verista". En cinco años, otras tantas óperas
consolidaron la fama de Mascagni. La primera es una ópera lírica en tres
actos; le sigue El amigo Fritz, después Rantzau, Ratcliff, una tragedia en
cuatro actos, y Silvano, una obra de tema marítimo.
   El público le aplaudía y admiraba, no así la mayoría de los críticos,
quienes juzgaban su música vulgar y desprovista de estilo. Esto originó
violentas polémicas en las cuales participó el mismo Mascagni, escribiendo
artículos y dando conferencias. Aquellos a quienes agradaba su música lo
elevaron a la gloria, en tanto que sus adversarios lo calificaban de simple
cancionista napolitano.

Excéntrico

   A estas discusiones relativas al valor artístico de su creación se
agregaron las murmuraciones y calumnias sobre su vida privada que él, por su
parte, alimentaba con sus  continuas extravagancias. Llevaba relojes
pulseras (algo insólito en aquella época), lanzaba la moda de los calcetines
de colores y se presentaba frecuentemente con indumentarias excéntricas.
Durante ese tiempo coleccionaba triunfos en Italia y en el extranjero como
director de orquesta: Londres, Viena, Alemania. Allí recibe la noticia de su
nombramiento para desempeñar el cargo de director de la Escuela Musical G.
Rossini en Pésaro. En esta ciudad hará representar una composición en un
acto: Zanetto, y por sus excentricidades volverá a convertirse en el centro
de las conversaciones: en cuanto puede, monta en su bicicleta y pedalea con
vigor sobre la carretera principal que une Pésaro con Fano (en esa época el
ciclismo estaba considerado como un deporte peligroso) y el célebre
compositor, rígido sobre su caballo de acero, suscitaba toda clase de
comentarios.

Estreno múltiple

   A fines del siglo XIX concluyó una comedia alegre en tres actos y un
prólogo que llamó Las máscaras. El compositor en persona vigila la
preparación de esta nueva ópera que será estrenada al mismo tiempo en siete
ciudades: Milán, Roma, Turín, Venecia, Nápoles, Génova y Verona. Mientras se
efectúan dos ensayos de la misma, Mascagni se desplaza continuamente y
parece estar a la vez en las siete ciudades, donde tiene que habérselas con
numerosos artistas y siete orquestas.
   La noche del estreno, 17 de enero de 1901, las salas están colmadas. La
ópera fracasa en forma lamentable en seis ciudades, y sólo en Roma, donde
Mascagni la dirigió personalmente, fue aplaudida, y se mantuvo en cartel
veintidós noches seguidas. Al año siguiente realizó un nuevo viaje al
extranjero: Estados Unidos, Londres, Madrid (aquí dirigió el Don Juan de
Mozart, durante las fiestas de la coronación del rey Alfonso XIII),
Montecarlo, Buenos Aires (tuvo un gran éxito con Isabeau).
   Luego compuso los tres actos de La alondra, ópera que se estrenó en Roma
en 1917. En 1921 obtuvo un resonante éxito con El pequeño Marat. La noche
del estreno, ante el entusiasta reclamo del público, debió salir a escena
cincuenta veces consecutivas.

El ocaso

   En 1924 y 1925 hizo una larga gira por Alemania, Austria, Checoslovaquia,
Polonia, Bélgica y Egipto. En 1929 lo nombraron vicepresidente de la
Academia de Italia.
   Algunas de sus obras volvían a ser representadas públicamente: Caballería
rusticana, El amigo Fritz, Iris, El pequeño Marat y La alondra. Después de
catorce años de silencio, en 1935, pudo estrenar Nerón, que debía ser su
"canto del cisne", ya que poco a poco el silencio se hizo alrededor de
Mascagni; los gustos y las preferencias del público habían cambiado. Estalló
la segunda guerra mundial. La salud del gran músico declinaba. Murió a los
82 años, el 2 de agosto de 1945, casi olvidado, soñando con una Europa
pacificada. Trabajaba entonces en la creación de la música para la oda Roma
feliz, mientras el viejo mundo se hallaba sumido en el caos y en el
desorden.





Después del éxito obtenido con "Caballería rusticana", fue recibido en Ceriñola como un triunfador; la densidad de la muchedumbre era tal qur tuvo que entrar a su casa por el balcón.

 

 

 





La particular caballera de Mascagni creó una moda. Este fue uno de los tantos signos de su evidente popularidad. Un día, estando el maestro en Filadelfia, un peluquero le dijo que el peinado "a lo Mascagni" no era el que le convenía a su rostro: no sabía que su cliente era el mismo Mascagni.

 

 

 

 

 



En su estreno en el teatro Coliseo de Buenos Aires, ña ópera Isabeau fue dirigida por el mismo Mascagni. cuando terminó la representación, los admiradores se presipitaron en su camarín, de donde lo sacaron a medio vestir, para pasearlo en andas entre las aclamaciones de la multitud.

 

 

 

 


Pietro Mascagni dirigiendo. Su renombre como director de orquesta fue tan grande como el de compositor.


Entrevista

Julián Marías
A favor de la vida

El filósofo y escritor Julián Marías, discípulo de Ortega y autor de más de medio centenar de libros, no vacila en su condena enérgica sobre el aborto, al que considera «el máximo desprecio de la vida humana en toda la historia conocida»
La presente entrevista fue tomada del diario español La Razón, en su edición del 25 de noviembre de 2003.

60 millones de abortos al año en el mundo, ¿qué reflexión le sugiere este
dato?
   - Que se ha extendido de manera aterradora la aceptación social del
aborto, el máximo desprecio de la vida humana en toda la historia conocida,
y a la vez la negación de la condición personal.

   - ¿Y qué le parece que se le llame «interrupción voluntaria del
embarazo»?
   - Me parece una expresión de refinada hipocresía. Los partidarios de la
pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. ¿Para qué hablar de tal
pena, de tal muerte? La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de
la respiración» (y con un par de minutos basta); ya no hay problema. Cuando
se provoca el aborto o se ahorca no se interrumpe el embarazo o la
respiración; en ambos casos «se mata a alguien». Y, por supuesto, es una
hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino
se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses de esa
etapa de la vida que se llama nacimiento va a ser sorprendido por la muerte

Visión
antropológica

   - Usted no plantea el problema desde la fe o desde la ciencia. ¿Qué
planteamiento falta?
   - Uno elemental, ligado a la mera condición humana, accesible a
cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que
pocos poseen. Esta visión no puede ser otra que la antropología, fundada en
la mera realidad del hombre tal como se ve, se vive, se comprende a sí
mismo. Hay, pues, que intentar retrotraerse a lo más elemental, que por
serlo no tiene supuestos de ninguna ciencia o doctrina, que apela únicamente
a la evidencia y no pide más que una cosa: abrir los ojos y no volverse de
espaldas a la realidad

   - Las feministas dicen que el cuerpo es suyo...
   - Pero es falso. Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la
madre, se dice una insigne falsedad, porque no es parte: está «alojado» en
ella, mejor aún, implantado en ella (en ella, y no meramente en su cuerpo).
Una mujer dirá: «Estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado»

   - ¿Qué es el niño aún no nacido?
   - Una realidad «viniente», que llegará si no lo paramos, si no lo matamos
en el camino.

   - Algunos afirman la licitud del aborto cuando se cree que probablemente
el que va a nacer sería anormal, física o psíquicamente
   - Pero esto implica que el que es anormal no debe vivir, ya que esa
condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma
al que llega a ser anormal, por accidente, enfermedad o vejez. Si se tiene
esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias. Hay quienes
no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto -se pensaría que
protegido- en el seno materno; lo cual añade gravedad al hecho: en una época
en que cuando se encuentra a un terrorista con una metralleta en la mano,
todavía humeante, junto al cadáver de un hombre acribillado a balazos, se
dice que es «el presunto asesino», la mera probabilidad de una anormalidad
se considera suficiente para decretar la muerte de quien está expuesto al
riesgo de ser más o menos anormal.

Esperanza y Comunión

    - ¿Cree que la injusticia mayor que se puede cometer con un hombre es
despojarlo de su esperanza?
   - Siempre me han conmovido esos hombres o mujeres que, al final de su
vida, rezan en la iglesia y se acercan al altar para recibir una comunión
que en el antiguo rito recordaba la promesa de la vida eterna; es decir, la
esperanza. Hoy son muchos los que se dedican a minar esa esperanza. Lo grave
es que a veces lo hacen en nombre de la «justicia social», cometiendo la más
aterradora injusticia que puedo imaginar. Se han debilitado las vigencias
religiosas, incluso dentro del cristianismo; se ha atenuado la conciencia
del dramatismo de la vida humana, de la posibilidad de salvación o
condenación. Con ello, en grandes multitudes, se ha disipado la esperanza en
la vida perdurable después de la muerte

   - ¿Siempre se ha sentido católico?
   - Tengo el más vivo recuerdo de haberme sentido «mal», aunque siempre
«dentro» de la Iglesia. Ningún «malestar» es suficiente. En todo caso, y si
el malestar es muy grave, siempre me he sentido más inclinado a «que se
vayan ellos» que a irme yo de aquello a que radicalmente pertenezco.

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