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ENTREVISTA
Ser Cristo
en "La Pasión"

Jim Caviezel, el actor que encarna a Jesús en la película "La Pasión" dirigida por Mel Gibson,
cuenta la experiencia más exigente de su vida.

WASHINGTON (ACI). Cuando le ofrecieron el papel de Jesús en la película La
Pasión, Jim Caviezel aceptó sin dudar y mantuvo su decisión cuando le
advirtieron que podía ser el fin de su carrera en Hollywood. Ese día comenzó
para el actor la experiencia de fe y sacrificio personal más exigente de su
vida.
   Caviezel concedió una entrevista al periódico católico Our Sunday Visitor
en la que relata lo que pensó, sintió y rezó desde que asumió el desafío de
ser otro Cristo. Confiesa que interpretar a Jesús fue un honor y un
permanente cuestionamiento de por qué Dios escogía ³a un pecador como yo².
   ³Desde que fui escogido, he tratado de enfocarme en estar siempre
agradecido por haber sido elegido para hacerlo², indica el actor y asegura
que nunca dudó en interpretar el papel de su vida.
   Asimismo, sostiene que vivió un tiempo de oración intensa y ofreció su
trabajo por la conversión del mundo. ³No espero que la gente me vea, sólo
deben ver a Jesús; eso es lo que pido. Y recé el rosario incesantemente para
que Nuestra Señora me guíe hasta su Hijo², relató.
   Para Caviezel, este papel ha sido una experiencia religiosa profunda.
Asistió a Misa todos los días, se confesó con frecuencia, tuvo la compañía
de varios santos y vivió un episodio -para algunos- sobrenatural.

La entrevista
  
  - ¿Qué es lo que más te gustó de interpretar a tu Maestro y Señor?
   - Por un lado me sentí honrado; pero el otro le preguntaba ³¿por qué
escogiste a un pecador como yo?². Desde que fui escogido, he tratado de
enfocarme en estar siempre agradecido por haber sido elegido para hacerlo.
Lo que no creo que la gente pueda entender, es que nunca hubo un momento en
que el papel fuera cómodo, y que terminar de realizarlo haya sido agradable.
Hacerlo fue torturante.
   - ¿Qué sentiste al pensar que tenías que entrar dentro de la mente de
Cristo, tal como san Pablo dice?
   - Mi oración fue ésta: La única razón por la que hago esto es la
conversión del mundo. No espero que la gente me vea, sólo deben ver a Jesús;
eso es lo que pido. Y recé el Rosario incesantemente para que Nuestra Señora
me guíe hasta su Hijo.
   Nadie, y lo digo en serio, nadie ha visto una Pasión como ésta. Es la
Pasión más auténtica que hay. Y serán al menos dos mil millones de personas
los que verán esta película. Ninguno de nosotros lo hizo por dinero; esto
fue hecho por amor. Yo no me he llevado nada por esto. Mel no se ha llevado
nada por esto. Cada uno donó todo su tiempo, y lo hizo por amor.

   - ¿Tuviste dudas al hacer la película?
   - No. Es una película que tenía que hacer, incluso si fuera mi última
película. Cuando Mel Gibson se reunió conmigo para hablarme del film, yo
dije ³quieres que yo represente a Jesús, ¿no es verdad?² Y él dijo: ³Sí².
   Al siguiente día, me llamó e intentó dejarme fuera de esto. Y yo le
pregunté: ³¿por qué estás tratando de sacarme de esto?² Él me dijo: ³Porque
esto podría ser el fin de tu carrera. Éste podría ser el fin de todas
nuestras carreras. Necesitas entender lo que quiero hacer con esto². Y le
dije: ³Mira: cada uno de nosotros está llamado a cargar su cruz. Si no
cargas tu cruz, vas a ser aplastado por su peso. Mi respuesta final es sí².
Y así sucedió.

    - ¿Realmente no fue cómodo representar a Jesús?
   - Si no hubiésemos montado todo en la montaña, y lo hubiésemos hecho en
un estudio, yo no hubiera sufrido como sufrí. Si no hubiera sufrido, nunca
verías una actuación así en la cruz. Tuve que experimentar la sensación de
estar muriendo en la cruz.

   - ¿De verdad sentiste como si estuvieras muriendo?
   - Absolutamente. Sobre la cruz estaba congelándome. No podía controlar
mis manos, temblaba incontrolablemente. Cuando me tenían en la cruz, el
dolor de mis hombros estaba simplemente matándome. Tenía dislocado el hombro
mientras cargué la cruz. Fui golpeado dos veces por los latigazos, varias
veces recibí golpes mientras cargaba la cruz, y no pude dejarla porque era
muy pesada. No había tiempo para descansar.
   En el último día de filmación, hicimos el Sermón de la Montaña y fui
golpeado por un rayo. La gente estaba gritando, y mi pelo estaba quemándose.
Las personas que vieron esto dijeron que no vieron el rayo sino que me
vieron iluminado.

   - Todo el proceso de hacer la película parece una verdadera experiencia
religiosa...
   - Antes de comenzar la grabación, yo le dije a Mel: ³Tenemos que asistir
a misa todos los días. Antes de subirme a esa cruz, antes de filmar la
película, necesito recibir la Eucaristía². Tuve confesiones diarias. Alguien
me dijo que a veces los pecados más serios son los pecados de omisión. No
amo lo suficiente, y esa frase es mía. Rezamos el rosario. Tenía todas las
reliquias que pedía y las guardaba conmigo: san Francisco de Asís, santa
María Goretti, san Antonio de Padua, san Pío de Pietrelcina e incluso Anne
Catherine Emmerich, además de dos piezas de la cruz de Cristo.














Testigo

San Jerónimo (343-20)

Insaciables anhelos culturales

Por Fray Contardo Miglioranza

Una copla francesa lo pinta así:
"San Jerónimo: un sol en el mundo porque aterrorizó
a los herejes, convirtió a los mundanos, abrió nuevos horizontes a los
perfectos; un ángel en el desierto
por su pureza, su mortificación, su espíritu de oración;
un prodigio en la Iglesia, por los libros que compuso,
los oráculos que exhaló
y las virtudes de las que dio ejemplo".

Desde sus comienzos, la vida de Jerónimo nos atrapa porque se nos presenta como un insaciable aprendiz de culturas (idiomas, exégesis), investigador, traductor, copista, retórico, director espiritual... Fue un inquieto viajero y peregrino por el mundo romano, asiático, palestino, egipcio...
   Fue un ratón de bibliotecas para ilustrarse y enriquecerse con la sabiduría del pasado, con ansias de proyectarse hacia el futuro. Fue audaz traductor y comentarista de las Sagradas Escrituras.
   Todos detallan su personalidad polifacética, en la que se funden el hombre de las ciencias humanas y de las ciencias divinas, su durísima vida ascética y penitencial y los más delicados matices de la vida mística, un temperamento susceptible, impetuoso, agresivo y viniendo contra sus
adversarios y el humilde maestro de la oración y de conocimientos bíblicos a un selecto grupo de damas y damitas de la sociedad romana, polémico batallador de fuego y enamorado de los misterios del Niño de Belén, de naturaleza rebelde pero generoso servidor y secretario de los Papas.

  Doctor de las Escrituras

    Proclamado por la Iglesia "Doctor máximo en la exposición de las Sagradas Escrituras", Jerónimo nació en el año 343 en Stridón (Dalmática). Hijo de padres ricos y distinguidos, pudo satisfacer su gusto precoz por los estudios. Su padre, Eusebio, lo envió a Roma para seguir las lecciones de
gramática y retórica de los célebres maestros Donato y Victorino. Jerónimo hizo grandes progresos en esta excelente escuela. Al llegar a Roma, es inscripto para prepararse para el bautismo. Y en esa ciudad tenia suficientes alicientes para profundizar la fe: la sede del Sumo Pontífice, las catacumbas, las tumbas de los mártires, las basílicas de los Apóstoles,
los estudios bíblicos.
   Como muchos jóvenes que, abandonando el pago para estudiar en las grandes ciudades, se dejan arrastrar por los impulsos de sus pasiones juveniles y por las seducciones de la frivolidad y de las malas compañías, así le sucedió a Jerónimo. Las cenas entre jóvenes amigos, las excitaciones de los jarros de vino y la presencia de algunas mujerzuelas hicieron peligrar su castidad, como él mismo lo relató en medio de grandes remordimientos. He aquí una frase fuerte: "Jamás juzgaré casto al ebrio. Dirá cada cual lo que quiere. Yo hablo según mi conciencia. Yo sé que la abstinencia omitida me ha
dañado y, recuperada, me ha aprovechado"


Jerónimo, Santa Paula y Santa Eustaquia. Zurbarán. Galería Nacional de Arte de Washington.







Su tesoro

   A medida que avanzaba en los estudios crecía en él la afición a los libros. Comenzó entonces a formar su propia biblioteca, que consideraba su tesoro. Unas veces compraba los códices y otras veces era él mismo quien los copiaba.
   Al terminar sus estudios, recibió en Roma el bautismo Desde entonces inició una etapa viajera, con el vivo deseo de conocer las mejores bibliotecas y los más célebres maestros de otros países, para perfeccionarse más y más en las letras.
   Siempre en vista de ampliar sus conocimientos y de enriquecer su biblioteca, viajó a Constantinopla para conferir con san Gregorio de Nazianzo, obispo de la ciudad, de inteligencia aguda, alma fina y sensible, corazón abierto, pero reacio a los juegos polémicos o políticos que, por amor de la paz, le obligaron a renunciar al cargo de obispo y a retirarse a
la quietud de la vida monástica. Comenzó su periplo de estudios, recorriendo las principales ciudades de Francia, con un doble fin: por un lado, adquirir nuevos conocimientos en las bibliotecas o en las conversaciones con los hombres más ilustres; por el otro, entrar en contacto con los monasterios o, mejor, casas de retiro que se iban formando acá y allá. En Tréveris tomó contacto con los libros de san Hilario y copió de su propia mano el tratado de san Hilario sobre Los Sínodos

Huellas

    Vuelto a Italia, se dirigió hacia Aquileya, al nordeste, donde se puso en relación con el monasterio local y trabó amistad con sus monjas. No nos resulta difícil seguir las huellas de Jerónimo en sus giras. Nunca perdía contacto con sus amigos, a los que escribía largas cartas relatando
peripecias, anécdotas, encuentro, relaciona con clérigos, monja y monasterios, novedades, doctrinas bíblicas, litúrgicas, cuestiones eclesiásticas, problemas con las herejías. Los estudiosos y los lectores destacan que las cartas por su estilo, espontaneidad, incisión, vivacidad, análisis de los hechos... son pequeñas joyas, de entre lo mejor de los escritos de Jerónimo.

"Tú no eres cristiano,
sino ciceroniano"


   Regresado a Roma, Jerónimo no permaneció mucho tiempo en ella, sino que sintió cosquillas de nuevo y viajó esta vez hacia el Oriente, de donde vienen el sol que fecundiza nuestro planeta y el Sol divino, autor y fundador de nuestras vidas, "Camino, Verdad y Vida".  Para la conciencia y el espíritu cristianos, el Oriente es un imán, ya que todos deseamos conocer, venerar y besar las piedras y los lugares, donde el Señor nació y vivió y que Él santificó con su palabra, su sudor, sus lagrimas, su oración, su sacrifico, su sangre... Más aún, con los esplendores de relámpago infinito de su resurrección iluminó, elevó y divinizo a toda la humanidad.
   Le movían tres deseos: deseos de soledad, de retiro y de penitencia para su perfección; deseos de seguir aprendiendo las novedades literarias que hubiere para enriquecer su tesoro cultural y su biblioteca; y comenzar el estudio del hebreo para una comprensión más auténtica y plena de las
Sagradas Escrituras.
   Pero, estando en Antioquía de Siria, ciudad donde los creyentes de la primera hora asumieron el nombre de "cristianos", Jerónimo sufrió una gravísima enfermedad, llamada avitaminosis, que podía llevarlo a la tumba.
Esa dolencia se debía a la falta de vitaminas y minerales a causa del ayuno cotidiano estricto, emprendido  imprudentemente como régimen penitencial.
Durante la enfermedad padeció un delirio extravagante, como si compareciera ente el tribunal de Jesucristo y surtiera un juicio tajante acerca de sus gustos e inclinación literarios hacia los autores paganos.
   He aquí los comentarios de Jerónimo: "En lo más grave de la enfermedad, cuando mi vida dependía de unos latidos del corazón, fui arrebatado en espíritu y presentado ante el tribunal del soberano Juez, cuando el esplendor de luces que salían de los que le rodeaban, me obligó a postrarme
por tierra, sin atreverme a levantar los ojos hacia la majestad de mi Maestro. Allá, me preguntaron quién era. Contesté que era cristiano. Pero el Juez me dijo: "Tu mientes Tú no eres un cristiano, sino un ciceroniano, porque tu corazón está donde tienes tu tesoro²... Yo sentí en mi alma unos furiosos remordimientos de mi conciencia y comencé a gritar y a decir,
derramando lágrimas: "¡Señor, ten piedad de mí! ¡Señor, ten piedad de mí!...". 
 ¿Qué era todo ese delirio? Era el grito de la conciencia que anhelaba que el espíritu se liberara de las trabas literarias paganas y se abriera a los manantiales de la verdad y de la santidad divinas, para alimentar su vida espiritual y comunicar a los demás sus riquezas.
   También la parapsicología podría agregar algo y decir que los sentimientos profundos del subconsciente tuvieron su proyección en los sufrimientos del cuerpo.

Incendios
de las pasiones


   El desierto, la soledad, el silencio, los ayunos, las penitencias, las oraciones tenían por fin frenar los impulsos y los incendios de la triple concupiscencia, para permitir al espíritu que se abriera a los nuevos horizontes de la fe, de los misterios y de las enseñanzas de Jesús... Pese a
tan nobles esfuerzos, Jerónimo había llevado al desierto al hombre viejo, a su pasado juvenil, a los recuerdos y a las seducciones de Roma. El cuerpo se había debilitado por los ayunos y la enfermedad; pero la imaginación se había vigorizado y, tanto a través de las distracciones de la oración como en los momentos de ocio inundaba y expandía sus ensueños y atractivos, que tanto atormentaron al pobre Jerónimo. He aquí cómo él mismo afinó la pluma, para describir sus luchas psicológicas: "¿Cuántas veces, estando yo en mi
ermita, que los ardores del sol hacía inhabitable, me imaginé hallarme entre las delicias de Roma?... Yo pasaba los días enteros derramando lágrimas y lanzando suspiros al cielo... ".


Van Dyck: San Jerónimo


Problemas
del mundo oriental


   El Oriente siempre fue fecundo de impulsos religiosos e ideológicos: gnosis, misticismo, polémicas, sofismas, virulencia en los contrastes personales...
   En esos tiempos, las luchas eran muy fuertes entre los arrianos y sus corifeos y el mundo católico. Por su parte, los arrianos se dividían y se subdividían en sectas según el cabecilla que los guiaba. En muchas ciudades, como si no bastara jun obispo, había un surtido de ellos según las distintas tendencias.
   En Antioquía, por ejemplo, había tres obispos y cada obispo y cada secta presionaban, para que Jerónimo adhiriera a sus credos y a sus intereses.
Pero Jerónimo siempre se mantuvo en la línea de fidelidad a la Iglesia romana. Y de entre los tres obispos de Antioquía, Jerónimo conservó su amistad con el obispo Paulino el cual, después de muchas insistencias, le ordenó sacerdote. Jerónimo aceptó pero a condición de conservar su libertad
para seguir sus estudios, vivir su profesión monástica y no ser obligado a dedicarse a actividades pastorales y culturales.
   Al ver que Jerónimo seria un pez gordo para la secta, los arrianos lo persiguieron con sus visitas, con sus charlas, con sus polémicas, con sus confrontaciones..., tanto que fue constreñido a abandonar la soledad.
   Para mejor comprender las Sagradas Escrituras, Jerónimo dio un paso que le abriría inmensos horizonte: comenzó a estudiar el hebreo con un maestro judío convertido. Y con humildad y sinceridad, confiesa que ese estudio le costó mucho trabajo y muchos esfuerzos y con gracejo se divierte a enumerar las dificultades: alfabeto rudo, palabras guturales, palabras sin vocales, frases sin puntos ni comas, etilo sin bríos ni gracias...
   A veces calaba en el desaliento y dejaba los estudios. Pero su voluntad era más fuerte que las dificultades y retomaba el estudio con nuevos entusiasmos. De esa manera, la Providencia ponía en sus manos los elementos literarios y gramaticales que le permitirían las futuras traducciones de
buena parte del Antiguo Testamento.
   Su fama de estudioso de los problemas bíblicos muy pronto cruzó las montañas y los mares y de todas partes, tanto obispos como simples estudiosos de la Biblia acudían a él para consultarle. El mismo Papa Dámaso vio en él una lumbrera y no tardó en solicitar sus servicios para el bien de
toda la Iglesia.

Secretario
del Papa


   El arrianismo, como ya se sabe, nacido en Alejandría de Egipto, había convulsionado tanto a la Iglesia como a la sociedad, sobre todo, cuando intervinieron las injerencias de algunos miembros de la familia imperial, como Constancio y Justina.
   En muchas ciudades, los obispos de las sectas rivalizaban con los obispos católicos. Como ya hemos visto, en Antioquía, donde vivía Jerónimo, tres obispos se contendían el gobierno de la Iglesia
   El emperador Teodosio, con la buena intención de fomentar la paz y la colaboración, invitó por carta a los obispos de Oriente y de Occidente a reunirse en Roma, para terminar con las diferencias.
   Los obispos de Oriente fueron muy felices de llevar consigo a Jerónimo, porque dominaba el latín, conocía la situación de la Iglesia de Roma y era conocido por el Papa Dámaso. Más aún, parece que el Papa lo habla invitado personalmente a concurrir.
   Jerónimo entró en Roma con la fama de ser el hombre más culto y erudito de su siglo. Y el Papa lo nombr6 su secretario para que le ayudase en el gobierno de la Iglesia. Le dio el cargo de dar respuestas a todos los problemas relacionados con la religión y con la Sagrada Escritura y de esclarecer las dificultades de las Iglesias particulares.
   Además de estas tareas burocráticas, Jerónimo seguía avanzando en sus estudios bíblicos, en sus traducciones de los Padres griegos, para hacerlos conocer en el mundo latino. En particular, recibió del Papa el encargo de revisar el texto de la Sagrada Escritura.

Vida ascética
y mística


   Como las abejas van a las flores para recoger el precioso néctar, así un numeroso grupo de damas y doncellas de la más alta aristocracia no perdió la ocasión de tener a su alcance un maestro y un genio de la talla de Jerónimo,
para acercársele y establecer con él las relaciones más cordiales y amistosas. Para ellas, Jerónimo llegó a ser el maestro de la sabiduría, el formador de sus conciencias, su director espiritual. En breve, les transmitió sus principios de vida ascética y mística y su pasión por las sagradas Escrituras.
   La vida ascética que él habla vivido, y seguía viviendo, la inculcó a esas damas para vencer las tentaciones y las tendencias de la concupiscencia. Las orientó hacia la vida mística a través del conocimiento y del amor del Señor y, como práctica concreta, a través servicio y el amor
del prójimo. Las exhortaba vivamente al trabajo manual. Justamente prescribía el trabajo manual a esas opulentas y delicadas patricias, más acostumbradas a la frivolidad de los salones y a los pasatiempos que a los compromisos humildes.

   Según los autores, instalaba el trabajo por cuatro motivos: para evitar  el aburrimiento propio de la vida mundana; porque el trabajo es un deber para todos, incluso para los privilegiados de la fortuna, como ya insistía san Pablo: "El que no trabaja, no debe comer"; porque el trabajo es una ayuda preciosa para la caridad y porque fomenta el espíritu de familia y solidaridad.
   Sobre todo, les infundió su intensa pasión por la Sagrada Escritura, que esas damas asimilaron con gozo y transformaron en vivencias personales y en ejemplo para los demás.
   La influencia benéfica de Jerónimo fue de tal valor que un buen grupo de esas damas se destacaron por la perfección de su vida espiritual y son veneradas como santas. Entre ellas, se distinguen santa Paula y sus dos hijas Eustoquia y Blesilla, mujeres de raros méritos.
   Toda Roma aplaudía a la labor bíblica y formativa de Jerónimo; pero, a la muerte del Papa que lo sostenía, los vientos se volvieron en contra de Jerónimo. Las murmuraciones fueron surgiendo solapadamente, la envidia
mostró su rostro lívido, la sospecha y la calumnia lo golpearon. Y la pluma de Jerónimo se sintió urgida a lanzar dardos e invectivas de defensa contra esas críticas.
   Jerónimo, preocupado y consternado, tuvo que abandonar a Roma y emprender el camino de Jerusalén. Poco después, también Paula y Eustoquia se le reunieron en el Oriente. Juntos visitaron los Santos Lugares. De ahí pasaron
a Egipto. Allí visitaron los monasterios establecidos a los dos lados del Nilo; y en Alejandría fueron a reverenciar al ciego Dídimo, que ya era venerado como uno de los más célebres teólogos de la Iglesia. Dídimo, discípulo predilecto de Orígenes, introdujo a Jerónimo en el conocimiento de las obras de su gran maestro. Por su parte, Jerónimo tradujo, publicó y utilizó las obras de Orígenes en sus exégesis bíblicas.
   Regresaron después a Belén, donde instalaron dos monasterios: uno para hombres, donde se retiró Jerónimo, y otro para mujeres. También establecieron un hospedaje al servicio de los peregrinos, que iban a venerar la santa Gruta del nacimiento de Jesús como también, al servicio de los
estudiosos que querían compartir con Jerónimo los estudios bíblicos. Los tres edificios fueron costeados por Paula.
   Allí Jerónimo se entregó con su acostumbrado impulso, a la oración, a la penitencia, al estudio, al trabajo y a la dirección espiritual de los dos monasterios.
   En Belén Jerónimo llevó a cabo la tarea colosal de traducir directamente del hebreo al islam los libros del Antiguo Testamento, para responder a los judíos que, en sus disputas con los cristianos, repetían incansablemente que los argumentos teológicos, basados en los textos griegos y latinos, no tenían valor, porque no estaban conformes con los textos originales de las Escrituras hebreas.
   No seguía el orden del texto bíblico, como lo poseemos ahora, sino que se atuvo a los deseos de los amigos que le pedían la traducción de uno u otro de los libros. De ese arduo esfuerzo nació esa Biblia, llamada la Vulgata.
   Pero la labor intelectual y doctrinal de Jerónimo no se agotaba en las traducciones de los libros de la Sagrada Escritura. Además de un surtido de obras ascéticas, históricas, hagiográficas y doctrinales, se entregó a un
amplio trabajo de comentarios bíblicos, de homilías, de tratados sobre diversos temas teológicos...

Oleajes
contra el peñón


   Como los oleajes llegan a lamer la playa, así los oleajes de la época: las luchas entre los emperadores y los usurpadores, los problemas de la Iglesia, las doctrinas y las violencias de las sectas y de los herejes...
llegaban hasta los monasterios de Belén y sacudían todas las fibras intelectuales y los sentimientos de Jerónimo, el cual se consideraba obligado a dar una respuesta.
   Escribe José Janini: "Las polémicas, en las que se vio envuelto Jerónimo, no tienen parangón en la literatura cristiana. Escribió contra Elpidio, que negaba la perpetua virginidad de María; contra Joviniano, que negaba la
superioridad del estado virginal sobre el matrimonio y proclamaba la inutilidad de las prácticas ascéticas; contra Vigilancio, que atacaba el culto de los santos y de las reliquias; contra los pelagianos, que despreciaban la gracia afirmando que el hombre puede salvarse con sus obras;
contra su antiguo amigo Rufino y contra Juan de Jerusalén, en la desdichada controversia origenista. En esas páginas polémicas abundan las invectivas que ensombrecen los escritos de monje de Belén².
   Cuando la estrella del obispo de Hipona, san Agustín, comenzó a brillar en el cielo, no faltó una ligera nubecilla entre los dos; pero muy pronto, entre Jerónimo y Agustín se estableció una cordial amistad y un intercambio cultural al servicio de la Iglesia y de la ortodoxia.

¡Todo el universo
tembló!


    Cuando en el año 410 Alarico, rey de los godos, invadió y saqueó a Roma reduciéndola a la miseria, Jerónimo sintió en carne propia la tremenda humillación que cayó sobre la capital del imperio. He aquí sus gritos de dolor: "¡He ahí apagada la luz del mundo! ¡He ahí cortada la cabeza del imperio romano! ¡En la caída de una sola ciudad, todo el universo tembló! ".
   Por su personalidad avasallante, por su intensa espiritualidad, por sus extraordinarios servicios a la cultura, al progreso de la fe, a los estudios bíblicos, a la unidad de la ortodoxia, a la vida monástica, a la fraternidad entre los maestros y los discípulos, Jerónimo era llamado "el oráculo del
siglo". Tanto el Papa como los obispos y los teólogos acudían a él por consultas o asesoramiento; pero también, por su espíritu polémico, sus respuestas acerbas y sus invectivas, supo ganarse numerosos enemigos. El obispo Juan de Jerusalén le tenía tanta bronca que le impidió el ingreso en
el Santo Sepulcro. Los discípulos de Pelágico se enojaron con tanto furor contra los dos monasterios que cometieron todo exceso. Se dice que Jerónimo escapó por milagro. Pero nadie podía apagar su pluma de fuego al servicio de la verdad.
   Los últimos años de Jerónimo coincidieron con los últimos resplandores del imperio romano o, mejor, estertores, ya que los "bárbaros" lo demolieron piedra tras piedras.
   Ese "oráculo del siglo", ese pecho que se convirtió en biblioteca deCristo, esa nueva estrella de Belén, se apagó el 30 de septiembre de 420.

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