|
TESTIGO
La doncella
de Orleáns
|
La
luminosa figura de Juana de Arco se destaca en la historia de
Francia
y representa el despertar contra la opresión extranjera. |
|

Juana, humilde doncella, pasaba
largas horas a la sombra de un árbol, en los alrededores de
Domremy.
|
Cuando
Juana de Arco nació en Domremy, en 1412, hacía más de cincuenta años
que Francia no conocía la paz. Desde 1337, la monarquía inglesa
había puesto sus ojos en ese país y, codiciosa de reunir a ambos
bajo el mismo cetro, había sembrado la discordia entre los señores
feudales franceses, siempre en litigio y ansiosos de superar en
poder al propio soberano.
En 1420, después de muchos años de cruentas luchas, un
rey inglés logró hacerse reconocer por el partido de Inglaterra
como soberano del Reino Unido de Francia e Inglaterra. El último príncipe
francés, Carlos VII, llamado el Delfín, a quien sus enemigos no
reconocían como rey, conservaba sólo una pequeña parte del
territorio que los ingleses se disponían a invadir. El Delfin, rey
sin corona y sin reino, no podía hacer frente a tan desesperada
situación.
Juana de Arco fue el jefe que el pueblo esperaba para
iniciar la insurrección desde las murallas de la ciudad de Orleáns,
sitiada por los ingleses. Fue el vasallo fiel que ayudaría a su rey
a ceñir la corona de sus antepasados en la Catedral de Reims. Fue
la chispa que hizo arder la hoguera, el estandarte a cuya sombra
nacieron los héroes. Fortalecida por su fe en Dios y en el rey,
armada de juventud y de coraje, se hizo intérprete de los
sentimientos de todo un pueblo. Enfrentó a los franceses de la
nobleza -demasiado temerosos- y a los invasores ingleses -demasiado
pujantes-. Finalmente impulsó uno de los movimientos populares más
nobles que recuerda la historia. |
Juana
según Juana
Juana no escribió su autobiografía pero, próxima a
morir, contó su vida. Alguien recogió sus palabras, y encanta su
lenguaje campesino simple y claro, a veces agudo, pero siempre
humilde y sincero porque, a través de él, adquiere significado de
indiscutible verdad la maravillosa aventura que casi parece producto
de la fantasía de un poeta.
"Tenía 13 años cuando Dios envió una voz para
guiarme. Me dijo: Hija de Dios, ve, salva a Francia. Al principio
quedé asombrada y le respondí: Soy una pobre muchacha que no sabe
hilar y mucho menos guerrear. Pero la voz me explicó que Francia se
encontraba en un grave peligro y que santa Catalina y santa
Margarita vendrían a mí. Haz lo que ellas te aconsejan, porque serán
enviadas para guiarte y tú deberás creer todo lo que te digan.
Una vez, en el mes de mayo de 1428, la voz me dijo: Hija
de Dios, ve a ver a Roberto de Bandricourt, en la ciudad de
Vaucouleurs, para que te dé la escolta que te acompañará.
Cuando fui a la ciudad indicada, reconocí
inmediatamente a Roberto de Baudricourt, aunque jamás lo había
visto. Le dije: "Vengo de parte del Señor para que le aviséis
al Defín que no haga frente a sus enemigos, porque Él le mandará
ayuda. El Señor quiere que el Delfín sea rey, que tenga su remo y
os gobierne. A pesar de sus enemigos, el Delfín será coronado rey
y seré yo quien lo conduzca a la consagración". Roberto de
Baudricourt me rechazó dos veces; la tercera, me dio la escolta
pedida.
Juana, vestida con ropas masculinas y con los cabellos
cortados como los de un muchacho, se aprestó a reunirse con su rey,
acompañada por tres caballeros.
"Durante el viaje mandé una carta a mi rey -sigue
contando Juana-. Le pedía licencia para ir a visitarlo. Además le
decía que había recorrido 2.500 kilómetros para ir en su socorro,
y que tenía tanto para contarle...
Fui a verlo y le dije: ¡Dios os dé dulce vida, Delfín!
Me llamo Juana, la Doncella, y el Rey del Cielo os advierte por mi
intermedio que seréis consagrado y coronado en Reims. En nombre del
Señor os digo que sois el verdadero heredero de Francia e hijo de
rey. ¡Conducidme a Orleáns! Si me dais un gran número de hombres,
expulsaremos a los ingleses y los derrotaremos. Se levantará el
sitio de Orleáns, el rey será consagrado en Reims y la ciudad de
París volverá a obedecer al soberano". |

Un día, la niña oyó una voz qe
le decía: "Hija de Dios, ve, salva a Francia".

La llegada de Juana dejó perpleja
a toda la corte. Finalmente el Delfín decidió conceder hombres y
armas a quien se decía enviada del Cielo.
|
|

Cubierta con su brillante
armadura, en la mano el estandarte blanco sembrado de flores de lis,
Juana pasaba por los pueblos de Francia, a la cabeza del ejército
que se proponía conducir a la victoria.
|
"Rendíos"
Debe haber sido muy grande la fascinación de la clara
voz de Juana, pues, a pesar de la desconfianza de sus consejeros,
aquel débil príncipe decidió concederle lo que pedía. La gente
del pueblo y los guerreros la aclamaban a su paso. Juana se dispuso
a liberar a Orleáns del enemigo. Cubierta con una resplandeciente
armadura, erguida sobre su caballo blanco, en la mano el estandarte
que flameaba al viento, Juana parecía el símbolo de la libertad y
de la victoria.
"Mandé hacer un estandarte blanco con el fondo
sembrado de flores de lis y los nombres de Jesús y de María. Lo
llevaba en la mano cuando iba al encuentro del enemigo y, de este
modo, evitaba tener que matar a alguien.
Nunca maté a hombre alguno. Amaba cuarenta veces más a
mi estandarte que a mi espada", contó más tarde.
Cuando en Orleáns se tuvo noticia de la llegada de la
Doncella, renació la esperanza de los asediados y los ingleses se
espantaron, pues creyeron que era una bruja del infierno enviada
contra ellos. La presencia de Juana había transformado a los
soldados; ni un solo hombre osaba proferir blasfemias, ni quejarse
de las penurias sufridas; todos los guerreros que componían su
escolta confesaron y comulgaron. Juana ofreció tres veces la paz a
sus enemigos:
"¡Rendíos y salvad la vida¡ !Volved a Inglaterra
por orden de Dios! ¡De lo contrario os rechazaré yo, y por las
malas!".
Llegó el día del ataque. Reanimados por la presencia
de la joven, capitanes y soldados se lanzaron a la batalla con
renovado ardor; indiferentes al peligro, persiguieron a los ingleses
y borgoñeses, seguros de que la victoria estaba de su parte. Muy
alto, allí donde el peligro era mayor, se veía el estandarte de
Juana; aquellos dos nombres, Jesús y María, luminosos sobre el
candor de la seda, bastaban para reanimar a los más débiles e
incitarlos a combatir sin cesar.
Desde el baluarte de la ciudad, un dardo enemigo
alcanzó a Juana en el hombro. Por un instante, pareció que una
tormenta se había abatido sobre el ejército francés.
Descorazonados, los hombres estaban por desistir del ataque, cuando
Juana, apenas restañada su herida, volvió a montar a caballo y se
lanzó nuevamente al combate Con ella volvió la esperanza; al oír
su voz, comandantes y soldados atacaron las fortificaciones,
obligaron al enemigo a retirarse y entraron en la ciudad cantando el
Te Deum.
Al día siguiente (era el 8 de mayo), las tropas
inglesas, alineadas frente a la ciudad, se preparaban para una nueva
batalla. Se preguntó a Juana qué convenía hacer. "Que todos
vayan a oír misa -respondió-, por respeto al santo domingo no hay
que presentar batalla".
Dio orden de levantar un altar entre los dos ejércitos
y escuchó dos misas, de espaldas al canónigo; después de siete
meses de asedio, los ingleses resolvieron replegarse. |
|

Cuando Juana cayó herida por un
dardo enemigo, su ejército se desalentó. Pero la Doncella de
Orleáns, restañada su herida, volvió a la lucha.
|
|

Durante el proceso, Juana
respondió con voz firme a las acusaciones de los jueces. Con
palabras sencillas contó su breve y luminosa vida.
|
La
coronación del Delfín
Aclamada en toda Francia, Juana se dispuso entonces a cumplir la
segunda parte de su misión: coronar a Carlos VII en el antiguo
baptisterio de Clodoveo y elevarlo al trono de sus antepasados. De
ese modo, después de siglos el pueblo tendría paz. El 1 de julio
de 1429, aclamado por el entusiasmo popular y en medio de gran
esplendor, Carlos VII fue consagrado en Reims. Junto a él estaba
Juana, con su inseparable estandarte en la mano.
Quizá porque los hombres recuerdan con más emoción una bella
muerte que una vida bella, es destino de los héroes encontrar su máxima
gloria en el sacrificio de la propia existencia. Como si la victoria
le hubiera dado una fuerza sobrehumana, para Juana no fue suficiente
haber cambiado el destino de Francia con la coronación de Carlos
VII. Le había dado una corona, quiso darle un reino.
Los ingleses habían recibido refuerzos, no dejaban avanzar al ejército
real y le impedían la entrada en París, ciudad en la que Juana
quería penetrar. El 8 de septiembre se intentó el asalto a París.
Juana, erguida sobre el parapeto del foso, incitaba a sus soldados
cuando un arquero enemigo, desde las murallas, le disparó una
flecha que le atravesó el muslo. Muy a su pesar, Juana tuvo que
obedecer a los capitanes y se retiró de París. Pero no se dio por
vencida. En los lugares de más peligro, donde más violenta era la
lucha, donde la batalla era más cruenta, allá corría la joven con
su estandarte y su valor juvenil.
Pero el 23 de mayo de 1430, en los alrededores de Compiegne, los
ingleses rodearon de improviso a Juana y la tomaron prisionera, haciéndola
comparecer ante un tribunal eclesiástico presidido por el obispo de
Benuvais, Pedro Cauchon. Este fue el triunfo de los enemigos. Las
ciudades de Beaulieu, Beaurevoir, Arrás, fueron testigos del
martirio de Juana.
A la cárcel sucedieron los procesos; se vio rodeada de gentes
hostiles que, al cubrirla de vergüenza, sabían que deshonraban al
rey que ella había coronado. En la ciudad de Ruán, al amanecer del
30 de mayo de 1431, la Doncella de Orleáns fue quemada viva,
acusada de herejía y de impiedad. Con esa falsa acusación se quiso
ocultar el significado político de su condena.
En medio del humo y de las chispas, se la oyó gritar: seis veces
pronunció el nombre de su Salvador; después inclinó la cabeza y
murió. "Estamos todos perdidos -gritaron los verdugos- hemos
quemado a una santa².
Diecinueve años después, cuando Carlos VII logró ocupar Ruán,
Juana fue dignamente rehabilitada. Desde entonces se la recuerda
como a una de las figuras más brillantes de la historia. Canonizada
en 1919, hoy se la venera como santa. |

"Jesús", gritó Juana,
ya envuelta en llamas.
Después inclinó la cabeza y murió. Su alma intrépida y purísima
subió a la Gloria de los Cielos.
|
APOSTILLA
A LA HISTORIA
Espartanos
|
Pensamientos
de un soldado espartano antes de la batalla de las Termópilas. |
Yo,
que mañana he de morir, escribo estas letras a la luz de una antorcha
esperando que amanezca. Contemplo el resplandor de las estrellas, y su
brillo es muy diferente de la lobreguez que envuelve a los cadáveres que
se extienden frente a mí, los mismos que tiñen de rojo el barro que
piso, y cuyo olor acre me repugna tanto como saber que mañana yo seré
uno más entre ellos. Yo, Agatocles, soldado espartano, hago guardia en el
desfiladero de las Termópilas. Sé que hoy nos han rodeado, y que este
lugar será mi tumba, y al pensarlo mi estómago se encoge de frío, como
si la gelidez de la muerte quisiera invadir ya mi cuerpo. Por eso escribo
con mi letra menuda, y al hacerlo mis manos dejan de temblar y siento que
mis temores se difuminan. No, no intentar huir al resguardo de la
oscuridad, en su lugar escribo, y estas letras hablarán por mí cuando yo
esté muerto, ellas explicarán por qué acepto mi destino; sí, serán
ellas las que darán cuenta de los motivos de los que aquí esperan la
muerte.
De nosotros, los espartanos de la guardia del rey Leónidas,
dicen que somos hombres justos, que fuimos elegidos entre aquéllos que más
despreciaban las riquezas y el lujo, y que nunca nos hemos dejado
corromper por el oro; pero en verdad yo os digo que quien dice esto
miente. En Corinto vimos por primera vez oro y plata en abundancia, y nos
arrojamos sobre él ansiosos de botín, pero al poco vimos al hermano
pelear con el hermano por una copa de plata, o a hombres que habían
luchado codo con codo disputar por una esclava de ojos verdes. Leónidas
nos vio poseídos por la codicia y nos convocó en el ágora; allí arrojó
lo que le había correspondido al suelo y dijo: ³Ahí tenéis mi parte,
mataos por ella². Los trescientos hombres de su guardia nos avergonzamos
y nos desprendimos de nuestras riquezas de igual manera. Desde esa
noche abandonamos los palacios de mármol y dormimos fuera de la ciudad,
al cobijo de nuestras tiendas de lino. Todos los hombres del ejército de
Esparta nos alabaron y dijeron: ³Estos son hombres justos que no se dejan
corromper², pero se repartieron nuestro oro, y a nosotros no nos importó,
porque habíamos visto el precio de la opulencia, y nos pareció tan alto
que ni uno sólo de los trescientos tuvo ánimo para permanecer en la
ciudad.
Por eso, cuando distinguimos a Jerjes en la colina vestido de
seda engarzada con piedras preciosas, le despreciamos. Sin embargo,
aquella misma tarde nos ofreció un carro cargado de oro a cambio de dejar
el paso franco, y nosotros sentimos de nuevo el gusano de la codicia en
nuestro interior, y creo que nadie se vio libre de desear esas riquezas, y
abandonar el desfiladero y vivir, pero Leónidas se puso frente a
nosotros. Él nos conoce y por eso no habló de honor, gloria, o patria,
porque sabía que en esta ocasión esos términos sonarían huecos a
nuestros oídos frente a la palabra vida. ³Quizás alguno todavía desea
vivir en Corinto -dijo-; el que quiera puede coger su parte y abandonarme.
Al que lo haga le recomiendo que cargue mucho oro para olvidar el
rostro de los amigos que deja atrás, y le hará falta aún más para
olvidar la sangre de los que morirán por su traición más allá del
desfiladero². Eso dijo, y luego guardó silencio, y nadie se movió, y ni
uno sólo de nosotros arrojó las armas, y por un momento, sólo por un
momento, nos regocijamos de estar allí junto a nuestro rey. Así fue, y
quien diga lo contrario merece la muerte.
|

|
De nosotros, los espartanos de la guardia del rey Leónidas, dicen que
somos hombres de gran valor, que no tememos la muerte y despreciamos el
filo de las armas de los enemigos. Yo en verdad os digo que quien dice
esto miente, que al ver las filas del enemigo erizadas de armas se nos
encoge el corazón, y tememos el corte del acero y el dolor de las
heridas, pero mucho peor que este dolor nos parece sufrir el desprecio del
amigo que combate a nuestro lado, la vergüenza de la mujer que espera
nuestro regreso, o el repudio del anciano que un día luchó por nosotros.
Por todo eso dominamos nuestros temores y luchamos poseídos de una furia
salvaje que resplandece en nuestros ojos, pero esa mirada no es de odio al
enemigo, sino de espanto por saber que la parca camina siempre a nuestro
lado y que cualquiera puede ser el próximo. Así es, y quien diga lo
contrario merece la muerte.
De nosotros, los espartanos de la guardia del rey Leónidas, dicen que
somos hombres leales y luchamos por la libertad de los ciudadanos helenos,
por la justicia y la ley, pero en verdad yo os digo que quien dice esto
miente. Mañana al amanecer embrazaremos nuestros escudos y, tras empuñar
las lanzas, se escucharán nuestros himnos de guerra resonar en el
desfiladero, y cargaremos contra las hordas de los bárbaros. Yo avanzaré
hombro con hombro ocupando mi puesto en la falange cerrada, y sentiré el
calor, la luz del sol, el olor del hierro, el sudor de los hombres,
sabiendo que todo eso lo haré por última vez. Y mi lanza se llenará de
sangre, y mataré diez bárbaros, o cien, o mil, pero esto valdrá de
poco, por que mi vientre será atravesado por las lanzas del enemigo y
moriré; pero no lo haré por la libertad de los helenos, ni por la
justicia y la ley, ni siquiera moriré por Esparta. Moriré por no verme
esclavo, arrastrando la cadena de la servidumbre por los desiertos de
Media; moriré por vengar a Agesilao, mi amigo, al que vi caer ayer
atravesado por una flecha egipcia; moriré junto a Arquíloco, que me ha
cubierto el flanco con su escudo en diez batallas, y mañana me lo cubrirá
por última vez; moriré por Leónidas, que nos conduce a la muerte, pero
al que le estamos agradecidos porque antes hizo de nosotros hombres.
Mañana, cuando la noche caiga, de la guardia del rey Leónidas sólo
quedará un grupo de cuerpos sin vida, y después un puñado de huesos, y
después un puñado de polvo, y después nada. Quizás entonces, cuando se
haya olvidado el nombre de Esparta, e incluso el vasto imperio del Rey de
Reyes haya sucumbido al olvido, alguien recordará nuestro sacrificio y
verá que por nuestra muerte fuimos justos, valientes y leales, y todo lo
que no llegamos a ser en vida, y entonces dirá: ³los espartanos de la
guardia del rey Leónidas murieron hace mucho, pero su recuerdo permanece
inmortal². Así será, y quien diga lo contrario merecerá la muerte.
|