Santa Inés
Virgen y mártir († 304)

 

Un halo de leyenda, tejida poco después de su muerte, envuelve la encantadora imagen de esta doncella mártir. Es el arquetipo y símbolo de la virginidad hasta la inmolación.

Los antiguos Padres de la Iglesia loan, conmovidos, la extraordinaria entereza de esta niña frágil y delicada que, «a los trece años de edad - canta el oficio en su día - perdió la muerte y halló la vida, porque solamente amó al Autor de la vida».
San Ambrosio, en su libro De Virginibus, que es un conjunto de homilías, habla largamente de Inés; pero habla como quien sabe que su auditorio conoce ya los hechos que va ensalzando: «¿Qué podemos decir nosotros que sea digno de aquella cuyo nombre mismo entraña un elogio?» Alude a la etimología de la palabra Inés, en latín Agnes, que, si se deriva de esta lengua, significa agnus, cordero; y si proviene del griego, agnos pura. «Esta mártir tiene tantos heraldos que la alaban, como personas pronuncian su nombre.»
El sabio obispo de Milán pasa después a comentar la narración del martirio, sin duda apoyándose en las Actas que ya por entonces se conocían. Y dice: «Refiérese que tenía trece años cuando padeció. La crueldad del tirano fue tanto más detestable cuanto no perdonó una edad tan tierna. Pero, notemos ante todas las cosas el poder de la fe, que halla testigos de tal edad. ¿Había acaso sitio en tan pequeño cuerpo para tantas heridas? Mas, donde no había sitio para recibir el hierro, lo había para vencer al hierro. Inés se muestra intrépida en las ensangrentadas manos de los verdugos; no se conmueve cuando oye arrastrar con estrépito pesadas cadenas; ofrece todo su cuerpo a la espada del soldado furioso; ignora todavía lo que es la muerte, pero está dispuesta, si es llevada contra su voluntad a los altares de los ídolos, a tender las manos hacía Jesucristo desde el fondo de la hoguera y a formar, aun sobre el brasero sacrílego, ese signo que es el triunfo del Señor victorioso. Introduce el cuello y las manos en las argollas de hierro que le presentan, pero ninguna puede ceñir miembros tan pequeños...» «No iría el esposo a las bodas con tanto apresuramiento como ponía esta santa virgen en dirigirse con paso ligero al lugar del suplicio, gozosa de su proximidad. Todos lloraban, todos menos ella. La mayor parte admiraban la gran facilidad con que, pródiga de una vida que aún no había gozado, la daba como si la hubiese ya agotado. Estaban todos llenos de asombro de que se mostrase testigo de la Divinidad en una edad en que no podía aún disponer de sí misma. ¡Cuántas amenazas emplea el tirano para intimidarla! ¡Cuántos halagos para persuadirla! ¡Cuántos hombres la deseaban por esposa!» Mas ella contestaba: «La esposa injuria al esposo si desea agradar a otros. Unicamente me poseerá el que primero me eligió. ¿Por qué tardas tanto, verdugo? Perezca este cuerpo que pueden amar ojos a los cuales no quiero complacer.» Llega, ora, inclina la cabeza. Hubierais visto temblar al verdugo, lleno de miedo, como si él fuese el condenado a muerte. Su mano tiembla, palidece por el peligro ajeno, en tanto que la jovencita mira sin temor su propio peligro. He aquí, pues, en una sola víctima, dos martirios: el de la pureza y el de la religión. Inés permanece virgen y obtiene el martirio.»

Vida y muerte

Según Monseñor Federico Fofi, canónigo regular y lateranense y, durante muchos años, cura párroco de la basílica de Santa Inés, la santa pertenecía a la Clodia, una noble familia romana. Vino al mundo hacia el año 290 de la era cristiana, recibió, después del bautismo, una educación sólidamente piadosa y se consagró a Jesucristo con voto de virginidad.
Volviendo una vez la niña de la escuela, el hijo del prefecto de Roma la vio y se enamoró de ella, ofreciéndole a cambio de su promesa matrimonial, magníficos regalos. Inés los despreció, con las palabras que pone en su boca el Oficio divino: «Apártate de mí, pábulo de corrupción, por que he sido ya solicitada por otro Amante. El ha adornado mi diestra y mi cuello con piedras preciosas, ha puesto en mis orejas perlas de inapreciable valor. Ha puesto una señal sobre mi rostro para que no admita fuera de Él otro amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya madre es Virgen, cuyo Padre lo ha engendrado sin concurso de mujer, y que ha hecho resonar en mis oídos acordes armoniosos. Cuando le amare, seré casta; cuando le tocare, seré pura; cuando le recibiere, seré virgen».
El joven, desesperado, recurrió a su padre, el prefecto de Roma, el cual, averiguando que Inés era cristiana, mandó a sus esbirros que, a viva fuerza, la llevaran ante el tribunal. Amenazas, tormentos... Conducida a un lupanar y expuesta a los insultos de la plebe, el cuerpo de la virgen se cubre milagrosamente con su cabellera. Cae muerto a sus pies el hijo del prefecto, único que se había atrevido a acercarse a ella, e Inés, para demostrar la virtud divina de Jesús, obtiene con sus oraciones la resurrección del joven. Se retira el prefecto, dejando en el tribunal a su ayudante, Aspasio, el cual, atribuyendo los milagros de Inés a la magia, condena a la niña a ser quemada viva. Nuevo prodigio: Inés permanece intacta en medio del fuego. Es condenada, por fin, a morir al filo de la cuchilla. La descripción de esta última escena es una de las más bellas páginas de Fabiola , la leyenda escrita por el cardenal Wiseman.
Los padres de Ines depositaron el cuerpo de la niña mártir en el sepulcro de su casa de campo, situado en la vía Nomentana. Pocos días después, otra flor de pureza caía deshojada sobre él. Emerenciana, la hermana de leche de Santa Inés, a quien los paganos apedrearon cuando se hallaba orando ante la tumba. En ese lugar se erigió la basílica, durante el reinado de Constantino, y fue restaurada luego por el papa Honorio I.

Arte en su honor

Nuestro poeta Aurelio Prudencio (318-413) compuso también un hermoso himno en honor de Santa Inés. Forma parte de los catorce poemas del Peristephanon y se basa en las Actas, ya por entonces algo mistificadas. Preciso es el breve relato y plegaria que compuso el papa San Dámaso, en dieciséis versos. Integro se conserva, grabado en mármol, en su basílica de la vía Nomentana, y puede traducirse así:
«La fama repite lo que ha poco declararon los santos progenitores de Inés: que muy niña todavía, cuando oyó los lúgubres sones de la trompeta, dejó el regazo de su nodriza - puede entenderse que se separó de su institutriz o de la doncella encargada de su cuidado - desafiando espontáneamente las amenazas y la furia del tirano cruel, cuando éste quiso que las llamas devorasen su noble cuerpo. Con fuerzas mínimas superó un gran temor, y envolvió su desnudez en su cabellera suelta, de modo que ningún mortal pudiera profanar el templo del Señor. ¡Oh digno objeto de mi veneración, santa gloria de la pureza, ínclita mártir, muéstrate benigna a las súplicas de Dámaso!»
Es de notar que este ilustre Papa, poeta, en sus epitafios y loas se proponía dar siempre la verdad histórica, y algunas veces buscó a los mismos verdugos para saber, por boca de los mismos, la exactitud de los hechos.
Algo difieren las Actas martiriales de los panegíricos, himnos y narraciones que se han escrito sobre la vida y martirio de Santa Inés. Pero todos los autores coinciden en proclamarla mártir de la virginidad. Es patrona protectora de las jóvenes doncellas y de los jardineros. Se dice que su casa solariega, en Roma, estaba emplazada en el solar que hoy ocupa el Colegio Capranica, donde acabó su carrera sacerdotal el papa Pío XII. Y en la célebre basílica de vía Nomentana es donde cada año, el día 21 de enero, se bendicen los dos corderillos con cuya lana se teje el «pallium» del Santo Padre.

En nuestros tiempos de materialismo, cuando el concepto de la castidad va decayendo visiblemente, la dulce imagen de Santa Inés resalta con fulgores maravillosos. Que ella muestre a la Juventud el verdadero sentido de la vida, que es amor, pureza, plenitud de Dios.
María de la Eucaristía, R. de J. - M.


Martirio de Santa Inés. Vicente Masip. Museo del Prado (Madrid)


Constantino el Grande

La conversión de Constantino vino a terminar con las persecuciones que desde el Imperio se acometieron contra los cristianos. Síntesis de una vida signada por lo trascendente. Una parte de la historia que debe tomarse muy en cuenta en el análisis de lo que sería el desenvolvimiento posterior de la Iglesia.

FlavioValerio Constantino nació en Naissus, hoy Nisch en Serbia, hijo del oficial romano Constancio, quien posteriormente se convirtiera en emperador romano y Santa Helena, una mujer de extracción humilde pero de recio carácter y habilidades extraordinarias.
La fecha de su nacimiento no es conocida con certeza y se calcula entre 274 y el 288. Luego de ser elevado su padre a la dignidad de Cesar lo encontramos en la corte de Dioclesiano y posteriormente (305) combatiendo bajo el mando de Galerio en el Danubio. Cuando luego de la renuncia de su padre Constancio fue elevado a la dignidad de Augusto, el nuevo emperador de Occidente le solicitó a Galerio, el Emperador de Oriente, que permitiera a Constantino, a quien no había visto durante mucho tiempo, que volviera a la corte de su padre. Galerio accedió con reticencia. Constantino volvió al lado de su padre bajo cuyo mando tuvo apenas tiempo suficiente para distinguirse en Bretaña antes que Constancio muriera (el 25 de Julio de 306). Constantino fue inmediatamente proclamado Cesar por sus tropas, título que fue reconocido por Galerio con algunas vacilaciones. Este evento se constituyó en la primera oportunidad para lograr el esquema de Diocleciano de un imperio de cuatro cabezas (tetrarquía) y fue prontamente seguido por la proclamación en Roma como Cesar de Maxencio hijo de Maximiano, un tirano disoluto, en Octubre del 306. Ya comenzaban las luchas por el trono.

Constantino no participó de ellas, y durante algunos años se limitó a defender su propia frontera contra los Germanos. Sin embargo en el 311, vio la guerra como algo inevitable cuando Galerio el Augusto de mas edad y el más violento perseguidor de los cristianos sufrió una miserable muerte luego de cancelar sus edictos contra los cristianos, y cuando Majencio lo proclamó como un tirano.
A pesar de que sus ejércitos eran muy inferiores a los de Majencio ya que contaba con menores tropas y bajos petrechos bélicos, no dudó en iniciar rápidamente su marcha hacia Italia en la primavera del 312. Luego de ocupar Susa y prácticamente aniquilar un poderoso ejército cerca de Turín, continuó su marcha hacia el Sur. En Verona enfrentó a un ejército hostil bajo el mando de Ruricio, prefecto de la guardia de Majencio, consiguiendo en poco tiempo su rendición. Y sigue. A pesar de la mayoría arrolladora de su enemigo (100.000 hombres en las filas de Majencio contra 20.000 en las de Constantino) el emperador continuó confiado su marcha hacia Roma.
Una visión le había asegurado que conquistaría en el nombre de Cristo, por tanto sus guerreros llevaban el monograma de Cristo en sus escudos, a pesar de que la gran mayoría eran paganos.
Las dos fuerzas en conflicto se encontraron cerca del puente sobre el río Tíber denominado el Puente Milviano. Fue aquí donde las fuerzas de Majencio sufrieron la derrota definitiva, habiendo el tirano perdido su vida en el Tíber (Octubre 28 del 312).
El vencedor inmediatamente ofreció prueba de su gratitud al Dios de los Cristianos el cual fue a partir de ese momento tolerado en todo el imperio (Edicto de Milán, a inicios del 313). Trató a sus enemigos con gran magnanimidad; las acostumbradas ejecuciones sangrientas no fueron la consecuencia de la victoria del puente Milviano.
Constantino permaneció en Roma tan solo durante un corto tiempo. Siguió a Milán para encontrarse con su colega Augusto Licinio a quien entregó en matrimonio a su hermana y logró que garantizara la protección de los cristianos de Oriente.

En pocos años, Constantino quedó como monarca único del Imperio Romano. Fue él quien determinó que la futura capital del imperio fuera Constantinopla y con su acostumbrado ímpetu tomó todas las medidas para hacer de esa ciudad una más grande, fuerte y hermosa. Dedicó los siguientes diez años de su reinado a promover el bienestar político, económico y moral de sus posesiones y previó la estructura del gobierno futuro de su imperio.
No mucho antes de su final, el movimiento hostil del rey de Persia, Shâpûr, lo lanzó de nuevo al campo de batalla. Cuando se encontraba a punto de marchar en contra de su enemigo fue atacado por una enfermedad, de la cual murió en Mayo del 337, luego de haber recibido el bautismo.

Apreciación histórica

Constantino había cambiado la historia del mundo y había hecho de la Cristiandad, que hasta entonces sufría de una sangrienta persecución, la religión del Estado. Es bien cierto que las razones más profundas de tales cambios deben ser encontradas en el movimiento religioso de esos tiempos, pero tales razones eran, a duras penas, imperativas, ya que los cristianos conformaban tan solo una pequeña porción de la población, constituyendo una quinta parte de la misma en el Occidente y la mitad en una gran parte del Oriente. La decisión de Constantino dependía pues, más de un acto personal que de una condición general, haciendo que su personalidad sea objeto de una cuidadosa consideración.

La visión que cambió la historia

Su decisión a favor de los Cristianos fue, indudablemente influenciada por razones de conciencia; razones resultantes de las impresiones dejadas en cada persona libre de prejuicios tanto por los Cristianos como la fuerza moral de la Cristiandad y el conocimiento práctico que los emperadores poseían de los oficiales militares y oficiales estatales Cristianos. Tales razones, sin embargo no son mencionadas en la historia la cual le da primaria importancia al evento milagroso.
Antes de que Constantino avanzara en contra de su rival Majencio y de acuerdo con las antiguas costumbres, convocó a los arúspices, los cuales profetizaron el desastre de acuerdo con un panegirista pagano. Sin embargo, cuando los dioses le negaban su ayuda, continúa dicho panegirista, hubo un dios en particular que lo animó ya que Constantino tenía cercana relación con dicha divinidad. Las crónicas de Lactancio y Eusebio nos narran la manera de cómo la conexión con dicha deidad se manifestó. El primero dice que fue en un sueño, el segundo a través de una visión como una manifestación celestial, una luz brillante en la cual vislumbró a la cruz o al monograma de Cristo. Fortalecido con dicha aparición, avanzó corajudamente a la batalla, venció a su rival y conquistó el poder supremo. Fue el resultado lo que dio importancia a la visión, ya que, posteriormente cuando el emperador reflexionaba respecto del evento le fue claro que la cruz llevaba la inscripción HOC VINCES (en éste signo conquistarás). Un monograma que combinaba las primeras letras del nombre de Cristo (CHRISTOS) X y P, una forma que no puede asegurarse que fuera utilizada antes por los Cristianos, fue convertida en uno de los símbolos de actualidad y puesta en el Labarum (q. v.). Esta insignia fue también puesta en la mano de una estatua del emperador en Roma, en cuyo pedestal se leía la siguiente inscripción "Con la ayuda de este beneficioso símbolo de fortaleza he liberado a mi ciudad del yugo de la tiranía y devuelto al Senado Romano y al Pueblo su antiguo esplendor y gloria." Enseguida después de su victoria, Constantino otorgó tolerancia a los Cristianos y al año siguiente dio un paso mas en su favor. En el 313 Licinio y él emitieron en Milán el famoso edicto de tolerancia. En él se declaraba que los dos emperadores habían reflexionado respecto de lo que sería más ventajoso para la seguridad y bienestar del imperio y, sobre todo, habían tomado en consideración el servicio que el hombre debía a la "deidad". Por consiguiente resolvieron dar a los Cristianos y a otros libertad en el ejercicio de la religión.
Cualquiera podía seguir la religión que considerara mas apropiada. Ellos hicieron votos por que la "deidad entronizada en los cielos" les otorgara a los emperadores y sus súbditos sus favores y protección. Lo anterior fue suficiente para causar enorme confusión entre los paganos. Si las palabras del edicto se examinan cuidadosamente se encuentra evidencia clara del esfuerzo hecho para expresar los nuevos pensamientos de una manera absolutamente carente de ambigüedad que eliminara la más mínima duda al respecto. El edicto otorgaba a los Cristianos libertad de culto y simultáneamente procuraba no crear afrentas contra los paganos. Sin duda alguna el término deidad fue cuidadosamente escogido puesto que no excluye su implicación pagana. Las cautelosas expresiones probablemente se originaron en los archivos imperiales, donde las concepciones y formas paganas de expresión permanecieron aún por mucho tiempo. El cambio, sin embargo, de persecución sangrienta a tolerancia de la Cristiandad, un cambio que implicaba su reconocimiento, puede haber sorprendido a muchos paganos y suscitado estupor. Los Cristianos mismos pudieron haber sido tomados por sorpresa.
Es que a muchos se les antojaba un imposible total, que el Imperio fuera Cristiano. En todo caso días felices se presentaban ahora ante los creyentes. Deben ellos haber tenido los mismos sentimientos de los perseguidos durante la Revolución Francesa cuando Roberspierre fue finalmente derrocado y su Reino del Terror terminó.
Los sentimientos de liberación del peligro son delicadamente expresados en el tratado atribuido a Lactancio (De mortibus persecut., en P. L., VII, 52), respecto de las maneras de como la muerte se apoderó de los perseguidores. Dice: " Debemos ahora agradecer al Señor Quien ha unido su rebaño el cual había sido devastado por los lobos rapaces y Quien ha exterminado las bestias salvajes que los alejaron de sus pasturas. ¿Dónde están ahora las multitudes de nuestros enemigos? Dios los ha barrido de la faz de la tierra; celebremos entonces Su triunfo con alegría; observemos la victoria del Señor con cantos de alabanza, y honrémoslo a El noche y día con oración, para que la paz que hemos recibido sea preservada." Los Cristianos fueron liberados de las minas y de las prisiones y fueron recibidos por sus hermanos en la fe con aclamaciones de júbilo; las iglesias se llenaron de nuevo y aquellos que se habían alejado de la Cristiandad pidieron perdón.

Equidistante

Durante algún tiempo pareció que tan sólo la tolerancia y la igualdad prevalecerían. Constantino se mostraba igualmente condescendiente con ambas religiones. En su calidad de pontifex maximus vigiló la adoración pagana y protegió sus derechos. Lo único que hizo fue suprimir la adivinación y la magia a las cuales los emperadores paganos habían recurrido ocasionalmente.
Quien quisiera practicar los usos paganos debían hacerlo abiertamente. Debía acudir a los altares públicos o a los sitios sagrados, y en ésos sitios observar las formas tradicionales de adoración. "No prohibimos", decía el emperador, "la observancia de las antiguas tradiciones a la luz del día."
Igualmente se le permitía a los individuos privados hacer uso de esta antigua costumbre, pero al hacerlo debían abstenerse de los prohibidos sacrificios domésticos.
Contrastando con la asfixiante violencia del Estado Antiguo y con el poder y la costumbre de la opinión pública, y tal vez sin percatarse de la importancia de sus actos, Constantino otorgó a la Iglesia un privilegio tras otro. Desde el 313 la Iglesia obtuvo inmunidad para sus eclesiásticos, incluyendo libertad de impuestos o servicios obligatorios u oficios obligatorios del estado como era, por ejemplo, la dignidad curial, que imponía pesadas cargas. La Iglesia obtuvo adicionalmente la facultad de heredar propiedades.
Armonizando con los puntos de vista de la Iglesia, Constantino hizo más difícil el proceso de divorcio, no hizo cambios en el divorcio por mutuo consentimiento, pero impuso severas condiciones cuando la demanda de separación provenía de una de las partes solamente. Un hombre podía abandonar a su esposa por razón de adulterio, envenenamiento y prostitución, y en el proceso retener su dote; sin embargo, si la abandonaba por cualquier otro motivo, debía devolver su dote y se le prohibía volverse a casar.

Piedad

Constantino fue generoso, y pródigo en sus donaciones y adornó las iglesias Cristianas con magnificencia. Sin duda alguna estaba dotado de un fuerte sentido religioso, era sincero y piadoso y le fascinaba ser representado en actitud oratoria con sus ojos levantados hacia el cielo. En su palacio tenía una capilla a la cual le gustaba retirarse a leer la Biblia y a orar. Dice Eusebio "Todos los días, a una hora determinada se encerraba en el sitio mas recluido de su palacio, como si fuera a asistir a los Sagrados Misterios, y allí se comunicaba con Dios rogando a Él ardientemente de rodillas por sus necesidades". En su carácter de catecúmeno no le era permitido asistir a los misterios de la sagrada Eucaristía. Permaneció como catecúmeno hasta el fin de sus días no por falta de convicción ni porque llevado por su disposición apasionada deseara llevar una vida pagana; obedeció lo mas estrictamente posible los preceptos de la Cristiandad, observando particularmente la virtud de la castidad la cual le había sido especialmente inculcada por sus padres. Respetaba el celibato tanto que lo liberó de sus desventajas legales. Buscó elevar la moralidad, y castigó con particular severidad las ofensas contra la moral que habían sido promovidas por el culto pagano. Crió a sus hijos como Cristianos y así se separó gradualmente del sincretismo el cual parecía a veces favorecer.
Constantino prefería la compañía de los obispos Cristianos a la de los sacerdotes paganos. El emperador invitaba con frecuencia los obispos a su corte y les permitía el uso del sistema de correos imperial, los sentó a su mesa, los llamó sus hermanos y cuando habían sufrido por la Fe, besó sus cicatrices. Mientras que prefirió a los obispos como sus consejeros, ellos por otra parte, frecuentemente solicitaban su intervención. Aún así evitó cualquier interferencia directa con el dogma y buscó que se cumpliera tan sólo lo que las autoridades legítimas, los sínodos, decidieran. Cuando apareció en un Concilio Ecuménico, no lo hizo para influir en las decisiones, sino para demostrar su interés e impresionar a los paganos. Desterró obispos tan sólo para evitar disputas y discordias, es decir, por razones de estado.
Cuando finalmente sintió la cercanía de la muerte, recibió el bautismo declarando ante los obispos reunidos a su alrededor, que deseaba, como Cristo recibir el sacramento de salvación en el Jordán, pero que puesto que Dios le había ordenado lo contrario, no deseaba demorar mas el bautismo. Dejando a un lado la púrpura, el emperador, en ropajes de neófito esperó su final dentro de gran paz y alegría.

Adaptado de Charles G. Herbermann, Enciclopedia Católica.
 
El Papa Melquíades y el Edicto de Milán
El Edicto garantizó la libertad para los cristianos.
Marco Ulpio Trajano (c. 53-117) fue emperador romano entre los años 98 y 117 de nuestra era. Conquistó Dacia y Mesopotamia, y fue el primer emperador romano de origen hispano. Nacido en Itálica (cerca de la actual Sevilla, en la Bética, actualmente España), lo más probable es que su familia fuera de origen romano. De joven se instruyó en el Ejército romano y tomó parte activa en las campañas de Hispania, Siria y Germania, durante los reinados de los emperadores Tito y Domiciano. Se distinguió como general de inteligencia excepcional, y en el 91 fue elegido cónsul. En el 97, el emperador Nerva le adoptó y asoció al imperio.
A la muerte de Nerva, un año después, Trajano le sucedió como emperador. Sin embargo, no regresó a Roma hasta algunos años más tarde. En el 101, emprendió su primera campaña contra los dacios, en el sureste de Europa. Esta conquista se celebró con juegos que duraron cuatro meses. Se levantó la famosa Columna Trajana en el Foro de Trajano, en Roma, para conmemorar la victoria.
A pesar de que pasó la mayor parte de su reinado ocupado en las campañas militares, realizó diversas reformas administrativas. Hacia los cristianos demostró una actitud ------intransigente, pero no promovió ninguna persecución.

Arco de triunfo del emperador Constantino.

El bautismo de Constantino. Estancia del Vaticano.
 

La donación de Roma, realizada por Constantino al Papado en la persona de Pontífice Silvestre I, es considerada un hecho legendario.
El Vaticano. Sala de Constantino. Julio Romano y Francesco Penni.

La batalla del Puente Silvio en las puertas de Roma, en la que Constantino, con el signo de Cristo (había hecho aplicar el monograma de Cristo en los escudos de los soldados) venció a Majencio. El episodio del 28 de octubre de 312 anuncia el privilegio que será concedido al Cristianismo en relación a las otras religiones profesadas en el Imperio Romano. Termina la persecución a los cristianos.
El Vaticano. Sala de Constantino. Julio Romano.

La pintura bizantina muestra el ingreso triunfal de Constantino a Roma, en el 312.

A su muerte, Constantino recibió toda la pompa y reverencia debida a su magna investidura.
Centro de Difusión de la Buena Prensa

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