San Tarsicio
 

Con sus doce años defendió hasta morir la Sagrada Eucaristía que debía llevar a los cristianos prisioneros del Imperio.

Tanto tiempo como habíamos estado en paz! - suspira el viejo alpargatero Fulvio -. Ha pasado casi medio siglo, después de la última gran persecución bajo el emperador Valeriano. Era yo entonces un niño de la edad de tu Tarsicio, Flavio. Asistía a la escuela del maestro Casiano. Era un hombre muy bueno. Tan excelente, que cuando un niño pobre no podía pagar los veinte denarios mensuales, no se lo tenía en cuenta.
-Hoy cuesta cincuenta denarios -interrumpe afanoso Tarsicio.
-Déjame hablar, pequeño. Así pues, decía que era un hombre excelente, de gran corazón. Pero cuando sus discípulos se enteraron de que era cristiano, cayeron sobre él y le acometieron con sus estilos de hierro.
-¿Tú también, padre? -pregunta excitado Tarsicio-. ¿Tú también le acometiste?
-¿Cómo iba a hacerlo si yo mismo estaba bautizado? Sí, esto es lo que entonces ocurría y ahora vuelve a empezar de nuevo. Después de haber cerrado nuestros templos hace dos años, ahora se piden nuestras vidas.
-Sabremos morir como nuestros antepasados -dice el panadero Flavio.
-Esto se dice muy fácilmente -replica el herrador-. ¡Si se acabara todo con un rápido golpe de espada! ¡Pero ir a la muerte pasando por una tortura lenta, siendo flagelado, sentir las carnes destrozadas por las garras de las fieras o ser marcado a fuego miembro por miembro...! ¿Quién resiste semejante cosa?
-Lo peor de todo es tal vez el encierro -dice el viejo alpargatero moviendo la cabeza-. ¡Permanecer encogido durante meses enteros en sucias madrigueras, medio desmayado por la pestilencia, el hambre y la sed! Quien no se rinde a esto, es que tiene los nervios de acero.
-¡Dios mío! -suspira el niño de doce años Tarsicio, blanco como la pared.

El pez en la puerta

Por la noche, cuando el panadero Flavio acaba de cerrar su tienda y está solo con su esposa, se oyen en la puerta unos recios golpes. La mujer mira alarmada a su marido.
-¿Quién puede ser? -pregunta perdiendo el color.
-Tal vez algún cliente que se ha retrasado -dice Flavio encogiéndose de hombros-. ¿Dónde está Tarsicio?
-En casa de su amigo Pancracio, en el campo de Marte.
Se repite en la puerta la llamada autoritaria
-No es ningún cliente -dice temblando la madre-.
-Ahora lo veremos -dice Flavio al tiempo que quita la tranca. Entra en la tienda un alguacil acompañado de varios soldados.
-No debes tener la conciencia limpia cuando nos has hecho esperar tanto.
-¿Que no debo tener la conciencia limpia? Vendo el pan al precio de tasa legal.
-No se trata de esto. Has hecho pintar un pez en la puerta de tu tienda. ¿Quieres explicarme por qué?
-¿Por qué no se puede pintar un pez? ¿Está prohibido? Lo mismo habría podido mandar poner una lechuza o cosa parecida. ¿Por qué no precisamente un pez?
-Me han dicho que éste es el signo de esos malditos cristianos. ¿Eres tú cristiano?
-Sí, lo soy -contesta Flavio con voz firme-.
-¿Y tu mujer?
-Yo también soy cristiana -contesta ésta sin vacilar-.
-Entonces, de acuerdo con lo que ha ordenado el sacrosanto emperador, sacrificaréis a los dioses.
-Nosotros sólo sacrificaremos a Dios. Sólo a Él -replica decidido Flavio.
-¿Y tú? - pregunta el alguacil dirigiéndose a la mujer del panadero.
-Yo también sirvo sólo a mi Dios.
-¿Al Crucificado?
-Sí, al Crucificado.
-Lleváoslos -ordena el funcionario a los soldados. Sacan afuera a los presos después de haberles encadenado las manos y los llevan a la cárcel.
Cuando Tarsicio regresa a casa, se encuentra con la mujer del herrador Pereno, que le comunica excitada la detención de sus padres.
-No vayas a casa, de lo contrario también te llevarán a ti -advierte al muchacho cuyo semblante ha perdido el color.
-¿Qué les va a pasar? -balbucea éste descompuesto.
-Sólo Dios lo sabe -suspira la vecina.

Demetrio

Los días que siguen los pasa Tarsicio en casa del herrador Pereno. Se encarcela un número cada vez más creciente de cristianos. Calle por calle, se les conduce al templo, donde se les quiere obligar a sacrificar. Algunos ceden por miedo. Pero la mayor parte de los creyentes se niegan rotundamente y son conducidos a las atestadas cárceles. Los cristianos hablan de admirables ejemplos de valor.
Tarsicio se entera de que a uno de sus camaradas de la escuela, llamado Demetrio, su padre, pagano le quiso obligar a sacrificar. La mujer del herrador le cuenta detalles.
-¡Figúrate! El padre llenó la mano de su hijo de incienso y la puso encima del fuego del sacrificio, con el intento de que con los dolores de la quemazón soltara los granos. El joven gritó con todas sus fuerzas, pero no abrió la mano.
-¿Y se dejó quemar? -suspira Tarsicio-. ¡Dios mío! Yo no sé si podría hacerlo. Y eso que Demetrio era el más débil de nuestra clase.
Por la noche no puede dormir. No hace otra cosa que pensar en su valiente camarada, a quien también metieron en la cárcel, y ruega a Dios de todo corazón le conceda a él las mismas fuerzas.
Mucho antes del amanecer, en la puerta que conduce a las catacumbas, se encuentra con Pancracio.
-¿No te han atrapado todavía? -le pregunta.
-Todavía no, pues de lo contrario no me verías aquí. ¿O crees acaso que he renegado de mi fe?
-Claro que no -contesta Tarsicio. El anciano guarda que vigila la entrada, da a los dos muchachos pequeñas lámparas.
-No hagáis ruido. Hay un entierro -advierte el anciano.
-¿A quién dan sepultura? -pregunta Tarsicio.
-A la niña Inés. Murió como una mártir.
-¿Inés? -pregunta excitado Pancracio-. ¿No será la de la villa de esta calle?
-La misma. El hijo del prefecto de la ciudad la perseguía y como ella no quisiera dar oídos a sus requerimientos, la delató como cristiana. Tras un juicio sumarísimo fue ejecutada. El verdugo le hundió la espada en la garganta. Jamás hubo en Roma niña tan buena.
En medio de un angustioso silencio, los dos jóvenes bajan las gradas de la escalera de piedra que conduce al cementerio, donde acaban de cerrar el nicho con una lápida de mármol.

"Mándame a mí"

El sacerdote celebra el Santo Sacrificio cerca de la sepultura. Las lámparas rodean con sus llamas el altar que se ha erigido encima de un sarcófago de mármol. Tarsicio reza con toda su alma, pidiendo a Dios valor y fuerza; pero sin embargo, teme que desfallecería si viera levantarse sobre él la espada dispuesta a dar el golpe mortal. Pancracio, que está a su lado, tiene los ojos cerrados. Sí, Pancracio es valiente, cien veces más valiente que yo", piensa Tarsicio. En los juegos, siempre había admirado el valor de su joven amigo.
Tarsicio levanta los ojos hacia la imagen del Buen Pastor que adorna el muro. ¡Con qué amor lleva Éste sobre sus hombros al corderillo al cual ha librado de las espinas! Y piensa otra vez en Inés, cuyo nombre significa justamente "cordero". El Señor la ha librado de todos sus tormentos y se la ha llevado a la gloria.
-¡Breve es la lucha, grande la victoria y eterna la alegría! - oye decir al sacerdote al terminar su alocución.
Una vez terminado el Santo Sacrificio, el sacerdote se dirige una vez más a los reunidos y dice:
-Tengo noticias, dignas de crédito, de que muchos de los presos serán arrojados a las fieras en los juegos del circo del próximo domingo. No me gustaría dejar que fueran a la lucha mortal sin confortarles antes con el pan de la Eucaristía. Yo soy demasiado conocido de los paganos para intentar llevar el Santísimo Sacramento a los presos. Tiene que hacerlo alguno de vosotros. ¿Quién quiere hacer este servicio a nuestros hermanos?
Muchos cristianos levantan las manos.
-Deja que vaya yo, padre -suplica un hombre ya entrado en años, de rostro anguloso, en el cual Tarsicio, a pesar de la manta gris en que se envuelve, reconoce al prefecto de la guardia pretoriana de Roma.
-Tú no -dice el sacerdote sacudiendo la cabeza-. Son demasiados los que te conocen como cristiano, Sebastián. Tiene que ir otro. Tarsicio siente escalofríos y, sin poder explicarse cómo, se oye exclamar a sí mismo:
-¡Mándame a mí, padre!
-¿Tú, un niño que apenas ha cumplido doce años? - pregunta vacilando el sacerdote.
-Mis padres están en la cárcel -exclama Tarsicio -. Podría volverles a ver, antes de que mueran-. En vano está luchando con las lágrimas que se le suben a los ojos.
-Realmente, tal vez sea bueno que vayas tú -dice el sacerdote, asintiendo con la cabeza-. De un niño nadie va a sospechar.
Éste pierde por completo el miedo, coge la capsulita de plata que contiene las Sagradas Formas y la oculta debajo de su blanca túnica.
-El centinela que está de puesto en la puerta es un cristiano -le dice en voz baja el sacerdote-. Está de acuerdo con nosotros. Dile: "Vengo bajo el símbolo del pez". Ésta es la consigna convenida. Te dejará entrar y después te llevará junto a los presos. ¡Que Dios te acompañe, hijo mío!

Sebastián

Es día claro cuando Tarsicio entra en la ciudad. Murmura repetidamente la consigna para sí: "vengo bajo el símbolo del pez". Sabe lo que significa. Ichtis es el nombre griego de pez y hace tiempo que le enseñaron a descifrar el anagrama:
I Iesus (Jesús)
Ch Christus (Cristo)
T Teu (de Dios)
I Ios (Hijo)
S Soter (Salvador)
Tarsicio aprieta con mano firme la cajita de plata. Finalmente, pasa ante el Foro, que está sólo a unos pasos de la cárcel. De pronto oye que alguien le llama y se asusta un poco al ver que se trata de Gayo, hijo del panadero Lucio.
-¿Adónde vas con tanta prisa? -le pregunta el chiquillo, que asiste a la misma clase que él-. Hace tiempo que no te veo. ¡Bien que te escondes desde que se llevaron a tus padres! ¿Eres también de los que adoran la cabeza de asno?
-Déjame tranquilo. Tengo prisa -exclama Tarsicio.
-¿Qué llevas ahí debajo de la túnica? Déjamelo ver -le pide Gayo picado por la curiosidad.
-Nada que pueda interesarte -contesta Tarsicio presuroso.
-¿No habrás robado algo?
-¿Robado? - dice metiéndose en la conversación un mercader que tira de un carrito lleno de frutas-. Seguro que me has robado una manzana.
En vano sacude el hombre el brazo del muchacho. Se acercan curiosos y preguntan qué pasa.
-¡Es un cristiano, un adorador de la cabeza de asno! -grita Gayo-. Tal vez lleva algo secreto para los malditos nazarenos.
-¡Enseña lo que llevas! -apremian a Tarsicio. El muchacho se defiende confuso.
-¡Un cristiano que oculta un secreto! -grita la multitud cada vez más numerosa. De todas partes caen puñetazos y llegan empujones. Gayo hace la zancadilla al pequeño portador de Cristo y le hace caer al suelo dándose un fuerte golpe en la frente.
-¡Un cristiano! ¡Un cristiano! -aúllan los paganos ciegos de furor.
Le golpean de nuevo, con todo lo que tienen a mano: bastones, estacas, mangos de látigo. Tarsicio sangra por multitud de heridas, pero su mano sigue apretando fuertemente el Sagrario. Entonces recibe en la cabeza un martillazo que le descarga enfurecido un herrero. Pierde los sentidos, pero su mano no se abre.
De pronto la multitud se separa. Un oficial de la guardia personal del emperador, se acerca y se abre paso repartiendo duros golpes.
-Es Sebastián, el prefecto de los pretorianos -rumorean asustados los romanos.
-¿Qué pasa aquí? -pregunta con voz tonante el oficial.
-Señor, este muchacho es un cristiano que lleva un secreto encima y no quiere enseñarlo- le contestan.
-¿Sois romanos o cobardes gallinas que atacáis a un niño indefenso? -dice el prefecto con bronca. Con su túnica roja envuelve al muchacho y lo lleva a casa de la cristiana Irene.

Muerte santa

Tarsicio vuelve de nuevo en sí. Al reconocer a Sebastián, su ensangrentado rostro se ilumina.
-¡El Sagrario! -susurra con voz apagada al tiempo que abre la mano cerrada sobre la cajita de plata-. Lo he salvado.
-¡Pequeño valiente! -dice el oficial sacudiendo la cabeza. Después coge el Sagrario con todo cuidado, lo deja encima de la mesa y se arrodilla respetuosamente.
-¡Dame el Redentor! -suspira el muchacho. Abre Sebastián la apretada cajita y con mano trémula tiende una Hostia al pequeño.
Minutos más tarde, el pequeño Tarsicio abandona este mundo con una sonrisa de bienaventuranza en los labios.
Sebastián coge el Sagrario y lo lleva a la cárcel, donde se le deja entrar sin reparos.
-¡Os traigo el Salvador! - dice a media voz, y da a los reclusos el Santo Viático.
Al toparse con Flavio y su mujer, los padres de Tarsicio, les dice:
-Él está bien. Se os ha adelantado un poco en el camino. Pronto volveréis a verle. Murió por su Salvador y por su fidelidad, en manos de la chusma del arroyo. Él era quien tenía que traeros la Sagrada Eucaristía.
El oficial de la guardia imperial, descubierto como cristiano, será martirizado a disparos de flecha. No es otro que san Sebastián.
 



Santos Cosme y Damián

Hermanos gemelos y destacados médicos, obtuvieron la corona del martirio a causa de su fe. Se les atribuye no pocos milagros.

Los ilustres mártires de Cristo san Cosme y san Damián, (cuyos nombres significan respectivamente "adornado" y "soñador") eran gemelos nacidos en una familia noble y adinerada. Teodora, la madre, los educó en la fe de Cristo.

Los sin dinero

Socialmente eran considerados "anárgiros" o "anargiretes" (traducido literalmente, "los que no tienen dinero", o bien "los que cuidan a los demás sin provecho"): en realidad no tenían dinero propio porque no lo querían. Para estos dos hermanos, que daban mucho sin recibir nada, lo más importante era el espíritu de las personas que asistían en su calidad de médicos. Naturales de Egea, ciudad de Arabia, e hijos de padres cristianos, en Siria se dieron al estudio de las letras y ciencias humanas, y especialmente al de la medicina, en la que se destacaron por su excelencia, y no pocas veces por arte divina sanaban dolencias incurables.
San Gregorio de Tours, en su libro Sobre la gloria del martirio, dice que ambos hermanos espantaban las enfermedades por el solo mérito de sus virtudes, y la intervención de sus oraciones llenaba de paz y alegría el corazón de sus pacientes.
No tenían puestos los ojos en interés temporal ni curaban por dinero, sino sólo por misericordia y puro amor de Dios, valiéndose de su arte para dar a los enfermos conocimiento de la ley de Cristo y de su santo Evangelio. Se les oía decir: "Mirad que la medicina que cura las enfermedades del cuerpo no puede preservarlo de la muerte: pero la medicina de la fe de Jesucristo, no sólo tiene una maravillosa virtud para curar las dolencias del cuerpo, sino que también da salud y vida eterna al alma".

Licias

Al principio a la gente le asombraba que los hermanos no cobraran por curar. Obtenían ellos una recompensa que no se materializaba en dinero pues, teniendo por pacientes a los gentiles, al sanarlos se realizaba un trueque: la salud del cuerpo les llevaba salud al alma y se convertían.
La leyenda asegura que cierta vez Damián aceptó tres huevos de una mujer, que le estaba agradecida. Cosme se enfureció tanto que ordenó no ser enterrado en su misma tumba.
En ese tiempo (fines del siglo III) tomó las riendas del imperio romano Diocleciano, el gran perseguidor de la Iglesia que inundó el orbe con sangre de mártires. Su procónsul en Egea era Licias, hombre crudelísimo y por extremo enemigo de los cristianos, ejecutor de la orden de exterminarlos. Al tener Lisias noticia de los dos santos hermanos mandó traerlos a su presencia, y procuró con todo el artificio que pudo persuadirles que sacrificasen a los dioses del imperio.
-¿Qué religión profesáis? -les preguntó.
-La fe cristiana.
-Bueno -arguyó el prefecto-, renunciad a vuestro dios y sacrificad a los grandes dioses que fabricaron el universo.
-Los dioses son vanos -respondieron ellos-, simulacros de dioses.
-Atadlos de pies y manos -ordenó el juez- y dadles tormento hasta que mueran.

Martirio

Atormentados con muchos y muy atroces suplicios, así como estaban atados ordenó que los arrojasen al mar; pero un ángel los desató y los depositó en la costa. Lo supo el procónsul, y atribuyéndolo a arte mágica, los mandó poner en la cárcel, y al día siguiente los hizo echar en una hoguera encendida; y los dos santos salieron ilesos de las devoradoras llamas.
Espantado Lisias, pero no rendido, mandó colgarlos y descoyuntar sus miembros; pero el ángel del Señor que los había librado ya del agua y del fuego, los amparó también entonces, y los sacó de aquel tormento sin lesión alguna. Lisias no acababa de entender la virtud y poder de Dios y de la religión que los dos hermanos profesaban. Lleno de furor y enojo, dio orden de que los atasen en sendas cruces, los levantasen en alto y que allí fuesen apedreados hasta que acabasen la vida, todo lo cual no tuvo más efecto que los tormentos anteriores, y solamente sirvió para demostrarle que nada puede la fuerza del hombre contra el todopoderoso brazo de Dios.
Quiso aún intentar otro suplicio además de los referidos, para convencerse de que todo lo pasado era pura obra de magia y hechicería; y mandó asaetearlos con agudas y aceradas flechas hasta destrozar sus cuerpos, y al ver la inutilidad de este tormento, los hizo degollar. De esta manera, en el año 303 acabaron gloriosamente sus vidas los dos santos mártires, y con ellos otros tres hermanos suyos, llamados Antimo, Leónico y Euprepio. Sus cuerpos fueron sepultados en Cyro, ciudad de Siria; y su culto se extendió de Oriente a Occidente.

Extensión de su culto

Sobre su sepulcro el emperador Justiniano hizo levantar una monumental basílica, porque les atribuyó la curación de una grave dolencia que padecía. Algunas de sus reliquias pasaron a diversas ciudades de Europa. En Roma, el papa san Felipe IV les edificó un templo en el año 527, restaurado por Urbano VIII en 1632, y en esta ciudad llegaron a tener dedicadas más de diez iglesias.
Al principio, fueron los pescadores y otras gentes de mar quienes los tomaron como patronos, cediendo más tarde este papel a los médicos y farmacéuticos, junto con san Lucas y san Pantaleón. Se encuentran entre los santos más famosos de la antigüedad y su nombre figura desde la antigüedad en el Canon romano. Su fiesta se celebra el 26 de septiembre.
 

Fra Angélico. Un milagro de los Santos Cosme y Damián. Museo de San Marcos, Florencia (Italia).

 

Butler. Lámina de San Cosme y San Damián. Librería Inglesa.

Fra Angelico. La Crucifixión de los santos Cosme y Damián. Pinacoteca de Munich.

Icono de los santos Cosme y Damián. Rusia, escuela de Moscú. Siglo XVI.
Centro de Difusión de la Buena Prensa

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