San Sebastián
(† 304)

El soldado que tuvo que escoger una de las dos milicias. Como pudo más la convicción y su conciencia que la posición encumbrada y el bienestar material, escogió a Cristo.

Después de la persecución de Valeriano, el emperador Galieno, su Sucesor, dirigió un decreto a los obispos por el que les permitía reanudar el culto cristiano y ocupar las iglesias que unos años antes les habían sido confiscadas. Los emperadores siguientes respetaron aquella resolución y el cristianismo gozó de un largo período de paz. Sí se dieron casos de persecución en provincias, ello fue debido más al celo intempestivo de algún prefecto que a la voluntad expresa del emperador.
Durante los años que transcurrieron del 260 hasta rayar el siglo IV, la Iglesia completó la organización por todo el Imperio y afianzó su prestigio. Había muchos cristianos en todas partes: llegando a ser mayoría en algunas ciudades de Asia Menor. Los había entre los funcionarios públicos, entre los cargos palatinos y en la milicia. Fue preciso edificar nuevos templos espaciosos, pues los locales construidos en el decurso del siglo III no bastaban para atender a la multitud de fieles. Quedaba muy lejos el tiempo aquel en que los cristianos eran mal vistos y acusados de los peores crímenes.
Los cristianos podían pensar que había llegado el momento de su triunfo sin nuevas pruebas. Mas, contra todas las previsiones, se presentó una nueva persecución; la más cruel y duradera de todas. El historiador Eusebio nos explica por qué la Providencia permitió una prueba tan dura. Eusebio vivió aquellos hechos y sus palabras nos dan la clave de otras persecuciones habidas en la larga historia de la Iglesia. "Como comenzásemos a abandonarnos en la negligencia y desidia - confiesa humildemente - debido al mal uso de tantos años de libertad, y unos a tener envidia y criticar a otros; como nos hiciéramos nosotros mismos mutua guerra, hiriéndonos de palabra a modo de armas y lanzas; como los prelados luchasen contra prelados y pueblos contra pueblos, levantando revueltas y tumultos; finalmente, como imperase el fraude y el engaño hasta el ápice de la malicia, entonces la divina Justicia empezó a amones-tarnos primero con brazo suave, como acostumbra, casi sin sentir, y moderadamente, sin tocar aún al cuer-po general de la Iglesia y pudiéndose reunir todavía las multitudes de fieles libremente; la persecución estalló en sus comienzos por los que ejercían la milicia".

El más ilustre soldado

Sucedía eso a fines del siglo III. El Imperio era gobernado por Diocleciano, hombre inteligente pero escéptico, en Oriente, Italia y todo el Occidente estaba en manos del emperador Maximino, vanidoso e inculto. Fue éste el primero que emprendió la depuración de elementos cristianos en sus tropas. A los oficiales se les degradaba de momento; los vetera-nos eran echados ignominiosamente del Ejército. Han llegado hasta nosotros los nombres de varios mártires pertenecientes a la milicia: Maximiano en Tebaste, Víctor en Marsella, Marcelo en Tánger, el veterano Julio en Mesia, Emeterio y Celedonio en Calahorra. Pero el más ilustre de todos fue, sin duda alguna, San Sebastián, en Roma.
Se conservan los restos de San Sebastián, así como la catacumba en donde fue sepultado, con el lugar del sepulcro. Hay noticia de su culto, antiguo y nunca interrumpido.
Sebastián, hijo de padre militar y noble, era oriundo de Narbona, pero creció y fue educado en Milán. De muy joven emprendió la carrera militar y llegó a capitán de la primera cohorte de la guardia pretoriana, cargo que sólo se daba a personas ilustres. Era respetado por todos y apreciado por el emperador. Lo que igno-raba éste es que Sebastián fuera cristiano de corazón. El noble capitán cumplía con disciplina, pero no tomaba parte en los sacrificios a los dioses ni en otros actos que fueran de idolatría. No exteriorizaba su fe íntima; aunque se valía de su posición pri-vilegiada para ejercer el
apostolado seglar entre los compañeros de milicia y en ayudar ocultamente a los cristianos. Visitaba a los encarcelados por causa de Cristo, alentaba a los débiles y abatidos, daba ánimo a los que padecían tormento. Según la "pasión", intervino de un modo especial en sostener la fe de dos caballeros romanos, Marco y Marceliano, hermanos mártires, cuyo sepulcro fue identificado a principios del presente siglo cerca de la catacumba de San Sebastián. daba a personas
ilustres. Era respetado por todos y apreciado por el emperador. Lo que ignoraba éste es que Sebastián fuera cristiano de corazón. El noble capitán cumplía con disciplina, pero no tomaba parte en los sacrificios a los dioses ni en otros actos que fueran de idolatría. No exteriorizaba su fe íntima; aunque se valía de su posición pri-vilegiada para ejercer el
apostolado seglar entre los compañeros de milicia y en ayudar ocultamente a los cristianos. Visitaba a los encarcelados por causa de Cristo, alentaba a los débiles y abatidos, daba ánimo a los que padecían tormento. Según la "pasión", intervino de un modo especial en sostener la fe de dos caballeros romanos, Marco y Marceliano, hermanos mártires, cuyo sepulcro fue identificado a principios del presente siglo cerca de la catacumba de San Sebastián.
La conducta de San Sebastián no era de cobardía, sino de cautela, y estaba de acuerdo con lo que, en distintas ocasiones, habían exhortado los prelados. El martirio se podía pedir a Dios, pero no se debía provocar, pues eso hubiera sido tentar a Dios, obli-gándole a conceder unas gracias especialísimas fuera de lo ordinario. El proceder de Sebastián fue, pues, el de simultanear, mientras pudo. el cargo de soldado del emperador pagano con el otro cargo de soldado de Cristo.

La gran decisión

Esta situación duró hasta el día en que llegó la denuncia, en parte temida y en parte deseada, y se enteró el emperador. Maximiano le hizo compare-cer a su presencia, reprochó su conducta y le colocó en la disyuntiva de abandonar su religión o perder el honroso cargo. Sebastián tuvo que escoger entonces una de las dos milicias. Como pudo más la convicción y su conciencia que la posición encumbrada y el bienestar material, escogió a Cristo. No soportó el emperador aquel desaire y le amenazó con la muerte. Pero Sebastián sentía por todo su ser la gracia sacramental de la confirmación que le empujaba al martirio y no dio el brazo a torcer. En vista de ello, Maximiano le condenó, sin más dilación, a morir asaeteado. Los sagitarios se lo llevaron al estadio del Palatino; desnudo lo ataron a un poste y lanzaron sobre él una lluvia de flechas. Luego se retiraron indiferentes, dejando el cuerpo erizado y dándolo por muerto.
Mas no fue así. Sus íntimos, que estaban al acecho, fueron allí y, encontrándolo vivo aún, lo desataron y se hicieron con él. La "pasión" nos ha conservado el nombre de la santa matrona que lo escondió en su propia casa y le curó las heridas. Se llamaba Irene, y en los catálogos antiguos su nombre se encuentra entre los santos del día 22 de enero.
Pasado un tiempo, Sebastián quedó completamente restablecido. Sus íntimos le aconsejaban que se ausentara de Roma; mas él, que ya se había enca-riñado con la idea del martirio, en vez de escon-derse se presentó un buen día ante el emperador y le pidió, con singular entereza, que dejara ya de perseguir a los cristianos. Maximiano, salido que hubo de su asombro, pues lo creía muerto, no se dejó ablandar, antes al contrario, enojado por todo aquello, le mandó azotar horriblemente hasta morir. Luego los soldados echaron el cuerpo en un albañal inmundo. Mas los cristianos fueron de noche, lo re-cogieron y enterraron en un cementerio subterráneo de la vía Apia.
Esta catacumba, que hoy lleva el nombre de San Sebastián, se halla a poco más de dos kilómetros de las antiguas murallas que circundaban la urbe. Durante el siglo IV, cuando la Iglesia pudo desenvolverse con toda libertad, se erigió una pequeña iglesia subterránea en el lugar de la tumba. En la parte superior edificaron, por el mismo tiempo, otra basílica de mayores proporciones, dedicada a San Pedro y San Pablo, pues desde el siglo anterior se venía dando culto a los dos apóstoles en aquella catacumba. Esta basílica cambió de nombre en el siglo IX y lleva desde entonces el del mártir Sebastián. Para el visitante de hoy, la iglesia ofrece un aspecto moderno, pero debajo de las molduras y estucos barrocos está la estructura romana del siglo IV. La estatua de San Sebastián, que preside el altar, obra de Giorgetti, es muy venerada por el pue-blo romano. Cerca del lugar del martirio, en el Pala-tino, hay otra iglesia dedicada al santo mártir.
El culto a San Sebastián como protector contra la peste data de muy antiguo. En el año 680, la ciudad de Roma, estaba infectada de este mal. Entonces erigieron un altar con la imagen del Santo en la basílica de San Pedro. La gente fue a invocarle y, según rezan las crónicas, la peste cesó al punto. El hecho se divulgó rápidamente y desde entonces es invocado en todas partes. En España son innumerables las ermitas y capillas dedicadas en honor suyo y son muy pocas las parroquias rurales que no tengan el altar de San Sebastián. Tan sólo en Cataluña tiene 61 iglesias dedicadas. También data de muy antiguo en los anales de la Iglesia el invocar a San Sebastián contra los enemigos de la religión junto con otros dos santos caballeros, San Mauricio y San Jorge.
En el cielo está con doble aureola de mártir, pues padeció doble martirio, que si el segundo le quitó la vida, le bastara el primero a quitársela de no haberlo dispuesto Dios de otro modo, para mayor gloria del Santo y ejemplo de los cristianos pusilánimes.


Andrea Mantegna, San Sebastián. Museo de Viena.


Ribera. San Sebastián atendido por Santa Irene. Museo Provincial de Bellas Artes de Valencia, España.

Antonio Pollaiulo. Martirio de San Sebastián. Pintura del Siglo XV.


Los cuarenta Mártires de Sebaste († 320)

Cuarenta soldados que no quisieron apostatar de su fe como se les ordenaba, constituyeron uno de los testimonios más valerosos de los primeros mártires cristianos.

A principios del año 312 los empera-dores Constantino y Licinio publicaron conjuntamente un edicto favorable a los cristianos. Su enemigo Majencio fue derrotado por
Constantino, el 28 de octubre del mismo año, cerca del puente Milvio. Con ello quedó Constantino único emperador de Occidente, pactando con Licinio, su asociado en el Imperio y soberano de Oriente, al cual dio a su hermana Constancia en matrimonio.

Falsa expectativa

Todo inducía a creer que las persecuciones contra la Iglesia se habían conjurado definitivamente. Constantino se mostraba cada día más propicio a los cristia-nos, a medida que se familiarizaba con ellos e intimaba con los obispos. Licinio, aunque pagano, quiso que la lucha que sostuvo en Oriente contra Maximino Daia tuviera el carácter de conflicto armado entre el cristianismo y el paganismo. Pero al ser vencido Daia y quedar Licinio dueño del campo, el ambicioso emperador "se quitó la máscara", según frase de Eusebio, e inició una satánica persecución contra los cristianos sujetos a su mandato.
Un edicto imperial mandaba que los oficiales del ejército que rehusaran sacrificar a los dioses fueran degradados y juzgados como traidores al Imperio. A los soldados se les amenazó con un lento martirio en caso de mostrarse contumaces. Debían ser muchos los cristianos enrolados en el ejército de Licinio, ya que la Iglesia tenía mucho interés en que hubiera gran número de ellos ejerciendo esta profesión, como lo prueba el canon tercero del concilio de Arles, al dictar sentencia de excomunión contra los que abando-naran la carrera militar en tiempos de paz. Pero mientras Constantino se apoyaba preferentemente sobre tropas cristianas, Licinio quiso eliminarlas de su ejército.

Atletas de Cristo

La defensa del Asia Menor estaba encomendada principalmente a las legiones romanas XII Fulminata y a la XV Apollinaris. Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Parece cierto que fuera la legión XII Fulminada, la cual había participado en la expugnación de Jerusalén en el año 70, y posteriormente había sido trasladada al Oriente con asiento en Melitene (Armenia Menor).
Existía una especie de tradición cristiana en el seno de la legión, porque ella había tenido cristianos entre sus filas ya en el siglo III, y quizás antes; otros vínculos con cristianos, mediante amistades y parentescos, debían de haber surgido durante la estancia en Armenia, donde los cristianos eran muchos.
La historia ha conservado la memoria de cuarenta soldados pertenecientes a la legión que tan famosa se hizo en tiempos de Marco Aurelio por la lluvia milagrosa y la victoria conseguida por sus oraciones a causa de haberse opuesto a las órdenes de Licinio, escogiendo el martirio antes de renegar de su fe cristiana. En una traducción latina antigua de las Actas de los mártires se ha conservado el nombre de los cuarenta atletas de Cristo. Según este testimonio, que posee bastantes indicios de ser verídico, los mártires se llamaban: Domiciano, Enoico, Sisinio, Heraclio, Alejandro, Juan, Claudio, Atanasio, Valente, Eliano, Melitón, Endicio, Acacio, Viviano, Helvio, Teódulo, Cirio, Flavio, Severiano, Cirión, Valerio, Clidión, Sacerdón, Prisco, Eutico, Esmaragdo, Filotimón, Aerio, Micalio, Lisímaco, Domno, Teófilo, Euticio, Hancio, Angio, Leoncio, Isiquio, Calo, Gorgonio y Cándido. Se admite que la tradición popular pudo desfigurar algunos de estos nombres, pero no por ello es lícito concluir que deba dudarse de la autenticidad de todos ellos. En contra de la misma se esgrime el argumento de las diferencias que se notan en los distintos documentos escritos y el silencio que sobre este particular han guardado san Basilio y otros Santos Padres de la Iglesia.
Enterado el prefecto de que los soldados persistían en su actitud, intentó convencerles de la necesidad de acatar las órdenes del emperador como único medio de evitar un cruel martirio, precursor de una muerte lenta. Pero aquellos soldados, acostumbrados a la vida dura de la milicia, rechazaron decididamente aquella diabólica invitación, diciendo que si hasta entonces habían permanecido fieles al empe-rador romano y por él habían puesto en peligro sus vidas, ahora, en el trance de decidir entre servir a Cristo o al emperador, preferían oponerse a un soberano temporal antes de renegar de su Rey celestial. Esta postura varonil impresionó hondamente al prefecto, mayormente después de haber comprobado él cómo algunos otros cristianos habían apostatado cobardemente. Entonces, el prefecto trató de intimidarles, pero no sabía qué clase de martirio pudie-ra impresionar a aquellos atletas. "Si les amenazo con la espada -se decía-, no reaccionarán, por estar familiarizados con ella desde su infancia. Si los someto a otros suplicios, los sufrirán generosamente. Tampoco sus cuerpos curtidos por el sol y el aire temerán el martirio del fuego." Pensó entonces en otro suplicio más molesto y largo.

Un invierno de aquéllos

Era invierno, estación que deja sentir intensamente el frío en Armenia, mayormente cuando sopla el helado cierzo del norte. Aquel día en la ciudad de Sebaste reinaba un frío tan intenso que, según expresión de san Gregorio, se helaban aun los cabellos. Un riachuelo que desciende de las montañas del norte, el actual Murdan-su o Tavra-su, se había helado. El lago o estanque alrededor del cual se había construido la ciudad, era duro como una piedra, tanto que los animales y personas transitaban por él sin peligro alguno. Aprovechando esta coyuntura mandó el prefecto que se despojara a los mártires de sus vestidos y fueran arrojados sobre el hielo del estanque. Lejos de intimidarse ante aquella cruel orden, "la alegre juventud", en medio de juegos y risas, corrió hacia el lugar del martirio. Los circunstantes que presenciaban aquel insólito hecho quedaron pasmados de ver cómo aquellos jóvenes atletas emprendían una veloz carrera para conseguir cuanto antes la palma del martirio.
La permanencia en aquel lugar de torturas se alargaba, pero mientras el hielo entumecía sus miembros y daba un color lívido a sus carnes, crecía el valor de su ánimo. Tiritaban sus cuerpos, sus miembros iban congelándose uno tras otro, la gangrena hacía su aparición. El prefecto atendía que el tormento doblegara la voluntad de los mártires, invitándoles a abandonar aquel lugar de torturas y entrar en un estanque próximo de aguas termales.
Pero ellos se animaban mutuamente a permanecer fieles hasta la muerte con estas palabras que, en cuanto al sentido, nos ha conservado san Basilio: "Amargo es el invierno, dulce el paraíso; desagradable es la congelación del cuerpo, pero dichoso el descanso que nos espera. Suframos un poco y después seremos confortados en el seno de los patriarcas. A una noche de torturas seguirá toda una eternidad feliz. Por lo mismo, que todos sean valientes; que nadie dé oídos a las voces del demonio. Somos mortales y, por lo mismo, algún día tendremos que morir; aprovechemos ahora la ocasión cuando se nos presenta en perspectiva inmediata la gloria eterna."

Un converso

El desaliento se apoderó de uno de ellos el cual, secundando los deseos del prefecto, salió del estanque helado y buscó refrigerio en el baño caliente, en donde murió al poco de entrar. No quiso Dios que se defraudara la oración de los mártires. El encargado de custodiarlos, favorecido por una visión y mo-vido por la entereza de los mártires, se declaró públicamente cristiano y manifestó su deseo de compartir los tormentos con aquellos mártires, ocupando el lugar que había dejado el apóstata. Se despojó de sus vestiduras y se arrojó al estanque de hielo, muriendo poco después, juntamente con sus compañeros de suplicio. Era el 9 de marzo del año 320.
No es posible aunar y dar crédito al testimonio de los historiadores en cuanto a las parti-cularidades del martirio. Todos convienen en señalar la naturaleza del mismo, pero difieren en algunos pormenores. Por ejemplo, no puede darse crédito a la noticia conservada por Nicéforo Calixto de que, juntamente con los cuarenta soldados, fueron martirizadas sus mujeres, también en número de cuarenta. La Iglesia griega celebra su fiesta el día primero de septiembre. Tampoco convienen los historiadores en la localización del estanque helado, ni todos mencionan la existencia de unos baños termales en las cercanías. Parece incontrover-tible que el martirio tuvo lugar en Sebaste, no lejos de la actual villa de Sivas.

Testamento

Antes de morir, uno de los mártires, en nombre de todos, redactó un testamento, calificado por los historiadores como "pieza hagiográfica única en su género". Durante algunos años se dudó de su autenticidad, pero a fines del siglo XIX adujo Bonwetsch buenas razones en pro de la misma. Según Leclercq: "El conjunto del testamento ofrece tales caracteres de sinceridad y supone situaciones tan concretas, que no permite suponer que sea una pieza hagiográfica fabricada como tantas otras". La finalidad del testamento era impedir que, después del martirio, los cuer-pos de los mártires, que habían muerto juntos por defender las mismas santas creencias, fueran dispersados. En su escrito manifestaban su voluntad de ser enterrados en una sepultura común, en un lugar llamado Sarcim, no lejos de la villa de Zela, en el Ponto. San Gregorio dice que el lugar donde reposaron sus cuerpos no estaba lejos de Ibora, a unas cinco horas de camino de Zileh. Las Actas afirman que todos los mártires eran capadocios; pero no es fácil explicar por qué unos mártires muertos en Sebaste escogieron a Zela, en el Ponto, como lugar de su sepultura.

El moribundo y su madre

Según san Basilio, los cuerpos de los mártires fueron quemados y el que escapó del fuego fue precipitado en el río. Cuenta el mismo Santo Doctor que, al ir a recoger los emisarios del prefecto los cuerpos de los mártires para quemarlos, vieron que vivía todavía el más joven de ellos, de nombre Melitón. Creyendo que cambiaría de parecer, le dejaron en las riberas del estanque, mientras cargaban con los cadáveres de los otros. Al ver la madre del joven la conducta de aquéllos, se acercó a su hijo y le exhortó a perseve-rar fiel a su fe hasta morir. El joven así se lo prometió con una ligera señal de su mano moribunda. Enton-ces aquella valerosa mujer cargó con sus propias manos el cuerpo de su hijo en el carro en que iban amontonados los cadáveres de los otros, temiendo que él no fuera partícipe de la corona que se reservaba a aquellos mártires en el cielo.
El martirio de los cuarenta soldados de la legión XII Fulminata fue muy celebrado en la antigüedad cristiana por la valentía de los mismos y su constancia en medio de los tormentos. Con su ejemplo demostraban a los jóvenes su desprendimiento al renunciar a una vida larga y a una situación de privilegio por mantener inhiesta la bandera de Cristo. En su vida supieron hermanar sus deberes religiosos con su condición de soldados, pero cuando el poder humano les exigió que renunciaran a sus creencias cristianas no vacilaron un momento en renunciar a todo lo humano con tal de permanecer fieles a Cristo, derramando su sangre por confesarle. Sus reliquias, según san Gaudencio, eran adquiridas a peso de oro. Su gran panegirista, san Gregorio de Niza, proclamaba desde el púlpito el gran poder de intercesión de los santos soldados mártires, diciendo que tenía él tanta confianza en ellos que colocaba sus reliquias junto a los cuerpos de sus padres, para que éstos, al resucitar en el último día, lo hicie-ran conjuntamente con sus valientes protectores. Su culto se propagó en Constantinopla. Hacia la mitad del siglo V santa Melania la Joven hizo depositar sus reliquias en la iglesia del monasterio que ella había edificado en Palestina.
 
Testamento


Mientras esperaban el martirio, los presos, por manos de Melecio, escribieron su 'testamento' colectivo.

En espera de su martirio, los presos escribieron su 'testamento' colectivo por mano de uno de ellos, llamado Melecio. En este insigne documento, profundamente cristiano, los que iban a morir exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para preferir los bienes ultraterrenos; saludan después a las personas que les son más queridas; finalmente, previendo que por la posesión de sus restos mortales se producirían disputas entre los cristianos -como ya había sucedido en el pasado con respecto a las reliquias de otros mártires- disponen que sus despojos sean sepultados todos juntos en la aldea de Sarein, cerca de la ciudad de Zela. El documento trae, como de costumbre, los nombres de todos los cuarenta mártires, y de ahí los nombres fueron copiados después en otros documentos, con pequeñas divergencias de grafía.
 
Instrucciones  


El "testamento" dejado por los mártires contiene una serie de indicaciones para los deudos. Algunos de sus párrafos dicen:
"Nosotros (…) exhortamos a nuestros señores, a nuestros parientes y a nuestros hermanos a que se abstengan de todo dolor y de toda inquietud. Les pedimos que respeten la decisión de nuestra fraterna comunidad. Dígnense responder con toda solicitud a nuestro pedido, para que obtengan de nuestro Padre común, una amplia recompensa por su referencia y compasión".

"Estimen, por encima de todo, la caridad. Ella sola respeta la justicia, ella sola escucha la ley del amor fraterno y obedece a Dios. Pues a través del hermano que se ve, se honra al Dios invisible. Y si llamamos hermanos a los que han nacido de la misma madre, en la fe, todos los que aman a Cristo, son hermanos. ¿No lo dijo ya nuestro santo Salvador y Dios? Son hermanos no tanto los que tienen la misma sangre, sino los que se esfuerzan por vivir plenamente su fe y cumplen la voluntad de nuestro Padre del cielo".



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La historia ha conservado la memoria de los cuarenta soldados pertenecientes a la famosa legión de tiempos de Marco Aurelio.


"Amargo es el invierno, dulce el paraíso; desagradable es la congelación del cuerpo, pero dichoso el descanso que nos espera".

Entonces aquella valerosa mujer cargó con sus propias manos el cuerpo de su hijo

Mural de los cuarenta mártires

Panoramica de Sebaste

Antiguo ícono de los cuarenta mártires
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