|
|
|
|
|
|
A principios del año 312 los
empera-dores Constantino y Licinio publicaron conjuntamente un edicto
favorable a los cristianos. Su enemigo Majencio fue derrotado por Constantino, el 28 de octubre del mismo año, cerca del puente Milvio. Con ello quedó Constantino único emperador de Occidente, pactando con Licinio, su asociado en el Imperio y soberano de Oriente, al cual dio a su hermana Constancia en matrimonio. Falsa expectativa Todo inducía a creer que las persecuciones contra la Iglesia se habían conjurado definitivamente. Constantino se mostraba cada día más propicio a los cristia-nos, a medida que se familiarizaba con ellos e intimaba con los obispos. Licinio, aunque pagano, quiso que la lucha que sostuvo en Oriente contra Maximino Daia tuviera el carácter de conflicto armado entre el cristianismo y el paganismo. Pero al ser vencido Daia y quedar Licinio dueño del campo, el ambicioso emperador "se quitó la máscara", según frase de Eusebio, e inició una satánica persecución contra los cristianos sujetos a su mandato. Un edicto imperial mandaba que los oficiales del ejército que rehusaran sacrificar a los dioses fueran degradados y juzgados como traidores al Imperio. A los soldados se les amenazó con un lento martirio en caso de mostrarse contumaces. Debían ser muchos los cristianos enrolados en el ejército de Licinio, ya que la Iglesia tenía mucho interés en que hubiera gran número de ellos ejerciendo esta profesión, como lo prueba el canon tercero del concilio de Arles, al dictar sentencia de excomunión contra los que abando-naran la carrera militar en tiempos de paz. Pero mientras Constantino se apoyaba preferentemente sobre tropas cristianas, Licinio quiso eliminarlas de su ejército. Atletas de Cristo La defensa del Asia Menor estaba encomendada principalmente a las legiones romanas XII Fulminata y a la XV Apollinaris. Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Parece cierto que fuera la legión XII Fulminada, la cual había participado en la expugnación de Jerusalén en el año 70, y posteriormente había sido trasladada al Oriente con asiento en Melitene (Armenia Menor). Existía una especie de tradición cristiana en el seno de la legión, porque ella había tenido cristianos entre sus filas ya en el siglo III, y quizás antes; otros vínculos con cristianos, mediante amistades y parentescos, debían de haber surgido durante la estancia en Armenia, donde los cristianos eran muchos. La historia ha conservado la memoria de cuarenta soldados pertenecientes a la legión que tan famosa se hizo en tiempos de Marco Aurelio por la lluvia milagrosa y la victoria conseguida por sus oraciones a causa de haberse opuesto a las órdenes de Licinio, escogiendo el martirio antes de renegar de su fe cristiana. En una traducción latina antigua de las Actas de los mártires se ha conservado el nombre de los cuarenta atletas de Cristo. Según este testimonio, que posee bastantes indicios de ser verídico, los mártires se llamaban: Domiciano, Enoico, Sisinio, Heraclio, Alejandro, Juan, Claudio, Atanasio, Valente, Eliano, Melitón, Endicio, Acacio, Viviano, Helvio, Teódulo, Cirio, Flavio, Severiano, Cirión, Valerio, Clidión, Sacerdón, Prisco, Eutico, Esmaragdo, Filotimón, Aerio, Micalio, Lisímaco, Domno, Teófilo, Euticio, Hancio, Angio, Leoncio, Isiquio, Calo, Gorgonio y Cándido. Se admite que la tradición popular pudo desfigurar algunos de estos nombres, pero no por ello es lícito concluir que deba dudarse de la autenticidad de todos ellos. En contra de la misma se esgrime el argumento de las diferencias que se notan en los distintos documentos escritos y el silencio que sobre este particular han guardado san Basilio y otros Santos Padres de la Iglesia. Enterado el prefecto de que los soldados persistían en su actitud, intentó convencerles de la necesidad de acatar las órdenes del emperador como único medio de evitar un cruel martirio, precursor de una muerte lenta. Pero aquellos soldados, acostumbrados a la vida dura de la milicia, rechazaron decididamente aquella diabólica invitación, diciendo que si hasta entonces habían permanecido fieles al empe-rador romano y por él habían puesto en peligro sus vidas, ahora, en el trance de decidir entre servir a Cristo o al emperador, preferían oponerse a un soberano temporal antes de renegar de su Rey celestial. Esta postura varonil impresionó hondamente al prefecto, mayormente después de haber comprobado él cómo algunos otros cristianos habían apostatado cobardemente. Entonces, el prefecto trató de intimidarles, pero no sabía qué clase de martirio pudie-ra impresionar a aquellos atletas. "Si les amenazo con la espada -se decía-, no reaccionarán, por estar familiarizados con ella desde su infancia. Si los someto a otros suplicios, los sufrirán generosamente. Tampoco sus cuerpos curtidos por el sol y el aire temerán el martirio del fuego." Pensó entonces en otro suplicio más molesto y largo. Un invierno de aquéllos Era invierno, estación que deja sentir intensamente el frío en Armenia, mayormente cuando sopla el helado cierzo del norte. Aquel día en la ciudad de Sebaste reinaba un frío tan intenso que, según expresión de san Gregorio, se helaban aun los cabellos. Un riachuelo que desciende de las montañas del norte, el actual Murdan-su o Tavra-su, se había helado. El lago o estanque alrededor del cual se había construido la ciudad, era duro como una piedra, tanto que los animales y personas transitaban por él sin peligro alguno. Aprovechando esta coyuntura mandó el prefecto que se despojara a los mártires de sus vestidos y fueran arrojados sobre el hielo del estanque. Lejos de intimidarse ante aquella cruel orden, "la alegre juventud", en medio de juegos y risas, corrió hacia el lugar del martirio. Los circunstantes que presenciaban aquel insólito hecho quedaron pasmados de ver cómo aquellos jóvenes atletas emprendían una veloz carrera para conseguir cuanto antes la palma del martirio. La permanencia en aquel lugar de torturas se alargaba, pero mientras el hielo entumecía sus miembros y daba un color lívido a sus carnes, crecía el valor de su ánimo. Tiritaban sus cuerpos, sus miembros iban congelándose uno tras otro, la gangrena hacía su aparición. El prefecto atendía que el tormento doblegara la voluntad de los mártires, invitándoles a abandonar aquel lugar de torturas y entrar en un estanque próximo de aguas termales. Pero ellos se animaban mutuamente a permanecer fieles hasta la muerte con estas palabras que, en cuanto al sentido, nos ha conservado san Basilio: "Amargo es el invierno, dulce el paraíso; desagradable es la congelación del cuerpo, pero dichoso el descanso que nos espera. Suframos un poco y después seremos confortados en el seno de los patriarcas. A una noche de torturas seguirá toda una eternidad feliz. Por lo mismo, que todos sean valientes; que nadie dé oídos a las voces del demonio. Somos mortales y, por lo mismo, algún día tendremos que morir; aprovechemos ahora la ocasión cuando se nos presenta en perspectiva inmediata la gloria eterna." Un converso El desaliento se apoderó de uno de ellos el cual, secundando los deseos del prefecto, salió del estanque helado y buscó refrigerio en el baño caliente, en donde murió al poco de entrar. No quiso Dios que se defraudara la oración de los mártires. El encargado de custodiarlos, favorecido por una visión y mo-vido por la entereza de los mártires, se declaró públicamente cristiano y manifestó su deseo de compartir los tormentos con aquellos mártires, ocupando el lugar que había dejado el apóstata. Se despojó de sus vestiduras y se arrojó al estanque de hielo, muriendo poco después, juntamente con sus compañeros de suplicio. Era el 9 de marzo del año 320. No es posible aunar y dar crédito al testimonio de los historiadores en cuanto a las parti-cularidades del martirio. Todos convienen en señalar la naturaleza del mismo, pero difieren en algunos pormenores. Por ejemplo, no puede darse crédito a la noticia conservada por Nicéforo Calixto de que, juntamente con los cuarenta soldados, fueron martirizadas sus mujeres, también en número de cuarenta. La Iglesia griega celebra su fiesta el día primero de septiembre. Tampoco convienen los historiadores en la localización del estanque helado, ni todos mencionan la existencia de unos baños termales en las cercanías. Parece incontrover-tible que el martirio tuvo lugar en Sebaste, no lejos de la actual villa de Sivas. Testamento Antes de morir, uno de los mártires, en nombre de todos, redactó un testamento, calificado por los historiadores como "pieza hagiográfica única en su género". Durante algunos años se dudó de su autenticidad, pero a fines del siglo XIX adujo Bonwetsch buenas razones en pro de la misma. Según Leclercq: "El conjunto del testamento ofrece tales caracteres de sinceridad y supone situaciones tan concretas, que no permite suponer que sea una pieza hagiográfica fabricada como tantas otras". La finalidad del testamento era impedir que, después del martirio, los cuer-pos de los mártires, que habían muerto juntos por defender las mismas santas creencias, fueran dispersados. En su escrito manifestaban su voluntad de ser enterrados en una sepultura común, en un lugar llamado Sarcim, no lejos de la villa de Zela, en el Ponto. San Gregorio dice que el lugar donde reposaron sus cuerpos no estaba lejos de Ibora, a unas cinco horas de camino de Zileh. Las Actas afirman que todos los mártires eran capadocios; pero no es fácil explicar por qué unos mártires muertos en Sebaste escogieron a Zela, en el Ponto, como lugar de su sepultura. El moribundo y su madre Según san Basilio, los cuerpos de los mártires fueron quemados y el que escapó del fuego fue precipitado en el río. Cuenta el mismo Santo Doctor que, al ir a recoger los emisarios del prefecto los cuerpos de los mártires para quemarlos, vieron que vivía todavía el más joven de ellos, de nombre Melitón. Creyendo que cambiaría de parecer, le dejaron en las riberas del estanque, mientras cargaban con los cadáveres de los otros. Al ver la madre del joven la conducta de aquéllos, se acercó a su hijo y le exhortó a perseve-rar fiel a su fe hasta morir. El joven así se lo prometió con una ligera señal de su mano moribunda. Enton-ces aquella valerosa mujer cargó con sus propias manos el cuerpo de su hijo en el carro en que iban amontonados los cadáveres de los otros, temiendo que él no fuera partícipe de la corona que se reservaba a aquellos mártires en el cielo. El martirio de los cuarenta soldados de la legión XII Fulminata fue muy celebrado en la antigüedad cristiana por la valentía de los mismos y su constancia en medio de los tormentos. Con su ejemplo demostraban a los jóvenes su desprendimiento al renunciar a una vida larga y a una situación de privilegio por mantener inhiesta la bandera de Cristo. En su vida supieron hermanar sus deberes religiosos con su condición de soldados, pero cuando el poder humano les exigió que renunciaran a sus creencias cristianas no vacilaron un momento en renunciar a todo lo humano con tal de permanecer fieles a Cristo, derramando su sangre por confesarle. Sus reliquias, según san Gaudencio, eran adquiridas a peso de oro. Su gran panegirista, san Gregorio de Niza, proclamaba desde el púlpito el gran poder de intercesión de los santos soldados mártires, diciendo que tenía él tanta confianza en ellos que colocaba sus reliquias junto a los cuerpos de sus padres, para que éstos, al resucitar en el último día, lo hicie-ran conjuntamente con sus valientes protectores. Su culto se propagó en Constantinopla. Hacia la mitad del siglo V santa Melania la Joven hizo depositar sus reliquias en la iglesia del monasterio que ella había edificado en Palestina.
|
![]() La historia ha conservado la memoria de los cuarenta soldados pertenecientes a la famosa legión de tiempos de Marco Aurelio. |
|||||||
![]() "Amargo es el invierno, dulce el paraíso; desagradable es la congelación del cuerpo, pero dichoso el descanso que nos espera". |
||||||||
![]() Entonces aquella valerosa mujer cargó con sus propias manos el cuerpo de su hijo |
||||||||
![]() Mural de los cuarenta mártires |
||||||||
|
Panoramica de Sebaste |
||||||||
![]() Antiguo ícono de los cuarenta mártires |
||||||||