Santa Bárbara

El martirio de esta joven creyente fue ejecutado por su propio padre, en legendarias circunstancias.

Virgen y mártir. No hay referencias a Santa Bárbara contenidas en las primeras historias de la antigua cristiandad, ni tampoco aparece su nombre en la revisión del martirologio de San Jerónimo. Aún así, la veneración a esta santa era común desde el siglo VII.
Alrededor de esta fecha fueron descubiertas las Ac-tas de su martirio, las cuales se incluyeron en la colección de Simeón Metafrastes y la usaron asimismo los autores (Ado, Usuardo, etc.) de los martirologios ampliados redactados durante el siglo IX en la Europa occidental.
De acuerdo a estas narrativas, Bárbara era la hija de un rico pagano, el sátrapa Dióscoro, quien la protegió cuidadosamente manteniéndola encerrada en una torre, a fin de aislarla del mundo ex-
terior. Ella llega a conocer la doctrina cristiana a través de un sacerdote enviado por Orígenes, que se contactaba con ella haciéndose pasar por médico. Este sacerdote la bautiza en secreto.
En cierta oportunidad, durante la ausencia de su padre, que había partido en un viaje, Bárbara hizo poner en la torre que ha-bitaba tres ventanas, como un símbolo de la Santísima Trinidad, en vez de las dos planea-das originalmente.
Cuando su padre regresó, ella se dio a conocer como cristiana; a partir de ese momento él la maltrató y la arrastró hasta el prefecto de la provincia, Martiniano.
Presa al fin se niega a abjurar de la fe, por lo que es azotada, desgarrada, herida con elementos cortantes, quemada, mutilada y paseada desnuda para humillarla. Finalmente, el juez pagano la condena a muerte por decapitación. El enloquecido Dióscoro pide entonces a Martiniano le permitan ejecutarla personalmente y, concedido, la degüella con sus propias manos en la cima de una montaña.
Pero en castigo por la tremenda acción, una antigua tradición asegura que fue fulminado por un rayo en el camino a su casa, y su cuerpo consumido. Otra cristiana llamada Juliana sufrió la muerte de martirio junto con Bárbara.
Un hombre piadoso llamado Valentín enterró los cuerpos de las santas; en esta tumba los enfermos eran sanados, y los peregrinos que iban a rezar recibían auxilio y consolación.

Arte e historia

Los elementos legenda-rios aparecen en su iconografía: Bárbara está generalmente representada con la torre de las tres ventanas, o con una pluma de pavo real, o teniendo al tiránico padre bajo sus pies, o llevando un copón, o con un cañón, símbolo, probablemente, del súbito fuego celestial que abrasó a Dióscoro. Un fresco de Santa María Antica, en Roma, del s. VIII, se considera la represen-tación más antigua conocida.
En tanto las ciudades italianas de Torcello, Venecia, Bizancio, Roma, Piacenza y Rieti pretenden poseer o haber poseído el cuerpo de Bárbara o reliquias insignes. Testimonios de especial devoción hacia la santa se dejan observar desde Egipto hasta Finlan-dia y desde Siria hasta España e Inglaterra. Los reyes de Aragón se interesaron ante el sultán de Egipto para obtener el pretendido cuerpo de la mártir.
Santa Bárbara ha sido frecuentemente representada en el arte, parada en una torre con tres ventanas, sosteniendo la palma de un mártir en su mano; a me-nudo también sostiene un cáliz y la hostia sacramental; a veces aparecen cañones cerca de ella.
Bárbara se encuentra entre los catorce Santos Auxi-liadores. Es patrona especial para obtener una buena muerte, a diferencia de la que sufrió su padre; por esto se la representa llevando un copón, ya que por ella se pide la gracia de no morir sin el sagrado viático. En España se la invoca como patrona del arma de artillería.




Milagros

Es seguro que antes del siglo IX ella era públicamente venerada tanto en oriente como en occidente, resultando muy popular en el pueblo cristiano. El hecho de que su padre fuese fulminado por un rayo causó, probablemente, que fuera considerada por la gente común como la santa patrona en tiempos de peligro por las tormentas eléctricas y el fuego, y luego, por analogía, como la protectora de los artilleros y los mineros. También se le invoca como intercesora para asegurar el recibimiento de la Penitencia y la Sagrada Comunión en la hora de la muerte.
Un suceso del año 1448 dio pie a la difusión de la veneración a esta santa. Un hombre llamado Enrique Kock estaba a punto de ser quemado en la hoguera en Gorkum; invocó a Santa Bárbara, a quien siempre le había tenido gran devoción. Ella le ayudó a escapar de la hoguera y lo mantuvo vivo hasta que pudo recibir los últimos sacramentos.
Una circunstancia similar es relatada en una adición a la Leyenda aurea. En los calendarios griegos y en los romanos de hoy en día, la fiesta de Santa Bárbara cae el 4 de diciembre..



San Cipriano

Cipriano sufrió el destierro en el año 257 y murió en Cartago al año siguiente. De las actas del proceso surge el meticuloso relato de su martirio.

Siendo el emperador Valeriano por cuarta vez cónsul y por tercera Galieno, tres días antes de las calendas de septiembre (el 30 de agosto), en Cartago, dentro de su despacho, el procónsul Paterno dijo al obispo Cipriano:
- Los sacratísimos emperadores Valeriano y Galieno se han dignado mandarme letras por las que han ordenado que quienes no practican el culto de la religión romana deben reconocer los ritos romanos. Por eso te he mandado llamar no-minalmente. ¿Qué me respondes?
El obispo Cripriano dijo:
- Yo soy cristiano y obispo, y no conozco otros dioses sino al solo y verdadero Dios, que hizo el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene. A este Dios servimos nosotros los cristianos; a éste dirigimos día y noche nuestras súplicas por nosotros mismos, por todos los hombres y, señaladamente, por la salud de los mismos emperadores.
El procónsul Paterno dijo:
- Luego ¿perseveras en esa voluntad?
El obispo Cipriano contestó:
- Una voluntad buena que conoce a Dios, no puede cambiarse.
- ¿Podrás, pues, marchar desterrado a la ciudad de Curubis, conforme al mandato de Valeriano y Galieno?
- Marcharé.
- Los emperadores no se han dignado sólo escribirme acerca de los obispos, sino también sobre los presbíteros. Quiero, pues, saber de ti quiénes son los presbíteros que residen en esta ciudad.
- Con buen acuerdo y en común utilidad habéis prohibido en vuestras leyes la delación; por lo tanto, yo no puedo descubrirlos ni delatarlos. Sin embargo, cada uno estará en su propia ciudad.
- Yo los busco hoy en esta ciudad.
- Como nuestra disciplina prohíbe presentarse espontáneamente y ello desagrada a tu misma ordenación, ni aun ellos pueden presentarse; mas por ti buscados, serán descubiertos.
- Sí, yo los descubriré. Han mandado también los emperadores que no se tengan en ninguna parte reuniones ni entre nadie en los cementerios. Ahora, si alguno no observare este tan saludable mandato, sufrirá pena capital.
- Haz lo que se te ha mandado.

Destierro

Entonces el procónsul Paterno mandó que el bie-naventurado Cipriano obispo fuera llevado al destierro. Y habiendo pasado allí largo tiempo, al procónsul Aspasio Paterno le sucedió el procónsul Galerio Máximo, quien mandó llamar del destierro al santo obispo Cipriano y que le fuera a él presentado.
Volvió, pues, Cipriano, mártir electo de Dios, de la ciudad de Curubis donde, por mandato de Aspasio Paterno, a la sazón cónsul, había estado desterrado, y se le mandó por sacro mandato habitar sus propias posesiones, donde diariamente estaba esperando que vinieran por él para el martirio, según le había sido revelado.
Morando, pues, allí, de pronto en los idus de septiembre (el 13), siendo cónsules Tusco y Baso, vinieron dos oficiales, uno escudero o alguacil del officium o audiencia de Galerio Máximo, sucesor de Aspasio Paterno, y otro sobreintendente de la guardia de la misma audiencia. Los dos oficiales montaron a Cipriano en un coche y le pusieron en medio y le condujeron a la Villa de Sexto, donde el procónsul Galerio Máximo se había retirado por motivo de salud.
El procónsul Galerio Máximo mandó que se le guardara a Cipriano hasta el día siguiente. Entre tanto, el bienaventurado Cipriano fue conducido a la casa del alguacil del varón clarísimo Galerio Máximo, procónsul, y en ella estuvo hospedado, en la calle de Saturno, situada entre la de Venus y la de la Salud. Allí afluyó toda la muchedumbre de los hermanos, lo que sabido por Cipriano, mandó que las vírgenes fueran puestas a buen recaudo, pues todos se habían quedado en la calle, ante la puerta del oficial, donde el obispo se hospedaba.

Interrogatorio

Al día siguiente, decimoctavo de las calendas de octubre (14 de septiembre), una enorme muchedumbre se reunió en la Villa Sexti, conforme al mandato del procónsul Galerio Máximo. Y sentado en su tribunal, el procónsul Galerio Máximo dio orden, aquel mismo día, de que le presentaran a Cipriano.
Habiéndole sido presentado, el procónsul Galerio Máximo dijo al obispo Cipriano:
- ¿Eres tú Tascio Cipriano?
- Yo lo soy.
- ¿Tú te has hecho padre de los hombres sacrílegos?
- Sí.
- Los sacratísimos emperadores han mandado que sacrifiques.
- No sacrifico.
- Reflexiona y mira por ti.
- Haz lo que se te ha mandado. En cosa tan justa no hace falta reflexión alguna.
Galerio Máximo, después de deliberar con su consejo, a duras penas y de mala gana, pronunció la sentencia con estos considerandos:
- Durante mucho tiempo has vivido sacrílegamente y has juntado contigo en criminal conspiración a muchísima gente, constituyéndote enemigo de los dioses romanos y de sus sacros ritos, sin que los piadosos y sacratísimos príncipes Valeriano y Galieno, Augustos, y Valeriano, nobilísimo César, hayan logrado hacerte volver a su religión. Por tanto, convicto de haber sido cabeza y abanderado de hombres reos de los más abominables crímenes, tú servirás de escarmiento a quienes juntaste para tu maldad, y con tu sangre quedará sancionada la ley.
Y dicho esto, leyó en alta voz la sentencia en la tablilla:
- Mandamos que Tascio Cipriano sea pasado a filo de espada.
- Gracias a Dios.
Oída esta sentencia, la muchedumbre de los hermanos decía:
- También nosotros queremos ser degollados con él.

Ejecución

Con ello se levantó un alboroto entre los hermanos, y mucha turba le siguió hasta el lugar del suplicio. Fue, pues, conducido Cipriano al campo o Villa de Sexto y, llegado allí, se quitó su capa, dobló sus rodillas en tierra y se prosternó rostro en el polvo para hacer oración al Señor. Luego se despojó de la dalmática y la entregó a los diáconos y, quedándose en su túnica interior de lino, estaba esperando al verdugo. Venido éste, el obispo dio orden a los suyos que le entregaran veinticinco monedas de oro. Los hermanos, por su parte, tendían delante de él lienzos y pañuelos. Seguidamente, el bie-naventurado Cipriano se vendó con su propia mano los ojos; mas como no pudiera atarse las puntas del pañuelo, se las ataron el presbítero Juliano y el subdiácono del mismo nombre.
Así sufrió el martirio el bienaventurado Cipriano. Su cuerpo, para evitar la curiosidad de los gentiles, fue retirado a un lugar próximo. Luego, por la noche, sacado de allí, fue conducido entre ci-rios y antorchas, con gran veneración y triunfalmente, al cementerio del procurador Macrobio Candidiano. Después de pocos días murió el procónsul Galerio Máximo.
El beatísimo mártir Cipriano sufrió el martirio el día decimoctavo de las calendas de octubre (el 14 de septiembre), siendo emperadores Valeriano y Galieno y reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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Llegado el verdugo, Cipriano dio orden a los suyos que le entregaran veinticinco monedas de oro. Seguidamente, se vendó con su propia mano los ojos; mas como no pudiera atarse las puntas del pañuelo, se las ataron el presbítero Juliano y el subdiácono del mismo nombre.


San Cipriano a sus discípulos. Mural


 

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