Nerón

Sin dudas fue el más cruel de los emperadores romanos. Los cristianos fueron para él chivo expiatorio de su propia saña e inquina.

Tal vez el mayor perseguidor de los cristianos desde su trono imperial de Roma, Claudio César Nerón nació en el año 37 en Anzio, hijo de Agripina y Domicio Ahenobarbo. Fue adoptado por su tío Claudio, quien le concedió el imperium proconsular. En el 54 fue proclamado Emperador, a la muerte de su tío. Dio pruebas de crueldad desde el primer momento, al envenenar a su hermanastro Británico.
Por otra parte, el gobierno de Nerón marca una de las cumbres del arte romano. Fue también un gran constructor, ya que completó el acueducto de Claudio, terminó un puente sobre el Tíber comenzado por Calígula; levantó unas termas en el Campo de Marte, y un arco de triunfo por la victoria de Corbulón; cons-truyó también un nuevo palacio en el Esquilino. Creía en la influencia de los astros, veneró a la diosa Siria y se ocupó de magia.
En la noche del 18 al 19 de julio de 64, estalló un incendio en Rama, mientras Nerón se encontraba en Anzio. El incendio fue ocasional y comenzó en la zona del circo Máximo; debido a la angostura de las calles y a la utilización de madera en gran parte de las cons-trucciones, fue imposible cortarlo. Durante nueve días ardió todo el centro de Roma. Sólo se salvaron los edificios del Esquilino, Quirinal, Janículo y Aventino. Tres barrios de los 14 fueron destruidos totalmente, y siete sufrieron importantes daños. Se incendiaron los templos de Júpiter y de la Luna, las casas de las Vestales y de Numa, el ara máxima de Hércules, el teatro de Statilio Stauro, el circo Máximo y la domus Transitoria, palacio levantado por Nerón en el Esquilino.
Nerón procuró socorrer a los damnificados hospedándolos en edificios públicos, construyendo barreras contra el fuego y vendiendo el trigo a bajo precio. Reconstruyó la ciudad según un plan mucho más urbanístico y estético. Para acallar al pueblo, pues se rumoreaba que desde lo alto de su palacio, había cantado el incendio de la ciudad, que le acusaba de autor del siniestro, echó la culpa - posiblemente por indicación de su mujer Popea y de sus amigos judíos- a los cristianos, pertenecientes en su mayor parte al subproletariado urbano.
Así empieza la primera gran persecución que durará hasta el 68 y verá perecer entre otros a los apóstoles Pedro y Pablo.
El historiador Tácito Cornelio (54-120), senador y cónsul, describirá este acontecimiento escribiendo en sus Annales.
“Para cortar por lo sano los rumores públicos, Nerón inventó los culpables, y sometió a refinadísimas penas a los que el pueblo llamaba cristianos y que eran mal vistos por sus infamias. Su nombre venía de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio había sido condenado al suplicio por orden del procurador Poncio Pilato… Primeramente fueron arrestados los que hacían abierta confesión de tal creencia. Después, tras denuncia de estos, fue arrestada una gran muchedumbre, no tanto porque acusados de haber provocado el incendio, sino porque se los consideraba encendidos en odio contra el género humano.
Aquellos que iban a morir eran también expuestos a las burlas: cubiertos de pieles de fieras, morían desgarrados por los perros, o bien eran crucificados, o quemados vivos a manera de antorchas que servían para iluminar las tinieblas cuando se había puesto el sol. Nerón había ofrecido sus jardines para gozar de tal espectáculo, mientras él anunciaba los juegos del circo y en atuendo de cochero se mezclaba con el pueblo, o paseaba erguido sobre la carroza”.

Vientos postreros

Sin embargo, la suerte del siniestro tirano ya no habría de acompañarlo mucho tiempo más. En marzo del 68 se sublevan las tropas contra el emperador y reclaman su muerte.
Al enterarse Nerón que su guardia pretoriana le ha abandonado, huye a la quinta de un esclavo liberto. Envuelto en una sucia túnica pasa la noche en la bodega, temblando de miedo. Un correo le anuncia que el Senado le ha declarado enemigo público. Iba a ser encarcelado y castigado “según el uso antiguo”.
- ¿Qué significa eso? – balbucea con voz apagada.
- Se atraviesa el cuello del condenado con una horca clavada en un poste y se le azota hasta darle muerte- contesta el liberto.
Entonces Nerón desenvaina el puñal con ánimo de clavárselo. Pero su mano tiembla hasta tal punto que apenas puede sostenerlo. El ex esclavo se lo hunde en la garganta.
- ¡Qualis artifex pereo! ¡Qué artista muere conmigo! – dice en el estertor de la muerte aquel hombre lleno de orgullo. Así acaba el gran perseguidor de Jesu-cristo.
Pero después del sangriento huracán la comunidad de Roma crece con vigoroso empuje, pese a las otras persecuciones que sobrevendrán.

 

“Abominaciones” cristianas

El historiador Tácito no creía que los cristianos fueran culpables de haber incendiado a Roma, como tampoco aprueba la “refinada crueldad” de Nerón. Pero al mismo tiempo cree mucho de lo que se rumora acerca de las “abominaciones” de los cristianos, y de su “odio a la raza humana”. Tendremos que esperar hasta el siglo segundo para encontrar documentos en los que se describen esos rumores malsanos. Esto se comprende si recordamos que todas las actividades de la época -el teatro, el ejército, las letras, los deportes, etcétera- estaban tan ligadas al culto pagano que los cristianos se veían obligados a ausentarse de ellas. Por tanto, ante los ojos de un pagano que amaba su cultura y su sociedad, los cristianos parecían ser misántropos que odiaban a toda la raza humana.
 


Busto del emperador.


Nerón y el incendio de Roma.


Remordimiento de Nerón.



Los perseguidos de Lyon

Los santos mártires de Lyon marcaron la impronta de los fieles a Jesús en la Galia romana. Transcribimos un fragmento de la “Carta de las Iglesias de Viena y Lyon sobre el martirio de Potino, obispo y otros muchos fieles”.

Los siervos de Cristo que habitan en Viena y Lyon en las Galias, a sus hermanos de Asia y Frigia, que participan de nuestra fe y nuestra esperanza en la redención, paz, gracia y gloria por el Padre y Nuestro Señor Jesucristo.
Nadie podía explicar, ni nosotros describir, la grandeza de las tribulaciones que los bienaventurados mártires han padecido, ni la rabia y furor de los gentiles contra los santos. Nuestro adversario reunió todas sus fuerzas contra nosotros, y en sus designios de perdernos, ha ido con cautela haciéndonos sentir al principio algunas señales de odio. No dejó piedra por mover, sugiriendo a sus saté-lites toda clase de medios contra los siervos del Señor; llegó a tal extremo que ni en las casas ni en los baños, ni aun en el foro, se to-leraba nuestra presencia; en ningún lugar nos podíamos presentar.

Frente al tribunal

(…) En primer lugar, hubieron de sufrir todos los insultos y vejaciones que el pueblo en masa les prodigó: gritos, golpes, detenciones, confiscaciones de bienes, lapidaciones y, por fin, la cárcel; en suma, cuanto un pueblo furioso suele prodigar a sus víctimas. Todo fue soportado con admirable constancia. Los que habían sido arrestados fueron conducidos al foro por el tribuno y los duunviros de la ciudad, e interrogados ante el pueblo. Todos confesaron su fe y fueron encarcelados hasta el regreso del legado imperial.
(…) Desde aquel momento, también los demás confesos comenzaron a distinguirse. Los primeros mártires confesaron su fe con todo denuedo y alegría de ánimo. Entonces también se conocieron los que no estaban tan fuertes y preparados para tan furioso ataque. De éstos, diez apostaron, lo que nos produjo gran pena y fue causa de abundantes lágrimas, porque con su conducta atemorizaron a otros muchos, que quedaron libres, los cuales, a costa de innumerables peligros, asistieron a los que habían confesado su fe.
Por aquellos días todos éramos presa de un gran temor y sobresalto por el éxito incierto de la confesión de la fe, más bien que por temor a los tormentos que se nos daban, por el de las apostasías. Cada día nuevos arrestos venían a llenar los vacíos dejados por las defecciones, y muy pronto los más preclaros de los miembros de las dos iglesias, sus fundadores, estuvieron encarcelados. También lo fueron algunos siervos nuestros aunque eran gentiles, porque la orden de arresto del procónsul nos englobaba a todos.
Estos desgraciados, incitados por el demonio, ate-rrorizados por los tormentos que veían padecer a los fieles, y movidos a ello por los soldados, declararon que infanticidios, banquetes de carne humana, incestos y otros crímenes que no se pueden nombrar, ni aun imaginar, ni es posible que jamás hombre alguno haya cometido, eran cometidos por nosotros los cristianos (...)

La fortaleza de Blandina

Se cebó de un modo particular el furor del pueblo, del presidente y de los soldados sobre el diácono de Viena, Santos; sobre Maturo neófito pero valiente atleta de Cristo; sobre Atalo, originario de Pérgamo, apoyo y columna de nuestra Iglesia; sobre Blandina, en la cual demostró Dios su gran estima, en razón del amor demostrado a Él y de la fortaleza en confesarle.
Todos temíamos que aquel cuerpo tan diminuto y débil no podría confesar la fe hasta el fin; pero fue tal la fortaleza de Blandina, que los verdugos que se relevaban unos a otros desde la mañana hasta la noche, después de aplicarle todos los tormentos, tuvieron que desistir, rendidos de fatiga (…) Una sola de las torturas hubiera bastado para causarle la muerte

“Soy cristiano”

También Santos, habiendo experimentado en su cuer-po todo los tormentos que el ingenio humano pudo imaginar, y cuando esperaban sus verdugos que a fuerza de torturas conseguirían hacerle confesar algún crimen, estuvo tan constante y firme que no dijo su nombre ni el de su nación, ni el de su ciudad, ni aun si era siervo o libre, sino que a todas las preguntas respondía en latín: “Soy cristiano” (…)
El cuerpo mismo del mártir atestiguaba claramente lo que había sufrido, porque todo él era una llaga, contraído y retorcido, de tal forma que ni la figura de hombre conservaba… contra lo que todos esperaban, el cuerpo de repente recobró su vigor y antigua hermosura, de tal modo que el segundo tormento más bien fue para él un refrigerio que una pena.

Confortados por el Señor

Bibliada era una mujer de aquellas que habían rene-gado de Cristo. El diablo, creyéndola ya suya, y queriéndola hacer responsable de un nuevo crimen, el de blasfemia, la condujo al tormento, esperando que como antes se había mostrado débil y remisa, ahora conseguiría de ella hacerla confesar nuestros crímenes. Pero ella lo rehusó aunque la torturaron. Y dijo a sus verdugos: “¿Cómo creéis vosotros que unos hombres a quienes está prohibido comer carne de animales han de comerse a los niños?” Desde aquel momento se confesó cristiana y fue contada entre el número de los mártires (…) Otros que habían sido apresados posteriormente y que no estaban tan acostumbrados a los tormentos, no pudiendo soportar los padecimientos de la cárcel, expiraron en ella.

El bienaventurado Potino, obispo de la iglesia de Lyon, más que nonagenario y con el cuerpo tan débil que apenas retenía en sí el espíritu, recobró nuevos bríos ante la inminencia del martirio (…) Ante el tribunal dio egregio testimonio de su fe. Sin respeto alguno, fue arrastrado y cubierto de patadas y puñetazos, sin el menor respeto a sus canas. Los que estaban más lejos le arrojaron cuanto les vino a las manos: todos ellos se hubieran creído reos de un gran crimen si no le hubieran atormentado cuando pudieron. Así creían vengar la injuria de sus dioses. En aquel estado fue llevado a la cárcel donde expiró a los dos días.

Como atletas sagrados

Maturo, Santos, Blandina y Atalo fuero condenados a las bestias en el anfiteatro, para dar un público es-pectáculo de inhumanidad gentilicia a costa de los cristianos. Maturo y Santos de nuevo soportaron en el anfiteatro toda la serie de los tormentos como si antes nada hubieran sufrido; o, mejor dicho, como atletas que, superados la mayor parte de los obstá-culos, luchan por conseguir la corona. De nuevo debieron padecer los mismos suplicios; las varas, los mordiscos de las fieras que los arrastraban por la arena y todo lo que el vulgo furioso pedía a gritos. Al fin las parrillas al rojo, sobre las cuales se asaban las carnes de los mártires, despidiendo olor intolerable, que se extendía por todo el anfiteatro.
Ni esto bastó para calmar aquellos instintos sanguinarios, muy al contrario, aumentó su furor con el deseo de vencer la constancia de los mártires. A Santos no consiguieron hacerle pronunciar otra palabra que aquella que había repetido desde el principio: “Soy cristiano”. Por fin, después de tan horrible martirio, como aún respirasen, mandaron que los degollasen. Aquel día ellos dieron el espectáculo al mundo en lugar de los variados juegos de los gladiadores.
Blandina fue expuesta a las fieras suspendida en un poste. Atada a él en forma de cruz, constantemente estuvo haciendo oración a Dios con lo cual esforzaba el valor de los demás mártires. No atacando ninguna fiera el cuerpo de la mártir, fue encerrada en la cárcel, reservándola para un nuevo combate.

Atalo, el cristiano

(…) El populacho pidió a grandes voces el suplicio de Atalo, porque era de familia noble. Paseáronle por el anfiteatro, y delante de él era llevada una tabla, sobre la cual se había escrito en latín: “Este es Atalo, el cristiano”, lo cual fue motivo para que los espectadores se enardecieran más contra él. Cuando el legado se dio cuenta de que era ciudadano romano, mandó que fuera de nuevo conducido a la cárcel con todos los demás. Luego consultó al Cesar sobre lo que había de hacerse con los encarcelados, y esperó su respuesta.
(…) El día de la gran feria, que se celebra entre nosotros, y a la que acuden mercaderes de todas las provincias, el legado mandó comparecer a los mártires ante su tribunal, intentando dar al pueblo una especie de función teatral. En el nuevo interrogatorio todos los que eran ciudadanos romanos fueron condenados a la pena capital y los demás a ser expuestos a las fieras.

Triunfo del Señor

Aquello fue un triunfo para Cristo; todos los que antes habían negado la fe, entonces la confesaron con gran valentía contra todo lo que esperaban los gentiles. Se los interrogó aparte de los demás, creyendo que renegarían la fe y serían puestos en libertad; pero como confesaron, fueron agregados al grupo de los mártires. Sólo quedaron fuera aquellos en cuyas almas no había ni rastro de fe, ni respeto por el traje del Bautismo, ni traza de temor de Dios; hijos de perdición, que con su manera de vivir infamaban la religión que profesaban.
Alejandro, frigio de nación, y de profesión médico, quien ya hacía muchos años que moraba en las Ga-lias, y a quien todos conocían por su gran amor de Dios y su celo por predicar la fe (porque en él habitaba la gracia de la predicación), se hallaba junto al tribunal y animaba con gestos y ademanes a los confesos. Pero el populacho, irritado ya porque los que habían apostado confesaban de nuevo la fe, comenzó a vociferar contra Alejandro, acusándole de ser el causante de tal retractación.
Al día siguiente fue echado a las fieras junto con Atalo, porque el legado no quiso oponerse a las reclamaciones del pueblo. Ambos, después de pasar por todos los tormentos inventados por el odio contra los cristia-nos, después de un magnífico combate, fueron degollados.

Una mujer

Después de todos éstos, el último día de los es-pectáculos de nuevo tocó el turno a Blandina, con el joven de quince años Póntico. Los dos en días anteriores habían sido introducidos para que vie-ran como eran atormentados los demás. Fueron varias veces incitados a jurar por los dioses de los gentiles, pero como permaneciesen firmes en su propósito y se burlasen de ellos, esto les atrajo de tal modo las iras del populacho que no tuvieron conside-ración alguna con la tierna edad del uno y la debilidad del sexo de la otra.
Experimentaron en ellos toda clase de torturas y vejaciones para conseguir hacerlos jurar por los dioses, pero todo inútil. Todos los espectadores se daban cuenta de que las exhortaciones de la hermana eran las que sostenían al joven, que finalmente después de sufrir con gran ánimo los tormentos expiró. Ya sólo quedaba Blandina, que como una madre había animado a sus hijos al combate, y había hecho que todos la precedieran vencedores delante del rey, siguiéndoles a todos ella por el sangriento sendero que habían trazado, gozosa de su próximo triunfo, como quien ha sido convidado a un banquete nupcial, no como un condenado a las bestias.
Después de tolerar los azotes, después de ser a-rrastrada por las fieras, después de las parrillas ar-dientes, fue envuelta en una red y expuesta a un toro bravo, el cual la lanzó repetidas veces por los aires pero ella no sintió nada: tan abstraída estaba en la esperanza de los bienes futuros y en su íntima unión con Cristo.

Al fin la degollaron. Los mismos gentiles llegaron a confesar que nunca entre ellos se había visto a una mujer padecer tantos tormentos…
(…) Así, pues, los cuerpos de los mártires fueron objeto de toda suerte de ultrajes durante los seis días que estuvieron expuestos; luego se les quemó y redujo a cenizas, y éstas arrojadas a la corriente del Ródano, para que no quedara ni rastro de ellas. Con esto creían hacerse superiores a Dios y privar a los mártires de la resurrección. “De este modo, decían ellos, no les quedará ninguna esperanza de resucitar, confiados en la cual han introducido esta nueva religión, y sufren alegres los más atroces tormentos, despreciando la misma muerte. Ahora veremos si resucitan y si su Dios les puede auxiliar y librarlos de nuestras manos”.

(Tomado de “Actas selectas de los mártires”, Ed. Apostolado Mariano, Sevilla, España).
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“Pobres y humildes confesos”

San Policarpo fue uno de los más famosos entre aquellos obispos de la Iglesia primitiva a quienes se les da el nombre de “Padres Apostólicos”, por haber sido discípulos de los Apóstoles y directamente adoctrinados por ellos. Policarpo fue discípulo de San Juan Evangelista, y los fieles le profesaban una gran veneración. Entre sus muchos discípulos y seguidores se encontraban San Ireneo y Papías.
Precisamente, fue San Ireneo quien en una carta que escribió a Fiorino, un hereje de la época, describe al obispo mártir: “Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiese oído tus errores, se habría tapado las orejas y habría exclamado, según su costumbre: ¡Dios mío!, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas? Y al punto habría huído del sitio en que se predicaba tal doctrina”.
La tradición cuenta que, en una oportunidad San Policarpo se encontró en las calles de Roma con Marción, que predicaba doctrinas contrarias a las enseñanzas de Jesús. Entonces el hereje le increpó, al ver que no parecía advertirle: “¿Qué, no me conoces?”
“Sí, -le respondió Policarpo-, sé que eres el primogénito de Satanás”.
El santo obispo había heredado este aborrecimiento hacia las herejías de su maestro San Juan. Ellos comprendían el gran daño que hace la herejía.


Ícono de los mártires Santos, el obispo Potino y Blandina


Lyon, Francia. Antigua foto de la Iglesia de Santa Blandina, erigida en honor de la mártir.


Estatua de Santa Blandina.


Los cuerpos de los que habían muerto en la cárcel fueron arrojados a los perros, poniendo guardia de día y de noche para que no pudiéramos recogerlos y sepultarlos.


Blandina fue expuesta a las fieras suspendida en un poste en forma de cruz, y constantemente estuvo haciendo oración a Dios. Como ninguna fiera atacara el cuerpo de la mártir, fue bajada del madero y encerrada en la cárcel, donde se la reservó para un nuevo suplicio.


Finalmente, Blandina fue envuelta en una red y expuesta a un toro bravo, el cual la lanzó repetidas veces por los aires pero ella no sintió nada: tan abstraída estaba en la esperanza de los bienes futuros y en su íntima unión con Cristo.


Iglesia de San Potino, en Francia.

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