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Policarpo había sido
discípulo de Juan. Había visto con sus pro- pios ojos y oído con sus propios oídos a aquel cuyas manos tocaron el Verbo de vida, y había escuchado del discípulo que Jesús sentía predilección por el mandamiento nuevo del amor fraterno. Quizá fue el mismo San Juan quien nombró Obispo de Esmirna, esta bella ciudad asiática, asentada a la ladera del monte Pagus y bañada por el mar Egeo, a Policarpo. Desde su Sede dirigía, con gran amor y sabiduría, a su grey por los caminos del verdadero Evangelio y les alentaba para que no se dejaran nunca infisionar por la herejía y para que fueran valientes para defender a Jesucristo contra los paganos si llegaba la hora de probar su fe. Si quisiéramos resumir la vida de este hombre, de este gran obispo, habría que hacerlo en una sola palabra: Amor. Amó y supo enseñar el amor único y verdadero. Todo lo demás debía, decía él, ser colocado al servicio de este Amor... Dentro de este pentagrama deben colocarse todas las notas - léase toda la vida - del verdadero cristiano. De cuando en cuando decía a sus ovejas: “Todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo, y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ése tal es primogénito de Satanás”... Todos sabían de la gran bondad y tierno corazón de Policarpo. Él es duro consigo mismo, pero muy suave y dulce para con los demás, menos con los que intentan sembrar el error entre sus ovejuelas. De sus labios brotan palabras de amor y cariño y no sólo palabras sino hechos maravillosos a favor de los pobres y enfermos. A todos atiende con caridad sin igual y como si del mismo Maestro se tratara. A veces hasta los niños quedaban extasiados escuchando sus ardorosas palabras. Uno de estos niños, que no pierde ni palabra de cuanto oye a este ya anciano venerable, se llama Ireneo y con el tiempo, llegará a ser obispo de Lyón y gran Padre de la Iglesia. En su cuadernillo de notas, este discípulo escribió y nos transmitió hasta nosotros estas hermosas frases de su maestro y padre en la fe: “Cristo es el que levantó sobre la cruz nuestros pecados”. “Cristo es nuestra esperanza y prenda de nuestra salvación”. “Cristo es el que soportó todo por nosotros”... Eran palabras hermosas que poco después las confirmará tratando de dar testimonio de ellas con su sangre. Fue un gran obispo de Esmirna, y su nombre griego, que en castellano puede traducirse por «fruto abundante», parecía en él más adecuado que en cualquier otro por sus obras de caridad. En una carta a los cristianos de Filipos, les recomienda la obediencia. Ya octogenario emprendió un viaje a Roma para ha-blar con el papa Aniceto y consultarle cuestiones de liturgia, en el año 155, especialmente del día de la Pascua. Y el Papa le hace presidir una celebración eucarística y a su regreso tuvo que enfrentarse con la persecución. Según san Eusebio, tres días antes de que le pren-dieran tuvo una visión en la que su almohada era consumida por el fuego, y entonces anunció a los que estaban con él: «Me quemarán vivo» (siglos más tarde en recuerdo de esta almohada san Policarpo era invocado contra el dolor de oídos). Descubierto en su escondite, no lejos de la ciudad, fue conducido a Esmirna, y allí las autoridades le pidieron que blasfemara, que maldijera a Cristo (¡qué moderna parece la petición!). La carta de Esmirna describiendo el martirio de San Policarpo El martirio de Policarpo se describe en una carta que los fieles de la Iglesia de Esmirna escriben a la Iglesia de Philomelium “y a todas las comunidades de la santa Iglesia universal”, según manifiestan. La carta comienza con un relato de la persecución y el heroísmo de los mártires. El año sexto de Marco Aurelio estalló una grave persecución en Asia, en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Un cristiano llamado Germánico, quien había sido llevado a Esmirna con otros once o doce hombres se destacó entre todos, y animó a los más débiles a soportar el marti-rio. En el anfiteatro, el procónsul le exhortó a no entregarse a la muerte en plena juventud, cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida perecedera. Aunque también hubo cobardes: un frigio, llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses antes que morir. Pero fue la muerte heroica de Germánico lo que excitó la furia de la multitud, que se alzó el grito “Fuera con los ateos; que busquen a Policarpo”. Es que el obispo, con su predicación y ejemplo, había concitado la ira de paganos y judíos. Policarpo fue persuadido por sus amigos a dejar a la ciudad y ocultarse en una granja. Aquí pasó su tiempo en oración, “y mientras rezaba cayó en un trance tres días antes de su prendimiento. En esas circunstancias vio su almohada ardiendo con fuego, y se volvió y dijo a los que estaban con él, ‘debe ser que seré quemado vivo’”. Cuando sus perseguidores estaban tras su rastro se fue a otra granja. Pero éstos, al ver que se había ido, apresaron a dos jóvenes esclavos y los torturaron salvajemente, hasta que uno de ellos reveló el escondite del prófugo, en un pueblo vecino. El prendimiento Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa en que estaba escondido Policarpo; éste se hallaba en la cama, y rehusó escapar, diciendo: “Hágase la voluntad de Dios”. Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció de cenar a los soldados y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos. Habiéndosele concedido esta gracia, Policarpo oró durante dos horas, por sus propios cristianos y por toda la Iglesia. Hizo ésto con tal devoción, que algunos de los que habían venido a aprehenderle se arrepin-tieron de haberlo hecho. Montado en un asno fue conducido a la ciudad. En el camino se cruzó con Herodes y el padre de éste, Nicetas, quienes le hicieron subir a su carruaje y trataron de persuadirle de que no “exagerase” su cristianismo: “¿Qué mal hay -le decían- en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?” Hay que notar que la palabra “Señor” implicaba en aquellas circunstancias el reconocimiento de la divinidad del César. El obispo permaneció ca-llado al principio; pero, como sus interlocutores le instaran a hablar, respondió firmemente: “Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejáis”. Al oír esto, Herodes y Nicetas le arrojaron del ca-rruaje con tal violencia, que se fracturó una pierna. El santo se arrastró calladamente hasta el circo en que se hallaba reunido el pueblo. A la llegada de Policarpo, muchos oyeron una voz que decía: “Sé fuerte, Policarpo, y muestra que eres hombre”. El procónsul le exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el César y a gritar: “¡Mueran los enemigos de los dioses!” El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó: “¡Mueran los enemigos de Dios!” El procónsul repitió: “Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo”. “Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador? Si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta: Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame”. El procónsul dijo: “Convence al pueblo”. El mártir replicó: “Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa”. En efecto, la rabia que consumía a la multitud le impedía prestar oídos al santo. El procónsul le amenazó: “Tengo fieras salvajes”. “Hazlas venir -respondió Policarpo-, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues sólo es justo convertirse del mal al bien”. El precónsul replicó: “Puesto desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo”. Y Policarpo le dijo: “Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue; eso de-muestra ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras”.
Prodigio de las llamas |
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