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Y como algunos, hablando del
templo, dijesen que estaba adornado con hermosas piedras y con ofrendas
votivas, dijo: «vendrán días en que no quede piedra sobre piedra que no sea
derruida... y cuando viereis a Jerusalén cercada de ejércitos, entonces
conoced que se aproxima su asolamiento... porque vendrá gran necesidad sobre
el país y gran cólera contra este pueblo; y caerán al filo de la espada y
serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por
los gentiles». (Lc., 21, 5. 6. 20. 33. 24.) Numerosas residencias y castillos reales, ciudades, palacios y templos, edificios cuyos fundamentos fueron sentados en los milenios primero, segundo y tercero antes de J. C., han sido sacados de nuevo a la luz, librándolos del polvo de la antigüedad, que, a veces, tenía va-rios metros de espesor, por las palas y por la intuición de los arqueólogos, después de un trabajo inteligente y perseverante. La ciudad y el templo de Jerusalén, de tan extraordinaria importancia para la posteridad, escaparon a los esfuerzos de la investigación; desaparecieron para siempre de este mundo. Una generación después de aquella que vio morir a Jesús en la cruz, sufrió en «los días de la venganza» (Lc., 21, 22) la suerte que Jesús había pronosticado. En antiguo Israel, cuya historia ya no se cuidó más de la palabra y la obra de Jesús, la comunidad de Jerusalén, que condenó a Jesús y le hizo crucificar, se convirtieron en un infierno sin ejemplo en la Historia, quedando destruidos en la «guerra de los judíos» que tuvo lugar desde el año 66 al 70 después de J. C. Creciente Indignación Cada vez se elevaban con más fuerza voces contra la odiada Roma. En el partido de los «celotes», es decir, de los «fanáticos», se agrupaban extremistas y rebeldes que constantemente exigían la retirada de la dominación extranjera; cada uno de sus partidarios llevaba un puñal escondido debajo de sus vestiduras. Sus actos de violencia tenían inquieto al país. Los abusos de fuerza de los procuradores romanos empeoraban la situación; los extremistas tenían cada vez más partida-rios. La creciente indignación se hizo públicamente patente en el mes de mayo del año 66, cuando el procurador Floro exigió 17 talentos del tesoro del templo. La guarnición romana es arro-llada, Jerusalén cae en manos de los revoltosos. La prohibición decretada inmediatamente después, de hacer el sacrificio diario por el Emperador, equivale a una declaración de gue-rra a la gran potencia de Roma. ¡El enano Jerusalén arroja con arrogancia el guante a los pies del poderoso Imperio romano! Ésta es la señal para todo el país; la rebelión se propaga a todas partes. Floro no domina ya la situación. El gobernador de la provincia de Siria, C. Cestio Gallo, con una legión y numerosas tropas de refresco, corre en su auxilio, pero tiene que retirarse con grandes pérdidas. Los revoltosos dominan el país. Nueva afrenta Ante la seguridad de que Roma reaccionará con todas sus fuerzas, ellos fortifican apresu-radamente las ciudades, reparan las antiguas murallas, nombran a los jefes de su ejército. José, el que después sería célebre historiador Flavio Josefo, es nombrado generalísimo de Galilea. El alto mando, por la parte de Roma, es con-fiado por Nerón al general romano que ya gozaba de gran prestigio. Tito Flavio Vespasiano, que tanto se distinguió en la conquista de Britania. Acompañado de su hijo Tito cae sobre Galilea al frente de tres: legiones escogidas y numerosas tropas auxiliares del Norte. Las poblaciones situadas junto al lago Genesaret, donde pocos lustros antes Jesús predicaba a los pescadores, son testigos de la san-grienta lucha. A fines del mes de octubre del año 67 toda Galilea queda arrollada. Entre los prisioneros va también Josefo, el generalísimo. Le cargan de cadenas y, a partir de aquel momento, desde el cuartel general de Vespasiano contempla, por orden de éste, todo el desarrollo de la campaña. Seis mil judíos son llevados como esclavos a Corinto para la construcción del canal. Muerte de Nerón A principios del próximo año la derrota de los revoltosos de Judea sigue progresando. En medio de la lucha se recibe una noticia que, de momento, la suspende : ¡Nerón se ha suicidado! En Roma estalla la guerra civil. Vespasiano espera el desarrollo de los acontecimientos. Uno después de otro, tres césares sin importancia pierden la soberanía y la vida. Finalmente, actúan las legiones del Oriente: un año después de la muerte de Nerón resuena en Egipto, en Siria, en Palestina, en todas partes del Occidente, el grito de: ¡Vivat Caesar! Vespasiano se convierte en el señor del Imperio romano. Desde Cesarea, en la costa de Palestina, donde recibe la noticia, se traslada a Roma, dejando a su hijo Tito el desarrollo del último acto de la guerra con los judíos. Poco antes de la luna llena de la primavera del año 70, Tito con formidables fuerzas, se halla ante Jerusalén. Por todos los caminos y sendas avanzan tantas columnas en dirección a la ciudad como jamás las había visto Judea. Consistían en las legiones 5ª, 10ª, 12ª y 15ª, acompañadas de fuerzas de caballería, de exploradores y de otras fuerzas auxiliares, formando un total de casi 80.000 hombres. La Ciudad Santa está llena de gente: peregrinos de cerca y de lejos acuden a ella para celebrar la fiesta de Pascua. Se promueven discusiones entre los elementos extremistas de los «celotes» y los moderados en las reuniones sagradas y se ocasionan muertos y heridos. Entre tanto, los romanos van estableciendo sus campamentos alrededor de la ciudad. La intimación a rendirse es recibida con risas sarcásticas. Tito contesta dando la orden de asalto. La artillería romana, formada por los scorbio-nes, los incendiarios rápidos, los ballistae, los honderos, empiezan su cometido. Cada uno de esos pesados medios de lucha arroja piedras de un quintal de peso a 185 metros de distancia. En el lado norte atacan los exploradores el talón de Aquiles de la fortaleza. Por los lados correspondientes al sur, al este y al oeste, las vertientes del valle protegen el baluarte. Por esto, la parte del norte está extraordinarimente defen-dida por tres líneas de murallas. La gran amenaza Las catapultas y los arietes empiezan a actuar en forma amenazadora y, promoviendo un ruido infernal, dan comienzo a su obra destructora en los fundamentos. Sólo cuando caen grandes piedras sobre la ciudad, cuando, tanto de día como de noche, resuena el bronco ruido de los arie-tes, termina la lucha fratricida en la fortaleza. Los rivales concier-tan la paz. De los jefes de los partidos, Simón Bar Giora, el moderado, recibe el encargo de defender el frente Norte, mientras Juan de Gishala, el celote, defenderá la parte corres-pondiente al templo y a ‘ la torre Antonia. A principios de mayo, las máquinas de guerra de los sitiadores han abierto, en dos semanas, una gran brecha en el muro Norte. Después de otros cinco días los romanos penetran por un segundo boquete. Un decidido contraataque hace que los sitiados se apoderen de nuevo de la muralla. Pasan muchos días antes de que los romanos puedan reconquistarla. Entonces el arrabal Norte queda firmemente en poder de éstos. Convencido de que Jerusalén, en vista de tan precaria situación, se rendirá, Tito suspende el asalto. El grandioso espectáculo de una gran parada militar a la vista de los sitiados les hará entrar en razón seguramente. Los romanos se despojan de sus vestiduras gue-rreras, pulen sus uniformes de gala. Los legionarios visten sus corazas, correajes y yelmos. La caballería adorna a sus corceles con sus mejores arneses y sillas de montar y entre el claro sonar de las trompetas desfilan millares de soldados ante Tito y en presencia de los sitiados reciben su soldada y una espléndida comida. Durante cuatro largos días retumba desde primeras horas de la mañana hasta la puesta del sol el paso de marcha de las columnas romanas, acostumbradas a la victoria. No se rinden Todo en vano. Apretujadas las gentes sobre las antiguas murallas, en la parte norte del tem-plo, sobre todos los terrados, sólo dan muestras de animosidad. Demostración inútil: los sitiados no piensan rendirse. Tito realiza un último intento para hacerles desistir de su propósito. Manda a su prisionero Flavio Josefo, al generalísimo judío de Galilea, bajo las murallas de la fortaleza. La voz de Josefo clama, dirigiéndose a lo alto: -¡Oh, gentes duras de corazón!, arrojad vuestras armas, tened compasión de vuestra tierra, que está a punto de caer en un precipicio. Mirad a vuestro alrededor y contemplad la belleza de lo que pretendéis traicionar. ¡Qué hermosa ciudad! ¡Qué templo! ¡Cuántos regalos de tantas naciones! ¿Quién se atreverá a dejar que todo esto sea pasto de la acción destructora de las llamas? ¿Es que habrá alguien que pueda desear que tanto esplendor desaparezca? Nada hay más precioso que conservar estos tesoros. ¡Seres obstinados, insensibles como las piedras!... Con conmovedoras palabras recuerda Josefo los grandes hechos de la Antigüedad, los patriar-cas, la historia, la misión de Israel. Pero todo en vano... Sus ruegos y sus exhortaciones encuentran oídos sordos. La lucha es reemprendida desde la segunda muralla, dirigiéndose en forma avasalladora contra la fortaleza Antonia. A través de las calles del arrabal, el frente se traslada al barrio donde se halla el templo y la ciudad alta. Los exploradores practican brechas para el asalto; las tropas auxiliares acuden de todas partes trayendo troncos de árbol. Los romanos utilizan todos los recursos de la técnica propia del asedio de ciudades. Los trabajos preparatorios experimentan continuas dilaciones debido a los intentos de estorbarlos que oponen los sitiados. Aparte de salidas desesperadas, las estructuras de madera de las máquinas de asedio, cuando casi están terminadas son pasto de las llamas. Al empezar la noche el campamento romano se ve rodeado de sombras que llegan a él por pasos subterráneos, saliendo de escondrijos o arrastrándose por encima de las murallas. Miles de crucificados Tito dicta órdenes represivas contra los hambrientos y maleantes que merodean por el campamento romano. Aquel que es sorprendido por aquellos lugares -buscadores de víveres, merodeadores o desertores- será crucificado. Diariamente sus soldados clavan en la cruz, a la vista de la ciudad, un promedio de quinientos individuos. Poco a poco se va formando alrededor de la ciudad un bosque de cruces, hasta que la falta de madera pone fin al terrible espectáculo. Uno tras otro, todos los árboles fueron cayendo para construir cruces, rampas para el asalto y escaleras o para ser consumidos como leña en las fogatas de los campamentos. Los romanos, al llegar, encontraron, una campiña preciosa. Pero ahora han desaparecido los viñedos, los huertos, la riqueza en higueras y en olivos; ni siquiera el monte Olivete proporciona sombra. Sobre el desolado y desnudo paisaje se siente un olor nauseabundo e insoportable. Arrojados por los sitiados por encima de los parapetos, se acumulan a millares ante las murallas los cadáveres de los que murieron de hambre y de los guerreros que cayeron en la lucha. ¡ No hay, manera de enterrarlos en forma conveniente! «Ningún extranjero que haya visitado la Judea y haya visto los bellos alrededores de su capital y ahora contemple esta desolación -se lamenta Josefo- podrá contener sus lágrimas ni sus lamentos ante cambio tan terrible. Pues la gue-rra ha trocado toda -belleza en desierto. Y nadie que conociese estos lugares, por haberlos visto anteriormente, los podría reconocer». Hambre acuciante Para poder estrechar el cerco de la ciudad, Tito ordena la construcción de una obra llamada circumvallatio. Trabajando día y noche, se va formando alrededor de Jerusalén una muralla a base de tierra, reforzada por medio de trece construcciones fortificadas y vigiladas por una cadena de puestos de observación. Si hasta entonces de noche, a través de túneles y de sendas escondidas, podían entrar algunos víveres en la ciudad, ahora este precario avitua-llamiento resultaba imposible debido a esta muralla de tierra. El espectro del hambre se va adueñando de la ciudad, tan superpoblada de peregrinos; la muerte realiza terribles estragos. El afán de encontrar algo para comer, sea lo que sea, ya no conoce límites y ahoga todo sentimiento humanitario. «El hambre, cada vez más acuciante, daba cuenta de familias enteras. Las terrazas estaban llenas de mujeres y de niños desfallecidos, las callejuelas obstruidas por los cadáveres de los ancianos. Los niños y los jóvenes, enflaquecidos como fantasmas, vagaban de aquí para allá hasta que caían. Tan agotados estaban, que ya ni siquiera tenían ánimos para enterrar a sus muertos. Al hacerlo caían desvanecidos sobre los cadáveres. La miseria era espantosa. Apenas aparecía por alguna parte el indicio de un comestible, empezaba en seguida una lucha terrible para apo-derarse de él, y los mejores amigos peleaban entre sí a brazo partido para alcanzarlo y se arrancaban de las manos las cosas menos valiosas. Ni querían creer que los moribundos no dispusiesen de algún alimento. Los ladrones se arrojaban encima de ellos, los sacudían febrilmente buscando entre sus ropas algo de valor. Esos bandidos iban de un lado para otro cual perros rabiosos y golpeaban ebrios las puertas de las casas. En su desesperación irrumpían y registraban la misma casa tres veces durante el mismo día. Su hambre era tan insoportable, que les obligaba a masticar cualquier cosa. Reco-gían lo que ni los perros vagabundos hubieran querido remover ni mucho menos comer. Hacía ya tiempo que habían empezado a masticar sus sandalias y sus cinturones y hasta el cuero de sus jubones. El heno seco servía de alimento a muchos, y hasta había quien recogía tallos y vendía a peso una pequeña cantidad de ellos por cuatro dracmas áticas. Sucesos sin igual Pero, ¿por qué estaré describiendo estas vergonzosas indignidades que el hambre hizo co-meter a los hombres, haciéndoles devorar cosas tan absurdas?», se pregunta Flavio Josefo en su obra sobre la guerra en Judea. «Estoy hablando de unos sucesos que no tienen igual en ninguna historia, ni entre los griegos ni entre los bárbaros. Es horrible tener que mencionar tales cosas, y parecen imposibles cuando se oyen relatar. De buena gana hubiese pasado por encima de esta desgracia nuestra para no adquirir la fama de relatar cosas que han de parecer tan deshonrosas a la posteridad. Pero hubo demasiados testigos presenciales de ellas en mi época. Y, además, mi tierra no tendría motivo para estarme agradecida si callase la miseria que sufrió en esta época». Josefo, cuya familia estaba entre los sitiados, no se horrorizaba ni ante los relatos del inhumano comportamiento, lo cual prueba que el hambre empezaba a turbar la razón de los si-tiados. Los fanáticos recorrían las calles en busca de víveres. De una casa salía olor de asado. Los hombres penetran en seguida en su interior y se encuentran ante María, la hija de la noble familia Betezob, de la Jordania oriental, fami-lia extraordinariamente rica. Había llegado a Jerusalén para tomar parte en la fiesta de la Pascua. Los fanáticos la amenazan con la muerte si no les da el asado. Compungida, la mujer les entrega lo que piden. Petrificados contemplan aquel pedazo de carne medio consumida. ¡Era el propio hijo, recién nacido! Pronto se entera de ello toda la ciudad; la noticia trasciende a través de las murallas al campamento romano. Tito jura que cubrirá esta villanía con las ruinas de toda la ciudad. Jerusalén arrasada Muchos son los que tratan de no morir de hambre huyendo a favor de las tinieblas y experimentan una suerte igualmente terrible en manos del ejército romano. Entre las tropas auxiliares de los romanos había corrido el rumor de que los que huían de la fortaleza llevaban siempre consigo oro y piedras preciosas, que esperaban poder conservar en su poder escabulléndose de la ciudad antes del ataque final. De ser cogidos, los incautos eran asesinados, y un insaciable afán de botín inducía a abrir su cuerpo. En esta forma perecieron, en una sola noche, dos mil personas. Tito se enfurece; sin compasión hace que su caballería diezme a una unidad entera de tropas auxiliares; una orden del día establece la pena de muerte para semejante crimen. Pero no sirve de gran cosa; la dego-llación sigue su curso. Día y noche las máquinas que rompen las murallas actúan sobre el arrabal de Jerusalén. Se han abierto nuevas brechas para el asalto. Tito insiste en ir de prisa. Quiere poner lo más rápidamente fin a la terrible pesadilla. A principios de julio sus soldados se apoderan de la fortaleza Antonia. Ésta, en cuyo pavimento Jesús de Nazaret fue sentenciado a muerte, es arrasada hasta los fundamentos. Sus murallas confinan con el muro norte del Templo. Ahora le toca el turno al complejo de edifica-ciones del Templo, esa construcción poderosa, con sus galerías, balaustradas y patios. El ge-neralísimo celebra un consejo con sus oficiales. Muchos son de opinión de tratar al Templo como si fuese una fortaleza. Tito no está de acuerdo. Quiere, a ser posible, preservar aquel célebre santuario, conocido en todo el Imperio romano. Por medio de heraldos exige, por última vez, la entrega pacífica del Templo. De nuevo la contestación es negativa. Sólo entonces dirige Tito el ataque contra el recinto sagrado. Una granizada de gruesas piedras y una lluvia ininterrumpida de flechas invaden los patios del Templo. Los judíos luchan como poseídos y no ceden. En último término confían en que Yahvé les ayudará a proteger su santuario. Más de una vez los legionarios, con sus escaleras, llegan a la parte alta de los parapetos. Siempre son re-chazados. Los arietes y las catapultas resultan impotentes contra estas murallas. Es imposible quebrantar los enormes bloques de piedra utilizados en su construcción bajo el reinado de Herodes. Tito ordena incendiar las puertas de madera del templo a fin de conseguir por la fuerza la entrada al mismo. El santuario Apenas han sido éstas reducidas a cenizas, da orden de que el fuego sea extinguido, preparando así el paso para el asalto de los legionarios. La orden del día de Tito para el ataque dispone que el «santuario sea respetado». Pero, durante la noche, el fuego se ha extendido hasta el peristilo y los romanos tienen que ocuparse en combatirlo. Este momento propicio es aprovechado por los sitiados para lanzar sobre ellos un violento ataque. En un confuso combate cuerpo a cuerpo los legionarios rechazan a los judíos, les hacen retroceder, les persiguen a través de los patios. Durante el salvaje tumulto de los combatientes el santuario es presa de las llamas. Excitado y acuciado «uno de los soldados, sin esperar la voz de mando y sin asustarse de lo que va a hacer o quizá inducido por un impulso demoní-aco, coge una tea encendida y, subiéndose a los hombros de un camarada, la arroja a través de la ventana de oro que daba a las antecámaras situadas junto al Santísimo». Las antecámaras están revestidas de maderas preciosas antiguas y contienen objetos fácilmente inflamables que estaban destinados para los sa-crificios, entre ellos recipientes con aceite. Las llamas y las teas incendiarias encuentran inmediatamente un nuevo pábulo. Tito contempla las llamas e intenta detener el fuego. «Entonces el César dió la orden de apagar el incendio gritando a los soldados que estaban luchando y haciéndoles una señal con su diestra. Pero los soldados no le oyeron a pesar de sus gritos... y como el César no podía refrenar el ardor bélico de los combatientes y el fuego continuaba haciendo estragos, se dirigió personalmente al sagrado recinto con sus comandantes, contemplándolo con todo cuanto contenía... Pero como las llamas no habían alcanzado aún las estancias interiores, habiendo sólo reducido a escombros las exteriores, Tito pudo comprobar que gran parte del edificio podía ser aún salvado. En vista de ello hizo lo posible para convencer a los soldados de que procedieran a la extinción del incendio, dando a Liberalius, el centurión, y a uno de los individuos de su guardia personal la orden de azotar con palos a los soldados que se opusieran, arrojándoles de sus filas. Pero si grande era el entusiasmo hacia el César y grande también el temor de contravenir sus órdenes, igualmente era grande su odio hacia los judíos y el afán que sentían de luchar con ellos. La invasión final «A muchos les arrastraba, además, la esperanza de realizar un buen botín. Creían que todas esas estancias estaban repletas de oro, pues veían que, a su alrededor, todo estaba revestido de este precioso metal... Y así el santuario fue destruido sin la aprobación del César». En agosto del año 70, las legiones romanas plan-taban sus insignias en el recinto sagrado de los judíos y hacían ante ellas sus sacrificios. A pesar de que la mitad de Jerusalén se halla en poder del enemigo, a pesar de que de las ruinas del Templo se elevan al cielo las columnas de humo del incendio, los fanáticos judíos se entregan. Juan de Gishala, con una gran multitud, desaloja el recinto del Templo y se refugia en la parte alta de la ciudad, situada en la colina del Oeste. Otros huyen hacia el palacio de Herodes, cuyas torres son macizas. De nuevo tiene que poner en juego Tito sus secciones de exploradores, sus catapultas, sus máquinas rompemuros, toda su brillante técnica del asedio. En septiembre caen también las murallas, son conquistados los últimos baluartes; la resistencia ha sido, por fin, vencida. Asesinando y pillando, los vencedores toman posesión de la ciudad que les ha opuesto tan encarnizada resistencia que tanta sangre y tanto dinero les ha costado. «César ordenó arrasar la ciudad y el Templo. Tan sólo respetó las torres de Fasael, del Hípico y de Mariamme y una parte de las murallas de la ciudad por el lado de Occidente. Estas últimas para que sirvieran de cobijo a la guarnición que allí quedó». La legión que permaneció como guarnición durante sesenta años en aquel desolado lugar usaba la enseña Leg. X. F., lo que significaba Legio X. Fretensis. Su lugar de origen estaba situado junto al fretum Siciliense, en la vía de Sicilia. Dejaron tanto en Jerusalén como en sus alrededores miles de huellas de su presencia. Los jardineros y los hortelanos suelen encontrar aun hoy día, dentro de la tierra, baldosas con el número de la legión y el dibujo de una galera y un jabalí. Las pérdidas humanas sufridas por los judíos fueron enormemente elevadas. Durante el sitio, según los cálculos de Tácito, había 600.000 almas en la ciudad. Flavio Josefo da el número de prisioneros, sin contar a los crucificados ni a los que pudieron escapar, cifrándolos en 97.000, y añade que, en el transcurso de tres meses sólo por una puerta de la ciudad pasaron 115.000 cadáveres de judíos. Tesoros del templo En el año 71, Tito hace patente a Roma la magnitud de su victoria sobre Jerusalén en un grandioso desfile triunfal. Entre los 700 prisioneros judíos figuran encadenados Juan de Gishala y Simón Bar Giora. Con gran júbilo son contempladas dos piezas de oro puro procedentes del saqueo, el candelabro de siete brazos y la mesa de los panes de la proposición del Templo de Jerusalén, reliquias que son depositadas en el templo de la Paz en Roma. En el arco de Tito, levantado en aquella ciudad para conmemorar aquella victoria, pueden verse aún ambos objetos del culto israelita. Sobre la desolada masa de ruinas, en la cual no podían penetrar bajo pena de muerte ni los judíos ni los partidarios de Cristo, el emperador Adriano levanta una nueva colonia romana: Aelia Capitolina. La vista de una colonia extranjera en el emporio de la cultura de los judíos da lugar a nuevas rebeliones. Julio Severo es llamado de su gobierno de Britania a Judea y sofoca también los desesperados intentos realizados por los judíos, durante tres años, para volver a alcanzar la libertad. El emperador Adriano hace levantar un hipódromo, dos baños y un gran teatro. Entre las masas de escombros del santuario judío surge, como un sarcasmo, un monumento a Júpiter, y allí donde, según la tradición cristiana, se hallaba el sepulcro de Cristo, gentes extranjeras peregrinan sobre te-rrazas escalonadas para subir a un santuario dedicado a la diosa Venus. La mayor parte de los habitantes de la Tierra de Promisión que no pereció en la sangrienta guerra de los judíos de los años 66 al 70 y en la sublevación de Barkokba del 132 al 135, fueron vendidos como esclavos. «Y caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos entre todas las naciones». De los años posteriores al año 70, los arqueólo-gos ya no encuentran en Palestina edificio alguno que dé razón de Israel, ni siquiera una losa sepulcral que muestre una inscripción ju-daica. Las sinagogas fueron derribadas y hasta de la casa de Dios en Cafarnaúm no quedaron más que ruinas. La implacable mano del destino había borrado de la escena de los pueblos el papel representado por el pueblo de Israel. Mas la doctrina de Jesús que predica la unión y la mutua comprensión de los pueblos hacía ya tiempo que había empezado su victoriosa ca-rrera por el mundo. |
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