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En una audiencia dada a un
colegio romano preguntó el Papa San Pío X a un seminarista: "¿Cuántas notas
tiene la Iglesia verdadera de Cristo?". "Cuatro, Padre Santo. Es una, santa,
católica y apostólica". "¿No tiene más que estas cuatro?" "Romana", añadió el seminarista. "Justo; pero ¿cuál es la nota más evidente?". Todos callaron. Pues bien, voy a decíroslo: perseguida. Se lee en el Evangelio: "Me persiguieron a Mí y os perseguirán también a vosotros". La persecución es para nosotros, los católicos, el pan nuestro de cada día; ésta es la señal de que somos verdaderos discípulos de Jesucristo. Recordemos brevemente estas cinco notas ca-racterísticas de la Iglesia de Cristo, y reconozcamos que por ellas se distingue de todas las demás: Cinco notas 1ª La Iglesia es una y única. Cristo así lo quiso y por eso dijo en singular: "Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt. 16, 18), y quiso que fuera una en la fe, en el régimen y en los sacramentos (Ef. 4,5; Jn. 10,16). 2ª La Iglesia es santa porque Cristo, su Fundador es santo y santa su doctrina... y quienes necesitan purificación son sus miembros pecadores. 3ª La Iglesia es católica, porque Cristo quiso que fuera universal y llegara a todos los pueblos (Mt. 18,19). 4ª La Iglesia es apostólica, porque tiene su origen en los apóstoles, y el Papa y los obispos, como hemos visto, son legítimos sucesores de los apóstoles. 5ª La Iglesia es perseguida. Esta, sin duda, es la quinta nota de la Iglesia de Cristo, pues si recorremos las páginas de la historia, veremos que los sufrimientos y las persecuciones son la herencia que nos dejó, y así dijo: "A Mí me han perseguido y a vosotros os perseguirán. No es el siervo mayor que su señor" (Jn. 15,20). "Porque no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece". "Os envío como ovejas en medio de lobos;...os entregarán a los tribunales y en sus sinagogas os azotarán. Y por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y reyes, para dar testimonio ante ellos y los gentiles (Mt. 10, 16, 18). Entonces os entregarán a los tormentos y os matarán y seréis aborrecidos de todos los pueblos a causa de mi nombre" (Mt. 24,9). "En el mundo habéis de tener tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo (Jn. 16,23). Todos los que quieran vivir virtuosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones (2 Tim. 3, 12). Constante en la historia Cuando nuestro Señor dijo a Pedro en Cesarea de Filipo que era necesario ir a Jerusalén para ser crucificado, Pedro contestó -como muchos de los cristianos de nuestros días- ante la repugnancia que esta humillación le inspiraba, pues él creía que la gloria había de alcanzarse sin sufrimientos. Pedro no había comprendido que Jesús había venido a salvarnos por el camino de la cruz, que por muchas tribulaciones teníamos que entrar en el reino de Dios, y que la misma entrada de Cristo en su gloria fue conforme a las profecías: "¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria según vati-cinaron los profetas? (Lc. 22, 25-26). San Cipriano nos advierte: "Si hemos de sufrir el odio del mundo, Cristo lo sufrió antes que nosotros. Si hemos de sufrir la humillación, el destierro y los suplicios que nos impone el mundo, el Creador y Señor del mundo hubo de sufrir cosas todavía más duras". (Ep. 58,6). La persecución, esta "quinta nota" de la Iglesia católica es un misterio. Es un hecho evidente que la historia de la Iglesia es historia de persecuciones y de luchas. Aparece Cristo, Cabeza de la Iglesia, y comienza la persecución con Herodes que busca al Niño-Dios para matarle... y con persecución terminó los días que dispuso para su vida. Acaba de nacer la Iglesia y ya se la persigue después del primer Pentecostés: a Pedro y Juan (Hech. 4); el prendimiento de los apóstoles (Hech. 5, 18); dispersión de la primitiva comunidad (Hech. 8, 1 ss.); degüello de Santiago el Menor (Hech. 12, 1 ss.), siendo entonces Pedro salvado milagrosamente... Siguen las persecuciones cruentas en todos los siglos. En los tres primeros las que empezaron con Nerón el año 64 (bajo la cual fueron martirizados Pedro y Pablo) y culminaron en Diocle-ciano y Juliano el apóstata. La lista de mártires de estas persecuciones romanas es de millares y millares por mantenerse firmes en la fe. En cualquier historia de la Iglesia podrían verse las persecuciones hasta nuestro siglo en Rusia, Méjico, Cuba, España, Hungría, Yugoslavia, etc. Entre los muchísimos ejemplos que podría citar, solamente referiremos dos, que revelan las persecuciones padecidas y sufridas en todas las épocas. San Eulogio, describiendo el cuadro de Córdoba durante el dominio musulmán, dijo: "En cuanto a nosotros aunque indignos, también participamos de la gracia celestial del sufri-miento: las cárceles están llenas de clérigos; la Iglesia se ha quedado sin ministros; han cesado los himnos divinos; la araña teje su tela en los templos, silenciosos y vacíos; el canto no hace oír sus cantares; ha cesado la voz del salmista en el coro; el lector ya no lee en el púlpito la palabra de Dios, ni el diácono predica el Evangelio, ni el sacerdote desparrama el incienso en torno a los altares"... y esto ha sucedido y está sucediendo donde ha penetrado el marxismo ateo. Juliano el apóstata, en el siglo VI fue el primero que promovió una persecución incruenta, una guerra "fría" contra los discípulos del crucificado; quiso aniquilarlos moral y culturalmente. En cuanto subió al poder, excluyó a los cristianos de todos los empleos del Estado, les quitó la posibilidad de acudir a los tribunales, pues todos los pleiteantes tenían que ofrecer un sa-crificio a los dioses; les prohibió tener escuelas; les quitó sus iglesias transformándolas en templos de ídolos; apoyó el arrianismo para introducir discordia entre los cristianos... Y acaso ¿no estamos viendo parecidas escenas en medio del mundo cristiano de hoy?... Pruebas de Dios Cuando vemos estos y otros hechos parecidos que revelan los sufrimientos, herencia de la Iglesia de Cristo, no faltan quienes pongan sus objeciones a la manera de obrar del mismo Cristo; pero con San Agustín podemos salir al paso, diciendo: "Hay hombres necios que dicen: ¿No podría la Sabiduría de Dios salvar de otra manera a los hombres que tomando forma humana, naciendo de una mujer y padeciendo tanto por los pecadores? A estos tales les respondemos: Se-guramente podía; pero aunque hubiese obrado de distinta manera, no por ello desistiríais vosotros, en vuestra necedad, de poner objeciones" (De agon. Christ. 11,12). No hay duda que los sufrimientos son pruebas enviadas por Dios a los hombres y a su Iglesia; pero Jesucristo nos enseña a su vez por el apóstol "que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros" (Rom. 8, 18) y El llama "bienaventurados a los que padecen persecución por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando los hombres por mi causa os persi-guieren... Alegraos entonces y regocijaos, porque será muy grande vuestra recompensa en el cielo" (Mt. 5, 10-12). No es, pues, de extrañar que santa Teresa del Niño Jesús, después de haber oído referir a la Madre Priora las persecuciones habidas en Francia contra la religión, dijera a una novicia: "Vivimos en una época de mártires. Se-guramente correrá sangre. ¡Qué dicha si fuera la nuestra!" En conclusión: bien podemos decir que las persecuciones y los sufrimientos de las almas, son nota característica de la Iglesia. Ninguna de las sectas ni de las comunidades no católicas, se puede vanagloriar de haber sido perse-guida como la Iglesia católica. El recuerdo del gran número de cristianos inmolados por la fe estaba sin duda hondamente impreso en el ánimo de un mártir africano, Montano, que dirigiendo al pueblo sus postreras recomendaciones, dijo a los herejes esta frase: "¡Enséñeos la multitud de mártires dónde está la Iglesia verdadera! La Iglesia católica difundida ampliamente por todo el orbe, frustrando los ataques de los adversarios en los tiempos antiguos, se ha forta-lecido más y más, no resistiendo, sino sufriendo" (san Agustín). Perdurable e indestructible A la Iglesia de Cristo se le ha atacado en todas las épocas de múltiples maneras: con las persecuciones, con la calumnia, con la mentira... Nunca han de faltar en el mundo nuevos fariseos que llamen a Jesucristo en persona de sus ministros, blasfemo, alborotador del pueblo, sedicioso y enemigo del César... Durante los años de la persecución contra la Iglesia por Juliano el Apóstata el gran San Ata-nasio pronunció con calma esta frase: "Es una nubecilla que pasará". "Todo va pasando delante del catolicismo; las cosas que están en el tiempo y el tiempo mismo: él sólo no pasa; en donde Dios le puso, allí se está, inmóvil en medio de los grandes torbe-llinos que levante el universal movimiento: él sólo vive con vida propia, en este mundo de vida prestada". (Balmes). "La Iglesia no será vencida, ni destruida, ni sucumbirá a ninguna tentación, mientras duren los siglos; y después de esta vida temporal nos recibirán aquellas moradas eternas hacia los cuales nos conduce el que es nuestra esperanza" (san Agustín). No faltan hoy quienes hablen mal del Papa y de los obispos. Son los enemigos de la Iglesia católica, y suelen hablar con menosprecio del Pontificado, porque ha habido algunos Papas malos; pero diremos como el abate Darras: "Al considerar la historia de dos o a lo más tres Pontífices que entre los existentes han manchado su honor personal con faltas graves, es menester ver el dedo de la Providencia, que permite flaquezas hasta en el trono pontificio. Pero es muy cierto que jamás ha sido alterado el sagrado depósito de la fe". Es verdad que entre los 265 Papas que ha habido, sí hubo algunos que no estuvieron a la altura de su dignidad (algunos apuntan hasta diez, máxime en la "edad de hierro"), es una prueba más para decir que ésta es una institución divina que los hombres no han podido hacer desaparecer. Pero también diremos que no es menos cierto que sus faltas se suelen exagerar sobremanera, y que no hay estado ninguno en la tierra, donde se hallen tan grandes santos y hombres de elevado carácter, hombres tan sabios, tan ilustres e irreprensibles y tan grandes bienhechores de la Humanidad, como el Pontificado romano. Antorchas de saber ¿Quién no admira la sabiduría y santidad de los Papas en estos tiempos que hemos conocido, como el recordado Juan Pablo II? Todos ellos han brillado como antorchas de saber, y en sus numerosas encíclicas señalan y enseñan a resolver todas las dificultades que aquejan a la sociedad contemporánea. El autor de la primera rebeldía contra Dios fue Satanás, y sin duda él es el que hace que haya enemigos de la Iglesia que ataquen al Papa, a los obispos y sacerdotes porque son "columnas" que representan "la persona" y el poder del mismo Cristo, y no nos debe extrañar que, aunque están investidos de una gran dignidad divina, no dejan de ser hombres y pueden te-ner sus debilidades; pero hay que reconocer que tienen unos poderes, que por no depender de su santidad personal si no de Cristo en virtud del sacramento del Orden, ellos los ejercitan "en persona de Cristo", es decir, "la validez de los sacramentos no queda comprometida aunque los confiera un ministro indigno" (Dz. 672) y en pecado mortal (Dz 855) o se trate de un hereje (Dz 860) con tal que guarde la debida materia y forma y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia". Por tanto, cuando el sacerdote bautiza es Cristo el que bautiza, y cuando absuelve, es Cristo el que absuelve y perdona, y cuando él dice: "Esto es mi cuerpo", es Cristo el que consagra, porque obra "en persona de Cristo" y con palabras suyas... Digámoslo claramente: grande es la dignidad del sacerdote, y ésta, como dice San Pío X, requiere gran santidad de vida... y si es grande esta dignidad, dice San Jerónimo: "pero su ruina también es grande si pecan. Alegrémonos por su elevación, pero temblemos por sus culpas". Sepamos rezar por ellos y tapar sus faltas con el manto de la caridad. "Es preciso decir la verdad entera, puesto que la gloria de nuestra Iglesia está demasiado alta para que ni aun en parte mínima se enturbie o menoscabe por la prevaricación e iniquidad de algunos ministros indignos". (Menéndez Pelayo). Roca de Cristo En consecuencia. Con lo dicho queda de-mostrado que la Iglesia no es un invento de los curas ni de los obispos, sino que es la gran obra de Cristo y porque haya uno o varios sacerdotes que tengan sus fallas como Judas en el colegio apostólico, no impide para reconocerlo así, o sea, que la Iglesia es obra divina. "La mejor prueba de la indestructibilidad de la Iglesia es el hecho de que a pesar de las múltiples faltas de los hombres, de sus jerarcas y de sus fieles, no ha perecido todavía" (Gorres). Decir "yo no creo en los curas ni en la Iglesia" sino en Jesucristo, supone gran ignorancia religiosa, y es no saber qué se requiere para ser un buen católico. Durante el "Kultur kampf" alemán se veía con frecuencia en la casa de los católicos el siguien-te cuadro: una roca en medio del mar, en medio del oleaje, y en la parte superior el Vaticano con la Iglesia de San Pedro; en la orilla unos hombres que arremangados forcejeaban con unas cuerdas y maromas, que rodeaban la Igle-sia y ellos tenían atadas a la cintura, para hacer tumbar la roca. En el fondo del cuadro el diablo mira con rencor. Su pensamiento se indica por esta inscripción: "Trabajo con mi gente hace 2.000 años para tumbar esa roca, y todos los esfuerzos han sido vanos. Vosotros, hombreci-llos, menos podréis lograrlo". Contra esta piedra colocada por Cristo Dios, ha martillado constantemente el infierno. Siempre ha saltado a pedazos el martillo sin lograr arrancar de su inmortal asiento a la piedra inconmovible, antes proporcionándole con su eterno odio la señal más acabada de su divinidad. "Pueden perseguir a la Iglesia de Cristo hasta la consumación de los siglos, mas no destruirla; pueden oprimirla, mas no quebrantarla. El motivo es porque Nuestro Señor, el Dios todopoderoso lo ha prometido, Él, cuya promesa es ley para la naturaleza" (San Jerónimo). Jesucristo nos lo ha dicho, y basta; confiemos en su palabra: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos" (Mt. 28,20). Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera. |
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