Dionisio Areopagita

San Dionisio Areopagita (siglo I) era presidente del Areópago de Atenas cuando pasó por allí predicando San Pablo apóstol. Se convirtió al cristianismo, fue ordenado obispo de Atenas por el mismo apóstol y murió en la hoguera. Su gran maestro fue Hieroteo.

Cada uno de los escogidos experimenta la atracción sobrenatural bajo la forma que mejor se adapta a su carácter. San Agustín es atraído por un libro; San Pablo, por un rayo; los Reyes Magos, por una estrella. Pues bien, San Dionisio fue atraído por un eclipse de sol.
El Doctor de la negación trascendental, aquel que para nombrar a Dios debía agotar la palabra humana y declarar luego que toda ella no bastaba a un total objeto, y hacer morir después la palabra en un silencio superior, fue llamado por un eclipse de sol. Se encontraba muy lejos del Gólgota, a orillas del Nilo, el día de la Crucifixión de Jesús, y recibió en Egipto la visita de la oscuridad.

Sombra sagrada

Comprendió que era una gran conmoción que agitaba el cielo y la tierra, y acordándose de la lección que las sombras le dieron el día del Vier-nes Santo, se refugió en la sombra sagrada para vivir por encima de los pensamientos humanos.
Después de haber escuchado la voz de la noche, oyó la palabra de San Pablo, la palabra de Hieroteo. ¡Qué hombre éste, discípulo de San Pablo, y maestro de San Dionisio! ¡Maestro de San Dionisio! ¡Qué gran título! ¡Qué hombre debía ser el hombre ante el cual San Dionisio no se atrevía a hablar, que le infundió timidez y le inclinó a aquel enorme silencio del cual no salía sino con gran esfuerzo, acusándose de salir de él, y diciendo a sus contemporáneos y a la posteridad que después de la palabra de Hie-roteo se avergonzaba de hablar!
El día en que Pablo compareció ante el Areópago de Atenas fue un día solemne en la historia Intelectual y moral del mundo. ¡Atenas! ¡Qué de recuerdos paganos despierta este nombre! Y sin embargo, el herido por el rayo en el camino de Damasco llega un día entre el Partenón y el templo de Teseo con un bastón de peregrino y su palabra. Entre el Partenón y el templo de Teseo había un altar levantado al Dios ignoto, donde parecía haberse refugiado la invencible esperanza. En la patria del error, del error sistemático, en aquella Atenas sutil, burlona y mediocre, en la capital del paganismo, el Dios desconocido se había reservado un lugar desconocido también, y San Pablo se aprovechó de él ¡San Pablo y Atenas! ¡Qué inmenso contraste! Se comprendería fácilmente a San Jerónimo hablando ante el Areópago, ¡pero a San Pablo!...

Revolución en las cosas divinas

Enemigo declarado como era de las frases hechas, de las sutilidades, de los juegos de palabras, no queriendo invocar ninguna de las cosas de la sabiduría humana, le vemos, sin embargo, en aquella Atenas que impuso su refinamiento, y su pequeñez hasta al genio gran-dioso y oriental de Platón; y ante una gente tal, lleva Pablo su palabra. Pero alguien se levanta para seguirle en nombre del Dios desconocido; y este alguien es Dionisio, aquel que se hallaba en Egipto cuando el eclipse de sol del Viernes Santo, que le hizo exclamar: "Hay en este momento alguna revolución en las cosas divinas", que más tarde escribió el Tratado de los nombres divinos, y que tal vez al oír el nombre de Dios desconocido sintió estremecerse dentro de si al espíritu que iba a arrebatarle.
Dionisio, el depositario de la ciencia griega y de la ciencia egipcia, el que llevaba dentro de sí la metafísica oriental y la occidental, se hace discípulo de Hieroteo, y cuando siendo ya San Dionisio osa abrir la boca, sólo para excusarse temblando, porque antes ha hablado Hieroteo. "Conviene -dice- rebatir un cargo que podría dirigírseme habiendo hecho mi ilustre maestro Hieroteo una admirable colección de elementos de teología, ¿debía yo escribir después de él? Si él hubiese desarrollado toda la suma teológica, ciertamente que nunca habríamos incurrido en la locura o temeridad de imaginar siquiera que podíamos hablar del mismo asunto con mayor profundidad y más divinamente que él; de ningún modo hubiéramos cometido esa bajeza con nuestro amigo y maestro a quien, después de Pablo, debemos la iniciación en la divina ciencia, y no hubiéramos intentado tomar su sitio y robarle la gloria de sus sublimes enseñanzas.
Pero como él exponía su doctrina de un modo verdaderamente elevado, como dentro de una sola palabra ponía muchas cosas destinadas a las grandes inteligencias, nosotros hemos recibido orden de desarrollar a los ojos de los humildes y de los débiles los pensamientos que nos dejó su genio portentoso. Os mandé su libro, y me lo devolvisteis declarando que va más allá de los ordinarios alcances. Y efectivamente, yo lo considero como guía de espíritus va muy adelantados en la perfección, que viene inmediatamente después de los oráculos de los Apóstoles y que debe reservarse a los hombres superiores".

La obra de Hieroteo

¿Quién era, pues, éste hombre, quién era este filósofo ante quien Dionisio no es más que un maestro elemental, un vulgarizador que pone aquellas cosas sublimes al alcance de las multitudes? Y si se contaran los espíritus que en la tierra hay capaces de comprender, aun remotamente, a tal vulgarizador, la cuenta estaría bien pronto probada. San Dionisio hizo bien en hablar; en vez de disminuir la gloria de su maestro, lo que hizo fue conservar para siempre su recuerdo, que de otro modo se hubiera perdido, pues las obras de Hieroteo desaparecieron en gran parte, como si la tierra no fuese digna de guardarlas. Por Dionisio conocemos la sustancia de ellas, pues la doctrina de Hieroteo ha sido estudiada, analizada y desarrollada por su gran discípulo.
Jesucristo había abandonado la tierra dejando su Madre a San Juan. Dionisio quiso ver a la Virgen; Pablo le recomendó a ella y la Virgen lo recibió, en Efeso probablemente. Al narrar esta entrevista dice: "he tenido que hacer un es-fuerzo para acordarme de que no hay más que un Dios; he tenido que hacer un esfuerzo para no caer de rodillas adorando a la criatura".

Tránsito de la Virgen María

Algún tiempo después María, madre de Dios, murió en presencia de los Apóstoles. Esta reu-nión extraordinaria de doce hombres que se hallaban dispersos por el mundo presenta un carácter notable en el que no se ha fijado quizás bastante la atención. ¡Qué singular solemnidad! Aquellos pescadores galileos, convertidos de repente en oradores y taumaturgos, se dispersan por los cuatros puntos cardinales. La ráfaga que los lleva a la vez a Oriente y a Occidente: a Roma, a Persia y a la India. Aquél que se arredró ante las chanzas de una sirvienta, va a morir, muy pronto crucificado cabeza abajo. Parten... y por un momento vuelven. Suspen-den un instante su gigantesca empresa. Rei-naría entonces Calígula, o Claudio, o ya Nerón, pues no se sabe el año en que esto pasó. Aquella mujer obscura de quien ni los reyes ni los pueblos tienen noticia, va a morir en Efeso. El rumor de ello se esparce misteriosamente, y elevado en alas de no sé qué ave, llega a los extremos del mundo. María va a morir, y los Apóstoles acuden y con ellos Hieroteo y Dionisio.
El recuerdo de la muerte de María y de las palabras pronunciadas alrededor suyo por los apóstoles reunidos, despierta en San Dionisio aquella admiración fiel, perenne, entusiasta, del discípulo por el maestro: admiración conmovedora Y así diríamos hundida, que hace que el Areopagita se excuse y tribute repetido homenaje y procure eclipsarse ante su maestro cada vez que el nombre de éste sale de su pluma. Así Dice: "Me he abstenido escrupulosamente de referirme en modo alguno a aquellos puntos que nuestro glorioso maestro explicó con claridad, porque nunca quiero tocar de lo que Él haya dicho, pues toda palabra sienta mal, después de la suya.
"Él brillaba entre nuestros pontífices más ins-pirados, como lo experimentasteis cuando vos y yo llegamos a contemplar aquel cuerpo sagrado que había producido la vida y llevado a Dios en sí. Allí se encontraban Santiago y Pedro, jefes supremos de los teólogos; y entonces pareció que todos los pontífices, cada uno a su ma-nera, celebraban la omnipotente bondad de Dios al revestir nuestra pobre naturaleza. Entonces, después de los apóstoles, Hieroteo aventajó a todos los oradores, como arrebatado y transportado fuera de sí, profundamente conmovido por las maravillas mismas que publicaba; y fue admirado por todos los presentes, amigos y extraños, como hombre inspirado del cielo. Me atrevo a decir que Hieroteo fue el panegirista de la divinidad. Pero, ¿he de repetiros lo que se dijo en aquella gloriosa reunión, cuando, si la memoria no me engaña, he oído de vuestra boca, Timoteo, algunos fragmentos de aquellas divinas alabanzas?".

Maestro y discípulo

Y si ahora, descendiendo de estas alturas, nos fijamos en la naturaleza humana, tan propensa a denigrar aun cuando estima y admira, tan propensa a rebajar con una palabra apenas perceptible a aquél que se eleva por encima de nosotros, todavía nos sentiremos más profundamente penetrados por aquel entusiasmo humilde y ardiente virtud del cual San Dionisio se oculta y eclipsa detrás de su maestro. Pero cuanto más se oculta, más se muestra, más se rebaja; cuanto más sabe más se eleva; de modo que el lector no sabe a quién admirar más, y confunde en una común alabanza al maestro que logró hacerse un tal discípulo y al discípulo que supo llevar así el peso de un tal maestro. Porque es verdaderamente un peso, una res-ponsabilidad, una carga, la que Hieroteo confiara a Dionisio: la simplicidad, que no se contempla a sí misma, era tan necesaria para conservar fielmente aquel tesoro de doctrina, como la inteligencia que mira a la luz.
Si Hieroteo fue el metafísico de las cosas superiores, también es evidente que no se limitó a la teoría. Dionisio le caracteriza con esta hermosa frase: "Erat patiens divina". Era el "paciente de las cosas divinas". Y aquí paciente quiere decir que las experimentaba, que era sujeto de las divinas operaciones. En sus himnos sobre el amor divino hay un pasaje, citado por Dionisio, que nos da alguna luz sobre la naturaleza del pensamiento del maestro. "Por amor -dice-, por amor, sea el que sea, divino, angélico, racional, animal o instintivo, enten-demos este poder que establece y mantiene la armonía entre los seres, que inclina a los más elevados hacia aquéllos que lo son menos, que dispone a los iguales a una fraternal alianza, y prepara a los inferiores para la acción providencial de los superiores... Juntemos ahora y resumamos todos estos diversos amores en un solo amor universal, padre fecundo de todos ellos. A cierta altura aparecerá el doble amor de las almas humanas y de los espíritus angélicos, y allá, muy lejos, muy lejos, brilla y domina la causa incomprensible e infinitamente superior de todo amor, hacia la cual aspira unánime el amor de todos los seres en virtud de su propia naturaleza... Refiriendo, pues, todos estos arro-yos al manantial único, diremos que existe una fuerza simple, espontánea, que establece la unión y la armonía entre todas las cosas, desde el soberano. Bien hasta la última criatura y de allí vuelve a ascender por el mismo camino a su punto de partida, cumpliendo por sí misma, en sí misma y sobre sí misma su revolución inva-riable".
 



Una, santa, católica, apostólica y perseguida

Tales son las principales características de la Iglesia fundada por Jesucristo. La última de ellas, dice el autor, es la más destacada de todas.

En una audiencia dada a un colegio romano preguntó el Papa San Pío X a un seminarista: "¿Cuántas notas tiene la Iglesia verdadera de Cristo?". "Cuatro, Padre Santo. Es una, santa, católica y apostólica".
"¿No tiene más que estas cuatro?" "Romana", añadió el seminarista. "Justo; pero ¿cuál es la nota más evidente?". Todos callaron. Pues bien, voy a decíroslo: perseguida. Se lee en el Evangelio: "Me persiguieron a Mí y os perseguirán también a vosotros". La persecución es para nosotros, los católicos, el pan nuestro de cada día; ésta es la señal de que somos verdaderos discípulos de Jesucristo.
Recordemos brevemente estas cinco notas ca-racterísticas de la Iglesia de Cristo, y reconozcamos que por ellas se distingue de todas las demás:

Cinco notas

1ª La Iglesia es una y única. Cristo así lo quiso y por eso dijo en singular: "Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt. 16, 18), y quiso que fuera una en la fe, en el régimen y en los sacramentos (Ef. 4,5; Jn. 10,16).

2ª La Iglesia es santa porque Cristo, su Fundador es santo y santa su doctrina... y quienes necesitan purificación son sus miembros pecadores.

3ª La Iglesia es católica, porque Cristo quiso que fuera universal y llegara a todos los pueblos (Mt. 18,19).
4ª La Iglesia es apostólica, porque tiene su origen en los apóstoles, y el Papa y los obispos, como hemos visto, son legítimos sucesores de los apóstoles.

5ª La Iglesia es perseguida. Esta, sin duda, es la quinta nota de la Iglesia de Cristo, pues si recorremos las páginas de la historia, veremos que los sufrimientos y las persecuciones son la herencia que nos dejó, y así dijo: "A Mí me han perseguido y a vosotros os perseguirán. No es el siervo mayor que su señor" (Jn. 15,20). "Porque no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece". "Os envío como ovejas en medio de lobos;...os entregarán a los tribunales y en sus sinagogas os azotarán. Y por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y reyes, para dar testimonio ante ellos y los gentiles (Mt. 10, 16, 18). Entonces os entregarán a los tormentos y os matarán y seréis aborrecidos de todos los pueblos a causa de mi nombre" (Mt. 24,9).
"En el mundo habéis de tener tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo (Jn. 16,23). Todos los que quieran vivir virtuosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones (2 Tim. 3, 12).

Constante en la historia

Cuando nuestro Señor dijo a Pedro en Cesarea de Filipo que era necesario ir a Jerusalén para ser crucificado, Pedro contestó -como muchos de los cristianos de nuestros días- ante la repugnancia que esta humillación le inspiraba, pues él creía que la gloria había de alcanzarse sin sufrimientos.
Pedro no había comprendido que Jesús había venido a salvarnos por el camino de la cruz, que por muchas tribulaciones teníamos que entrar en el reino de Dios, y que la misma entrada de Cristo en su gloria fue conforme a las profecías: "¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria según vati-cinaron los profetas? (Lc. 22, 25-26).
San Cipriano nos advierte: "Si hemos de sufrir el odio del mundo, Cristo lo sufrió antes que nosotros. Si hemos de sufrir la humillación, el destierro y los suplicios que nos impone el mundo, el Creador y Señor del mundo hubo de sufrir cosas todavía más duras". (Ep. 58,6).
La persecución, esta "quinta nota" de la Iglesia católica es un misterio. Es un hecho evidente que la historia de la Iglesia es historia de persecuciones y de luchas.
Aparece Cristo, Cabeza de la Iglesia, y comienza la persecución con Herodes que busca al Niño-Dios para matarle... y con persecución terminó los días que dispuso para su vida. Acaba de nacer la Iglesia y ya se la persigue después del primer Pentecostés: a Pedro y Juan (Hech. 4); el prendimiento de los apóstoles (Hech. 5, 18); dispersión de la primitiva comunidad (Hech. 8, 1 ss.); degüello de Santiago el Menor (Hech. 12, 1 ss.), siendo entonces Pedro salvado milagrosamente...
Siguen las persecuciones cruentas en todos los siglos. En los tres primeros las que empezaron con Nerón el año 64 (bajo la cual fueron martirizados Pedro y Pablo) y culminaron en Diocle-ciano y Juliano el apóstata. La lista de mártires de estas persecuciones romanas es de millares y millares por mantenerse firmes en la fe. En cualquier historia de la Iglesia podrían verse las persecuciones hasta nuestro siglo en Rusia, Méjico, Cuba, España, Hungría, Yugoslavia, etc.
Entre los muchísimos ejemplos que podría citar, solamente referiremos dos, que revelan las persecuciones padecidas y sufridas en todas las épocas.
San Eulogio, describiendo el cuadro de Córdoba durante el dominio musulmán, dijo: "En cuanto a nosotros aunque indignos, también participamos de la gracia celestial del sufri-miento: las cárceles están llenas de clérigos; la Iglesia se ha quedado sin ministros; han cesado los himnos divinos; la araña teje su tela en los templos, silenciosos y vacíos; el canto no hace oír sus cantares; ha cesado la voz del salmista en el coro; el lector ya no lee en el púlpito la palabra de Dios, ni el diácono predica el Evangelio, ni el sacerdote desparrama el incienso en torno a los altares"... y esto ha sucedido y está sucediendo donde ha penetrado el marxismo ateo.
Juliano el apóstata, en el siglo VI fue el primero que promovió una persecución incruenta, una guerra "fría" contra los discípulos del crucificado; quiso aniquilarlos moral y culturalmente. En cuanto subió al poder, excluyó a los cristianos de todos los empleos del Estado, les quitó la posibilidad de acudir a los tribunales, pues todos los pleiteantes tenían que ofrecer un sa-crificio a los dioses; les prohibió tener escuelas; les quitó sus iglesias transformándolas en templos de ídolos; apoyó el arrianismo para introducir discordia entre los cristianos... Y acaso ¿no estamos viendo parecidas escenas en medio del mundo cristiano de hoy?...

Pruebas de Dios

Cuando vemos estos y otros hechos parecidos que revelan los sufrimientos, herencia de la Iglesia de Cristo, no faltan quienes pongan sus objeciones a la manera de obrar del mismo Cristo; pero con San Agustín podemos salir al paso, diciendo:
"Hay hombres necios que dicen: ¿No podría la Sabiduría de Dios salvar de otra manera a los hombres que tomando forma humana, naciendo de una mujer y padeciendo tanto por los pecadores? A estos tales les respondemos: Se-guramente podía; pero aunque hubiese obrado de distinta manera, no por ello desistiríais vosotros, en vuestra necedad, de poner objeciones" (De agon. Christ. 11,12).
No hay duda que los sufrimientos son pruebas enviadas por Dios a los hombres y a su Iglesia; pero Jesucristo nos enseña a su vez por el apóstol "que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros" (Rom. 8, 18) y El llama "bienaventurados a los que padecen persecución por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando los hombres por mi causa os persi-guieren... Alegraos entonces y regocijaos, porque será muy grande vuestra recompensa en el cielo" (Mt. 5, 10-12).
No es, pues, de extrañar que santa Teresa del Niño Jesús, después de haber oído referir a la Madre Priora las persecuciones habidas en Francia contra la religión, dijera a una novicia: "Vivimos en una época de mártires. Se-guramente correrá sangre. ¡Qué dicha si fuera la nuestra!"
En conclusión: bien podemos decir que las persecuciones y los sufrimientos de las almas, son nota característica de la Iglesia. Ninguna de las sectas ni de las comunidades no católicas, se puede vanagloriar de haber sido perse-guida como la Iglesia católica.
El recuerdo del gran número de cristianos inmolados por la fe estaba sin duda hondamente impreso en el ánimo de un mártir africano, Montano, que dirigiendo al pueblo sus postreras recomendaciones, dijo a los herejes esta frase: "¡Enséñeos la multitud de mártires dónde está la Iglesia verdadera!

La Iglesia católica difundida ampliamente por todo el orbe, frustrando los ataques de los adversarios en los tiempos antiguos, se ha forta-lecido más y más, no resistiendo, sino sufriendo" (san Agustín).

Perdurable e indestructible

A la Iglesia de Cristo se le ha atacado en todas las épocas de múltiples maneras: con las persecuciones, con la calumnia, con la mentira... Nunca han de faltar en el mundo nuevos fariseos que llamen a Jesucristo en persona de sus ministros, blasfemo, alborotador del pueblo, sedicioso y enemigo del César...
Durante los años de la persecución contra la Iglesia por Juliano el Apóstata el gran San Ata-nasio pronunció con calma esta frase: "Es una nubecilla que pasará".
"Todo va pasando delante del catolicismo; las cosas que están en el tiempo y el tiempo mismo: él sólo no pasa; en donde Dios le puso, allí se está, inmóvil en medio de los grandes torbe-llinos que levante el universal movimiento: él sólo vive con vida propia, en este mundo de vida prestada". (Balmes).
"La Iglesia no será vencida, ni destruida, ni sucumbirá a ninguna tentación, mientras duren los siglos; y después de esta vida temporal nos recibirán aquellas moradas eternas hacia los cuales nos conduce el que es nuestra esperanza" (san Agustín).
No faltan hoy quienes hablen mal del Papa y de los obispos. Son los enemigos de la Iglesia católica, y suelen hablar con menosprecio del Pontificado, porque ha habido algunos Papas malos; pero diremos como el abate Darras: "Al considerar la historia de dos o a lo más tres Pontífices que entre los existentes han manchado su honor personal con faltas graves, es menester ver el dedo de la Providencia, que permite flaquezas hasta en el trono pontificio. Pero es muy cierto que jamás ha sido alterado el sagrado depósito de la fe".
Es verdad que entre los 265 Papas que ha habido, sí hubo algunos que no estuvieron a la altura de su dignidad (algunos apuntan hasta diez, máxime en la "edad de hierro"), es una prueba más para decir que ésta es una institución divina que los hombres no han podido hacer desaparecer. Pero también diremos que no es menos cierto que sus faltas se suelen exagerar sobremanera, y que no hay estado ninguno en la tierra, donde se hallen tan grandes santos y hombres de elevado carácter, hombres tan sabios, tan ilustres e irreprensibles y tan grandes bienhechores de la Humanidad, como el Pontificado romano.

Antorchas de saber

¿Quién no admira la sabiduría y santidad de los Papas en estos tiempos que hemos conocido, como el recordado Juan Pablo II? Todos ellos han brillado como antorchas de saber, y en sus numerosas encíclicas señalan y enseñan a resolver todas las dificultades que aquejan a la sociedad contemporánea.
El autor de la primera rebeldía contra Dios fue Satanás, y sin duda él es el que hace que haya enemigos de la Iglesia que ataquen al Papa, a los obispos y sacerdotes porque son "columnas" que representan "la persona" y el poder del mismo Cristo, y no nos debe extrañar que, aunque están investidos de una gran dignidad divina, no dejan de ser hombres y pueden te-ner sus debilidades; pero hay que reconocer que tienen unos poderes, que por no depender de su santidad personal si no de Cristo en virtud del sacramento del Orden, ellos los ejercitan "en persona de Cristo", es decir, "la validez de los sacramentos no queda comprometida aunque los confiera un ministro indigno" (Dz. 672) y en pecado mortal (Dz 855) o se trate de un hereje (Dz 860) con tal que guarde la debida materia y forma y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia".
Por tanto, cuando el sacerdote bautiza es Cristo el que bautiza, y cuando absuelve, es Cristo el que absuelve y perdona, y cuando él dice: "Esto es mi cuerpo", es Cristo el que consagra, porque obra "en persona de Cristo" y con palabras suyas...
Digámoslo claramente: grande es la dignidad del sacerdote, y ésta, como dice San Pío X, requiere gran santidad de vida... y si es grande esta dignidad, dice San Jerónimo: "pero su ruina también es grande si pecan. Alegrémonos por su elevación, pero temblemos por sus culpas". Sepamos rezar por ellos y tapar sus faltas con el manto de la caridad.
"Es preciso decir la verdad entera, puesto que la gloria de nuestra Iglesia está demasiado alta para que ni aun en parte mínima se enturbie o menoscabe por la prevaricación e iniquidad de algunos ministros indignos". (Menéndez Pelayo).

Roca de Cristo

En consecuencia. Con lo dicho queda de-mostrado que la Iglesia no es un invento de los curas ni de los obispos, sino que es la gran obra de Cristo y porque haya uno o varios sacerdotes que tengan sus fallas como Judas en el colegio apostólico, no impide para reconocerlo así, o sea, que la Iglesia es obra divina.
"La mejor prueba de la indestructibilidad de la Iglesia es el hecho de que a pesar de las múltiples faltas de los hombres, de sus jerarcas y de sus fieles, no ha perecido todavía" (Gorres). Decir "yo no creo en los curas ni en la Iglesia" sino en Jesucristo, supone gran ignorancia religiosa, y es no saber qué se requiere para ser un buen católico.
Durante el "Kultur kampf" alemán se veía con frecuencia en la casa de los católicos el siguien-te cuadro: una roca en medio del mar, en medio del oleaje, y en la parte superior el Vaticano con la Iglesia de San Pedro; en la orilla unos hombres que arremangados forcejeaban con unas cuerdas y maromas, que rodeaban la Igle-sia y ellos tenían atadas a la cintura, para hacer tumbar la roca. En el fondo del cuadro el diablo mira con rencor. Su pensamiento se indica por esta inscripción: "Trabajo con mi gente hace 2.000 años para tumbar esa roca, y todos los esfuerzos han sido vanos. Vosotros, hombreci-llos, menos podréis lograrlo".
Contra esta piedra colocada por Cristo Dios, ha martillado constantemente el infierno. Siempre ha saltado a pedazos el martillo sin lograr arrancar de su inmortal asiento a la piedra inconmovible, antes proporcionándole con su eterno odio la señal más acabada de su divinidad.
"Pueden perseguir a la Iglesia de Cristo hasta la consumación de los siglos, mas no destruirla; pueden oprimirla, mas no quebrantarla. El motivo es porque Nuestro Señor, el Dios todopoderoso lo ha prometido, Él, cuya promesa es ley para la naturaleza" (San Jerónimo).
Jesucristo nos lo ha dicho, y basta; confiemos en su palabra: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos" (Mt. 28,20).
Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.
 

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