San Judas Tadeo

Si en el cielo visible se van descubriendo estrellas, ¿por qué no se han de descubrir en el invisible?

Hay en la historia ciertos hombres a los cuales se asocia la idea de una grandeza particular y se convierten más que otros en tipos o patronos. Hay hombres que producen en el alma humana una impresión especial. Cuando se trata de la elección entre los Santos, sucede que los siglos practican un singular trabajo, poniendo sucesivamente de relieve ciertas figuras olvidadas por siglos anteriores.
San Judas es un ejemplo de este fenómeno singular. San Judas fue uno de los Doce, y, sin embargo, hay dieciocho siglos que casi nadie ha pensado en él; para los ignorantes hay en su nombre un singular equívoco, pues aunque el Evangelio dice del mismo: "Este no es el Iscariote", la ignorancia lo ha confundido con el Iscario-te, que, merced a la distracción de los hombres, ha hecho casi olvidar a aquel, a pesar de ser aquel mil veces más célebre.
Judas, en hebreo, significa alabanza; y tal es la importancia de los nombres en la Sagrada Escri-tura, que por sí solos constituyen un documento histórico, filosófico sobre los que los llevan.

Confusión

El Evangelio, al hablar de él, recalca mucho su distinción de Judas Iscariote. San Juan le de-signa por su nombre y añade: "No era el Iscarlote". En la Cena, San Judas habla para hacer esta pregunta: "Señor, ¿por qué tenéis la intención de manifesta-ros a nosotros y no a las gentes?"
A lo que respondió Jesús que eso se debía a que ellos lo a-maban, y en cambio no lo amaba el mundo, pues no guardaba sus mandamientos.
En ese momento la pregunta de San Judas Tadeo está reflejando un corazón misionero y abierto a todos los hombre. El autor del evangelio destaca la sensibilidad apostólica que le hace pedir para todos lo que sólo para ellos pareció reservado.
Quizás San Judas era, como Santo Tomás, de la raza de las Águilas, y el deseo de conocer debió ser la pasión de su inteligencia. De la misma raza es San Juan, que nos habla de San Judas y Santo Tomás. Quizás los tres forman una constelación en el cielo de los Apóstoles.
El Martirologio y el Breviario atribuyen la evangelización de Egipto a San Simón y la Mesopotamia a San Judas, quienes más tarde fueron a Persia.
El culto a San Judas, tan olvidado que casi no hay iglesia de su nombre, ha renacido hace algunos años. En la Diócesis de Besançón se obtuvieron por intercesión suya gracias extraordinarias, y desde entonces ha sido considerado como patrono de causas sin esperanza. Se le ha dedicado un oficio especial, y la devoción a él ha reaparecido en el mundo religioso. ¿No hay quizás en esto una hermosa armonía llena de promesas? Nos hallamos en una época suprema en que todo parece perdido; humanamente, todas las causas son causas perdidas. La necesidad del socorro divino, que a veces en las épo-cas de calma se oculta, ahora es evidente. Y un nuevo astro se levanta. San Judas aparece como patrono de las causas perdidas, precisamente cuando todas las cosas humanas parecen entrar en esta categoría.

El anuncio de la Buena Nueva

Lo cierto es que del espíritu misionero se derivan las correrías apostólicas de San Judas Tadeo y de su primo San Simón, con quien, luego de la Ascensión de Jesús y de la venida del Espíritu Santo, se dedican con afán a la predicación del evangelio. Según la tradición, realizaron maravillas y convirtieron a la nueva fe a numerosa gente.
San Judas Tadeo llevó el mensaje mesiánico hacia las regiones de Galilea, Judea, Asia, Egipto, Eufrates, Tigris, Libia, Samaria, Edesa y Babilonia, llegando hasta los confines de Siria y Persia.
La historia de San Simón y San Judas Tadeo habla de un tal Abdias, hebreo, y compañero de los apóstoles a quienes consagraron Obispo de Babilonia, y que luego escribió los prodigiosos trabajos que realizaron estos dos santos.
Según Abdias, los misioneros apostólicos entraron en Persia cuando Baradac, general de los ejércitos babilonios, salía en guerra contra los indios invasores. Baradac, consultó a sus adivinos sobre el resultado de su empresa, pero los demonios ante la presencia de los santos apóstoles enmudecieron. Mandó entonces Baradac que trajeran a su presencia a los santos varones, estos dieron licencia a los demo-nios para que hablaran a través de sus ministros, los cuales aseguraron que la guerra sería larga y cruenta. Tomando la palabra nuestros santos dijeron al general: todo esto es mentira. No tienes por qué temer, mañana a la hora de tercia vendrán embajadores de los indios a pedirte la paz y ponerse en tus manos. Se cumplió puntualmente la predicción de los discípulos de Cristo y el general quiso matar entonces a los sacerdotes paganos, lo que fue evitado por los apóstoles: "no hemos venido a este reino a quitar la vida a nadie, sino a darla a muchos".
Impresionaron grandemente a Baradac y al Rey, tales sucesos que autorizaron a los misioneros a predicar el evangelio de Jesús en todo el reino. Con su palabra encendida, su vida ejemplar y grandes milagros -entre otros el de volver mansos corderos a los tigres ferocísimos que sembraban el terror en la comarca-, obtuvieron innumerables conversiones. El propio Rey, su corte y Baradac, recibieron el bautismo Cristiano.
Continuando sus tareas apostólicas, San Judas Tadeo recorrió diversas regiones, en algunas de las cuales sufrió crueles persecuciones, más ello no lo detuvo para realizar numerosos prodigios y con su prédica transformó cientos de personas al cristianismo.
Entre ellos, se da el caso de Abagaro, que era príncipe de Edesa, Siria. Judas Tadeo le restituyó la salud, dado que padecía de una enfermedad incurable. Agradecido, el gobernante quiso recompensar al santo con oro y plata, que él rehusó diciéndole:
-Si dejamos nuestra hacienda, ¿cómo recibiremos la ajena?
Se admiró Abagaro al constatar tan grande menos-precio de riquezas en un hombre al parecer pobre, y fue motivo para que deseara recibir el Bautismo, no dudando que predicaba la verdad quien desdeñaba tantas riquezas.

En Persia, contra la corrupción de las costumbres

Posteriormente, transitando por numerosos caminos junto con San Simón, llegó a Persia donde todas las mujeres eran iguales "madre, tía, hermanas, sobrinas"; los muertos eran llevados a los bosques para que fueran devorados por los animales, entre otros tratos y actos que atentaban contra los valores morales y cristianos. San Judas recorrió todo el territorio, predicó corrigiendo todos los vicios y errores, logrando convertirlos a todos (cien mil habitantes); bautizó y dio la confirmación e hizo matrimonios masivos. Con la ayuda de todos levantó capillas donde el pueblo iba a rezar y a escuchar el Sermón de los Apóstoles; hizo que enterrasen a sus muertos y todos lograsen vivir felices cumpliendo con la Ley de Dios y sus principios valorativos.
Estos actos de San Judas Tadeo concitaron la envidia y el odio de los idólatras, que decidie-ron adelantarse a los Apóstoles en su peregrinaje a la próxima ciudad, Suamir.
Así fue como dos magos sacerdotes del sol y de la luna, amotinaron al populacho contra ellos con engaños y calumnias diciéndoles que habían llegado dos extranjeros que estaban quitando el culto a los dioses y que por lo tanto debían morir. Al llegar los Apóstoles fueron recibidos con gritos hostiles, golpeados sin misericordia y apresados, siendo conducidos al templo para que adorasen al Sol y la Luna.
Ellos de rodillas imploraron el poder del único Dios verdadero y al punto sobrevino un gran te-rremoto que destruyó todo el templo con sus ídolos. Los falsos sacerdotes y el populacho enfurecidos arremetieron contra los santos y los martirizaron cruelmente. Una horrible tempestad originó la muerte a gran multitud de gentiles.
Encadenados, permanecieron aprisionados hasta que al nuevo día fueron sentenciados a muerte. En las afueras de la ciudad San Simón fue muerto con golpes de mazo en la cabeza y a San Judas lo decapitaron con un hacha. Por ese motivo se lo suele representar en imágenes con un hacha en la mano, y también se lo muestra con una llama de fuego en la cabeza simbolizando que San Judas fue un apóstol que recibió al Espíritu Santo en Pentecostés.
Crónicas de la época dan cuenta de testimo-nios señalando que, en el momento en que ambos santos murieron hubo un fuerte temblor que provocó la huída de los agresores aterrorizados. Al saber la noticia Abagaro llegó con sus soldados y recogió los cuerpos, llevándolos a Babilonia.
Durante siglos sus reliquias se veneraban en Reims y en la Basílica de San Saturnino, en Toulouse (Francia), y su culto llegó a ser muy popular en Polonia, donde abundaban los Tadeos. Finalmente, sus restos fueron llevados a Roma. En la Basílica de San Pedro, sobre el costado izquierdo de la nave principal se pueden observar tres altares. El altar del medio es el más importante y debajo de él están las tumbas de los apóstoles San Simón y San Judas Tadeo.
A ambos santos se los recuerda el 28 de octubre de cada año.
Si en el cielo visible se van descubriendo estrellas, ¿por qué no se han de descubrir en el invisible? El tesoro de la Iglesia contiene muchas cosas antiguas que se nos convierten en nuevas según los movimientos y las armonías de la misericordia, de la justicia y de la gloria.



Cristianismo primitivo: exigencias y debilidad humana

Las innumerables dificultades que el creyente encontró y encuentra al esforzarse en vivir una vida coherente con sus principios, forman parte del cristianismo y de las limitaciones humanas.

La historia de la iglesia de los primeros siglos se sigue con particular interés por las dificultades que el cristianismo tuvo que superar, por el esfuerzo de organización que supo llevar a cabo, y por el espíritu que animó a la mayor parte de los fieles.
El cristianismo de estos primeros años representa la vanguardia de la iglesia militante de los tiempos venideros; tiene el sabor de lo que se estrena, aunque sólo fuera por la novedad de la gran empresa que supuso al implantar una forma de vida tan extraordinaria.
Pero hay más; muchos de sus miembros se esforzaron en hacer de la primera afirmación de la Iglesia una época de almas nobles. Los judíos y los gentiles se opusieron insistente y violentamente, al cristianismo, donde quiera que éste surgiera. La oposición gozaba de gran presti-gio, porque la historia del pueblo judío era milenaria y casi milenaria la grandeza del pueblo romano, el cual atribuía a sus dioses la propia prosperidad. A menudo, la buena fe por lo menos era innegable. No se combatía contra el cristianismo por odio hacia la religión, sino por el deseo de salvarla.
Esta fue la lucha más feroz entre las verdades parciales de la razón y de la fe, y la verdad total que se cree derivada de la revelación definitiva de Dios. El choque se disolvió perdiéndose en el tiempo y mezclándose en la vida. Los cristianos no tuvieron prisa, porque presentían todo un futuro ante sus ojos. Sufrieron los antagonismos y no se enfrentaron unos contra otros en frías fronteras doctrinales.

Protagonistas de la virtud

Quien, a tanta distancia, recorre de nuevo aquellos tiempos, ve las proporciones titánicas de aquella lucha, incluso cuando silenciosamente se escondía en el fondo de las conciencias; no faltaron las protestas públicas, los martirios numerosos, pero la mayoría pudo dar testimonio de la verdad del cristianismo, con una vida santa, siempre dispuestos a dar su sangre, para que creciera el árbol.
Aquellos fieles de entonces, mártires o no, fue-ron en su mayoría protagonistas de las virtudes cristianas, no espectadores de esfuerzos aislados. No admitieron simplemente la idea del cristianismo, sino vivieron su ideal y no se deslumbraron ante una doctrina nueva. La idea es estática, el ideal es violento, apasionado. La idea puede atraer a las masas, pero tras el ideal se opera la selección y los partidarios se depuran. Y, sin embargo, los cristianos de los tres primeros siglos, contrariamente a la regla general, fue-ron multitudes que buscaban el ideal más alto.
En sus rostros brillaba la maravilla de la verdad sustancial que poseían por la gracia, y que engendra la vida eterna en el cielo y la serenidad en la tierra; poseedores de la palabra de salvación, del mensaje de alegría que se llama justamente aevangelium.
En aquellos tiempos, la revelación divina era una sorpresa; conservaba la frescura del descubrimiento, la vivacidad del desconcierto, la aventura de una zozobra ordenada, la majestad de un hecho histórico único y enérgico. Finalmente era la luz en un mundo que ya no sabía librarse de las tinieblas. El cristianismo tuvo para los primeros cristianos el resplandor de una "perla preciosa". Por ella lo dejaron todo y vivieron con la mirada puesta únicamente en la salvación.

Espera por Jesús

Los cristianos de hoy, en su mayoría, comparados con aqueIlos, tienen una responsabilidad mayor. Viviendo dispersos en tantas direcciones, han olvidado y hacen olvidar la única cosa ne-cesaria, la única ocupación que tendría que llenar todo nuestro tiempo y nuestros recursos: la salvación individual y social. Por el contrario, los primeros siglos del cristianismo se distinguieron al mantener vivo, por encima de todas las cosas, el interés por este problema.
Otra característica de los cristianos de los tres primeros siglos ha sido la espera del fin del mundo, del retorno de Jesucristo. Es importante por el valor intrínseco que encierra. No se trató de un error intelectual, como alguien formuló, sin haber profundizado en la doctrina de la iglesia. Era un deseo incontenible que radicaba en el espíritu y se acrecentaba con las persecuciones. La vivencia de la fe, la alegría de la esperanza, el fervor de la caridad actuaban con la fuerza de la ascensión.
Las ideas cristianas se alzaban libres y emergían más allá del tiempo, sobre las antenas de la fe, de la esperanza y de la caridad. Los primeros cristianos no vivían entre el pasado y el futuro, sino que sentían el pasado y el futuro como algo actual, presente, porque Jesús permanecía entre ellos con la unidad de su obra de salvación, en la que el tiempo no tiene un significado de partes. No veían lejanos los hechos de la vida del Señor, sino que los expe-rimentaban en el momento presente dentro de ellos y entre ellos, y no menos constantes aparecían las últimas enseñanzas de Jesús, porque daban ya arranque a un desarrollo de la historia.

Solidez de fe

Ya con tal convicción, Atenágoras escribe: "permitidme levantar la voz y hablar atrevidamente, encontrándome, como estoy, en pre-sencia de emperadores filósofos. ¿Hay alguien entre los que resuelven los silogismos y los que aclaran las ambigüedades, que tenga el alma tan pura como para amar a sus propios enemigos en lugar de odiarlos, como era bendecir a aquéllos que le maldicen en lugar de respon-derles con injurias, como para rezar por aqué-llos que le quieren quitar la vida? Por el contrario, entre nosotros encontraréis gente pobre, artesanos y ancianos que sin duda no son capaces de demostrar con palabras el valor de nuestra doctrina. Pero sí con sus obras. No pronuncian arengas, pero realizan buenas acciones. Ofendidos, no devuelven las ofensas; saqueados, no denuncian; dan al que pide, aman al prójimo como a sí mismos".
Minucio Félix escribiría poco después: "nosotros no programamos grandes cosas, las hacemos".
Este argumento lo usaría con fuerza Orígenes contra Celso: "solamente el cristianismo ha sabido transformar y elevar artesanos y pobres hacia las más altas virtudes, a quienes jamás había mirado la filosofía".
Estos magníficos resultados, que cuentan con la solidez de la fe de los cristianos, se obtuvie-ron en los tres primeros siglos, cuando la Iglesia todavía no tenía las formas divinas de su orga-nización e iba reuniéndolas lentamente.

Logros del Espíritu

Por esa misma razón, esos resultados son tanto más significativos cuanto demuestran el alto grado disciplinario de los fieles en las Iglesias y la fidelidad de cada Iglesia a la universal, y el valor del espíritu. Las estructuras esenciales de la futura Iglesia habían sido dadas por Jesucristo. Pero tenía que pasar tiempo, desde la ascensión de Jesús, antes que estas trazas arquitectónicas tomaran cuerpo real.
Pues bien, siguiendo el desarrollo de la iglesia en los tres primeros siglos, se comprueba cómo el espíritu ha llevado a los cristianos a actualizar la voluntad del fundador. Tampoco hay que llegar a pensar en un contraste entre la iglesia del Espíritu y la del derecho, del dogma y de la liturgia. Hay una total correspondencia, y entusiasma ver cómo el Espíritu le ha conseguido en medio de infinitas dificultades de orden intelectual, psicológico, geográfico, étnico y político.
Hoy día, la unidad de la Iglesia se desliza por cauces visibles. En los tres primeros siglos, el único factor de unidad fue el Espíritu Santo invisible en el corazón de los cristianos y de las comunidades cristianas. Los efectos manifestaron la naturaleza divina del cristianismo.

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