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La historia de la iglesia de
los primeros siglos se sigue con particular interés por las dificultades que
el cristianismo tuvo que superar, por el esfuerzo de organización que supo
llevar a cabo, y por el espíritu que animó a la mayor parte de los fieles. El cristianismo de estos primeros años representa la vanguardia de la iglesia militante de los tiempos venideros; tiene el sabor de lo que se estrena, aunque sólo fuera por la novedad de la gran empresa que supuso al implantar una forma de vida tan extraordinaria. Pero hay más; muchos de sus miembros se esforzaron en hacer de la primera afirmación de la Iglesia una época de almas nobles. Los judíos y los gentiles se opusieron insistente y violentamente, al cristianismo, donde quiera que éste surgiera. La oposición gozaba de gran presti-gio, porque la historia del pueblo judío era milenaria y casi milenaria la grandeza del pueblo romano, el cual atribuía a sus dioses la propia prosperidad. A menudo, la buena fe por lo menos era innegable. No se combatía contra el cristianismo por odio hacia la religión, sino por el deseo de salvarla. Esta fue la lucha más feroz entre las verdades parciales de la razón y de la fe, y la verdad total que se cree derivada de la revelación definitiva de Dios. El choque se disolvió perdiéndose en el tiempo y mezclándose en la vida. Los cristianos no tuvieron prisa, porque presentían todo un futuro ante sus ojos. Sufrieron los antagonismos y no se enfrentaron unos contra otros en frías fronteras doctrinales. Protagonistas de la virtud Quien, a tanta distancia, recorre de nuevo aquellos tiempos, ve las proporciones titánicas de aquella lucha, incluso cuando silenciosamente se escondía en el fondo de las conciencias; no faltaron las protestas públicas, los martirios numerosos, pero la mayoría pudo dar testimonio de la verdad del cristianismo, con una vida santa, siempre dispuestos a dar su sangre, para que creciera el árbol. Aquellos fieles de entonces, mártires o no, fue-ron en su mayoría protagonistas de las virtudes cristianas, no espectadores de esfuerzos aislados. No admitieron simplemente la idea del cristianismo, sino vivieron su ideal y no se deslumbraron ante una doctrina nueva. La idea es estática, el ideal es violento, apasionado. La idea puede atraer a las masas, pero tras el ideal se opera la selección y los partidarios se depuran. Y, sin embargo, los cristianos de los tres primeros siglos, contrariamente a la regla general, fue-ron multitudes que buscaban el ideal más alto. En sus rostros brillaba la maravilla de la verdad sustancial que poseían por la gracia, y que engendra la vida eterna en el cielo y la serenidad en la tierra; poseedores de la palabra de salvación, del mensaje de alegría que se llama justamente aevangelium. En aquellos tiempos, la revelación divina era una sorpresa; conservaba la frescura del descubrimiento, la vivacidad del desconcierto, la aventura de una zozobra ordenada, la majestad de un hecho histórico único y enérgico. Finalmente era la luz en un mundo que ya no sabía librarse de las tinieblas. El cristianismo tuvo para los primeros cristianos el resplandor de una "perla preciosa". Por ella lo dejaron todo y vivieron con la mirada puesta únicamente en la salvación. Espera por Jesús Los cristianos de hoy, en su mayoría, comparados con aqueIlos, tienen una responsabilidad mayor. Viviendo dispersos en tantas direcciones, han olvidado y hacen olvidar la única cosa ne-cesaria, la única ocupación que tendría que llenar todo nuestro tiempo y nuestros recursos: la salvación individual y social. Por el contrario, los primeros siglos del cristianismo se distinguieron al mantener vivo, por encima de todas las cosas, el interés por este problema. Otra característica de los cristianos de los tres primeros siglos ha sido la espera del fin del mundo, del retorno de Jesucristo. Es importante por el valor intrínseco que encierra. No se trató de un error intelectual, como alguien formuló, sin haber profundizado en la doctrina de la iglesia. Era un deseo incontenible que radicaba en el espíritu y se acrecentaba con las persecuciones. La vivencia de la fe, la alegría de la esperanza, el fervor de la caridad actuaban con la fuerza de la ascensión. Las ideas cristianas se alzaban libres y emergían más allá del tiempo, sobre las antenas de la fe, de la esperanza y de la caridad. Los primeros cristianos no vivían entre el pasado y el futuro, sino que sentían el pasado y el futuro como algo actual, presente, porque Jesús permanecía entre ellos con la unidad de su obra de salvación, en la que el tiempo no tiene un significado de partes. No veían lejanos los hechos de la vida del Señor, sino que los expe-rimentaban en el momento presente dentro de ellos y entre ellos, y no menos constantes aparecían las últimas enseñanzas de Jesús, porque daban ya arranque a un desarrollo de la historia. Solidez de fe Ya con tal convicción, Atenágoras escribe: "permitidme levantar la voz y hablar atrevidamente, encontrándome, como estoy, en pre-sencia de emperadores filósofos. ¿Hay alguien entre los que resuelven los silogismos y los que aclaran las ambigüedades, que tenga el alma tan pura como para amar a sus propios enemigos en lugar de odiarlos, como era bendecir a aquéllos que le maldicen en lugar de respon-derles con injurias, como para rezar por aqué-llos que le quieren quitar la vida? Por el contrario, entre nosotros encontraréis gente pobre, artesanos y ancianos que sin duda no son capaces de demostrar con palabras el valor de nuestra doctrina. Pero sí con sus obras. No pronuncian arengas, pero realizan buenas acciones. Ofendidos, no devuelven las ofensas; saqueados, no denuncian; dan al que pide, aman al prójimo como a sí mismos". Minucio Félix escribiría poco después: "nosotros no programamos grandes cosas, las hacemos". Este argumento lo usaría con fuerza Orígenes contra Celso: "solamente el cristianismo ha sabido transformar y elevar artesanos y pobres hacia las más altas virtudes, a quienes jamás había mirado la filosofía". Estos magníficos resultados, que cuentan con la solidez de la fe de los cristianos, se obtuvie-ron en los tres primeros siglos, cuando la Iglesia todavía no tenía las formas divinas de su orga-nización e iba reuniéndolas lentamente. Logros del Espíritu Por esa misma razón, esos resultados son tanto más significativos cuanto demuestran el alto grado disciplinario de los fieles en las Iglesias y la fidelidad de cada Iglesia a la universal, y el valor del espíritu. Las estructuras esenciales de la futura Iglesia habían sido dadas por Jesucristo. Pero tenía que pasar tiempo, desde la ascensión de Jesús, antes que estas trazas arquitectónicas tomaran cuerpo real. Pues bien, siguiendo el desarrollo de la iglesia en los tres primeros siglos, se comprueba cómo el espíritu ha llevado a los cristianos a actualizar la voluntad del fundador. Tampoco hay que llegar a pensar en un contraste entre la iglesia del Espíritu y la del derecho, del dogma y de la liturgia. Hay una total correspondencia, y entusiasma ver cómo el Espíritu le ha conseguido en medio de infinitas dificultades de orden intelectual, psicológico, geográfico, étnico y político. Hoy día, la unidad de la Iglesia se desliza por cauces visibles. En los tres primeros siglos, el único factor de unidad fue el Espíritu Santo invisible en el corazón de los cristianos y de las comunidades cristianas. Los efectos manifestaron la naturaleza divina del cristianismo. |
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